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domingo, 21 de junio de 2026

Sobre la voluntad en la naturaleza.- Arthur Schopenhauer (1788-1860)

 

8.- Remisión a la ética

 «Puedo en general afirmar abiertamente que jamás ha habido un sistema filosófico tan cortado de una sola pieza como el mío, sin añadidos ni centones. Es, como ya tengo dicho en el prólogo al mismo, el desarrollo de una idea única, con lo que se confirma una vez más el antiguo dicho de que la palabra de la verdad nació sencilla. Hay que tener en seguida en consideración que respecto a la libertad y la responsabilidad, estos dos pilares de toda ética, cabe, es cierto, afirmarlas con palabras, sin admitir la aseidad de la voluntad, pero no cabe pensarlas así. Quien quiera disputar esto tiene antes que rechazar aquel axioma establecido ya por los escolásticos, que dice que operari sequitur esse (es decir, que de la condición de cada ser se sigue su obrar) o demostrar que es falsa la consecuencia del mismo unde esse, inde operari. La responsabilidad tiene por condición a la libertad y ésta a la originalidad. En efecto, quiero porque soy y por lo tanto tengo que ser antes de querer. Así, pues, la aseidad de la voluntad es la primera condición de una ética seriamente concebida, y con razón dice Spinoza que "se dice libre a aquello que existe por su sola necesidad, determinándose a obrar por sí sola" (Etica, I, def. 7). Dependencia respecto al ser y esencia unida con libertad en el hacer es una contradicción. Si Prometeo quisiera reprochar a sus criaturas por lo que hacen, podrían éstas contestarle con razón: sólo podíamos obrar en cuanto existíamos, pues del existir se sigue el obrar. Si nuestros actos son malos, depende esto de nuestra constitución; obra tuya es ésta; castígate, pues, a ti mismo. No otra cosa sucede con la indestructibilidad de nuestra verdadera esencia por la muerte. No cabe imaginarse seriamente la indestructibilidad ésta no admitiendo la aseidad de la voluntad, como es también difícil hacerlo a no considerar la separación fundamental de la voluntad respecto al intelecto. Este último punto pertenece a mi filosofía; respecto al primero, lo expuso ya fundamentalmente Aristóteles (De coelo, I, 12), al mostrar prolijamente que sólo puede ser imperecedero lo increado, y que son éstos dos conceptos que se condicionan, siguiéndose uno al otro, lo inengendrable a lo incorruptible y lo incorruptible a lo inenegendrable, como se siguen lo engendrable y lo corruptible, siendo necesariamente corruptible lo que sea engendrable. Así lo entendieron entre los filósofos antiguos todos aquellos que enseñaron la inmortalidad del alma, sin que a ninguno de ellos se le ocurriera querer atribuir duración inacabable a una esencia nacida. De la confusión a que lleva la opinión opuesta atestíguannos las controversias mantenidas en la Iglesia por los pre-existencialistas, creacionistas y traduccionistas.         
 Es, también, un punto relacionado con la ética el optimismo de todos los sistemas filosóficos, que no puede faltar en ninguno de ellos, como término obligado; pues el mundo quiere oír que es agradable y excelente, y los filósofos quieren agradar al mundo. Conmigo sucede otra cosa; he visto lo que agrada al mundo y, por lo tanto, para agradarle, no me apartaré ni un paso de la senda de la verdad. Así es que también en este punto discrepa mi sentido de todos los demás, quedándose solo. Pero sucede que después de haber llevado a cabo todos ellos su demostración, cantado su canción del mejor de los mundos, viene, por fin, por detrás del sistema, como un vengador del fantasma, como un espíritu de las tumbas, como el convidado de piedra de Don Juan Tenorio, la cuestión acerca del origen del mal, del monstruoso mal, del horrible padecer que hay en el mundo, y enmudecen, o no tienen más que palabras vacías y sonoras para pagar tan estrecha cuenta. Por el contrario, cuando en la base ya de un sistema se entreteje la existencia del mal con la del mundo, no hay que temer a las viruelas en un niño vacunado. Y este es el caso cuando en vez de poner la libertad en el operari, se pone en el esse, sacando de él el mal, la maldad y el mundo. Es justo, por lo demás, que como a hombre serio, se me conceda el que hablo sólo de cosas que conozco real y efectivamente, y que no uso más que palabras a las que doy un sentido completamente preciso, pues sólo así puede uno comunicarse con seguridad con los demás, teniendo mucha razón Vauvenargue al decir que la claridad es la buena fe de los filósofos.
 Así, pues, cuando digo "voluntad, voluntad de vivir", no se trata de ningún ente de razón, de ninguna hipóstasis fabricada por mí, ni de palabra alguna de sentido incierto y vacilante, sino que a quien me preguntase qué es ello le remitiría a su propio interior, donde lo hallará completo, con colosal tamaño, como un verdadero ens realissimum. No he explicado, pues, el mundo por lo desconocido, sino más bien por lo más conocido que hay, y que nos es conocido de una manera muy otra que todo lo demás. Finalmente, por lo que hace a la paradoja que se ha reprochado, al resultado ascético de mi ética, que le ha chocado a Juan Pablo, juez por lo demás tan favorable de mis doctrinas, resultado que le indujo a escribir en 1820 un libro bien intencionado en contra de mí al Sr. Raetze (que no sabía que el único método aplicable en contra mía es el del silencio) y que desde entonces ha sido el tema de las censuras a mi filosofía; por lo que hace a tal resultado, digo, ruego que se considere que sólo cabe llamarlo paradójico en este rincón Noroeste del viejo Continente, y que más bien sólo aquí, en tierras protestantes, y que por el contrario en toda el Asia, donde quiera que el repugnante islamismo no haya destruido a fuego y hierro las antiguas y profundas religiones de la Humanidad, antes que otra cosa correría tal resultado el riesgo de ser tachado de trivialidad. Consuélome, pues, con que mi ética es enteramente ortodoxa respecto al Upánischada de los santos Vedas, como respecto a la religión universal de Buda, y con que tampoco está en contradicción con el antiguo y genuino cristianismo. Contra todas las demás acusaciones de herejía estoy acorazado con una triple malla en torno al pecho.»

