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domingo, 9 de noviembre de 2025

Filosofía.- Stephen Law (1960)

 

El problema de la inducción

  «Todos confiamos mucho en el razonamiento inductivo. Suponemos que como el sol ha salido cada día, tenemos una buena base para creer que mañana volverá a salir. Pero si el filósofo David Hume tiene razón, el pasado no proporciona ninguna pista sobre lo que pasará mañana.

 Grandes esperanzas
    La forma más fiable de argumento es la deducción. En un argumento deductivo válido, las premisas suponen por lógica la conclusión. Veamos un sencillo ejemplo:
 Sócrates es un hombre
 Todos los hombres son mortales
 Por tanto, Sócrates es mortal.
 Si afirmáramos que las premisas son ciertas y la conclusión falsa, tendríamos una contradicción lógica. 
 En un argumento inductivo, en cambio, las premisas no tienen por qué proporcionar una garantía lógica de que la conclusión sea cierta. La premisas sólo proporcionan pruebas de que la conclusión es cierta. Por ejemplo:
 El cisne 1 es blanco.
 El cisne 2 es blanco.
 El cisne 3 es blanco.
 El cisne 1.000 es blanco.
 Por tanto, todos los cisnes son blancos.
 Si observamos mil cisnes y todos son blancos, concluimos que todos los cisnes son blancos. Suponemos que las premisas de nuestro argumento son lo bastante razonables para llegar a esa conclusión, pero, por supuesto, no existe ninguna contradicción lógica en suponer que, aunque los primeros mil cisnes que hemos observado sean blancos, el siguiente no lo sea. Confiamos en el razonamiento inductivo muchísimas veces. Siempre que realizamos una predicción sobre lo que sucederá en el futuro, lo que está  a punto de suceder o lo que ha pasado en las partes del universo que no hemos observado, confiamos en el razonamiento inductivo para justificar nuestras afirmaciones.
 Por ejemplo, supongo que la silla en la que estoy a punto de sentarme soportará mi peso. ¿En qué me baso para creerlo? Pues en que la silla siempre ha soportado mi peso, por eso concluyo que en esta ocasión también lo hará. Por supuesto, el hecho de que la silla siempre haya soportado mi peso no me proporciona ninguna garantía lógica de que lo haga ahora. Es posible que la silla se rompa. Aun así, supongo que el hecho de que siempre haya soportado mi peso me proporciona una base para creer que seguirá haciéndolo. Los científicos también confían mucho en el razonamiento inductivo. Construyen teorías que se supone deben mantenerse en todos los momentos y lugares, incluido el futuro. Justifican estas teorías basándose en lo que han observado. Pero las afirmaciones sobre lo que se ha observado hasta ahora no suponen lógicamente afirmaciones sobre el futuro. Por tanto, para justificar estas teorías, los científicos no pueden emplear el argumento deductivo, deben confiar en el razonamiento inductivo.
 
¿La naturaleza es uniforme?
 El filósofo David Hume se cuestiona si tenemos justificación para llegar a esas conclusiones sobre lo que no se ha observado. Hume afirma que cuando razonamos de forma inductiva, realizamos una suposición. Suponemos que la naturaleza es uniforme, suponemos que existen los mismos patrones en toda la naturaleza. ¿Y si no lo supusiéramos? No llegaríamos a las conclusiones a las que llegamos. No concluiría que, como la silla en la que estoy a punto de sentarme siempre ha soportado mi peso, lo soportará ahora. Sólo lo supongo porque creo que las mismas regularidades se extienden a la naturaleza. Pero es aquí donde Hume detecta un problema. Cuando razonamos de forma inductiva, suponemos que la naturaleza es uniforme, pero si queremos justificar nuestra creencia de que la inducción es un método fiable para llegar a creencias ciertas, debemos justificar esta suposición.
 
