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domingo, 11 de enero de 2026

Silas Marner.- George Eliot [Evans, Marie Ann] (1819-1880)

Capítulo X

  «Estaban próximas, a la sazón, las Navidades, y las familias de posición desahogada se disponían a ejercer la caridad, repartiendo a diestro y siniestro ricas morcillas, suculentos trozos de lomo y golosinas de toda especie. Movida por la desgracia acaecida a Silas, la señora de Osgood se apresuró a incluirle entre los que disfrutarían de su beneficencia. El señor Crackenthorp, tras una larga perorata en la que amonestó al hilandero por su falta de asistencia al templo, asegurándole que el robo era un justo castigo a su avaricia, le obsequió, creyendo reforzar de este modo sus consejos, con unas riquísimas manos de cerdo, que por sí solas hubieran bastado a disipar los infundios y prejuicios que oponen los ignorantes a la benéfica acción del clero. Por otra parte, los vecinos que no podían ofrecerle más que un consuelo puramente moral, se apresuraban siempre que se encontraban a Silas a interesarse por él y por el curso de sus asuntos, llevando algunos su buena intención hasta el extremo de visitar su casa para rogarle que les refiriese una vez más el robo con el mayor número de detalles. Luego trataban de animarle con estas o parecidas frases:
 "Ánimo, señor Marner, que al fin y al cabo pobres como usted hay muchos,  y si se quedara usted por casualidad enfermo o baldado, no le faltaría el amparo de la parroquia".
 Es indudable que una de las cosas que más dificultan nuestro deseo de llevar consuelo al ánimo de nuestros amigos, agobiados por la desgracia, es la falta de expresión que tienen las palabras. No parece sino que, en contra de nuestro buen deseo, se bastardean y adulteran todas en el momento de salir de nuestros labios.
 Las cosas meramente materiales, como las morcillas y las manos de cerdo, pueden pasar de un hombre a otro sin contagiarse por la largueza o el egoísmo de los individuos; pero el lenguaje es como un manantial que, al brotar del suelo, trae ya consigo el sabor del terreno donde emerge. No faltaban en el pueblo de Raveloe sentimientos de caridad; pero ésta se revestía de formas burdas y groseras y estaban desprovistas de toda cortesía, ya fingida, ya verdadera.
 Así le ocurrió al propio señor Macey, quien visitando cierta noche a Silas, para asegurarle que los sucesos acaecidos recientemente habían tenido la enorme ventaja para el hilandero de granjearle la estimación de quien, como el sacristán, no era dado a formar sus juicios con reprobable ligereza, acomodose a su gusto, devanó sus dedos y comenzó la conversación de la siguiente manera:
 -Mire, señor Marner, es preciso que se decida usted a cobrar ánimo y a dejarse de quejas. Después de todo, más le vale perder el dinero que guardarlo indebidamente. Cuando llegó usted a estas tierras, yo, la verdad, pensé para mí que no debía de ser usted una buena persona. Y es que, a pesar de ser usted más joven de lo que es hoy, tenía usted una cara tan pálida, tan parada, que, vamos, más que criatura parecía usted algo así como un ternero que se hubiera quedado calvo. Claro que no sabe uno cómo pueden ser las gentes; pero tampoco se le debe achacar al demonio todo lo raro y contrahecho que anda por el mundo. Ahí tiene usted a los sapos, que bien feos son, y, sin embargo, resultan inofensivos y hasta son útiles para quitar de en medio las sabandijas. Pienso yo que algo de esto le ocurre a usted. Ahora, en lo tocante a esas hierbas y esas bebidas que usa usted para curar la falta de aliento, yo me pregunto: ¿por qué, si las trajo usted de tierras extranjeras, no fue usted más dadivoso y espléndido con ellas? Y si obtuvo usted esos conocimientos de mala manera, pues con ir a la iglesia de cuando en cuando, como todos hacemos, quedaba usted tan limpio de culpa. Porque digo yo que eso que usted sabe, debe ser parecido a lo que sabía la "Mujer sabia" y, sin embargo, los niños que curaba ella se cristianaban como los demás, y no se resistían nunca a recibir el agua del bautismo. Lo cual, que está bien; porque no hay razón para que, si al diablo se le ocurre de vez en cuando, como distracción, la idea de hacer una buena obra, le quitemos nosotros la voluntad. Y esto se lo digo yo, que llevo cerca de cuarenta años de sacristán de esta parroquia, y sé muy bien que hay quien se propone curarse sin la ayuda del médico, y lo consigue, sí señor, lo consigue; no sé cómo, pero lo consigue, diga lo que quiera el doctor Kimble. Por eso, maestro Marner, como le iba diciendo, hay cosas que, por mucho que se busquen en la Biblia ni se explican ni se entienden. Usted, lo que tiene que hacer es tener más ánimo. ¡Fuera la preocupación! Y en cuanto a eso que dicen de que si es usted muy cuco, y que si no se puede saber nunca lo que piensa usted, ¿sabe usted lo que yo les he dicho a los vecinos?... Pues que no hay nada de eso... Porque es lo que yo les digo: os empeñáis en que el maestro Marner ha inventado la historia del robo para beneficiarse él, y es preciso que os convenzáis de que para inventar una historia así precisa un hombre listo y no uno como el señor Silas, que mismamente parece un conejo asustado...
 Mientras el señor Macey pronunció aquella prolongada perorata, el hilandero permaneció inmóvil, con los codos sobre las rodillas y sujeta la cabeza entre las manos. El señor Macey, que jamás pudo suponer que Silas no le hubiera escuchado atentamente, aguardó a que Marner mostrase de alguna manera su opinión y sus juicios; pero el hilandero permaneció silencioso. Silas se daba vagamente cuenta de que aquellas palabras del sacristán eran una demostración de afecto por parte de éste; pero las pruebas de la bondad ajena caían sobre su alma como sobre la del menesteroso los rayos del sol. Carecía de ánimos para disfrutarlas, y su aislamiento le impedía apreciar los efectos de las influencias puramente externas.
 -Vamos, maestro Marner -dijo al fin el señor Macey con cierta impaciencia-. ¿No tiene usted nada que contestar a lo que le he dicho?
 -¡Ah... sí...!- replicó Marner muy lentamente moviendo con soltura su cabeza-. Le doy a usted mil gracias... mil gracias...
 -Vamos..., vamos..., ya sabía yo que usted sabría apreciar y agradecer mis consejos -dijo el señor Macey-. Y mi consejo en esta ocasión es el siguiente. Pero, antes, dígame: ¿tiene usted un traje de domingo?
 -No... -replicó Marner.
 -Me lo estaba figurando -dijo el señor Macey-. Pues es preciso que se compre usted uno. Yo le hablaré a Tooky, que es un infeliz, pero que me lleva muy bien el negocio de la sastrería y el capital que en él tengo invertido, y él se encargará de hacerle a usted un traje baratito, a pagar cuando buenamente pueda usted. Y en cuanto que tenga usted algo que ponerse, debe usted ir a la iglesia, como hacen todos los vecinos... Mire usted que en los años que lleva usted aquí no haberme oído cantar el amén ni una sola vez... Es preciso que se dé usted prisa, ¿eh? Porque cuando se quede Tooky de sacristán definitivo, poco tendrá usted que oír, y no sé..., no sé... si podré yo tirar otro invierno...»

