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domingo, 11 de enero de 2026

Silas Marner.- George Eliot [Evans, Marie Ann] (1819-1880)

Capítulo X

  «Estaban próximas, a la sazón, las Navidades, y las familias de posición desahogada se disponían a ejercer la caridad, repartiendo a diestro y siniestro ricas morcillas, suculentos trozos de lomo y golosinas de toda especie. Movida por la desgracia acaecida a Silas, la señora de Osgood se apresuró a incluirle entre los que disfrutarían de su beneficencia. El señor Crackenthorp, tras una larga perorata en la que amonestó al hilandero por su falta de asistencia al templo, asegurándole que el robo era un justo castigo a su avaricia, le obsequió, creyendo reforzar de este modo sus consejos, con unas riquísimas manos de cerdo, que por sí solas hubieran bastado a disipar los infundios y prejuicios que oponen los ignorantes a la benéfica acción del clero. Por otra parte, los vecinos que no podían ofrecerle más que un consuelo puramente moral, se apresuraban siempre que se encontraban a Silas a interesarse por él y por el curso de sus asuntos, llevando algunos su buena intención hasta el extremo de visitar su casa para rogarle que les refiriese una vez más el robo con el mayor número de detalles. Luego trataban de animarle con estas o parecidas frases:
 "Ánimo, señor Marner, que al fin y al cabo pobres como usted hay muchos,  y si se quedara usted por casualidad enfermo o baldado, no le faltaría el amparo de la parroquia".
 Es indudable que una de las cosas que más dificultan nuestro deseo de llevar consuelo al ánimo de nuestros amigos, agobiados por la desgracia, es la falta de expresión que tienen las palabras. No parece sino que, en contra de nuestro buen deseo, se bastardean y adulteran todas en el momento de salir de nuestros labios.
 Las cosas meramente materiales, como las morcillas y las manos de cerdo, pueden pasar de un hombre a otro sin contagiarse por la largueza o el egoísmo de los individuos; pero el lenguaje es como un manantial que, al brotar del suelo, trae ya consigo el sabor del terreno donde emerge. No faltaban en el pueblo de Raveloe sentimientos de caridad; pero ésta se revestía de formas burdas y groseras y estaban desprovistas de toda cortesía, ya fingida, ya verdadera.
 Así le ocurrió al propio señor Macey, quien visitando cierta noche a Silas, para asegurarle que los sucesos acaecidos recientemente habían tenido la enorme ventaja para el hilandero de granjearle la estimación de quien, como el sacristán, no era dado a formar sus juicios con reprobable ligereza, acomodose a su gusto, devanó sus dedos y comenzó la conversación de la siguiente manera:
 -Mire, señor Marner, es preciso que se decida usted a cobrar ánimo y a dejarse de quejas. Después de todo, más le vale perder el dinero que guardarlo indebidamente. Cuando llegó usted a estas tierras, yo, la verdad, pensé para mí que no debía de ser usted una buena persona. Y es que, a pesar de ser usted más joven de lo que es hoy, tenía usted una cara tan pálida, tan parada, que, vamos, más que criatura parecía usted algo así como un ternero que se hubiera quedado calvo. Claro que no sabe uno cómo pueden ser las gentes; pero tampoco se le debe achacar al demonio todo lo raro y contrahecho que anda por el mundo. Ahí tiene usted a los sapos, que bien feos son, y, sin embargo, resultan inofensivos y hasta son útiles para quitar de en medio las sabandijas. Pienso yo que algo de esto le ocurre a usted. Ahora, en lo tocante a esas hierbas y esas bebidas que usa usted para curar la