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domingo, 28 de abril de 2024

Así es la música.- John Powell (1963)

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2.-¿Qué es el oído absoluto? ¿Yo lo tengo?


 «Imaginemos que hay tres personas cantando en el baño. No, no en el mismo baño, este libro no va de eso. Cada uno canta en su propio baño (que, aparte de eso, está en silencio), en distintas plantas de un bloque de pisos.
 En la segunda planta está Carmen Normal; tiene un gin-tonic en una mano y se arranca con Dancing Queen, de Abba, a todo el volumen que da su voz no entrenada. Si grabáramos su canción y la comparáramos con el disco original, observaríamos dos hechos:
 1.- Aunque las notas suben y bajan de tono en los momentos adecuados, en ocasiones saltan un poco demasiado y otras veces no saltan lo suficiente. Así cantamos casi todos (por esa razón no nos conviene renunciar a nuestro empleo para ganarnos la vida cantando).
 2.- La nota con la que empezó no era la misma que usó Abba. En realidad, la nota con la que empezó ni siquiera está en ninguna parte del teclado de un piano (ni falta que hace). Se trata tan sólo de una nota que ella eligió del centro de su rango vocal y, si se contrastara, resultaría que se encuentra entre dos notas adyacentes de un piano. Esto es lo que hacemos casi todos nosotros.
 En la séptima planta vive Jaime Cantor, que pertenece a un coro, ha estudiado canto, pero no cuenta con oído absoluto. Es una suerte, y nos viene bien aquí, que también esté cantando Dancing Queen. Si comparamos su versión con la original descubriríamos que sus saltos entre notas son muy precisos. Sin embargo, como sucede con su vecina de la segunda planta, la nota con la que empezó no coincidía con la del original de Abba: se trata de una de esas notas de entre medias que la mayoría seleccionamos cuando cantamos.
 En la planta 15, Cecilia Perfecta también está en el baño reviviendo la misma canción setentera Dancing Queen (vaya casualidad). Cecilia ha estudiado canto y también cuenta con oído absoluto —que también se conoce como oído perfecto. Si comparamos su versión con la canción original descubriremos que no sólo es que los saltos entre notas coinciden, sino que además empezó exactamente en la misma nota. Eso significa, desde luego, que está cantando las mismas notas que la canción original de Abba.
 La proeza de Cecilia es extraordinaria y bastante inusual (hay un porcentaje muy pequeño de personas con oído absoluto), pero no indica que tenga un talento musical especial. Es posible que Jaime sea mejor cantante y que si lleváramos un piano a su cuarto de baño y tocáramos la primera nota de la canción, podría empezar desde ella y, al igual que Cecilia, reproducir exactamente las mismas notas de Abba.
 Lo único que está demostrando Cecilia es que ha memorizado todas las notas de un piano, una flauta o algún otro instrumento. También es casi seguro que realizó semejante prodigio memorístico antes de cumplir los seis años. Los niños pequeños memorizan muchísimo más eficazmente que los demás, y así es como aprenden a hablar y adquieren muchas otras destrezas (en unos pocos meses pasan de estar sentados en el césped comiéndose los bichos y diciendo ga ga gugu a ir paseando por ahí, soltando comentarios sarcásticos sobre la calidad de las galletas).
 Un niño pequeño al que se le enseña una canción, aprende la música y la letra. La música no se compone de notas concretas, sino más bien de ascensos o descensos de tono, con un determinado ritmo. Campanita del lugar suena igual de bien sea cual sea la nota con la que la empezamos, y no hay que olvidar que la mayoría empezamos en una nota que está entre dos notas del piano.
 Sólo si las melodías se ejecutaran en un instrumento, el niño podría empezar a desarrollar oído absoluto. Si uno de sus padres tocara las mismas notas en el piano cada vez que cantan Campanita del lugar, el niño podría empezar a memorizar las notas concretas que utilizan en lugar de aprender únicamente los saltos. Gradualmente, podría ir construyendo una auténtica biblioteca mental de todas las notas del piano. Si esto sucediera, también podría aprender que cada una de las notas memorizadas tiene un nombre, como, por ejemplo, el Fa por encima del Do central (el Do central es el Do cerca del centro del teclado de un piano).