 [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Espasa-Calpe, 2000, en traducción de Isabel Oyarzábal, pp. 94-97. ISBN: 84-239-7849-1.]
 

domingo, 18 de diciembre de 2022

Microcosmos.- Claudio Magris (1939)


Snapshots' ('Istantanee'), by Claudio Magris | UntitledXXI&Friends
Colina


  «En Revigliasco, donde D’Azeglio, de joven, se enzarzaba a puñetazos con su preceptor el padre Andreis y más tarde el cuadrumviro De Vecchi se establecía en una hermosa villa. En la plazoleta del padre Girotto, un ángel sin cabeza, en los aledaños de la iglesia parroquial, le da la espalda a la Virgen, con evidente desgana de darle el anuncio que cambiará la historia del mundo. Ya no existe en cambio el puentecillo, pintiparado para el modesto regato, que estaba dedicado también al padre Girotto y ha sido derribado por el curso del progreso. Revigliasco sigue siendo “lugar de aire perfectísimo”, como lo definía un informe de los Ejercicios Espirituales de 1760, y ha tenido, también por ello, un floreciente desarrollo; no es raro pues que la construcción de una carretera más ancha haya eliminado el mísero puente. Por desgracia la Historia, para facilitar el acceso a las nuevas villas de la colina, ha pasado descuidadamente incluso sobre la placa que indicaba el nombre del puente.
  Aquella inscripción —de cuya existencia da testimonio también el señor Felice, carpintero de Revigliasco enamorado de cada una de las piedras de su pueblo— resumía en una síntesis épica, como una lápida funeraria, la vida del personaje al que estaba dedicado el puente. Como enseña Spoon River, la inscripción de las tumbas es la lacónica novela de la vida de un hombre, el epitafio que encierra su significado. Probablemente cada uno compone, con los gestos de su existencia, una única poesía y la lápida que la condensa, la transcribe y la confía a esa voluminosa e interminable opera omnia que está constituida por los cementerios.
  Tenía que dar envidia la persona a la que estaba dedicada esa desaparecida placa de Revigliasco, que decía: “Puente padre Girotto, 1857-1943 / Filósofo-Latinista-Enólogo / Durante 52 años arcipreste de Revigliasco”. Aquel trinomio (Filósofo-Latinista-Enólogo) es un monumento al padre Girotto aún más expresivo, en su concisión, que su autobiografía y sus memorables dichos, recogidos y publicados por su sucesor y bien presentes, igual que toda su personalidad, en la memoria de la gente de la colina.
  La Filosofía, para el arcipreste de Revigliasco, parece haber sido sobre todo humor, ironía, sentido de la pequeñez de todas las cosas finitas —y también de uno mismo— respecto al gran fondo del infinito, contra el que se sitúa toda experiencia humana. Este sentimiento permite no tomarse demasiado en serio, y libera por consiguiente de los venenos de la inseguridad y la soberbia, pero permite asimismo no tomar demasiado en serio ninguna pretendida grandeza y libera por tanto del miedo; ante lo eterno, todo parece pequeño pero, en su pequeñez, de igual dignidad respecto a cualquier otra cosa, aun a las que ostentan un poder amenazador. La ironía se convierte en amorosa e inflexible defensa de toda criatura, hasta de la más débil y escondida, contra la vacua pompa del mundo que la quiere aplastar.
  Las anécdotas del padre Girotto —sus “amenidades” recogidas por el padre Nicola Cuniberti— ilustran su genio bonachón y mordaz, el lenguaje franco e irreverente de su célebre boletín que turbaba a sus superiores, sus picantes y salaces respuestas a los jerarcas fascistas, su desenvuelta confianza con la humilde, buena y porfiada realidad del cuerpo, de la elemental vida física; la piedad del párroco cariñoso y lenguaraz era sobre todo falta de “respeto humano”, ese desparpajo religioso que es a menudo la antítesis del espíritu burgués.
  El editor de sus amenidades desaconsejaba la lectura “a las personas de delicada conciencia”, que podrían escandalizarse de sus ocurrencias o de su relato del accidente que tuvo durante una peregrinación a Lourdes, cuando, al levantarse de la cama a causa de un ataque de neuritis en la pierna, resbaló en el suelo dándose dos batacazos en la cabeza.
  Pequeño, delgado y descuidado, con un rostro enjuto que parecía el retrato de la tierra piamontesa y de su vino, el padre Girotto era digno de sus parroquianos, esos habitantes de Revigliasco que el Casalis, en su Dizionario Storico-Geografico, describía como “robustos y fuertes, bien formados, sanos, longevos, comedidos y laboriosos”. Poeta de la existencia y naturalmente maestro en el difícil arte de ser alegre, el arcipreste de Revigliasco era un verdadero pastor de su grey, en años atormentados y de tumultuosas transformaciones sociales; era sencillo como una paloma, pero también avisado y perspicaz como una serpiente, porque el pastor, para defender a su grey, tiene que saber que los débiles y los pobres se encuentran en el mundo como ovejas en medio de los lobos y tiene que saber por lo tanto reconocer a los lobos y saberles dar, cuando sea el caso, un buen estacazo. En el pueblo se recuerda no solo su generosidad sino también la paradójica discreción con laque, cuando llegaba el tiempo de la cosecha, se ausentaba, con el objeto de que los campesinos que trabajaban la tierra de la parroquia pudieran robar sin azoro.
