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domingo, 4 de enero de 2026

La interpretación de los sueños.- Sigmund Freud (1856-1939)

6.- Material y fuentes de los sueños
g) El sueño de examen

  «Todo aquél que ha terminado con el examen de grado sus estudios de bachillerato puede testimoniar de la tenacidad con que le persigue el sueño de angustia de que va a ser suspendido y tendrá que repetir el curso, etcétera. Para el poseedor de un título académico se sustituye este sueño típico por el de que tiene que presentarse al examen de doctorado, sueño durante el cual se objeta en vano que hace ya muchos años que obtuvo el deseado título y se halla ejerciendo la profesión correspondiente. En estos sueños es el recuerdo de los castigos que en nuestra infancia merecieron nuestras faltas lo que revive en nosotros y viene a enlazarse a los dos puntos culminantes de nuestros estudios, al dies irae, dies illa de los rigurosos exámenes. El "miedo de examen" de los neuróticos halla también un incremento en la citada angustia infantil. Terminados nuestros estudios, no es ya de nuestros padres, preceptores o maestros, de quienes hemos de esperar el castigo a nuestras faltas, sino de la inexorable concatenación causal de la vida, la cual toma a su cargo continuar nuestra educación y entonces es cuando soñamos con los exámenes -¿y quién no ha dudado de su éxito?- siempre que tememos que algo nos salga mal en castigo a no haber obrado bien o no haber puesto los medios suficientes para la consecución de un fin deseado; esto es, siempre que sentimos pesar sobre nosotros una responsabilidad.
 A una interesante observación de un colega, conocedor de estas cuestiones, debo un más amplio esclarecimiento de estos sueños, pues me llamó la atención sobre el hecho, por él comprobado, de que el sueño de tener que doctorarse nuevamente era siempre soñado por personas que habían salido triunfantes de dicho examen y nunca por aquellas otras que en él habían sido suspensas. Estos sueños de angustia, que suelen presentarse cuando al día siguiente ha de resolverse algo importante para nosotros, habrían, pues, buscado en el pretérito una ocasión en que la angustia se demostró injustificada y quedó contradicha por el éxito. Tendríamos aquí un singular ejemplo de interpretación errónea del contenido onírico por la instancia despierta. La objeción interpretada como rebelión contra el sueño: "Pero, ¡si ya tengo el título!", etc, sería, en realidad, un aliento proporcionado por el mismo: "No temas; recuerda el miedo que sentiste antes del examen de doctorado y recuerda que nada malo te pasó. Hoy tienes ya tu título", etc. Resulta, pues, que la angustia que atribuíamos al sueño procedía de los restos diurnos. Esta explicación se ha demostrado cierta en todos los sueños de este género, propios y ajenos, que he podido investigar. La medicina legal, asignatura en la que fui suspenso, no me ha ocupado jamás en sueños, mientras que muchas veces he soñado examinarme de Botánica, Zoología y Química, disciplinas en las que mi miedo al examen estaba muy justificado, pero que aprobé por especial favor del destino o del examinador. Entre las asignaturas de segunda enseñanza escogen siempre mis sueños la Historia, disciplina en la que rayé a gran altura, pero sólo porque mi amable profesor -el tuerto de otro sueño (cap. 2, apart. b)- se dio cuenta de que al devolverle el programa había hecho con la uña una señal, junto a la segunda pregunta, para advertirle que no insistiera mucho sobre ella. Uno de mis pacientes, que aprobó el examen de doctorado y fue luego suspendido en la Academia Militar, me ha confirmado que sueña muchas veces con el primer examen y jamás con el último.
 Los sueños de examen presentan, para la interpretación, aquella dificultad que antes señalamos, como característica de los sueños típicos. El material de asociaciones que el sujeto pone a nuestra disposición rara vez resulta suficiente, y de este modo, sólo por la reunión y comparación de numerosos ejemplos nos es posible llegar a la inteligencia de estos sueños. Recientemente experimenté en un análisis la segura impresión de que la frase: "Pero ¡si ya eres doctor!", etc. no se limita a encubrir una intención alentadora, sino que entraña también un reproche: "Tienes ya muchos años y has avanzado mucho en la vida; mas, a pesar de ello, sigues haciendo bobadas y niñerías". El contenido latente de esos sueños correspondería, pues, a una mezcla de autocrítica y aliento, y siendo así, no podremos extrañar que el reproche de seguir cometiendo "bobadas" y "niñerías" se refiera, en los ejemplos últimamente analizados, a la repetición de actos sexuales, contra los que hay algo que se opone en nosotros.»