falta de aliento, yo me pregunto: ¿por qué, si las trajo usted de tierras extranjeras, no fue usted más dadivoso y espléndido con ellas? Y si obtuvo usted esos conocimientos de mala manera, pues con ir a la iglesia de cuando en cuando, como todos hacemos, quedaba usted tan limpio de culpa. Porque digo yo que eso que usted sabe, debe ser parecido a lo que sabía la "Mujer sabia" y, sin embargo, los niños que curaba ella se cristianaban como los demás, y no se resistían nunca a recibir el agua del bautismo. Lo cual, que está bien; porque no hay razón para que, si al diablo se le ocurre de vez en cuando, como distracción, la idea de hacer una buena obra, le quitemos nosotros la voluntad. Y esto se lo digo yo, que llevo cerca de cuarenta años de sacristán de esta parroquia, y sé muy bien que hay quien se propone curarse sin la ayuda del médico, y lo consigue, sí señor, lo consigue; no sé cómo, pero lo consigue, diga lo que quiera el doctor Kimble. Por eso, maestro Marner, como le iba diciendo, hay cosas que, por mucho que se busquen en la Biblia ni se explican ni se entienden. Usted, lo que tiene que hacer es tener más ánimo. ¡Fuera la preocupación! Y en cuanto a eso que dicen de que si es usted muy cuco, y que si no se puede saber nunca lo que piensa usted, ¿sabe usted lo que yo les he dicho a los vecinos?... Pues que no hay nada de eso... Porque es lo que yo les digo: os empeñáis en que el maestro Marner ha inventado la historia del robo para beneficiarse él, y es preciso que os convenzáis de que para inventar una historia así precisa un hombre listo y no uno como el señor Silas, que mismamente parece un conejo asustado...
 Mientras el señor Macey pronunció aquella prolongada perorata, el hilandero permaneció inmóvil, con los codos sobre las rodillas y sujeta la cabeza entre las manos. El señor Macey, que jamás pudo suponer que Silas no le hubiera escuchado atentamente, aguardó a que Marner mostrase de alguna manera su opinión y sus juicios; pero el hilandero permaneció silencioso. Silas se daba vagamente cuenta de que aquellas palabras del sacristán eran una demostración de afecto por parte de éste; pero las pruebas de la bondad ajena caían sobre su alma como sobre la del menesteroso los rayos del sol. Carecía de ánimos para disfrutarlas, y su aislamiento le impedía apreciar los efectos de las influencias puramente externas.
 -Vamos, maestro Marner -dijo al fin el señor Macey con cierta impaciencia-. ¿No tiene usted nada que contestar a lo que le he dicho?
 -¡Ah... sí...!- replicó Marner muy lentamente moviendo con soltura su cabeza-. Le doy a usted mil gracias... mil gracias...
 -Vamos..., vamos..., ya sabía yo que usted sabría apreciar y agradecer mis consejos -dijo el señor Macey-. Y mi consejo en esta ocasión es el siguiente. Pero, antes, dígame: ¿tiene usted un traje de domingo?
 -No... -replicó Marner.
 -Me lo estaba figurando -dijo el señor Macey-. Pues es preciso que se compre usted uno. Yo le hablaré a Tooky, que es un infeliz, pero que me lleva muy bien el negocio de la sastrería y el capital que en él tengo invertido, y él se encargará de hacerle a usted un traje baratito, a pagar cuando buenamente pueda usted. Y en cuanto que tenga usted algo que ponerse, debe usted ir a la iglesia, como hacen todos los vecinos... Mire usted que en los años que lleva usted aquí no haberme oído cantar el amén ni una sola vez... Es preciso que se dé usted prisa, ¿eh? Porque cuando se quede Tooky de sacristán definitivo, poco tendrá usted que oír, y no sé..., no sé... si podré yo tirar otro invierno...»

