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domingo, 28 de abril de 2024

Así es la música.- John Powell (1963)

Anuncios de gira de John Powell en 2020 & 2021, Notificaciones ...
2.-¿Qué es el oído absoluto? ¿Yo lo tengo?


 «Imaginemos que hay tres personas cantando en el baño. No, no en el mismo baño, este libro no va de eso. Cada uno canta en su propio baño (que, aparte de eso, está en silencio), en distintas plantas de un bloque de pisos.
 En la segunda planta está Carmen Normal; tiene un gin-tonic en una mano y se arranca con Dancing Queen, de Abba, a todo el volumen que da su voz no entrenada. Si grabáramos su canción y la comparáramos con el disco original, observaríamos dos hechos:
 1.- Aunque las notas suben y bajan de tono en los momentos adecuados, en ocasiones saltan un poco demasiado y otras veces no saltan lo suficiente. Así cantamos casi todos (por esa razón no nos conviene renunciar a nuestro empleo para ganarnos la vida cantando).
 2.- La nota con la que empezó no era la misma que usó Abba. En realidad, la nota con la que empezó ni siquiera está en ninguna parte del teclado de un piano (ni falta que hace). Se trata tan sólo de una nota que ella eligió del centro de su rango vocal y, si se contrastara, resultaría que se encuentra entre dos notas adyacentes de un piano. Esto es lo que hacemos casi todos nosotros.
 En la séptima planta vive Jaime Cantor, que pertenece a un coro, ha estudiado canto, pero no cuenta con oído absoluto. Es una suerte, y nos viene bien aquí, que también esté cantando Dancing Queen. Si comparamos su versión con la original descubriríamos que sus saltos entre notas son muy precisos. Sin embargo, como sucede con su vecina de la segunda planta, la nota con la que empezó no coincidía con la del original de Abba: se trata de una de esas notas de entre medias que la mayoría seleccionamos cuando cantamos.
 En la planta 15, Cecilia Perfecta también está en el baño reviviendo la misma canción setentera Dancing Queen (vaya casualidad). Cecilia ha estudiado canto y también cuenta con oído absoluto —que también se conoce como oído perfecto. Si comparamos su versión con la canción original descubriremos que no sólo es que los saltos entre notas coinciden, sino que además empezó exactamente en la misma nota. Eso significa, desde luego, que está cantando las mismas notas que la canción original de Abba.
 La proeza de Cecilia es extraordinaria y bastante inusual (hay un porcentaje muy pequeño de personas con oído absoluto), pero no indica que tenga un talento musical especial. Es posible que Jaime sea mejor cantante y que si lleváramos un piano a su cuarto de baño y tocáramos la primera nota de la canción, podría empezar desde ella y, al igual que Cecilia, reproducir exactamente las mismas notas de Abba.
 Lo único que está demostrando Cecilia es que ha memorizado todas las notas de un piano, una flauta o algún otro instrumento. También es casi seguro que realizó semejante prodigio memorístico antes de cumplir los seis años. Los niños pequeños memorizan muchísimo más eficazmente que los demás, y así es como aprenden a hablar y adquieren muchas otras destrezas (en unos pocos meses pasan de estar sentados en el césped comiéndose los bichos y diciendo ga ga gugu a ir paseando por ahí, soltando comentarios sarcásticos sobre la calidad de las galletas).
 Un niño pequeño al que se le enseña una canción, aprende la música y la letra. La música no se compone de notas concretas, sino más bien de ascensos o descensos de tono, con un determinado ritmo. Campanita del lugar suena igual de bien sea cual sea la nota con la que la empezamos, y no hay que olvidar que la mayoría empezamos en una nota que está entre dos notas del piano.
 Sólo si las melodías se ejecutaran en un instrumento, el niño podría empezar a desarrollar oído absoluto. Si uno de sus padres tocara las mismas notas en el piano cada vez que cantan Campanita del lugar, el niño podría empezar a memorizar las notas concretas que utilizan en lugar de aprender únicamente los saltos. Gradualmente, podría ir construyendo una auténtica biblioteca mental de todas las notas del piano. Si esto sucediera, también podría aprender que cada una de las notas memorizadas tiene un nombre, como, por ejemplo, el Fa por encima del Do central (el Do central es el Do cerca del centro del teclado de un piano).
