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domingo, 14 de junio de 2026

Asinaria o La comedia de los asnos.- Plauto (254 a.C. - 184 a.C.)

Acto III
Escena I
(Cleéreta y Filenia)

«Cleéreta: ¿No puedo conseguir que me obedezcas cuando te prohíbo alguna cosa? ¿Es que tienes la idea de librarte de la autoridad maternal?
 Filenia: ¿Cómo voy a aplacar a la Piedad, oh madre, si no busco agradarte acomodándome a tus normas de conducta, en la forma que me mandas?
 Cleéreta: ¿Es esto honrar la Piedad, quitarle autoridad a tu madre? ¿Está bien oponerte a mis órdenes?
 Filenia: ¿Cómo es esto? Ni censuro lo que está bien hecho ni me gusta lo que es deficiente.
 Cleéreta: Nuestra enamoradiza es bastante habladora...
 Filenia: Madre, ése es mi negocio. La lengua pide, el cuerpo pide, el corazón suplica, las circunstancias aconsejan.
 Cleéreta: Quería corregirte y te presentas como acusadora.
 Filenia: ¡Por Dios!, ni te acuso ni me creo con derecho a ello. Pero me lamento de mi suerte cuando me apartas del que amo.
 Cleéreta: ¿De todo el día no se me concederá una partecita para poder hablar?
 Filenia: No sólo te doy tu partecita sino también la mía. Para hablar y para callar, ten firme el gobernalle, pues, ¡por Pólux!, si abandono el remo y descanso sola en la cabina de la nave, se acabó para ti toda nuestra hacienda familiar.
 Cleéreta: ¿Qué dices? No he visto nunca una mujer más desvergonzada que tú. ¿Cuántas veces te he prohibido acercarte a Argiripo, acariciarle, hablar con él? ¿Qué te ha dado, qué ha ordenado que nos trajesen? ¿Es que tú crees que las palabras dulces son oro o que las palabras bien dichas son regalos? Estás demasiado enamorada, le buscas demasiado, le reclamas a tu lado. A los que dan, los desprecias; a los que te desprecian, te pierdes por ellos. ¿Acaso debes esperar si alguno te promete que te va a hacer rica cuando se muera su madre? ¡Por Cástor!, nos amenaza un gran peligro, a nosotras y a la casa, de morir de hambre mientras esperamos su muerte. Si esta vez no trae aquí las veinte minas de plata, ¡por Cástor!, será arrojado de aquí a la calle, ese derrochador de lágrimas. Hoy es el último día que yo acepto sus excusas de pobreza.
 Filenia: Yo aguantaré, madre mía, aunque mandes que no coma.
 Cleéreta: No te prohíbo que ames a los que te dan, porque ellos son amados con razón.
 Filenia: Mas si mi corazón se enamora de uno, madre, ¿qué he de hacer?  Aconséjame.
 Cleéreta: ¡Toma! Mira mi cara, si velas por tu interés.
 Filenia: También el pastor que apacienta las ovejas ajenas tiene alguna preferida para alegrar su esperanza. Déjame amar a uno solo de corazón, a este Argiripo, a quien quiero.
 Cleéreta: Marcha dentro, pues, ¡por Pólux!, no hay nadie más desvergonzada que tú.
 Filenia: ¡Oh, madre!, has tenido una hija pronta a obedecer.

Escena II
(Líbano y Leónidas)

