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domingo, 9 de noviembre de 2025

Filosofía.- Stephen Law (1960)

 

El problema de la inducción

  «Todos confiamos mucho en el razonamiento inductivo. Suponemos que como el sol ha salido cada día, tenemos una buena base para creer que mañana volverá a salir. Pero si el filósofo David Hume tiene razón, el pasado no proporciona ninguna pista sobre lo que pasará mañana.

 Grandes esperanzas
    La forma más fiable de argumento es la deducción. En un argumento deductivo válido, las premisas suponen por lógica la conclusión. Veamos un sencillo ejemplo:
 Sócrates es un hombre
 Todos los hombres son mortales
 Por tanto, Sócrates es mortal.
 Si afirmáramos que las premisas son ciertas y la conclusión falsa, tendríamos una contradicción lógica. 
 En un argumento inductivo, en cambio, las premisas no tienen por qué proporcionar una garantía lógica de que la conclusión sea cierta. La premisas sólo proporcionan pruebas de que la conclusión es cierta. Por ejemplo:
 El cisne 1 es blanco.
 El cisne 2 es blanco.
 El cisne 3 es blanco.
 El cisne 1.000 es blanco.
 Por tanto, todos los cisnes son blancos.
 Si observamos mil cisnes y todos son blancos, concluimos que todos los cisnes son blancos. Suponemos que las premisas de nuestro argumento son lo bastante razonables para llegar a esa conclusión, pero, por supuesto, no existe ninguna contradicción lógica en suponer que, aunque los primeros mil cisnes que hemos observado sean blancos, el siguiente no lo sea. Confiamos en el razonamiento inductivo muchísimas veces. Siempre que realizamos una predicción sobre lo que sucederá en el futuro, lo que está  a punto de suceder o lo que ha pasado en las partes del universo que no hemos observado, confiamos en el razonamiento inductivo para justificar nuestras afirmaciones.
 Por ejemplo, supongo que la silla en la que estoy a punto de sentarme soportará mi peso. ¿En qué me baso para creerlo? Pues en que la silla siempre ha soportado mi peso, por eso concluyo que en esta ocasión también lo hará. Por supuesto, el hecho de que la silla siempre haya soportado mi peso no me proporciona ninguna garantía lógica de que lo haga ahora. Es posible que la silla se rompa. Aun así, supongo que el hecho de que siempre haya soportado mi peso me proporciona una base para creer que seguirá haciéndolo. Los científicos también confían mucho en el razonamiento inductivo. Construyen teorías que se supone deben mantenerse en todos los momentos y lugares, incluido el futuro. Justifican estas teorías basándose en lo que han observado. Pero las afirmaciones sobre lo que se ha observado hasta ahora no suponen lógicamente afirmaciones sobre el futuro. Por tanto, para justificar estas teorías, los científicos no pueden emplear el argumento deductivo, deben confiar en el razonamiento inductivo.
 
¿La naturaleza es uniforme?
 El filósofo David Hume se cuestiona si tenemos justificación para llegar a esas conclusiones sobre lo que no se ha observado. Hume afirma que cuando razonamos de forma inductiva, realizamos una suposición. Suponemos que la naturaleza es uniforme, suponemos que existen los mismos patrones en toda la naturaleza. ¿Y si no lo supusiéramos? No llegaríamos a las conclusiones a las que llegamos. No concluiría que, como la silla en la que estoy a punto de sentarme siempre ha soportado mi peso, lo soportará ahora. Sólo lo supongo porque creo que las mismas regularidades se extienden a la naturaleza. Pero es aquí donde Hume detecta un problema. Cuando razonamos de forma inductiva, suponemos que la naturaleza es uniforme, pero si queremos justificar nuestra creencia de que la inducción es un método fiable para llegar a creencias ciertas, debemos justificar esta suposición.
 
Justificar nuestras creencias 
 Hume señala que existen dos posibilidades: podemos intentar justificar la afirmación de que la naturaleza es uniforme mediante la experiencia, o podemos intentar justificarla independientemente de la experiencia, quizá demostrando que la afirmación es una especie de verdad lógica. El problema de esta segunda sugerencia es evidente; obviamente, la afirmación de que la naturaleza es uniforme no es una verdad lógica. No existe ninguna contradicción lógica al suponer que, aunque la naturaleza siempre ha sido uniforme, de repente se convertirá en un embrollo caótico y que todo se comportará al azar, de una forma impredecible.
 Sólo queda una posibilidad de justificar la suposición de que la naturaleza es uniforme: tenemos que justificarla apelando a la experiencia. Una forma de hacerlo sería observar directamente toda la naturaleza, así podríamos observar que es uniforme, pero, por supuesto, no podemos observar sino sólo una pequeña parte del universo. Desde luego, no podemos observar el futuro. Por tanto, nuestra justificación deberá basarse en lo que podamos observar directamente. ¿Por qué no podemos observar que la naturaleza es uniforme aquí y ahora y concluir que es probable que lo sea siempre? El problema, por supuesto, es que este pequeño razonamiento es inductivo. Nos estaríamos basando en un razonamiento inductivo para intentar demostrar que éste es fiable. Pero eso es una forma inaceptable e interminable de justificar algo. Sería como justificar lo que dice un médium diciendo que él afirma que es de fiar. Eso no es ninguna justificación.
 Hume concluye que, aunque razonemos de forma inductiva, no tenemos ninguna justificación para suponer que el razonamiento inductivo nos puede llevar a conclusiones ciertas. No tenemos ninguna base para suponer que todo seguirá comportándose de la misma forma que siempre. Sí, creo que esta silla soportará mi peso cuando me vuelva a sentar en ella, que este bolígrafo se caerá si lo suelto y que el sol saldrá mañana, como siempre; pero la increíble verdad es que tengo las mismas razones para pensar que la silla se romperá, que el bolígrafo flotará en el aire y que mañana por la mañana un panda hinchable luminoso de un millón de kilómetros surgirá del horizonte.
 Por supuesto, las conclusiones de Hume parecen una locura. Normalmente opinaríamos que alguien que cree que un panda de un millón de kilómetros sustituirá al sol está loco; pero si tiene razón, esta creencia loca no es menos razonable que la nuestra sobre que el sol saldrá. Las predicciones de un loco no son menos ni más razonables que las de los grandes científicos.     
 