  Filósofo, Latinista, Enólogo: su secreto está tal vez en estas tres palabras. Todavía hoy, en el oratorio que lleva su nombre, imperan en bancos y estantes varias botellas de los épicos vinos tintos piamonteses. Probablemente el trait d’union entre los tres términos, el nexo que los mantiene unidos, es el que, no en balde, el genial y desconocido autor de la placa sitúa justamente en el centro: Latinista. El latín, para el arcipreste, era el latinorum del seminario, el lenguaje que invitaba a los fieles a las funciones religiosas y los devolvía a casa acabada la función; era sobre todo la claridad clásica, la sintaxis que jerarquiza el caótico polvillo del mundo y pone las cosas en su sitio, el sujeto en nominativo y el complemento directo en acusativo; era el orden lógico y moral que clasifica, singulariza, define, juzga, distingue los pecados veniales de los mortales, las sombras de los pensamientos inciertos de los propósitos determinados, las acciones de los fantasmas. En aquella simetría había sitio para todo, para las verdades reveladas y para las buenas botellas, para el transcurso de las estaciones y para las transformaciones de usos y costumbres, para los episodios edificantes de las vidas de los santos y para la épica escondida en el grano de trigo que madura, para la geométrica estructura cristalina del copo de nieve y para su disolución en la nada.
Microcosmos - Magris, Claudio - 978-84-339-0889-6 - Editorial Anagrama  Esa lengua muerta desde hace siglos era también la lengua de la ironía, de lo que existe solo en la palabra y se hace amar y respetar por su gratuita y ampulosa irrealidad, de la que afectuosamente se sonríe. El latinista enólogo sabía probablemente que la lisa superficie de aquel latín se parecía al sabor del barbera y el dolcetto, tan rápido en deslizarse en el vaso y en la garganta y digno del cuidado y la solvencia que él dedicaba a los dones de la vid, con una simbiosis de teología y enología no rara en estas colinas, si ya en tiempos el teólogo Allasia había obtenido el privilegio real de llevar a la plaza Carlina, en exclusiva, el vino de su producción.
 Otro impenitente piamontés, el germanista Giovanni Vittorio Amoretti, contaba que, durante el bachiller, estudiaba en un colegio de Escolapios, donde se hablaba solo latín y estaba en vigor una rígida disciplina, que él por lo demás eludía, escapándose por la ventana con una sábana para ir de vinos. Una noche, a la vuelta, le oyó el Padre Guardián; oculto en vano detrás de un seto, tuvo que salir, a la perentoria conminación de “Amorette, veni foras!”. Preguntado —en latín— por el Padre Superior, se le trabó la lengua porque no se acordaba de cómo se decía “sábana” en la lengua de Roma y entonces el Padre Superior le infligió un pequeño castigo, no por la escapadita, dijo deplorable pero disculpable habida cuenta de la edad, sino por haber ignorado el nombre latino de la sábana, a la que debía sus travesuras —la oración es asimismo atención a las cosas, gratitud por lo creado.
  Ciencia del latín y ciencia del vino se convertían, para el padre Girotto, en sabiduría filosófica, arte de pasar amablemente por la tierra como huéspedes. En latín escribía dísticos celebrativos de su pueblo natal, Orbassano, y su polenta; los arcos de la sintaxis latina, bajo los cuales confluía en maliciosa inocencia el absurdo de lo real, semejaban a la inefable y circunspecta objetividad con la que el biógrafo del padre Girotto, el padre Cuniberti, registraba, en una docta obrita, las seculares rivalidades entre Revigliasco y la cercana Pecetto. “Este rencor entre los dos pueblos”, escribía tranquilamente el reverendo, “explotaba como si de un deber se tratase el día más sagrado del año: después de los oficios del Viernes Santo los muchachos salían de sus respectivas Parroquias y se llegaban a sendas orillas del torrente Gariglia, donde tenía lugar la tradicional pedrea, que se saldaba con heridos y contusionados de ambas partes”.
  Enología y amor al latín, solícita caridad hacia el prójimo y conciencia de la comicidad de la existencia, fe y desencanto confluían en una filosofía amable y vigorosa. Las “amenidades” del padre Girotto revelan la libertad de una persona que ha comprendido cómo las diferencias de grandeza o inteligencia entre los hombres, entre un genio universal y un pobre diablo, parecen enormes, pero son en realidad milimétricas respecto a la muerte, al dolor, a la guerra y a la incapacidad incluso para un genio de preverla e impedirla, al insomnio, a la miseria, al dolor de muelas. Ante la simple realidad del ir viviendo, la excepcional prestación de un genio es como el notabilísimo salto de una pulga respecto al Himalaya.
  Con esta filosofía, es menos arduo mirar cara a cara a la muerte. Su sucesor, de un evidente gusto hamletiano y barroco, amaba la calavera admonitoria que, en el jardín contiguo al oratorio, enseña al visitante la inscripción: “Era como tú, serás como yo”. Con otro espíritu, el padre Girotto, a sus ochenta y seis años y en ocasión de celebrar en la iglesia poco antes de morir el día de los difuntos, había dicho: “Ahora me toca a mí”, mas había añadido: “pero no me enfado si alguien quiere pasar delante”.»
  