Justificar nuestras creencias 
 Hume señala que existen dos posibilidades: podemos intentar justificar la afirmación de que la naturaleza es uniforme mediante la experiencia, o podemos intentar justificarla independientemente de la experiencia, quizá demostrando que la afirmación es una especie de verdad lógica. El problema de esta segunda sugerencia es evidente; obviamente, la afirmación de que la naturaleza es uniforme no es una verdad lógica. No existe ninguna contradicción lógica al suponer que, aunque la naturaleza siempre ha sido uniforme, de repente se convertirá en un embrollo caótico y que todo se comportará al azar, de una forma impredecible.
 Sólo queda una posibilidad de justificar la suposición de que la naturaleza es uniforme: tenemos que justificarla apelando a la experiencia. Una forma de hacerlo sería observar directamente toda la naturaleza, así podríamos observar que es uniforme, pero, por supuesto, no podemos observar sino sólo una pequeña parte del universo. Desde luego, no podemos observar el futuro. Por tanto, nuestra justificación deberá basarse en lo que podamos observar directamente. ¿Por qué no podemos observar que la naturaleza es uniforme aquí y ahora y concluir que es probable que lo sea siempre? El problema, por supuesto, es que este pequeño razonamiento es inductivo. Nos estaríamos basando en un razonamiento inductivo para intentar demostrar que éste es fiable. Pero eso es una forma inaceptable e interminable de justificar algo. Sería como justificar lo que dice un médium diciendo que él afirma que es de fiar. Eso no es ninguna justificación.
 Hume concluye que, aunque razonemos de forma inductiva, no tenemos ninguna justificación para suponer que el razonamiento inductivo nos puede llevar a conclusiones ciertas. No tenemos ninguna base para suponer que todo seguirá comportándose de la misma forma que siempre. Sí, creo que esta silla soportará mi peso cuando me vuelva a sentar en ella, que este bolígrafo se caerá si lo suelto y que el sol saldrá mañana, como siempre; pero la increíble verdad es que tengo las mismas razones para pensar que la silla se romperá, que el bolígrafo flotará en el aire y que mañana por la mañana un panda hinchable luminoso de un millón de kilómetros surgirá del horizonte.
 Por supuesto, las conclusiones de Hume parecen una locura. Normalmente opinaríamos que alguien que cree que un panda de un millón de kilómetros sustituirá al sol está loco; pero si tiene razón, esta creencia loca no es menos razonable que la nuestra sobre que el sol saldrá. Las predicciones de un loco no son menos ni más razonables que las de los grandes científicos.     
 
"Por tanto, la guía de la vida no es la razón, sino el hábito, que determina a la mente, en todos los casos, para que suponga que el futuro se ajustará al pasado" (David Hume, "Tratado sobre la naturaleza humana").»


 [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Espasa Calpe, 2008, en traducción de Lexware SCP, pp. 180-183. ISBN: 978-84-670-2606-1.]

domingo, 20 de julio de 2025

Público y privado.- Francesco Alberoni (1929-2023)

 