"Por tanto, la guía de la vida no es la razón, sino el hábito, que determina a la mente, en todos los casos, para que suponga que el futuro se ajustará al pasado" (David Hume, "Tratado sobre la naturaleza humana").»


 [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Espasa Calpe, 2008, en traducción de Lexware SCP, pp. 180-183. ISBN: 978-84-670-2606-1.]

domingo, 8 de diciembre de 2024

La interpretación de los sueños.- Sigmund Freud (1856-1939)

 

1.- Los sueños
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 «En tiempos que podemos llamar precientíficos, la explicación de los sueños era para los hombres cosa corriente. Lo que de ellos recordaban al despertar era interpretado como una manifestación benigna u hostil de poderes supraterrenos, demoníacos o divinos. Con el florecimiento de la disciplina intelectual de las ciencias físicas, toda esta significativa mitología se ha transformado en psicología y actualmente son muy pocos, entre los hombres cultos, los que dudan aún de que lo sueños son una propia función psíquica del durmiente.
 Pero desde el abandono de la hipótesis mitológica han quedado los sueños necesitados de alguna explicación. Las condiciones de su génesis, su relación con la vida psíquica despierta, su dependencia de estímulos percibidos durante el sueño, las muchas singularidades de su contenido que repugnan al pensamiento despierto, la incongruencia entre sus representaciones y los afectos a ellas ligados y, por último, su fugacidad y su repulsa por el pensamiento despierto, que considerándolos como algo extraño a él, los mutila o extingue en la memoria, son problemas que desde hace muchos siglos demandan una satisfactoria solución, aún no hallada. El más interesante de todos ellos es el relativo a la significación de los sueños, el cual entraña dos interrogaciones principales. Refiérese la primera a la significación psíquica del acto de soñar, al lugar que el sueño ocupa entre los demás procesos anímicos y a su eventual función biológica. La segunda trata de inquirir si los sueños pueden ser interpretados, esto es, si cada uno de ellos posee un "sentido" tal como estamos acostumbrados a hallarlos en otros productos psíquicos.
 Tres distintas orientaciones se han seguido en el estudio de los sueños. Una de ellas, que ha conservado como un eco de la antigua valoración de este fenómeno ha sido adoptada por varios filósofos, para los cuales la base de la vida onírica es un estado especial de la actividad psíquica, al que incluso consideran superior al normal. Tal es, por ejemplo, la opinión de Schubert, según el cual el sueño sería la liberación del espíritu del poder de la naturaleza exterior, un desligamiento del alma de las cadenas de la materia. Otros pensadores no van tan lejos, pero mantienen el juicio de que los sueños nacen de estímulos esencialmente anímicos y representan manifestaciones de fuerzas psíquicas (de la fantasía onírica, Scherner, Volket) que durante el día se hallan impedidas de desplegarse libremente. Numerosos observadores conceden también a la vida onírica una capacidad de rendimiento superior a la normal por lo menos en determinados sectores (memoria).
 En total oposición a estas hipótesis, coincide la mayoría de los autores médicos en una opinión que apenas atribuye a los sueños el valor de un fenómeno psíquico. Según ella, los sueños son provocados exclusivamente por estímulos físicos o sensoriales, que actúan desde el exterior sobre el durmiente, o surgen casualmente en sus órganos internos. Lo soñado no podrá, por tanto, aspirar a significación ni sentido, siendo comparable a la serie de sonidos que los dedos de un individuo profano en música arrancan al piano al recorrer al azar su teclado. Los sueños deben, pues, considerarse como "un proceso físico inútil siempre y en muchos casos patológico" (Binz) y todas las peculiaridades de la vida onírica se explican por la incoherente labor que órganos aislados o grupos de células del cerebro sumido fuera de ellos en el sueño realizan obedeciendo a estímulos fisiológicos.
 Poco influida por este juicio de la ciencia e indiferente al problema de las fuentes de los sueños, la opinión popular parece mantenerse en la creencia de que los sueños tienen desde luego un sentido -anuncio del porvenir- que puede ser puesto en claro extrayéndolo de su argumento enigmático y confuso por un procedimiento interpretativo cualquiera. Los más empleados consisten en sustituir por otro el contenido del sueño tal y como el sujeto lo recuerda, ora trozo a trozo, conforme a una clave prefijada, ora en su totalidad y por otra totalidad con respecto a la cual constituye el sueño un símbolo. Los hombres serios ríen de estos esfuerzos interpretativos. "Los sueños son vana espuma".