 [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Espasa-Calpe, 2000, en traducción de Isabel Oyarzábal, pp. 94-97. ISBN: 84-239-7849-1.]
 

viernes, 6 de diciembre de 2019

La última pintura de Sara de Vos.- Dominic Smith (...)

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Primera parte
Upper East Side.- Noviembre de 1957

 «A doscientos dólares el cubierto, la cena de la Sociedad de Asistencia atrae, poco más o menos, a las mismas sesenta personas cada año: abogados, cirujanos, gerentes, esposas filántropas, un diplomático jubilado de la zona alta. Siempre hay que vestir de etiqueta y los asientos se asignan mediante pequeñas tarjetas, con los nombres escritos a mano, distribuidas en diez mesas redondas. Una vez al año, Rachel telefonea a un artista japonés de Chelsea y le da su lista de invitados. Al cabo de tres días llegan las tarjetas en un sobre de papel de arroz. Marty sigue un método para la asignación de asientos, un truco aprendido de un amigo que organiza las subastas de arte de Sotheby's en Europa. Coloca a los comensales más acaudalados a corta distancia de la silenciosa mesa de la subasta y pide a los camareros que les rellenen las copas de vino cada quince minutos. Gracias a esta estrategia, estas cenas al servicio de la Sociedad de Asistencia han sido las que más beneficios han generado a lo largo de una década. Obtiene pujas exorbitantemente infladas por cruceros en el Caribe, entradas para la ópera, estilográficas y suscripciones a la revista Yachting. Marty calculó en su día que Lance Corbin, un cirujano traumatólogo que ni siquiera tenía yate, pagaba ciento veinte dólares por cada número mensual de esta publicación marítima.
 Las mesas, dispuestas en el gran salón con vistas a la terraza, están decoradas con azucenas y una cubertería antigua de plata. Como hace tan buen tiempo, los cócteles, el champán y el postre pueden servirse fuera, pero Marty insiste en que se cene dentro, donde la iluminación es mejor para la firma de cheques, donde las pinturas de género y los paisajes holandeses y flamencos evocan, si no a los huérfanos, sí al menos un ambiente de personas desfavorecidas: el campesino que lleva a rastras el anca de un animal a un sótano de piedra un día inclemente, los parroquianos de una taberna que arrojan cucharas a un gato o el Avercamp con sus campesinos de mejillas sonrojadas patinando por un canal helado.
 Cuando Rachel llama a los comensales para que pasen al salón donde se sirve la cena, el cuarteto de cuerda deja las sonatas de Rossini y acomete los conciertos y adagios de Bach. Como de costumbre, Rachel y Marty se sientan en mesas distintas para maximizar sus interacciones con los invitados, pero Marty advierte varias veces a lo largo de la cena que su mujer mira con expresión ausente la copa de vino. Clay Thomas cuenta, como cada año, sus anécdotas de cuando servía como enfermero en la Primera Guerra Mundial y jugaba al fútbol con los italianos en un barrizal. Por norma, Marty hace rotar a los invitados de su mesa, pero siempre se coloca diligentemente en el grupo de Clay Thomas. Mientras no lo nombren socio, hará ver cada año que escucha esas batallitas por primera vez.
 Después de la cena y la subasta, los comensales van saliendo a la terraza. Se ha instalado una mesa larga con copas de champán, hileras de profiteroles, tartaletas de crème brûlée y bombones belgas. Como en años anteriores, Rachel deja que Marty se ocupe de los invitados más importantes. A ella le es imposible entrar en las bromas de los hombres o la charla de las esposas de los socios, que envían a sus hijos a los mismos colegios y universidades, así que se contenta con acercarse a los asistentes periféricos. La hermana de alguna personalidad importante de la alta sociedad o la prima de fuera de la ciudad de algún miembro de la junta de administración de una organización benéfica: esas son las personas con las que se siente más a gusto, las que no le preguntan si nunca ha deseado fundar una familia. Marty la acusa de esconderse en su propia casa, de mantener conversaciones tensas e incómodas con absolutos desconocidos. Le dice que los socios la consideran altiva en lugar de tímida y frágil. Desde el ángulo de la terraza, en los últimos compases de una conversación sobre el chucho que los científicos rusos encontraron en una calle de Moscú, Rachel ve el recargado reloj de pared del gran salón y cae en la cuenta de que el servicio de alquiler de beatniks llegará en menos de media hora. Observa a la gente para hacerse una idea de cómo se desenvolverá la troupe entre ellos. No sabe si pretende conferir cierta ligereza a la velada o boicotear el acto. Si ha malinterpretado la situación, recibirá a los bohemios en el vestíbulo, les pagará sus honorarios y los enviará de vuelta a la noche.
 La temperatura ha bajado cinco grados y muchos de los invitados han pedido sus abrigos. Antes, durante los cócteles, Marty ha encendido el fuego en la chimenea de ladrillo exterior y ella los ha observado mientras Clay y los otros socios, con las copas en la mano, ofrecían consejo por turno. En un momento dado, Clay se ha puesto unos guantes de amianto y ha empuñado un atizador de forja para recolocar los troncos en el centro, explicando a los hombres de menor edad que hacían falta más llamas azules y aire en la base. Ahora, un grupo de ellos, se congrega junto al fuego realimentado, abogados con puros y metáforas laxas hablando de filosofía, decadencia urbana y minutas de clientes.»
    