V.- La capacidad de observar
29.-El teléfono

  «Marshall McLuhan ha escrito que el teléfono exige una participación completa de la persona. Para entender es necesario asir los sonidos más débiles, los matices de la voz y del tono. Adivinar el estado de ánimo e intuir la intención. Al comunicarnos por teléfono, hemos de desarrollar en nosotros un poco las virtudes de los ciegos, que advierten la realidad sin verla con los ojos.
 La mayoría de las personas prefiere encontrarse físicamente. Sobre todo cuando del encuentro depende un acuerdo económico o está en juego el amor. La presencia física nos ofrece muchísimos elementos con que reconstruir la actitud interior y las intenciones del otro. En primer lugar, la cara. Si sonríe, si sus ojos están ausentes, aburridos, o si por el contrario están atravesados por rayos. Alguna vez, basta con un movimiento de los músculos faciales, con una expresión de sorpresa. Luego está el cuerpo. La manera de sentarse del otro, si está relajado o si, por el contrario, está inquieto y agitado. Si cruza las piernas, si se levanta.
 Por teléfono no podemos ver estas cosas. Del mismo modo que no podemos ver si fuma, ni cómo lo hace. Si sostiene un cigarrillo entre los dedos suavemente o si lo hace con nervios y sacudiendo la ceniza sin parar. No podemos ver su ropa, si va elegante y acicalado o si nos recibe descuidado porque no le importamos nada.
 En cambio, por teléfono pueden captarse informaciones que, alguna vez, se pierden entre la gran abundancia de estímulos de un encuentro directo. Porque es como si el otro estuviera concentrado en un solo punto, como un cincelador. O como un tirador de esgrima que, si se distrae un instante, si deja que un pensamiento cruce por su cabeza, puede ser tocado. La persona que no tiene interés por lo que le decimos, en un encuentro cara a cara logra, de alguna manera, disimularlo. Por teléfono, en cambio, su capacidad de concentración disminuye automáticamente, pierde una palabra, una frase. Se ve obligada a preguntarnos de nuevo algo, o bien hace una observación que no tiene nada que ver con la conversación.
 Además, resulta difícil expresar emociones que no se sienten. Por ejemplo, los pésames. Si se va personalmente al funeral, es suficiente mantener la mirada baja, murmurar pocas palabras y hacer un ademán convencional. Por otra parte, la emoción colectiva se comunica fácilmente, nos hace partícipes aunque nos sintamos indiferentes. En cambio, por teléfono, en el diálogo solitario de tú a tú, en el silencio absoluto del micrófono, sólo aquél que está sinceramente emocionado sabe qué decir. Las vibraciones de su voz, las pausas, la respiración, desde el otro lado, hablan más que él.
 La bondad de ánimo se revela fácilmente por teléfono. Aunque, en un principio, la persona generosa se vea cogida de improviso, no se encuentre bien o, incluso, esté molesta, al cabo de un rato su voz se suaviza milagrosamente. No consigue hacer prevalecer sus intereses. Lamenta no poder responder, o bien no poder conversar más. Vosotros entendéis que os querría ayudar y que le disgusta no poder hacerlo.
 El entrometido y el ávido, en cambio, continúan su camino a pesar de lo que digáis por teléfono, indiferentes hacia vuestros problemas. Insisten. Si les decís que no tenéis más tiempo, se disculpan y empiezan de nuevo a hablar, a pedir. Ignoran todas vuestras reacciones: la prisa, el disgusto, la incomodidad, el ansia y la cólera. Son implacables. Al contrario de los generosos, que interrumpen rápidamente la comunicación para no molestaros.
 Todos nosotros hemos tenido este tipo de experiencias y sabemos que puede analizarse a las personas hablando por teléfono con ellas. Nos resulta más difícil de creer que puedan diagnosticarse de igual manera las empresas. Apreciar su estado de salud, si son eficientes o ineficientes, si prosperan o fracasan.
 El primer contacto se produce a través de la centralita. En una compañía que funciona bien, que quiere tener ganancias, una llamada telefónica es la ocasión de hacer un negocio. El que telefonea puede ser un cliente y es por tanto bien recibido siempre. La eficiencia se pone de manifiesto en el tono de voz y la atención que se dedica. Quien responde en la centralita de la compañía eficiente comunica, aun sin darse cuenta, que está contento de su trabajo, que se responsabiliza de él y quiere prestar un servicio.
 Con igual presteza y fidelidad, el teléfono transmite el descontento, el tedio y el desinterés. Con frecuencia, en un primer contacto con la centralita, nos sentimos rechazados. Del otro lado la voz llega aburrida o incluso irritada. Nos da a entender que trabaja a desgana, que somos inoportunos. Sobre todo en los entes públicos existe, con frecuencia, arrogancia. Cuanto más débil y necesitado es el usuario, tanto más superior se siente el otro. Ya no responde, ladra. En otros casos se oyen diversas voces. Las personas de la centralita (o de la portería o de la oficina) hablan entre sí. La llamada les molesta. Murmuran algo y nos ordenan que esperemos. Ya nadie se ocupará de nosotros.
 La empresa ineficiente es reconocible también por no tener memoria. Podéis llamar cien veces a la misma persona, quizás al director general o al presidente y cada vez os preguntarán quién sois y qué queréis. Es como si os respondiesen cien personas diferentes sin relación entre sí. Cuando el marasmo de la compañía es muy grave, no hay nadie que sepa ya nada. Ni siquiera las secretarias personales de los más altos directivos, que por lo general aprenden de memoria los nombres de los clientes más importantes y los reconocen inmediatamente por la voz.
 Al pasar una a una por todas las oficinas es posible, a través del teléfono, diagnosticar su funcionamiento. Valorar la moral, el tono jocoso de la gente que allí trabaja, el espíritu de cooperación, su grado de información sobre los problemas y su capacidad de tomar decisiones.»

 [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones B, 1988, en traducción de María José Jaular, pp. 139-142. ISBN: 84-7735-927-X.]

domingo, 7 de abril de 2024

El amigo.- Sigrid Nunez (1951)


Nunez, Sigrid - Editorial Anagrama
3


 «Más que escribir sobre lo que sabéis, nos dijiste, escribid sobre lo que veis. Asumid que sabéis muy poco y que nunca sabréis mucho hasta que hayáis aprendido a ver. Llevad una libreta para anotar lo que veis, por ejemplo, cuando salís a la calle.
 Dejé de llevar cualquier tipo de libreta o diario hace mucho tiempo. Ahora lo que me parece ver a menudo cuando salgo a la calle es gente sin hogar o gente que parece tan desamparada que asumo que son personas sin techo. Sin embargo, no es raro ver a una persona así con un teléfono móvil. Y, si no me equivoco, cada vez más tienen mascotas.
 En Broadway, en Astor Place, veo un perro totalmente solo rodeado de distintas pertenencias: una mochila llena, unos cuantos libros de bolsillo, un termo, un saco de dormir, un despertador y algunos contenedores de comida de corcho blanco. Es la ausencia humana lo que hace que la escena sea insoportablemente conmovedora.
 Veo a un borracho que se ha hecho pis encima despatarrado ante un portal. SOY EL ARQUITECTO DE MI PROPIO DESTINO, dice su camiseta. Al lado, un mendigo con un letrero escrito a mano: EN SU DÍA FUI ALGUIEN.
 En una librería: un hombre va de mesa en mesa, cogiendo tal libro y luego tal otro, sin ni siquiera mirarlos después. Lo sigo un rato, curiosa por ver qué libro le dicta comprar este método, pero se marcha de la tienda con las manos vacías.
 Aquí hay algo que no vi pero que habría visto si hubiese doblado la esquina solo unos minutos antes: una persona salta de la ventana de un edificio de oficinas. Cuando llegué, ya habían cubierto el cadáver. Lo único que pude averiguar más tarde fue que era una mujer de cincuenta y tantos. Justo antes del mediodía de un buen día de otoño, en una manzana abarrotada de gente. ¿Cómo hizo sus cálculos, me pregunto, para no chocar contra nadie? O simplemente tuvo…, simplemente tuvimos… suerte.
 Grafiti en el edificio de Filosofía: Una vida con examen tampoco merece la pena ser vivida.
  