Así es la música: Guía sobre la armonía, los tonos, los acordes y ... Es interesante el hecho de que, aunque en Europa y Estados Unidos el oído absoluto es algo poco frecuente, es mucho más común en países como China y Vietnam, cuyo idioma contiene un elemento de control de tono. El sonido que emites al pronunciar una palabra en esas lenguas tonales es una combinación de cantar y hablar. El tono en el que cantas una palabra en una lengua como el mandarín es vital para comunicarse: cada palabra tiene varios significados sin relación entre sí que dependen del tono. Por ejemplo, la palabra ma significa madre si la cantas/dices en un tono agudo y uniforme, pero significa cáñamo si empiezas en un tono medio y luego subes, o caballo si empiezas grave, bajas y luego subes. Si empiezas agudo y dejas que caiga el tono, estás diciendo perezoso. Por tanto, una pregunta inocente como «¿Ya está la comida, mamá?», fácilmente podría transformarse en, «¿Y mi comida, caballo?» si no lo dices con los tonos adecuados. Como un error de este tipo podría mermar catastróficamente su fuente de alimentación, los niños pequeños que están aprendiendo alguna de estas lenguas tonales están mucho más pendientes del tono que los occidentales, niños o adultos y, por tanto, es más probable que adquieran oído absoluto.
 El hecho de que sean tan pocos los occidentales que desarrollan esta memoria de las notas se debe a que no es algo que nos sea muy útil. Es más, puede llegar a ser bastante desagradable, ya que la mayoría de las personas canta o silba muy fuera de tono. Si fueras violinista en una orquesta, el oído absoluto te sería útil para ir afinando tu instrumento en el taxi de camino al concierto. O si fueras un cantante profesional, siempre podrías estar seguro de que estás ensayando con las notas correctas aunque estés paseando por el campo. Pero esas serían las únicas ventajas. Esta falta de utilidad es una de las razones por las que en la enseñanza de la música nunca se hace ningún intento de adquirir oído absoluto. Otra razón fundamental para su falta de desarrollo es que es muy difícil de lograr después de los seis años de edad.
 Una vez dicho esto, sí hay bastantes músicos (y algunas personas de carne y hueso) que tienen oído absoluto parcial. Lo que quiero decir con esto es que han memorizado una o dos notas. Por ejemplo, la mayoría de los músicos de una orquesta tienen que afinar su instrumento al principio de cada concierto (a diferencia de aquel violinista repelente con oído absoluto que puede hacerlo a solas en el taxi). Siempre utilizan la nota La con este fin. Un instrumento (normalmente el oboe) emite un La y todos los demás ajustan su  instrumento para que su La suene igual (esto produce el escándalo horroroso ese que se oye cuando una orquesta va a empezar un concierto). Esta repetida atención a la nota La puede hacer que algunos músicos acaben memorizándola.
 Otros ejemplos de oído absoluto parcial también guardan relación con la exposición repetida a una nota o canción concreta. A veces, los que no son músicos también pueden lograrlo y memorizar una nota o varias notas, aunque no sepan cómo se llaman. Pruébelo usted mismo. Ponga una de sus canciones favoritas y cante la que piense que va a ser la primera nota de la canción, y siga haciéndolo cada vez que ponga en marcha su equipo de música. No hay forma de predecirlo, pero usted podría acabar con un tono absoluto parcial.
 Este tono absoluto parcial no es tan sorprendente como podría parecer al principio: todos podemos recordar una nota durante unos cuantos segundos (pruébelo con su equipo de música), y la memoria a corto plazo, si se repite con frecuencia, a veces puede convertirse en memoria a largo plazo.
 Por cierto, para aumentar muchísimo su precisión tonal cuando cante o tararee, tápese un oído con un dedo. Algunos solistas también suelen hacerlo. Esto funciona porque estamos diseñados para no oír nuestra voz con mucha intensidad, y así evitar que nuestra propia voz enmascare cualquier sonido al que deberíamos estar prestando atención: leones, avalanchas, el aviso de que se cierra el bar, etc. Cuando nos tapamos un oído, mejora la retroalimentación entre la boca y el cerebro y contamos con más elementos de juicio a la hora de calibrar el tono que emitimos.»

