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domingo, 4 de enero de 2026

La interpretación de los sueños.- Sigmund Freud (1856-1939)

6.- Material y fuentes de los sueños
g) El sueño de examen

  «Todo aquél que ha terminado con el examen de grado sus estudios de bachillerato puede testimoniar de la tenacidad con que le persigue el sueño de angustia de que va a ser suspendido y tendrá que repetir el curso, etcétera. Para el poseedor de un título académico se sustituye este sueño típico por el de que tiene que presentarse al examen de doctorado, sueño durante el cual se objeta en vano que hace ya muchos años que obtuvo el deseado título y se halla ejerciendo la profesión correspondiente. En estos sueños es el recuerdo de los castigos que en nuestra infancia merecieron nuestras faltas lo que revive en nosotros y viene a enlazarse a los dos puntos culminantes de nuestros estudios, al dies irae, dies illa de los rigurosos exámenes. El "miedo de examen" de los neuróticos halla también un incremento en la citada angustia infantil. Terminados nuestros estudios, no es ya de nuestros padres, preceptores o maestros, de quienes hemos de esperar el castigo a nuestras faltas, sino de la inexorable concatenación causal de la vida, la cual toma a su cargo continuar nuestra educación y entonces es cuando soñamos con los exámenes -¿y quién no ha dudado de su éxito?- siempre que tememos que algo nos salga mal en castigo a no haber obrado bien o no haber puesto los medios suficientes para la consecución de un fin deseado; esto es, siempre que sentimos pesar sobre nosotros una responsabilidad.
 A una interesante observación de un colega, conocedor de estas cuestiones, debo un más amplio esclarecimiento de estos sueños, pues me llamó la atención sobre el hecho, por él comprobado, de que el sueño de tener que doctorarse nuevamente era siempre soñado por personas que habían salido triunfantes de dicho examen y nunca por aquellas otras que en él habían sido suspensas. Estos sueños de angustia, que suelen presentarse cuando al día siguiente ha de resolverse algo importante para nosotros, habrían, pues, buscado en el pretérito una ocasión en que la angustia se demostró injustificada y quedó contradicha por el éxito. Tendríamos aquí un singular ejemplo de interpretación errónea del contenido onírico por la instancia despierta. La objeción interpretada como rebelión contra el sueño: "Pero, ¡si ya tengo el título!", etc, sería, en realidad, un aliento proporcionado por el mismo: "No temas; recuerda el miedo que sentiste antes del examen de doctorado y recuerda que nada malo te pasó. Hoy tienes ya tu título", etc. Resulta, pues, que la angustia que atribuíamos al sueño procedía de los restos diurnos. Esta explicación se ha demostrado cierta en todos los sueños de este género, propios y ajenos, que he podido investigar. La medicina legal, asignatura en la que fui suspenso, no me ha ocupado jamás en sueños, mientras que muchas veces he soñado examinarme de Botánica, Zoología y Química, disciplinas en las que mi miedo al examen estaba muy justificado, pero que aprobé por especial favor del destino o del examinador. Entre las asignaturas de segunda enseñanza escogen siempre mis sueños la Historia, disciplina en la que rayé a gran altura, pero sólo porque mi amable profesor -el tuerto de otro sueño (cap. 2, apart. b)- se dio cuenta de que al devolverle el programa había hecho con la uña una señal, junto a la segunda pregunta, para advertirle que no insistiera mucho sobre ella. Uno de mis pacientes, que aprobó el examen de doctorado y fue luego suspendido en la Academia Militar, me ha confirmado que sueña muchas veces con el primer examen y jamás con el último.
 Los sueños de examen presentan, para la interpretación, aquella dificultad que antes señalamos, como característica de los sueños típicos. El material de asociaciones que el sujeto pone a nuestra disposición rara vez resulta suficiente, y de este modo, sólo por la reunión y comparación de numerosos ejemplos nos es posible llegar a la inteligencia de estos sueños. Recientemente experimenté en un análisis la segura impresión de que la frase: "Pero ¡si ya eres doctor!", etc. no se limita a encubrir una intención alentadora, sino que entraña también un reproche: "Tienes ya muchos años y has avanzado mucho en la vida; mas, a pesar de ello, sigues haciendo bobadas y niñerías". El contenido latente de esos sueños correspondería, pues, a una mezcla de autocrítica y aliento, y siendo así, no podremos extrañar que el reproche de seguir cometiendo "bobadas" y "niñerías" se refiera, en los ejemplos últimamente analizados, a la repetición de actos sexuales, contra los que hay algo que se opone en nosotros.»

