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domingo, 26 de abril de 2026

Hojas de hierba.- Walt Whitman (1819-1892)

Dedicatorias
Canto el yo

 «Canto el yo, persona simple, separada;
No obstante, pronuncio la palabra democrática, la palabra En Masa.

La fisiología de la cabeza a los pies, yo canto,
Ni la fisonomía sola, ni el cerebro solo, son dignos de la Musa; digo que el Cuerpo completo es más digno,
A la Mujer igual que al Hombre, yo canto.

De la Vida inmensa en la pasión, en la elasticidad, en la fuerza,
Alegre, para la más libre acción formado según las leyes divinas,
Canto al Hombre Moderno.
[...]

Al comenzar mis estudios

 Al comenzar mis estudios, los primeros pasos me agradaron tanto,
El simple hecho de la conciencia, estas formas, la facultad del movimiento,
El más insignificante insecto o animal, los sentidos, la vista, el amor,
Digo que el primer paso me sobrecogió y me agradó tanto,
Que apenas sí he avanzado o sí he deseado avanzar,
Sino pararme y vagar, y emplear el tiempo en celebrarlo en poemas extáticos.
[...]

Yo, imperturbable

 Yo, imperturbable, descansando en medio de la Naturaleza,
Señor de todo o señora de todo, vertical en medio de las cosas inanimadas,
Imbuido como ellas, pasivo, receptivo, silencioso como ellas,
Encontrando que mi trabajo, pobreza, notoriedad, flaqueza, crímenes son menos importantes de lo que yo creía.
En el mar mexicano, o en Mannahatta o en el Tennessee, o lejos, en el norte o tierra dentro,
Ribereño u hombre de los bosques, o de cualquiera forma de vida campesina en estos Estados, o en la  costa, o en los lagos, o en el Canadá,
Yo, dondequiera que viva mi vida, quiero ser firme ante las contingencias,
Quiero arrostrar la noche, las tempestades, el hambre, lo ridículo, los accidentes, las humillaciones, como los árboles, como los animales.

Sabiduría

 
Cuando miro hacia allá, veo que los resultados y las glorias retroceden y se apiñan, siempre constreñidos,
Allá las horas, meses, años - allá los oficios, pactos, establecimientos, aun los más pequeños,
Allá la vida cotidiana, el lenguaje, utensilios, política, personas, propiedades,
Allá también nosotros, yo con mis hojas y mis cantos, confiado, maravillado.
Como un padre que va a ver a su padre, llevo conmigo a mis hijos.
[...]

No me cerréis vuestras puertas

 No me cerréis vuestras puertas, altivas bibliotecas,
Pues os traigo lo que faltaba en vuestros repletos estantes, siéndoos tan necesario;
He salido de la guerra y he compuesto un libro,
Las palabras de mi libro no son nada, su intención lo es todo,
Un libro aislado, separado de los demás, sin relación con el intelecto,
Pero cuyas páginas os conmoverán con los significados que hay en ellas latentes.

Poetas futuros

 ¡Poetas futuros, oradores, cantores, músicos futuros!
No me justificará este día ni responderá por mí,
Pero vosotros, de una generación nueva, pura, atlética, continental, más grande que todas las generaciones conocidas,
¡Despertad, pues tenéis que justificarme!

Yo no hago otra cosa que escribir dos o tres palabras indicativas para el porvenir;
No hago otra cosa que avanzar un instante, y luego me vuelvo apresuradamente a las tinieblas.
 
Soy un hombre que, vagando a la ventura y sin detenerse, os dirige una mirada casual y vuelve el rostro,
Dejando que vosotros lo analicéis y lo defináis,
Esperando de vosotros lo más importante.

A ti

 Desconocido, si al pasar junto a mí deseas hablarme, ¿por qué no has de hablarme?
¿Y por qué no he de hablarte?»


  [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Mayol Pujol, 1981, en traducción de Francisco Alexander, pp. 83,91, 93-96. ISBN: 84-85836-00-6.]

domingo, 28 de abril de 2024

Así es la música.- John Powell (1963)

Anuncios de gira de John Powell en 2020 & 2021, Notificaciones ...
2.-¿Qué es el oído absoluto? ¿Yo lo tengo?