 En la ceremonia de un premio literario celebrado en un club privado del Upper East Side. Emerjo del metro en la Quinta Avenida. El club está a seis manzanas. Veo a dos personas que también acaban de salir del metro: una mujer que parece tener sesenta y tantos acompañada de un hombre de la mitad de esa edad. Podrían ir a un millón de sitios en ese barrio, pero me da por pensar que se dirigen a donde yo me dirijo. Cosa que acaba siendo correcta. ¿Qué advertí en ellos? No sabría decirlo. Para mí es un enigma que la gente del mundillo literario sea tan identificable. Como aquella vez que pasé por delante de tres hombres en el reservado de un restaurante de Chelsea y los calé incluso antes de que uno dijese: Esto es lo bueno de escribir para The New Yorker.

 En el buzón, las galeradas de una novela y una carta del editor: Espero que te parezca esta primera novela tan falsamente profunda como a mí.
  
 Notas para clase.
 Todos los escritores son monstruos. Henry de Montherlant.
 Los escritores siempre están vendiendo a alguien. [Escribir] es un acto agresivo, incluso hostil…, la táctica de un maltratador secreto. Joan Didion.
 Todo periodista… sabe… que lo que hace es moralmente indefendible. Janet Malcolm.
 Todo escritor que se precie sabe que solamente una pequeña proporción de la literatura de verdad compensa en parte a las personas por el daño que han sufrido al aprender a leer. Rebecca West.
 Parece no haber remedio para el vicio de la literatura; esos enfermos persisten en el hábito a pesar del hecho de que ya no se deriva ningún placer de ello. W. G. Sebald.
 Cada vez que veía sus libros en un comercio, sentía que se había salido con la suya, dijo John Updike.
 Que también expresó la opinión de que una persona agradable no se convertiría en escritor.
 El problema de la baja autoestima.
 El problema de la vergüenza.
 El problema del desprecio hacia uno mismo.
 Una vez lo dijiste así: Cuando estoy tan harto de algo que estoy escribiendo que decido dejarlo y, luego, más adelante, siento irresistibles ganas de volver a ello, siempre pienso: Como un perro hacia su vómito.
 Si alguien me pregunta de qué doy clase, dice uno de mis colegas, por qué nunca puedo decir “escritura” sin sentirme avergonzado.
    
El amigo - Nunez, Sigrid - 978-84-339-8038-0 - Editorial Anagrama Horas de oficina. El estudiante se refiere a cierto hecho de su vida y dice: Pero esto usted ya lo sabía. No, le digo, no lo sabía. Parece molesto. ¿Qué quiere decir? ¿No leyó mi relato? Le explico que nunca asumo automáticamente que una obra de ficción sea autobiográfica. Cuando le pregunto por qué piensa que yo debería saber que él estaba escribiendo sobre sí mismo, se muestra confundido y dice: ¿Sobre quién más podría estar escribiendo?
  
 Una amiga mía que está escribiendo unas memorias dice: Odio la idea de escribir como una especie de catarsis, porque parece imposible que eso genere un buen libro.
  
 No puedes esperar consolarte de tu dolor escribiendo, advierte Natalia Ginzburg.
 Recurramos entonces a Isak Dinesen, que creía que cualquier pena se podía hacer soportable metiéndola en un relato o contando una historia sobre ella.
  
 Supongo que yo hice hacia mí misma lo que los psicoanalistas hacen por sus pacientes. Expresé alguna emoción duradera y profunda. Y, al expresarla, la expliqué y la dejé descansar. Woolf está hablando de escribir acerca de su madre, ya que los pensamientos sobre ella la habían obsesionado entre los trece (su edad cuando su madre murió) y los cuarenta y cuatro, cuando, en un gran ataque aparentemente involuntario, escribió Al faro. Tras cuya escritura, la obsesión cesó: Ya no oigo su voz; ya no la veo.

