Mostrando entradas con la etiqueta Sedentarismo. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Sedentarismo. Mostrar todas las entradas

domingo, 1 de febrero de 2026

El viaje al poder de la mente.- Eduardo Punset (1936-2019)

   Capítulo 10
Hace falta ser inteligente tanto para amar como para castigar

  «No vamos a sugerir, pues -otros lo seguirán haciendo-, que la cocina nos hizo humanos, en lugar de la capacidad de fabricar herramientas o de reconocerse en el espejo. Pero lo cierto es que, en el debate sobre qué nos hizo humanos, nunca se ha dado la importancia que merecía -con la excepción del biólogo Richard Wrangham- a la cocción de los alimentos. Tanto es así que su parecer, expuesto en la extensa conversación que mantuvimos en su despacho académico en Harvard, no debería omitirlo aquí.
 No sorprende oír a Wrangham, con su aspecto de profesor distraído, destilar los juicios más sabios de toda la comunidad científica al hablar de la agresividad de los chimpancés, con los que ha convivido muchos años. Sorprende, en cambio, oírle hablar con idéntica clarividencia de los afectos, de las singularidades amorosas de los bonobos o chimpancés pigmeos y, particularmente, del futuro de la especie humana, más tierno que el pasado, si se confirman las predicciones.
 En este libro nos estamos refiriendo a los grandes descubrimientos de los que nadie habla y que, no obstante, han transformado la vida del ser humano corriente hasta niveles inimaginables. Estamos mencionando el poder de la mente porque de su conocimiento depende que pueda controlar su propia vida. Así ocurrió cuando descubrimos que no éramos el centro del Universo; que el cerebro está preparado, aunque no le guste, para cambiar de opinión; que construimos el futuro en torno al pasado; que no todos los sistemas irracionales de la mente son inválidos; que estamos programados mentalmente para ser únicos y que, tal vez, en ello resida la explicación de nuestra capacidad infinita para hacernos infelices. Y, finalmente, que al cambiar todo a nuestro alrededor, incluida la estructura de la materia, difícilmente no íbamos a cambiar nosotros también.
 De todos estos grandes descubrimientos, a pesar del impacto poderoso y, a veces, tenebroso, sobre el control de la propia vida cotidiana de la gente, la capacidad de cocinar es singular. En primer lugar, no es un mecanismo puramente mental, sino químico que pertenece al mundo de los materiales. En segundo lugar, se ha subestimado su alcance en la historia de la evolución, como no ha ocurrido con ningún otro de los rasgos que, supuestamente, nos hicieron humanos. En tercer lugar, nos transformó físicamente puesto que nos permitió dosificar el aporte energético necesario, contribuyó a la consolidación del sedentarismo humano, así como al nacimiento de las primeras formas organizativas de simulacros de Estado. Por último, y eso lo agradecen particularmente los paleontólogos acostumbrados a manipular el concepto geológico de tiempo, sabemos exactamente cuándo ocurrió: hace 1,6 millones de años.
 Habría que empezar por el comienzo. Hay tres cosas que sorprenden en los primates y especialmente en los homínidos: la violencia agresora en los humanos y los chimpancés; la tolerancia social en los humanos y en los bonobos, y el erotismo de estos últimos, que es mucho menor en los humanos.
 La observación básica es extraordinaria. Sólo hay dos especies de animales en el mundo en las que el macho tiende a vivir en grupos con sus familiares más cercanos y en los que a veces estos machos salen y hacen expediciones para matar, deliberadamente, a los miembros de otros grupos. Esos dos animales a los que me refiero son los humanos y los chimpancés. Hay otro colectivo, el bonobo, que no muestra este tipo de comportamiento. Los orígenes de la violencia no son el reflejo de una expresión falaz de algún instinto ancestral, sino que es el resultado del desarrollo cognitivo. La inteligencia, es cierto, transforma el afecto en amor y también la agresión en castigo y ganas de controlar.
 Todo da a entender que la inteligencia es una pieza importante en todo esto. Pero los bonobos y los chimpancés tienen la misma inteligencia. La otra cara de la moneda es que hay algo en la psicología evolutiva que predispone a seguir rumbos más sofisticados. El principal argumento de Wrangham es que en el pasado vivíamos en territorios que tenían que ser defendidos por los machos, y los grupos que vivían dentro del territorio se vieron obligados a dividirse en pequeñas unidades a causa de las condiciones de alimentación. Cuando ya no queda comida disponible, es mejor dividirse en pequeñas unidades. Eso es lo que vemos en los chimpancés. Exactamente lo contrario de lo que hacen las amebas, que se transforman en un organismo único en tiempos azarosos.
 Tenemos dos colectivos vecinos y uno de ellos vive en grupo porque hay mucha comida y el otro se divide en agrupaciones pequeñas porque la comida escasea. Si un gran grupo se encuentra con un individuo solo en su territorio, ¿qué harán sus miembros? Como se suele decir: disparar a matar. Lo golpearán e intentarán matarlo. Lo exterminarán con gran ferocidad, con mucha crueldad, y nunca dejarán heridos porque son lo bastante inteligentes para tomar la decisión de atacar sólo cuando gozan de todas las ventajas. De modo que la víctima tendrá cicatrices en toda la parte frontal del cuerpo. Quizá le hayan cortado la garganta, arrancado los testículos y la piel junto al codo donde ha mordido el chimpancé. Es un acto muy deliberado y, sin embargo, ningún atacante ha resultado herido porque un individuo sujetaba una mano de la víctima, otro sujetaba la otra, un tercero sujetaba un tobillo... La presa era impotente, era como una crucifixión, podían hacer lo que quisieran con ella.
 La contribución insólita de Richard Wrangham, no sólo al conocimiento de la idiosincrasia de los chimpancés, sino al estudio del origen de la violencia en los humanos, fue el papel desempeñado por la inteligencia. Se necesita inteligencia para planear todo el calvario anterior, pero también hay un poco de nuestra psicología y de la psicología de los chimpancés.»