 [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Planeta-De Agostini, 1985, en traducción de Luis López-Ballesteros y de Torres, pp. 304-306. ISBN: 84-395-0001-7.] 

domingo, 1 de diciembre de 2024

La tía Tula.- Miguel de Unamuno (1864-1936)

 

VII

 «Ahora, ahora que se había quedado viudo, era cuando Ramiro sentía todo lo que sin él siquiera sospecharlo había querido a Rosa, su mujer. Uno de sus consuelos, el mayor, era recogerse en aquella alcoba en que tanto habían vivido amándose y repasar su vida de matrimonio.
 Primero el noviazgo, aquel noviazgo, aunque no muy prolongado, de lento reposo, en que Rosa parecía como que le hurtaba el fondo del alma siempre, y como si por acaso no la tuviese o haciéndole pensar que no la conocería hasta que fuese suya del todo y por entero; aquel noviazgo de recato y de reserva, bajo la mirada de Gertrudis, que era todo alma. Repasaba en su mente Ramiro, lo recordaba bien, cómo la presencia de Gertrudis, la tía Tula de sus hijos, le contenía y desasosegaba, cómo ante ella no se atrevía a soltar ninguna de esas obligadas bromas entre novios, sino a medir sus palabras.
 Vino luego la boda y la embriaguez de los primeros meses, de las lunas de miel; Rosa iba abriéndole el espíritu, pero era éste tan sencillo, tan transparente, que cayó en la cuenta Ramiro de que no le había velado ni recatado nada. Porque su mujer vivía con el corazón en la mano y extendía ésta en gesto de oferta y con las entrañas espirituales al aire del mundo, entregada por entero al cuidado del momento, como viven las rosas del campo y las alondras del cielo. Y era a la vez el espíritu de Rosa como un reflejo del de su hermana, como el agua corriente al sol de que aquél era el manantial cerrado.
 [...]
 ¡Qué de recuerdos! Aquellos juegos cuando la pobre se le escapaba y la perseguía él por la casa toda, fingiendo un triunfo para cobrar como botín besos largos y apretados, boca a boca; aquel cogerle la cara con ambas manos y estarse en silencio mirándole el alma por los ojos y, sobre todo, cuando apoyaba el oído sobre el pecho de ella, ciñéndole con los brazos el talle, y escuchándole la marcha tranquila del corazón, le decía: "¡Calla, déjale que hable!"
 Y las visitas de Gertrudis, que con su cara grave y sus grandes ojazos de luto a que asomaba un espíritu embozado, parecía decirles: "Sois unos chiquillos que cuando no os veo estáis jugando a marido y mujer; no es ésta la manera de prepararse a criar hijos, pues el matrimonio se instituyó para casar, dar gracias a los casados y que críen hijos para el cielo".
 ¡Los hijos! Ellos fueron sus primeras grandes meditaciones. Porque pasó un mes y otro y algunos más y al no notar señal ni indicio de que hubiese fructificado aquel amor, "¿tendría razón -decíase entonces- Gertrudis? ¿Sería verdad que no estaban sino jugando a marido y mujer, y sin querer, con la fuerza toda de la fe en el deber, el fruto de la bendición del amor justo?" Pero lo que más le molestaba entonces, recordábalo bien ahora, era lo que pensarían los demás, pues acaso hubiese quien le creyera a él, por no haber podido hacer hijos, menos hombre que otros. ¿Por qué no había de hacer él, y mejor, lo que cualquier mentecato, enclenque y apocado hace? Heríale en su amor propio; habría querido que su mujer hubiese dado a luz a los nueve meses justos y cabales de haberse ellos casado. Además, eso de tener hijos o no tenerlos debía depender -decíase entonces- de la mayor o menor fuerza de cariño que los casados se tengan, aunque los hay enamoradísimos uno de otro y que no dan fruto, y otros, ayuntados por conveniencias de fortuna y ventura, que se cargan de críos. Pero -y esto sí que lo recordaba bien ahora- para explicárselo había fraguado su teoría, y era que hay un amor aparente y consciente, de cabeza, que puede mostrarse muy grande y ser, sin embargo, infecundo, y otro sustancial y oculto, recatado aun al propio conocimiento de los mismos que lo alimentan, un amor del alma y el cuerpo enteros y juntos, amor fecundo siempre. ¿No querría él lo bastante a Rosa o no le querría lo bastante Rosa a él? Y recordaba ahora cómo había tratado de descifrar el misterio mientras la envolvía en besos, a solas, en el silencio y oscuridad de la noche, y susurrándola, una y otra vez al oído, en letanía, un rosario de "¿me quieres, me quieres, Rosa?", mientras a ella se le escapaban los síes desfallecidos. Aquello fue una locura, una necia locura, de la que se avergonzaba apenas veía entrar a Gertrudis derramando serena seriedad en torno, y de aquello le curó la sazón del amor cuando le fue anunciado el hijo. Fue un transporte loco..., ¡había vencido! Y entonces fue cuando vino, con su primer fruto, el verdadero amor.
  El amor, sí. ¿Amor? ¿Amor dicen? ¿Qué saben de él todos esos escritores amatorios, que no amorosos, que de él hablan y quieren excitarlo en quien los lee? ¿Qué saben de él los galeotos de las letras? ¿Amor? No amor, sino mejor cariño. Eso de amor -decíase Ramiro ahora- sabe a libro; sólo en el teatro y en las novelas se oye el yo te amo; en la vida de carne y sangre y hueso el entrañable ¡te quiero! y el más entrañable aún callárselo. ¿Amor? No, ni cariño siquiera, sino algo sin nombre y que no se dice por confundirse ello con la vida misma. Los más de los cantores amatorios saben de amor lo que de oración los masculla-jaculatorias, traga-novenas y engulle-rosarios. No, la oración no es tanto algo que haya que cumplirse a tales o cuales horas, en sitio apartado y recogido y en postura compuesta, cuanto es un modo de hacerlo todo votivamente, con toda el alma y viviendo en Dios. Oración ha de ser el comer, y el beber, y el pasearse, y el jugar, y el leer, y el escribir, y el conversar y hasta el dormir, y el rezo todo, y nuestra vida un continuo y mudo "hágase tu voluntad" y un incesante "¡venga a nos el tu reino!", no ya pronunciados, mas ni aun pensados siquiera, sino vividos. Así oyó la oración una vez Ramiro a un santo varón religioso que pasaba por maestro de ella, y así lo aplicó él al amor luego. Pues el que profesara a su mujer y a ella le apegaba veía bien ahora en que ella se le fue, que se le llegó a fundir con el rutinero andar de la vida diaria, que lo había respirado en las mil naderías y frioleras del vivir doméstico, que le fue como el aire que se respira y al que no se le siente sino en momentos de angustioso ahogo, cuando nos falta. Y ahora ahogábase Ramiro, y la congoja de su viudez reciente le revelaba todo el poderío del amor pasado y vivido.»

