Mostrando entradas con la etiqueta Sexualidad. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Sexualidad. Mostrar todas las entradas

domingo, 31 de marzo de 2024

Justine o los infortunios de la virtud.- Marqués de Sade (1740-1814)

La mala nueva del marqués de Sade | El Cultural
Segunda parte


  «–¡Oh, señor, qué horror!
 –¿Acaso no podía cometer otro mayor?... Estuve a punto, te lo confieso; pero estaba convencido de que ibas a quedar reducida a los últimos extremos: esta idea me satisfizo, te abandoné. Dejemos eso, Thérèse, y pasemos al objeto que me ha hecho desear verte.
 Este gusto increíble que siento por las dos virginidades de una jovencita no me ha abandonado en absoluto, Thérèse –continuó Saint–Florent; ocurre con esto como con todos las restantes extravíos del libertinaje: cuanto más envejeces, más fuerza adquieren; de los antiguos delitos nacen nuevos deseos, y nuevos crímenes de estos deseos. Todo eso carecería de importancia, querida, si lo que se utiliza para satisfacerlo no fuera en sí mismo muy culpable. Pero como la necesidad del mal es el primer móvil de nuestros caprichos, cuanto más criminal es lo que nos empuja, más excitados nos sentimos. Una vez ahí, sólo deploramos la mediocridad de los medios: cuanto más se extiende su atrocidad, más excitante se vuelve nuestra voluptuosidad, y más nos hundimos así en el cenagal sin el más leve deseo de salir de él.
 Es mi historia, Thérèse; cada día, mis sacrificios precisan dos jovencitas. ¿He disfrutado?, no sólo no vuelvo a ver los objetos, sino que se hace incluso esencial para la absoluta satisfacción de mis fantasías que estos objetos salgan inmediatamente de la ciudad: saborearía mal los placeres del día siguiente si imaginara que las víctimas de la víspera siguen respirando el mismo aire que yo. El medio de liberarme de ellas es fácil. ¿Lo creerías, Thérése? Son mis excesos los que llenan el Languedoc y la Provenza de la multitud de objetos de libertinaje que encierra su seno: una hora después de que estas jovencitas me hayan servido, unos emisarios de confianza las embarcan y las venden a las alcahuetas de Nîmes, de Montpellier, de Toulouse, de Aix y de Marsella. Este comercio, en el que llevo dos tercios del beneficio, me compensa ampliamente de lo que los sujetos me cuestan, y así satisfago dos de mis más queridas pasiones, la lujuria y la codicia. Pero los descubrimientos y las seducciones me dan trabajo; además, la clase de sujetos es extremadamente importante para mi lubricidad: quiero que todas ellas procedan de estos asilos de la miseria en los que la necesidad de vivir y la imposibilidad de conseguirlo, absorbiendo el valor, el orgullo y la delicadeza, enervando finalmente el alma, determina, en la esperanza de una subsistencia indispensable, a todo lo que parece tener que asegurarla. Hurgo despiadadamente en todos estos reductos: no puedes imaginar lo que me dan. Voy más lejos, Thérèse: la actividad, la industria, un poco de bienestar, enfrentándose a mis sobornos, me arrebatarían una gran parte de los sujetos; yo opongo a estos escollos el crédito de que disfruto en esta ciudad, provoco unas oscilaciones en el comercio, o unas carestías en los víveres, que, multiplicando las clases de pobreza, quitándole por una parte los medios de trabajo, y dificultándole por otra los de la vida, aumentan en proporción igual la suma de los sujetos que la miseria me entrega. La astucia es conocida, Thérèse: estas escaseces de leña, de trigo y de otros comestibles, que han estremecido a París durante tantos años, no tenían otro objetivo que los que me animan; la avaricia, el libertinaje, estas son las pasiones que, desde el seno de los dorados artesonados, tienden una maraña de redes hasta el humilde techo del pobre. Pero, por mucha habilidad que ponga en práctica para apretar por un lado, si mis manos diestras no arrancan rápidamente del otro, me quedo sin nada que llevarme a la boca, y la máquina funciona tan mal como si yo no agotara mi imaginación en recursos y mi crédito en operaciones. Así que necesito una mujer lista, joven, inteligente, que, habiendo pasado ella misma por los espinosos senderos de la miseria, conozca mejor que nadie los medios