 [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Planeta-De Agostini, 1985, en traducción de Luis López-Ballesteros y de Torres, pp. 304-306. ISBN: 84-395-0001-7.] 

domingo, 21 de agosto de 2022

Gramática de la fantasía.- Gianni Rodari (1920-1980)


Gianni Rodari | Planeta de Libros
5

“Luces” y “zapatos”

 «La historia que sigue fue inventada por un niño de cinco años, con la intervención de tres compañeros suyos, en la escuela primaria Diana, de Reggio Emilia. El “binomio fantástico” de que toma el origen —“luces” y “zapatos”— había sido sugerido por la maestra (al día siguiente de que yo hubiera hablado a los niños sobre esta técnica). Pero, pasemos a la historia:
     Érase una vez un niño que se ponía siempre los zapatos de su papá. Una noche el papá se cansó de que el niño se pusiera siempre sus zapatos, así que lo puso conectado a la luz, y después a medianoche se cayó. Entonces el papá exclamó: —¿Qué pasa, hay ladrones?
     Fue a ver y se encontró el niño en el suelo. El niño estaba todo encendido. Entonces el papá intentó darle la vuelta a la cabeza pero no se apagaba, probó tirándole de las orejas pero no se apagaba, probó apretándole el ombligo pero no se apagaba, probó quitándole los zapatos y lo consiguió, el niño se apagó.
    El gran descubrimiento final —que no era obra del narrador principal, sino que había sido sugerido por uno de sus tres pequeños ayudantes— gustó tanto a los cuatro autores que sintieron la necesidad de aplaudirse ellos mismos: Era una imagen que cerraba lógica y perfectamente el círculo, y daba a la historia un sentido de obra definitiva y completa; pero tal vez era mucho más.
   Creo que el propio doctor Freud sentiría, incluso como un fantasma, una intensa emoción al escuchar una historia como ésta, tan fácilmente interpretable en términos de “complejo de Edipo”: desde el principio… vemos ese niño que se pone los zapatos del padre… que quiere “hacer de padre”, para tomar su lugar junto a la madre. Lucha impareja, sembrada de imágenes de muerte. “Conectar” quiere también decir “empalar”… Y, el niño, ¿estaba caído en el suelo o bajo tierra? No deberíamos tener ninguna duda si leemos adecuadamente aquel “se apagó” que da al drama su conclusión trágica. “Apagarse” quiere decir “morirse”, son sinónimos: “Se ha apagado en el beso del Señor” dicen algunas necrológicas. Vence el más fuerte y maduro. Vence a la medianoche, la hora de los espíritus… y, antes de la muerte, viene la tortura: todo aquel “darle la vuelta a la cabeza”, “tirarle de las orejas”, “apretarle el ombligo”…
 No insistiré en este ejercicio no autorizado de psicoanálisis. Que hablen los técnicos: “videant consules”…
  Si lo profundo, lo escondido, se ha adueñado del “binomio fantástico” para escenificar sus dramas, el punto exacto de este enseñoreamiento me parece que lo constituye la evocación de la palabra “zapatos” en la experiencia infantil. Todos los niños juegan a ponerse los zapatos del padre y de la madre. Para ser “ellos”. Para ser más altos. Pero también, simplemente, para ser “otra persona”. El juego de disfrazarse, aparte de la importancia de sus simbolismos, resulta siempre divertido por los efectos grotescos que conlleva. Es teatro: ponerse en el lugar de otro, interpretar un papel, inventarse una vida, descubrir nuevos gestos. Es una lástima que, generalmente, se permita a los niños disfrazarse sólo en carnaval; y aun entonces han de usar una chaqueta del padre o una falda vieja de la abuela. En todas las casas debería haber un arcón lleno de ropas en desuso a disposición de los niños para que se disfracen. En las escuelas primarias de Reggio Emilia hay, no sólo un arcón, sino un completo guardarropía, para este fin. En Roma, en el mercado de Via Sannio, se venden toda clase de vestidos, trajes de noche, restos de serie, ropas pasadas de moda: allí íbamos, cuando nuestra hija era pequeña, a reponer las existencias de nuestro arcón. A sus amigas les gustaba venir a nuestra casa sólo por el bendito arcón.
  ¿Por qué el niño se quedó “encendido”? La razón más obvia está en la analogía: “conectado” a la lámpara, el niño se comporta como una bombilla. Pero esta explicación nos bastaría si el niño se hubiese “encendido” en el mismo momento en que era “conectado” por el padre. La narración no registra el hecho en aquel preciso momento. Nosotros vemos el niño “encendido” sólo después que ha caído al suelo. Creo que la imaginación ha necesitado de un momento (unos pocos segundos) para establecer la analogía entre “conectado” y “encendido”, porque ésta no nos había sido revelada por medio de la “visión”, sino de la selección verbal. El narrador sí veía al niño “encendido”, y en cierta manera así nos lo describía, por medio de una “selección rimada”: “conectado”, “suspendido” (colgado), “encendido”. Finalmente, la analogía verbal y la rima no pronunciada nos ha dado la imagen visual del niño “encendido” que aparece en la segunda parte de la historia. Se ha tratado de un proceso de “condensación de imágenes” que el profesor Freud —siempre aquel bendito vienés— ya había descrito en su estudio de los procesos creativos del sueño. Desde este punto de vista, la historia del “niño encendido” se nos aparece como un “sueño con los ojos abiertos”. Tiene todos los elementos: la atmósfera, la tendencia a lo absurdo, la condensación de temas.
Gramática de la fantasía: Introducción al arte de inventar ... De esa atmósfera se sale mediante las tentativas del padre de “apagar” el “niño-bombilla”. Las variaciones sobre el tema son impuestas por la analogía, pero se mueven en diversos planos: intervienen, de hecho, la experiencia de los gestos necesarios para apagar una bombilla (desenroscarla, apretar un conmutador, tirar de una cadenita, etc.), la experiencia del propio cuerpo (y por este camino se pasa de la cabeza a las orejas, de las orejas al ombligo, etc.). El juego a partir de aquí es colectivo. El narrador principal ha sido un detonante que ha provocado una explosión en cadena, en lo que los cibernéticos llamarían un efecto de “amplificación”.
 Mientras buscaban las posibles variaciones, los niños que asistían a la narración de la historia, observaban sus cuerpos y los de sus vecinos, para encontrar la “clavija” que permitiera “apagarlos”, para encontrar el inicio de una nueva historia, la sugerencia de nuevos significados, en un proceso similar al de la musa que dicta a un poeta mientras trabaja. Sus gestos eran, por así decirlo, metafóricos. Lo que hacían no tenía nada que ver con lo que decían estar haciendo. Eran “metáforas imposibles”, como es justo que lo sean las comparaciones infantiles.
  La variación final —“le quita los zapatos, y se apaga”— representa un rompimiento más decisivo con el sueño. Era una conclusión, un final lógico. Eran los zapatos del padre los que mantenían “encendido” al niño, porque todo había empezado por esto: por los zapatos. Basta quitárselos y la luz desaparecerá. La historia podrá acabar. Fue el embrión de un pensamiento lógico lo que maniobró el instrumento mágico —“los zapatos del papá”— en un movimiento inverso al inicial.
  En el momento en que hicieron el descubrimiento mágico, los niños introdujeron en el libre juego de la imaginación el elemento matemático de la “reversibilidad”, como metáfora, pero no todavía como concepto. Al concepto llegarían más tarde: cuando la imaginación ya había creado las bases para la estructuración del concepto.
  Una última observación (en este caso, se entiende) se refiere a la introducción en la historia de los “valores”. Leída desde este punto de vista, es la historia de una desobediencia que es castigada, en el marco de un modelo cultural excesivamente tradicional: Al padre se le debe obediencia y tiene el derecho de castigar. La censura ha intervenido para mantener la historia en los confines de la moral familiar.
  Con su intervención se puede decir verdaderamente que en la historia “han participado el cielo y la tierra”: el inconsciente con todos sus conflictos, la experiencia, la memoria, la ideología, la palabra con todas sus funciones. Una lectura puramente psicológica, o psicoanalítica, no habría bastado para exponernos todos los posibles resultados, como he intentado hacer brevemente.»