    [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Anagrama, 1999, traducción de José Ángel González Sainz,  pp. 116-120. ISBN: 978-84-339-0889-6.]

domingo, 16 de octubre de 2022

El crisantemo y la espada. Patrones de la cultura japonesa.- Ruth Benedict (1887-1948)


Ruth Benedict - Wikipedia, la enciclopedia libre
3.-Cada uno en su lugar


 «A pesar de su reciente occidentalización, el Japón es todavía una sociedad aristocrática. Cada saludo, cada contacto personal, debe indicar el tipo y grado de la distancia social que existe entre unos y otros. Cuando una persona dice a otra “come” o “siéntate”, utiliza palabras diferentes si se dirige a un familiar, si habla a un inferior o a un superior. Existe un “tú” o un “usted” diferente que debe utilizarse en cada caso, y los verbos tienen formas distintas para cada uno de ellos. En otras palabras, los japoneses tienen lo que se llama un “lenguaje de respeto”, como lo tienen muchos otros pueblos del Pacífico, y lo acompañan con reverencias e inclinaciones adecuadas. Este comportamiento se rige por meticulosas normas y convencionalismos. No basta saber ante quién se inclina uno, sino que es necesario saber cuánto se tiene uno que inclinar. Un saludo que sería adecuado para determinada persona podrá ser considerado como un insulto por otra que se hallase en una relación ligeramente distinta con el que saluda. Y la gama de las reverencias va desde la postura de rodillas en que se inclina el cuerpo hasta tocar con la frente las palmas de las manos, colocadas sobre el suelo, a la simple inclinación de la cabeza y los hombros. Uno debe aprender, y desde edad muy temprana, la reverencia adecuada para cada caso particular. No se trata sólo de tener siempre presentes las diferencias de clase — en todo caso, importantísimas—; también deben tenerse en cuenta el sexo, la edad, los lazos familiares y cualquier clase de relación previa entre dos personas.
 Incluso entre las mismas dos personas se requieren diversos grados de respeto en diferentes ocasiones: un civil puede tratar familiarmente a otra persona y no inclinarse ante ella; pero cuando lleva uniforme militar, su amigo, si viste de paisano, se inclinará ante él. Cumplir con las normas establecidas por la jerarquía es un arte que requiere el equilibrio de innumerables factores, algunos de los cuales pueden excluir a los otros en un determinado caso, o bien añadirse a ellos.
 Existen, naturalmente, personas que se tratan con poca ceremonia. En Estados Unidos, esto se aplica a las personas del círculo familiar. Nosotros abandonamos incluso las más simples formalidades de la etiqueta cuando entramos en el seno de nuestra familia. En el Japón es precisamente en la familia donde las normas de respeto se aprenden y observan más meticulosamente. Cuando la madre todavía lleva al niño atado a la espalda, ya le obliga —apoyando su propia mano en la cabeza del hijo— a inclinarse, y las primeras lecciones del pequeño consisten en aprender a comportarse respetuosamente con su padre y su hermano mayor.
 La mujer se inclina ante su marido; el niño, ante su padre; los hermanos menores, ante los mayores, y la hermana se inclina ante todos sus hermanos, cualquiera que sea la edad de éstos. No se trata de un gesto vacío de sentido; significa que el que se inclina reconoce el derecho del otro a actuar como desee respecto a cosas de las cuales quizá prefiera hacerse cargo él mismo, y el que recibe el cumplido reconoce a su vez ciertas responsabilidades que le incumben en razón del puesto que ocupa. La jerarquía basada en el sexo, en la edad y en la primogenitura forma parte integrante de la vida familiar.
 La piedad filial es, naturalmente, una de las normas éticas más importantes del Japón, que comparte con China. La formulación china de este principio fue adoptada en época temprana por el Japón, junto con el budismo, la ética confucionista y la antiquísima cultura china, en los siglos VI y VII después de Cristo. Pero el carácter de la piedad filial hubo necesariamente de sufrir modificaciones para poder adaptarse a la estructura peculiar de la familia japonesa. En China, incluso hoy, uno debe lealtad al enorme y ramificado clan al que pertenece. A veces se trata de un clan con jurisdicción sobre cientos de miles de personas, de las cuales recibe apoyo. Las circunstancias varían según las diversas partes de este extenso país, pero en muchos lugares de China todas las personas de una aldea son miembros de un mismo clan. Entre los 450 millones de habitantes que ahora tiene China, no hay más de 470 apellidos, y todas las personas que llevan el mismo patronímico se consideran en cierto grado hermanos de clan. En una zona determinada puede suceder que todos los habitantes sean de un mismo clan y que, además, pertenezcan a él familias que viven en ciudades muy apartadas. En zonas populosas como Kwangtung, todos los miembros del clan contribuyen a sostener grandes santuarios y en determinados días veneran hasta mil tablillas ancestrales de los miembros fallecidos que descienden de un antepasado común. Los clanes poseen propiedades, tierras y templos, y administran fondos que se utilizan para pagar la educación de alguno de los niños del clan que parece prometer más. Se mantienen en contacto con los miembros dispersos y publican complicadas genealogías que son puestas al día cada diez años, aproximadamente, a fin de dar a conocer los nombres de aquellos que tienen derecho a compartir sus privilegios. Tienen leyes ancestrales que llegan incluso a prohibirles entregar al Estado a alguien de la familia acusado de un crimen, si el clan no está de acuerdo con las autoridades. En la época imperial, estas grandes comunidades de clanes semiautónomos eran gobernados, no muy rígidamente, en nombre del Estado, mediante mandarinatos encabezados por funcionarios estatales rotatorios que no eran de la región.