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  Para mi gran asombro, descubrí un día que no era la concepción médica del sueño, sino la popular, medio arraigada aún en la superstición, la más cercana a la verdad. Tales conclusiones sobre los sueños fueron el resultado de aplicar a ellos un nuevo método de investigación psicológica que me había prestado excelentes servicios en la solución de las fobias, obsesiones y delirios, y que desde entonces había sido aceptado con el nombre de psicoanálisis por toda una escuela de investigadores. Las múltiples analogías de la vida onírica con los más diversos estados psicopatológicos de la vida despierta han sido acertadamente indicadas por numerosos investigadores médicos. Había, pues, desde un principio grandes esperanzas de que un procedimiento investigativo, cuya eficacia se había comprobado en los productos psicopáticos, pudiera aplicarse también a la explicación de los sueños. Las obsesiones  y los delirios son tan extraños a la conciencia normal como los sueños a la conciencia despierta, para la cual permanecen igualmente desconocidos los orígenes respectivos de ambas clases de fenómenos.»

 [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Planeta-De Agostini, 1985, en traducción de Luis López-Ballesteros y de Torres, pp. 7-9. ISBN: 84-395-0001-7.]

domingo, 13 de octubre de 2024

Cómo se hace una tesis.- Umberto Eco (1932-2016)

 

II.- La elección del tema
II.6.- ¿Tesis científica o tesis política?
II.6.1.- ¿Qué es la cientificidad?

 «Una investigación es científica cuando cumple los siguientes requisitos:
 1) La investigación versa sobre un objeto reconocible y definido de tal modo que también sea reconocible por los demás. El término objeto no tiene necesariamente un significado físico. También la raíz cuadrada es un objeto aunque nadie la haya visto nunca. La clase social es un objeto de investigación, aunque alguno pudiera objetar que sólo se conocen individuos o medias estadísticas y no clases en sentido estricto. [...] Definir el objeto significa entonces definir las condiciones bajo las cuales podemos hablar en base a unas reglas que nosotros mismos estableceremos o que otros han establecido antes que nosotros. [...] Naturalmente, surgen problemas si tenemos que hablar, por ejemplo, de un ser fabuloso cuya inexistencia reconoce la opinión común, como por ejemplo el centauro. Llegados a este punto tenemos tres alternativas. En primer lugar, podemos decidirnos a hablar de los centauros tal y como se presentan en la mitología clásica, y así nuestro objeto llega a ser públicamente reconocible y localizable, pues tenemos que vérnoslas con textos (verbales o visuales) en que se habla de centauros [...] En segundo lugar podemos intentar una indagación hipotética sobre las características que tendría que tener una criatura viviente en un mundo posible (que no es el real) para poder ser un centauro. En tal caso habríamos de definir las condiciones de subsistencia de este mundo posible advirtiendo que toda nuestra disertación se desenvuelve en el ámbito de la hipótesis. [...] En tercer lugar podemos decidir que tenemos pruebas suficientes para demostrar que los centauros existen de verdad. Y, en tal caso, para constituir un objeto susceptible de discurso tendremos que presentar pruebas (esqueletos, restos óseos, huellas sobre lava solidificada, fotografías hechas con rayos infrarrojos en los bosques de Grecia o todo lo que queramos) tales que los demás puedan admitir que, por correcta o errónea que sea nuestra tesis, se trata de algo sobre lo que se puede hablar.
 Naturalmente, este ejemplo es paradójico y no creo que nadie quiera hacer tesis sobre los centauros, [...]
 2) La investigación tiene que decir sobre este objeto cosas que todavía no han sido dichas o bien revisar con óptica diferente las cosas que ya han sido dichas. Un trabajo matemáticamente exacto que viniera a demostrar con los métodos tradicionales el teorema de Pitágoras no sería un trabajo científico, pues no añadiría nada a nuestro conocimiento. [...] Hay que tener presente una cosa: que una obra de compilación sólo tiene sentido si no existe todavía ninguna parecida en ese campo. [...]
 3) La investigación tiene que ser útil a los demás. Es útil un artículo que presente un nuevo descubrimiento sobre el comportamiento de las partículas elementales. Es útil un artículo que cuente cómo ha sido descubierta una carta inédita de Leopardi y la transcriba por entero. Un trabajo es científico (una vez observados los requisitos de los puntos 1 y 2) si añade algo a lo que la comunidad ya sabía y si ha de ser tenido en cuenta, al menos en teoría, por todos los trabajos futuros sobre el tema. Naturalmente, la importancia científica es proporcional al grado de indispensabilidad que presenta la contribución. [...] Ahora bien, podría ocurrírsele a alguien sacar a la luz uno de esos documentos que suelen atribuirse burlonamente a los filósofos alemanes, de los que suelen llamarse "notas de lavandería"; se trata de textos de valor ínfimo en los que el autor había anotado las compras que tenía que hacer ese día. A veces también son útiles datos de este género, pues a pesar de todo dan un toque de humanidad a un autor que todos suponían aislado del mundo, o revelan que en aquel período él vivía bastante pobremente. A veces, en cambio, no añaden absolutamente nada a lo que ya se sabe, son pequeñas curiosidades biográficas y no tienen ningún valor científico, aunque lo tengan para las personas que consiguen fama de investigadores incansables sacando a la luz semejantes inepcias. [...]  
 4) La investigación debe suministrar elementos para la verificación y la refutación de las hipótesis que presenta y, por tanto tiene que suministrar los elementos necesarios para su seguimiento público. Este requisito es fundamental. Puedo pretender demostrar que hay centauros en el Peloponeso, pero tengo que hacer cuatro cosas precisas: a) presentar pruebas (como se ha dicho, por lo menos un hueso caudal); b) decir cómo he procedido para hacer el hallazgo; c) decir cómo habría que proceder para hacer otros; d) decir aproximadamente qué tipo de hueso (u otro hallazgo) mandaría al cuerno mi hipótesis el día que fuera encontrado.
 De este modo no sólo he suministrado las pruebas de mi hipótesis, sino que lo he hecho de modo que también otros puedan seguir buscando para confirmarla o ponerla en tela de juicio.
 Lo mismo sucede con cualquier otro tema. [...] Con lo cual he presentado una hipótesis, pruebas y procedimientos de verificación y de refutación. [...]
 Lo bueno de un procedimiento científico es que nunca hace perder el tiempo a los demás: también trabajar siguiendo el surco de una hipótesis científica para descubrir después que hay que refutarla es hacer algo útil bajo el impulso de una propuesta precedente. [...]
 Por otra parte, puede decirse que todo trabajo científico, en tanto que contribuye al desarrollo de los conocimientos de los demás, tiene siempre un valor político positivo (tiene valor político negativo toda acción que tienda a bloquear el proceso de conocimiento); mas por otra parte cabe decir con seguridad que toda empresa política con posibilidades de éxito ha de tener una base de seriedad científica.
 Ya habéis visto cómo se puede hacer una tesis "científica" sin hacer uso de logaritmos ni probetas.»