 «Imaginemos que hay tres personas cantando en el baño. No, no en el mismo baño, este libro no va de eso. Cada uno canta en su propio baño (que, aparte de eso, está en silencio), en distintas plantas de un bloque de pisos.
 En la segunda planta está Carmen Normal; tiene un gin-tonic en una mano y se arranca con Dancing Queen, de Abba, a todo el volumen que da su voz no entrenada. Si grabáramos su canción y la comparáramos con el disco original, observaríamos dos hechos:
 1.- Aunque las notas suben y bajan de tono en los momentos adecuados, en ocasiones saltan un poco demasiado y otras veces no saltan lo suficiente. Así cantamos casi todos (por esa razón no nos conviene renunciar a nuestro empleo para ganarnos la vida cantando).
 2.- La nota con la que empezó no era la misma que usó Abba. En realidad, la nota con la que empezó ni siquiera está en ninguna parte del teclado de un piano (ni falta que hace). Se trata tan sólo de una nota que ella eligió del centro de su rango vocal y, si se contrastara, resultaría que se encuentra entre dos notas adyacentes de un piano. Esto es lo que hacemos casi todos nosotros.
 En la séptima planta vive Jaime Cantor, que pertenece a un coro, ha estudiado canto, pero no cuenta con oído absoluto. Es una suerte, y nos viene bien aquí, que también esté cantando Dancing Queen. Si comparamos su versión con la original descubriríamos que sus saltos entre notas son muy precisos. Sin embargo, como sucede con su vecina de la segunda planta, la nota con la que empezó no coincidía con la del original de Abba: se trata de una de esas notas de entre medias que la mayoría seleccionamos cuando cantamos.
 En la planta 15, Cecilia Perfecta también está en el baño reviviendo la misma canción setentera Dancing Queen (vaya casualidad). Cecilia ha estudiado canto y también cuenta con oído absoluto —que también se conoce como oído perfecto. Si comparamos su versión con la canción original descubriremos que no sólo es que los saltos entre notas coinciden, sino que además empezó exactamente en la misma nota. Eso significa, desde luego, que está cantando las mismas notas que la canción original de Abba.
 La proeza de Cecilia es extraordinaria y bastante inusual (hay un porcentaje muy pequeño de personas con oído absoluto), pero no indica que tenga un talento musical especial. Es posible que Jaime sea mejor cantante y que si lleváramos un piano a su cuarto de baño y tocáramos la primera nota de la canción, podría empezar desde ella y, al igual que Cecilia, reproducir exactamente las mismas notas de Abba.
 Lo único que está demostrando Cecilia es que ha memorizado todas las notas de un piano, una flauta o algún otro instrumento. También es casi seguro que realizó semejante prodigio memorístico antes de cumplir los seis años. Los niños pequeños memorizan muchísimo más eficazmente que los demás, y así es como aprenden a hablar y adquieren muchas otras destrezas (en unos pocos meses pasan de estar sentados en el césped comiéndose los bichos y diciendo ga ga gugu a ir paseando por ahí, soltando comentarios sarcásticos sobre la calidad de las galletas).
 Un niño pequeño al que se le enseña una canción, aprende la música y la letra. La música no se compone de notas concretas, sino más bien de ascensos o descensos de tono, con un determinado ritmo. Campanita del lugar suena igual de bien sea cual sea la nota con la que la empezamos, y no hay que olvidar que la mayoría empezamos en una nota que está entre dos notas del piano.
 Sólo si las melodías se ejecutaran en un instrumento, el niño podría empezar a desarrollar oído absoluto. Si uno de sus padres tocara las mismas notas en el piano cada vez que cantan Campanita del lugar, el niño podría empezar a memorizar las notas concretas que utilizan en lugar de aprender únicamente los saltos. Gradualmente, podría ir construyendo una auténtica biblioteca mental de todas las notas del piano. Si esto sucediera, también podría aprender que cada una de las notas memorizadas tiene un nombre, como, por ejemplo, el Fa por encima del Do central (el Do central es el Do cerca del centro del teclado de un piano).
