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domingo, 15 de marzo de 2026

Cuentos.- Edgar Allan Poe (1809-1849)

 

El sistema del doctor Tarr y del profesor Fether

 «Había oído decir en París que la institución de Monsieur Maillard se regía por lo que se denominaba vulgarmente el "sistema de la dulzura"; que los castigos estaban abolidos, que se prescindía en casi todos los casos del confinamiento y que los pacientes, aunque secretamente vigilados, gozaban de gran libertad aparente, permitiéndoseles que pasearan por la casa y los jardines con todos los derechos de las personas en su sano juicio.
 Teniendo en cuenta estos informes, me cuidé de lo que decía en presencia de la joven, pues no estaba seguro de que fuese cuerda; había en sus ojos cierto brillo inquieto que me llevaba a sospechar que no lo era. Limité, pues, mis observaciones a tópicos generales, escogiendo aquellos menos indicados para desagradar o excitar a una loca. Contestó de la manera más sensata a todo lo que dije y hasta sus observaciones personales mostraban la señal del sentido común más evidente. Empero, una larga familiaridad con los fundamentos de la locura me habían enseñado a no fiarme de ninguna apariencia de cordura, y a lo largo de toda la conversación seguí obrando con las mismas precauciones iniciales.
 Poco después presentóse un apuesto doméstico de librea, trayendo una bandeja con frutas, vino y otros refrescos, que compartí con el director y la dama, quien al poco rato abandonó el salón. Tan pronto hubo salido miré a mi huésped con aire de interrogación.
 -No, no -repuso-. Forma parte de mi familia. Es mi sobrina y, por cierto, que una mujer muy notable.
 -Le pido mil disculpas por mi sospecha -dije-, pero sé muy bien que sabrá usted excusarme. La excelente administración de esta casa es bien conocida en París y pensé que, después de todo, bien podía suceder que...
 -Sí, claro está. No diga usted más. Soy yo quien debo darle las gracias por la loable prudencia que ha demostrado. Pocas veces se advierte tanta precisión en los jóvenes y más de una vez han sucedido tristes contratiempos por culpa del aturdimiento de nuestros visitantes. Cuando mi antiguo sistema se hallaba en vigencia y se permitía a mis pacientes que pasearan a gusto por todos lados, con frecuencia caían en crisis frenéticas a causa de los imprudentes que visitaban este lugar. Por eso me vi obligado a establecer un sistema rígido de exclusión, y no permito la entrada de nadie en cuya discreción no pueda confiar.
 -¡Cuando su antiguo sistema estaba en vigencia! -exclamé, repitiendo sus palabras-. ¿Debo entender, pues, que el "sistema de la dulzura", de que tanto he oído hablar, no se aplica más?
 -Hace ya varias semanas -me contestó- que hemos renunciado a él por completo.
 -¿Realmente? ¡Me asombra usted!
 -Mi querido señor -dijo suspirando-, nos convencimos de la absoluta necesidad de volver a los antiguos métodos. El peligro del sistema de la dulzura era realmente espantoso, mientras que sus ventajas han sido muy exageradas por la opinión. Entiendo que en esta casa el experimento se ha cumplido de la manera más leal. Hicimos todo lo que era humana y racionalmente posible, Lamento que no nos haya visitado usted en otro tiempo, pues entonces podría juzgar por sí mismo. Supongo, sin embargo, que se halla al tanto del sistema de la dulzura... con todos sus detalles.
 -No, ciertamente. Sólo he oído noticias de tercera o cuarta mano.
 -Puedo decirle entonces, que, en términos generales, el sistema consiste en que el paciente es ménagé, en que se toleran sus caprichos. Jamás nos oponíamos a las fantasías que asaltaban la mente de los locos. Por el contrario, no sólo las permitíamos, sino que las estimulábamos y muchas de nuestras curas definitivas se lograron de esa forma. Ningún argumento impresiona tanto la débil razón del insano como la reductio ab absurdum. Por ejemplo, había aquí enfermos que se creían pollos. En estos casos el tratamiento consistía en aceptar la cosa como un hecho, en acusar al enfermo de estupidez por no admitir suficientemente que se trataba de un hecho y, en consecuencia, privarlo durante una semana de todo alimento que no consistiera en la comida propia de los pollos. En esta forma, bastaban unos puñados de grano y de cascajo para hacer maravillas.
 -Pero, ¿se reducía el sistema a esta especie de aceptación?
 -En modo alguno. Teníamos mucha fe en las diversiones sencillas, tales como la música, la danza, los ejercicios gimnásticos, juegos de cartas, cierto tipo de libros y cosas parecidas. Pretendíamos tratar a cada enfermo como si sólo sufriera de un trastorno físico ordinario y la palabra "locura" no se empleaba jamás. Un detalle de gran importancia consistía en que cada loco tenía la misión de vigilar las acciones de todos los demás. Depositar confianza en la comprensión o la discreción de un insano equivale a ganárselo en cuerpo y alma. De esta manera evitábamos el gasto de un nutrido cuerpo de guardianes.
   -¿Y no aplicaba usted castigos de ninguna especie?
 -Ninguno
 -¿Jamás encerraba a sus pacientes?
 -Muy rara vez. Una que otra, si la enfermedad de ellos degeneraba en una crisis o en un acceso de locura furiosa, lo encerrábamos en una celda secreta para que su estado no se transmitiera a los demás y lo manteníamos allí hasta entregarlo a sus amigos, pues nada teníamos que ver con los locos furiosos. Por lo general los trasladaban a un hospicio público.
 -¿Y ahora ha cambiado usted todo eso... y cree haber obrado bien?
 -Ciertamente. El sistema tenía sus ventajas y aun sus peligros. Afortunadamente ha fracasado en todas las maisons de santé de Francia.
 -Me sorprende usted mucho -observé-, pues daba por descontado que actualmente no había en este país ningún otro tratamiento para la locura.
 -Es usted joven, amigo mío -replicó mi huésped-, pero llegará un día en que aprenderá a juzgar por sí mismo lo que ocurre en el mundo, sin confiar en las charlas ajenas. No crea nada de lo que oye, y sólo la mitad de lo que ve. No cabe duda de que, con respecto a nuestras maisons de santé, algún ignorante lo ha engañado. Después de cenar, cuando se haya recobrado de la fatiga de su viaje, tendré el placer de llevarlo a recorrer la casa y hacerle conocer un sistema que, en mi opinión y en la de todos aquellos que han presenciado su aplicación, es incomparablemente más efectivo que los utilizados hasta ahora.»