 [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Destino, 2010, pp. 238-240. ISBN: 978-84-233-4248-8.]

domingo, 23 de octubre de 2022

El orador cautivo.- Carlos Eugenio López (1954)


Editorial Funambulista
II


    «Nada lamentaría más que inducirle a pensar que pretendo, de un modo solapado, faltar a mi palabra. Yo me tengo por un hombre de honor. He prometido dejarle disfrutar en paz del paisaje, y mi intención es cumplir a rajatabla mi promesa. Pero... ¿no escucha usted como un murmullo? Preste atención... Cuando nos callamos... ¿Lo oye usted? (...) ¿No? Aguce el oído, por favor... ¿Seguro que no lo oye? Entre los traqueteos del tren. Es como si alguien hubiese encendido, justo donde usted se sienta, un walkman y estuviese siguiendo una lección de inglés. ¿Que usted continúa sin oírlo? Pues yo, le advierto, me precio de tener un oído excelente. Rock and roll aparte, soy de los que escuchan respirar a una mosca. Inténtelo otra vez, si no le supone mucha molestia... Una lección de inglés; débil y lejana, pero una lección de inglés. ¿No lo ha oído? “I am Carmelo. This is my dog”, acaba de decir. ¿Nada...? ¿Absolutamente nada...?
 Si usted insiste... Olvidémonos del asunto. ¿Quién iba a ponerse —reflexionando un poco— a seguir una lección de inglés en este compartimento, que sólo ocupamos usted y yo? A no dudar, el rumor ha de proceder del compartimento vecino y mi confusión tiene su origen en un ligero trastorno personal. Un trastorno físico, por supuesto; no vaya usted a pensar. ¡Este tren sale a una hora tan perversa...! O se resigna uno a almorzar en el abominable restaurante de la estación o se ve obligado a romper con todo horario racional de comidas. Se opte por la solución que se opte, ¿cuál es el resultado? Más o menos el mismo, se lo digo por experiencia: un viaje al ochenta por ciento de nuestra plenitud física, como mucho. Un desarreglo de las facultades sensoriales, producto de una baja o un exceso de azúcar, según los casos, no debe, por tanto, descartarse.
 ¿Que usted también ha comido en el restaurante de la estación y, sin embargo, se siente perfectamente? Otra cosa sería preocupante. Usted se encuentra en la flor de la vida. A usted aún le quedan muchos viajes hasta que comience a reparar en los nocivos efectos secundarios de la baja calidad de la comida que se sirve en ese antro criminal. Pero yo tengo ya mis años. A los suyos, un estofado más o menos infame tampoco me habría hecho localizar erradamente la procedencia de ningún “I am Carmelo”. Mi estómago ha sido el de un verdadero avestruz. Pero los años no pasan en balde. Cuando uno supera los cincuenta, tiene que empezar a meditar sobre el aceite que le pone a la máquina. Ya no sirve, como a su edad, cualquier cosa. Menos en un caso como el mío, obligado por tantas razones a una vida demasiado sedentaria. Se impone una cierta disciplina en las comidas. Y cuando esa disciplina se quebranta, el cuerpo nos advierte de inmediato la infracción. “Por hoy pase —nos dice—; pero cuidado, que ya no tienes veinte años, y los excesos, al final, siempre se acaban pagando.” Ya oirá usted también esa voz, ya. Sin caer en el fundamentalismo dietético (eso tampoco), una cierta precaución con lo que nos echamos al estómago es esencial. El cochinillo, la olla podrida o los callos, por sólo citar tres notables ejemplos de nuestra recia gastronomía nacional, no pueden sentarle bien a nadie. El organismo humano no está hecho para eso, nos pongamos como nos pongamos.