 [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Gedisa, 1985, en versión de Lucía Baranda y Alberto Clavería Ibáñez, pp. 48-53. ISBN: 84-7432-137-9.]

viernes, 11 de diciembre de 2020

Las reglas del método sociológico.- Emile Durkheim (1858-1917)

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VI.-Reglas relativas al uso de la prueba

   «Pero hay otra razón que hace del método de las variaciones concomitantes el instrumento por excelencia de las investigaciones sociológicas. Incluso cuando más favorables les son las circunstancias, los otros métodos no pueden ser utilizados provechosamente más que si es muy considerable el número de hechos comparados. Aunque no es posible encontrar dos sociedades que sólo difieran o se asemejen en un punto, al menos se puede constatar que en la gran mayoría de los casos dos hechos o bien van juntos o bien se excluyen. Pero para que esta constatación tenga valor científico, tiene que haber sido hecha un número de veces muy elevado; casi habría que tener la seguridad de que se ha pasado revista de todos los hechos. Ahora bien, no sólo no es posible un inventario tan completo, sino que además nunca se puede establecer con suficiente precisión los hechos así acumulados, precisamente porque son demasiado numerosos. No sólo se corre el peligro de omitir algunos que son esenciales y que contradicen a los conocidos, sino que además no se está seguro de conocer bien a estos últimos. De hecho, lo que con frecuencia ha desacreditado los razonamientos de los sociólogos es que como han empleado preferentemente sea el método de concordancia sea el de diferencia, y sobre todo el primero, se han ocupado más en amontonar documentos que de criticarlos y seleccionarlos. Por esta razón les ocurre continuamente poner en el mismo plano las observaciones confusas y realizadas apresuradamente y los textos precisos de la historia. Al ver esas demostraciones no sólo no puede uno por menos de decirse que un solo hecho podría bastar para informarlas, sino que no siempre inspiran confianza los propios hechos a partir de los cuales han sido establecidos.
 El método de las variaciones concomitantes no nos obliga a efectuar ni esas enumeraciones incompletas ni esas observaciones superficiales. Bastan algunos hechos para que proporcione resultados. A partir del momento en que se ha probado que en un cierto número de casos dos fenómenos varían al igual, se puede estar seguro de que nos encontramos en presencia de una ley. Como no es necesario emplear un número considerable de documentos, éstos pueden ser seleccionados y además estudiados de cerca por el sociólogo que los utiliza. Así pues, podrá y, por consiguiente, deberá tomar como objeto de estudio principal de sus inducciones a las sociedades cuyas creencias, tradiciones, costumbres y derecho se han plasmado en documentos escritos auténticos. No despreciará las informaciones del etnógrafo (el científico no puede desdeñar ningún tipo de hechos), pero les concederá la importancia que les corresponde. En lugar de hacer de ellos el centro de gravedad de sus investigaciones, no las utilizará en general, más que como un complemento de los que provienen de la historia o, al menos, hará lo posible por confirmarlos por medio de estos últimos. De este modo, no sólo circunscribirá el ámbito de sus comparaciones con más discernimiento, sino que las dirigirá más críticamente; pues, por el hecho mismo de dedicarse a un orden limitado de hechos, podrá controlarlos con más cuidado. Ciertamente, aunque no tiene que rehacer la obra de los historiadores, tampoco puede recibir pasivamente y con los brazos abiertos todas las informaciones de que se sirve.
Resultado de imagen de emile durkheim las reglas del metodo sociologico No hay que creer que la sociología esté en un estado de clara inferioridad con respecto a las otras ciencias porque casi no pueda utilizar más que un solo procedimiento experimental. Este inconveniente se ve compensado por la riqueza de las variaciones que se ofrecen espontáneamente a las comparaciones del sociólogo y de las que no se encuentra nada semejante en los demás reinos de la naturaleza. Los cambios que tienen lugar en un organismo en el curso de una existencia individual son poco numerosos y muy limitados; los que es posible provocar artificialmente sin destruir la vida son, a su vez, poco numerosos; Ciertamente, a lo largo de la evolución zoológica se han producido cambios más importantes, pero sólo han dejado escasos y oscuros vestigios, y aún es más difícil descubrir las condiciones que los han determinado. La vida social, por el contrario, es una serie ininterrumpida de trasformaciones, que son paralelas a otras transformaciones en las condiciones de la existencia colectiva; y no sólo tenemos a nuestra disposición los que se refieren a una época reciente, sino que han llegado hasta nosotros un gran número de aquellas por las que han pasado los pueblos desaparecidos. A pesar de las lagunas que aún quedan en nuestro conocimiento, la historia de la humanidad es mucho más clara y completa que la de las especies animales. Además, hay un gran número de fenómenos sociales que se producen en todo el ámbito de la sociedad, pero que presentan formas diversas según las regiones, las profesiones, las confesiones religiosas, etc. Fenómenos de esta naturaleza son, por ejemplo, el crimen, el suicidio, la natalidad, la nupcialidad, el ahorro, etc. De estos diferentes medios especiales emanan, para cada uno de estos órdenes de realidad, nuevas series de variaciones, aparte de las que produce la evolución histórica. Por tanto, aunque el sociólogo no puede utilizar con la misma eficacia todos los procedimientos de la investigación experimental, el único método de que debe hacer caso, con la casi total exclusión de los otros, puede resultar muy fecundo en sus manos, pues dispone de incomparables recursos para aplicarlo.
  Pero este método sólo produce los resultados que comporta cuando es puesto en práctica rigurosamente. No se prueba nada cuando, como tan a menudo sucede, uno se contenta con mostrar por medio de ejemplos más o menos numerosos que en algunos casos dispersos los hechos han variado de acuerdo con la hipótesis. De estas concordancias esporádicas y fragmentarias no se puede sacar ninguna conclusión general. Ilustrar una idea no equivale a demostrarla. Lo que hay que hacer es comparar no variaciones aisladas sino series de variaciones, regularmente establecidas, cuyos términos estén en relación unos con otros en una gradación tan continua como sea posible y que además sean suficientemente numerosas. Pues las variaciones de un fenómeno no permiten inducir la ley que le es propia más que si expresan claramente el modo como se desarrolla en determinadas circunstancias. Ahora bien, para eso es preciso que exista entre ellas la misma continuidad que entre los diversos momentos de una misma evolución natural y, además, que esta evolución que parece que se da en ellas se prolongue lo bastante como para que su sentido no sea dudoso.»
 