 [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Gredos, 2015, en traducción de Julio Cortázar, pp. 672-675. ISBN: 978-84-473-8283-5.]

domingo, 1 de febrero de 2026

El viaje al poder de la mente.- Eduardo Punset (1936-2019)

   Capítulo 10
Hace falta ser inteligente tanto para amar como para castigar

  «No vamos a sugerir, pues -otros lo seguirán haciendo-, que la cocina nos hizo humanos, en lugar de la capacidad de fabricar herramientas o de reconocerse en el espejo. Pero lo cierto es que, en el debate sobre qué nos hizo humanos, nunca se ha dado la importancia que merecía -con la excepción del biólogo Richard Wrangham- a la cocción de los alimentos. Tanto es así que su parecer, expuesto en la extensa conversación que mantuvimos en su despacho académico en Harvard, no debería omitirlo aquí.
 No sorprende oír a Wrangham, con su aspecto de profesor distraído, destilar los juicios más sabios de toda la comunidad científica al hablar de la agresividad de los chimpancés, con los que ha convivido muchos años. Sorprende, en cambio, oírle hablar con idéntica clarividencia de los afectos, de las singularidades amorosas de los bonobos o chimpancés pigmeos y, particularmente, del futuro de la especie humana, más tierno que el pasado, si se confirman las predicciones.
 En este libro nos estamos refiriendo a los grandes descubrimientos de los que nadie habla y que, no obstante, han transformado la vida del ser humano corriente hasta niveles inimaginables. Estamos mencionando el poder de la mente porque de su conocimiento depende que pueda controlar su propia vida. Así ocurrió cuando descubrimos que no éramos el centro del Universo; que el cerebro está preparado, aunque no le guste, para cambiar de opinión; que construimos el futuro en torno al pasado; que no todos los sistemas irracionales de la mente son inválidos; que estamos programados mentalmente para ser únicos y que, tal vez, en ello resida la explicación de nuestra capacidad infinita para hacernos infelices. Y, finalmente, que al cambiar todo a nuestro alrededor, incluida la estructura de la materia, difícilmente no íbamos a cambiar nosotros también.
 De todos estos grandes descubrimientos, a pesar del impacto poderoso y, a veces, tenebroso, sobre el control de la propia vida cotidiana de la gente, la capacidad de cocinar es singular. En primer lugar, no es un mecanismo puramente mental, sino químico que pertenece al mundo de los materiales. En segundo lugar, se ha subestimado su alcance en la historia de la evolución, como no ha ocurrido con ningún otro de los rasgos que, supuestamente, nos hicieron humanos. En tercer lugar, nos transformó físicamente puesto que nos permitió dosificar el aporte energético necesario, contribuyó a la consolidación del sedentarismo humano, así como al nacimiento de las primeras formas organizativas de simulacros de Estado. Por último, y eso lo agradecen particularmente los paleontólogos acostumbrados a manipular el concepto geológico de tiempo, sabemos exactamente cuándo ocurrió: hace 1,6 millones de años.
 Habría que empezar por el comienzo. Hay tres cosas que sorprenden en los primates y especialmente en los homínidos: la violencia agresora en los humanos y los chimpancés; la tolerancia social en los humanos y en los bonobos, y el erotismo de estos últimos, que es mucho menor en los humanos.
 La observación básica es extraordinaria. Sólo hay dos especies de animales en el mundo en las que el macho tiende a vivir en grupos con sus familiares más cercanos y en los que a veces estos machos salen y hacen expediciones para matar, deliberadamente, a los miembros de otros grupos. Esos dos animales a los que me refiero son los humanos y los chimpancés. Hay otro colectivo, el bonobo, que no muestra este tipo de comportamiento. Los orígenes de la violencia no son el reflejo de una expresión falaz de algún instinto ancestral, sino que es el resultado del desarrollo cognitivo. La inteligencia, es cierto, transforma el afecto en amor y también la agresión en castigo y ganas de controlar.
 Todo da a entender que la inteligencia es una pieza importante en todo esto. Pero los bonobos y los chimpancés tienen la misma inteligencia. La otra cara de la moneda es que hay algo en la psicología evolutiva que predispone a seguir rumbos más sofisticados. El principal argumento de Wrangham es que en el pasado vivíamos en territorios que tenían que ser defendidos por los machos, y los grupos que vivían dentro del territorio se vieron obligados a dividirse en pequeñas unidades a causa de las condiciones de alimentación. Cuando ya no queda comida disponible, es mejor dividirse en pequeñas unidades. Eso es lo que vemos en los chimpancés. Exactamente lo contrario de lo que hacen las amebas, que se transforman en un organismo único en tiempos azarosos.
 Tenemos dos colectivos vecinos y uno de ellos vive en grupo porque hay mucha comida y el otro se divide en agrupaciones pequeñas porque la comida escasea. Si un gran grupo se encuentra con un individuo solo en su territorio, ¿qué harán sus miembros? Como se suele decir: disparar a matar. Lo golpearán e intentarán matarlo. Lo exterminarán con gran ferocidad, con mucha crueldad, y nunca dejarán heridos porque son lo bastante inteligentes para tomar la decisión de atacar sólo cuando gozan de todas las ventajas. De modo que la víctima tendrá cicatrices en toda la parte frontal del cuerpo. Quizá le hayan cortado la garganta, arrancado los testículos y la piel junto al codo donde ha mordido el chimpancé. Es un acto muy deliberado y, sin embargo, ningún atacante ha resultado herido porque un individuo sujetaba una mano de la víctima, otro sujetaba la otra, un tercero sujetaba un tobillo... La presa era impotente, era como una crucifixión, podían hacer lo que quisieran con ella.
 La contribución insólita de Richard Wrangham, no sólo al conocimiento de la idiosincrasia de los chimpancés, sino al estudio del origen de la violencia en los humanos, fue el papel desempeñado por la inteligencia. Se necesita inteligencia para planear todo el calvario anterior, pero también hay un poco de nuestra psicología y de la psicología de los chimpancés.»

 [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Destino, 2010, pp. 238-240. ISBN: 978-84-233-4248-8.]

domingo, 31 de agosto de 2025

El difunto Matías Pascal.- Luigi Pirandello (1867-1936)

 