de seducir a las que transitan por ellos; una mujer cuya mirada penetrante adivine la adversidad en sus géneros más tenebrosos, y cuya mente sobornadora decida a las víctimas a escapar de la opresión por los medios que yo presento; una mujer inteligente finalmente, tan carente de escrúpulos como de piedad, que no descuide nada para triunfar, ni siquiera cortar los escasos recursos que, apoyando todavía la esperanza de estas infortunadas, les impide decidirse. Yo tenía una excelente, y segura: acaba de morir. Es imposible imaginar hasta donde llevaba esta inteligente criatura su desvergüenza; no solamente aislaba a esas miserables hasta el punto de obligarlas a acudir a implorarlas de rodillas, sino que si esos medios no aparecían con suficiente rapidez para acelerar su caída, la malvada no vacilaba en robarlas. Era un tesoro: yo sólo necesito dos sujetos por día, ella me hubiera dado diez, de haberlos querido. Se deducía de ahí que yo tenía las mejores opciones, y que la superabundancia de materia prima de mis operaciones me compensaba de la mano de obra. A esa mujer hay que sustituir, querida; tendrás cuatro a tus órdenes, y dos mil escudos de emolumentos: ya te lo he dicho, contesta, Thérèse, y sobre todo que unas quimeras no te impidan aceptar tu dicha cuando el azar y mi mano te la ofrecen.
 –¡Oh, señor! –dije a aquel hombre deshonesto, estremeciéndome ante sus discursos–, ¿cómo es posible que podáis concebir tales voluptuosidades, y que os atreváis a proponerme servirlas? ¡Qué horrores acabáis de hacerme oír! Hombre cruel, bastaría con que fuerais desdichado sólo dos días y veríais como estos sistemas de inhumanidad no tardarían en aniquilarse en vuestro corazón: la prosperidad es lo que os ciega y os endurece; os aburrís con el espectáculo de los males de los que os creéis al amparo, y como confiáis en no sentirlos jamás, os suponéis en el derecho de infligirlos; ¡ojalá jamás me llegue la felicidad si es capaz de corromperme hasta este punto! ¡Oh, cielo santo! ¡No contentarse con abusar del infortunio! ¡Llevar la audacia y la ferocidad hasta incrementarlo, hasta prolongarlo, por la única satisfacción de vuestros deseos! ¡Qué crueldad, señor! Los animales más feroces no nos dan ejemplos de una barbarie semejante.
 –Te equivocas, Thérèse, no hay astucias que el lobo no invente para atraer al cordero a sus trampas: estas tretas están en la naturaleza, y la beneficencia no cuenta entre ellas; sólo es una característica de la debilidad preconizada por el esclavo para enternecer a su amo y predisponerle a una mayor dulzura. Sólo se anuncia en el hombre en dos casos: si es el más débil, o si teme serlo. La prueba de que esta supuesta virtud no existe en la naturaleza es que es ignorada por el hombre más próximo a ella. El salvaje, despreciándola, mata sin piedad a su semejante, bien por venganza, bien por avidez... ¿Acaso no respetaría esa virtud si estuviera inscrita en su corazón? Pero jamás apareció, jamás se encontrará allí donde los hombres sean iguales. La civilización, al depurar a los individuos, al distinguir los rangos, al ofrecer un pobre a los ojos de un rico, al hacer temer a éste una variación de estado que podía precipitarle en la nada del otro, colocó inmediatamente en su mente el deseo de aliviar al infortunado para ser aliviado a su vez, en el caso de que perdiera sus riquezas. Entonces nació la beneficencia, fruto de la civilización y del temor: así pues, sólo es una virtud circunstancial, pero no, en absoluto, un sentimiento de la naturaleza que jamás emplazó en nosotros otro deseo que el de satisfacernos, al precio que fuera. Sólo confundiendo así todos los sentimientos, y sin analizar jamás nada, podemos cegarnos sobre todo y privarnos de todos los goces.