  [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Orbis, 1998, en traducción de Santiago González Noriega, pp. 190-193. ISBN: 84-487-0183-6.]
 

sábado, 23 de septiembre de 2017

"Historia y consciencia de clase".- Georg Lukács (1885-1971)


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El cambio funcional del materialismo histórico
(Conferencia pronunciada en la inauguración del Instituto de Materialismo Histórico de Budapest) 

«La victoria conseguida por el proletariado le impone evidentemente la tarea de perfeccionar todo lo posible las armas intelectuales con las que ha combatido hasta el momento su lucha de clases. Y, como es natural, el materialismo histórico se encuentra en primera fila entre esas armas.
 El materialismo histórico le ha servido al proletariado durante la época de opresión como uno de sus medios de lucha más poderosos y es natural que el proletariado lo conserve en su transición a una época en la cual se dispone a construir de nuevo la sociedad, y la cultura en ella. Ya eso habría bastado para fundar este instituto, cuya tarea consiste en aplicar el método del materialismo histórico a la totalidad de las ciencias de la historia. Comparada con la situación imperante hasta ahora -en la cual el materialismo histórico fue sin duda un eficaz medio de lucha pero, desde el punto de vista de la ciencia, no llegó a ser mucho más que un mero programa, una indicación acerca de cómo hay que escribir la historia-, la actual nos plantea la tarea de escribir realmente de nuevo la historia entera, examinando, agrupando y juzgando los acaecimientos del pasado desde el punto de vista del materialismo histórico. Tenemos que intentar hacer del materialismo histórico el método de la investigación histórica concreta, el método de la ciencia de la historia.
 Pero aquí se presenta la cuestión de por qué eso no ha sido posible hasta ahora. Si nos limitáramos a una consideración superficial de las cosas, la respuesta podría ser que el momento del desarrollo del materialismo histórico como método científico no ha llegado hasta ahora precisamente porque ahora ha conseguido el proletariado el poder y, con él, la posibilidad de disponer de las fuerzas físicas e intelectuales sin las cuales no podía conseguirse aquel objetivo, y que la vieja sociedad no habría puesto jamás a su servicio. Pero, en realidad, hay aquí motivos más profundos que el nudo hecho de poder de que el proletariado se encuentre hoy materialmente en una situación que le permite organizar la ciencia según su juicio. Esos motivos más profundos están íntimamente relacionados con el profundo cambio funcional producido por el hecho de la dictadura del proletariado, o sea, por el hecho de que la lucha de clases se dirige ahora de arriba a abajo, y no ya de abajo a arriba; el hecho afecta a todos los órganos de este proletariado, a todo su mundo intelectual y emocional, a su situación y a su consciencia de clase. Hoy, al inaugurar este instituto, hemos de discutir imprescindiblemente dichos motivos.
 ¿Qué fue el materialismo histórico? Fue sin duda un método científico para entender los hechos del pasado de acuerdo con su verdadera naturaleza. Pero, a diferencia de los métodos históricos de la burguesía, el materialismo histórico nos permite al mismo tiempo ver el presente desde el punto de vista histórico, o sea, científicamente, descubriendo en él no sólo los fenómenos de la superficie, sino también las fuerzas históricas motoras más profundas que actúan los acontecimientos en la realidad.
 Por eso el materialismo histórico tenía para el proletariado un valor mucho más alto que el de un mero método de investigación científica. Se contaba entre sus instrumentos de lucha principales. Pues la lucha de clase del proletariado  significaba al mismo tiempo el despertar de su consciencia de clase. Pero el despertar de esa consciencia se presentaba siempre al proletariado como consecuencia del conocimiento de la situación verdadera, de las conexiones históricas efectivamente dadas. Eso es precisamente lo que da a la lucha de clase del proletariado su posición única entre todas las luchas de clase, a saber, que efectivamente recibe su arma más afilada de la verdadera ciencia, de la comprensión clara de la realidad. Mientras que en las luchas de clases del pasado eran decisivas las más diversas ideologías, formas religiosas, morales, etc., de la "consciencia falsa", la lucha de clase del proletariado, la guerra por la libertad de la última clase oprimida, ha encontrado su grito de guerra y, al mismo tiempo, su arma más potente en la manifestación de la verdad desnuda. Al mostrar las verdaderas fuerzas motoras del acaecer histórico, y a consecuencia de la situación de clase del proletariado, el materialismo histórico se ha convertido en un instrumento de lucha. La tarea más importante del materialismo histórico consiste en juzgar exactamente el orden social capitalista, en revelar la esencia del orden social capitalista. Por eso el materialismo histórico se ha utilizado siempre, en la lucha de clase del proletariado, para atravesar con los fríos rayos de la ciencia los velos puestos por la burguesía en todos los casos en que intentó disimular y encubrir la situación de la lucha de clases, la situación real, aplicándole todo género de elementos ideológicos; y para mostrar el hecho y la medida en la cual esos elementos burgueses eran falsos, confusionarios, opuestos a la verdad. Por todo eso la función más destacada del materialismo histórico no pudo consistir en el puro conocimiento científico, sino en el hecho de ser él mismo acción. El materialismo histórico no era un fin en sí mismo, sino que existía para que el proletariado pudiera poner en claro la situación y para que pudiera actuar correctamente de acuerdo con los datos, claramente reconocidos, de su situación de clase. 
 Así pues, en la época del capitalismo el materialismo histórico fue un instrumento de lucha. [...] Pues el reconocimiento del materialismo histórico habría significado para la burguesía casi el suicidio. Todo miembro de la burguesía que hubiera admitido la verdad científica del materialismo histórico habría perdido con ello su consciencia burguesa de clase y, con ella, la capacidad de defender adecuadamente los intereses de su propia clase. [...]
 La existencia de la burguesía presupone su incapacidad de llegar a una comprensión clara de sus propios presupuestos sociales. Un repaso de la historia del siglo XIX permite reconocer un paralelismo profundo y constante entre la decadencia de la burguesía y la paulatina penetración de ese autoconocimiento. A finales del siglo XVIII la burguesía era ideológicamente fuerte y sin quebrar. Todavía lo era a principios del siglo XIX, cuando su ideología, la idea de la libertad y la democracia burguesas, no había sido aún vaciada internamente por el automatismo natural de la economía, cuando la burguesía tenía aún la esperanza -y podía tenerla con buena consciencia- de que aquella libertad democrática burguesa, aquella autonomía de lo económico, acabaría por provocar un día la salvación de la humanidad. [...]
 La historia de la ideología burguesa es la historia del resquebrajamiento de esa fe en la misión salvadora de la transformación burguesa de la sociedad. A partir de la teoría de la crisis de Sismondi y de la crítica social de Carlyle, la autocorrosión de la ideología burguesa presenta un desarrollo acelerado.»
 

