Mostrando entradas con la etiqueta Nota. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Nota. Mostrar todas las entradas

domingo, 28 de abril de 2024

Así es la música.- John Powell (1963)

Anuncios de gira de John Powell en 2020 & 2021, Notificaciones ...
2.-¿Qué es el oído absoluto? ¿Yo lo tengo?


 «Imaginemos que hay tres personas cantando en el baño. No, no en el mismo baño, este libro no va de eso. Cada uno canta en su propio baño (que, aparte de eso, está en silencio), en distintas plantas de un bloque de pisos.
 En la segunda planta está Carmen Normal; tiene un gin-tonic en una mano y se arranca con Dancing Queen, de Abba, a todo el volumen que da su voz no entrenada. Si grabáramos su canción y la comparáramos con el disco original, observaríamos dos hechos:
 1.- Aunque las notas suben y bajan de tono en los momentos adecuados, en ocasiones saltan un poco demasiado y otras veces no saltan lo suficiente. Así cantamos casi todos (por esa razón no nos conviene renunciar a nuestro empleo para ganarnos la vida cantando).
 2.- La nota con la que empezó no era la misma que usó Abba. En realidad, la nota con la que empezó ni siquiera está en ninguna parte del teclado de un piano (ni falta que hace). Se trata tan sólo de una nota que ella eligió del centro de su rango vocal y, si se contrastara, resultaría que se encuentra entre dos notas adyacentes de un piano. Esto es lo que hacemos casi todos nosotros.
 En la séptima planta vive Jaime Cantor, que pertenece a un coro, ha estudiado canto, pero no cuenta con oído absoluto. Es una suerte, y nos viene bien aquí, que también esté cantando Dancing Queen. Si comparamos su versión con la original descubriríamos que sus saltos entre notas son muy precisos. Sin embargo, como sucede con su vecina de la segunda planta, la nota con la que empezó no coincidía con la del original de Abba: se trata de una de esas notas de entre medias que la mayoría seleccionamos cuando cantamos.
 En la planta 15, Cecilia Perfecta también está en el baño reviviendo la misma canción setentera Dancing Queen (vaya casualidad). Cecilia ha estudiado canto y también cuenta con oído absoluto —que también se conoce como oído perfecto. Si comparamos su versión con la canción original descubriremos que no sólo es que los saltos entre notas coinciden, sino que además empezó exactamente en la misma nota. Eso significa, desde luego, que está cantando las mismas notas que la canción original de Abba.
 La proeza de Cecilia es extraordinaria y bastante inusual (hay un porcentaje muy pequeño de personas con oído absoluto), pero no indica que tenga un talento musical especial. Es posible que Jaime sea mejor cantante y que si lleváramos un piano a su cuarto de baño y tocáramos la primera nota de la canción, podría empezar desde ella y, al igual que Cecilia, reproducir exactamente las mismas notas de Abba.
 Lo único que está demostrando Cecilia es que ha memorizado todas las notas de un piano, una flauta o algún otro instrumento. También es casi seguro que realizó semejante prodigio memorístico antes de cumplir los seis años. Los niños pequeños memorizan muchísimo más eficazmente que los demás, y así es como aprenden a hablar y adquieren muchas otras destrezas (en unos pocos meses pasan de estar sentados en el césped comiéndose los bichos y diciendo ga ga gugu a ir paseando por ahí, soltando comentarios sarcásticos sobre la calidad de las galletas).
 Un niño pequeño al que se le enseña una canción, aprende la música y la letra. La música no se compone de notas concretas, sino más bien de ascensos o descensos de tono, con un determinado ritmo. Campanita del lugar suena igual de bien sea cual sea la nota con la que la empezamos, y no hay que olvidar que la mayoría empezamos en una nota que está entre dos notas del piano.
 Sólo si las melodías se ejecutaran en un instrumento, el niño podría empezar a desarrollar oído absoluto. Si uno de sus padres tocara las mismas notas en el piano cada vez que cantan Campanita del lugar, el niño podría empezar a memorizar las notas concretas que utilizan en lugar de aprender únicamente los saltos. Gradualmente, podría ir construyendo una auténtica biblioteca mental de todas las notas del piano. Si esto sucediera, también podría aprender que cada una de las notas memorizadas tiene un nombre, como, por ejemplo, el Fa por encima del Do central (el Do central es el Do cerca del centro del teclado de un piano).