 P. ¿La eficacia de la catarsis depende de la calidad de la escritura? Y si alguien llega a la catarsis por escribir un libro, ¿es relevante o no que el libro sea bueno?
 Mi amiga también está escribiendo acerca de su madre.
 A los escritores les encanta citar a Miłosz: Cuando en el seno de una familia nace un escritor, la familia termina.
 Cuando metí a mi madre en una novela, nunca me lo perdonó.
 Nada que ver con, pongamos, Toni Morrison, a la que le parecía que basar un personaje en una persona real era violar los derechos de autor. Una persona es dueña de su vida, dice. No ha de usarse en la ficción.
  
 En un libro que estoy leyendo el autor habla de gente de palabras en oposición a gente de puños. Como si las palabras no pudieran también ser puños. O no fuesen a menudo puños.
 Un tema importante en la obra de Christa Wolf es el miedo a que escribir acerca de alguien sea una manera de matar a esa persona. Transformar la vida de alguien en una historia es como convertir a esa persona en una estatua de sal. En una novela autobiográfica, Wolf describe un sueño recurrente de infancia en el que ella mata a su madre y a su padre escribiendo sobre ellos. El remordimiento por ser escritora la persiguió toda su vida.
  
 Me pregunto cuántos psicoanalistas realmente hacen por sus pacientes lo que Woolf hizo por sí misma. Apuesto a que no muchos.
  
 Podrán desacreditar las ideas de Freud a su capricho, decías, pero nadie osará decir que el tipo no era un gran escritor.
 ¿Freud fue una persona real?, oí preguntar a un alumno una vez.
 Fue un psicoanalista, por supuesto, quien dio con la expresión bloqueo del escritor. Edmund Bergler, como Freud, judío austriaco, fue seguidor de las teorías freudianas. Según la Wikipedia, Bergler creía que el masoquismo era la causa de todas las demás neurosis humanas, que lo único peor que la inhumanidad de unas personas hacia otras era la inhumanidad del hombre hacia sí mismo.
 (Pero una escritora tiene ración doble, dijo Edna O’Brien: el masoquismo de mujer y el de la artista.)»

  [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Anagrama, 2019, en traducción de Mercedes Cebrián, pp. 38-40. ISBN: 978-84-339-4047-6.]

domingo, 18 de febrero de 2024

Vientos del apocalipsis.- Paulina Chiziane (1955)