 La frugalidad en la comida y el ejercicio moderado han sido reconocidos desde la antigüedad como los mejores aliados de la salud. No es cosa de anteayer. El propio Sócrates lo apunta en más de una ocasión. Hipócrates y Galeno lo repiten hasta la saciedad. Y cuando, como sucede por desgracia en mi caso, las posibilidades de realizar ejercicio físico son muy reducidas, todo el hincapié que se haga en la moderación, equilibrio y orden de la dieta es poco. Las modernas técnicas pedagógicas han roto con muchas barreras y tabúes. Las nuevas generaciones de ciegos juegan incluso al fútbol. Pero a mí tales innovaciones ya me cogieron un poco tarde. En mi época, bastante afortunado se podía considerar uno si contaba con un tío dominico que nos adentrase en los pormenores demoníacos del dualismo bogomilista. En el fútbol ni se soñaba. Y eso se nota en la obstinada tendencia que tienen las grasas a crearnos problemas.
 Yo procuro no relacionarme más que lo imprescindible con el mundo de los ciegos. Mi relativa prominencia social, sin embargo, me ha obligado a mantener ciertos contactos con determinados círculos organizados en torno o con motivo de esta enojosa deficiencia que nos afecta. Pues bien, ¿sabe usted una cosa?, la preocupación por las grasas ha acabado siempre tendiendo puentes para la comunicación con una serie de individuos con los que no creo tener mucho en común. La grasa nos trae a maltraer a todos, con independencia de credo, talante o condición. Los tres últimos entierros de ciegos a los que me he visto obligado a asistir, por sólo referirme a hechos muy concretos, han estado presididos por el colesterol. No es ninguna broma. Una tromboflebitis, una hemorragia cerebral y un infarto, respectivamente.
 Restringido el disfrute de otra serie de placeres hasta extremos que a usted le resultaría difícil imaginar, los ciegos propendemos a la glotonería. De los siete pecados capitales, el de la gula es el cebo (nunca mejor dicho) con el que nos tienta el Maligno. En el infierno de Dante, nos hemos de encontrar en el círculo tercero, el de la pertinaz lluvia de nieve y agua sucia. Si otra cosa acontece, atribúyalo usted a la licencia o impericia poéticas. Yo mismo, pese a todas mis aprensiones, no siempre logro sobreponerme a la tentación. Con la plástica tostada con margarina en la boca y el exinanido aroma del descafeinado impregnando sin convicción alguna mis pituitarias, no es infrecuente que, ya a la temprana hora del desayuno, una rebeldía momentánea me lleve a exclamar: “¡Pero qué vida es ésta!”. La ensaimada con nata, el croissant con mantequilla normanda, el castizo chocolate con churros son ideas que atropelladamente se me vienen en esos momentos a mi soliviantada cabeza. Eso entiendo yo por vida sin matices, frente a la devaluada “vida esta” del descafeinado y la margarina sin sal. Pero, amigo mío, hay que saber contenerse.
 La mía es una edad crítica en el curso vital de las arterias. Un descuido, y adiós. El corazón no da tiempo a arrepentirse. Le fallan a usted el hígado, los riñones y el sistema respiratorio al unísono, y aún tendrá probablemente una segunda oportunidad en este mundo. Con el corazón, no; con el corazón se ven siempre las orejas al lobo cuando ya es demasiado tarde. De pronto un día le parece a uno percibir una pequeña molestia en la región torácica y, antes de que le dé tiempo a decir: “Mañana, sin falta, dejo de fumar”, ¡zas!, se acabó lo que se daba. No hay pieza menos caritativa en el engranaje humano. El corazón es a la biología lo que el calvinismo es a la historia de las religiones, el emblema sin compromisos de la inmisericordia, la intransigencia y la beligerancia radical con las debilidades de la carne. Un cigarrillo, unos buñuelos, unas manitas de cordero de más..., y olvídese usted del pacto, de las componendas, de los tiras y aflojas de última hora, siempre posibles con otros órganos y vísceras más esencialmente católicos de nuestra anatomía.