10.-La pila del agua bendita y el cenicero

 «-Usted dispense, señor Paleari -le objetaba yo-. Pero fíjese: supongamos que un gran hombre, mientras pasea, tiene la desgracia de caerse y romperse la crisma y quedarse lelo. ¿Adónde va a parar su alma?
 El señor Paleari quedóseme mirando de hito en hito, como si de pronto le cayese a los pies un pedrusco.
 -¿Que adónde va a parar el alma?
 -Sí, y lo mismo si nos ocurre esa desgracia a usted o a mí, que, aunque no soy un gran hombre, sin embargo..., ¡vamos!, razono. Suponga usted que me caigo, me rompo la crisma y me quedo lelo. ¿Qué se ha hecho de mi alma?
 Paleari juntó las manos y, con expresión de benigna lástima, me repuso:
 -Pero, ¡Dios santo!, ¿por qué quiere usted caerse y romperse la crisma, querido señor Meis?
 -Es una hipótesis...
 -Pues no, señor, siga usted paseándose tranquilamente. Cojamos a los viejos que, sin necesidad de caerse ni romperse la crisma, se vuelven chochos. Bien, ¿qué quiere decir esto? ¿Tendría usted la pretensión de querer probarme, apoyándose en esa circunstancia, que al quebrantarse el cuerpo debilítase también el alma y que la extinción del uno supone la extinción del otro? Pues, si es así, haga usted el favor de imaginarse el caso contrario, es decir, cuerpos en el colmo de la extenuación y en los cuales, sin embargo, refulge potentísima la luz del alma: Giacomo Leopardi y tantos ancianos como, por ejemplo, su santidad León XIII, sin ir más lejos. ¿Qué dice usted a esto? Pero supóngase usted ahora un piano y un pianista y, que al estarlo tocando, el piano, de pronto desafina: no suena ya esta tecla, dos o tres cuerdas saltaron. Pues bien: naturalmente, con un instrumento tan estropeado, por fuerza ha de tocar mal el pianista, por más diestro que sea. Pero y si, por fin, el piano deja de ser, ¿será que no existe ya tampoco el pianista?
 -¿Quiere usted dar a entender que el cerebro es el piano y el alma el pianista?
 -Eso mismo, señor Meis. Y si el cerebro se estropea, por fuerza el alma ha de parecer mema o loca, o qué sé yo. Lo cual quiere decir que si el pianista rompió, no por accidente, sino por inadvertencia o adrede, el instrumento, habrá de pagarlo. El que rompe, paga; se paga todo; sí, señor, todo. Pero ésta es otra cuestión. Dispénseme usted, pero dígame: ¿no hace mella alguna en su ánimo ver que la Humanidad toda, hasta donde hay noticia de ella, alimentó siempre la aspiración a otra vida más allá? Este es un hecho, señor mío: un hecho, una prueba positiva.
 -Dicen que el instinto de conservación...
 -Pues no es así, para que usted se entere. Porque, lo que es yo, me chincho, ¿sabe usted?, en esta vil pelleja que me envuelve. Me pesa, y si la soporto es porque sé que debo soportarla; pero en probándome, ¡voto a Cristo!, que después de haberla soportarlo por espacio de otros cinco o seis o diez años, aún no habré pagado mi escote de algún modo y que todo ha de acabar aquí, pues, ¡nada!, que ya me la estoy arrancando. ¿Y quiere usted decirme dónde está, entonces, el instinto de conservación? Yo sigo tirando únicamente porque siento que la cosa no puede parar en eso. Sólo que a esto salen diciéndome que una cosa es el individuo y otra la Humanidad. El individuo acaba, la especie sigue evolucionando. ¡Vaya un modo de discurrir! Fíjese, si no, un poco, señor Meis. ¡Como si usted, yo, el vecino de al lado, todos, en una palabra, no fuésemos la Humanidad! ¿Y no pensamos todos nosotros, allá en nuestro fuero interno, que sería el colmo del absurdo, la cosa más atroz, el que todo hubiera de reducirse a este mundo, a este mísero soplo de nuestra vida terrena: cincuenta, sesenta años de calamidades, sinsabores y luchas? Y, todo, ¿por qué? ¡Pues por nada! ¡Por la Humanidad! Pero ¿y si la Humanidad no ha de ser tampoco eterna? Fíjese usted, señor Meis: ¿a qué habrán venido, entonces, toda esta vida, todo este progreso, toda esta evolución? ¿A nada?... ¡Pero si luego salen diciéndonos que la nada, la nada pura, no existe!... La curación del planeta, como dijo usted el otro día, ¿verdad? Bueno: supongamos que sea la curación; sólo hay que ver en qué sentido. Lo malo que tiene la ciencia, señor Meis, es eso precisamente: que no ve más allá de la vida...
 -¡Hombre! -suspiré yo, sonriendo-. Puesto que tenemos que vivir...
 -Pero, ¡también tenemos que morir! -replicome Paleari. 
 -Conformes, pero, ¿por qué pensar tanto en ello?
 -¿Que por qué? Pues porque no podemos atinar con el sentido de la vida si de algún modo no nos explicamos también la muerte. El criterio director de nuestros actos, el hilo para salir de este laberinto, la luz, en suma, señor Meis, la luz hemos de recibirla de allá, de la muerte.
 -¿Con la oscuridad que allí reina?
 -¿Oscuridad? ¡La habrá para usted! Pero pruebe usted a encender una lamparilla de fe con el aceite puro del alma. En faltándonos esta lamparilla, no hacemos más que dar tumbos de acá para allá en esta vida, como ciegos, pese a toda la luz eléctrica que hemos inventado. Buena, bonísima resulta para la vida la luz eléctrica; pero nosotros, señor Meis, necesitamos también de esa otra lamparita que nos alumbra un poco las sombras de la muerte. Mire usted: yo, muchas noches, procuro encender también cierto farolillo de cristal color de rosa; no hay más remedio que ingeniarse por todos los modos posibles de echar el resto para intentar ver... Ahora se encuentra en Nápoles Terencio, mi yerno; pero dentro de unos meses estará de vuelta y entonces yo le invitaré a usted a asistir, si quiere, a alguna de nuestras modestas sesiones. Y quién sabe si ese farolillo... Pero punto en boca, que por hoy ya le he dicho bastante.»

 [El texto pertenece a la edición en español de Salvat Editores, 1971, en traducción de R. Cansinos Assens, pp. 107-110. Depósito legal: NA-42-1971.]
 

domingo, 24 de agosto de 2025

Pienso, luego río.- John Allen Paulos (1945)

Capítulo IV: Gente

 «Marvin Minsky, un eminente científico de ordenadores, ha escrito: "Cuando se construyan máquinas inteligentes, no debemos extrañarnos de encontrarlas tan confusas y tercas como los hombres en sus convicciones sobre la mente y la materia, la conciencia, la libre voluntad y cosas por el estilo". Esto parece tener sentido, aunque yo sustituiría el "cuando" por "si".
 Además de las preocupaciones filosóficas, esas "máquinas" inteligentes tendrán probablemente sentido del humor. En realidad, una variante de la prueba de Turing para la inteligencia de una máquina podría ser construir un programa que reconociera los chistes. Serían necesarias todas las habilidades intelectuales integradoras mencionadas antes, junto con una apreciación de los matices emocionales. Esta combinación de cualidades no es tan corriente, ahora que lo pienso, ni siquiera entre los humanos.

 Un matrimonio muy viejo, pasados los noventa, visita a un abogado divorcista. El abogado les pregunta:
 -¿Por qué ahora? Han pasado ustedes los noventa años, llevan más de setenta casados, ¿por qué divorciarse a estas alturas?
 -Queríamos esperar hasta que los niños se hubiesen muerto -explican ellos.

 Si se ha reído usted, probablemente no tiene usted silicio en el cerebro (acero en el corazón, tal vez, pero no silicio en el cerebro).

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 Es concebible que con el avance de la inteligencia artificial, los chistes étnicos sean sustituidos por chistes robóticos.

 Dos robots en campaña electoral para un partido de derechas llegan a un cartel del MOPU*: DESVÍO OBLIGATORIO A LA IZQUIERDA. Lo dejan hecho trizas.
 El robot de la ferretería dejó el trabajo. Se le aflojaban las tuercas cada vez que alguien se le acercaba con un destornillador.