     [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Del Bronce, 2002, en traducción de Mario Jorge Merlino Tornini. ISBN: 978-84-8453-164-7.]

miércoles, 29 de junio de 2022

La interpretación de los sueños.- Artemidoro de Daldis [o de Éfeso] (s. II)


Artemidoro de Éfeso | Minificciones publicadas en la revista de ...
Libro V


 «Un individuo soñó que estaba unido mediante una cadena al pedestal de la estatua de Posidón que hay en el Istmo. Se convirtió en su sacerdote y, en consecuencia, ya no le fue posible alejarse de los lugares donde ejercía su ministerio.
   Un marido soñó que sacrificaba en público a la propia mujer como si se tratase de una víctima. Tras dividirla en trozos, la vendía y obtenía a cambios unos pingües beneficios. Y le parecía que disfrutaba con ello y que intentaba esconder el dinero así ganado a causa de la envidia suscitada entre los que estaban a su alrededor. Esta persona, por haber prostituido a su esposa, se enriqueció por medios infames y, en efecto, su comercio le resultaba provechoso desde el punto de vista del lucro, pero digno de permanecer en secreto.
   Un individuo soñó que entraba en el gimnasio de su ciudad natal y que veía su propia efigie, la cual en la realidad se alzaba en aquel lugar. A continuación le parecía que todo el revestimiento exterior del monumento se derrumbaba. A una persona que le interrogaba sobre el accidente que le había sucedido a la escultura le respondió en medio del sueño: “Mi estatua ha permanecido indemne, pero el edículo se ha arruinado”. Se quedó cojo de ambos pies, como era lógico. Pues el gimnasio simbolizaba el bienestar de todo el organismo, su figura se correspondía con el rostro y la construcción externa con el resto de su cuerpo.
   Un hombre soñó que se frotaba el trasero con polvos de incienso. Fue condenado por impiedad, dado que había profanado una sustancia con la que honramos a los dioses. El perfume indicaba que no conseguiría pasar inadvertido.
   Un individuo soñó que bebía mostaza triturada en estado líquido. Más tarde, fue procesado y acusado de homicidio. Tras ser declarado culpable, fue decapitado. En realidad, se trataba de una disolución que ni se usa ni resulta bebible en absoluto. Además la mostaza ingerida había sido previamente pasada por un objeto llamado criba y, en consecuencia, fue condenado a la pena capital por una persona con un nombre relacionado etimológicamente con dicho objeto, esto es, un juez.
 Un hombre soñó que era el río Janto que discurre por la Tróade. Durante diez años sufrió hemorragias, mas no llegó a morirse, lo cual era lógico, ya que el río es inmortal.
  Un individuo soñó que participaba en Nemea en las competiciones de pugilato en la categoría de adultos, y que vencía y era coronado. Se encontraba en un pleito por causa de un campo en el que había un enorme pantano. Y ganó el proceso debido a la vinculación del sueño con la naturaleza húmeda del terreno, puesto que los vencedores de Nemea son coronados con apio.
   Un hombre soñó que tenía en su colchón granos de trigo en lugar de vellones de lana. Éste tenía una mujer que nunca había concebido. En ese año quedó embarazada y dio a luz un varón. De hecho, el colchón significaba la mujer y los granos el semen del marido.
   Un individuo hizo un voto a Asclepio de que le sacrificaría un gallo si permanecía libre de enfermedad durante todo el año. Al día siguiente le ofreció inmolarle otro ejemplar en el caso de que no tuviera ninguna dolencia en la vista. Durante la noche soñó que esta divinidad le decía: “Me basta con un solo gallo”. En efecto, se conservó en buen estado de salud, pero contrajo una grave afección ocular, pues el dios, tras haber aceptado la primera víctima, rechazó la segunda.
  Un hombre acusado de malversación de fondos públicos soñó que había perdido los documentos que demostraban su inocencia. Al día siguiente, una vez que fue celebrada la causa, resultó absuelto. Esto era lo que precisamente le anunció el sueño: que ya no tendría necesidad de testimonios escritos eximentes por haber quedado libre de culpa.
  Un individuo soñó que encendía su lámpara con la luna. Y se quedó ciego. Ciertamente, prendió la llama en donde era imposible obtenerla. Aparte de que se suele afirmar que este astro carece de luz propia.