 [El texto pertenece a la edición en español de Salvat Editores, 1969, pp. 52-55. Depósito legal: M-8.545-1969.]

jueves, 3 de marzo de 2022

La procesión infinita.- Diego Trelles Paz (1977)


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Parte final

París. Verano, 2015
Uno

 «Es un poco así. El tedio profundo, como una niebla callada, reúne a todos los hombres en una común y extraña indiferencia. Estoy parafraseando. Eso no lo escribí yo sino Heidegger, y yo leí a Heidegger en el colegio, a los dieciséis. No entendí mucho. Me gustaba, sí, la elegancia de sus palabras y su tono elegíaco. El adjetivo que usa el filósofo alemán para describir ese estado emocional donde todo parece inútil (“profundo”), me hace pensar en la nada que todo lo rodea y contagia. Me hace también pensar en mí y en esta historia que empieza por el final, es decir, conmigo, anegado por el sudor y las lágrimas y mirando el techo de mi buhardilla parisina sin saber por qué.
 Sospecho que es el dolor de la ignorancia, el sufrimiento que arrastro por no saber qué pasó. Una vez más: la misma sensación, el mismo tortuoso sometimiento que me sumerge en estas depresiones pasajeras que ya no me permiten escribir. Pienso en Francisco constantemente, no puedo evitarlo. Dulce amigo mío, libérame de tu sombra: ¿por qué hiciste eso? ¿Por qué nunca dijiste nada? ¿Por qué te fuiste así de pronto sin hablar conmigo? Las mismas preguntas sin respuesta. El caso cerrado desde hace dos años. El suicidio confirmado que clausuró toda investigación. Y ya nadie se acuerda. Las absurdas explicaciones que lo reducen todo a su depresión, al final de su matrimonio, a sus adicciones, a sus múltiples deudas, a su posible bancarrota. Ninguno de ellos sabe lo que nos ocurrió en Berlín. Ninguno considera relevante que Francisco se suicidara en la misma habitación del mismo hotel que tomamos en 2008.
 “Los suicidas tiene sus propios rituales. Cuando no dejan notas explicativas, uno puede interpretar su última voluntad por el lugar y la forma en que se matan. Sobre todo si su muerte toma por sorpresa a sus parientes y amigos”. Así me lo dijo –en inglés- el hombre calvo y lampiño que lidiaba con estos asuntos en Berlín. No había mucho más que hacer. El asalto y la agresión contra Francisco y la posible muerte de la prostituta rubia, que yo relataba cinco años más tarde, no tenían ninguna denuncia policial que las sustente. Tampoco habían aparecido en la prensa de la época. El burócrata me miraba con cortés aprensión, pensando seguramente que yo estaba demente o muy dañado por lo ocurrido. No volví a insistir. Regresé a París abatido y molesto. Fue, por entonces, que el estrés empezó a afectarme seriamente.
 Aquí en Francia ese estado de feroz melancolía se llama spleen y fue popularizado por Charles Baudelaire. “Una angustia atroz y despótica”, escribió en uno de sus versos más célebres. El spleen es más común de lo que uno cree. El spleen mata sin causa aparente. Pero mejor dejemos eso por un  momento. No quisiera ser descortés y continuar este manuscrito sin presentarme. Mi nombre es Diego, pero mis amigos en Lima me dicen el Chato. Es cierto que escribo y que he podido publicar algunos de mis libros en el Perú y en otros países. Vine a París un poco por inercia, siguiendo la ruta de otros escritores que descubrí en mi adolescencia y que ya están muertos. Hoy, por cierto, cumplí  treinta y ocho y, como todos los años desde que resolví odiarlo (antes hacía fiestas en mi casa y aterrorizaba a mis padres con el ruido), sintiendo en el pecho las patitas peludas de la angustia, pensé seriamente en los infinitos inconvenientes y pesares que genera un suicidio.
 La imagen de las patas tiene algo de espeluznante pero la considero precisa: el ahogo y los agudos dolores de pecho que preceden la llegada del pánico tienen, en mi cabeza, forma de araña. La metáfora animal no es gratuita. Es casi un testimonio porque vivo con una araña francesa que se alimenta de mí cuando duermo. Tengo los brazos y las piernas salpicados de pústulas de agua turbia que siento placer al reventar. La médica dijo que era una araña y me mostró en Google la imagen de un bicho azul y alargado que parecía un ciempiés. La voluntad de matarla me parecía lógica y necesaria porque las ampollas pican y pueden ser dolorosas, pero luego pensé que no sería una mala idea encontrarla, atraparla y tenerla cautiva en uno de los cofrecitos de la marihuana holandesa que me trae el buen Omar Nietzsche; y quizás darle un nombre (algo que ya hice aunque nunca la he visto, se llama Filomena y lleva mi apellido porque mis mascotas son como mis hijos), y observarla, de madrugada, con una lupa de juguete y decirle: Filomena, mira lo que me hiciste en la piel por pendeja, lo nuestro es una historia de amor salvaje.