 Líbano: Con razón damos a la Perfidia alabanzas y muchas gracias porque con nuestros trucos, engaños y astucias, confiados en nuestras espaldas, apoyados en el valor de las varas del olmo... [Falta un verso.] ...contra los aguijones, cuchillos, cruces, esposas, hierros, cadenas, cepos, trampas, collares, cepos de cabeza y de pies, argollas y contra encarnizados provocadores, conocedores de nuestras espaldas en las que anteriormente tantas veces nos produjeron cicatrices... [Falta un verso.] ...Por ahora, esas legiones, tropas y ejércitos suyos, luchando con fuerza con nuestros juramentos falsos, han alcanzado la fuga. Esto se ha conseguido con el valor de este colega y con mi colaboración. ¿Hay alguien más valiente que yo para soportar los castigos?
 Leónidas: ¡Por Pólux!, no puedes alabar tus méritos tanto como yo: por lo que has hecho de malo en casa y en la guerra. ¡Canastos! No se pueden mencionar a tu favor muchas cosas: las veces que has defraudado a quienes confiaban en ti, las muchas veces que has sido infiel a tu amo, las veces que a sabiendas y de buen grado has jurado en falso, cuantas veces has perforado las paredes has sido cogido en hurto, las muchas veces que te has defendido estando colgado en presencia de ocho hombres fornidos y audaces y valientes manejadores de vergas.
 Líbano: Confieso, verdaderamente, Leónidas, que la verdad es como tú dices. Mas, ¡por Pólux!, ¿ no pueden también referirse tus propias y muchas maldades sin mentir? Las veces que a sabiendas has sido infiel a quien te era fiel, las veces que has sido cogido en hurto manifiesto y azotado, las veces que has jurado en falso, las veces que has alargado las manos a objetos sagrados, las muchas veces que has ocasionado daños, malestar o deshonor a tus amos, las veces que has negado el depósito que se te había confiado, las veces que has sido más fiel a la amiga que a tu amigo, las muchas veces que por la dureza de tu piel has tenido a tu lado ocho fuertes lictores dotados de flexibles varas de olmo. ¿Acaso al alabar a mi colega he hecho mal el elogio?
 Leónidas: Lo has hecho como más me convenía a mí, a ti y a nuestra condición.
 Líbano: Deja todo eso y responde a mi pregunta.
 Leónidas: Pregunta lo que quieras.
 Líbano: ¿Tienes las veinte minas de plata?
 Leónidas: Eres un adivino. ¡Por Pólux!, que el viejo Deméneto ha sido amable con nosotros. ¡Qué gracioso cuando me hacía pasar por Sáurea! Apenas pude contener la risa cuando el extranjero decía muy exaltado que durante su ausencia no había querido fiarse de mí. Cómo me llamaba, sin olvidarlo nunca, Sáurea el intendente.
 Líbano: Espera un poco.
 Leónidas: ¿Qué pasa?
 Líbano: ¿No es Filenia esa que sale de su casa acompañada de Argiripo?
 Leónidas: Cierra la boca: es él. Escuchemos con disimulo.
 Líbano: Ella, llorando, le coge el vestido a él, que también llora. ¿Qué querrá decir todo esto?
 Leónidas: Escuchemos en silencio.
 Líbano: ¡Toma! Ahora, ¡pardiez!, pienso que lo que querría tener es una pértiga.
 Leónidas: ¿Por qué?
 Líbano: Para azotar a los asnos, si por casualidad comenzasen a rebuznar, desde nuestras alforjas.»

  [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Espasa-Calpe, 1997, en traducción de José Mª Guinot Galán, pp. 167-171. ISBN: 84-239-7346-8.]

domingo, 14 de abril de 2024

54.- Wu Ming (Roberto Bui -Wu Ming 1-, Giovanni Cattabriga -Wu Ming 2-, Luca Di Meo -Wu Ming 3-, Federico Guglielmi -Wu Ming 4- y Riccardo Pedrini -Wu Ming 5-)


Narrativa transmediática y communal fiction en Wu Ming ...
Primera parte: Šipan

Capítulo 5

  «Declaración realizada el 8/01/1954 al comisario de la policía nacional Pasquale Cinquegrana sobre la desaparición de un caro aparato de televisión de marca americana de la base militar de las Fuerzas Aliadas de Agnano, Nápoles.