 En el Japón todo esto era distinto. Hasta mediados del siglo XIX, solamente las familias nobles y los guerreros (samurai) tenían derecho a utilizar apellidos. Los apellidos eran fundamentales en el sistema de clanes del pueblo chino, y sin ellos, o sin un equivalente, no puede desarrollarse la organización del clan. En algunas tribus, el equivalente podía ser el mantenimiento de una genealogía. Pero en el Japón solamente la clase alta mantenía genealogías, e incluso en estas familias el registro se llevaba, como hacen las Hijas de la Revolución Americana en Estados Unidos, desde el momento presente hacia atrás, es decir, partiendo de la persona viva para retroceder en el tiempo, y no desde el pasado hacia el presente para incluir a todos los contemporáneos procedentes de un antepasado común, lo cual es muy distinto. Además, el Japón era un país feudal. La lealtad no se debía a un nutrido número de parientes, sino a un señor feudal, amo supremo y perpetuo, y la diferencia entre éste y los mandarines burocráticos temporales de China, que eran siempre extranjeros en sus distritos, no podía ser mayor. Lo importante en el Japón era pertenecer al feudo de Satsuma o al de Hizen. Cada persona estaba ligada a su feudo.
 Otra forma de institucionalizar los clanes es la adoración de los antepasados remotos o de los dioses del clan en santuarios o lugares sagrados. Esto habría sido posible para el “pueblo bajo” japonés, incluso al no contar con apellidos ni genealogías. Pero en el Japón no existe el culto a los antepasados remotos. En los santuarios en que el pueblo se reúne, todos los campesinos acuden juntos sin necesidad de probar la existencia de antepasados comunes. Se les llama “hijos” del dios del santuario, pero son “hijos” porque viven en su territorio. Estos campesinos están, naturalmente, ligados entre sí, como les ocurre a los campesinos de cualquier parte del mundo tras la residencia en el mismo lugar de innumerables generaciones, pero no son por ello un grupo cohesivo de un mismo clan que desciende de un antepasado común.
 La veneración debida a los antepasados se presta en un santuario muy diferente, situado en el cuarto de estar de la familia, donde se honra solamente la memoria de los seis o siete últimos miembros de la familia fallecidos. En las familias japonesas de todas las clases sociales, se rinde diariamente homenaje ante este altar, y se coloca comida para los padres y los abuelos, así como para los parientes próximos a quienes se recuerda en vida y que están representados sobre el altar con lápidas en miniatura. En los cementerios nadie se ocupa de las tumbas de sus tatarabuelos, y la identidad de la tercera generación ancestral cae rápidamente en el olvido. Las relaciones familiares en el Japón se reducen casi a las mismas proporciones occidentales, siendo tal vez la familia francesa el equivalente más próximo.
 La “piedad filial” en el Japón es, pues, una cuestión limitada a los familiares más íntimos. Significa ocupar cada uno el sitio que le corresponde según la generación, el sexo y la edad, dentro de un grupo que incluye poco más que el propio padre, el padre del padre y sus hermanos y descendientes. Incluso cuando se trata de linajes importantes en los que a veces se incluyen grupos mayores, la familia se divide en líneas independientes y los hijos más jóvenes establecen ramificaciones familiares. Dentro de este limitado grupo familiar, las normas que regulan “el sitio correspondiente” son muy meticulosas. Se guarda una estricta obediencia a los mayores, hasta que éstos deciden “retirarse” formalmente (inkyo).
 Aun en nuestros días, un hombre con hijos ya mayores no realizará transacción alguna sin que haya sido aprobada por el abuelo, si éste no se ha retirado. Los padres deciden sobre el casamiento o el divorcio de sus hijos, incluso cuando éstos tienen treinta o cuarenta años. Al padre, como cabeza de familia, se le sirve el primero en las comidas, entra el primero en el baño familiar y recibe con una simple inclinación de cabeza las profundas reverencias de su familia. Hay en el Japón un acertijo popular que podría traducirse de esta forma: “¿Por qué un hijo que quiere dar consejos a sus padres se parece a un sacerdote budista que quiere tener pelos en la coronilla?”. (Los sacerdotes budistas van tonsurados.) La respuesta es: “Porque por mucho que quiera, no puede”.
 Ocupar el propio puesto significa tener en cuenta no sólo las diferencias generacionales, sino también las diferencias de edad. Cuando los japoneses desean expresar una confusión total, dicen que “no es ni hermano mayor ni hermano menor”, en el sentido en que nosotros decimos “no es ni carne ni pescado”, pues para los japoneses el hermano mayor debe mantenerse fiel a su condición con el mismo rigor con que un pez debe permanecer en el agua. El hermano mayor es el heredero. Los viajeros hablan de “ese aire de responsabilidad que el hijo mayor adquiere tan pronto en el Japón”. Comparte en alto grado las prerrogativas del padre. Antiguamente, su hermano menor dependía totalmente de él; ahora, especialmente en pueblos y aldeas, es el mayor quien se queda en casa aferrado a la rutina de siempre, mientras sus hermanos menores, en ocasiones, salen de ella para conseguir una educación más completa y mayores ingresos. Pero los antiguos hábitos impuestos por la jerarquía son muy fuertes.»