Algunos nombres de la lucha de la mujer en África – Afroféminas
Primera parte

5

 «Poco falta para ser lo que siempre fui, lo que no soy y lo que siempre seré. Sianga monologa con voz amena como si temiese herir sus propios tímpanos.
 Sentado debajo de su sombra predilecta contempla el parto de cada mañana, cuando el Sol emerge del vientre de la tierra madre laureado con la corona real. Contempla la evolución del día hasta el color de la agonía, de despedida, cuando el astro rey se va a dormir en el cajón azul cenizo del lado opuesto del Naciente. Sianga es, sin sombra de dudas, el guardián del Sol.
 Es ambicioso, perezoso y solitario. El odio y la venganza se introdujeron en él y escogieron su nido en el lado izquierdo del corazón que se inclina hacia el punto más negativo. La Tierra es una rueda que gira, él lo sabe, pero la vida sólo es interesante cuando la rueda que la constituye gira en el centro de nuestro mundo.
 Abre la mano y tantea la vida cansada. Observa las líneas del destino para confirmar por milésima vez su sino. La línea de la vida es un surco fuerte que casi divide la mano en dos partes. La línea de la suerte está marcada sólo en su punto de partida y enseguida va muriendo, desaparece, para volver a surgir aún más fuerte que en los puntos anteriores. Sí, mi suerte será mayor al final del camino. Es verdad que volveré a ser lo que siempre fui y mucho más, aquí está dicho. Todo fue escrito antes de mi nacimiento -piensa Sianga.
 Viaja envuelto en los distantes recuerdos y la idea de aquello que fue y volverá a ser le endulza el espíritu. De repente entristece. La amargura y los odios, ya cadáveres, comienzan a ganar vida en un milagro de resurrección y colocan leños en la hoguera de la venganza. La vida corre rápidamente hacia el fin del camino. Siente un deseo febril de saborear el placer postrero de sentarse en la silla real, aunque sea por un pequeño instante. Sueña. Proyecta. Imagina. Calcula. El golpe tiene que ser fuerte y certero. Levanta los ojos hacia la copa de la higuera y se distrae con la lidia de los lagartos en pelea. El chillido de los pájaros viene de la copa de la higuera. En la distancia, el aullar de los perros es igual al llanto de los niños, poco falta para que mueran y alguien ya propuso comérselos, pero qué idea tan repugnante. Le pone cara de asco a su rostro malicioso. Escupe sobre la arena seca. Separa el trasero de la estera de juncos y da pasos muertos alrededor de sí mismo. Su estatura es mediana, seca, más escuálido que los lagartos que corren por las ramas de la higuera grande. La caja del pecho cóncavo, el tronco encorvado y el color negro-hambre de la piel arrugada lo hacen similar a la escultura de palo revestida de una solemnidad diabólica. Es una figura desagradable, tenebrosa.
 Regresa al lugar y se sienta. Prefiere la soledad, la calma, al bullicio de la vida. Es un hombre distinto, créelo. Perdió todos los poderes de atraer la atención, y la ausencia es una forma de marcar la presencia porque todos se preguntarán la razón de esa ausencia. Para él todos los días son de descanso, siempre lo fueron, quizás porque él es de sangre noble y no nació para las fatigas de la vida. Es un gran señor que no hace nada y lo tiene todo. Es un hombre inútil. La enfermedad de la pereza lo paralizó en la infancia y tal parece que nació con ella. Es una enfermedad crónica, no tiene remedio posible.
 Se estira; entorna los ojos como un cocodrilo. Se mueve para arriba, para abajo, a la izquierda, a la derecha, hasta parece un anca de rana que va a ser asada en la brasa. Es siempre así. Pasa los días desperezándose al calor en bostezos de sueño y holgazanería, como un líquido de atrapar moscas. Arrastra la estera hacia la sombra, hacia el sol, hacia la sombra otra vez y de nuevo hacia el sol.
 El mundo se pregunta y se admira de la razón de tanta inercia, y en incontables ocasiones la gente le lanza palabras peyorativas sin lograr herir su sensibilidad.
 —¡Heyyy!… Que la paz sea contigo, compadre Sianga. ¿Qué haces ahí sembrado todo el santo día? ¿No te duelen las nalgas de tanto estar sentado? ¡Ya debes tener los huesos pegados de tanta pereza, sí! Levanta el culo, vamos a dar una vuelta y a beber un trago.
 Sianga ofrece una sonrisa sardónica y se justifica:
 —Estoy en el mismo lugar observando la decadencia del mundo, cómo la tierra se desnuda cuando las hojas amarillean gradualmente hasta el dorado y ya ennegrecidas se desprenden de las ramas. Observo a los lagartos de cabeza azul en la lucha por la supervivencia y me divierto cuando uno de ellos agarra a la presa y los otros, envidiosos, lo persiguen de un lado a otro sin sombra de cansancio, desperdiciando la energía que sería útil para la caza de nuevos insectos. Comparo la lucha de los lagartos con la lucha de los gallos y de los hombres. Todos los seres son envidiosos, egoístas, ambiciosos. Al final no hay ningún misterio en eso. Los hombres y los animales son fieras fabricadas por el mismo diablo.
 El interlocutor escucha la justificación improcedente; mueve la cabeza, gira los calcañales y se bate en retirada sin una palabra de despedida.