Así es la música: Guía sobre la armonía, los tonos, los acordes y ... Es interesante el hecho de que, aunque en Europa y Estados Unidos el oído absoluto es algo poco frecuente, es mucho más común en países como China y Vietnam, cuyo idioma contiene un elemento de control de tono. El sonido que emites al pronunciar una palabra en esas lenguas tonales es una combinación de cantar y hablar. El tono en el que cantas una palabra en una lengua como el mandarín es vital para comunicarse: cada palabra tiene varios significados sin relación entre sí que dependen del tono. Por ejemplo, la palabra ma significa madre si la cantas/dices en un tono agudo y uniforme, pero significa cáñamo si empiezas en un tono medio y luego subes, o caballo si empiezas grave, bajas y luego subes. Si empiezas agudo y dejas que caiga el tono, estás diciendo perezoso. Por tanto, una pregunta inocente como «¿Ya está la comida, mamá?», fácilmente podría transformarse en, «¿Y mi comida, caballo?» si no lo dices con los tonos adecuados. Como un error de este tipo podría mermar catastróficamente su fuente de alimentación, los niños pequeños que están aprendiendo alguna de estas lenguas tonales están mucho más pendientes del tono que los occidentales, niños o adultos y, por tanto, es más probable que adquieran oído absoluto.
 El hecho de que sean tan pocos los occidentales que desarrollan esta memoria de las notas se debe a que no es algo que nos sea muy útil. Es más, puede llegar a ser bastante desagradable, ya que la mayoría de las personas canta o silba muy fuera de tono. Si fueras violinista en una orquesta, el oído absoluto te sería útil para ir afinando tu instrumento en el taxi de camino al concierto. O si fueras un cantante profesional, siempre podrías estar seguro de que estás ensayando con las notas correctas aunque estés paseando por el campo. Pero esas serían las únicas ventajas. Esta falta de utilidad es una de las razones por las que en la enseñanza de la música nunca se hace ningún intento de adquirir oído absoluto. Otra razón fundamental para su falta de desarrollo es que es muy difícil de lograr después de los seis años de edad.
 Una vez dicho esto, sí hay bastantes músicos (y algunas personas de carne y hueso) que tienen oído absoluto parcial. Lo que quiero decir con esto es que han memorizado una o dos notas. Por ejemplo, la mayoría de los músicos de una orquesta tienen que afinar su instrumento al principio de cada concierto (a diferencia de aquel violinista repelente con oído absoluto que puede hacerlo a solas en el taxi). Siempre utilizan la nota La con este fin. Un instrumento (normalmente el oboe) emite un La y todos los demás ajustan su  instrumento para que su La suene igual (esto produce el escándalo horroroso ese que se oye cuando una orquesta va a empezar un concierto). Esta repetida atención a la nota La puede hacer que algunos músicos acaben memorizándola.
 Otros ejemplos de oído absoluto parcial también guardan relación con la exposición repetida a una nota o canción concreta. A veces, los que no son músicos también pueden lograrlo y memorizar una nota o varias notas, aunque no sepan cómo se llaman. Pruébelo usted mismo. Ponga una de sus canciones favoritas y cante la que piense que va a ser la primera nota de la canción, y siga haciéndolo cada vez que ponga en marcha su equipo de música. No hay forma de predecirlo, pero usted podría acabar con un tono absoluto parcial.
 Este tono absoluto parcial no es tan sorprendente como podría parecer al principio: todos podemos recordar una nota durante unos cuantos segundos (pruébelo con su equipo de música), y la memoria a corto plazo, si se repite con frecuencia, a veces puede convertirse en memoria a largo plazo.
 Por cierto, para aumentar muchísimo su precisión tonal cuando cante o tararee, tápese un oído con un dedo. Algunos solistas también suelen hacerlo. Esto funciona porque estamos diseñados para no oír nuestra voz con mucha intensidad, y así evitar que nuestra propia voz enmascare cualquier sonido al que deberíamos estar prestando atención: leones, avalanchas, el aviso de que se cierra el bar, etc. Cuando nos tapamos un oído, mejora la retroalimentación entre la boca y el cerebro y contamos con más elementos de juicio a la hora de calibrar el tono que emitimos.»