Justine o Los infortunios de la virtud La Sonrisa Vertical: Amazon ... –¡Ah, señor! –le interrumpí acaloradamente–. ¿Puede haber alguno más dulce que el de aliviar el infortunio? Dejemos a un lado el horror de sufrirlo uno mismo: ¿existe una satisfacción más grande que la de complacer?... Disfrutar de las lágrimas de la gratitud, compartir el bienestar que se acaba de esparcir entre unos desdichados que, semejantes a vos, carecían sin embargo de las cosas que para vos son vuestras primeras necesidades, oírles entonar vuestros elogios y llamaros padre, reinstaurar la serenidad sobre unas frentes oscurecidas por el desfallecimiento, por el abandono y por la desesperación. No, señor, ninguna voluptuosidad en el mundo puede igualarla: es la de la propia divinidad, y la dicha que promete a quienes la hayan servido en la tierra sólo será la de ver o de hacer dichosos en el cielo. Todas las virtudes nacen de ésa, señor; se es mejor padre, mejor hijo, mejor esposo, cuando se conoce el encanto de aliviar el infortunio. Al igual que los rayos del sol, diríase que la presencia del hombre caritativo esparce, en todo lo que lo rodea, la fertilidad, la dulzura y la alegría; y el milagro de la naturaleza, a partir de este foco de la luz celeste, es el alma honesta, delicada y sensible cuya felicidad suprema es trabajar en favor de la de los demás.
 –¡Cuentos, Thérèse! Los placeres del hombre están en relación con el tipo de órganos que ha recibido de la naturaleza; los del individuo débil, y por consiguiente de todas las mujeres, deben llevar a unas voluptuosidades morales, más excitantes, para tales seres, que las que sólo influirían sobre un físico totalmente desprovisto de energía: ocurre lo contrario con las almas fuertes, que, mucho mejor complacidas con los choques vigorosos impresos sobre lo que las rodea de lo que lo estarían por las impresiones delicadas percibidas por esos mismos seres que existen a su alrededor, prefieren inevitablemente, a partir de esta constitución, lo que afecta a los demás en sentido doloroso a lo que sólo los conmovería de una manera más dulce. Esta es la única diferencia entre las personas crueles y las personas bondadosas; unas y otras están dotadas de sensibilidad, pero cada cual a su manera. Yo no niego que existan goces en ambas clases, pero sostengo, al igual que, sin duda, muchos filósofos, que los del individuo constituido de la manera más vigorosa serán incontestablemente más vivos que todos los de su adversario; y una vez establecidos estos sistemas, puede y debe encontrarse un tipo de hombres que encuentre tanto placer en todo lo que inspira la crueldad como los otros lo saborean en la beneficencia. Pero estos serán unos placeres suaves, y los otros unos placeres muy vivos: los primeros serán los más seguros, los más auténticos sin duda, ya que caracterizan las inclinaciones de todos los hombres todavía en la cuna de la naturaleza, y de los mismos niños, antes de que hayan conocido el dominio de la civilización; los otros sólo serán el efecto de esta civilización, y por tanto unas voluptuosidades engañosas y sin ninguna finura. Por otra parte, hija mía, como estamos aquí menos para filosofar que para consolidar una determinación, sé tan amable como para darme tu última palabra... ¿Aceptas, o no, el encargo que te propongo?
 –Con toda seguridad lo rechazo, señor –respondí levantándome–... Soy muy pobre... ¡oh, sí, muy pobre, señor!; pero, más rica por los sentimientos de mi corazón que por todos los dones de la Fortuna, jamás sacrificaré los primeros para poseer los otros: sabré morir en la indigencia, pero no traicionaré la virtud.
 –Vete –me dijo fríamente aquel hombre detestable–, y sobre todo que no tenga que temer indiscreciones tuyas: no tardarías en ir a dar a un lugar donde ya no tendría que temerlas.
 Nada estimula tanto la virtud como los temores del vicio: mucho menos tímida de lo que habría supuesto, me atreví, prometiéndole que no tendría nada que temer de mí, a recordarle el robo que me había hecho en el bosque de Bondy, y contarle que, en la circunstancia en que me hallaba, ese dinero me resultaba indispensable. Entonces el monstruo me contestó duramente que sólo de mí dependía ganarlo, y que me negaba a ello.
 –No, señor –contesté con firmeza– os lo repito, moriré mil veces antes que salvar mis días a este precio.
 Y yo –dijo Saint–Florent- no hay nada que no prefiriera a la pena de dar mi dinero sin que se lo ganen: pese al rechazo que has tenido la insolencia de darme, quiero pasar todavía un cuarto de hora contigo. Vamos, pues, al tocador, y unos instantes de obediencia pondrán tus fondos en una mejor situación.»