Resultado de imagen de diego trelles paz la procesio infinita Desafiando con la vista el sol parisino que incendia mi buhardilla por las mañanas, pienso en esto que escribo y en la verdadera utilidad de la escritura. ¿Por qué estoy llorando?, me pregunto en silencio, ¿me sigue haciendo tanto daño lo de Francisco? No lo sé. O de repente sí lo sé pero no me atrevo a verbalizarlo. Es como si ahora las palabras pudieran hacerlo todo más grave y perturbador hasta el punto de convertirlo en irreversible. Las palabras. Lo único que siempre he defendido con intensidad y altura, con la voz y con el cuerpo, como si en esa lucha por aceptar el profundo sentido de las cosas se me hubiese ido la vida, o lo que se supone que es la vida cuando la nombras, cuando capturas con signos lingüísticos la lógica de esa realidad impuesta que nos agrede y nos envilece y nos tuerce el cuello. El horror, ahora mismo, es perderlas. Permitir que el luto que arrastro por dentro destruya, sin ellas, mi identidad. Repetir como un rezo perpetuo la ceremonia del adiós y hundirme, enfermo de muerte, en esa infinita melancolía que es el preludio del fin.
 Mi antídoto transitorio ha sido disociarme. Ser otro. Pensar como otro. Vivir como otro. Observar con distancia el duelo que hunde su pico en mis órganos y los devora con lentitud. Negar el dolor con frialdad y cinismo. De eso se trata. Es una estrategia útil pero tiene su límite perverso. Disociar es como aguantar la respiración bajo el agua. Al final, ¿qué queda? Nada, no queda nada: aire o muerte, no hay otra opción. Esto que escribo, por el contrario (dicen los psicólogos, lo leí en Internet), serviría para procesar el dolor. La idea es escribir como una forma de terapia. Una idea que ciertamente me repugna. Una idea a la que me aferro con cobardía pero que es, en realidad, una afrenta. Nunca pensé que caería tan bajo. ¿De qué sirve el escritor que desconfía de sus palabras? Si les teme, si la realidad que contienen se ha vuelto espejismo y simulacro y pesadilla eterna, ¿qué otro camino le queda sino la muerte?
 Ah, la muerte. Recuerdo esa vez que un editor español se ofendió profundamente conmigo porque dije que los suicidas eran valientes. Fui imprudente, lo confieso: un estudiante suyo, de catorce o quince años, un chico sincero y brillante –quién iba a pensarlo-, se había lanzado de madrugada a las vías del tren, y ese pequeño pueblo costero de Barcelona, en el que nació y creció y perdió la virginidad y abandonó para siempre con el corazón hecho un hueco, fue tomado por esa desesperación colectiva que produce la incertidumbre. Es probable, entonces, que me equivocase. Mis lecturas han sido fundamentales para reafirmar valores y convicciones, y también implacables en la formación de mi temperamento. La valentía del suicida –creo recordar- estaba relacionada con una cita en la que Arthur Schopenhauer habla del suicidio como de la afirmación más poderosa de la voluntad y del querer vivir. “El suicida ama la vida; lo único que pasa es que no acepta las condiciones en que se le ofrece”, afirma el filósofo alemán, y con ello comprendí que el suicidio no es señal del deseo de muerte sino, por el contrario, manifestación de la aceptación y la afirmación de una vida sin sufrimientos.
 En cuanto a las palabras que me abandonaron, que aparentemente se fueron, tengo un enorme dilema. En realidad es miedo: tengo miedo de no poder volver a escribir. Es la primera vez, en muchos meses, que puedo pasar de una página sin borrarla o destruirla por vergüenza. Vuelvo, entonces, sobre mi plan indecoroso de luchar contra mi sequía creativa escribiendo sobre mi amigo muerto. Las posibilidades de que esto termine siendo una novela son nulas. A lo máximo podría aspirar a convertirse en un diario de apuntes o en una miscelánea sobre mi búsqueda. Permítanme, entonces, hablarles un poco sobre esto último: mi búsqueda. No es verdad que sólo haya venido a París a escribir. Mentí un poco. Algunos meses después de la muerte de Francisco, estando en Lima, me enteré de que Cayetana Herencia vivía aquí desde 2011. Sé que todo esto es confuso (ya intentaré explicarlo). Bastará decir que Cayetana fue, al parecer, mujer de Francisco y estuvo en Berlín el día en que fue asaltado y agredido, de una manera brutal, por una banda de delincuentes.
 ¿Cómo contar todo esto como si fuera falso? ¿Cómo intentar resolver el enigma de la muerte de mi amigo en tiempo real? Es un poco raro: soy sólo un escritor bloqueado fracasando en París, pero parece que las circunstancias me empujaran a pensar y actuar como un detective. Lo más probable es que, al final, me quedé con la segunda opción. Ya dije que no veo cómo esto pueda llegar a ser una novela, y la única historia que deseo relatar es aquella en la que descubro lo que ocurrió con Francisco y el spleen de mi vida se acaba para siempre.»