 Y Sianga regresa a sus devaneos. Va paseando la vista por los cuatro confines del mundo. La tierra triste exhibe peñascos, colinas, montículos de arena. El paisaje seco es el cementerio de los sueños. Las hormigas blancas han erigido mausoleos en las partes altas y bajas de la planicie. Si en cada morro se colocara una cruz, el homenaje a la muerte sería perfecto. Por todas partes huele a tierra muerta, a hierba seca. El olor a bosta seca estimula las narices, sugiere el gusto del rapé. Coge una pequeña porción. La aspira. Abre los ojos, la sensación de deleite lo recorre en lo íntimo. Sonríe. Sonrisa bonita, sonrisa de niño. Hasta parece que siembra flores en las arenas del desierto.
 —Gracias, igualmente, muy buenas tardes, hermano Sianga, sí. Pasas el día ronroneando como un gato perezoso. Cuando estás despierto devoras el mundo con una mirada más profunda que el lago Sule. ¿Qué es lo que te hipnotiza en el aire?
 —Rindo homenaje a Satanás, mi protector -responde Sianga- Envió el fuego de la venganza a la hora exacta, castigando a todos los que me condenaron. Los hombres son más arrastrados que las serpientes y caminan con el tronco encorvado, con la nariz colocada casi a la altura del suelo olfateando el terreno de la sepultura. La arena estalla bajo la fuerza del fuego que chupa la savia de la vida, como una sanguijuela invisible alojada en las entrañas.
 Sianga hace el viaje habitual en torno a las orgías de los viejos tiempos y el corazón es tocado de ligera tristeza. Habla en susurros. Agarra la garrafa, bebe un trago. Se ríe. Se enerva. Grita como un loco llamando a la mujer para colocarle en los hombros el peso de sus frustraciones. Bebe otro trago y se alivia.
 Hoy Sianga se sumergió en el mundo de los cálculos desde que salió el Sol. Cuenta el número de moscas que se posan en las heridas ensangrentadas de su perro. El número de ráfagas de aire que le baten el rostro; los rayos de Sol que se esparcen en la copa de la higuera y el número de veces que giró hacia el frente, hacia atrás, hacia la izquierda y hacia la derecha. Contó el número de viandantes que pasaron por el sendero a lo largo de la casa. Son cuarenta y cinco, los contó bien. Nueve eran chicos de menos de trece años, que caminaban en grupos de dos o tres, armados de pequeñas lanzas de madera. Trece eran muchachos de más de quince, que cargaban en hombros un enorme saurio verde de más de dos metros de largo, el cual se agitaba gravemente herido, lanzando movimientos de agonía. Sianga queda deslumbrado pues hacía una buena temporada que no veía semejante maravilla. Los filetes de lagarto verde asados en brasas son buenos. Levantó el trasero del suelo, se aproximó a los muchachos y los interrogó sobre el precioso hallazgo proponiéndoles comprarlo por una buena cantidad de dinero. Dijeron que no y él, enfurecido, vomitó torrentes de maldiciones, prometiendo vengarse de toda la gente. Los muchachos se rieron aprovechando la ocasión para burlarse de la pereza del viejo. Otros once viandantes eran mujeres de azadón al hombro y cestos de paja colgados de los flacos brazos. Iban y venían de desenterrar las raíces suculentas, de la cosecha del cacto dulce, de la recolección de cardos y hortalizas amargas. Cinco eran hombres apresurados, solitarios, de machete en la mano y alguna carga preciosa al hombro, tan secos, tan sucios, tan desarrapados, que bien parecían cadáveres en movimiento. Son hombres habituados a la actividad, que caminan para entretener el hambre, pues cuando se reposa es que el estómago reclama. Los demás pasantes eran viejos despreciables, obstinados, que caminan a rastras hacia las huertas aunque conscientes de que allí ya no hay vida. Quieren ser testigos de su propia muerte. La muerte de la tierra y la muerte de la gente.
 Sianga sólo conoce el descanso, el alimento y el reposo, y cuando no está durmiendo, se pone a contemplar el cielo y la tierra como si hubiese descubierto algo necesario en el descampado vacío del cielo de la boca.
  Los niños son agua, son patos, no perciben nada, se justifican los padres ante el hombre que todos consideran privado de la razón. Los pequeños, esos eternos juerguistas, encontraron en Sianga un motivo para burlas y juegos, muchas veces de mal gusto. No son pocas las veces en que, con la barriga llena, se confabulan y organizan un ejército fuerte para violentar y remedar al viejo de trasero en el suelo.
VIENTOS DEL APOCALIPSIS | PAULINA CHIZIANE | Comprar libro ... En grupos de tres y cuatro pasan a lo largo de la casa y ofrecen a Sianga un saludo solemne con la voz más inocente del mundo. El viejo no responde porque el rostro de los chicos denuncia burla programada. Caminan lentos, tranquilos, como si fueran a algún lugar. Al llegar a una zona de total seguridad, inician el ataque lanzando una descarga de provocaciones:
 —Abuelo Sianga, culo aplastado igual que el suelo.
 —Pobre Sianga. Ya no tienes culo, las hormigas te lo comieron de tanto pegarte a la tierra. Ellas pensaron que lo habías tirado.
 —Sianga, levanta el trasero, mira la cobra, mira el perro que te va a morder, corre, despega el trasero y huye.