 Me llamo Pagano Salvatore, nacido en Nápoles el día 21 de julio de 1934. Mi madre se llamaba Carmela, pero todos la conocían como Nennella, sobre todo en Vergini. El barrio, quiero decir. El barrio de Vergini.
 De mi padre nada sé, y no digo más.
 A mí, sin embargo, los amigos, los chalanes de Agnano y también otros amigos, me llaman Kociss. Bueno, también Salva el de la Virgen, pero más Kociss. ¿No lo entiende? Kociss, con «k», ya sé que en nuestro alfabeto no existe, pero en el americano y los extranjeros, sí. La k, quiero decir. Pero ¿no conoce usted al gran futbolista húngaro? ¡Kociss!
 ¿Si soy futbolista? No, pero qué importa, número uno, porque yo al balón sé jugar de verdad, y aunque tengo casi veinte años, si tuviera más suerte hasta podría triunfar, pero da igual, porque el nombre me lo gané por algo que no tiene nada que ver con el balón, bueno, sí, tiene que ver, pero esto es otra historia. En fin, ¿tiene presente a ese gran equipo que es Hungría, que este año ganará a todos en la Copa del Mundo que se juega en Suiza? Pues en ese equipo hay varios jugadores y hay uno que mete cada gol de cabeza que, cómo le diría, los clava. Fulminantes. Él y Puskas meten goles a paladas, lo nunca visto, vamos. Y este que le digo los mete casi todos de cabeza, el no va más. Kociss.
 Pero, bueno, a lo que iba, que algunos amigos y otros también, ya sabe cómo son los amigos, siempre de coña, en fin, que me llaman así porque según dicen cuando me pongo a discutir con algún tipejo que tiene mal perder, cosa que no suele ocurrir, quede claro, pues eso, que pocas veces eso pasa y que si tú de qué vas, a mí no me vaciles, salen a relucir las madres y hasta ahí hemos llegado, ya me entiende, pues eso, que según ellos les suelto un cabezazo, aunque eso pasaría una vez, dos como mucho, ya sabe cómo son los amigos, y dicen que les dejo grogui, y por eso me pusieron ese nombre. Pero no era esto lo importante, perdone, lo que quería decirle es que en el asunto ese del televisor yo no tengo nada que ver.
[…]

Capítulo 11

  Declaración hecha el 25/01/1954 al comisario de la policía nacional Pasquale Cinquegrana por Pagano Salvatore, de padre desconocido, sospechoso del robo de un caro aparato de televisión de marca americana de la base militar de las Fuerzas Aliadas de Agnano, Nápoles.