   [El texto pertenece a la edición en español de Maeva Ediciones, 2017, en traducción de Isabel Ferrer y Carlos Milla. ISBN: 978-84-16690-67-1.]

miércoles, 7 de agosto de 2019

De un experto en demoliciones. Críticas para Le Chat Noir.- Léon Bloy (1846-1917)

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León XIII y la conspiración de los imbéciles (Inédito)
I

«Está escrito que la cantidad de imbéciles es infinita. Juzguen la fuerza destructiva de semejante conspiración. León XIII lanzó una nueva advertencia a la supuesta sociedad cristiana, a la que tantas veces se ha advertido en vano. No cabe duda de que la encíclica que acaba de ser publicada in extenso no será mucho más escuchada que las bulas de Clemente XII y Benedicto XIV durante el último siglo.
 En la primera de ellas, fechada el 27 de abril de 1738, el papa, "al reflexionar sobre los grandes males causados por la sociedad clandestina denominada francmasónica, que le hacía temer por la tranquilidad de los estados y por la salud de las almas, prohibía a todos los cristianos, bajo pena de excomunión, promoverla, agregarse a ella y asistir a sus reuniones".
 Esta excomunión, reservada especialmente al sumo pontífice, implicaba el más formidable carácter de reprobación y sólo él podía conceder su absolución.
 El 18 de mayo de 1751, Benedicto XIV confirmaba mediante una segunda bula la constitución apostólica de su predecesor en todas sus disposiciones. Estos actos de la autoridad religiosa suprema fueron renovados en 1821 por Pío VII, en 1825 por León XII -aterrorizado por el avance de la secta- y, por último el 25 de septiembre de 1865 por Pío IX, quien tuvo el honor de protestar prácticamente solo, con gran energía y arriesgando su propia vida , contra todas las sandeces homicidas de su siglo.
 De este modo, queda perfectamente establecido que no se puede ser al mismo tiempo francmasón y católico. Sin embargo, parece que es algo terriblemente difícil de comprender, pues no sólo los imbéciles que conforman la inmensa mayoría de las naciones, sino también un buen número de intelectuales no han conseguido enterarse.
 Hoy, el desventurado sucesor de Pío IX renueva la reprobación. ¿Volverá alguien a escucharla y a creérsela? La infalibilidad doctrinal del santo padre es una simple falacia para el noventa y nueve por ciento de la humanidad civilizada, e incluso se trata de un interrogante para muchos católicos ruinosos, semejantes al padre Didon, que carecen de la virilidad necesaria para optar entre una verdadera apostasía y la perfecta adhesión del corazón.
 ¿Pero cómo quieren ustedes que una sociedad tan profundamente mediocre acoja unas proposiciones tan absolutas y rigurosas?
 Dios es el autor de la soberanía y de la sociedad civil; aquéllos sobre quienes recae la soberanía deben ser considerados cooperadores o ministros de Dios. Es totalmente falso que los pueblos tengan el derecho de librarse de la obediencia según su voluntad.
 Seguro que un encogimiento de hombros nacional será el único efecto de este clamor paternal sobre nuestra república de soberbios decrépitos, y el antiguo honor de Francia, en absoluto recuperado, continuará revolcándose y agonizando por el suelo, asesinado por banqueros y venerables.