  [El texto pertenece a la edición en español de Tusquets Editores, 1994, en traducción de Joaquín Jordá, pp. 191-194. ISBN: 978-84-7223-738-4.]

domingo, 7 de mayo de 2023

Antropología de la pornografía.- Bernard Arcand (1945-2009)


Bernard Arcand - Alchetron, The Free Social Encyclopedia
Capítulo 2: Los debates

Las razones de la rabia

 «Los ejemplos podrían ser multiplicados, pero no dirían mejor hasta qué punto ciertas mujeres se sienten profundamente turbadas por la pornografía. La miseria y el horror no faltan sin embargo en el mundo, pero raramente se encuentran términos tan duros para describir una rabia tan entera. A tal punto que los debates se enconan y los intercambios de ideas se vuelven prácticamente imposibles. Muchos otros aspectos de la condición de las mujeres, desde el salario desigual hasta la amenaza de violación, son considerados no sólo como indisociables sino literalmente como equivalentes de la pornografía. Incluso hasta el momento en que, tal como lo reconocía Bonnie Klein, toda demostración empírica y toda verificación se vuelven inútiles. Y si otras mujeres se disocian de esta posición se las acusará simplemente de no ser "verdaderas mujeres". Se llega a hacer creer que nada es más horrible que la pornografía.
 Esta actitud radical no es el fruto del azar. Las críticas más acerbas evocan muy fácilmente la ingenuidad y la estrechez de un espíritu obsesivo. Y tampoco es el efecto habitual de segmentación interna, que tan a menudo afecta a los movimientos sociales reivindicadores y que hace nacer peleas a veces feroces entre sectas de la ortodoxia política o religiosa (pensamos evidentemente en los primeros cristianos, pero también en los principios del psicoanálisis, sin hablar de los cismas en los monárquicos en Francia). Más bien hay que preguntarse si esta cólera no depende del descubrimiento de que todo el debate sobre la pornografía toca algo esencial. La pornografía misma era tal vez insignificante, pero es como tomar conciencia de que su apuesta era fundamental.
 En primer lugar no hay que olvidar que el movimiento feminista apuntó mucho a una revalorización radical de la sexualidad. Debido a que habían sido reducidas durante tanto tiempo a su sexo, las mujeres debían necesariamente pasar por una liberación sexual y definirse como seres dotados de una sexualidad propia y retomar el control de su cuerpo con el objeto de ya no ser sometidas a las voluntades libidinosas y reproductoras de los machos. Resultaba urgente denunciar el modelo tradicional de la sexualidad femenina que era violento contra las mujeres.
 Luego de lo cual había que explorar las soluciones. Y es muy precisamente lo que proponía la pornografía: una subversión de la ideología conservadora del amor romántico y de la monogamia heterosexual que había encajonado siempre a las mujeres en el rol de madres y de domésticas. Como lo mostró Ángela Cárter y otras después de ella, los primeros modelos de mujeres liberadas de la literatura europea fueron Fanny Hill de John Cleland y Juliette de Sade; mujeres que por fin se desprenden de la sexualidad exclusivamente procreadora y que son la figura de heroínas al utilizar egoístamente su sexo para su provecho y con el objeto de asegurar su propio éxito social; mujeres inteligentes que renuncian al matrimonio, al amor y, sobre todo, a la maternidad y que consiguen en su carrera, a golpes de trampa, de cinismo y de maldad, lo que hace de ellas iguales a cualquier hombre; en una palabra, mujeres que ya no son la copa de los hombres sino que, por el contrario, dan la prueba de un talento considerable para la manipulación. Así, el modelo de la sexualidad femenina dominante de la pornografía moderna ofrece una contestación radical al modelo antiguo y una respuesta al cuestionamiento feminista: allí se presentan mujeres que no demuestran ninguna molestia en hablar del sexo y ninguna vergüenza de su cuerpo, que viven plenamente su sexualidad siendo activas al punto de volverse agresivas y transformarse en violadoras de hombres, que se permiten todo, que no se traban ante ninguna exclusividad sexual, que no tienen ninguna necesidad de vínculo sentimental y que parecen no tener ningún temor al embarazo. En este sentido, pornografía y feminismo tienen de hecho un mismo discurso: terminada la era de las víctimas pasivas, es tiempo de que el sexo de las mujeres se afirme.
 Salvo que la pornografía goza de una cabeza de ventaja ofreciendo una solución ya lista. No sólo ella repite como el feminismo que son las mujeres quienes son interesantes, sino que desde hace mucho tiempo dice que hay que abandonar toda reserva opresora para explorar y expresar el conjunto de la sexualidad humana, intentar todas las combinaciones, todas las perversiones imaginables, incluso llegada la oportunidad, intentar las experiencias más inquietantes. Mientras que el movimiento femenino duda en hacer su cama entre un conjunto de respuestas complejas y muy a menudo paradójicas.