Así es la música: Guía sobre la armonía, los tonos, los acordes y ... Es interesante el hecho de que, aunque en Europa y Estados Unidos el oído absoluto es algo poco frecuente, es mucho más común en países como China y Vietnam, cuyo idioma contiene un elemento de control de tono. El sonido que emites al pronunciar una palabra en esas lenguas tonales es una combinación de cantar y hablar. El tono en el que cantas una palabra en una lengua como el mandarín es vital para comunicarse: cada palabra tiene varios significados sin relación entre sí que dependen del tono. Por ejemplo, la palabra ma significa madre si la cantas/dices en un tono agudo y uniforme, pero significa cáñamo si empiezas en un tono medio y luego subes, o caballo si empiezas grave, bajas y luego subes. Si empiezas agudo y dejas que caiga el tono, estás diciendo perezoso. Por tanto, una pregunta inocente como «¿Ya está la comida, mamá?», fácilmente podría transformarse en, «¿Y mi comida, caballo?» si no lo dices con los tonos adecuados. Como un error de este tipo podría mermar catastróficamente su fuente de alimentación, los niños pequeños que están aprendiendo alguna de estas lenguas tonales están mucho más pendientes del tono que los occidentales, niños o adultos y, por tanto, es más probable que adquieran oído absoluto.
 El hecho de que sean tan pocos los occidentales que desarrollan esta memoria de las notas se debe a que no es algo que nos sea muy útil. Es más, puede llegar a ser bastante desagradable, ya que la mayoría de las personas canta o silba muy fuera de tono. Si fueras violinista en una orquesta, el oído absoluto te sería útil para ir afinando tu instrumento en el taxi de camino al concierto. O si fueras un cantante profesional, siempre podrías estar seguro de que estás ensayando con las notas correctas aunque estés paseando por el campo. Pero esas serían las únicas ventajas. Esta falta de utilidad es una de las razones por las que en la enseñanza de la música nunca se hace ningún intento de adquirir oído absoluto. Otra razón fundamental para su falta de desarrollo es que es muy difícil de lograr después de los seis años de edad.
 Una vez dicho esto, sí hay bastantes músicos (y algunas personas de carne y hueso) que tienen oído absoluto parcial. Lo que quiero decir con esto es que han memorizado una o dos notas. Por ejemplo, la mayoría de los músicos de una orquesta tienen que afinar su instrumento al principio de cada concierto (a diferencia de aquel violinista repelente con oído absoluto que puede hacerlo a solas en el taxi). Siempre utilizan la nota La con este fin. Un instrumento (normalmente el oboe) emite un La y todos los demás ajustan su  instrumento para que su La suene igual (esto produce el escándalo horroroso ese que se oye cuando una orquesta va a empezar un concierto). Esta repetida atención a la nota La puede hacer que algunos músicos acaben memorizándola.
 Otros ejemplos de oído absoluto parcial también guardan relación con la exposición repetida a una nota o canción concreta. A veces, los que no son músicos también pueden lograrlo y memorizar una nota o varias notas, aunque no sepan cómo se llaman. Pruébelo usted mismo. Ponga una de sus canciones favoritas y cante la que piense que va a ser la primera nota de la canción, y siga haciéndolo cada vez que ponga en marcha su equipo de música. No hay forma de predecirlo, pero usted podría acabar con un tono absoluto parcial.
 Este tono absoluto parcial no es tan sorprendente como podría parecer al principio: todos podemos recordar una nota durante unos cuantos segundos (pruébelo con su equipo de música), y la memoria a corto plazo, si se repite con frecuencia, a veces puede convertirse en memoria a largo plazo.
 Por cierto, para aumentar muchísimo su precisión tonal cuando cante o tararee, tápese un oído con un dedo. Algunos solistas también suelen hacerlo. Esto funciona porque estamos diseñados para no oír nuestra voz con mucha intensidad, y así evitar que nuestra propia voz enmascare cualquier sonido al que deberíamos estar prestando atención: leones, avalanchas, el aviso de que se cierra el bar, etc. Cuando nos tapamos un oído, mejora la retroalimentación entre la boca y el cerebro y contamos con más elementos de juicio a la hora de calibrar el tono que emitimos.»