El Orador Cautivo: Amazon.es: Carlos Eugenio Lopez: Libros Según mi médico, en mi caso particular concurren circunstancias más favorables de lo que yo quiero creer. En mi familia, por fortuna, no abundan los precedentes de dolencias cardíacas. Habría que remontarse a un tío abuelo materno para encontrar un antecedente, y ni siquiera es seguro. Mis cuatro abuelos, mis ocho bisabuelos, murieron todos, con una sola y lamentable excepción, octogenarios. Mi madre, a sus setenta y nueve años, tiene aún la tensión arterial de una niña. Todo ello, al parecer de mi médico, ha de considerarse a la hora de ponderar el riesgo. Los factores hereditarios representan un papel notable que yo, en su opinión, no parezco valorar adecuadamente. «La naturaleza del juicio coronario —me repite— no es tan sumaria como usted supone.» Forma educada, como otra cualquiera, de acusarme olímpicamente de hipocondría. Los médicos, ya lo comprobará usted, y le deseo con toda sinceridad que lo haga tarde, son así. Lo que en cualquier otra disciplina de la ciencia se llama humildemente «ignorancia propia», en la medicina se denomina con indignante prepotencia «hipocondría ajena». Pero es lo que yo le digo al médico: “Doctor, tampoco mis bisabuelos fueron ciegos”. Circunstancia que, me concederá usted, debiera dar que pensar. Mi pobre madre hace aún hoy cuatro veces más ejercicio que yo a mis veinte años, descontando mi fugaz y malaventurado coqueteo con el rock and roll.
 Un análisis de sangre y un electrocardiograma mensual, que es cuanto yo le pido al médico, no constituye, habida cuenta de mi crónico sedentarismo, ninguna extravagancia cuyo visado contravenga el juramento hipocrático. Al colesterol hay que seguirle los pasos muy de cerca. Y, por otra parte, ¡qué cuernos!, los electrocardiogramas me los pago yo. Si quiero hacerme uno al mes, como si se me antoja hacerme dos docenas. ¡Será posible el país en que vivimos! Mate uno a cuchilladas al amante de su mujer, y no habrán de faltar voces que justifiquen, con las razones más peregrinas, el acto; quiera  usted hacerse un electrocardiograma mensual, pagado a precio de oro de su libérrimo bolsillo, y hasta su propio médico se le entigrece. ¿Así queremos hacernos un hueco en el concierto de las naciones civilizadas?
 Y no le pido su opinión. Usted preferirá tal vez no pronunciarse tampoco sobre este particular. Permítame, no obstante, que le apunte (sin ánimo de forzar su hermetismo, eso sí) que hay quien considera el silencio una peligrosísima fuente de endomorfinas. Dicho sea, por descontado, con carácter nada más que general e informativo. No es que yo subscriba o deje de subscribir tales teorías. Mucho menos que insinúe que quepa referirlas, ni siquiera indirectamente, a su persona. Ni por un momento me atrevería yo a dudar de su excelente condición mental. Como no dudo que ese “I am Carmelo”, que tan nítidamente vuelvo a oír, procede de otro compartimento. El que usted prefiera no manifestarse sobre mi particular arquetipo de civilización no es motivo para suponerle ni debilidad cerebral alguna ni, cuánto menos, la grosería de iniciarse en la lengua de la pérfida Albión al amparo de mi ceguera. Cada cual es como es, y no se hable más.
 Usted puede incluso preferir no manifestar su opinión a impulsos de una esmerada cortesía, que le impide contradecir abiertamente mis tesis. Delicadeza innecesaria, pues, insisto una vez más, habla usted con un hombre plenamente consciente de la naturaleza multiforme de la verdad. Pero delicadeza no, por carente de razón objetiva de ser, menos exquisita y digna de encendido aplauso. Cuánto mejor nos iría a todos si, a la hora de calibrar el grado de consideración que le debemos al prójimo, errásemos, como usted, por exceso y no por defecto.»