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 Una importante distinción en la ciencia de ordenadores es la diferencia que hay entre el "hardware" y el "software" del ordenador. Aunque la diferencia no siempre es clara, "hardware" se refiere a los aspectos físicos del ordenador (cintas, discos, transistores, pastillas, etc.), mientras que "software" se refiere a los programas que funcionan en el ordenador. El programa determina lo que hace el ordenador, cuál debe ser la sucesión de estados lógicos o programáticos. Los estados físicos del "hardware" del ordenador corresponden a esos estados lógicos o programáticos.
 Hilary Putnam ha observado que las cuestiones lógicas y lingüísticas que se plantean respecto a esta distinción entre el soporte físico y el soporte lógico son similares en algunos aspectos importantes a los que surgen en el problema tradicional del cuerpo y de la mente, de Descartes. ¿Cuál es la relación entre la mente y el cerebro (cuerpo)? ¿Cómo se afectan el uno al otro? ¿Son lo físico y lo mental inconmensurables o son diferentes aspectos del mismo fenómeno? Putnam sostiene que esos problemas tienen, en algunos aspectos, soluciones (o disoluciones) idénticas a las de los siguientes problemas análogos. ¿Cuál es la relación entre el programa y el soporte físico? ¿Cómo se afectan el uno al otro? ¿Son las propiedades de los programas y del soporte físico inconmensurables, o diferentes aspectos del mismo fenómeno?
 Comparen:
 (1) Quiero que Jorge llore en este punto de la representación, así que mientras está entre bastidores le haré pensar en algo muy triste o, si no puede, le pondré jugo de cebolla en los ojos.
 (2) Quiero que esta extraña forma helicoidal aparezca en la pantalla en este momento de la presentación, así que programa su aparición o, si no puedes, frota un imán en el cable de la interfaz, de esta manera.
 El tema de la sección siguiente (explicaciones intencionales) arroja algo de luz sobre algunas cuestiones relacionadas.

 ¿POR QUÉ SE HA TOCADO LA CABEZA JUSTO AHORA?

 "Y se plantea el problema; ¿qué queda si resto el hecho de que mi brazo sube del hecho de que levanto mi brazo? Ludwig Wittgenstein

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 Myrtle: ¿Por qué creéis que ese hombre se ha tocado la cabeza justo ahora?
 Jorge: Es el entrenador de la tercera base y está dando la señal al bateador para que dé un golpe suave.
 Marta: Hace mucho viento y está asegurándose de que tiene la gorra bien calada.
 Waldo: Un complejo conjunto de descargas de las neuronas y de contracciones musculares, producido por un conjunto aún más complejo de fenómenos físicos y químicos, ha hecho que el apéndice superior derecho se mueva con tal y tal ángulo y velocidad hacia la parte lateral de la extremidad central más elevada.
 Myrtle: ¿Eh?

 Las explicaciones de Jorge y Marta difieren de la de Waldo de una forma crucial. Ellos explican dando una razón para la conducta en cuestión más que citando leyes causales. Al dar una explicación del comportamiento, Jorge y Marta lo hacen razonable a la luz de ciertas reglas y normas socialmente aceptadas, y de las creencias e intenciones del agente. Las explicaciones de este tipo, que presuponen la racionalidad de los agentes implicados, reciben el nombre de explicaciones intencionales. La explicación de Waldo, por otro lado, es causal. Si esas leyes generales son válidas y se dan esas condiciones, entonces el resultado será ése.
 Adviertan que no hay conflicto entre ambos tipos de explicación. Los dos pueden invocarse para explicar la  misma parcela de comportamiento (que la princesa Diana se haya quedado embarazada, que se hayan borrado las cintas de Watergate), aunque uno u otro pueden ser más apropiados en un contexto determinado.»

*Ministerio de Obras Públicas.

 [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Cátedra, 1988, en traducción de Marta Sansigre, pp. 128-131. ISBN: 84-376-0655-1.]

domingo, 8 de diciembre de 2024

La interpretación de los sueños.- Sigmund Freud (1856-1939)

 

1.- Los sueños
1

 «En tiempos que podemos llamar precientíficos, la explicación de los sueños era para los hombres cosa corriente. Lo que de ellos recordaban al despertar era interpretado como una manifestación benigna u hostil de poderes supraterrenos, demoníacos o divinos. Con el florecimiento de la disciplina intelectual de las ciencias físicas, toda esta significativa mitología se ha transformado en psicología y actualmente son muy pocos, entre los hombres cultos, los que dudan aún de que lo sueños son una propia función psíquica del durmiente.
 Pero desde el abandono de la hipótesis mitológica han quedado los sueños necesitados de alguna explicación. Las condiciones de su génesis, su relación con la vida psíquica despierta, su dependencia de estímulos percibidos durante el sueño, las muchas singularidades de su contenido que repugnan al pensamiento despierto, la incongruencia entre sus representaciones y los afectos a ellas ligados y, por último, su fugacidad y su repulsa por el pensamiento despierto, que considerándolos como algo extraño a él, los mutila o extingue en la memoria, son problemas que desde hace muchos siglos demandan una satisfactoria solución, aún no hallada. El más interesante de todos ellos es el relativo a la significación de los sueños, el cual entraña dos interrogaciones principales. Refiérese la primera a la significación psíquica del acto de soñar, al lugar que el sueño ocupa entre los demás procesos anímicos y a su eventual función biológica. La segunda trata de inquirir si los sueños pueden ser interpretados, esto es, si cada uno de ellos posee un "sentido" tal como estamos acostumbrados a hallarlos en otros productos psíquicos.
 Tres distintas orientaciones se han seguido en el estudio de los sueños. Una de ellas, que ha conservado como un eco de la antigua valoración de este fenómeno ha sido adoptada por varios filósofos, para los cuales la base de la vida onírica es un estado especial de la actividad psíquica, al que incluso consideran superior al normal. Tal es, por ejemplo, la opinión de Schubert, según el cual el sueño sería la liberación del espíritu del poder de la naturaleza exterior, un desligamiento del alma de las cadenas de la materia. Otros pensadores no van tan lejos, pero mantienen el juicio de que los sueños nacen de estímulos esencialmente anímicos y representan manifestaciones de fuerzas psíquicas (de la fantasía onírica, Scherner, Volket) que durante el día se hallan impedidas de desplegarse libremente. Numerosos observadores conceden también a la vida onírica una capacidad de rendimiento superior a la normal por lo menos en determinados sectores (memoria).
 En total oposición a estas hipótesis, coincide la mayoría de los autores médicos en una opinión que apenas atribuye a los sueños el valor de un fenómeno psíquico. Según ella, los sueños son provocados exclusivamente por estímulos físicos o sensoriales, que actúan desde el exterior sobre el durmiente, o surgen casualmente en sus órganos internos. Lo soñado no podrá, por tanto, aspirar a significación ni sentido, siendo comparable a la serie de sonidos que los dedos de un individuo profano en música arrancan al piano al recorrer al azar su teclado. Los sueños deben, pues, considerarse como "un proceso físico inútil siempre y en muchos casos patológico" (Binz) y todas las peculiaridades de la vida onírica se explican por la incoherente labor que órganos aislados o grupos de células del cerebro sumido fuera de ellos en el sueño realizan obedeciendo a estímulos fisiológicos.
 Poco influida por este juicio de la ciencia e indiferente al problema de las fuentes de los sueños, la opinión popular parece mantenerse en la creencia de que los sueños tienen desde luego un sentido -anuncio del porvenir- que puede ser puesto en claro extrayéndolo de su argumento enigmático y confuso por un procedimiento interpretativo cualquiera. Los más empleados consisten en sustituir por otro el contenido del sueño tal y como el sujeto lo recuerda, ora trozo a trozo, conforme a una clave prefijada, ora en su totalidad y por otra totalidad con respecto a la cual constituye el sueño un símbolo. Los hombres serios ríen de estos esfuerzos interpretativos. "Los sueños son vana espuma".