  [El texto pertenece a la edición en español de Antoni Bosch Editor, 2012, en traducción de William McGrath y María Dolores Crispín, pp. 15-18. ISBN: 978-84-9534-860-9.]

domingo, 11 de diciembre de 2022

La potencia de uno.- Bryce Courtenay (1933-2012)


Fallece Bryce Courtenay, exitoso novelista en Australia ...
Quince


  «Llegó por fin la noche del concierto de Doc. En cuanto crucé la puerta de entrada me di cuenta de que en la prisión había un ambiente distinto. El aire carecía del sentimiento de desesperación que siempre flotaba en él. La charla triste que oía en mi mente cuando entraba en el recinto había cesado. Los pensamientos de la gente eran tranquilos. Sentí un estremecimiento de emoción. Aquella noche iba a ser especial.
  Había salido una luna llena sobre la oscura sombra de las colinas que había detrás de los muros de la prisión y la plaza de armas estaba inundada de luz lunar. El Steinway de Doc se alzaba muy claramente, perfilado en el estrado con la tapa ya levantada. La escena poseía un silencio propio, era como contemplar un cuadro de Dalí. Me quedé parado un momento, pues aquel concierto parecía algo excepcional, incluso para alguien de mi edad, cuya comprensión de la logística y de las leyes de la probabilidad humana eran bastante limitadas.
  Cuando estaba contemplando el Steinway perfilado a la luz de la luna, se encendieron los focos, súbitos y brillantes, y fue como la explosión de una pistola de soldar. Cuando acostumbré los ojos a aquella luz áspera y fuerte vi ya que alrededor del estrado, en un semicírculo sobre el suelo duro, había líneas pintadas que indicaban la zona correspondiente a cada tribu. Del edificio principal salieron una docena de guardias provistos de sjamboks que se dirigieron hacia el piano; las botas hacían un ruido rechinante en el sendero de grava.
  Crucé la plaza de armas, entré por una puerta lateral y me dirigí al salón donde estaba esperándome Doc. Estaba sentado ante el Minion vertical, acariciando las teclas con aire ausente. Alzó la vista cuando entré.
  —Geel Piet se retrasa, ya debería estar aquí, —dijo, con voz tensa. Doc había llegado a depender mucho de Geel Piet, y le consideraba un elemento básico de toda la operación. Sin él trabajando con los presos un concierto preñado ya de un potencial de desastre imprevisible no tendría ninguna posibilidad de éxito.
  —Vendrá enseguida, ya verás, —dije para animarlo—. Iré a por los guantes para ahorrar tiempo.
  Salí rápidamente del salón y bajé por el pasillo camino del gimnasio. Me crucé con un viejo presidiario que llevaba una cacerola de café de nueve litros, y al que seguía otro con una bandeja en la que había tazas y una lata de azúcar moreno. Les llevaban café a los guardias que estaban de servicio en la plaza de armas.
  —¿Has visto a Geel Piet?, —le pregunté a uno. Le hablé en shangaan porque vi por las cicatrices que tenía en las mejillas que era de la tribu tsonga.
  —No baas, no le hemos visto, —dijo humildemente.
  Al alejarme oí que le decía al otro presidiario que iba detrás de él:
  —Ves como el Ángel Renacuajo habla las lenguas de todas las tribus. Él es el caudillo elegido del pueblo.
  Cuando por fin llegué, encendí las luces del gimnasio y de la ducha. Las luces que había encima del ring estaban en la pared opuesta y el ring estaba a oscuras, pero había luz suficiente para que pudiese ver la caja donde estaban los guantes y elegí rápidamente unos que me gustaban. Fui a las duchas, me desvestí y me puse la camiseta, los pantalones, los calcetines y las botas, luego até los cordones de los guantes y me los eché al cuello para que me los pusiese Doc.
  Cuando volví Doc aún seguía solo en el salón. Su inquietud se reflejaba claramente en su expresión ensimismada mientras me ponía los guantes.
  —Es demasiado tarde, no podemos seguir esperando. Tenemos que empezar. Le diré a Geel Piet que estoy muy enfadado por esto.