 De acuerdo, entendido. Dice usted que hubo una persona que me vio por la base. Agnano, quiero decir. La base de los Aliados de Agnano. Pero ¿qué significa eso? Puede haberse equivocado, ya sabe lo que pasa cuando está oscuro, que cree uno reconocer a un amigo y en cambio es alguien que no tiene nada que ver. Eso es, así debe de haber sido. ¿Qué cree? Hay más de una persona que le puede decir que estaba en la fiesta. Ya le hablé la vez pasada de la fiesta, esa de Reyes. En el orfelinato de Santa Teresa. Por supuesto, para repartir los regalos a los críos, ¿cómo no? Puede preguntarle a sor Juliana, si usted quiere, allí no estaba oscuro, ella me vio perfectamente la cara, incluso hablamos. Y estaba además sor Magdalena, puede preguntarle también a ella. No pensará que dos monjas vayan a mentirle, son esposas de Cristo, ya conoce a las monjas, oración y buenas obras, no saben siquiera lo que es la mentira, es decir, entiéndame, lo saben, pero piensan que cuando se miente la Virgen llora, de veras, eso nos decían, ¿ya sabes lo que pasa si dices mentiras?
 A mí fueron ellas las que me educaron. Las monjas, quiero decir. Sor Juliana y sor Magdalena juntas. Usted mismo puede comprobarlo, hasta los trece años viví en el orfelinato de Santa Teresa, porque, en fin, mi madre apenas tenía dinero para ir tirando, la pobre, y con el oficio al que se dedicaba, no sé si me explico, una criatura era una buena carga. De mi padre, en cambio, no añado más. Hermanos, hermanas, tal vez tengo muchos, pero nunca nadie me ha dicho nada.
 Y ya que va, cuando vea a las monjas, pregúnteles a ellas si soy yo un delincuente, como dice. Ya sabe, ellas no dicen nunca mentiras. ¿Salvatore Pagano? Es un buen chaval, sí, siempre con los caballos, con las apuestas, pero ¿qué quiere usted?, de alguna manera se tiene que vivir. Porque a ellas, las monjas, tampoco las apuestas les hacen mucha gracia. Pues si uno apuesta demasiado, hace llorar a santa Teresa. Eso nos decían. Cada pecado tiene a su santo que llora, y cuanto más grave es el pecado más importante es el santo. Pero, perdone, le estaba hablando de las monjas. ¿Salvatore Pagano? No ha robado nunca nada, le dirían, aparte de algún que otro caramelo, y sí, claro, también algún que otro cigarrillo, y una vez, pero una sola vez, una botella de vino de la bodega, pero un televisor, eso es demasiado, ¿y dónde habría puesto él un televisor? No, no, Salva es un buen chaval, le dirían.
 Porque, mire, para demostrarle que quiero ser sincero con usted hasta el fondo, como en un confesionario, aparte de los caramelos, los cigarrillos y la botella de vino, una vez, pero una sola, ¿eh?, hubo también otra cosa. Y no creo que esto las hermanas se lo vayan a contar, porque, en fin, también ellas, en este caso, ¿entendido, no? Y esto es lo más gordo que he hecho nunca, con la mejor de las intenciones, por supuesto, algo justo, sí señor, pues de lo contrario las hermanas no me lo hubieran dejado hacer nunca, pues vivía aún medio con ellas, en aquel entonces. Sí, medio, en fin, a medias, a ratos, por el día me iba por mi cuenta y por la noche volvía con ellas a dormir. Tenía trece años, entonces.
54 wu ming - Vendido en Venta Directa - 145141054 ¿Le he dicho, no, que hay ciertos amigos, pero pocos, y otros también que me conocen como Salva el de la Virgen? No, no, tranquilo, no estoy cambiando de tema otra vez. Esto tiene que ver con esa cosa gorda, pero justa, que hice hace mucho tiempo, la de las monjas. En fin, le decía que me llaman así, Salva el de la Virgen, por el hecho de que yo, no solo precisamente, mejor dicho, junto con otras personas, hice llorar a la Virgen. ¿Para qué mentir, disculpe? Eso es una forma de hablar. No, a estas Vírgenes no las he hecho llorar con mentiras. Esas lloraban de verdad. Es decir, de verdad no, no era un verdadero milagro, era una mentira, pero