  Una mujer soñó que veía en la luna tres imágenes de sí misma. Dio a luz tres niñas gemelas y todas murieron en el mismo mes. Las imágenes representaban, en realidad, a las recién nacidas y figuraban en el interior de un único círculo. En consecuencia, las hijas eran contenidas en una misma membrana, según afirman algunos médicos, y no vivieron más tiempo por causa de la luna.
  Un adolescente, que practicaba la lucha y que estaba preocupado por su propia admisión en un certamen, soñó que Asclepio actuaba de juez y que el dios lo eliminaba mientras que participaba en el desfile con los otros jóvenes. En efecto, murió antes de la competición: de hecho, el dios le excluyó no del certamen, sino de la vida, de la cual es considerado supremo árbitro
  Un individuo soñó que veía en la luna su propio rostro. Partió para un largo viaje y se pasó la mayor parte de su vida peregrinando por países extranjeros. Ciertamente, la continua rotación del cuerpo celeste le obligaba a moverse sin cesar.
Libro: La interpretación de los sueños - 9788424913939 ...  Un hombre soñó que sus genitales eran de hierro. Le nació un hijo y éste, andando el tiempo, mató a su progenitor. En verdad, este metal es destruido por el óxido que el mismo produce.
  Un armador soñó que se encontraba en las Islas Afortunadas y que era allí retenido por los Héroes. Después, vio que Agamenón venía y lo liberaba. Le aconteció que, habiendo sido designado para realizar un transporte público por cuenta del Estado, fue obligado a ello por los prefectos del emperador. Luego, tras haber apelado al soberano, quedó libre de esta requisición.
  Un individuo que se encontraba de viaje soñó que había perdido la llave de su casa. Al regreso, se encontró con el hecho de que su hija había sido seducida. En realidad, el sueño le anunciaba que, en cierta medida, las cosas de su hogar no estaban a buen recaudo.
  Un hombre soñó que de su cabeza había nacido un olivo. Se entregó con empeño a la filosofía, cultivándola con asiduidad, tanto en la teoría como en la práctica. Ciertamente, este árbol es de hoja perenne, resistente y consagrado a Atenea. Y esta diosa es considerada como la personificación de la inteligencia.
  Un individuo soñó que él nacía al tiempo que el sol y que recorría el mismo curso que la luna. Se ahorcó y de esta manera, el sol y la luna, al salir, lo veían mecerse en el aire.
  Un hombre soñó que el esclavo, al que estimaba más en comparación con los restantes, se transformaba en una lámpara. Se quedó ciego y justamente fue guiado en lo sucesivo gracias a la ayuda de este siervo: de forma que veía la luz a través de él.
  Un individuo soñó que atravesaba un gran mar en el recipiente circular de un trípode. Después de haber sido acusado de diversos delitos fue condenado y confinado en una isla: de hecho, el objeto que lo llevaba en su travesía imaginaria estaba rodeado de agua por todas partes y se asemejaba a una isla.
  Un hombre soñó que despellejaba a su propio hijo y lo convertía en un odre. Al día siguiente, éste cayó en un río y se ahogó: en realidad, estos pellejos se obtienen de animales muertos y contienen líquido.
  Un individuo soñó que caía una estrella del cielo y que de la tierra subía otra hacia el firmamento. Esta persona era un esclavo de otro hombre. Más tarde, su amo murió y, cuando él creía que era libre y que no dependía de nadie, se topó con el hijo de su antiguo dueño y se vio obligado a continuar de esclavo sin remedio alguno. El astro caído significaba, por tanto, el muerto, y el que ascendía, el patrón que le vigilaría en lo sucesivo.
 Un individuo soñó que hacía sus necesidades en un cuartillo. Fue sorprendido cuando se unía carnalmente con su propia hermana. En efecto, el cuartillo es una medida y la medida equivale a la ley. En cierto modo, pues, transgredía la norma, al obrar en contra de los usos comúnmente aceptados por los griegos.
  Un hombre soñó que veía a su amante recostada en una jarra de barro. Esta mujer fue degollada por un esclavo público. En realidad, el hecho de encontrarse en el interior de una vasija de esta materia le pronosticaba con razón la muerte de esta persona y, además, a manos de alguien del pueblo, ya que esta clase de jarra es muy popular y sirve a todos.»