  La puerta que yo había utilizado para entrar en el edificio no podía abrirse desde dentro, así que dejamos el salón y bajamos por el largo pasillo que daba al edificio principal de oficinas, por el que podíamos llegar a la plaza de armas. Cruzamos el pequeño vestíbulo en el que yo había estado esperando, cuatro años antes, la primera vez que había ido a la prisión. Las luces estaban apagadas en aquel despacho que había sido entonces el del teniente Smit y que ocupaba ahora el teniente Borman. Dejé ir delante a Doc y me acerqué a la ventanilla y atisbé un momento en la oficina en penumbra. Pude ver a la media luz dónde se sentaba Klipkop y al lado el otro escritorio más grande, que era del teniente Borman. Mi mirada vagó por la oficina y se detuvo en una fina raya de luz que salía por debajo de la puerta del cuarto de interrogatorios. La puerta debía estar entornada porque oí el ruido inconfundible de un golpe y un gemido agudo y súbito como de un hombre que acaba de recibir un puñetazo en el plexo solar. No era insólito pero parecía impropio en aquella noche de plenilunio en que iba a interpretarse el Concierto de la Gran Patria del Sur.
  Cuando llegamos los presos estaban ya sentados en las secciones que tenían asignadas, y los guardias paseaban por los pasillos fustigándose con sus sjamboks en las piernas, muy serios. Los presos evitaban mirarles, era casi como si no estuviesen allí. Tenían prohibido hablar, pero vimos al pasar que la gente sonreía y se extendió un murmullo sordo entre los presos que estaban sentados cuando Doc y yo subimos al estrado.
  El Kommandant llegó poco después que nosotros y subió al estrado para hablar a los presos. Estaba previsto que el teniente Borman hiciese la traducción al fanagal, pero al parecer no había llegado. El Kommandant estaba claramente irritado por esto, y al cabo de unos minutos, durante los cuales no hizo más que mirar el reloj una y otra vez, empezó a hablar en afrikaans.
  —Escuchadme, atención, —dijo, y yo traduje rápidamente al zulú. Me miró sorprendido.
  —¿Tú puedes traducir, Peekay?, —asentí—. Está bien, entonces hablaré y pararé después de cada frase para que tú puedas traducir.
  Al Kommandant le fastidiaba tener que hablarles a los presos y lo hacía demasiado fuerte y en un tono muy áspero.
  —Este concierto es un regalo que os hace el profesor, que no es un asqueroso delincuente como todos vosotros ¿me oís? No sé por qué una persona importante como él quiere hacer un concierto para cafres, y no sólo cafres, sino criminales además. Pero eso es lo que quiere y lo tendréis porque yo soy un hombre de palabra. Sólo quiero que sepáis que esto no volverá a pasar y que no quiero ningún problema, entendido, escucháis el piano y cantáis y luego os volveremos a llevar a vuestras celdas.
  Se volvió a mí, resoplando nervioso.
  —Ya está. Diles lo que he dicho.
  Yo dije que el Kommandant les daba la bienvenida y que el profesor les daba la bienvenida por acudir a su gran indaba de canciones. Añadí que el profesor tenía la esperanza de que las tribus cantasen a cuál mejor para que se sintieran todos orgullosos. Les dije también que tenían que estar atentos a mis manos y me quité los guantes de boxeo para indicar los movimientos que haría con ellas. Cuando acabé de hablar vi, en el mar de rostros que tenía delante, una sonrisa general de entusiasmo a punto de estallar; luego empezaron a aplaudir espontáneamente.
 —Lo has hecho muy bien, Peekay, —dijo el Kommandant, complacido ante aquella reacción espontánea a su discurso.
Leer La potencia de uno de Bryce Courtenay libro completo online ...  Doc interpretó completo el Concierto de la Gran Patria del Sur y los presos escucharon en silencio con cabeceos de aprobación al oír las melodías de sus propios cantos tribales. Al final aplaudieron todos furiosamente.
  Luego me levanté y les mostré cómo indicaría a cada tribu que podía iniciar su actuación y cómo les haría parar difuminando las voces o terminando simplemente una canción o un pasaje con un golpe hacia abajo de las manos, un gesto de cortar. Les pedí que levantasen la mano si entendían y se alzó un mar de manos.