    [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Lengua de Trapo, 1997, pp. 51-55. ISBN: 84-89618-14-3]

miércoles, 29 de mayo de 2019

Sapiens. De animales a dioses.- Yuval Noah Harari (1976)


Resultado de imagen de Yuval Noah 
Parte II: La revolución agrícola
5.-El mayor fraude de la historia
La trampa del lujo

«Hace unos 18.000 años, la última época glacial dio paso a un período de calentamiento global. A medida que aumentaban las temperaturas, también lo hicieron las precipitaciones. El nuevo clima era ideal para el trigo y otros cereales de Oriente Próximo, que se multiplicaron y se expandieron. La gente empezó a comer más trigo y, a cambio, y sin darse cuenta extendieron su expansión. Puesto que era imposible comer granos silvestres sin aventarlos previamente, molerlos y cocerlos, las gentes que recogían estos granos los llevaban a sus campamentos temporales para procesarlos. Los granos de trigo son pequeños y numerosos, de modo que algunos caían inevitablemente en el camino al campamento y se perdían. Con el tiempo, cada vez más trigo creció a lo largo de los senderos favoritos de los humanos y alrededor de sus campamentos.
 Cuando los humanos quemaban bosques y malezas, esto también ayudaba al trigo. El fuego eliminaba árboles y matorrales, lo que permitía que el trigo y otras hierbas monopolizaran la luz solar, el agua y los nutrientes. Allí donde el trigo se hacía particularmente abundante y también lo eran los animales de caza y otras fuentes de alimento, las tropillas humanas podían abandonar de manera gradual su estilo de vida nómada y establecerse en campamentos estacionales e incluso permanentes.
 Al principio pudieron haber acampado durante cuatro semanas, durante la cosecha. Una generación más tarde, al haberse multiplicado y extendido las plantas de trigo, el campamento de cosecha pudo haber durado cinco semanas, después seis, y finalmente se convirtió en una aldea permanente. A lo largo de todo Oriente Próximo se han descubierto indicios de estos poblados, en particular en el Levante, donde la cultura natufia floreció entre 12500 y 9500 a.C. Los natufios eran cazadores-recolectores que subsistían a base de decenas de especies silvestres, pero vivían en aldeas permanentes y dedicaban gran parte de su tiempo a la recolección  y procesamiento de cereales silvestres. Construían casas y graneros de piedra. Almacenaban grano para las épocas de escasez. Inventaron nuevos utensilios, como guadañas de piedra para la recolección del trigo silvestre, y morteros y manos de mortero de piedra para molerlo.
 En los años posteriores a 9500 a.C., los descendientes de los natufios continuaron recolectando y procesando cereales pero también empezaron a cultivar de maneras cada vez más refinadas. Cuando recolectaban granos silvestres, tenían la precaución de dejar aparte una fracción de la cosecha para sembrar los campos en la siguiente estación. Descubrieron que podían conseguir resultados mucho mejores si sembraban los granos a una cierta profundidad del suelo y no repartiéndolos al azar sobre la superficie. De manera que comenzaron a cavar y labrar. Gradualmente empezaron también a eliminar las malas hierbas de los campos, a impedir la presencia de parásitos, y a regarlos y fertilizarlos. A medida que se dirigían más esfuerzos al cultivo de los cereales, había menos tiempo para recolectar y cazar especies salvajes. Los cazadores-recolectores se convirtieron en agricultores.
 No hubo un solo paso que separara a la mujer que recolectaba trigo silvestre de la mujer que cultivaba trigo domesticado, de manera que es difícil decir exactamente cuándo tuvo lugar la transición decisiva a la agricultura. Pero, hacia 8500 a.C., Oriente Próximo estaba salpicado de aldeas como Jericó, cuyos habitantes pasaban la mayor parte del tiempo cultivando unas pocas especies domesticadas.