   [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Gredos, 1989, en traducción de Elisa Ruiz García. ISBN: 978-84-2491-393-9.]

miércoles, 12 de enero de 2022

Cultura.- Terry Eagleton (1943)


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3.-El inconsciente social


 «Ideología no es lo mismo que cultura. Hemos visto que, en un sentido del término, la cultura consiste en valores y prácticas simbólicas, mientras que la ideología denota esos valores y prácticas simbólicas que en un momento dado están siendo empleados para el mantenimiento del poder político. La cultura, por tanto, es el concepto más amplio y gran parte de lo que contiene puede ser inocente ideológicamente, al menos durante gran parte del tiempo. La hipótesis de que coleccionar pisapapeles victorianos tardíos contribuye al mantenimiento de un poder soberano no parece muy interesante en ningún aspecto. En una cultura no todo es ideológico, aunque cualquier cosa que pertenezca a ella podría serlo. La cultura es un término funcionalmente variable, en el sentido de que lo que puede ser cultural en un contexto puede no serlo en otro. Esto es en concreto cierto si consideramos que la cultura es lo que hace que la vida merezca la pena en vez de lo que la mantiene en marcha. Intercambiar regalos puede ser una práctica cultural para nosotros, pero en algunos órdenes sociales premodernos puede estar unido a la necesidad económica. Beber alcohol es una cuestión cultural, pero dejaría de serlo si fuera la única forma de apagar una sed insoportable. Los supervivientes de un accidente aéreo en algún lugar remoto que rompen el compartimento de la bebida no están organizando una fiesta. Una actividad puede ser cultural en el sentido de decorativa o no funcional, y no cultural en el de satisfacer una necesidad biológica. En Qatar puedes llevar la cabeza cubierta como símbolo de tu identidad cultural, pero también para evitar una insolación.
 La ideología también es funcionalmente variable. Lo que puede ser ideológico en un momento o lugar puede no serlo en otro. Una flexión casual del brazo puede convertirse en otro contexto en un saludo fascista. Que haya rosas blancas y rojas es ideológico sólo si estas flores se convierten en símbolos en la lucha por el poder. Las predicciones meteorológicas de la televisión sólo son ideológicas si el presentador insiste obsesivamente que en Corea del Norte el tiempo es mucho peor que en Estados Unidos. No es ideológico que en las guarderías se enseñe a los niños a atarse los cordones  de los zapatos, pero es ideológico enseñarles que han de emplear su talento juiciosamente a fin de obtener los máximos beneficios. La frase “Me gustaría una taza de té fuerte” en sí misma no es ideológica, pero podría serlo si, por ejemplo, fuera un código preestablecido de “que las tropas abra fuego de inmediato sobre la manifestación de estudiantes”.
 No se puede hablar de prácticas culturales en términos de inteligencia. No es inteligente beber Bacardi o estúpido bailar flamenco. Pero la ideología es otra cuestión. Aunque gran parte de ella puede ser verosímil, intrincada y compleja teóricamente, su presencia con frecuencia se hace sentir con un descenso inexplicable de la temperatura intelectual. Cuando personas que en otras circunstancias son experimentadas y listas sueltan frases como “Los parados podrían encontrar trabajo si se lo propusieran” o “En Gran Bretaña la población musulmana habrá superado a la no musulmana para el año 2025”, se puede detectar la actuación de fuerzas que escapan al raciocinio.
 La cultura no siempre es un instrumento del poder. También puede ser una forma de resistencia. Enseguida veremos que, para el filósofo Edmund Burke, esto es cierto del ámbito político, pero también puede serlo de la cultura artística e intelectual. La afirmación de que el canon literario es un bastión de oscurantismo político es sin duda absurda. Lo cierto es que buena parte de la minoritaria “alta” literatura es mucho más subversiva políticamente que la mayoría de la cultura popular. Únicamente en términos ingleses sólo hay que mencionar a Milton, Blake, Shelley, Byron, Hazlitt, Paine, Wollstonecraft, Dickens, Ruskin, Morris, Woolf y Orwell, entre muchos otros. Es muy difícil sostener que Friends y Sexo en Nueva York superan a esos autores en celo revolucionario, o que Lady Gaga y Robbie Williams nos ofrecen visiones utópicas de camaradería humana que pueden rivalizar con las obras proféticas de Blake. Es cierto que la música de Justin Bieber llega a mucha gente corriente, pero lo mismo ocurre con la varicela. Shakespeare alzó la voz por el comunismo, Milton defendió el regicidio, Blake y Shelley eran revolucionarios políticos, Flaubert y Baudelaire detestaban a las clases medias, Rimbaud era anarquista y Tolstoi denunció la propiedad privada. Una habitación propia, de Virginia Woolf, es uno de los textos de no ficción más radicales jamás escritos por un autor literario británico. Es cierto que la idea de canon literario con frecuencia se ha utilizado de formas inaceptablemente elitistas, pero gran parte de lo que contiene el canon contradice esa política. En todo caso, hemos de recordar que la distinción entre “alta” cultura y cultura “popular” no se corresponde con una diferenciación entre buena y mala. Gran parte de la cultura popular es excelente, mientras que el canon literario también contiene bastante material de inferior calidad: pasajes enteros de la poesía de Wordsworth, por ejemplo. Si varias obras de un autor entran en el canon, buena parte de su trabajo menos distinguido tenderá a hacer lo propio, con el resultado de que el canon, con frecuencia, no es defendible, ni siquiera de acuerdo con sus propios criterios.