  [El texto pertenece a la edición en español de Antoni Bosch Editor, 2012, en traducción de William McGrath y María Dolores Crispín, pp. 15-18. ISBN: 978-84-9534-860-9.]

viernes, 13 de diciembre de 2019

Eso no estaba en mi libro de Historia de la Música.- Pedro González Mira (...)

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Parte II: La tierra
Capítulo 4: La farándula de la Clásica
Los instrumentistas

«Porque bien visto, un instrumentista es tan sólo un señor que produce sonidos con un instrumento, y poco más. Sin embargo, en las manos, o los labios (bien nos gustaría decir en sus cabezas) de estos individuos recae la mayor parte de la responsabilidad de algo a lo que ya nos hemos referido anteriormente: la interpretación musical, es decir, la conversión a sonido del complejo entramado que hay escrito en una partitura.
 Podríamos decir que, en principio, son tres los estratos sobre los que un ejecutante-intérprete debe moverse simultáneamente: la técnica específica que ha de aplicar para la práctica en el instrumento concreto de que se trate, su personalidad sonora y su capacidad para dar un sentido y una lógica al discurso que el compositor estableció en su obra.
 Los aspectos técnicos se estudian, se preparan y hay todo un entrenamiento -que suele ser muy duro- para conseguir los objetivos deseados. Pero las preguntas a hacerse son otras. Por ejemplo, por qué un individuo con una inmensa capacidad de trabajo y sacrificio puede tardar años para conseguir poner, pongo por caso, los dedos correctamente sobre las teclas de un piano y, de pronto, aparece por ahí un niño de seis años capaz de tocar sin equivocarse una pieza de media hora. La respuesta es seguramente que las cuestiones técnicas en la práctica instrumental no son de índole física (habilidad, destreza, etc.) sino musical, que quiere decir mental. Los papás de los presuntos futuros geniecillos no suelen tener noticias sobre esto y continúan enviando a sus hijitos a los conservatorios para que al cabo de pocos años se conviertan en unos pequeños frustrados, después de descubrir que lo realmente difícil es hacer música y no aporrear o soplar un instrumento, para lo que se tiene que ser músico y no otra cosa. No decimos que un instrumentista no deba hacer un duro entrenamiento, sino que ha de tener clara la jerarquía: primero la música, después las habilidades. Y puede suceder de todo: se puede tener una gran disposición mental para la música y ser torpe físicamente, y viceversa. En el primer caso estaremos seguramente ante un pensador de la música (¿el típico crítico frustrado?); en el segundo, ante un aporreador o soplador o golpeador de encefalograma plano. ¿Dónde está el instrumentista 10?
 He aquí la gran tragedia del personaje, un individuo condenado a la práctica continua, al estudio infinito, pero sabiendo de antemano que nada de esto le acabará sirviendo si no ha quedado meridianamente claro que con la técnica, con la habilidad sola, no se va a ninguna parte. Y la tragedia se multiplica cuando el instrumentista comienza a familiarizarse con los diferentes repertorios, con los diferentes autores, al comprobar que cada uno requiere una técnica distinta; que se puede llegar a tocar muy bien la música de un determinado compositor y, sin embargo, no así la de otros, aunque sea de estilo parecido. En ocasiones, parece que la música de un determinado compositor es muy difícil de tocar, y no es así; y puede suceder lo contrario. Dicen, por ejemplo, los pianistas que Beethoven es el más difícil de tocar. Se podría afirmar que es cierto porque, efectivamente, la técnica que requiere es la más compleja aunque no lo parezca, sobre todo en términos comparativos. Y añadiríamos: por su arrebatadora lógica musical.
 Todas estas consideraciones (seguiremos con el ejemplo del pianista, para entendernos) nos llevan a hablar de un concepto tan extendido como engañoso: el virtuosismo. Todo el mundo habla de pianistas (el razonamiento podría valer para cualquier otro instrumento) que hacen de sus señas de identidad el virtuosismo. ¿Qué quiere decir interpretación virtuosista? ¿La que está ejecutada sin fallos en las notas emitidas? ¿Una interpretación brillante en la que todo suena mucho y todo va muy rápido y se escuchan -en teoría- todas las notas escritas en la partitura sin que se produzca ningún fallo? Una suma de falsedades.
 La cuestión es distinguir entre ejecución e interpretación. Hay muchos, muchísimos, cada vez más pianistas capaces de dar todas las notas sin cometer un solo error, siguiendo al pie de la letra las indicaciones de tempo, dinámica, agógica, etc. de la partitura. Pero no parece que esto sea especialmente emocionante para nuestros oídos. Hay un falso virtuosismo, consistente en lograr todo esto, que conduce a poco, pero que sin embargo en todas las épocas ha arrasado en las salas de concierto. A nosotros nos parece muy poco interesante, aunque muchas veces nos tengamos que poner en frente de un público frenético que se vuelve loco ante tanto fuego de artificio. Y no es éste un cáncer de los artistas de hoy; siempre ha sucedido: los desmayos, las lipotimias, los ataques de histeria eran la norma cuando Franz Liszt se sentaba al piano. Es cierto que, hoy, en algunas economías emergentes orientales está surgiendo un movimiento musical que encumbra falsamente a chicos y chicas jóvenes por el hecho de tener dedos prodigiosos. Pero no se ha de generalizar. Este problema ha existido siempre en todas las escuelas pianísticas, hasta en las más serias, como la rusa. El asunto requiere una valoración más individualizada. Es la personalidad del intérprete la que cuenta. Y, como creo que ya hemos dicho, se trata de saber añadir a la ejecución una opinión personal. Esta opinión es la que marca el sello interpretativo. Se podrá pensar que esto es enmendar la plana al compositor, En absoluto.
 Nadie como el compositor Gustav Mahler lo ha expresado mejor: "Lo más importante de una partitura es lo que no está escrito". Por algo fue también un extraordinario intérprete como director de orquesta, que abrió un camino absolutamente nuevo: la música se puede hacer mirando al pasado, al presente y al futuro; hay intérpretes que miran hacia atrás, los más, pero sólo unos pocos lo hacen fijándose en lo que todavía no ha sucedido. Un ejemplo: Anton Webern (1883-1945) logró en su música la máxima esencialidad, entre otras cosas porque redujo los tiempos musicales a instantes autónomos de fuerte valor conceptual. Hoy hay más de un intérprete que se atreve a mirar a Webern cuando toca una sonata que Beethoven escribió cien años antes. Lo hace así, concibiendo el todo como una suma de instantes independientes. El efecto es tremendo, es como extraer mil músicas de una sola. Bien; ésta es una manera moderna de hacer música; no está basada en lo que le estaba sucediendo a la música en 1827, porque Beethoven estaba tan por encima de todo eso que pocos lo entendían. La interpretación musical moderna requiere perspectiva histórica, pero no a pasado sino  a futuro. Algunos están en esa línea. Pero son pocos.»