II

La francmasonería referida por la encíclica y la vieja herejía jansenista tienen en común que no se desenmascaran en ningún caso y que jamás han consentido triunfar por la ostentación de su poder. Por contra, tanto una como la otra han adorado siempre el secreto y el argot del misterio.
 El victorioso procedimiento del jansenismo consistía en negarse a sí mismo, en no dejar de declarar su perfecta sumisión a la autoridad eclesiástica y en considerar que se dirigían a los demás las sanciones o condenas que esta autoridad ridiculizada le atribuía a él directamente.
 A su vez, los francmasones defendían invariablemente su inalterable simplicidad. No son más que un puñado inofensivo de personas asociadas con un fin filantrópico, risueñas y sin ninguna intención de actuar directa o indirectamente en nada. Así se expresaba, hace varios días, el periódico Le Temps, voz acreditada de todas las idioteces intermedias, tras la lectura del resumen de la encíclica. 
 En la mente de León XIII -decía-, todo el mal proviene de la francmasonería... Eso demuestra una noción claramente exagerada de la acción de la francmasonería en nuestra época y creemos que León XIII, a pesar de su habitual lucidez, confunde los tiempos y la situación... La francmasonería es sólo un medio de acercamiento pacífico entre un determinado número de personas. Es como un gran círculo donde las conversaciones, las alocuciones y las ceremonias tradicionales sustituyen a las cartas y al billar. Es sobre todo una institución de beneficencia contra la cual no existe hoy en día ninguna razón de luchar. Si el papa quiere encontrar las causas de los males de los que se queja, debe buscar en otro lugar.
 Ése es el constante sofismo de estos Tartufos insignes. Por mucho que las refutaciones históricas más atroces los dejen en evidencia, no pierden la compostura y jamás se esfuerzan en disfrazar sus nuevas mentiras. Siempre presumen de una humanidad bonachona y modesta, satisfecha de progresar con lentitud y desdeñosa hacia las intrigas subterráneas de las que se les acusa. Las revoluciones, según ellos, son los frutos naturales del terreno social sembrado por el viento de las filosofías, madurados bajo el sol de la razón.
 Pero, para ser estrictos, hay que distinguir entre dos tipos de francmasones. Según su propio testimonio, de los ocho millones de adeptos repartidos por el universo, "no hay más que quinientos mil miembros activos". Los demás sólo comen, beben, cantan y pagan. Es el inmenso ejército de los imbéciles, el criadero, siempre lleno, de la bufonería orgullosa, rebelde sólo ante la autoridad de la Iglesia, de donde los ocultos cocineros de la alta iniciación extraen a su antojo las combinaciones diabólicas de su política.
 Entre los miembros de la secta -dice la encíclica-, tal vez sean muchos los que, aunque no estén exentos de falta por haberse afiliado a tales sociedades, tampoco estén involucrados en sus actos criminales e ignoren el objetivo final que esas sociedades se esfuerzan en alcanzar.
 Con total seguridad se puede presentar a este bonito rebaño como la obra maestra ideal del embrutecimiento humano, consecuencia de una simple transposición de la ley de obediencia.»
 [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Berenice, 2014, en traducción de Teresa Lanero. ISBN: 978-84-15441-62-5.]

martes, 9 de junio de 2015

"Naná".- Émile Zola (1840-1902)