Resultado de imagen de terry eagleton cultura Ningún pensador ha articulado la idea de cultura como el inconsciente social más magníficamente que el escritor y político del siglo XVIII Edmund Burke. Sin embargo, sospechamos que el nombre de Burke rara vez –o nunca- se menciona en los cursos de estudios culturales. Quizá porque se le asocia con una reverencia conservadora por la monarquía, la Iglesia y la nobleza: unas lealtades que le impulsaron a convertirse en el oponente británico más feroz e implacable de la Revolución francesa. No obstante, Burke no era conservador, sino un liberal whig convencido de la necesidad de introducir reformas. Por ejemplo, estaba entre los principales oponentes a la esclavitud de su época. Era un entusiasta de la conquista normanda de Bretaña, que llevó al país a sus antepasados, así como de la llamada Revolución Gloriosa de 1688. Cuando América empezó a rebelarse contra el dominio británico Burke creía que la reforma en la colonia no era posible; que, por deplorable que fuera, la revolución era inevitable; y que era su país el que estaba llevando a sus súbditos coloniales a la insurgencia. Como miembro del Parlamento trató de disuadir a los otros políticos del uso de la fuerza contra sus súbditos americanos. En cuanto se levantaron, Burke defendió su causa contra el dominio británico.
 No obstante, desde un punto de vista estricto, Burke no pertenecía a la nación británica, lo que explica en parte su crítica feroz a sus políticas coloniales. Procedía de la colonia inglesa más antigua, Irlanda y su oratoria, según un despreciativo político inglés, John Wilkes, “apestaba a whisky y patatas”. Aunque había nacido en el seno de una antigua familia irlandesa, de niño pasó algún tiempo en una escuela al aire libre en el condado de Cork, hablaba gaélico y sentía una honda compasión por los campesinos pobres irlandeses. A pesar de ser uno de los políticos más ilustres de Westminster, Burke simpatizaba con los militantes campesinos clandestinos de su tierra, y le indignaban las represalias del Gobierno británico. Cuando escribe sobre los Defenders, uno de los principales grupos insurgentes irlandeses, que “el defenderismo católico es lo único que contiene a la Ascendencia Protestante”, se coloca inequívocamente del lado de la rebelión violenta en Irlanda, y esto por parte de un hombre que ha sido venerado durante siglos como una fuente de sabiduría de derechas. Si bien no llegó a prestar un apoyo firme a los revolucionarios United Irishmen, se acercó a la complicidad con ellos. Burke no sentía una simpatía especial por la revolución política, pero creía que casi siempre estaba provocada por el trato injusto de un poder soberano, y que al cabo de un tiempo se hacía inevitable. “Por mucho que la mente de un hombre esté insensibilizada a la servidumbre –señala-, llega un punto en que la opresión la subleva contra la injusticia”. Cuando se llega a ese punto, los gobernantes, en opinión de Burke, no pueden culpar a nadie más que a sí mismos.
 Burke sentía una hostilidad virulenta hacia la élite anglo-irlandesa gobernante y censuraba su indiferencia por la situación de los irlandeses pobres. Su objetivo, escribe con su hipérbole característica, “es mantener sojuzgado al resto [de la gente] reduciéndola a una esclavitud absoluta bajo un poder militar”. Los derechos de los terratenientes no eran absolutos, insistía, sino que debían servir para promover el bien común. Aunque era protestante, fue el defensor más firme en una posición elevada de la causa irlandesa católica en el siglo XVIII, y denunció las llamadas Leyes Penales, cuya finalidad era mantener a la población católica en su sitio. Estas leyes, afirma, son “las más apropiadas para la opresión, el empobrecimiento y la mortificación de un pueblo, y la degradación en él de la propia naturaleza humana, que el ingenio pervertido del hombre haya producido jamás”. Las Leyes Penales en realidad no eran tan monstruosas como sugiere la retórica de Burke (que tenía talento para la exageración sensacionalista), pero su valor simbólico como muestra de la supremacía protestante era profundo. En buena medida, gracias a la influencia de Burke, finalmente fueron derogadas.
 Burke creía que el poder era sólo legítimo si se fundaba en “una comunidad de intereses y en una simpatía de sentimientos y deseos entre quienes actúan en nombre de cualquier grupo de personas y las personas en cuyo nombre actúan”. Era precisamente esta comunidad de intereses y sentimientos lo que a él le parecía que faltaba, con efectos desastrosos, en Irlanda, así como en la relación colonial entre Gran Bretaña y América.»