 Doc interpretó el preludio, que era una mezcla musical de todas las melodías, y luego yo introduje a los cantores sothas. Sus voces se fundieron en la noche como si antes de romper a cantar hiciesen vibrar el aire de principios del verano con una armonía honda. Era la canción masculina más bella que yo había oído en mi vida. Parecían comprender instintivamente lo que se quería de ellos, y seguían cada gesto como si lo previeran. Les siguieron los ndebeles, que interpretaron una melodía más estridente y cuyas voces se alzaron graves y sinceras, repitiendo el hilo de la canción que iba llevando una sola voz masculina aguda, persiguiendo a aquella voz única, cazándola a veces incluso para cobijarla y nutrirla con hermosa armonía y luego dejarla volver a escapar para que llevase de nuevo adelante el canto. Siguieron los swazis, con una canción tan bella como todas los otras. Luego los shangaans. Cada tribu sonaba distinto, aunque parecía apoyarse en el canto de la tribu anterior, separado del suyo por un estribillo común que era profundamente africano, y que parecía en cierto modo una mezcla de todos los cantos. Los zulúes se encargaron de la última parte, que se elevó en poder y majestad cuando entonaron el canto de triunfo del gran Shaka, utilizando las palmas de las manos para golpear en el suelo, como había hecho con sus pies el poderoso indi zulú, hasta que la plaza de armas pareció temblar. Las otras tribus enseguida cogieron el ritmo y empezaron a golpear también en el suelo para aumentar el efecto. El concierto duró media hora, la última parte de la cual fue el estribillo, familiar ya por entonces a todos y que todas las tribus tararearon en un final glorioso. La obra de un compositor nunca había tenido un debut más extraño ni espléndido. El concierto sería interpretado años después por orquestas filarmónicas y sinfónicas de todo el mundo, con acompañamiento de algunos de los coros de mayor prestigio. Pero nunca sonaría mejor que bajo la luna africana en el patio de la cárcel, cuando trescientos cincuenta reclusos negros se fundieron en el orgullo que sentían por sus tierras tribales y en su amor a ellas. Doc se levantó del Steinway y se volvió hacia la masa de rostros negros. Lloraba sin la menor vergüenza y hurgaba en el bolsillo buscando un pañuelo, y muchos africanos lloraban con él. Luego, sin previo aviso, brotó un clamor de aprobación de la gente que habría sido imposible parar. Doc me contaría después que había sido el momento más grande de su vida, pero lo que ellos decían era: “¡Onoshobishobi Ingelosi! ¡Onoshobishobi Ingelosi!”. ¡Ángel Renacuajo! ¡Ángel Renacuajo!, cantaban una y otra vez.
  El Kommandant pareció inquietarse y algunos de los guardias empezaron a pegar con los sjamboks en el suelo. ¡Onoshobishobi Ingelosi! ¡Onoshobishobi Ingelosi! Doc se había levantado de su asiento para hacer una reverencia, y yo entonces empecé a mover las manos para indicar que debía cesar el canto. Casi al instante se hizo el silencio. Doc alzó la vista sorprendido sin saber muy bien lo que había pasado.
  —El gran hechicero músico y yo, —dije—, damos las gracias a la gente por cantar. Todos vosotros habéis honrado esta noche a vuestras tribus y nos habéis hecho un gran honor también al gran hechicero musical y a mí.
  Para hacer un discurso así en inglés me habría faltado madurez, pero la lengua africana posee una gracia natural y se adapta muy fácilmente a las palabras de este tipo.
 —Ahora debéis callaros en nombre de vuestras mujeres y vuestros hijos, pues los bóers están nerviosos, —mi voz era un rumor débil y aflautado en la noche.
  De pronto se esparció por el cielo una lluvia de estrellas sobre el pueblo y luego otra y otra, estrellas aisladas rojas y verdes que estallaban en lo alto, torrentes que bailaban en los cielos. Los presos miraban sobrecogidos, algunos tapándose incluso la cabeza para protegerse de aquella magia. Un guardia se acercó corriendo al Kommandant, le cuchicheó algo al oído y el Kommandant se volvió hacia Doc y luego extendió la mano.
  —Es libre de irse, Profesor. Se ha acabado la guerra en Europa, los alemanes se han rendido, —señaló hacia el pueblo—. Mire los fuegos artificiales. Esos malditos rooineks ya están celebrándolo.»
 