martes, 7 de febrero de 2017

"Dios y la nueva física".- Paul Davies (1946)


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 XVII.- La naturaleza desde la perspectiva del físico

«A pesar de los éxitos espectaculares de la ciencia moderna, sería insensato suponer que ha dado respuesta a las preguntas fundamentales sobre la existencia de Dios, el propósito del Universo o el papel de la humanidad en el esquema natural y sobrenatural. En efecto, los mismos científicos se distribuyen en un amplio abanico de creencias religiosas.
 Se afirma a menudo que la ciencia y la religión pueden coexistir pacíficamente ya que dirigen su atención a diferentes campos. Las cuestiones de doctrina religiosa, como la moralidad o el concepto de trinidad, son intrínsecamente distintas de cuestiones científicas tales como, por ejemplo, decidir cuál es la mejor descripción matemática de la ley de la gravitación. Sin embargo, no se puede negar que la ciencia tiene algo que decir sobre asuntos religiosos. En temas tales como la naturaleza del tiempo, el origen de la vida y de la materia, o la causalidad y el determinismo, el  propio marco conceptual en que se plantean las cuestiones religiosas se ve alterado por los avances científicos. Algunas de las principales preocupaciones teológicas de hace unos siglos (tales como la localización del Cielo y el Infierno) han perdido todo sentido gracias a la cosmología moderna y a nuestra mejor comprensión de la naturaleza del espacio y el tiempo.
 Mucha gente se inclina a considerar el conflicto entre la ciencia y la religión en términos "verdadero o falso". Es tentador creer que existe una verdad última (una realidad objetiva) que tanto la ciencia como la religión están buscando. De acuerdo con esta razonable postura, las preguntas "¿existe Dios?", "¿hay milagros sobrenaturales?", "¿hubo una creación?", "¿hay algún plan en el Universo?" o "¿apareció la vida por puro accidente?" tienen como respuesta "sí" o "no", aunque no sepamos cuál.
 Se dice a menudo que las teorías científicas son aproximaciones a la verdadera realidad. Al aumentar nuestros conocimientos, mejora el ajuste entre la teoría y la realidad. De acuerdo con esta perspectiva, las "verdaderas" leyes de la naturaleza están basadas en los datos experimentales de nuestras observaciones, obtenidas gracias a inspiradas y perseverantes investigaciones. Algún día, de acuerdo con esta filosofía, cabe esperar que lleguemos a descubrir las leyes correctas. En muchos aspectos, los esfuerzos encaminados a encontrar una teoría de la supergravedad están basados en esta idea. Los defensores de la supergravedad prevén el descubrimiento de un conjunto de ecuaciones que englobarán por completo las "verdaderas" leyes.
 Sin embargo, no todos los físicos creen que se pueda hablar de la "verdad". La física, de acuerdo con esta filosofía alternativa, no se ocupa en absoluto de la verdad, sino de modelos: modelos que nos ayudan a relacionar una observación con otra de manera sistemática. Niels Bohr expresó este punto de vista llamado positivista cuando dijo que la física nos dice lo que podemos saber sobre el Universo y no cómo es. Como se explicó en el capítulo 8, la mecánica cuántica ha inducido a muchos físicos a declarar que no existe ninguna realidad "objetiva". La única realidad es la que se revela a través de nuestras observaciones. Por tanto, no es posible pronunciarse sobre si una teoría particular es "verdadera" o "falsa"; sólo podemos decir si es útil o es menos útil (una teoría es útil si relaciona una amplia gama de fenómenos en un solo esquema descriptivo con una alta precisión). Este punto de vista es diametralmente opuesto al de la religión, cuyos defensores creen en una verdad definitiva o última. Una proposición religiosa se considera comúnmente como verdadera o falsa, no como una especie de modelo de nuestras experiencias.