 Con el paso a aldeas permanentes y el incremento de los recursos alimentarios, la población empezó a aumentar. Abandonar el estilo de vida nómada permitió a las mujeres tener un hijo cada año. Los hijos se destetaban a una edad más temprana: se les podía dar de comer gachas y avenate. Las manos sobrantes se necesitaban perentoriamente en los campos. Pero las bocas adicionales hicieron desaparecer pronto los excedentes de comida, de manera que tuvieron que plantarse más campos. Cuando la gente empezó a vivir en poblados asolados por las enfermedades, cuando los niños se alimentaban más de cereales y menos de la leche materna, y cuando cada niño competía por sus gachas con más y más hermanos, la mortalidad infantil se disparó. En la mayoría de las sociedades agrícolas, al menos uno de cada tres niños moría antes de alcanzar los veinte años de edad. Sin embargo, el aumento de los nacimientos todavía superaba el aumento de las muertes; los humanos siguieron teniendo un número cada vez mayor de hijos.
 Con el tiempo, el "negocio del trigo" se hizo cada vez más oneroso. Los niños morían en tropel y los adultos comían el pan ganado con el sudor de su frente. La persona media en el Jericó de 8500 a.C. vivía una vida más dura que la persona media en el Jericó de 9500 a.C. o de 13000 a.C. Sin embargo, nadie se daba cuenta de lo que ocurría. Cada generación continuó viviendo como la generación anterior, haciendo sólo pequeñas mejoras aquí y allá en la manera en que se realizaban las cosas. Paradójicamente, una serie de "mejoras", cada una de las cuales pretendía hacer la vida más fácil, se sumaron para constituir una piedra de molino alrededor del cuello de estos agricultores.
¿Por qué cometió la gente este error fatal? Por la misma razón que, a lo largo de la historia, ésta ha hecho cálculos equivocados. La gente era incapaz de calibrar todas las consecuencias de sus decisiones. Cada vez que decidían hacer un poco más de trabajo extra (cavar los campos en lugar de dispersar las semillas sobre la superficie del suelo, pongamos por caso), la gente pensaba: "Sí, tendremos que trabajar más duro. ¡Pero la cosecha será muy abundante! No tendremos que preocuparnos nunca más por los años de escasez. Nuestros hijos no se irán nunca más a dormir con hambre". Tenía sentido. Si trabajabas más duro, tendrías una vida mejor. Ése era el plan.
 La primera parte del plan funcionó perfectamente. En efecto, la gente trabajó más duro, pero no previó que el número de hijos aumentaría, lo que significaba que el trigo excedente tendría que repartirse entre más niños. Y los primeros agricultores tampoco sabían que dar de comer a los niños más gachas y menos leche materna debilitaría su sistema inmunitario y que los poblados permanentes se convertirían en viveros para las enfermedades infecciosas. No previeron que al aumentar su dependencia de un único recurso alimentario en realidad se estaban exponiendo cada vez más a la depredación y a la sequía. Y los granjeros tampoco previeron que en los años de bonanza sus graneros repletos tentarían a ladrones y enemigos, lo que les obligaría a empezar a construir muros y a hacer tareas de vigilancia.
 Entonces, ¿por qué los humanos no abandonaron la agricultura cuando el plan fracasó? En parte, porque hicieron falta generaciones para que los pequeños cambios se acumularan y transformaran la sociedad, y a esas alturas nadie recordaba que habían vivido de forma diferente. Y en parte debido a que el crecimiento demográfico quemó las naves de la humanidad. Si la adopción del laboreo de la tierra aumentó la población de la aldea de 100 personas a 110, ¿qué diez personas habrían aceptado voluntariamente morirse de hambre para que las demás pudieran volver a los buenos y viejos tiempos? La trampa se cerró de golpe.
 La búsqueda de una vida más fácil trajo muchas privaciones, y no por última vez. En la actualidad nos ocurre a nosotros. ¿Cuánto jóvenes graduados universitarios han accedido a puestos de trabajo exigentes en empresas potentes, y se han comprometido solemnemente a trabajar duro para ganar dinero que les permita retirarse y dedicarse a sus intereses reales cuando lleguen a los treinta y cinco años? Pero cuando llegan a esa edad, tienen hipotecas elevadas, hijos que van a la escuela, casa en las urbanizaciones, dos coches como mínimo por familia y la sensación de que la vida no vale la pena vivirla sin vino realmente bueno y unas vacaciones caras en el extranjero. ¿Qué se supone que tienen que hacer, volver a excavar raíces? No, redoblan sus esfuerzos y siguen trabajando como esclavos.»
 