lloraban, eso sí. ¿Que no entiende? Se lo explicaré mejor: esas otras personas con las que estaba echaban una mano a otras personas, gente importante, peces gordos. Estos peces gordos iban a muchísimos pueblos de los alrededores de Nápoles, Acerra, Marano, Afragola, hablaban de sus cosas, hacían propaganda, contaban sus proyectos. Y cuando se iban, y la gente seguía aún toda allí, al pie del escenario, pues estos peces gordos hablaban desde un escenario, nos presentábamos nosotros. O sea, esas otras personas y yo. Y no es que yo tuviera que hacer gran cosa, me mandaban a la iglesia del pueblo, junto con el párroco, que estaba también con nosotros, y en un momento dado tenía que salir yo corriendo afuera, como loco, diciendo que había visto llorar a la Virgen, que era un milagro, ¡corred!, que una viejecita que estaba a mi lado se había desmayado del susto. Y había veces en que esas otras personas que estaban conmigo habían colocado una botellita de agua dentro de la estatuilla de la Virgen, y ella lloraba de veras, es decir, de veras no exactamente, no es que fuera un milagro, pero, en fin, parecía que llorase. Pero en otras ocasiones no era necesario, bastaba con que los del pueblo vieran al chaval y a la viejecita que decían sí, que la Virgen había llorado, que ellos la habían visto, mientras aquel pez gordo decía que había que votar por él, cruz sobre cruz, pues si no ni Virgen ni Italia ni nada, iban a llegar esos ogros que se comían a los niños y… ¿No quiere que le cuente esta historia? ¿Que ya la conoce? Está bien, está bien, no diré nada más, ya le dije que era algo gordo, que a usted se lo quería contar todo, como en un confesionario, en fin, pero a mí esa gente me la hicieron conocer las monjas, y me dijeron que, bueno, había mentiras y mentiras, y que ésa era con buenas intenciones, también usted hubiera dicho mentiras buenas, y esta era una de ellas, y era tan buena que a fuerza de decirla parece que salvamos a Italia en el cuarenta y ocho, yo y esas otras personas… Está bien, no le interesa, ya lo he entendido, acabo enseguida, en cualquier caso fue por eso por lo que algunos amigos, pero pocos, y también otros me llamaban Salva el de la Virgen. A mí, Kociss me gusta mucho más.
 Pero si no quiere oír esta historia, vuelvo a decirle que yo con este problema del televisor americano no tengo nada que ver. Y esto de la Virgen es lo más gordo que he hecho nunca.
 ¿Las cinco mil liras, dice? ¿Qué cinco mil liras? ¿Que las tenía en el bolsillo? Bueno, sí, es cierto, cinco mil liras, pero esas son mías. ¿Y cree que si hubiera vendido a alguien un televisor americano le habría pedido nada más que cinco mil liras? Vale veinte veces más, por lo menos. Pero le parece extraño que uno como yo vaya por ahí con cinco mil liras en el bolsillo. Y bueno, ya le he dicho que tampoco a las monjas les gusta, pero que yo apuesto a los caballos, que santa Teresa me perdone, y las veces que gano, me saco alguna cosa. Además, ya sabe lo que pasa, siempre ando por el hipódromo, y limpia aquí, lleva esto allá, vete rápido a hacer una apuesta para el señor que no quiere molestarse, y también así se saca uno algo. Pero poquita cosa, cuatrocientas, quinientas liras como mucho. Las cinco mil liras, esas las gané a los caballos. En el Gran Premio del domingo éramos tres, me parece, yo aposté por Monte Allegro, todos decían que ganaría Ninfa y en cambio ganó Monte Allegro. Ya sabe, Agnano es mi segunda casa, o mejor dicho, incluso la primera, y yo los caballos los conozco bien de verdad, y Ninfa el día antes había tenido un cólico de miedo, mientras que Monte Allegro estaba en buena forma. El totalizador lo daba a cien liras, puede comprobarlo usted mismo, y yo aposté por él todos mis ahorros, quinientas liras, exactamente.
 ¡Una gran apuesta, comisario, nunca he visto tanto dinero en mi vida!»