  [El texto pertenece a la edición en español de Antoni Bosch Editor, 2012, en traducción de William McGrath y María Dolores Crispín, pp. 15-18. ISBN: 978-84-9534-860-9.]

sábado, 5 de junio de 2021

Limpia y fija... por un chico de instituto.- Mariano de Cavia (1855-1920)


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“¡A mí, plin!”


   «Aun  cuando otra cosa promete el epígrafe de esta sección, el presente apunte no se traza para limpiar ni fijar ningún punto turbio ni dudoso del lenguaje corriente. Se trata no más de una curiosidad demopédica.
 Ya sé que esto de la demopedia se les atraganta a algunos hablistas (por la otra punta) que cabalmente se distinguen por sus formidables tragaderas para embaular los más absurdos barbarismos; pero, es lo que se dice, ¡a mí plin!
 ¿De dónde diantre viene esta plebeya locución con que el vulgo dicharachero y muchos festivos escritores han sustituido modernamente el antiguo “¿qué se me da a mí?” Todo, aun lo más extravagante, lo más incomprensible que el pueblo pone en boga, tiene alguna razonable explicación.
 Un mozalbillo que todavía está en la segunda enseñanza, aunque algo procure aprender leyendo y escuchando, no puede estar en ciertos toques y retoques del habla popular, cuando tienen su probable origen en dichos y hechos que “un chico de instituto” no ha estado en ocasión de alcanzar.
 Valga por lo que valiere, daré a algunos curiosos que me la han pedido la explicación del ¡a mí, plin! que me ha dado uno de los leones que acompañan a la diosa Cibeles. Es un madrileño muy antiguo y jura por el Olimpo entero haber oído la frase primitiva de que se ha derivado, por corrupción familiar, la frasecilla hoy corriente.
 Ello fue –si el león no me ha engañado- allá en los días en que el héroe de los Castillejos, político de sumo temple, a quien inmoló la barbarie de las disensiones españolas, había alcanzado el grado máximo en el termómetro de la popularidad. (También tengo yo mi poco de retórica entre el pulgar y el índice).
 Entraba por Recoletos, y era un domingo por la tarde, cierta arrogante y guapísima moza, más o menos doncella de éstas que llamamos de servir, en la amartelada compañía de un ramplón y desmedrado sorche, que sin pasar de soldado raso podía reírse con toda su atroz bocaza del mismísimo sargento Utrera, de quien se cuenta que reventó de feo.
 En dirección contraria a la de aquella pareja tan desigual venían tres o cuatro sargentos que no reventaban de feos, como el del dichote, sino de puro apuestos y bonitos.
 -¡Vaya una jembra juncal! (empezaron a decir); ¡viva la gracia y viva el salero, y vivan sus papás de usted y muera el mal gusto que usted tiene! Pero, gloria, ¿de cuándo acá hacen los ángeles tan buenas migas con los demonios?
 Y la moza sandunguera, lanzando dos miradas, una de sumo desdén a los sargentos guapos y otra de hondo cariño al feísimo sorche, dijo con altivo donaire:
 -Pa mí… ¡Prim!
 Oyó la frase alguna gente y de boca en boca se ha ido transformando (degenerando, mejor dicho) hasta caer en la rastrera locución con que ahora “ilustramos” y “decoramos” el lenguaje familiar, estropeándola en su primitivo y gracioso significado: el de manifestar nuestro amoroso interés por algo que incomprensiblemente zahieren los demás.
[…]

Arribismo y arribistas

 Así, señores míos, así: con la “b” más rotundamente labial; porque así, en español, tenemos derecho a decirlo y el deber de escribirlo.
 El arriviste francés (persona que quiere medrar, “llegar” a toda costa; ambicioso sin escrúpulos) sale ahora a relucir con mucha frecuencia en la crítica social, y los que la ejercen en nuestros periódicos y nuestras conversaciones se han apoderado del terminillo ultrapirenaico, para aplicárselo a aquel tipejo osado y desaprensivo –tan abundante en España como en la nación más concupiscente- sin fijarse en que no hay para qué tomar de prestado lo que en casa poseemos.
  ¿Para qué escribir “arrivismo” y “arrivista” con la v del vocablo francés, y entre comillas, a fin de dar a entender que se trata de cosa exótica y sin ciudadanía entre nosotros? ¿A qué poner a la francesa lo que podemos y debemos emplear a la española?
 ¿No tenemos el verbo arribar, entre cuyas acepciones la Academia señala la de “llegar al fin que se desea”? ¿No tenemos además, con notoria ventaja sobre el léxico francés, un adverbio tan castizo  y tan expresivo como el de ARRIBA?...
 ¡Arriba, arriba y arriba, de cualquier modo que sea! Tal es precisamente la fórmula del medro a ultranza, y tal el lema de los apaches bien vestidos, de los hampones con más talento que sentido moral.
 Con un canto en los pechos podríamos darnos por que todos los neologismos que se nos cuelan en el habla fuesen de tan clara estirpe y de tan patente legitimidad como este arribismo y estos arribistas, que para nada necesitan ir entre comillas ni ortografiarse a la francesa.
 Y conste que no hablo solamente por cuenta propia. Iguales observaciones hizo ya, no ha mucho, en La España Moderna mi catedrático en el Instituto del Cardenal Cisneros don Fernando Araujo. Deploro no tener a mano el texto, para refrendar mis elementales observaciones con razonamientos más fundamentados.
 (Que nadie me ponga en solfa este bombo a un profesor, porque ya tengo aprobada la asignatura que explica su merced).
[…]