      [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Almuzara, 2018. ISBN: 978-84-17229-29-0.]

domingo, 10 de junio de 2018

La lección de música.- Pascal Quignard (1948)


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La última lección de música de Chang Lien

«Tres cosas habían hecho inclinarse a Pu Ya por la música. La primera había ocurrido cuando apenas caminaba. Acompañaba, con el paso vacilante de sus dos piernecitas, a una sirvienta que iba a buscar a la aldea leña para calentar y arroz, bordeando el lago. A la orilla del lago vio por primera vez los sauces de enormes troncos y de sombra redonda. Se acercó y descubrió a un joven que guardaba un búfalo y leía murmurando al borde de la orilla. La sombra de los sauces era redonda y azul. El silencio era inmenso. "El agua, la sombra redonda, el niño, el libro, el búfalo, el sauce, el ronzal que amarraba al búfalo al tronco del sauce, ¡todo eso se grabó en mi memoria sin más razón!", dijo Pu Ya.
 La segunda cosa que había hecho decidirse a Pu Ya por la música, según Pu Ya, había sucedido nueve años más tarde, a la muerte de la esposa principal de su padre. La puerta estaba cubierta por un paño blanco. "¡La Primera ha muerto!", tal fue su pensamiento. Había entrado. Había cogido un bastón de incienso y había saludado con las manos juntas cuatro veces. Estaba arrodillado y su frente tocaba el suelo de madera. Entreveía fulgores vacilantes de lámparas, sombras y pies. Luego, al mismo tiempo, había oído la gota de aceite que crepitaba en la gran luminaria y el ruido de sus lágrimas que caían en el suelo de madera.
 El tercer suceso que había hecho decidirse a Pu Ya por la música, según Pu Ya, había acaecido cerca de Nanjing. Salía de una casa de té. Todavía conservaba el recuerdo del calor del lugar, de la frescura de las hojas y de las flores, de la calidad del agua de lluvia bullendo en el hervidor. Hacía mucho calor, había salido, le sudaban el rostro y las nalgas e iba siguiendo el camino que le conducía a casa de su maestro de escritura, cuando le sorprendió la tormenta. Estaba agazapado en un matorral. La tormenta había sido de extremada violencia. Las trombas de agua eran montañas. La negrura de los cielos brillaba como los cabellos de las mujeres más bellas. El trueno era ensordecedor y provocaba deseos de huir. Los rayos rasgaban la espesura negra del cielo y dejaban entrever la naturaleza invislumbrable y pavorosa que está en la natura; fragmentos del horrendo sol que hay tras la noche. Pu Ya ocultaba su rostro en la manga.
 Luego vino el silencio, el fin brusco de la lluvia. Había vuelto a abrir los ojos. Era como una luz nueva sobre el mundo. Una luz nueva y el silencio sobre los árboles lavados, de un verde inexpresable, las perlas sobre las hojas, la belleza de un fragmento de cielo totalmente azul.
 Pu Ya se exaltaba por tercera vez. Pu Ya pretendía que sólo había un sonido que pudiese pintar esa llanura rutilante y nueva, esos colores nunca vistos. Pu Ya sugirió que ese sonido estaría muy cercano al silencio.
 -¡Es falso! -replicó Chang Lien con sequedad.
 