     [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Anagrama, 2017, pp. 191-196. ISBN: 978-84-339-9338-5.]

miércoles, 7 de abril de 2021

Tenga usted éxito en su muerte. Anti-método para vivir.- Fabrice Hadjadj (1971)


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2.-La gracia del miedo

Sobre el pánico a morir
El coraje de tener miedo

 «Tito Livio cuenta que en la primera batalla contra Aníbal, una tropa romana, presa de espanto y no  sabiendo por dónde huir, se arrojó derecha hacia los cartagineses, que les hicieron un gran número de víctimas, “pagando por una vergonzosa huida el mismo precio que hubiera tenido una gloriosa victoria”. El miedo da alas. Ocurre incluso que la gallina toma un impulso más potente que el águila. Se alaba en ese caso su coraje, cuando lo único que hay es una cobardía tan alocada que pone todo patas arriba en su huida. El temerario, además, es siempre un poco cobarde. No tiene la paciencia de mantener su posición. Desconoce lo realmente temible, y así, con prisa por acabar, temeroso de afrontar a un enemigo de su talla, se mete en la boca del lobo.
 ¿En qué consiste, pues, el verdadero coraje? La virtud de la fortaleza, recuerda Aristóteles, consiste menos en atacar que en aguantar, menos en superar que en soportar. “Lo que a ciertos hombres les vale el título de fuertes es, ante todo, soportar la adversidad”. Desde ese punto de vista, las películas de artes marciales nos presentan a individuos particularmente débiles: los zarandean un poco y, ¡zas!, le propinan un patadón en la cara a su prójimo; los hieren en la comisura de la boca y, ¡bum!, una avalancha de miembros acribilla y desmenuza al adversario. Su fuerza física disimula una gran debilidad moral. Es lo contrario de las películas de Bergman, por ejemplo, donde se despliega un arte marcial verdaderamente soberano: mujeres que soportan el engaño y el abandono de los hombres y que, a veces, manifestación suprema de su potencia, llegan a perdonar.
 Resistir exige más fuerza que atacar por tres razones, recuerda Tomás de Aquino: “1º) El que ataca juega el papel del más fuerte; el que resiste es, pues, el más débil que resiste al más fuerte, lo que siempre es más difícil. 2º) Para el que ataca, el peligro parece alejado, ahora bien es más difícil no ser conmovido por cosas presentes que por cosas futuras. 3º) Resistir se prolonga en el tiempo; atacar, por el contrario, puede ser el efecto de un impulso repentino. Ahora bien, es más incómodo permanecer mucho tiempo inconmovible que dirigirse inmediatamente a algo difícil. Lo cual hace decir a Aristóteles que “algunos que corren al encuentro de los peligros, desaparecen cuando se encuentran en medio de ellos; los hombres fuertes hacen todo lo contrario”. El hombre fuerte no va al encuentro del peligro. Pero, si se encuentra en medio de la tempestad, no suelta el timón.
 Si no hubiera nada de temible en aguantar, ¿dónde estaría el coraje? Tener un corazón de piedra es no tener corazón. El verdadero coraje no consiste en no tener miedo, sino en soportar un miedo legítimo, en asumir la angustia, y no en huir de ella. Se pueden extraer de esto unas cuantas conclusiones: la fe más fuerte es la que soporta más oscuridad; la esperanza más fuerte, la que soporta más desesperanza; la caridad más fuerte, la que soporta más asco. Para esta última virtud Santa Teresita era ejemplar. Mostraba una mayor diligencia por aquellas de sus hermanas que le causaban la mayor antipatía. Tenía ganas de soltarles una bofetada. Pero les ofrecía flores. No se trataba de hipocresía. Era la fuerza de una caridad perfecta. La hipocresía, por el contrario, hubiera sido ser superficialmente sincera y dejar ver una antipatía que no dijera nada de los esfuerzos del corazón.