 —Abuelo Sianga, culo en el suelo. Sianga hierve ante la risa de los pequeños, defendiéndose con injurias, maldiciones, amenazas, intentando ahuyentarlos con palabrotas fuertes, actitud que sólo sirve para avivar el fuego, porque los bribones se ríen, gritan batiendo palmas, lanzando provocaciones aún más jocosas. El juego alcanza el clímax; Sianga se levanta como un perro con rabia y persigue al bando con intención de agarrar a uno de ellos y darle la merecida lección. Ahí es cuando comienza la mayor algarabía. Los muchachos se lanzan apresuradamente, como pájaros en vuelo, y forman un enorme círculo con Sianga aprisionado dentro de él. Una nueva provocación parte de un punto del círculo; Sianga intenta agarrar al atrevido con pasos torcidos. Cae. Es cuando se levanta que escucha otra mofa del lado opuesto. Gira los talones e intenta perseguir de nuevo y en ese momento, todo el grupo lanza un fuerte ataque al mismo tiempo. Grita y corre para todos lados vociferando pesados insultos, moviendo todo el cuerpo con gestos de rabia, y los pequeños, ya en fuga, gritan: el viejo todavía está en forma, hasta corre, tiene el culo entero, las hormigas no han conseguido devorárselo; el fantasma está en movimiento, quiere mordernos, sálvese quien pueda.
 Los niños son peores que las fieras y le causan tormentos. Se nota a lo lejos: padres e hijos son cómplices de la misma intriga, porque si no es así, ¿por qué es que los adultos se alejan?
 Los pequeños desaparecen con los estómagos doloridos de tanto reír. Sianga regresa enfurecido al lugar. Grita a la mujer. Da vueltas en la estera incontables veces hasta que la calma lo acuna y lo adormece. Alguien lo despierta.
 —Hermano Sianga, siempre durmiendo a pleno sol. Vamos a dar una vuelta y a ahogar las penas bebiendo un trago.
 A decir verdad, Sianga bien necesita de ese trago. Su botella se vació y los nervios le han secado la garganta. Quiere aceptar la invitación, pero con una mirada rápida aprecia el aspecto de su interlocutor, la apariencia humilde, el cuerpo vestido con harapos, las manos callosas y llenas de cicatrices. Formula entonces un violento no. La invitación es demasiado rústica para su paladar. Prefiere pasar sed a una compañía asquerosa. Llama a la mujer y le ordena que vaya a comprar una botella de aguardiente.
 —Sabes, hermano Sianga, la desgracia cayó sobre la tierra y vive en las tripas de la gente. ¡Si supieses lo que le ocurrió al compadre Dombissa!
 —¿Que no sé? Lo sé todo, eso lo sé. No es preciso que nadie me diga, yo adivino, soy vidente. Sé todo lo que le ocurrió a ese desgraciado, pero eso no impide que me cuentes todos los detalles.
 Realmente él lo sabía todo porque Manuna, su hijo preferido, pasa las mañanas, las tardes y las noches enamorando a las muchachas de la aldea, haciendo compañía a las viudas y a las mujeres solteras. Recoge las novedades frescas y de primera mano para trasladarlas al padre. El día anterior Sianga había estado con el compadre Dombissa con quien tuvo una larga conversación y le llamó la atención sobre el peligro que corría su vida. Hacer la corte a la mujer del vecino en las barbas de todo el mundo, además de ser tabú es algo que causa desgracia. Poco después de la conversación con Dombissa vio a Joshua, el marido ofendido, caminando con pasos de fiera herida en dirección a la casa de la comadre Mafuni, seguramente siguiendo las huellas del rival. Se dice que después de beber un poco de aguardiente, el suficiente para perder la vergüenza, Joshua se lanzó furiosamente sobre Dombissa, el cual, cogido de sorpresa, no tuvo otra alternativa que tirar de la navaja y, clavándola bien en el pecho del adversario, hacerlo viajar al reposo eterno. Para aumentar la desgracia, en la madrugada del día siguiente el hijo más pequeño del asesino dio el último suspiro. Incluso ya hay rumores de que Dombissa será absuelto del crimen cometido, toda vez que los difuntos han aplicado ya la justicia suprema. La muerte del pequeño es el pago de la deuda de sangre, pues si no fuese así, el niño no habría muerto, según afirman los curanderos.
 El éxodo aumenta en Mananga, Sianga está bien informado sobre eso. El amor es una fantasía inventada por los hombres, no existe y nunca existirá, eso es claro y evidente. En el pasado, los hombres organizaron ejércitos y se mataron por amor a la tierra, en defensa del territorio, de la soberanía, y ahora que la pobrecita ya no tiene nada, que dio todo lo que tenía que dar, que fue terriblemente chupada, los hombres la abandonaron porque está en desgracia. Los más fuertes se fueron a trabajar a las minas de las tierras del Rand y un día volverán con vehículos motorizados, bicicletas y ropas baratas para seducir a las mujeres de la tierra. Las más jóvenes fueron para los suburbios de las ciudades a vender su honra a cambio de pan, haciendo revivir, sutilmente, los antiguos centros de prostitución ya prohibidos por la ley. Sianga siente una necesidad urgente de tomar una decisión, no va su hija Wusheni a tomar esos caminos vergonzosos. Ella es bonita, madura, y el casamiento será la mejor solución para acomodarla. Es verdad que ya no hay hombres que valgan en Mananga, pero, ¿qué importancia tiene eso? Puede hasta ser un viejo, lo que las mujeres necesitan es de alguien que les garantice protección y alimento. Sianga sabe de la vida de toda la aldea, incluso con el trasero pegado a la estera. Es vidente. El buen profeta no necesita trasladarse hasta el monte porque éste corre fluido a sus pies, en los sueños, en los devaneos.»

   [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Txalaparta, 2002, en traducción de Martha Rosa Sardiñas Vargas y Teresita Urra Vargas, pp.41-45. ISBN: 978-84-8136-253-4.]