 [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Altaya, 1998, en traducción de Miguel de Unamuno, pp. 194-198. ISBN: 84-487-0187-9.]
 

lunes, 16 de abril de 2018

La Estrella de Sevilla.- Andrés de Claramonte (1580-1626)


Resultado de imagen de andres de claramonte  
Jornada tercera

«Sancho: Pues si la muerte se alarga / lo que la vida entretengo,
y está en la muerte la vida / con justicia la celebro.
 Don Pedro: Sancho Ortiz de las Roelas,
vos, ¿confesáis que habéis muerto / a Busto Tabera?
 Sancho: Sí, / aquí a voces lo confieso.
Yo le di muerte, señores, / al más noble caballero
que trajo arnés, ciñó espada, / lanza empuñó, enlazó yelmo.
Las leyes del amistad, / guardadas con lazo eterno
rompí, cuando él me ofreció / sus estrellados luceros.
Buscad bárbaros castigos, / inventad nuevos tormentos,
porque en España se olviden / de Falaris y Majencio.
 Farfán: Pues, sin daros ocasión / ¿le matasteis?
 Sancho: Yo le he muerto. / Esto confieso y la causa,
pues tan callada la tengo, / si hay alguno que la sepa,
dígalo, que yo no entiendo / por qué murió. Sólo sé
que le maté sin saberlo.
 Don Pedro: Pues parece alevosía / matarle sin causa.
 Sancho: Es cierto / que la dio, pues que murió.
 Don Pedro: ¿A quién la dio?
 Sancho: A quien me ha puesto / en el estado en que estoy,
que es en el último extremo.
 Don Pedro: ¿Quién es?
 Sancho: No puedo decirlo, / porque me encargó el secreto,
que, como rey en las obras, / he de serlo en el silencio.
Y para matarme a mí / basta saber que le he muerto
sin preguntarme el porqué.
 Arias: Señor Sancho Ortiz, yo vengo / aquí en nombre de su Alteza
a pediros que a su ruego / confeséis quién es la causa
de este loco desconcierto; / si lo hicisteis por amigos,
por mujeres o por deudos, / o por algún poderoso
y grande de aquestos reinos; / y si tenéis de su mano
papel, resguardo o concierto / escrito, o firmado, al punto
lo manifestéis, haciendo / lo que debéis.
 Sancho: Si lo hago, / no haré, señor, lo que debo.
Decidle a su Alteza, amigo, / que cumplo lo que prometo;
y si él es don Sancho el Bravo, / yo ese mismo nombre tengo.
Decidle que bien pudiera / tener papel; mas me afrento
de que papeles me pida / habiendo visto romperlos.
Yo maté a Busto Tabera, / y aunque aquí librarme puedo,
no quiero, por entender / que alguna palabra ofendo.
Rey soy en cumplir la mía / y lo prometido he hecho,
y quien promete, también / es razón haga lo mesmo.
Haga quien se obliga hablando, / pues yo me he obligado haciendo,
que si al callar llaman Sancho, / yo soy Sancho, y callar quiero.
Esto a su Alteza decid, / y decidle que es mi intento
que conozca que en Sevilla / también ser reyes sabemos.
 Arias: Si en vuestra boca tenéis / el descargo, es desconcierto
negarlo.
 Sancho: Yo soy quien soy, / y siendo quien soy me venzo
a mí mismo con callar, / y a alguno que calla, afrento.
Quien es quien es, haga obrando / como quien es, y con esto,
de aquesta suerte los dos / como quien somos haremos.
 Arias: Eso le diré a su Alteza.
 Don Pedro: Vos, Sancho Ortiz, habéis hecho / un caso muy mal pensado
y anduvisteis poco cuerdo.
 Farfán: Al Cabildo de Sevilla / habéis ofendido, y puesto
a su rigor vuestra vida /  y en su furor vuestro cuello. (Vase.)
 Don Pedro: Matasteis a un Regidor / sin culpa, al Cielo ofendiendo.
 Arias: Y al Rey, que es justo y es santo.
(Aparte.) ¡Raro valor! ¡Bravo esfuerzo! (Vase.)
 Don Pedro: Sevilla castigará / tan locos atrevimientos. (Vase.)
 Clarindo: ¿Es posible que consientas / tantas injurias?
 Sancho: Consiento / que me castiguen los hombres
y que me confunda el Cielo. / Y ya, Clarindo, comienza,
¿no oyes un confuso estruendo? / Braman los aires, armados
de relámpagos y truenos. / Uno baja sobre mí
como culebra, esparciendo / círculos de fuego aprisa.
 Clarindo: Pienso que has perdido el seso.
(Aparte.) Quiero seguirle el humor.
 Sancho: ¡Que me abraso!
 Clarindo: ¡Que me quemo!
 Sancho: ¿Cogióte el rayo también?
 Clarindo: ¿No me ves cenizas hecho?»

[El extracto pertenece a la edición en español de Ediciones Cátedra. ISBN: 84-376-1016-8.]