 Pero ¿es legítimo el miedo a la muerte? ¿Cómo tener miedo si se asegura la inmortalidad de su alma? ¿No sería ese miedo únicamente fruto de la ignorancia? Algunos cristianos lo dicen y absorben así su tranquilizante. Hemos hablado hace un momento del juicio: eso debería bastar para devolverles unos santos cólicos. Pero hay otra cosa, que es una paradoja central del martirio y la valentía auténtica. “Cuanto más completa es la virtud de un hombre valiente y mayor su felicidad, más penoso le resultará también el pensamiento de la muerte; porque precisamente para un hombre como ése, la vida es digna de ser vivida, la muerte lo privará precisamente a él de los mayores bienes y él tiene plena conciencia de ello; todo eso no deja de afligirlo”*. La vida del hombre justo y virtuoso es mejor que la del hombre lleno de vicios. Por tanto, perderla es más doloroso para el hombre justo. La separación de su alma y de su cuerpo produce un ruido más desgarrador, porque su cuerpo había esposado plenamente a su alma en lo que ella tiene de más espiritual, y su alma había esposado plenamente a su cuerpo en lo más servicial suyo. Aristóteles no considera que el cuerpo sea la tumba del alma y la muerte una liberación: la persona humana es cuerpo y alma, de suerte que el alma separada del cuerpo es una persona mutilada. El virtuoso realiza mejor los recursos de esa unión: no deja que el cuerpo esclavice al alma a sus pasiones, ni que el alma ejerza un poder orgulloso y despótico sobre el cuerpo. Por eso le es tan dolorosa la muerte. Recíprocamente, el vicioso se asquea pronto de sí mismo. Su vida es una carga para él. Su alma y su cuerpo están en proceso de divorcio. Lo agotan sus incesantes disputas. No temerá tanto la muerte e incluso se irá inclinando hacia el suicidio.
 El discurso supuestamente cristiano sobre el desprecio de la vida terrenal es doblemente perverso a este respecto: para el vicioso, en primer lugar, porque él desprecia ya la vida terrenal y lejos de llevarlo a conversión lo confirma más bien en su amargura; para el virtuoso, asimismo, porque ama la vida y lejos de consolidarlo, se le desanima colocándolo entre los impíos. Se pregunta si es que no tiene fe. Mientras que el otro se encuentra con que tiene demasiada.
Resultado de imagen de tenga usted exito en su muerte Morir es tan penoso para el hombre virtuoso que Aristóteles se atreve a afirmar que un hombre como ése no será el mejor soldado profesional: “Son más bien aquellos que, aun siendo menos bravos, no disponen de ningún otro bien aparte de su vida misma, porque ellos se exponen a los peligros con ligereza y dan su vida a cambio de flacos beneficios”. Los mercenarios y los reitres** forman un ejército más eficaz, más ofensivo y más feroz, porque no tienen nada que perder y se burlan de una existencia pacífica y contemplativa. Cargan al grito de ¡Viva la muerte! Se sacud n riéndose de placer. En tanto que el virtuoso, como el fray Tuck de Robin Hood, hace chocar las cabezas implorando al cielo por él y por su adversario. Cada vez que derriba a uno, exclama: “¡Señor, ten piedad de nosotros!” Lo cual ralentiza seriamente sus golpes.
 Al valiente de verdad la muerte le causa, pues, el máximo miedo, puesto que una vida de valentía vale la pena más el ser vivida, y puesto que la pérdida de esa vida es, por lo tanto, más dañina. Pero, si bien del justo se obtiene un soldado profesional peor, no obstante, da para un mártir de mejor calidad. No da fácilmente su vida por obediencia a su general, por la victoria de su ejército; la da sin falta por obediencia a Dios, por la proclamación de la justicia: “El virtuoso ama la vida tanto más cuanto que la sabe mejor, pero la expone, sin embargo, por causa del bien de la virtud”. Así que “para el hombre no es de temer ni la muerte ni nada de lo que puede ser mortal hasta el punto de renunciar a la justicia, pero sí es de temer, no obstante, en tanto que por ella se pone término a una vida buena, para sí mismo o para los demás. Un proverbio dice igualmente: ‘El sabio teme el mal y se aparta 
de él’”. El temor a faltar al amor verdadero es más fuerte que el temor a perder la propia vida, aun siendo buena, pues de otra forma acabaría siendo mala. Y ese temor primero ayuda a dominar el segundo. El temor al pecado mortal permite soportar el temor a la pena capital. No hay en ello desprecio alguno de la vida terrenal, fascinación alguna por la muerte. Sólo el que se apega con justeza a esta vida puede desasirse bien de ella. Sólo el que puede desasirse bien de ella puede experimentar el desgarro más doloroso al hacerlo. Si ofrece su pecho a las flechas del tirano no es porque odie su cuerpo, sino por testimoniar la bondad de esta vida que su verdugo arroja a la basura.