Consultas

 Se me suele favorecer con muchas de ellas, otorgándoseme una autoridad que no puede tener un alumno de segunda enseñanza. Para responder a las consultas demasiado sutiles, alambicadas o enredosas, doctores tiene la Santa Madre Gramática que a todos nos deben enseñar.
 En cambio, se me dirigen otras preguntas que lo mismo pudieran dirigirse a un niño de la escuela.
 Por ejemplo, un señor, o señorito, al encontrar en El Imparcial la frase “por aguas marroquíes” desea saber si ese plural está bien usado, lo mismo que el de ceutíes y tetuaníes.
 Claro es que sí, que sí y que sí (suma: tres síes), dado que al natural o al vecino de Ceuta y de Tetuán le llamamos ceutí y tetuaní, a la morisca; no ceuteño, tetuanero, ceutino, tetuanense, etc., etc.
 ¿Es que a mi estimable comunicante le gustaría más decir tetuanís, ceutís y marroquís? Pues dígalo norabuena, que mayores, mucho mayores disparates corren de boca en boca y de escrito en escrito, y dé al diablo –si así se le antoja- los correctos y castizos rubíes, carmesíes, neblíes, zequíes, Zegríes y tanto más “íes” que no recuerdo ahora.
Resultado de imagen de limpia y fija por un chico de instituto Otra consulta:
 “¿Cómo está mejor dicho? ¿Treinta y un mil pesetas, o treinta y una mil pesetas?”
 Mire usted: lo importante es tenerlas de bolsillo adentro, o gastarlas con gusto y con salud.
 Fuera de eso, de ambos modos lo dicen y lo escriben por ahí. Treinta y un mil pesetas parece más eufónico. Treinta y una mil pesetas es, evidentemente, más exacto y ajustado a los preceptos.
 Elija usted lo que más le plazca; pero, vamos, aquí, en confianza, ¿a que no dice ni escribe usted “Los cuentos de las Mil y Un Noches”?
 Otro comunicante y que firma, por cierto, “El Cachidiablo, académico de Argamasilla”, me pide que dé un varapalo a los que, a propósito de la Exposición de Artes decorativas, hablan del “arte decorativo” masculinizándolo en singular.
 ¡Pues ese es el uso! Ya hablé de ello, con pelos y señales, cuando ha tres años ingresé en el Instituto de Paco Jiménez (alias Cardenal Cisneros).
 Al guasón académico argamasillesco he de decille en nombre de sus cofrades el Monicongo, el Paniaguado, el Burlador, el Tiquitoc y el Caprichoso, que la otra Academia –la real y oficial- declara ambiguo el vocablo “arte”; y, con efecto, si todo el mundo (el mundo de lengua española) habla de las Bellas Artes, femeninas en plural, muy raro es el redicho que habla del arte pictórica, del arte escultórica, del arte lírica, del arte escenográfica… Ningún pecado mortal es hablallo y escribillo así (académicos giros del Caprichoso de Argamasilla); pero, vamos, como antes se ha dicho, ¿a que el Cachidiablo, por muy cachidiabólicamente que escriba, no se atreve a poner en letras de molde que es un “ferviente devoto de la consoladora, de la purificadora, de la sagrada Arte?
 Otra consulta y no van más:
 “Ya habrás visto, estimado ‘Chico del Instituto’, que la Real Academia de la Lengua ha introducido una gran modificación en la ortografía. Ya no se acentúan las letras vocales a, e, o ,u. Hay que escribir, verbigracia: ‘Voy a tu casa, Antonio e Isidro, vas o vienes, diez u once’. ¿Qué opinas de esa innovación?”
 Opino lo mismo que de aquel rótulo “La Himnovadora” (absolutamente exacto y queda jurado por mi honor de adolescente), que vi en una barbería y peluquería de los barrios bajos: en la calle de Provisiones, por más señas.
 Por mí, se puede mandar que “esquilen al perro”: es decir, que quiten los acentos a las susodichas preposiciones y conjunciones. (Yo, pobre de mí, amén de ignorante, nada sabía de amputaciones semejantes). Pero lo que sigo es que seguiré acentuando las susodichas vocales allá por el año de 1968 en que empezaré a ser viejo y se cumplirá el primer centenar –centenario es otra cosa- de la tan gloriosa como estéril Revolución de Setiembre… o de ‘Septiembre’, como ponen los neorreformadores con vistas, demasiadamente retrospectivas, a los Escipiones y a Sertorio, al hombre Pompeyo y al superhombre César.
[…]

 Del “carnet”