2

  Para mi gran asombro, descubrí un día que no era la concepción médica del sueño, sino la popular, medio arraigada aún en la superstición, la más cercana a la verdad. Tales conclusiones sobre los sueños fueron el resultado de aplicar a ellos un nuevo método de investigación psicológica que me había prestado excelentes servicios en la solución de las fobias, obsesiones y delirios, y que desde entonces había sido aceptado con el nombre de psicoanálisis por toda una escuela de investigadores. Las múltiples analogías de la vida onírica con los más diversos estados psicopatológicos de la vida despierta han sido acertadamente indicadas por numerosos investigadores médicos. Había, pues, desde un principio grandes esperanzas de que un procedimiento investigativo, cuya eficacia se había comprobado en los productos psicopáticos, pudiera aplicarse también a la explicación de los sueños. Las obsesiones  y los delirios son tan extraños a la conciencia normal como los sueños a la conciencia despierta, para la cual permanecen igualmente desconocidos los orígenes respectivos de ambas clases de fenómenos.»

 [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Planeta-De Agostini, 1985, en traducción de Luis López-Ballesteros y de Torres, pp. 7-9. ISBN: 84-395-0001-7.]

domingo, 21 de mayo de 2023

Y el cerebro creó al hombre.- Antonio Damasio (1944)


Antonio Damasio | Planeta de Libros
Parte IV: Mucho tiempo después de la conciencia