 Sudar sangre

 Cristo tuvo miedo a su muerte. No obstante que es Dios. Sabe de la inmortalidad de su alma de hombre. Está seguro de la resurrección y de la gloria de su cuerpo. Y, a pesar de esa triple luz, o tal vez a causa de ella, en el Huerto de los Olivos, “comenzó a sentir pavor y angustia” (Mc 14,33). “Comenzó” no significa que el miedo no supere un primer grado de intensidad. Es propio del miedo alcanzar su paroxismo desde el comienzo, ya en ese primer sobresalto que hace que el corazón lata hasta romper el costado. Y, en este caso, no se pasa del primer sobresalto del espanto. Aumenta progresivamente como si fuera la primera vez, conservando su carácter de irrupción, de aparición siempre más violenta que no se domina, a la que uno se acostumbra cada vez menos, por la que uno se deja conmocionar cada vez más. Y no se trata, en este caso, de que la imaginación, sometida por el miedo, agrande el mal que se acerca y haga que el mal inminente sea peor que el mal presente. Lo que da miedo de este miedo abisal es que la misma lucidez, una lucidez como no hay otra más límpida, conduzca a ese seísmo, a ese quebrantamiento de Aquel que es, sin embargo, la Roca. Como si el Señor perdiera todo señorío.
 Teólogos y místicos reconocen que ningún terror humano ha sobrepasado al de Jesús en su agonía. Como en ese instante se eleva la oración del Verbo que no será complacida: “¡Padre, si quieres, aleja de mí esta copa!”, algunos llegan a suponer que la Pasión es más profunda en Getsemaní que en la cruz (pero entonces, además de un crucifijo, ¿tendríamos que llevar colgado al cuello un huerto de olivos?).»    

  *Aristóteles, Ética a Nicómaco, 1117b.
 ** Tanto el vocablo español “reitre” como el francés original, reître, provienen del alemán Reiter, denominación de un antiguo soldado de caballería. Acabó aplicándose, tanto en español como en francés, al hombre de armas que ofrece su espada al mejor postor (N. del T.)  
    
  [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Nuevo Inicio, 2011, en traducción de Sebastián Montiel, pp. 114-119. ISBN: 978-84-937488-8-3.]

domingo, 31 de enero de 2021

Poemas.- Emily Dickinson (1830-1886)

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193

 «Sabré por qué cuando se acabe el Tiempo / y haya dejado de hacerme preguntas
Cristo me explicará, por separado, las angustias / en la agradable aula del cielo
Me dirá lo que “Pedro” prometió / y yo de su dolor maravillada
olvidaré la gota de la Angustia / ¡que ahora me abrasa, que me escalda ahora!
[…]

 288

  ¡Yo no soy Nadie! ¿Quién eres tú? / ¿Eres Nadie también?
¿Ya somos dos entonces? / ¡Ni una palabra! ¡Lo pregonarían, ya sabes!
Ser Alguien ¡qué aburrido! / Como una Rana ¡qué vulgar!
pasarte Junio entero diciéndole tu nombre / ¡a la primera Charca que te admire!
[…]

335

  No es que Morir nos duela tanto / Es el Vivir lo que nos duele más
pero el Morir es camino distinto / Un algo tras la Puerta
La Costumbre Sureña de los Pájaros / que antes de que lleguen las Heladas
aceptan más benignas Latitudes / Nosotros somos los Pájaros que se quedan
Los Ateridos ante las Puertas del Granjero / por cuya cicatera Miga
negociamos hasta que las piadosas Nieves / convencen a nuestras Plumas de que vuelvan a Casa.
[…]

441

  Esta es mi carta al Mundo / que nunca Me escribió
Las noticias sencillas que la Naturaleza / con delicada Majestad me dio
Su Recado está en Manos / que yo no puedo ver
Por el amor de Ella mis Amables paisanos / juzgadme con ternura
[…]