 A propósito del manoseado “carnet” escolar (q.e.p.d.) me preguntan unos estudiantes de mucha más talla que yo, pues alcanzan al último curso de Derecho, si hay o no hay en tierra de garbanzos, tomates y melones, algún vocablo que honradamente sustituya a ese “carnet” gabachizo de que tanto usan y abusan los castradores del idioma.
 No ya “algún vocablo”, su media docena de ellos hay en lengua española para los diversos significados que los franceses encierran dentro de la sola palabra “carnet”.
 Según sus diccionarios más corrientes viene de la latina quaternetum y quiere decir “petit livre de notes, de compte, etc.”
 A esto se le llamaba ya en nuestro siglo XVI libro de memoria (en singular, no en plural, como decimos a la moderna) y con tal nombre se le cita en cien obras, poniendo por encima de todas ellas al Quijote; pero como ese librito de anotaciones estrictamente íntimas y privadas es cosa distinta del documento semipúblico, pues sirve de identificación individual, que recibe ahora de los galiparlantes el nombre de “carnet”, fuerza es buscar otra u otras palabras en nuestro léxico.
 Ahí están, por de pronto, las de cartilla y libreta. De la cartilla dice el Diccionario oficial (tercera acepción del vocablo en la edición 13ª) que es la “libreta donde se anotan ciertas circunstancias o vicisitudes que interesan a determinadas personas, como la que la policía da a los sirvientes, las Cajas de Ahorros a los imponentes, etc.” ¿Qué era sino una libreta o cartilla de esas el difunto “carnet” estudiantil?
 ¿Que no le placen ni le satisfacen a Maese Reparos las palabras españolas que se citan? ¿Que no le parecen bastante finas y elegantes? Amigo, yo no tengo la culpa de que estos remilgados papahuevos, después de admitir a carga cerrada los más pobres, torpes e impropios voquibles de extranjis, se muestren respecto del habla española tan absurdamente escrupulosos como aquella célebre limpia de Burguillos, que lavaba los huevos al freillos… y escupía después en la sartén.»         

  [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Renacimiento, 2006, pp. 4-6, 19-20, 46-49 y 94-95. Depósito legal: Z-3866/2006.]

domingo, 23 de agosto de 2020

La Triunfante.- Teresa Cremisi (1945)