Capítulo 11: Vivir con una conciencia
Digresión sobre el inconsciente

    «Si los procesos cerebrales no conscientes están en condiciones de realizar las tareas que realizan por cuenta de las decisiones conscientes, es gracias a que nuestro cerebro logró combinar de manera eficaz la nueva forma de gobernar que la conciencia hizo posible, con la antigua forma basada en la regulación automatizada e inconsciente. Un destacado estudio dirigido por el psicólogo holandés Ap Dijksterhuis recoge algunas pruebas muy apropiadas. Pero para apreciar la importancia de los resultados a los que llegó, es preciso describir antes el marco y la configuración del experimento. A un grupo formado por sujetos normales, el doctor Dijksterhuis les pidió que tomaran unas decisiones de compra en dos condiciones. En la primera, los sujetos emplearon sobre todo la deliberación consciente; en la segunda, en cambio, a los sujetos no les fue posible deliberar conscientemente porque fueron sometidos a un proceso de distracción hábilmente manipulado.
 Había dos clases de artículos susceptibles de compra. De un lado, artículos triviales de menaje, como tostadoras y paños de cocina; del otro, lo que serían grandes compras como, por ejemplo, coches y casas. A cada sujeto se le dio un folleto con amplia información acerca de las ventajas y desventajas de cada uno de los artículos de aquellas dos clases. Se trataba de la habitual información destinada al consumidor en la que no faltaba la indicación del precio; es decir, la clase de información que les habría de ser muy útil cuando tuvieran que escoger el «mejor» artículo posible y comprarlo. Cuando llegó el momento de la decisión, sin embargo, Dijksterhuis sólo dejó que algunos sujetos estudiaran el folleto durante tres minutos antes de tomar una decisión, en tanto que privó a los demás de ello, distrayéndoles durante esos mismos tres minutos. El experimento evaluó a los sujetos participantes sometiéndolos, para ambas clases de artículos, a las dos condiciones, esto es, dejándoles estudiar atentamente la información durante tres minutos o distrayéndoles durante ese mismo período de tiempo.
 ¿Y cuál dirían que fue el resultado del experimento en cuanto a la calidad de las decisiones? Sería perfectamente razonable pensar, por ejemplo, que en cuanto a los artículos triviales de menaje, los sujetos iban a tomar decisiones acertadas tanto si la deliberación era consciente como inconsciente, dado el módico precio de los artículos y la escasa complejidad del problema que planteaba la elección. Decidirse entre dos tostadoras, por meticuloso que sea un sujeto, no es un problema intrincado. En cambio, en cuanto a las grandes compras —como, por ejemplo, con cuál de los coches monovolumen quedarse—, cabía esperar que los sujetos que pudieron estudiar la información fueran los que tomaran las decisiones más acertadas.
 Los resultados difirieron asombrosamente de estas previsiones. Las decisiones que se habían tomado sin mediar ninguna deliberación consciente resultaron más satisfactorias en ambas clases de artículos, pero sobre todo en la de las grandes compras. La conclusión aparente es que cuando vamos a comprar un coche o una casa, es preciso conocer al detalle los hechos, pero, una vez conocidos, no hay que preocuparse ni dar más vueltas a las minuciosas comparaciones de ventajas y desventajas posibles. Es mejor lanzarse. Para que luego hablen de las maravillas de la deliberación consciente. Estos interesantes resultados, ni que decir tiene, no deberían alejarnos de la deliberación consciente, pues lo que sugieren es que los procesos inconscientes son capaces de cierto razonamiento lógico, mucho más de lo que generalmente se creía, y que este razonamiento, una vez adecuadamente ejercitado a través de la experiencia, puede, cuando el tiempo escasea, llevarnos a tomar decisiones convenientes y ventajosas. En las circunstancias en que se llevó a cabo el experimento, la deliberación atenta y consciente, sobre todo en el caso de las grandes compras, no había llevado, sin embargo, a obtener el mejor resultado. El elevado número de variables a considerar, así como el restringido espacio de razonamiento consciente —restringido por el escaso número de cosas a las que se puede prestar atención en un momento determinado—, reducen la probabilidad de tomar la mejor decisión dado lo limitado de la ventana temporal disponible. El espacio inconsciente, en cambio, tiene una capacidad mucho mayor, ya que puede contener y manejar muchas variables que potencialmente ayudan a la mejor elección en una pequeña ventana de tiempo.
 Además de lo que nos dice acerca del procesamiento inconsciente en general, el estudio de Dijksterhuis señala otras cuestiones importantes. Una de ellas es la relacionada con la cantidad de tiempo necesaria para tomar una decisión. Quizá lleguemos, por ejemplo, a escoger el restaurante indiscutiblemente mejor para salir a cenar si disponemos, primero, de toda la tarde para examinar las últimas reseñas gastronómicas, y si luego podemos examinar el precio de los platos que componen la carta, si sabemos dónde queda el restaurante, y si comparamos todos estos datos con nuestras preferencias personales, nuestro estado de ánimo y las posibilidades de nuestra cuenta bancaria. Pero no tenemos toda la tarde para hacerlo. El tiempo cuenta, y sólo podemos dedicar una cantidad “razonable” de tiempo a tomar la decisión. Lo razonable de la cantidad dependerá, por supuesto, de la importancia del asunto a decidir. Dado que no disponemos de todo el tiempo del mundo, en lugar de hacer una gran inversión de tiempo en gigantescos cálculos, vale la pena aprovechar algunos atajos. Y algo que viene muy bien es que, por un lado, los registros emocionales pasados nos serán de utilidad al seguir esos atajos y, por otro, que nuestro inconsciente cognitivo es un buen proveedor de esa clase de registros.
 Todo ello hace que me resulte particularmente atractiva la idea de que nuestro inconsciente cognitivo es capaz de cierto razonamiento, y que dispone de un «espacio» mayor para las operaciones que el de su homólogo consciente. Pero un elemento de una importancia crítica para la explicación de estos resultados guarda una estrecha relación con la experiencia emocional anterior que el sujeto del experimento haya tenido con artículos similares a los que figuran en la clase de las grandes compras. El espacio inconsciente es claramente adecuado para esta manipulación encubierta, pero trabaja en nuestro beneficio en gran medida porque ciertas opciones vienen marcadas inconscientemente por medio de una predisposición vinculada a factores emocionales y afectivos previamente adquiridos. Si bien considero que las conclusiones acerca de las ventajas de la inconsciencia son sin lugar a dudas acertadas, creo, en cambio, que nuestra idea de lo que ocurre por debajo de la espejada superficie de la conciencia gana en riqueza cuando en los procesos inconscientes tomamos en cuenta las emociones y los sentimientos.