    [El texto pertenece a la edición en español de Alianza Editorial, 2004, en traducción de Javier Alfaya Bula, pp. 41-45. ISBN: 978-84-2065-585-7.]

miércoles, 7 de abril de 2021

Tenga usted éxito en su muerte. Anti-método para vivir.- Fabrice Hadjadj (1971)


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2.-La gracia del miedo

Sobre el pánico a morir
El coraje de tener miedo

 «Tito Livio cuenta que en la primera batalla contra Aníbal, una tropa romana, presa de espanto y no  sabiendo por dónde huir, se arrojó derecha hacia los cartagineses, que les hicieron un gran número de víctimas, “pagando por una vergonzosa huida el mismo precio que hubiera tenido una gloriosa victoria”. El miedo da alas. Ocurre incluso que la gallina toma un impulso más potente que el águila. Se alaba en ese caso su coraje, cuando lo único que hay es una cobardía tan alocada que pone todo patas arriba en su huida. El temerario, además, es siempre un poco cobarde. No tiene la paciencia de mantener su posición. Desconoce lo realmente temible, y así, con prisa por acabar, temeroso de afrontar a un enemigo de su talla, se mete en la boca del lobo.
 ¿En qué consiste, pues, el verdadero coraje? La virtud de la fortaleza, recuerda Aristóteles, consiste menos en atacar que en aguantar, menos en superar que en soportar. “Lo que a ciertos hombres les vale el título de fuertes es, ante todo, soportar la adversidad”. Desde ese punto de vista, las películas de artes marciales nos presentan a individuos particularmente débiles: los zarandean un poco y, ¡zas!, le propinan un patadón en la cara a su prójimo; los hieren en la comisura de la boca y, ¡bum!, una avalancha de miembros acribilla y desmenuza al adversario. Su fuerza física disimula una gran debilidad moral. Es lo contrario de las películas de Bergman, por ejemplo, donde se despliega un arte marcial verdaderamente soberano: mujeres que soportan el engaño y el abandono de los hombres y que, a veces, manifestación suprema de su potencia, llegan a perdonar.
 Resistir exige más fuerza que atacar por tres razones, recuerda Tomás de Aquino: “1º) El que ataca juega el papel del más fuerte; el que resiste es, pues, el más débil que resiste al más fuerte, lo que siempre es más difícil. 2º) Para el que ataca, el peligro parece alejado, ahora bien es más difícil no ser conmovido por cosas presentes que por cosas futuras. 3º) Resistir se prolonga en el tiempo; atacar, por el contrario, puede ser el efecto de un impulso repentino. Ahora bien, es más incómodo permanecer mucho tiempo inconmovible que dirigirse inmediatamente a algo difícil. Lo cual hace decir a Aristóteles que “algunos que corren al encuentro de los peligros, desaparecen cuando se encuentran en medio de ellos; los hombres fuertes hacen todo lo contrario”. El hombre fuerte no va al encuentro del peligro. Pero, si se encuentra en medio de la tempestad, no suelta el timón.
 Si no hubiera nada de temible en aguantar, ¿dónde estaría el coraje? Tener un corazón de piedra es no tener corazón. El verdadero coraje no consiste en no tener miedo, sino en soportar un miedo legítimo, en asumir la angustia, y no en huir de ella. Se pueden extraer de esto unas cuantas conclusiones: la fe más fuerte es la que soporta más oscuridad; la esperanza más fuerte, la que soporta más desesperanza; la caridad más fuerte, la que soporta más asco. Para esta última virtud Santa Teresita era ejemplar. Mostraba una mayor diligencia por aquellas de sus hermanas que le causaban la mayor antipatía. Tenía ganas de soltarles una bofetada. Pero les ofrecía flores. No se trataba de hipocresía. Era la fuerza de una caridad perfecta. La hipocresía, por el contrario, hubiera sido ser superficialmente sincera y dejar ver una antipatía que no dijera nada de los esfuerzos del corazón.
 Pero ¿es legítimo el miedo a la muerte? ¿Cómo tener miedo si se asegura la inmortalidad de su alma? ¿No sería ese miedo únicamente fruto de la ignorancia? Algunos cristianos lo dicen y absorben así su tranquilizante. Hemos hablado hace un momento del juicio: eso debería bastar para devolverles unos santos cólicos. Pero hay otra cosa, que es una paradoja central del martirio y la valentía auténtica. “Cuanto más completa es la virtud de un hombre valiente y mayor su felicidad, más penoso le resultará también el pensamiento de la muerte; porque precisamente para un hombre como ése, la vida es digna de ser vivida, la muerte lo privará precisamente a él de los mayores bienes y él tiene plena conciencia de ello; todo eso no deja de afligirlo”*. La vida del hombre justo y virtuoso es mejor que la del hombre lleno de vicios. Por tanto, perderla es más doloroso para el hombre justo. La separación de su alma y de su cuerpo produce un ruido más desgarrador, porque su cuerpo había esposado plenamente a su alma en lo que ella tiene de más espiritual, y su alma había esposado plenamente a su cuerpo en lo más servicial suyo. Aristóteles no considera que el cuerpo sea la tumba del alma y la muerte una liberación: la persona humana es cuerpo y alma, de suerte que el alma separada del cuerpo es una persona mutilada. El virtuoso realiza mejor los recursos de esa unión: no deja que el cuerpo esclavice al alma a sus pasiones, ni que el alma ejerza un poder orgulloso y despótico sobre el cuerpo. Por eso le es tan dolorosa la muerte. Recíprocamente, el vicioso se asquea pronto de sí mismo. Su vida es una carga para él. Su alma y su cuerpo están en proceso de divorcio. Lo agotan sus incesantes disputas. No temerá tanto la muerte e incluso se irá inclinando hacia el suicidio.
 El discurso supuestamente cristiano sobre el desprecio de la vida terrenal es doblemente perverso a este respecto: para el vicioso, en primer lugar, porque él desprecia ya la vida terrenal y lejos de llevarlo a conversión lo confirma más bien en su amargura; para el virtuoso, asimismo, porque ama la vida y lejos de consolidarlo, se le desanima colocándolo entre los impíos. Se pregunta si es que no tiene fe. Mientras que el otro se encuentra con que tiene demasiada.
Resultado de imagen de tenga usted exito en su muerte Morir es tan penoso para el hombre virtuoso que Aristóteles se atreve a afirmar que un hombre como ése no será el mejor soldado profesional: “Son más bien aquellos que, aun siendo menos bravos, no disponen de ningún otro bien aparte de su vida misma, porque ellos se exponen a los peligros con ligereza y dan su vida a cambio de flacos beneficios”. Los mercenarios y los reitres** forman un ejército más eficaz, más ofensivo y más feroz, porque no tienen nada que perder y se burlan de una existencia pacífica y contemplativa. Cargan al grito de ¡Viva la muerte! Se sacud n riéndose de placer. En tanto que el virtuoso, como el fray Tuck de Robin Hood, hace chocar las cabezas implorando al cielo por él y por su adversario. Cada vez que derriba a uno, exclama: “¡Señor, ten piedad de nosotros!” Lo cual ralentiza seriamente sus golpes.
 Al valiente de verdad la muerte le causa, pues, el máximo miedo, puesto que una vida de valentía vale la pena más el ser vivida, y puesto que la pérdida de esa vida es, por lo tanto, más dañina. Pero, si bien del justo se obtiene un soldado profesional peor, no obstante, da para un mártir de mejor calidad. No da fácilmente su vida por obediencia a su general, por la victoria de su ejército; la da sin falta por obediencia a Dios, por la proclamación de la justicia: “El virtuoso ama la vida tanto más cuanto que la sabe mejor, pero la expone, sin embargo, por causa del bien de la virtud”. Así que “para el hombre no es de temer ni la muerte ni nada de lo que puede ser mortal hasta el punto de renunciar a la justicia, pero sí es de temer, no obstante, en tanto que por ella se pone término a una vida buena, para sí mismo o para los demás. Un proverbio dice igualmente: ‘El sabio teme el mal y se aparta 
de él’”. El temor a faltar al amor verdadero es más fuerte que el temor a perder la propia vida, aun siendo buena, pues de otra forma acabaría siendo mala. Y ese temor primero ayuda a dominar el segundo. El temor al pecado mortal permite soportar el temor a la pena capital. No hay en ello desprecio alguno de la vida terrenal, fascinación alguna por la muerte. Sólo el que se apega con justeza a esta vida puede desasirse bien de ella. Sólo el que puede desasirse bien de ella puede experimentar el desgarro más doloroso al hacerlo. Si ofrece su pecho a las flechas del tirano no es porque odie su cuerpo, sino por testimoniar la bondad de esta vida que su verdugo arroja a la basura.