          [El texto pertenece a la edición en español de Muchnik Editores, 1990, en traducción de José Manuel Álvarez-Florez,  pp. 302-306. ISBN:  978-8422638247.]

miércoles, 22 de diciembre de 2021

La estética musical desde la Antigüedad hasta el siglo XX.- Enrico Fubini (1935)


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12.-La reacción contra el romanticismo: el positivismo

4.-El origen de la música

  «Uno de los problemas que apasionaron mayormente a los musicólogos, y aún más a los filósofos, fue el del origen de la música, problema que se conecta con los primeros estudios de sociología y de etnología, ciencias que apenas habían surgido entonces, ciencias del porvenir según el presagio de los positivistas. El problema de los orígenes, tanto en la música como en otros campos, es evidentemente insoluble, pero esconde a menudo en su formulación alguna tesis concerniente al estado actual del objeto en cuestión, a su fundamento, a su esencia. Las investigaciones sobre el origen de la música de Spencer, Darwin, Wallaschek, Combarieu, etc, estuvieron mal orientadas, a causa de no tener en cuenta la música en cuanto hecho artístico, participando entonces del mismo defecto que las demás investigaciones musicológicas. Aun cuando se diera por cierto que los primeros cantos del hombre de las cavernas hubieran tenido su origen –por ejemplo- en el impulso sexual, como ocurre con los cantos de los pájaros, mínimamente se explicarían así la evolución sucesiva de la música o una sinfonía beethoveniana, desde el momento en que la civilización se encargó de neutralizar tales impulsos, al menos dentro del campo musical, al sobreponerse a ellos mediante una construcción independiente. Al releer hoy estas encarnizadas polémicas, se observa principalmente su futilidad sustancial, sobre todo si se piensa que, en realidad, aluden a una concepción de la música como lenguaje de los sentimientos. Entre 1890 y 1891, en la revista filosófica inglesa Mind se puede hallar el eco de tales polémicas, en una serie de artículos de Herbert Spencer, de Edmund Gurney -investigador de problemas musicales en relación con la psicología- y del musicólogo Richard Wallaschek. Resumiendo los términos de su pensamiento, ya formulado en el Essay on the Origin of Music, cuya publicación data de 1857, Spencer afirma que la música tiene su origen en un exceso de energía vital que debe expresarse; la música simbolizaría, por lo tanto, la expresión de todo tipo de sentimiento, principio que Spencer sostuvo en la polémica que estableció con Darwin (muerto una década antes de la publicación de sus artículos en la mencionada revista Mind) y con Gurney (defensor de las mismas tesis que Darwin). Tanto para Darwin como para Gurney, la música tenía su origen en el impulso sexual, como manifestación del macho para atraer a la hembra; sin embargo, Spencer contestó a esta concepción de la música como expresión del impulso sexual aduciendo observaciones empíricas: la raza humana canta en condiciones muy distintas –de trabajo, de caza, de ocio, etc.-, motivo por el cual en la expresión musical no prevalecen de ningún modo los sentimientos amorosos sobre los demás. En otro artículo, a través del cual entró en polémica con Wallaschek, quien afirmaba que el ritmo era el elemento originario de la música, generador de la melodía y de la armonía, y que “el origen de la música debe buscarse en el impulso rítmico del hombre”, Spencer resumió, una vez más, la vieja teoría del lenguaje: en su origen, el lenguaje incluía elementos emotivos e intelectivos, los cuales no se separaron hasta más tarde; la música y el canto derivarían del desarrollo independiente de los elementos emotivos del lenguaje. “La música vocal y, por extensión, toda la música, es una idealización del lenguaje natural de las pasiones” (pocas páginas antes había usado el término “enfatizar” [to exaggerate] en lugar de idealizar). La emoción y la pasión serían aquel exceso de fuerza, de vigor, de los organismos más evolucionados, que rebasa el límite requerido para las necesidades más inmediatas y que se expresa bajo la forma de sonidos. Las variaciones de voz no serían más que el efecto de las variaciones de la intensidad de la emoción; los intervalos se harían tanto más amplios cuanto más aumentara la intensidad de la emoción; asimismo, el sonido más agudo representaría el punto extremo de tensión emotiva.
 Spencer interpreta la evolución de la música aplicándole a ésta las leyes generales de la evolución: la música pasaría de una homogeneidad indefinida e incoherente a una heterogeneidad cada vez más definida y coherente. Spencer afirma aún más: que la música ha alcanzado un grado de perfección capaz de contribuir, más que cualquier otro arte, al bienestar de la humanidad. La conclusión de Spencer es que “el origen de la música como lenguaje desarrollado de las emociones ya no es una hipótesis sino, sencillamente, una descripción de hechos”. Esta tesis, típicamente romántica, conforma el fondo común de las referidas polémicas, a cuyo respecto concuerdan Spencer, Darwin, Gurney y Wallaschek.