Así es la música: Guía sobre la armonía, los tonos, los acordes y ... Es interesante el hecho de que, aunque en Europa y Estados Unidos el oído absoluto es algo poco frecuente, es mucho más común en países como China y Vietnam, cuyo idioma contiene un elemento de control de tono. El sonido que emites al pronunciar una palabra en esas lenguas tonales es una combinación de cantar y hablar. El tono en el que cantas una palabra en una lengua como el mandarín es vital para comunicarse: cada palabra tiene varios significados sin relación entre sí que dependen del tono. Por ejemplo, la palabra ma significa madre si la cantas/dices en un tono agudo y uniforme, pero significa cáñamo si empiezas en un tono medio y luego subes, o caballo si empiezas grave, bajas y luego subes. Si empiezas agudo y dejas que caiga el tono, estás diciendo perezoso. Por tanto, una pregunta inocente como «¿Ya está la comida, mamá?», fácilmente podría transformarse en, «¿Y mi comida, caballo?» si no lo dices con los tonos adecuados. Como un error de este tipo podría mermar catastróficamente su fuente de alimentación, los niños pequeños que están aprendiendo alguna de estas lenguas tonales están mucho más pendientes del tono que los occidentales, niños o adultos y, por tanto, es más probable que adquieran oído absoluto.
 El hecho de que sean tan pocos los occidentales que desarrollan esta memoria de las notas se debe a que no es algo que nos sea muy útil. Es más, puede llegar a ser bastante desagradable, ya que la mayoría de las personas canta o silba muy fuera de tono. Si fueras violinista en una orquesta, el oído absoluto te sería útil para ir afinando tu instrumento en el taxi de camino al concierto. O si fueras un cantante profesional, siempre podrías estar seguro de que estás ensayando con las notas correctas aunque estés paseando por el campo. Pero esas serían las únicas ventajas. Esta falta de utilidad es una de las razones por las que en la enseñanza de la música nunca se hace ningún intento de adquirir oído absoluto. Otra razón fundamental para su falta de desarrollo es que es muy difícil de lograr después de los seis años de edad.
 Una vez dicho esto, sí hay bastantes músicos (y algunas personas de carne y hueso) que tienen oído absoluto parcial. Lo que quiero decir con esto es que han memorizado una o dos notas. Por ejemplo, la mayoría de los músicos de una orquesta tienen que afinar su instrumento al principio de cada concierto (a diferencia de aquel violinista repelente con oído absoluto que puede hacerlo a solas en el taxi). Siempre utilizan la nota La con este fin. Un instrumento (normalmente el oboe) emite un La y todos los demás ajustan su  instrumento para que su La suene igual (esto produce el escándalo horroroso ese que se oye cuando una orquesta va a empezar un concierto). Esta repetida atención a la nota La puede hacer que algunos músicos acaben memorizándola.
 Otros ejemplos de oído absoluto parcial también guardan relación con la exposición repetida a una nota o canción concreta. A veces, los que no son músicos también pueden lograrlo y memorizar una nota o varias notas, aunque no sepan cómo se llaman. Pruébelo usted mismo. Ponga una de sus canciones favoritas y cante la que piense que va a ser la primera nota de la canción, y siga haciéndolo cada vez que ponga en marcha su equipo de música. No hay forma de predecirlo, pero usted podría acabar con un tono absoluto parcial.
 Este tono absoluto parcial no es tan sorprendente como podría parecer al principio: todos podemos recordar una nota durante unos cuantos segundos (pruébelo con su equipo de música), y la memoria a corto plazo, si se repite con frecuencia, a veces puede convertirse en memoria a largo plazo.
 Por cierto, para aumentar muchísimo su precisión tonal cuando cante o tararee, tápese un oído con un dedo. Algunos solistas también suelen hacerlo. Esto funciona porque estamos diseñados para no oír nuestra voz con mucha intensidad, y así evitar que nuestra propia voz enmascare cualquier sonido al que deberíamos estar prestando atención: leones, avalanchas, el aviso de que se cierra el bar, etc. Cuando nos tapamos un oído, mejora la retroalimentación entre la boca y el cerebro y contamos con más elementos de juicio a la hora de calibrar el tono que emitimos.»