      [Wu Ming es el pseudónimo de un grupo de escritores italianos que trabajan de forma colectiva].
   [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Mondadori, 2003, en traducción de José Ramón Monreal, pp. 50 y 75-76. ISBN: 978-84-3970-985-5.]


domingo, 24 de marzo de 2024

El Canillitas.- Artemio de Valle-Arizpe (1884-1961)

Artemio de Valle-Arizpe
Segunda parte

Octavo tranco
En el que se va a decir en dónde, cómo y por qué el Canillitas estuvo a punto de ser devorado   

 «Imponente era la borrachera que llevaba Félix. Era amplísima, de las de agarra-pollos, llamadas así con exacta propiedad porque con su peso avasallador se camina enteramente agachado, casi en cuclillas, como si se anduviese persiguiendo para tratar de atraparlas a unas de esas pequeñas y piadoras aves de corral.
 Lo echaba de un lado para otro su fabulosa ebriedad y en uno de estos irrefrenables bambaleos fue a darse un magno encontrón con un descuidado transeúnte y le puso un zapato encima de un pie, haciéndole lanzar una exclamación adecuada al dolor que sufrió, con unos indispensables pesiatales aforrados de porvidas, y exclamó luego que acabó de soltarlos:
 —¡Salvaje, qué pisotón me diste! Me has deshecho de este pie tres dedos por lo menos.
 —No se lo he dado. ¡Qué capaz que yo dé algo! Soy muy avaro, sépalo. Sólo se lo presté.
 —¿Conque sí? ¿Conque me lo prestó? Pues como por ahora no lo necesito para nada téngalo, se lo devuelvo.
 Y diciendo y haciendo asentó el pie de lleno en uno de los de Félix con una patada bestial.
 —No urgía la devolución, señor, se pudo haber quedado con él por más tiempo.
 —Como soy forastero y me voy de la ciudad, por eso le he hecho la entrega. ¡Yo para qué me voy a llevar nada prestado, ni menos de usted, a quien no conozco! Ah, oiga, como ganó buen interés por el tiempo que lo tuve en mi poder aquí tiene el rédito legal para que lo aproveche y lo goce. Y dígame si aún falta algo.
 Y sin más ni más el muy lebrón le bregó a Félix las piernas a pisotones, con los que casi se las desbarató, haciéndolo ver cometas encendidos y mil estrellas errantes de todos los colores; pero así y todo respondió muy comedido y suave, tragándose la dolencia:
 —Acepto los réditos porque yo voy a la ganancia, y como no quiero más de lo que me corresponde, pues usted me ha dado un gran excedente, aquí le devuelvo el sobrante. Recójalo.
 En un santiamén le asestó dos pares de excelentes zapatadas con las que casi le trituró una espinilla, lo cual al instante, hizo hervir a borbotones la ira del acoceado, y tanta era la ferocidad que mostraba en los ojos, que en cada uno de ellos tenía temblando una luz; parecía que sus niñas tenían presa una luciérnaga. Y a toda mano, con un milagro de sencillez, le dio un trascuernazo con el que lo echó boca abajo, y así caído como estaba, le suministró con galanura singular, una buena pisa de coces, y eso que estaba obscuro; con alguna claridad habría sido más pulida la pateadura y se la hubiese distribuido mejor por todo el cuerpo. Era cosa bien sabida que de todos los golpes que se repartían en la ciudad, al Canillitas le tocaba siempre una buena parte. Tenía estrellas contrarias.
 Félix para defenderse con algo, empezó a lanzar un sinnúmero de pedradas verbales, con las que le sangró la honra a su agresor, pues entre ellas salieron a relucir bonitamente el padre, la madre y no sé cuántos más de sus ascendientes, pero no solos, sino bien acompañados de sonoros y significativos epítetos. Les decía piadosos responsos de vituperios y anatemas. De repente el enfurecido golpeador suspendió su atareado trabajo y gritó con efusión:
 —¡Recáspita! ¡Si es el Canillitas! Por la voz y los voquibles lo he conocido. ¿Verdad que tú eres, Canillitas?
 —Sí, yo soy ¿y qué? ¿Y tú quién eres, carajuelo?
 —Tu amigo el doctor Pretinas, hombre. Otros me apodan Pelechotes.
 —En tus partos habías de andar, Pelechotes, hijo de mala madre y de los demonios, y no sobre mi cuerpo.