Resultado de imagen de la estetica musical desde la antiguedad enrico fubini Transportado por Spencer desde el campo de la biología hasta el de la música, el concepto de evolución influyó en gran medida sobre la historiografía mundial: son numerosas las historias de la música que, durante la segunda mitad del siglo XIX, e incluso más allá de esta fecha, se sirven del concepto darwiniano-spenceriano de evolución, en combinación con el concepto general de progreso, con el fin de explicar la metamorfosis y la sucesión de los estilos dentro de un contexto histórico-musical, el paso de lo simple a lo complejo y de lo primitivo a lo culto. Dejando aquí a un lado a Combarieu –de quien se tratará más adelante-, nos limitaremos a recordar a Charles Parry, historiador inglés que, de forma clara, se remite a los principios evolucionistas de Spencer. Con el fin de explicar la afirmación que se da en la música profana del siglo XVII, Parry alega: “Con relación a este período, de algún modo inmaduro, el progreso muestra la inevitable tendencia de todas las cosas [la que arrastra a éstas] desde la homogeneidad hasta la heterogeneidad y la precisión”. Esta tendencia positivista, aunque también romántica, a simplificar y, sobre todo, a esquematizar los procesos históricos vino a ser un primer intento de hallar cierto orden lógico dentro del inmenso campo de la historia de la música, cuyos documentos más antiguos, apenas hacía algunas décadas, habían comenzado a conocerse. Parry concebía toda la historia de la música, conforme a un enfoque evolucionista, como una transición continua de lo homogéneo a lo heterogéneo, de la sencillez a la variedad; de esta manera era como explicaba el nacimiento y el desarrollo de la armonía y de todas las formas musicales. Asimismo, Parry, con arreglo a los esquemas positivistas de derivación sociológica, subdivide en tres estadios el ciclo histórico de la música en su totalidad: el primero, inconsciente y espontáneo; el segundo, autocrítico, analítico y consciente; el tercero, síntesis de los dos anteriores, caracterizado por el descubrimiento de la espontaneidad controlada y por haber sido –dentro de él- donde se han producido las grandes obras maestras.
 Estas teorías evolucionistas, a pesar del carácter genérico, la esquematicidad y la ingenuidad de que se revistieron a nivel historiográfico, favorecieron el desenvolvimiento de la historiografía, concibiendo ésta, no ya sólo como retrato de grandes personalidades, sino como estudio de mayor envergadura, que abarcaba períodos históricos íntegros. Las teorías positivistas acerca del origen y la evolución de la música recordaban, por un lado, los esquemas dialécticos propios de la estética hegeliana, si bien despojados de su carácter metafísico y reducidos a hipótesis históricas, y por otro lado, la tesis, nacida con el Iluminismo y desarrollada desde el Romanticismo hasta Wagner, que defendía la unión originaria de música y poesía. Ahora bien, en lo que a esta tesis se refiere es menester apuntar aquí una importante diferencia: si tanto para Rousseau como para Wagner se hacía imprescindible remontarse hasta el origen al objeto de encontrar la unidad perdida, por el contrario, tanto para Spencer como para Parry el Progreso era algo irreversible; con esto, el mito de la edad de oro caía por tierra o, mejor aún, se proyectaba hacia el futuro en vez de hacerlo hacia el pasado. La ley de la evolución era un proceso irreversible y universal; por consiguiente, si en el origen sólo existía lo simple y lo homogéneo, y la música no se distinguía todavía de la poesía, habría de ser el desarrollo lógico asumido por la historia el que conllevara la separación de un arte con respecto al otro, y, progresivamente, una divergencia cada vez mayor entre ambas artes. De esta manera, la música instrumental, con su variedad de estilos, formas y aspectos, alcanzaba su justificación  en un doble plano: el histórico y el teórico.

   5.-Las investigaciones acústicas y psicofisiológicas

 Paralelamente a los estudios históricos y paleográficos, adquirieron un gran desenvolvimiento –como ya se ha dicho- los estudios emprendidos en los ámbitos de la acústica y la psicofisiología; estudios en los que se puso tanta fe como en los otros y que se encaminaron a la elucidación del fenómeno musical, sirviéndose para ello de una investigación rigurosamente científica. Uno de los problemas que se retomaron fue el de la naturaleza y el fundamento de la armonía: surgido durante el Renacimiento de la mano de Zarlino, este problema se situó, hasta los tiempos de Rameau, entre los más importantes, tal vez, de cuantos se plantea siempre  la estética musical. Helmholtz –autor de la obra que lleva por título Lehre von den Tonempfindungen als psychologische Grundlange für die Theorie der Musik, editada en 1863- llevó de nuevo a un primer plano, en este estudio básico, el problema del fundamento de la armonía y de la consonancia, que aún hoy es tema de discusión entre musicólogos y científicos.»

    [El texto pertenece a la edición en español de Alianza Editorial, 2005, en versión de Carlos Guillermo Pérez de Aranda, pp. 356-359. ISBN: 84-206-9071-6.]