  [El texto pertenece a la edición en español de Antoni Bosch Editor, 2012, en traducción de William McGrath y María Dolores Crispín, pp. 15-18. ISBN: 978-84-9534-860-9.]

martes, 19 de noviembre de 2019

El pórtico.- Philippe Delerm (1950)

Resultado de imagen de philippe delerm 

«-Por favor, siéntese -acabó diciendo el Inspector con un punto de irritación en la voz y le indicó a Sébastien una silla al otro lado de la mesa.
 No se caían bien. Era casi palpable. A Sébastien no le gustaba el traje del Inspector y al Inspector no le gustaba el grueso jersey de Sébastien. A Sébastien no le gustaba el modo con que el Inspector apoyó las palmas de sus manos blancas sobre la mesa, y al Inspector no le gustaba la postura que había adoptado Sébastien, con la pierna izquierda doblada sobre la derecha y la mano derecha sujetándose el tobillo izquierdo, con desenvoltura totalmente fingida.
 -Pues bien, señor Sénécal. Tal vez yo no me muestre tan ditirámbico respecto a ese texto de Eric... -en ese punto el Inspector miró la parte inferior del texto para recordar el apellido del autor y manifestar así con ostentación que éste no formaba aún parte del panteón oficial-: Holder, sí, eso es... Un texto bastante estimable, eso sí, pero en fin, no van por ahí mis reproches.-Tras una tosecilla diplomática, el Inspector prosiguió-: Sí, ya he visto que en el pasado tenía usted informes muy favorables de la inspección. Un pasado bastante lejano, a decir verdad, pues se remonta a hace más de diez años. Y eso es lo que me preocupa un poco, señor Sénécal, no voy a ocultárselo. Tras haber leído la selección de textos de los distintos cursos a los que da clase, me da la impresión de que no practica el trabajo en créditos que se exige en estos momentos...
 Por fin habían llegado al meollo del asunto. Curiosamente, Sébastien no experimentaba el menor malestar e interrumpió al señor Dumesnil con tono muy firme:
 -Nunca me he hecho muchas ilusiones sobre la razón de ser de esos créditos, señor Inspector. Cuando empecé a dar clase tenía a mi cargo dos cursos de francés. El Ministerio me adjudica ahora cuatro, y el año que viene tendré cinco, con la reducción de horarios propuesta. Al principio nos exigían en cada clase una redacción cada quince días, un dictado por semana, comentarios de texto, preguntas por escrito. Total, una cantidad de deberes para corregir que era factible con dos o tres cursos, pero que ya no lo es con cuatro o cinco. Entonces ha habido que buscar un nuevo modo de funcionamiento, en el que a los alumnos no se les evalúa más que por una nota global que se da cada cinco o seis semanas. Ése es, en mi opinión, el auténtico origen de los créditos. Un deseo de ahorrarse profesores y dinero, como siempre. Por otra parte, no hay nada más aburrido para un alumno que quedarse empantanado varias semanas en el mismo tema y mezclar en él artificialmente la escritura, la gramática, la lectura y la ortografía.
 Las manos del Inspector habían abandonado su tranquila inmovilidad para iniciar un leve tamborileo regular.
 -Señor, Sénécal, permítame que le diga que su razonamiento es del todo falaz. Los créditos se han implantado para ayudar prioritariamente a los alumnos con dificultades. En cuanto a esa sarta de notas que se les ponían a los alumnos en la bendita época en que usted habla, sabe usted perfectamente que las más de las veces eran para ellos un motivo de desaliento.
 -Perdone que le interrumpa, señor Inspector, pero creo que es mucho menos traumatizante la abundancia de notas que su escasez, que confiere a éstas un temible peso. Además, no conseguirá hacerme creer que un alumno de educación especial progresa más cuando se le corrigen menos deberes.
 La cadencia del tamborileo iba tornándose más febril.
 -Basta, señor Sénécal, no está usted aquí para poner en tela de juicio los programas de secundaria, sino para escuchar un balance de su trabajo, bastante desconcertante, fuerza es decirlo, pues en él se combinan aparentes pretensiones de modernidad con ciertas actitudes obsoletas... Estamos a finales de abril y veo que todavía no ha empezado, en primero, el estudio de los textos básicos que, sin embargo, es obligatorio. La semana pasada estudió usted un poema cuyo autor no aparece citado. En segundo, veo, en la misma semana, el comentario de texto de una canción de... Thomas Fersen, con el de un texto de Proust dedicado a los topónimos. No conozco al tal Fersen, pero ¿cree usted que son capaces unos alumnos de segundo de comprender a Proust? Y, sobre todo, ¿cree usted que todo eso tiene realmente una unidad?
 Era extraño. A Sébastien le daba la impresión de que habría tenido dificultades para justificarse si el Inspector le hubiera caído más simpático. Pero así, en cambio, se encontraba liberado, incitado a un sentimiento de justa ira que le confería un inesperado aplomo:
 -La unidad de todo eso, señor Inspector, es la vida, la calidad de todos esos textos, el eco que suscitan en los alumnos. ¿Demasiado complicado Proust? Sí, por supuesto, pero su imaginación sintoniza tanto con la de los alumnos que, guiándolos, puede conseguirse que accedan a ella. A raíz de este comentario, los alumnos escribieron sus propios "topónimos" y el resultado es sorprendente... Es cierto, en primero, todavía no he estudiado los textos básicos. Veremos algunos a finales de curso. Pero no todos. Me parece inoperante insistir demasiado en unos textos que carecen del menos interés, que provienen de traducciones aleatorias en las que brilla por su ausencia el estilo. Lo mismo ocurre con los cuentos. Si siguiéramos al pie de la letra los programas, los alumnos de primero se pasarían más de un trimestre bregando con unos textos escritos del modo más insulso. El contenido cultural de los textos básicos corresponde a la asignatura de Historia.
 La mirada del señor Dumesnil se había ensombrecido. Se caló las gafas para poner fin a aquel estilo oratorio:
 -Ya sé que tiene usted problemas con los nervios, señor Sénécal, su director ha tenido la delicadeza de informarme acerca del particular. Pero ello no le autoriza a estas intemperancias...
 -Mis problemas nerviosos no vienen a cuento, señor Inspector. Hace mucho tiempo que pienso esto. Su supuesta reforma se apoya en la constatación de un fracaso. Ese sentimiento de fracaso no lo he experimentado nunca en veinte años y únicamente lo experimentaré si me obligan a poner en práctica sus programas y sus técnicas burocráticas y nefastas. Sólo se puede ser un buen profesor de Lengua si se tiene la libertad de ser uno mismo.»

   [El texto pertenece a la edición en español de Tusquets Editores, 2004, en traducción de Javier Albiñana. ISBN: 84-8310-258-7.]