 El experimento de Dijksterhuis viene a ilustrar la combinación de facultades conscientes e inconscientes. El procesamiento inconsciente, por sí solo, no es suficiente. En estos experimentos, los procesos inconscientes realizan sin duda mucho trabajo, pero los sujetos se aprovechan de años de deliberación consciente, en cuyo transcurso han ejercitado y adiestrado repetidamente sus propios procesos inconscientes. Además, mientras los procesos inconscientes se realicen con la debida diligencia, los sujetos permanecen plenamente conscientes. Los pacientes inconscientes, ya sea debido a los efectos de la anestesia, o porque han entrado en coma, no toman decisiones sobre el mundo real, del mismo modo que tampoco disfrutan del sexo. Una vez más, la oportuna sinergia entre los niveles de lo implícito y lo explícito prevalece. Nos nutrimos del inconsciente cognitivo con bastante regularidad a lo largo del día, y discretamente le subcontratamos una serie de tareas a la habilidad de su competencia, entre otras, la ejecución de respuestas.
 Así, cuando pulimos una habilidad hasta un nivel en que ya no somos ni siquiera conscientes de los pasos técnicos necesarios para realizarla con destreza, en realidad subcontratamos esa destreza al espacio inconsciente. Cultivamos y ejercitamos nuestras habilidades detenidamente, con plena conciencia, pero luego dejamos que se escondan y pasen a las galerías subterráneas de nuestra mente, dejando libre el exiguo espacio de reflexión consciente.
Y EL CEREBRO CREO AL HOMBRE | ANTONIO DAMASIO | Comprar libro ... El experimento de Dijksterhuis ha significado un gran paso en una línea de investigación que sigue centrada en el papel que las influencias inconscientes ejercen en las tareas de toma de decisiones. En los primeros compases de esa línea de investigación, nuestro grupo presentó pruebas decisivas a este respecto. Demostramos, por ejemplo, que cuando sujetos normales participaban en un juego de cartas que comportaba incurrir en pérdidas o ganancias bajo condiciones de riesgo e incertidumbre, los jugadores empezaban a adoptar una estrategia ganadora ligeramente antes de que fueran capaces de expresar de manera razonada por qué lo hacían. Durante los minutos anteriores a que adoptaran la estrategia ventajosa, los cerebros de los sujetos de aquel experimento producían respuestas psicofisiológicas diferenciales cada vez que sopesaban la posibilidad de sacar una carta de un palo de la baraja que no fuera el principal, es decir, una carta cuyo palo hacía más factible que perdieran, en tanto que la perspectiva de sacar una carta del palo principal no generaba esa respuesta. La belleza del resultado alcanzado estribaba en que los jugadores no perciban, ni tampoco el observador a simple vista, las respuestas fisiológicas, que en el estudio original medimos a través de la conductancia de la piel. Las respuestas ocurrían por debajo del nivel de sensibilidad del radar de la conciencia del sujeto, y ocurrían tan sigilosamente como se producía la deriva del comportamiento hacia la estrategia ganadora.
 Si bien no queda del todo claro qué ocurre exactamente, sea lo que sea, la conciencia del momento no es una condición para que ocurra. Puede ser que el equivalente inconsciente de un presentimiento instintivo “agite” el proceso de toma de decisiones, sesgando, por así decirlo, el cálculo inconsciente, y al hacerlo evite la elección del artículo equivocado. Lo más probable es que un importante proceso de razonamiento discurra inconscientemente por las galerías subterráneas de la mente, y que ese razonamiento produzca resultados sin que ni siquiera lleguen a conocerse los pasos intermedios. Pero, con independencia de cuál sea ese proceso, lo cierto es que produce el equivalente de una intuición, aunque sin el “¡ajá!” que acompaña a la obtención de la solución, sólo como una callada y tranquila resolución.
 Las pruebas que corroboran la existencia de un procesamiento inconsciente no han dejado de acumularse. Las decisiones que tomamos en la vida económica, lejos de estar guiadas por la racionalidad pura, se hallan significativamente influidas por poderosas predisposiciones como, por ejemplo, la aversión a perder o el gozo de ganar. En el modo en que interactuamos con los demás influye asimismo una amplia gama de sesgos y predisposiciones relativas al sexo, la raza, la educación, las costumbres y la forma de hablar y de vestir, entre otras muchas cosas. El escenario de la interacción conlleva también su propio conjunto de predisposiciones vinculadas a la familiaridad y el diseño. Las preocupaciones y las emociones que sentimos antes de la interacción desempeñan un papel asimismo importante, al igual que es importante la hora del día en que ocurre: ¿tenemos hambre? ¿Estamos llenos, ahítos? Expresamos nuestras preferencias sobre la cara de alguien, y lo hacemos a la velocidad del rayo, sin haber tenido siquiera tiempo de procesar conscientemente los datos que habrían avalado la correspondiente deducción razonada, lo que es razón de más para poner mayor cuidado cuando se trata de decisiones importantes, tanto en la vida personal y como en la social. Dejar que la influencia de una emoción pasada guíe la elección de una casa está bien, siempre y cuando antes de firmar el correspondiente contrato nos tomemos un tiempo para reflexionar detenidamente acerca de lo que el inconsciente ofrece como opción. Puede que, entonces, lleguemos a la conclusión de que nuestra elección no es válida, basándonos en el nuevo análisis de los datos, con independencia de la manera en que intuitivamente hayamos juzgado la situación, pues quizá nuestras experiencias pasadas en ese ámbito resulten atípicas, sesgadas o insuficientes. Esto es tanto más importante cuando se trata de nuestro voto en unas elecciones o cuando somos miembros de un jurado popular. Los factores emocionales-inconscientes son uno de los principales problemas a los que se enfrentan los votantes en las elecciones políticas y los miembros de un jurado en los tribunales de justicia. El poder que ejercen los factores emocionales inconscientes es algo tan conocido que, en las últimas décadas, lo que era una maquinaria absolutamente monstruosa de influencia electoral se ha transformado en toda una industria, y lo mismo ha ocurrido con algunos métodos menos conocidos, aunque no por ello menos sofisticados, que permiten influir en la decisión que tomen los miembros de un jurado popular.
 La reflexión y la reevaluación, la comprobación y la verificación de los hechos, así como el recapacitar son aquí esenciales. Se trata de una ocasión extraordinaria para dedicar un tiempo adicional a la decisión, preferiblemente antes de que entremos en la cabina electoral o de que entreguemos nuestro voto al presidente de un jurado.
 Todos los hallazgos y resultados que hemos examinado hasta ahora son ejemplos de situaciones en las que influencias inconscientes, emocionales o de otra índole, así como los pasos de un razonamiento inconsciente inciden en el resultado de una tarea. Sin embargo, los sujetos son mucho más conscientes si se les explica cuáles son las premisas de la tarea que han de realizar, al igual que sucede cuando, una vez tomada la decisión, se les informa acerca de cuáles han sido las consecuencias de sus actos. Queda claro que se trata de ejemplos de componentes inconscientes de unas decisiones que, por lo demás, son conscientes. Si bien nos permiten vislumbrar la complejidad y la variedad de los mecanismos que operan detrás de la fachada supuestamente perfecta del control consciente, no por ello ponen en tela de juicio nuestras facultades deliberativas ni nos exoneran de la responsabilidad de nuestros actos.»