 —Voy a asistir a uno y tengo prisa en llegar, pues ya sabes, hermano Canillitas, que es cosa exacta, bien probada, que después de las alegres noches de posadas, a los nueve meses justos de esas fiestas, aumentan los nacimientos más que en ninguna otra época del año. Y es el caso que como los niños se encargan generalmente de noche, siempre vienen a las altas horas para desesperación de nosotros los infelices ayudadores a bien parir, en las cuales deberíamos estar en la ocupación continua y virtuosa de regalarnos el cuerpo con buenas bebidas, con el rostro abierto al regocijo, y no hacia una gritona parturienta. Ésta es una desconsideración de las mujeres para con nosotros, que las servimos en esos aprietos que tienen por culpa suya y de sus maridos o de sus amigos.
El canillitas: Artemio de Valle-Arizpe: Amazon.com.mx: Libros —Perdona lo que te presté, querido doctor Pretinas, o Pelechotes, como tú mejor atiendas y te acomode el nombre.
 —Perdona lo que te devolví, Canillitas.
 —También disculpa lo que te dije. Te puse de asco.
 —¿A mí? A mí no me dijiste nada, absolutamente nada, tranquilízate, no me pusiste de ningún modo. Ha sido a mi padre y a mi madre. A mí ni siquiera me mentaste. Yo no te había conocido; en esta viva tiniebla de las calles ¿quién se va a conocer? No hay ni un mal farol que alivie la obscuridad, con lo que se expone el pobre transeúnte, a que lo atropelle un alumbrado como tú. Pero yo, en justa compensación, al acabar el alumbramiento al que voy a asistir, también me alumbraré tanto o más que tú para celebrar, porque soy patriota, que mi querido México ha aumentado su población con un nuevo habitante, acaso con dos, según es la inflazón que he visto. Te convido, a tragar lo que quieras, sólido o líquido, luego que salga esa señora de su cuidado.
 —¡Ya lo creo que me convidarás! Pero no digas que salga de su cuidado, sino de su descuido. Sé que tiras buenos gajes, porque ustedes los curanderos ganan bastante.
 —No lo creas, los médicos nos hacen mucha competencia.
 —Si careces de blanca o de calderilla yo soy ése que convida ampliamente a los alifuces de rigor para nuestra mutua iluminación. Si no hay un bien nacido tabernero que nos los dé gratis e d’amore, me robo por ahí alguna cosilla baladí, la vendo, y con lo que me den por ella, producto honrado de mi trabajo de proponerla en venta, procuraremos emborracharnos, pues tengo intenciones de agarrar esta noche una buena borrachera.
 —Pues a la que traes ahora, ¿qué defecto le pones?
 —Entonces, si te parece, solamente me la perfeccionaré; le pondré adornos vistosos. Así —no se me olvida nunca— tu hermano el Molcas y yo nos adornamos con muchas y variadas galas una muy preciosa que traíamos ambos en una alegre tarde de toros. Por cierto que hace bastante que no veo al Molcas. ¿Qué es de él, vive o ya pudre?
 —Vive, sí; pero está medio tonto.
 —¿Ah, sí? ¿Medio tonto, dices? Entonces ha mejorado.
 Cada uno de estos bellacos tomó su derrota bajo la noche llena de tinieblas palpables. El doctor Pretinas o Pelechotes, como se le quiera decir, se lanzó rápido a sacar al mundo a aquel retoño, como buen recibidor o comadrón que era, y el Canillitas, columpiando el cuerpo con un gran vaivén, a lo de vas o vienes, lo llevó su fino instinto de ebrio a la bulliciosa taberna “La Virgen Adúltera”, de la que era propietario un jácaro dicho el doctor Falfurrias, y a donde llegó jadeando, y en la que a diario se reunía con sus amigachos, gente ociosa y corrillera, tahura, pendenciera y salaz. Allí no se oían más que roncas y porvidas, bravatas y pésetes, reniegos, votos y mentises.
 Como se ponía por las noches esa “Virgen Adúltera”, resultarían en parangón suyo lugares silenciosos de recogimiento y devoción, la torre de Babel o las cenas de aquel famoso Sardanápalo. Al ver al Canillitas los rufianes, asiduos concurrentes a ese establecimiento de holgorio, con aquella extraña facha y con aquella cara tan escuálida que los carrillos se le besaban por dentro, con más arrugas que un traje viejo, y creo que iba hasta más dentón que de costumbre, prorrumpieron en largas carcajadas caudalosas y elementales, y, entre tanto, el disfrazado jácaro, con los ojos llenos de azoro, no atinaba más que a decir con voz entrapajada a todos los rufos:
 —¡Ay, vengo hecho añicos!
 —¿Por qué añicos? ¡Años! No te los trates con tanto cariño.»