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 "-Señores -dijo Naná, con una cortesía estudiada-, siento haberles hecho esperar"
 Los dos hombres saludaron y se sentaron. Un cortinaje de tul bordado mantenía el gabinete a media luz. Aquella era la pieza más elegante del piso: tapizada con tela clara, tenía un gran tocador de mármol y una cornucopia, un diván y sillones de raso azul. En el tocador había ramos de rosas, de lilas y de jacintos, como un hacinamiento de flores que esparcía un perfume penetrante y fuerte, mezclado con el olor de algunas briznas de pachulí seco, desmenuzadas en el fondo de una copa. Y Naná, arreglándose su peinador mal ajustado, parecía haber sido sorprendida mientras se arreglaba, todavía con la piel húmeda, sonriendo azorada en medio de sus blondas.
 -Señora -dijo gravemente el conde Muffat-, nos excusará que hayamos insistido... Nos trae una colecta... El señor  y yo somos miembros del Comité de Beneficencia del distrito.
 El marqués de Clouard se apresuró a añadir, con acento galante:
 -Cuando nos informaron de que una artista vivía en esta casa, nos prometimos recomendarle nuestros pobres de una manera especial... El talento no está reñido con el corazón...
 Naná simulaba modestia. Respondía con ligeros movimientos de cabeza, mientras se hacía rápidas reflexiones. Debió de ser el viejo quien llevó al otro; sus ojos eran muy picaruelos. No obstante, había que desconfiar del otro, cuyas sienes se hinchaban grotescamente y seguro que habría preferido ir solo. Así debía ser; el portero les había dado sus señas y ellos se empujaban, cada uno por su lado.
 -Ciertamente, señores, que han hecho bien en venir -dijo ella con mucha amabilidad.
 Pero la campanilla eléctrica la sobresaltó. Otra visita, y aquella Zoé abriendo a quien fuera. Prosiguió:
 -Es una suerte poder aliviar a los que padecen.
 En el fondo estaba fastidiada.
 -Oh, señora -repuso el marqués-, si supieseis cuánta miseria hay... Nuestro distrito tiene más de tres mil pobres, y es de los más ricos. No se imagina cuántas desgracias: niños sin comida, mujeres enfermas y privadas de todo auxilio muriéndose de frío...
 -¡Pobres gentes! -exclamó Naná muy enternecida.
 Su emoción fue tal que las lágrimas humedecieron sus hermosos ojos. Con un movimiento se había inclinado, para no fingir más; su peinador dejó ver sus senos, a la vez que sus rodillas separadas dibujaban bajo la delgada tela la redondez de sus muslos. Enrojecieron un poco las mejillas terrosas del marqués. El conde Muffat, que iba a hablar, bajó la mirada. Hacía demasiado calor en aquel gabinete, un calor sofocante, de invernadero. Las rosas se ajaban y del pachulí de la copa salía un olor que embriagaba.
 -En semejantes ocasiones, una quisiera ser muy rica -añadió Naná-. En fin, cada uno hace lo que puede... Créanme, señores, que si lo hubiese sabido...
 Estuvo a punto de soltar una memez en medio de su enternecimiento, pero no concluyó la frase. Por un momento se quedó perpleja al no acordarse dónde había puesto sus cincuenta francos al quitarse el vestido. Pero se acordó: estaban en una esquina del tocador, debajo de un bote de pomada puesto boca abajo. Cuando se levantó, volvió a sonar la campanilla con insistencia. ¡Otro más! Aquello no se acababa.
 El conde y el marqués también se habían puesto en pie, y las orejas del último se movieron, dirigiéndose hacia la puerta; sin duda, conocía aquellos timbrazos. Muffat le observó; luego apartaron sus miradas. Se estorbaban; volvieron a adoptar su frialdad, uno tieso y sólido y muy rígidamente peinado; el otro irguiendo sus huesudos hombros, sobre los que caía su corona de escasos cabellos blancos.
 -A fe mía -dijo Naná, presentando sus diez grandes monedas de plata y decidiendo tomarlo a risa-, señores, que voy a cargarles... Esto para los pobres.
 Y el adorable hoyito de su barbilla se ahuecó más. Tenía el aspecto de una buena muchacha, con el montón de escudos en su mano abierta y ofreciéndolos a los dos hombres, como diciéndoles: "Veamos, ¿quién los quiere?". El conde fue el más listo y cogió los cincuenta francos, pero quedó una moneda y para cogerla tuvo que tocar la piel de la joven, una piel tibia y suave que le produjo un escalofrío. Ella continuaba riendo.
 -Muy bien, señores. Para otra vez espero darles más".