 Sudar sangre

 Cristo tuvo miedo a su muerte. No obstante que es Dios. Sabe de la inmortalidad de su alma de hombre. Está seguro de la resurrección y de la gloria de su cuerpo. Y, a pesar de esa triple luz, o tal vez a causa de ella, en el Huerto de los Olivos, “comenzó a sentir pavor y angustia” (Mc 14,33). “Comenzó” no significa que el miedo no supere un primer grado de intensidad. Es propio del miedo alcanzar su paroxismo desde el comienzo, ya en ese primer sobresalto que hace que el corazón lata hasta romper el costado. Y, en este caso, no se pasa del primer sobresalto del espanto. Aumenta progresivamente como si fuera la primera vez, conservando su carácter de irrupción, de aparición siempre más violenta que no se domina, a la que uno se acostumbra cada vez menos, por la que uno se deja conmocionar cada vez más. Y no se trata, en este caso, de que la imaginación, sometida por el miedo, agrande el mal que se acerca y haga que el mal inminente sea peor que el mal presente. Lo que da miedo de este miedo abisal es que la misma lucidez, una lucidez como no hay otra más límpida, conduzca a ese seísmo, a ese quebrantamiento de Aquel que es, sin embargo, la Roca. Como si el Señor perdiera todo señorío.
 Teólogos y místicos reconocen que ningún terror humano ha sobrepasado al de Jesús en su agonía. Como en ese instante se eleva la oración del Verbo que no será complacida: “¡Padre, si quieres, aleja de mí esta copa!”, algunos llegan a suponer que la Pasión es más profunda en Getsemaní que en la cruz (pero entonces, además de un crucifijo, ¿tendríamos que llevar colgado al cuello un huerto de olivos?).»    

  *Aristóteles, Ética a Nicómaco, 1117b.
 ** Tanto el vocablo español “reitre” como el francés original, reître, provienen del alemán Reiter, denominación de un antiguo soldado de caballería. Acabó aplicándose, tanto en español como en francés, al hombre de armas que ofrece su espada al mejor postor (N. del T.)  
    
  [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Nuevo Inicio, 2011, en traducción de Sebastián Montiel, pp. 114-119. ISBN: 978-84-937488-8-3.]

miércoles, 6 de enero de 2021

La Biblia.- Anónimo (900 a.C. - 100 d.C.)

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Eclesiástico
Primera parte
1.- Elogio de la sabiduría

   «Toda sabiduría viene del Señor y con Él está siempre.
 Las arenas del mar, las gotas de la lluvia y los días del pasado, ¿quién podrá contarlos?
 La altura de los cielos, la anchura de la tierra, la profundidad del abismo y la sabiduría, ¿quién podrá explorarlos?
 Antes que todo fue creada la sabiduría y la luz de la inteligencia existe desde la eternidad.
 La fuente de la sabiduría es la palabra de Dios en las alturas y sus caminos, los mandatos eternos.
 ¿A quién fue dada a conocer la raíz de la sabiduría y quién conoció sus artificios?
 ¿A quién fue manifestada la ciencia de la sabiduría y quién entendió sus planes?
 Sólo uno es el sabio y el grandemente terrible, que se sienta sobre su trono.
 Es el Señor quien la creo y la vio y la distribuyó.
 La derramó sobre todas sus obras y sobre toda carne, según su liberalidad, y la otorgó a los que la aman.
[…]

3.- Deberes para con los padres

   Escuchad, hijos míos, que soy vuestro padre y obrad de modo que alcancéis la salud,
 Pues Dios honra al padre en los hijos y confirma en ellos el juicio de la madre.
 El que honra al padre expía sus pecados.
 Y como el que atesora es el que honra a su madre.
 El que honra a su padre se regocijará en sus hijos y será escuchado en el día de su oración.
 El que honra a su padre tendrá larga vida,
 Y el que obedece al Señor es consuelo de su madre.
 El que teme al Señor honra a su padre y sirve como a señores a los que le engendraron.
 De obra y de palabra honra a tu padre
 Para que venga sobre ti su bendición,
 Porque bendición de padre afianza la casa del hijo y maldición de madre la destruye desde sus cimientos.
 No te glories con la deshonra de tu padre, que no es gloria tuya su deshonra
 Porque la gloria del hombre procede de la honra de su padre y es infamia de los hijos la madre deshonrada.
 Hijo, acoge a tu padre en su ancianidad y no le des pesares en su vida.
 Si llega a perder la razón, muéstrate con él indulgente y no le afrentes porque estés tú en la plenitud de tu fuerza; que la piedad con el padre no será echada en olvido.
 Y en vez del castigo por los pecados tendrás prosperidad.
 En el día de la tribulación, el Señor se acordará de ti y como se derrite el hielo en día templado, así se derretirán tus pecados.
 Como un blasfemo es quien abandona a su padre y será maldito del Señor quien irrita a su madre.
 […]