    [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Conaculta, 2007, pp. 246-249. ISBN: 978-97-0351-278-2.]

domingo, 27 de septiembre de 2020

Novelas amorosas y ejemplares.- María de Zayas (1590-1661)




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Novela tercera: El castigo de la miseria

  «A servir a un grande desta Corte vino de un lugar de Navarra un hidalgo, tan alto de pensamientos como humilde de bienes de fortuna, pues no le concedió esta madrastra de los nacidos más riqueza que una pobre cama, en la cual se recogía a dormir y se sentaba a comer este mozo, a quien llamaremos don Marcos, y un padre viejo, y tanto que sus años le servían de renta para sustentarse, pues con ellos enternecía los más empedernidos corazones. Era don Marcos, cuando vino a este honroso entretenimiento, de doce años, habiendo casi los mismos que perdió a su madre de un repentino dolor de costado, y mereció en casa deste Príncipe la plaza de paje, y con ella los usados atributos de, picardía, porquería, sarna y miseria. Y aunque don Marcos se graduó en todas, en esta última echó el resto, condenándose él mismo de su voluntad a la mayor lacería que pudo padecer un padre del yermo, gastando los dieciocho cuartos que le daban con tanta moderación que, si podía, aunque fuese a costa de su estómago y de la comida de sus compañeros, procuraba que no se disminuyesen, o ya que algo gastase, no de suerte que se viese mucho su falta.
 Era don Marcos de mediana estatura, y con la sutileza de la comida, se vino a transformar de hombre en espárrago. Cuando sacaba de mal año su vientre, era el día que le tocaba servir la mesa de su amo, porque quitaba de trabajo a los mozos de plata, llevándoles la que caía en sus manos más limpia que ellos la habían puesto en la mesa, proveyendo sus faltriqueras de todo aquello que sin peligro se podía guardar para otro día.
 Con esta miseria pasó la niñez, acompañando a su dueño en muchas ocasiones, dentro y fuera de España, donde tuvo principales cargos. Vino a merecer don Marcos pasar de paje a gentilhombre, haciendo en esto su amo en él lo que no hizo el cielo. Trocó pues los dieciocho cuartos por cinco reales y tantos maravedís; pero ni mudó de vida, ni alargó la ración a su cuerpo, antes, como tenía más obligaciones, iba dando más nudos a su bolsa. Jamás se encendió en su casa luz, y si alguna vez se hacía esta fiesta, era el que le concedía su diligencia y el descuido del repostero algún cabo de vela, el cual iba gastando con tanta cordura, que desde la calle se iba desnudando, y en llegando a casa dexaba caer los vestidos, y al punto le daba la muerte. Cuando se levantaba por la mañana tomaba un jarro que tenía sin asa, y se salía a la puerta de la calle, esperando los aguadores, y al primero que vía, le pedía remediase su necesidad, y esto le duraba dos o tres días, porque lo gastaba con mucha estrecheza. Luego se llegaba donde jugaban los muchachos y, por un cuarto llevaba uno que le hacía la cama y barría el aposento; y si tenía criado, se concertaba con él, que no le había de dar ración más de dos cuartos, y un pedazo de estera en que dormir. Y cuando estas cosas le faltaban llevaba un pícaro de cocina que lo hacía todo, y le vertiese una extraordinaria vasija en que hacía las inexcusables necesidades; era del modo de un arcaduz de noria, porque había sido en un tiempo jarro de miel, que hasta en verter sus excrementos guardó la regla de la observancia. Su comida era un panecillo de un cuarto, media libra de vaca, un cuarto de zarandajas, y otro que daba al cocinero, porque tuviese cuidado de guisarlo limpiamente, y esto no era cada día, sino sólo los feriados, que lo ordinario era un cuarto de pan y otro de queso. Entraba en el estado donde comían sus compañeros, y llegaba al primero y le decía:
 -Buena debe de estar la olla, que da un olor que consuela. En verdad que la he de probar.
 Y diciendo y haciendo sacaba una presa; y desta suerte daba la vuelta de uno en uno a todos los platos; que hubo día que en viéndole venir, el que podía se comía de un bocado lo que tenía delante, y el que no ponía la mano sobre su plato.
 Con el que tenía más amistad era con un gentilhombre de casa, que estaba aguardando verle entrar a comer o cenar, y luego con su pan y queso en la mano, entraba diciendo:
 -Por cenar en conversación os vengo a cansar.
 Y con esto se sentaba en  mesa y alcanzaba de lo que había.
 Vino en su vida lo compró, aunque lo bebía algunas veces, en esta forma: poníase a la puerta de la calle, y como iban pasando las mozas y muchachos con el vino, les pedía en cortesía se lo dexasen probar, obligándoles lo mismo a hacerlo. Si la moza o muchacho eran agradables les pedía licencia para otro traguillo. Viniendo a Madrid en una mula y con un mozo, que, por venir en su compañía, se había aplicado a servirle por ahorrar de gasto, le envió en un lugar por un cuarto de vino, y mientras que fue el mozo por él, se puso a caballo y se partió, obligando al mozo a venir pidiendo limosna. Jamás en las posadas le faltó algún pariente que haciéndose gorra con él, le ahorraba de la comida. Vez hubo que dio a su mula la paja del xergón que tenía en la cama, todo a fin de no gastar.
Resultado de imagen de novelas amorosas y ejemplares de maria de zayas Varios cuentos se decían de don Marcos, con que su amo y sus amigos pasaban tiempo y alegraban sus corazones, tanto que ya era conocido en toda la Corte, por el hombre más reglado de los que se conocían en el mundo; porque guardaba castidad, que decía él, que en costando dineros, no hay mujer hermosa, y en siendo de balde no la hay fea, y mucho más si contribuía para cuellos y lienzos, presentes de mujeres aseadas.
 Vino don Marcos desta suerte, cuando llegó a los treinta años, pues vino a juntar, a costa de su opinión y hurtándoselo a su cuerpo, seis mil ducados, los cuales se tenía siempre consigo, porque temía mucho las retiradas de los ginoveses; pues cuando más descuidado ven a un hombre, le dan manotada como zorro. Y como don Marcos no tenía fama de jugador, ni amancebado, cada día se le ofrecían varias ocasiones de casarse, aunque él lo regateaba, temiendo algún mal suceso. Parecíales a las señoras que lo deseaban para marido más falta ser gastador que guardoso, que con este nombre calificaron su miseria.»
 
   [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Orbis, 1983, en edición de José Luis López de Zubiria, pp. 84-86. ISBN: 84-7530-443-5.]