 Las diferencias de planteamiento se ilustran por la disposición de los físicos a abandonar una querida teoría particular a favor de otra mejor. Como escribió en una ocasión Robert Merton: "La mayoría de las instituciones exigen una fe incondicional, pero la ciencia convierte el escepticismo en virtud." Al descubrir Einstein la teoría de la relatividad, se admitió que la teoría newtoniana del espacio, el tiempo y la mecánica era inadecuada para describir el comportamiento de los cuerpos que se mueven a velocidades próximas a la de la luz y, por tanto, fue reemplazada. La teoría de Newton no es realmente errónea, simplemente tiene un campo de validez limitado. La teoría especial de la relatividad es una teoría más útil (que se reduce a la teoría de Newton en el caso particular de bajas velocidades) porque da una descripción más precisa de los sistemas a altas velocidades. Esta teoría, a su vez, ha sido reemplazada por la llamada teoría general de la relatividad y pocos físicos ponen en duda que, a su debido tiempo, la teoría general será mejorada. Los físicos consideran que una teoría "final" o perfecta, incapaz de ser mejorada, es algo con tan poco sentido como la idea de un cuadro perfecto o una sinfonía perfecta.
 La capacidad del método científico para acomodar los cambios resultantes de nuevos descubrimientos representa una de las grandes potencialidades de la ciencia. Basándose en el pragmatismo más que en la verdad, la ciencia se distingue agudamente de la religión. La religión está basada en el dogma y en la sabiduría revelada, que representa la verdad inmutable. A pesar de que, con el tiempo, algunos temas doctrinales marginales pueden ser adaptados y distorsionados, la idea del abandono de un dogma religioso fundamental en favor de un "modelo" más exacto de la realidad es algo inimaginable. Si la Iglesia afirmara que, según nuevos descubrimientos, Cristo no había resucitado, la Cristiandad no podría sobrevivir. Algunos críticos han afirmado que la rigidez dogmática hace que cada nuevo descubrimiento y cada nueva idea sea una amenaza para la religión, mientras que los nuevos hechos y las nuevas ideas son la vida misma de la ciencia. Así es como los descubrimientos científicos han enfrentado muchas veces la ciencia con la religión.
 A pesar de que la religión mira hacia atrás, hacia la verdad revelada, mientras que la ciencia mira hacia adelante, hacia nuevas perspectivas y descubrimientos, ambas actividades producen un sentimiento de admiración y una curiosa mezcla de humildad y arrogancia en sus practicantes.»

domingo, 31 de julio de 2016

"Lenguaje, verdad y lógica".- Alfred Jules Ayer (1910-1989)


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5.- Verdad y probabilidad
Definición de racionalidad

 "En la práctica, no siempre relacionamos la creencia con la observación del modo que generalmente se considera como el más seguro. Aunque reconocemos que ciertas normas de evidencia deberían observarse siempre en la formación de nuestras creencias, no siempre las observamos. En otras palabras, no siempre somos racionales. Porque ser racional es, sencillamente, emplear un procedimiento auto-coherente y autorizado para la formación de todas las creencias propias. El hecho de que el procedimiento, con referencia al cual ahora determinamos si una creencia es racional, puede luego perder nuestra confianza, no disminuye, en absoluto la racionalidad de adoptarlo ahora. Porque nosotros definimos una creencia racional como aquella a la cual se llega mediante los métodos que ahora consideramos seguros. No hay ninguna norma absoluta de racionalidad, como no hay ningún método de construcción de hipótesis cuya seguridad esté garantizada. Confiamos en los métodos de la ciencia contemporánea, porque en la práctica han tenido éxito. Si en el futuro hubiéramos de adoptar distintos métodos, entonces las creencias que ahora son racionales podrían convertirse en irracionales desde el punto de vista de esos nuevos métodos. Pero el hecho de que esto sea posible no importa al hecho de que esas creencias sean ahora racionales.