⁂
 
 Se miraron. Se callaron un momento. Luego, al exponer Pu Ya las razones que le habían llevado a tocar música, Chang Lien se pellizcó la nariz y dijo:
 -Todavía estáis lejos de la música. El joven lector y su búfalo no os han acercado a la música. La música no está escondida en los sauces. La música no es el silencio. El sonido de la música es un sonido que no rompe el silencio.
 Chang Lien se tocó el anular y dijo:
 -De la misma manera, la gota de aceite y las lágrimas ante la muerte de la esposa principal de vuestro padre no os han acercado a la música. La música no es la muerte y si no es la vida, está muy cercana a la vida, está en la vida, en lo que de naciente hay en la vida. Es el primer grito que es el primer sonido y en este sonido la música no es lo que sigue a la vida sino lo que la precede. ¡La música antecede a la invención de los monosílabos!
 Chang Lien mostró el dedo cordial y dijo:
 -Por último, el final de la tormenta no os acerca a la música. Vuestro oído es perezoso. La música no es el final de la tormenta, es la tormenta.
 Pu Ya no replicó nada a su maestro. Chang Lien se calló unos instantes y prosiguió:
 -Mientras hablabais, escuchaba el sonido de vuestra voz. ¿Qué expresan las palabras sino la pretensión y el vacío? ¿Qué expresa la entonación sino la intención y el fondo del corazón? Mientras exponíais las razones que os habían empujado a hacer música, el sonido de vuestra voz se ha alejado de la música. Vuestra voz se ha reafirmado poco a poco. Se ha alejado del temblor y la lágrima y la música. ¿Qué habéis hecho con vuestros instrumentos?
 Pu Ya respondió que había recogido los restos, que los había amontonado sobre un cojín de seda y les había sacrificado la parte de buey, la parte de cordero y la parte de cerdo rituales. Añadió que todos los días se recogía ante el sepulcro de sus instrumentos. El rostro de Chang Lien se había vuelto carmesí, y se irritó violentamente con su alumno:
 -¿Qué es eso de rezar ante el sepulcro de vuestros instrumentos? ¡Los instrumentos ya son sepulcros! Tomad, pedid al intendente Fu una ligatura de monedas e id a buscar de mi parte al restaurador. Pedidle una guitarra de tres cuerdas rota y mal que bien arreglada. Pedidle un laúd reventado y mal que bien remendado. Tomad los más simples instrumentos de música y ejercitaos de nuevo con ellos. Recordad el tiempo en que vuestra voz estaba rota. Recordad vuestra voz cuando se quebró por el recuerdo de vuestros instrumentos rotos. Vuestro laúd, de tiempos del nacimiento de los proverbios, es como una cáscara de nuez. Es preciso partirla para comer el fruto. Recordad que en la música el sonido no es el fruto.»
 
 [El fragmento pertenece a la edición en español de Ediciones Versal, 2005, en traducción de Ascensión Cuesta. ISBN: 84-86717-45-0.]