   [El texto pertenece a la edición en español de Penguin Random House Grupo Editorial, 2017, en traducción de Belén Urrutia, pp. 67-73. ISBN: 978-84-306-1836-1.]

miércoles, 23 de junio de 2021

La huida del tiempo.- Hugo Ball (1886-1927)


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Primera parte

Preludio: El bastidor

 «25.XI. Los nihilistas apelan a la razón (en realidad a la suya propia). Pero es precisamente con el principio racional con lo que hay que romper en aras de una razón superior. Por lo demás, la palabra “nihilista” significa menos de lo que da a entender. Lo que significa es que uno no puede confiar en nada, que ha de romper con todo. Lo que parece significar es que nada puede perdurar. Quieren escuelas, máquinas, economía racional, todo aquello que falta todavía en Rusia y de lo que aquí, en el Oeste, estamos saturados, tenemos tanto que resulta fatal.
 Se debería dejar que el inconsciente probase en qué medida puede uno haber tenido uso de razón. Seguir el instinto más que la intención.
 Política y racionalismo mantienen una desagradable relación entre sí. Tal vez el Estado sea el principal apoyo de la razón y viceversa. Todo razonamiento político, en la medida en que pone sus miras en la norma y la reforma, es utilitarista. El Estado no es más que un objeto de uso corriente.
 De la misma manera, hoy el ciudadano es un objeto de uso corriente (para el Estado).
 También el poeta, el filósofo, el santo han de convertirse en objetos de uso corriente (para el ciudadano). Como dice Baudelaire: “Si yo le pidiera al Estado un ciudadano para mi establo, todo el mundo sacudiría la cabeza. Pero si el ciudadano exigiera al Estado un poeta asado, se lo proporcionarían”.
 Hemos usado la metafísica para todo lo posible y lo imposible. Para acondicionar los cuarteles (Kant). Para elevar el yo por encima de todo el mundo (Fichte). Para calcular el beneficio (Marx). Sin embargo, desde que se ha descubierto que, la mayor parte de las veces, esas metafísicas no eran más que elementos de aritmética en manos de sus inventores y que se pueden reconducir a principios simples, incluso pobres en muchos casos, el valor de la metafísica ha caído mucho. Hoy he visto un producto para limpiar zapatos con el rótulo “La cosa en sí”. ¿Por qué se ha perdido tanto el respeto por la metafísica? Porque sus presupuestos sobrenaturales se pueden explicar de una manera demasiado natural.
 Incluso el demonismo, que hasta la fecha era tan interesante, tiene ahora un brillo apagado y trivial. En los últimos tiempos el mundo se ha vuelto demoníaco. El demonismo ya no distingue al dandy de lo cotidiano. Uno ha de convertirse en santo, si todavía quiere seguir distinguiéndose.
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 13.VI. Tema de debate en la velada con Sonneck: “La relación del trabajador con el producto”. Todos admiten que no tienen relación alguna con el producto que fabrican. Hay un hombre que ha trabajado para Mauser; fusiles todo el año. Para Brasil, para Turquía, para Serbia. “Sólo cuando llegaron los agentes que se hicieron cargo de los fusiles, y justamente el agente turco y el agente serbio el mismo día, nos empezamos a preocupar. Desde entonces tuvimos la sensación de que no estábamos haciendo lo correcto, pero seguimos trabajando”. Otro es interventor de billetes bancarios. “La mayoría de las veces en el trabajo me invade la irritante sensación de que no se confía en mí. Estás allí metido, enrejado hasta arriba, de modo que apenas te puedes mover y enseguida te das cuenta de que simplemente te están utilizando”. Cuando se pregunta a cada uno qué le gustaría hacer si estuviera en su mano elegir libremente, en todas ssu respuestas está el hacer de aprendiz de brujo. “Inventar un método para llegar a Constantinopla en media hora”. “Inventar un botón que hiciera todo al momento con sólo apretarlo”. “Un botón automático que ni siquiera hubiera que apretar”. En pocas palabras: ninguno trabajaría, pero todos inventarían máquinas. Su ideal es el inventor a semejanza de Dios, porque logra el máximo resultado empleando el mínimo esfuerzo. De alguna forma, Br. [Brupbacher] acaba hablando sobre Tolstói, sobre la colonización (estar en consonante armonía con la naturaleza, inventar aparatos para producir automáticamente, prosperidad para la humanidad entera). Como conclusión me quedo con que la actitud hostil del programa socialista respecto a quien “trabaja con la cabeza” no está fundada en hechos psicológicos de ningún tipo. El inventor ilimitado también es el ideal de las artes y de la religión. La escasa valoración del trabajo intelectual es un punto programático que proviene de teóricos abstractos, de escritorzuelos plumillas y lamentables chupatintas, de poetas de medio pelo e igual talento, que recogieron en el programa su propia liberación y, a la vez, su venganza. A quien “trabaja con la cabeza” le deben agradecer los proletarios no sólo sus programas sino además sus éxitos.
 15.VI. Los anarquistas establecen el desprecio a la ley como principio supremo. Cualquier medio es justo y lícito contra le ley y el legislador. Ser anarquista significa, por tanto, abolir el reglamento punto por punto. Se presupone la fe rousseauniana en la bondad natural del hombre y en el orden inmanente de la naturaleza originaria abandonada a sí misma. Toda intervención (gobierno, dirección) procede, como abstracción, del mal. Al ciudadano no se le reconocen derechos civiles. Es algo contrario a la naturaleza, un producto de su desarraigo y del orden y policía que le siguen pervirtiendo. Con semejante teoría, el cielo filosófico del Estado se rompe en pedazos. Las estrellas van en zigzag. Dios y el Diablo intercambian sus papeles.