    [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Destino, 2010, en traducción de Ferrán Meler Orti, pp. 231-236. ISBN: 978-84-233-4305-8.]

domingo, 12 de marzo de 2023

La madre de Frankenstein.- Almudena Grandes (1960-2021)


Almudena Grandes | Planeta de Libros
I.-El asombro (1954)


   «En la primavera de 1952, la Clínica Waldau fue seleccionada por un laboratorio farmacéutico que trabajaba en el desarrollo de la clorpromazina, un medicamento descubierto hacía sólo unos meses. El primer neuroléptico de la Historia fue recibido con desconfianza por los psiquiatras más prestigiosos de mi hospital, que no acertaron a intuir la magnitud de la revolución que estaba a punto de desatar. Su conservadurismo me dio la oportunidad de dirigir un ensayo clínico que cambiaría la vida de algunos de mis pacientes, y mi propia vida.
 Me gustaba ser psiquiatra, pero mi trabajo nunca había llegado a emocionarme. Casi todos los días me sentía igual que un entomólogo que clavara insectos en un corcho, para observar durante cuánto tiempo eran capaces de seguir moviendo las patas y anotar cuidadosamente los resultados, pero aquella experiencia me convirtió en un médico de verdad. La nueva medicación no sólo funcionaba mucho mejor que los electrochoques, los comas insulínicos, los baños en agua helada y otras torturas terapéuticas. La clorpromazina curaba o, al menos, suprimía los síntomas de enfermedades que habíamos creído no poder derrotar jamás. Por eso, para contarlo, fui a Viena en septiembre de 1953.
 El día que firmé la primera autorización para que pasara una semana con su familia, Walter Friedli estaba a punto de cumplir cuarenta y ocho años. Había ingresado en la Clínica Waldau a los diecinueve. Cuando lo conocí, a media mañana de un día de enero de 1947, apenas me miró. Levantó un instante hacia mí sus ojos claros, aguados, hundidos en las cuencas, y volvió a fijarlos en sus manos. No le interesaba yo, no le interesaba nada, no le interesaba nadie. Dormía muchas horas. No le dirigía la palabra al personal de la clínica ni al resto de los internos. Pasaba la mayor parte del día sumido en una apatía casi absoluta, sólo interrumpida por la energía con la que negaba de vez en cuando con la cabeza, pero por las tardes sufría enormemente.
 A la hora de la merienda, se sentaba en el alféizar de una ventana de la galería. Siempre la misma ventana, a la misma hora, en la misma postura. Entonces sí hablaba, al principio en un murmullo, aunque el volumen de su voz se iba incrementando en proporción al tormento que le causaban las voces que escuchaba. Walter Friedli era esquizofrénico y tenía alucinaciones acústicas. Todas las tardes se peleaba con su madre, que había fallecido de un ataque cardíaco antes de que él cumpliera tres años, pero le culpaba de haberla asesinado. Recibía otras visitas, de personas a las que había conocido, de otras que jamás habían existido, y todas le perseguían con la misma saña, todas le acosaban, le insultaban, le exigían que hiciese cosas que no podía hacer. No puedo, gritaba, no puedo hacer eso, no puedo salir de aquí, sabes que no puedo... Durante un par de horas argumentaba, gritaba, desafiaba a sus enemigos, luchaba con ellos y, al fin, se rendía. Luego se echaba a llorar, cubriéndose la cabeza con los brazos para protegerse de los ataques del aire, que le dolían más que los golpes auténticos.
 En la hora más triste de cada día, el señor Friedli se deshacía en sollozos como un animalillo inerme acosado por una manada de fieras. Así era exactamente como se sentía. Si el cielo estaba nublado, era difícil  distinguir el color de las nubes del color de su rostro. Si llovía, el llanto manso, impotente, de su rendición parecía una prolongación natural del agua que empapaba los cristales. El crepúsculo y él se convertían entonces en una sola cosa, siempre la lluvia, la oscuridad, un cielo de nubes negras con forma humana. Ni siquiera los intensos contrastes de las puestas de sol del verano impedían que él siguiera lloviendo por dentro, porque el infierno donde vivía era insensible al clima, a las estaciones, a la luz. Sólo respetaba, con una puntualidad escrupulosa, la hora de su cita con los monstruos. Así vivía el ser más desamparado que yo había conocido, un hombre que estaba sano, que era fuerte, que tenía una hermana mayor que le quería.
 Cada domingo, Marie Augustine Bauer, nacida Friedli, se arreglaba el pelo, se pintaba los labios, se ponía su mejor ropa para venir a visitar a Walter. Era una mujer encantadora, siempre amable, sonriente incluso en el instante en el que se sentaba en el alféizar, a su lado, e intentaba cogerle de la mano. Él a veces se dejaba. Otras no. A veces, Marie Augustine le hablaba de la madre de ambos. Le contaba que había sido una mujer muy buena, cariñosa, que le había querido mucho antes de morir durmiendo, sin la intervención de nadie. Walter hablaba con sus propias voces, como si no escuchara la de su hermana, aunque algunos domingos, después de un rato, guardaba silencio y parecía interesarse en lo que oía. Entonces era peor. Entonces la pegaba, la empujaba, la tiraba al suelo, pero Marie Augustine jamás se enfadaba con él. Se levantaba, se arreglaba la ropa, iba un momento al baño y volvía a su lado. Cuando se despedía de nosotros, sonreía una vez más y nos daba las gracias por cuidar de su hermano.
 Por ella, más que por él, elegí a Walter. Cuando la clorpromazina empezó a dar resultados en los pacientes agudos, los que habían ingresado con brotes psicóticos o estados de ansiedad profunda, cuando empezaron a mejorar tan deprisa que ellos mismos me contaban cómo habían evolucionado sus síntomas, y comprendían lo mal que habían estado, y decidían que ya estaban en condiciones de volver a casa y hacer una vida normal, empecé a medicar al señor Friedli. Era un caso previsto en el protocolo. Aunque, en principio, lo que se esperaba de la clorpromazina era que mejorara las condiciones de vida de los agudos, el ensayo contemplaba la valoración de su efecto en los enfermos crónicos. Antes de explicar cómo había cambiado la vida de Walter, hice una pausa y miré hacia los asientos centrales de la octava fila.
 En septiembre de 1953, en el simposio de neuropsiquiatría de Viena, intervine en una sesión dedicada íntegramente a los ensayos clínicos de la clorpromazina, junto con cinco psiquiatras de otras tantas clínicas europeas con los que había estado en contacto a lo largo del proceso. No teníamos límite de tiempo. La organización había reservado para nosotros una mañana entera, y ya habían transcurrido casi tres horas cuando tomé la palabra en penúltimo lugar. Sólo en ese momento, una señora rubia y muy alta, como una giganta de formas más obesas que opulentas, empezó a cuchichear en el oído del individuo sentado a su lado. Él era moreno de piel, más menudo, con la frente estrecha tan común en los europeos meridionales y el pelo fuerte, ondulado, muy oscuro aún pese a las canas, más amarillentas que blancas, que lo salpicaban. Al principio, pensé que sería italiano, pero me di cuenta a tiempo de que durante la intervención de mi colega milanés, la segunda de la mañana, había estado callada. Aquella valquiria madura sólo se interesó por Walter, sólo me molestó a mí. Así me di cuenta de que el destinatario de su traducción era español.
La madre de Frankenstein - Almudena Grandes | Planeta de Libros La Asociación Europea de Psiquiatría no había invitado a ningún psiquiatra del que jamás dejaría de ser mi país. Su exclusión no sólo representaba una toma de postura contra la dictadura de Franco. Era también una denuncia expresa de las doctrinas eugenésicas patrocinadas por el Estado franquista, y de la férrea aplicación de la moral ultracatólica que, al interferir continuamente con la práctica psiquiátrica, había provocado un dramático retroceso a épocas muy oscuras. Sin embargo, aquella mañana, dos especialistas muy célebres, uno belga, otro alemán, estaban sentados entre el público, pese a que la organización les había invitado a marcharse antes de que empezara el simposio en el que pretendían inscribirse. Aunque todo el mundo sabía que, antes de la derrota de Hitler, ambos habían pedido a los directores de algunos campos de concentración nazis que les enviaran cerebros de personas gaseadas para su estudio, las sesiones de Viena eran públicas y nadie les había impedido entrar a escucharnos. Pero si seguí hablando de Walter Friedli, si traté de transmitir al auditorio la euforia que me invadió cuando empezó a hablar conmigo, cuando me dijo que hacía algunos días que no escuchaba la voz de su madre, que había estado pensando que Marie Augustine tenía razón, que ella no podía acusarle de haberla asesinado, no fue por eso, ni porque la mujer rubia no se diera por aludida cuando dejé de hablar y la miré. Si seguí hablando fue porque el hombre sentado a su lado aprovechó mi pausa para sonreírme, y movió la mano en el aire como si estuviera seguro de que yo le devolvería el saludo.
 Al terminar la sesión, me esperaba en el vestíbulo con una sonrisa aún más radiante. Avanzó hacia mí, abrió los brazos y me llamó por un nombre que sólo recordaba haber escuchado antes en otra voz.
 —¡Piloto! —era mi padre quien me llamaba así, porque de pequeño quería ser aviador—. ¡Qué alegría volver a verte! Dame un abrazo.
 Me dejé abrazar por él sin saber quién era, pero cuando sus brazos me soltaron, la expresión de su rostro, en especial la leve ironía que la curva de sus cejas imprimía sobre un gesto sorprendido y risueño a partes iguales, me resultó dolorosamente familiar.
 —Claro —y le hablé en español, sin pararme a calcular cuánto tiempo hacía que no hablaba en mi lengua salvo conmigo mismo—. Claro, usted era... —hice una pausa para volver a mirarle y estuve ya seguro—. Usted era alumno de mi padre, ¿verdad?
 —¡Justo! Pero no me llames de usted, hombre. Cuando levantabas esto del suelo —extendió el brazo con la mano en posición horizontal, para marcar la estatura de un niño de cinco o seis años— me llamabas Pepe Luis, así que...
 Aquel diminutivo hizo todo el trabajo. Gracias a él, recuperé la imagen de un chico muy joven, delgado pero atlético, con cierto atractivo agitanado. Tenía los brazos largos, fuertes, y el pecho imberbe en contraste con la sombra perpetua de una barba negra, que se resistía al afeitado con tanta tenacidad como si no adivinara que su espesura sucumbiría al paso del tiempo. Todo eso rescaté de mi memoria pero, antes que nada, recordé que me caía mal.
 Entre todos los discípulos de mi padre que solían venir a casa a cenar o a tomar una copa, él era el único que se comía a mi madre, su melena clara, sus costillas mullidas, sus caderas redondas, con los ojos. Volví a verle mirándola, siguiendo sus pasos por el salón con la misma devota fascinación con la que un niño habría mirado el mar por primera vez. Recordé la velocidad a la que se levantaba para ayudarla a recoger los vasos, las risas de ambos resonando desde la cocina, la mueca burlona de mi padre mientras negaba con la cabeza y los celos salvajes, terribles, que me inspiraba su inofensivo galanteo. Cuando se marchaba, mi madre se sentaba al lado de su marido y se quejaba sin dejar de sonreír, joder, qué pesado es Pepe Luis, deberías dejar de invitarle. Él respondía tomándole el pelo, anda, tonta, no te quejes, que en el fondo te gusta... Eso debería haber bastado para serenarme, y sin embargo, nunca desperdicié la ocasión de ser desagradable con él. Deja en paz a mi mamá, le decía. Te odio. Le voy a decir a papá que te suspenda. Mamá ha dicho que no quiere que vuelvas por aquí nunca más... Él se echaba a reír y levantaba los puños en el aire como si me invitara a boxear, o me cogía por la cintura para ponerme boca abajo. Entonces le odiaba todavía más. A punto de cumplir treinta y tres años, en el vestíbulo de la Facultad de Medicina de la Universidad de Viena, aquella hostilidad me inspiró tanta vergüenza que acepté sin titubeos su invitación a cenar.»

   [El texto pertenece a la edición en español de Tusquets Editores, 2020, pp. 17-21. ISBN: 978-84-9066-792-7.]