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Al final de la mañana

   «Como yo no había leído nada parecido y no podía cotejar con nadie esta cuestión de interpretación, releí varios pasajes y subrayé las frases que, al parecer, me daban la razón.
 Las reglas, los códigos y los hábitos: eran un juego, como las reglas del whist, y nada más; un juego que se podía acatar sin humillación. Bastaba con esperar para exteriorizar lo que uno pensaba; esperar a "ser obispo": antes de eso, abstenerse de "réplicas victoriosas". Como método de supervivencia, se recomendaba no expresar el propio pensamiento. Pasar por el molde. Disimular.
 Daba vueltas a estas ideas, hasta el momento en que me di la razón. No era necesario hacer piruetas para complacer a gente que no me agradaba: bastaba con no exteriorizar, con ocultar todo lo que pudiera molestar, sorprender o disgustar.
 Y en los momentos de duda, había que pensar en el conde Mosca*.
 Los primeros días en clase, pues, se enmarcaron bajo el signo de la aplicación y la prudencia. Mis compañeras eran en su mayoría guapas y, sobre todo, iban muy bien vestidas. Las milanesas tiene fama de ir a la última moda, con una elegancia muy british; y eso era cierto también en un colegio de chicas de buena familia a finales de los años cincuenta. No me pareció difícil de imitar: nada de extravagancias, no más de dos colores y siempre haciendo juego entre ellos, zapatos impecables, uñas cortas y bien cuidadas. Las chicas no eran muy curiosas; se conformaron con una frase del estilo de "sí, mi padre trabajó mucho tiempo en el extranjero y yo recibí una educación francesa, era más práctico" para explicarse mi increíble retraso. Este instituto era lo mejor que me podía suceder, me sentía protegida. Estaba en período de formación. Iba a integrarme en la sociedad italiana y pronto formaría parte de un país europeo en plena expansión (era el boom económico, celebrado todos los días por la prensa y la naciente televisión). Había dejado Oriente para siempre y Occidente me abría sus brazos: no era tan desventajoso, porque Oriente ya nunca volvería a ser aquel en que habíamos nacido.
 Sin embargo, el regreso a casa después de las clases me recordaba que, para mi madre, el traslado definitivo a Occidente era algo mucho menos fácil. Habitualmente tan dinámica, al estar sola, pasaba la mayor parte del día acostada. Acostada en la cama. Y mintiéndole a su hija: "...he hecho una pequeña siesta..., leía..., tenía un poco de dolor en la espalda".
 Yo no podía entenderlo, ni siquiera había nunca la palabra depresión. Ella no estaba enferma. Solía tener un poco de frío. No hablaba mucho, no manifestaba ninguna melancolía; a duras penas sonreía cuando yo llegaba; mis relatos no provocaban en ella el menor comentario. Cada tarde, yo probaba alguna cosa para animarla a salir; ella aceptaba para darme gusto, pero volvía agotada y se precipitaba de nuevo en su cama. Hasta el día en que me di cuenta de que le agradaban las visitas al supermercado: como los tahitianos ante la llegada del capitán Cook y su tripulación engalanada, abría los ojos como platos ante las estanterías llenas de mercancías desconocidas. ¡Por fin algo le interesaba! Decidí perseverar: haríamos una visita al supermercado cada día. Descubrimos los productos de limpieza (aparte del jabón y los estropajos metálicos, no conocíamos nada). Me cautivaban la abundancia y los colores de las confecciones y los frascos, pero también la lectura atenta de las etiquetas con sus promesas de resultados prodigiosos. La sección de bricolaje despertaba en nosotros las ganas de mejorar nuestra vivienda: comparábamos los martillos, los clavos, los alicates, las tenazas. ¡Y los productos de belleza! Desdeñados en nuestra vida anterior, relucían en los expositores prometiéndonos maravillas. Mi madre devoraba con la vista la gama de pintauñas, productos para manicura, lápices de labios, cremas para las manos y pasadores de pelo.
 Me siguen gustando mucho los supermercados. Cada vez que desembarco en una ciudad desconocida, para sellar mi primer encuentro con el país al que acabo de llegar, voy a darme una vuelta por ellos, preferiblemente sola. Necesito recogimiento. Desde luego, atrás quedó la época en que los productos no se asemejaban, y los hábitos alimentarios, la riqueza y la pobreza, las obsesiones y los mitos se podían captar a primera vista. Pero, aun así, la uniformización no es absoluta, las diferencias de fondo de almacén y de presentación subsisten y siguen siendo reveladoras. Cambian los nombres o se adaptan de manera extraña. Los promotores mercantiles globalizados le añaden a veces su toque, un algo que aporta sabor "local". […]
La Triunfante - Cremisi, Teresa - 978-84-339-7964-3 - Editorial ... Mi vida había quedado partida en dos: el colegio, por una parte, donde mis dones de adaptación hacían maravillas (los tres meses de clases intensivas de la hermana Gisella le habían dado la razón: yo era recuperable, y eso reforzó su afecto por mí), y el piso familiar, por otra, donde tenía que enfrentarme a una situación desconocida.
 Me sentía más cómoda en mi nueva vida que en la antigua. Atenta y concentrada en el empeño de no disgustar, no se me había pasado por la cabeza que pudiera gustar. Y eso era lo que estaba a punto de suceder. Sentía nacer la amistad a mi alrededor, se me admitía en el grupo con sencillez e incluso cálidamente; los recreos se llenaban de conversaciones y el camino de regreso a casa se prolongaba en acompañamientos recíprocos. No perdía de vista que no era del todo yo quien gustaba, pero al fin y al cabo... era una parte de mí, apenas suavizada y pulida por los consejos del conde Mosca.
 El balanceo era brutal. Estaba a punto de cambiar de lengua de uso y eso implicaba una revolución íntima. Los neuropsiquiatras han escrito tratados sobre el tema. Cambia el modo de entenderse, decimos cosas que no habríamos dicho, pensamos de un modo algo diferente, no reaccionamos de la misma manera. La lengua de uso influye en el cuerpo y en los sueños. Otra cultura se infiltra por intersticios insospechados, tenemos accesos a canciones y bromas, entendemos las alusiones y el humor se vuelve posible. Cuando hablamos una nueva lengua todo el día, la existencia puede tomar otra dirección y el carácter modificarse.
 Años después, un amigo me recomendó La lengua absuelta de Elías Canetti: lo leí con pasión. Esa cantidad de lenguas en su infancia (peor que yo), para llegar al uso exclusivo de una de ellas, la más difícil y la última por orden de adquisición. Me pareció que sus identidades fraccionadas coexistían en la dificultad, a veces en la cólera. Explicaba muy bien qué es lo que cada lengua aportaba y los caminos de transformación que el uso de una o de otra acarreaba. En él, se parecía al arte de darse a la fuga y adquiría en ocasiones un tono quejumbroso. Ni turco, ni búlgaro, ni suizo, ni británico, ni austríaco: eligió el alemán como patria, la lengua preferida de su madre, la de sus libros.
 Fue con la aceptación, por lo general feliz, de mi nueva vida cuando comenzó la destrucción más o menos consciente de la antigua. Las dos lenguas que a partir de ahora no servían para nada y que ya nadie me hablaba, el árabe y el griego, se volatilizaron en pocas semanas (conservo en la memoria, sin haberlo pretendido deliberadamente, dos canciones infantiles, una en cada lengua, cuyas palabras ya no reconozco). Eliminé de mis conversaciones todas las referencias a Oriente.»

 *Personaje de La Cartuja de Parma, de Stendhal.

  [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Anagrama, 2016, en traducción de Jordi Terré. ISBN: 978-84-339-7964-3.]

miércoles, 27 de noviembre de 2019

Manual de traducción.- Peter Newmark (1916-2011)

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Parte I: Principios
Capítulo I: Introducción