576

  Al principio rezaba, cuando Niña, / pues me dijeron que lo hiciera
pero dejé de hacerlo, en cuanto pude imaginar / cómo me sentaría la plegaria
Si yo creyera que Dios miraba en torno, / cada vez que mi ojo Infantil
abierto se fijaba y firme en el suyo / con Infantil honradez
Y le dijera lo que me gustaría hoy / y partes de su lejano designio
que me desconcertaban / El lado confuso
de su Divinidad
Y desde entonces, a menudo, en caso de Peligro / considero la fuerza que entrañaría
tener un Dios tan poderoso / que me sostuviera la vida.
Hasta que consiguiera sujetar la Balanza / que tan frecuentemente ahora se inclina,
que tanto tiempo me lleva equilibrar / y luego no se tiene
[…]
 
609

  Lejos de Casa he estado muchos Años / y ante la Puerta ahora
a entrar yo no me atrevo, no sea que una Cara / que nunca he visto antes
Me mire imperturbable / y me pregunte qué hago allí
“Sólo busco una vida que dejé, / ¿seguía por allí?”
Me incliné en el Temor / que Antes me demoraba
El instante sonó como un Océano / y se rompió contra mi oído
Reí una desmigajada Risa / Que yo tuviera miedo de una Puerta
yo que la Consternación había comprendido / y jamás hice un gesto de dolor.
Ajusté al Picaporte / mi Mano con cuidado tembloroso
no fuera que la terrible Puerta se apartase de pronto / dejándome en el Suelo
Luego quité mis Dedos / tan cuidadosamente como si fueran Vidrio
Me tapé los oídos y tal como un Ladrón / escapé de la Casa jadeante
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632

  El Cerebro es más ancho que el Cielo / porque ponlos juntos
y contendrá el uno al otro / fácilmente y a Ti además
El Cerebro es más profundo que el mar / porque sostenlos Azul contra Azul
y el uno al otro absorberá / como hacen las Esponjas con los Baldes
El Cerebro no es más que el peso de Dios / porque sopésalos Libra por Libra
Resultado de imagen de poemas catedra emily dickinsony si se distinguen será / como de la Sílaba el Sonido
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650

  Tiene el Dolor un Elemento en Blanco / No puede recordar
cuándo empezó o si hubo / un tiempo en el que no existía
Y no tiene Futuro sino él mismo / Su infinita capacidad
Su Pasado iluminado para percibir / nuevos Períodos de dolor
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664

  De todas las Almas que han sido creadas / yo he elegido una
Cuando el Sentido se clasifica aparte del Espíritu / y el Subterfugio acaba
Cuando aquello que es y lo que fue / permanecen intrínsecos aparte
y el breve Drama de la carne / se aventa como Arena
Cuando las Siluetas muestran su Frente real / y las Brumas se tallan en el aire,
¡prefiero contemplar el Átomo / a todos los catálogos de Arcilla!
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724
   Es fácil inventarse una vida / Dios lo hace a diario
La creación no es más que el juego / de Su Autoridad
Es fácil desfigurarlo / La avara Deidad
apenas sí podría proporcionar Eternidad / a la Espontaneidad
Los Modelos Caducos murmuran / mas su Designio Imperturbable
prosigue insertando aquí un Sol / allí omitiendo un Hombre
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1071

 La Percepción de un objeto cuesta / precisamente la pérdida del Objeto
La Percepción en sí una Ganancia / que responde a su Precio
El Objeto Absoluto no es nada / La Percepción lo pone en claro
y luego le reprocha una Perfección / que se sitúa tan lejos 
[…]

1462

  Que íbamos a vivir no lo sabíamos / ni  cuándo hemos de morir
Nuestra ignorancia es nuestra coraza / Llevamos la Mortalidad
tan ligeros como un Traje elegido / hasta que se nos pide que nos lo quitemos
Por su intrusión a Dios se le conoce / Lo mismo pasa con la Vida
[…]

1510

  Qué feliz es la Piedra pequeña / que vaga sola por la Carretera,
no se preocupa de Carreras / y no teme exigencias
cuyo traje Marrón lemental / se viste del Universo pasajero,
e independientemente como el Sol / se asocia o brilla sola,
cumpliendo el Decreto absoluto / con sencillez despreocupada
[…]

1601

  De Dios pedimos un favor, / que seamos perdonados
En cuanto se supone que Él conoce / el Delito, a nosotros, escondido
La vida entera emparedados / en una mágica Prisión
reprendemos la Felicidad / que hasta compite con el Cielo
[…]

1653

  Así como pasamos por delante de las Casas meditando despacio / por si estuvieran ocupadas
así pasan las mentes delante de las mentes / por si estuvieran ocupadas»
 
   [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Cátedra, 2004, en traducción de Margarita Ardanaz, pp. 103, 123-125, 137, 157, 191, 197-199, 205-207, 213, 215-217, 231, 267, 311-313, 319, 329 y 339. ISBN: 84-376-0637-3.]