    [El texto pertenece a la edición en español de Penguin Random House, 2017, en traducción de Joadoménec Ros. ISBN: 978-84-9992-622-3.]

lunes, 28 de agosto de 2017

"La formación de la humanidad".- Richard Leakey (1944)


Resultado de imagen de richard leakey 
13.-La génesis de la agresividad en el hombre
Los efectos del asentamiento entre los !kung*

«La mayoría de los cazadores-recolectores se volvieron sedentarios y agricultores hace ya muchos milenios. Hoy todavía existen algunos, pero muchos de estos grupos se hallan en vías de adoptar una existencia sedentaria, lo cual brinda una excelente oportunidad para el estudio de algunas de las implicaciones sociales del cambio. Este tipo de transición la están experimentando algunos !kung, quienes están siendo objeto de un estudio atento. Dice Richard Lee: "Existe una contradicción fundamental en la transición por la que atraviesan los !kung; es la que existe entre compartir, que es el elemento central de la forma de vida del cazador-recolector, y ahorrar, o controlar los recursos, lo cual, asimismo, es el elemento central de la forma de vida agrícola y ganadera. La comida de un campamento !kung se reparte inmediatamente entre residentes y visitantes sin distinción; si los ganaderos hicieran lo mismo con su ganado y los labradores con su grano, en seguida se arruinarían. Muchas familias padecen a causa de tales exigencias conflictivas."
 [...] La causa principal de que los !kung adopten gradualmente la agricultura es la presión por parte del gobierno. Durante años los !kung han vivido  en íntimo contacto con los agricultores y hoy, hasta cierto punto, están copiando las prácticas ganaderas y agrícolas de éstos. Un campo !kung típico mide menos de una hectárea, tiene una forma más o menos ovalada y no suele ser de regadío. Sus cosechas más importantes son de maíz, melones, sorgo y tabaco. De todas, la más difícil es, con mucho, la de tabaco, que requiere un riego constante y buena sombra. [...]
 Del campo se ocupan predominantemente las mujeres. Los hombres dedican mucho tiempo a sus animales, de modo que pasan muchas más horas lejos del poblado que sus esposas. Dice Richard Lee: "Esta división del trabajo está teniendo importantes implicaciones políticas. Para empezar, el trabajo de los hombres con los rebaños les pone en contacto con los agricultores locales, oportunidad generalmente negada a las mujeres. Y como las estructuras políticas locales están siendo cada vez más importantes para los !kung, ello supone que, a diferencia de antes, el poder es en gran parte una prerrogativa de los hombres. En segundo lugar, cuando los animales están crecidos, el ganado suele venderse, lo que da a los hombres acceso a una economía de dinero. La mayor parte del producto agrícola de las mujeres se destina a la subsistencia, de manera que también desde este ángulo quedan más o menos excluidas de una importante institución nueva. Fabrican y venden una especie de cerveza de miel, pero sus ingresos no son nada comparados con los que se obtienen del ganado."
 Patricia Draper ha llevado a cabo un estudio especial sobre interacciones sociales entre los !kung que están cambiando su estilo de vida y dice que le da la "fuerte impresión de que el igualitarismo sexual de la maleza está siendo socavado en los poblados !kung sedentarios." Se lamenta de que los papeles de cada sexo se estén definiendo con mayor rigidez, de modo que ahora los hombres se inclinan a desentenderse de algunas tareas por considerarlas "no de hombre" o "inadecuadas" para ellos. Esto apenas ocurría antes. "En el monte, las mujeres se sienten orgullosas de la contribución diaria regular que hacen a la comida de la familia... También mantienen el control de la comida que han recolectado después del regreso al poblado", indica Patricia Draper. El cambio de categoría de las mujeres bajo el nuevo estilo de vida es sorprendente.