 He examinado mi conciencia cuidadosamente. Nunca daré el caos por bienvenido, ni tiraré bombas, ni haré saltar puestos por el aire, ni derogaré conceptos. No soy un anarquista. Cuanto más lejos y más tiempo esté apartado de Alemania, tanto menos lo seré.
 El anarquismo se debe a la exageración o a la desnaturalización de la idea de Estado. Aparece especialmente allí donde individuos o clases que han crecido en lo idílico, íntimamente unidos a las condiciones de la naturaleza o de la religión, son encerrados en los estrictos límites estatales. La superioridad de tales individuos sobre las construcciones y mecanismos de un monstruoso Estado moderno salta a la vista. Sobre la bondad natural del hombre hay que decir que ciertamente es posible, pero no es una ley general en modo alguno. La mayor parte de las veces, esta bondad se nutre de un tesoro más o menos consciente de educación religiosa y tradición. La naturaleza, considerada sin prejuicios ni sentimentalismo, hace tiempo que no es necesariamente bondadosa y ordenada, como nos gustaría que fuera. Después de todo, los portavoces del anarquismo (de Proudhon no lo sé, pero de Kropotkin y Bakunin es seguro) son católicos bautizados y, en el caso de los rusos hacendados, es decir, terratenientes, han sido naturalezas poco amigas de la sociedad. Incluso su propia teoría se alimenta del sacramento del bautismo y de la agricultura.
 16.VI. Los anarquistas sólo conocen un Estado monstruoso y, tal vez, hoy ya no haya otro Estado distinto. Si este Estado se cubre de ropajes metafísicos o se apoya en ellos, mientras que su praxis económica y moral está en flagrante contradicción con los mismos, es comprensible que un hombre que todavía no esté corrupto se empiece a irritar. La teoría de una destrucción incondicional de la metafísica del Estado puede convertirse en una cuestión de dignidad personal y de una conciencia sensible con la autenticidad y la impostura. Las teorías anarquistas dejan al descubierto la soterrada degeneración formalista de nuestro tiempo. La metafísica aparece como un mimetismo del que se sirve el ciudadano moderno para devastar, igual que una voraz oruga, la cultura entera al abrigo de las hojas (de periódico) que cuelgan sobre él.
Resultado de imagen de hugo ball la huida del tiempo Como doctrina de la unidad y solidaridad del género humano en su conjunto, el anarquismo es una fe en la obediencia filial a Dios que todos le deben de forma natural, una fe también en el máximo rendimiento productivo de un mundo sin constricciones. Si se considera la confusión moral, la catastrófica destrucción a la que han conducido en todas partes el sistema centralista y el trabajo sistemático, no habrá ningún hombre razonable que se niegue a afirmar que una comunidad de los Mares del Sur que trabaje u holgazanee en un estado primitivo, sin preocupaciones, es superior a nuestra loada civilización. Naturalmente, mientras el racionalismo y con él su quintaesencia, la máquina, sigan haciendo progresos, el anarquismo será un ideal para las catacumbas y los miembros de una orden, pero no para la masa, tan interesada e influida como está ahora y, previsiblemente, lo seguirá estando.
 Los anarquistas consecuentes son muy raros o simplemente son absolutamente imposibles. Tal vez esta teoría sólo se hará efectiva por completo con el tiempo y la difusión, y se agudizará o se suavizará según la oposición estatal. Se han investigado con enorme minuciosidad las “Actividades anarquistas en Suiza”. Toda la investigación no ha arrojado más resultado que una mistificación. A un sastre, a un zapatero, a un tonelero les gustaría derribar la sociedad. Sin embargo, la mayoría de las veces ya basta con este simple pensamiento para sacarles completamente de quicio. Se sienten rodeados de terribles secretos, de un nimbo nebuloso y sanguinario. La inofensiva existencia cotidiana adquiere un cariz peligroso. Eso les satisface sobradamente; los hechos ya no son necesarios.
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 21.VI. He reflexionado sobre los panfletistas. Son seres insaciables. Ya sea para atacar el alma (como Voltaire), a la mujer (como Strindberg) o al espíritu (como Nietzsche): su característica es siempre la insaciabilidad. Su prototipo es el tan criticado Marqués de Sade (al que leí en Heidelberg y que ahora me viene de nuevo a la cabeza). Perpetra crímenes con sus panfletos, incluso materialmente. Para eso no hace falta mucho.
 El panfletista critica y repudia a un tiempo. Repudiar es lo que le da su fuerza. Está enamorado de lo extraordinario y lo está de veras hasta la superstición, hasta el absurdo. Empeña todo su espíritu en exaltar su pasión. En el momento en que el ideal refuta a un amante de esta naturaleza, éste estalla en críticas. En el caso del Marqués colma a Dios y al mundo con sus invectivas y sarcasmos. Constata la mediocridad de las intenciones naturales y sobrenaturales recurriendo a estridentes contrastes, muestra la “pobreza” de las ideas, de las disposiciones, de las leyes. Como compara los límites de la entrega con una posibilidad imaginaria, desprecia precisamente lo que en realidad demanda. Y es cruel en tanto que ama la pasión bajo cualquier figura y la ama precisamente cuando hace padecer de verdad; porque es justo entonces, en medio del dolor, cuando la pasión no se puede negar. El ser humano –tal es su convicción- vive muy escondido, mucho más escondido de lo que puede y quiere reconocer. Hay que averiguar la auténtica pasión oculta del hombre o admitir que no existe pasión alguna.»

    [El texto pertenece a la edición en español de la editorial Acantilado, 2005, en traducción de Roberto Bravo de la Varga, pp. 41-42, 52-57 y 58-59. ISBN: 84-96136-99-X.]