«La traducción tiene su propia emoción, su propio interés. Y siempre será posible una traducción satisfactoria, aunque un buen traductor no está nunca contento con su versión. Por lo general, siempre se puede mejorar. No existe una traducción perfecta, ideal o "correcta". Un traductor siempre está ampliando sus conocimientos y mejorando su manera de expresarse; está siempre persiguiendo hechos y palabras. Y trabaja en cuatro niveles diferentes: la traducción es, antes que nada, una ciencia que implica el conocimiento y verificación de los hechos y del lenguaje que los describe (aquí se puede identificar lo incorrecto, los errores contra la verdad); es, en segundo lugar, una técnica que requiere un lenguaje apropiado y aceptable; luego, es un arte que distingue entre lo que está bien escrito y lo mediocre (éste sería el nivel creativo, intuitivo, a veces el de la inspiración); y finalmente es cuestión de gustos, donde no tienen nada que hacer los argumentos, donde se expresan las preferencias, donde las diferencias individuales se reflejan en la variedad de traducciones meritorias.
 Aunque admito que sólo hay unos cuantos traductores buenos que sean "naturales" -lo mismo se podría decir de los actores-, me atrevo a sugerir que, como la demanda real de traductores es tan grande y el tema está todavía tan encubierto con argumentos inútiles acerca de su viabilidad, un curso basado en una amplia gama de textos y ejemplos sería de gran provecho para estudiantes de traducción y aspirantes a traductores. Este libro, que pretende ser útil -no esencial-, lo que intenta es establecer un marco de referencia para una actividad que sirve de medio de comunicación, de transmisor de cultura, de técnica -si se usa con discreción hay muchas otras- de aprendizaje de idiomas y de fuente de goce personal.
 Como medio de comunicación, la traducción se usa en carteles y letreros multilingües, que por fin aparecen de forma más clara en sitios públicos; en instrucciones que emiten las empresas de exportación; en anuncios que con demasiada frecuencia y por una cuestión de orgullo nacional están hechos por nativos en una lengua que no es la suya; se usa, además, en documentos oficiales, tales como tratados y contratos; en informes, trabajos de investigación, artículos, correspondencia, manuales que transmiten información, consejos y recomendaciones para cada rama del saber. El volumen de estas traducciones ha aumentado con el auge de los medios de comunicación, el incremento del número de países independientes y el reconocimiento cada vez mayor de la importancia de las minorías lingüísticas en todos los países del mundo. Su importancia ha sido puesta de relieve por la mala traducción del telegrama japonés que se envió a Washington justo antes de lanzarse la primera bomba atómica en Hiroshima (la traducción que se escribió allí de la palabra mokasutu fue ignore, "hacer caso omiso", cuando lo que quería decir era que la respuesta "se reconsideraría") y por la ambigüedad de la resolución 242 de la ONU, donde the withdrawal from occupied territories da en francés le retrait des territoires occupés ("retirada de los territorios ocupados") y les permite así a los árabes interpretar que no basta con una retirada parcial, sino de todos los territorios ocupados en el 1967 (ni que decir tiene que los judíos por el texto inglés interpretan que basta con una retirada parcial).
 Desde que países e idiomas entraron en contacto, la traducción ha sido el instrumento transmisor de la cultura, en ocasiones bajo condiciones desiguales causantes a su vez de traducciones  distorsionadas y parciales. Los romanos, por ejemplo, "saquearon" la cultura griega, la Escuela de Traductores de Toledo pasó a Europa el saber árabe y griego, y hasta el siglo XIX la cultura europea se estuvo inspirando en las traducciones latinas y griegas. En el siglo XIX, la cultura alemana asimilaba a Shakespeare. Y en el siglo XX hemos asistido a la aparición de una literatura universal centrífuga, que comprende la obra de un pequeño número de escritores "internacionales" (Greene, Bellow, Solzhenitsin, Böll, Grass, Moravia, Murdoch, Lessing y algo antes, Mann, Brecht, Kafka, Galdós, Mauriac, Valéry, etc.) y que ha sido traducida a la mayoría de las lenguas nacionales y a muchas regionales. Es de lamentar que no exista otro movimiento cultural centrípeto de autores "regionales" o periféricos.
 Pero la traducción no es sólo un mero transmisor de cultura, sino también un transmisor de la verdad, una fuerza de progreso. Para comprobarlo basta con ver, por un lado, la resistencia con que ha contado la traducción de la Biblia a lo largo de la historia y, por otro, la conservación del latín como una lengua superior, sólo de unos cuantos elegidos, lo que ha obstaculizado el traducir entre otras lenguas.
 Como técnica de aprendizaje de idiomas extranjeros, la traducción es un instrumento de doble vertiente que tiene el objetivo especial de demostrar los conocimientos del idioma extranjero del estudiante, bien como una forma de control, bien para ejercitar su inteligencia a fin de desarrollar su competencia. Este es su punto fuerte en las clases de idiomas, punto que debe claramente distinguirse del que se le suele dar como transmisora de significados y mensajes. La traducción en la enseñanza media, que como disciplina se da desgraciadamente por sabida y de la que apenas se habla, fomenta a menudo versiones absurdas y afectadas, particularmente de pasajes coloquiales, nombres propios y términos institucionales (los diccionarios contribuyen también negativamente con traducciones tan equivocadas como las inglesas de Giacopo por James y Staatsrat por Privy Councillor).»