4.- La buena y la mala confusión

   Espera tu tiempo y guárdate del mal
 Y no tendrás que avergonzarte de ti mismo
Resultado de imagen de sagrada biblia biblioteca de autores cristianos 1977 Pues hay una vergüenza que eleva al pecado y hay una vergüenza que es gloria y gracia.
 No tengas respetos que sean en perjuicio de tu alma
 Y no te avergüences en perjuicio tuyo.
 No retengas la palabra salvadora y no ocultes tu sabiduría,
 Pues en el hablar se da a conocer la sabiduría y la doctrina en las palabras de la lengua.
 No contradigas a la verdad, pero avergüénzate en tu falta de instrucción.
 No te avergüences de confesar tus pecados
 Y no nades contra la corriente. No te sometas al hombre necio y no tengas acepción por la persona del poderoso.
 Lucha por la verdad hasta la muerte y el Señor Dios combatirá por ti.
 No seas áspero en tu lengua ni remiso ni perezoso en tus obras.
 No seas como león en tu casa ni te muestres caprichoso con tus servidores.
 No sea tu mano abierta para recibir y cerrada para dar.
[…]

5.-Moderación de la lengua

 No te dejes llevar de todo viento y no camines por una senda cualquiera, que así es como obra el pecador de doble corazón.
 Sé firme en tus juicios y no tengas más que una palabra.
 Sé pronto para oír y lento para responder.
 Si tienes que responder, responde; si no, pon la mano a la boca.
 En el hablar está la gloria o la deshonra, y la lengua del hombre es su ruina.
 Que nadie te llame chismoso y no tiendas lazos con tu lengua
 Porque sobre el ladrón vendrá la confusión y la condenación sobre el de corazón doble.
 No ofendas a nadie ni en mucho ni en poco.
 Y no te hagas enemigo para con el amigo porque mala fama trae como herencia vergüenza y oprobio; tal es lo que le espera al pecador de lengua doble.»
 
   [El texto pertenece a la edición en español de Biblioteca de Autores Cristianos, 1977, en versión de Eloino Nácar Fuster y Alberto Colunga Cueto, pp. 884-888. ISBN: 84-220-0258-2.]
 

miércoles, 30 de diciembre de 2020

Las flores del mal.- Charles Baudelaire (1821-1867)

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18.-La belleza

  «Como un sueño de piedra yo soy bella, ¡ oh mortales!,
y mi seno que a todos por turno torturó
fue hecho para inspirar al poeta un amor
tal como la materia, eterno e indecible.
 
Incomprendida esfinge, yo reino en el azul;
un níveo corazón junto al blancor del cisne:
detesto el movimiento que desplaza las líneas
y jamás he llorado, como jamás reí.
 
Los poetas, delante de mis gestos altivos,
que parecen copiados de antiguos monumentos,
consumirán sus días en árida labor;
 
que para fascinar a estos mansos amantes
poseo puros espejos que embellecen las cosas:
mis dos enormes ojos de eterna claridad.
[...]

36.-Póstumo remordimiento

  Cuando por fin reposes, mi bella tenebrosa,
al fondo de un panteón todo de negro mármol,
y cuando ya no tengas por alcoba y morada
sino una hueca fosa, una lluviosa cueva;
 
cuando la losa oprima tu pecho estremecido
y esos flancos pulidos por tu encanto indolente,
y al corazón impida el deseo y el latido
y a tus pies proseguir su aventurera senda,
 
la tumba, confidente de mi sueño infinito,
(porque la tumba siempre comprenderá al poeta),
en esas largas noches de desterrado sueño
 
te dirá: "¿De qué os sirve, cortesana imperfecta,
no haber reconocido lo que los muertos lloran?"
Y te roerá el gusano como un remordimiento.
[...]
91.-El abismo


   Pascal tuvo su abismo, que con él se movía.
-Todo es abismo, ¡ay! - ¡acción, sueño, deseo,
palabra! Y en mi vello, que de pronto se eriza
más de una vez del Miedo sentí el soplo cruzar.

Arriba, abajo, en todo, en lo hondo, la arena,
el silencio, el terrible y el cautivante espacio...
Al fondo de mis noches, Dios, con su dedo sabio,
traza una pesadilla multiforme y sin tregua.
 
Tengo miedo del sueño, como de un agujero
lleno de vago horror, que arrastra no sé a dónde;
sólo veo infinito por todas las ventanas,
 
y mi espíritu, siempre preso del mismo vértigo,
la insensibilidad de la nada apetece.
-¡Ah! ¡No salir jamás de Seres y de Números!
[...]


100.-El rebelde

 Un ángel fiero cae del cielo como un águila,
empuña los cabellos del hombre descreído
y grita, sacudiéndolo: "¡La Ley acatarás!
(Porque soy tu Ángel bueno, ¿comprendes?) ¡Y lo quiero!
 
Entiende que hay que amar, sin hacerle remilgos,
al pobre, al contrahecho, al malo, al infeliz,
para que cuando pase Jesús puedas hacerle
una triunfal alfombra de caridad tejida.
 
¡El Amor es así! Y antes de que tu alma ceda,
en la gloria de Dios avivarás tus éxtasis;
¡tales son los deleites de atractivos durables!"
 
Y el Ángel, que castiga con vigor a quien ama,
con sus puños enormes tortura el anatema;
mas el réprobo siempre le responde "¡No quiero!"»


  [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Orbis, 1982, en traducción de Antonio Martínez Sarrión, pp. 32, 49-50, 104-105 y 113-114. ISBN: 84-7530-040-5.]