 Un campamento !kung en el monte consiste en una colección estrechamente unida de siete o más cabañas sencillas, alineadas en círculo y con fachada al centro. Así describe Patricia Draper la vida en él. "En el campamento, todos pueden ver (y, a menudo, oír) siempre a todos, ya que no hay lugares privados a los que la gente pueda retirarse. Incluso de noche permanecen en el espacio visualmente abierto, durmiendo solos o con otros miembros de la familia en torno a hogueras encendidas frente a las cabañas." La intimidad colectiva es la característica más sobresaliente de este tipo de asentamiento. Se intercambian noticias, se resuelven disputas  y se comparte la comida; todo ocurre dentro de este foco intensamente social.
 En el poblado agrícola, la vida es distinta. Aquí, las casas están dispersas y, a menudo, dispuestas en torno a un corral de ganado. Las entradas de las casas ya no miran directamente a la vida del poblado. La gente ya no mantiene un contacto físico mutuo estrecho. "En un asentamiento nómada, una oleada de comida, lleva consigo una oleada de emociones y de sentimientos, oleada que es frenada en el poblado agrícola", se lamenta Richard Lee. Además, la combinación de la vida sedentaria con el acceso al dinero ha llevado a la gente a empezar a acumular riquezas materiales en forma de ropas y otros "bienes de consumo".
 [...] Patricia Draper les preguntó a algunas mujeres !kung qué vida era mejor: la de una mujer !kung o la de una mujer herero. Kxaru!a, una mujer cincuentona, respondió: "Las mujeres !kung están mejor. Entre los herero, si un hombre está enojado con su mujer, puede meterla en casa, cerrar la puerta y maltratarla. Nadie puede ir a separarlos. No se puede hacer otra cosa más que oír sus gritos. Cuando los !kung nos peleamos, los demás se entrometen." Sus compañeras asintieron con la mayor seriedad. Es evidente que, para estas mujeres, la vida es algo más que lo que pueden ofrecer la agricultura y el progreso material que ésta conlleva: su estructura de intimidad social es su vida.
 El viraje a la agricultura también está afectando a los niños !kung. "En el monte, los chiquillos de ambos sexos realizan por igual pequeñas tareas", explica Patricia Draper, "y su papel no está diferenciado por el sexo, es decir, no hay unas tareas fijas para niños y otras para niñas... En cambio, en los poblados fijos hay una tendencia a considerar a los hijos como futuros operarios. Los chicos, por ejemplo, ayudan al cuidado de los animales, mientras que las niñas trabajan con su madre en el campo o la ayudan en casa." [...]
 Una consecuencia práctica muy marcada del nuevo estilo de vida de los !kung es el notable aumento de la tasa de natalidad. Antes, las mujeres daban a luz una vez cada cuatro años, mientras que, ahora, en los poblados de asentamiento agrícola reciente la tasa se acerca a un parto cada dos años y medio.»
 
 *Los !kung (también escrito !xun) son un pueblo San, que viven en el desierto de Kalahari entre Botsuana, Namibia y Angola. Hablan la lengua !kung, que se destaca por su amplio uso de consonantes clic o chasquido consonántico.