     [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Cátedra, 1992, en traducción de Virgilio Moya. ISBN: 84-376-1062-1.]

miércoles, 17 de abril de 2019

Un padre extranjero.- Eduardo Berti (1964)


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Pent Farm, 2

«Helen me dice, cuando al fin le llega el turno de hablar, que ella y su esposo son los dueños del hotel. La historia de cómo se volvieron propietarios es rara. Helen se puso a jugar a una especie de lotería, a jugar por diversión más que por ambición, pero al cabo de pocos meses un billete le deparó una fortuna. Eso ocurrió hace dos décadas. Hasta entonces trabajaba en este mismo hotel. Limpiaba por las mañanas, hacía algunas noches de recepcionista, mientras su esposo (su flamante esposo, por aquellos tiempos) saltaba sin gran fortuna de un empleo a otro. Cuando ganaron el premio, me dice Helen, escribió con su marido una especie de listado: una docena de ideas a fin de invertir el dinero. Había ideas delirantes, ella reflexiona hoy. Otras no. Pero la lista excluía, curiosamente, la adquisición del hotel. A ella le pareció entonces que volverse millonaria equivalía, debía equivaler, a dejar ese hotelucho donde la trataban mal y le pagaban peor. Fue el dueño del Kentish Hotel, porque el hotel ya se llamaba Kentish por aquel entonces, un tipo que rondaba los setenta años, si no más, quien le propuso la idea. Helen me cuenta que pagaron menos de lo que realmente valía el hotel. Gentileza del viejo dueño.
 Le digo, tras una pausa, que nunca conocí a alguien que ganó la lotería. Pequeños premios tal vez, tendría que hacer memoria. Pero alguien que haya obtenido una fortuna, eso seguro que no. La mujer me cuenta que existe en Inglaterra una especie de círculo o club de ganadores de juegos de azar. Para ser miembro uno tiene que haber ganado más de equis cantidad. Para ser miembro, parece, hay que prestar una especie de juramento que incluye no reincidir en ningún juego de azar. Muchos miembros de este club o círculo de ganadores sienten o han sentido culpa en un momento de sus vidas, según Helen. Sienten o han sentido que no merecían ser tan, pero tan afortunados. Por suerte el círculo está para contener y ayudar. Lo peor que podría ocurrirles, piensa ella, sería volver a ganar.
 
 Desayuno el 8 de marzo en el hotel. Día sábado. En la salita que de lunes a viernes suele estar vacía y a mi disposición, en la mesa de al lado, hay una mujer hermosa, alta y delgada. Tan alta que noto que es alta incluso viéndola sentada. No hay momento de mayor intimidad en los hoteles que ese instante en el que, aún semidormidos, sin bañarse o recién bañados, con el pelo a veces sin secar del todo, con el bolso de mano lleno de objetos valiosos (el dinero, los documentos, la tarjeta de crédito), los huéspedes se encuentran para desayunar chocándose sin querer frente a la máquina ruidosa de café, los panes, la tostadora, los cereales, los fiambres o las frutas, sin hablarse, sin mirarse, fingiendo que es algo normal desayunar con todos esos viajeros que hasta hace un rato habían sido, gracias a Dios, invisibles.
 Como llega una familia numerosa, Helen nos pregunta a mi vecina y a mí si nos importaría compartir la mesa. Algo a disgusto, me mudo con mi ejemplar de Gare du Nord, de Abdelkader Djemaï, que no acabo de acabar. Pongo el libro sobre la mesa, a un costado de la taza donde se han enfriado  mi café con leche, y veo que la mujer alta está leyendo en francés (igual que yo) una novela de un escritor argentino al que suele traducir la editorial Seuil: un escritor cuyo padre fue marino, como él mismo me ha contado cierta vez, el escritor que un día me regaló la novela de Jan Seyda. No tardamos en descubrirlo: ella es una argelina leyendo en francés a un autor argentino y yo soy su perfecto revés. Ella no parece asombrada, como si fuera impermeable a las ironías del azar. Hablamos un rato y me dice que le hace bien charlar conmigo en francés. Es coreógrafa-bailarina. Lleva casi tres semanas recorriendo Gran Bretaña y todavía le quedan un par más, de hecho debe tomar un tren al mediodía rumbo a Hastings y le duele la boca, dice, la mandíbula de tanto hablar en inglés. Entiendo la sensación, conozco el dolor. Me pasaba lo mismo al llegar a Francia. Se lo digo. Me responde que, muy joven, ella bailaba a la orden de distintos coreógrafos, dos o tres meses con uno, dos o tres meses con otro, y que con cada uno de ellos acababa con dolores musculares diferentes. Cada coreógrafo era, en síntesis, un idioma distinto.»
 
    [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Impedimenta, 2016. ISBN: 978-84-16542-54-3.]