 Definición de probabilidad en términos de racionalidad

 Esta definición de racionalidad nos permite rectificar nuestra descripción de lo que significa el término "probabilidad", en cuyo uso estamos interesados ahora. Decir que una observación aumenta la probabilidad de una hipótesis no siempre equivale a decir que aumenta el grado de confianza con que realmente mantenemos la hipótesis, como calculada por nuestra disposición a actuar sobre ella: porque podemos estar comportándonos irracionalmente. Equivale a decir que la observación aumenta el grado de confianza con el que es racional mantener la hipótesis. Y aquí podemos repetir que la racionalidad de una creencia se define no con referencia a ninguna norma absoluta, sino con referencia a una parte de nuestra propia práctica real. [...] según ella, la probabilidad de una proposición está determinada por la naturaleza de nuestras observaciones y por nuestra concepción de la racionalidad. De modo que, cuando un hombre relaciona la creencia con la observación, de un modo que no sea congruente con el método científico acreditado de evaluación de hipótesis, es compatible con nuestra definición de probabilidad decir que ese hombre está equivocado en cuanto a la probabilidad de las proposiciones en que él cree.

Proposiciones referentes al pasado

 Con esta descripción de la probabilidad, completamos nuestra discusión de la validez de las proposiciones empíricas. El punto que, finalmente debemos subrayar es que nuestras notas se aplican a todas las proposiciones empíricas, sin excepción, ya sean singulares, particulares o universales. Toda proposición sintética es una norma para la anticipación de la experiencia futura, y se distingue, en cuanto al contenido, de las otras proposiciones sintéticas, por el hecho de que es adecuada a diversas situaciones. De modo que el hecho de que las proposiciones que se refieren al pasado tengan el mismo carácter hipotético  que las que se refieren al presente  y las que se refieren al futuro no implica, en modo alguno, que estos tres tipos de proposiciones no sean distintos. Porque son verificados por -y, por lo tanto, sirven para predecir- diferentes experiencias".  

martes, 22 de marzo de 2016

"La sociedad abierta y sus enemigos".- Karl Popper (1902-1994)


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Capítulo 25.- ¿Tiene la historia algún significado?

 "Ni siquiera un ciencia es solamente una "masa de hechos"; aun en el peor de los casos sería una colección de hechos y, como tal, dependerá de los intereses de quien los haya coleccionado, de su punto de vista. En la ciencia, este punto de vista se halla determinado generalmente por una teoría científica; vale decir que seleccionamos entre la infinita variedad de hechos y aspectos de los hechos, aquellos hechos y aquellos aspectos que guardan interés porque se hallan relacionados con una teoría científica más o menos preconcebida. Cierta escuela de filósofos del método científico ha llegado a la conclusión, a partir de consideraciones tales como ésta, de que la ciencia procede siempre en un círculo y que "nos descubrimos persiguiendo nuestras propias colas", como dice Eddington, puesto que sólo podemos extraer de nuestra experiencia fáctica lo que nosotros mismos hemos puesto en ella bajo la forma de nuestras teorías. Pero este argumento es insostenible. Si bien es perfectamente cierto, en general, que sólo escogemos aquellos hechos que guardan cierta relación con una teoría preconcebida, no es cierto que sólo escojamos los hechos que confirman la teoría y que, por así decirlo, la repiten; el método de la ciencia consiste más bien en buscar aquellos hechos que pueden refutar la teoría. Esto es, precisamente, lo que llamamos verificación de una teoría, es decir, la comprobación de que no existe ninguna falla en ella. Pero aunque los hechos sean reunidos con la vista puesta en la teoría y la confirmen mientras ésta resista las pruebas, son algo más que una mera repetición vacía de la misma. Ellos confirman la teoría sólo si son resultado de infructuosas tentativas de desechar sus predicciones, testimoniando así en su favor. De este modo, es la posibilidad de desecharla, su falibilidad, la que le otorga, a mi juicio, carácter científico; y el hecho de que todas las pruebas de una teoría sean otras tantas tentativas de refutar las predicciones que se desprenden de la misma, nos suministra la clave del método científico. Esta concepción del método científico se ve corroborada por la historia de la ciencia, la cual demuestra que las teorías científicas son frecuentemente descartadas por los experimentos, y es precisamente esta eliminación de las teorías inadecuadas lo que constituye el verdadero vehículo del progreso científico. No puede sostenerse, por lo tanto, que la ciencia se mueva en un círculo vicioso.
 Lo que sí puede afirmarse es que todas las descripciones científicas de los hechos son altamente selectivas y dependen siempre de la teoría. La mejor forma de describir la situación es compararla con un reflector (la "teoría científica del reflector" como suelo llamarla en contraposición a la "teoría psicológica del balde"). Qué objetos han de tornarse visibles bajo el haz de luz del reflector, eso depende de su posición, de la forma en que lo dirijamos y de su intensidad, color, etc; si bien dependerá también de la forma en que aquéllos estén distribuidos. De forma similar, toda descripción científica depende, en gran medida, de nuestro punto de vista, de nuestros intereses, que, por regla general, se hallan vinculados con la teoría o hipótesis que deseamos probar, si bien también dependerán, lógicamente, de los hechos descritos. En realidad podríamos describir toda teoría o hipótesis como la cristalización de un punto de vista, pues si intentamos formular nuestro punto de vista, esta formulación será, por lo común, lo que se llama a veces una hipótesis de trabajo, es decir, un supuesto provisorio cuya función es ayudarnos a seleccionar u ordenar los hechos. Pero debemos dejar aclarado que no puede haber ninguna teoría o hipótesis que no sea, en ese sentido, una hipótesis de trabajo. En efecto, ninguna teoría es definitiva y todas tienen  por objeto seleccionar y ordenar los hechos. Este carácter selectivo de toda descripción las torna "relativas" hasta cierto punto, pero sólo en el sentido de que no ofreceríamos ésta sino otra selección si nuestro punto de vista fuera distinto. También puede afectar nuestra creencia en la verdad de la descripción, pero no afecta la cuestión de la verdad o falsedad de la descripción; en este sentido, la verdad no es "relativa".