 Pues el cuestionamiento del modelo antiguo descansa necesariamente en un juicio moral, el cual explica sólo por qué el modelo era malo, mientras que al mismo tiempo transpone y retoma sus mismas contradicciones. Muriel Dimen da un ejemplo de ello al señalar la ambigüedad que persiste en declarar como políticamente aceptable el rechazo a ser un objeto sexual y por lo tanto ya no tener que preocuparse por su apariencia física; y, al mismo tiempo y a todo precio, querer seducir con el objeto de ya no ser definido como un ser que no tiene derecho al apetito sexual, con el fin de tener la posibilidad de explorar todas las formas de esta libertad nueva. Querer abolir la pornografía pero preservar el espectáculo. Para Gayle Rubin, este debate en torno a la pornografía ha llevado al feminismo moderno a sus límites, provocando el impacto de dos tendencias que parecen inconciliables. La primera insiste en la importancia de liberar la sexualidad femenina y tiende a minimizar la significación de la pornografía; por ejemplo, Liza Orlando aprecia ver erigidas en modelos a mujeres que exigen su derecho al placer y que lo toman tal como les gusta, contradiciendo con ello todo lo que toda chica bien educada debería saber; Paula Webster propone dejarse guiar por la pornografía en la exploración de un universo maravilloso que siempre ha sido negado a las mujeres; Sara Diamond declara que sería necesario que las mujeres  reconocieran por fin que la exposición pública de su sexo no hace necesariamente de ellas unas putas y que no sólo los hombres pueden ganar poder por medio de su sexo. Como mucho se llega a pensar que si la pornografía actual es a menudo sexista, no lo es ni más ni menos que el resto de la sociedad y que si es tan importante hay que transformarla, pero por sobre toda las cosas, no abolirla.
 Según la otra perspectiva, la de la mayoría de los adversarios de la pornografía, esta liberación de la sexualidad femenina no es más que una peligrosa ilusión, puesto que no puede ser más que una extensión de los privilegios masculinos, sobre todo si la vía a seguir está definida por un universo tan tradicionalmente masculino como el de la pornografía. Joan Hoff señalaba, en efecto, que el "estándar" de la sexualidad individual sigue siendo una construcción masculina, pero sin indicar lo que podría reemplazarlo. En esta óptica, la pornografía es importante porque está en el corazón de las relaciones de poder entre los sexos que determinan necesariamente todo análisis de la condición femenina. Por el contrario, la sexualidad se vuelve a partir de entonces menos central y se llega a menudo a un nuevo conservadorismo sexual. Según Gayle Rubin, que declara abiertamente su preferencia y para quien esta segunda tendencia constituye nada menos que una demonología tan terrorífica como el más opresor de los patriarcas, la censura de la pornografía lleva al absurdo reaccionario de una clasificación a partir del orden de comportamientos sexuales políticamente preferibles: el peor, la promiscuidad general y las relaciones sadomasoquistas (sean cuales fueran los sexos concernidos), en el medio la heterosexualidad y como mucho la monogamia lesbiana. Evidentemente, esta respuesta sigue siendo discutible (como lo sería cualquier otra del mismo modo, puesto que se trata de una paradoja) pero ella muestra bien cómo la cuestión de la pornografía finalmente obliga nada más ni nada menos que a la adopción de una cosmología general, que sirve para definir los sexos y la naturaleza de sus relaciones.
Antropología de la pornografía - Ejercicios de Antropología - Docsity La fuerza de cierta crítica llamada feminista corre el riesgo en realidad de volverse contra las mujeres. Al hacer de la pornografía un objeto de horror, fácilmente se puede dejar entender no sólo que la intimidad sexual debería estar siempre rodeada del mayor de los secretos, sino que, además, se corre el riesgo de impresionar a mucha gente insinuando que allí está de nuevo el bien más preciado de toda mujer, volver a decir en otros términos que lo esencial hay que encontrarlo en el misterio de las profundidades de la matriz. El argumento ha sido entrampado. Resulta embarazoso tener que explicar que es el sexo mismo quien marca la diferencia y quien motiva el hecho de considerar que una mujer está más reducida al rango de un "objeto" en la pornografía que cuando es modelo, reina del carnaval o esposa del ministro; pues si los tres casos no son comparables no es sin duda en razón de su relativa pasividad.
 Lo más molesto a veces es que la pornografía tiene el aspecto de haber prevenido todos los golpes y de tener todas las respuestas. En los debates en el seno del movimiento feminista norteamericano, los intercambios más acerbos a menudo tuvieron lugar entre lesbianas. Tal vez porque, de un lado, las lesbianas comprenden mejor que nadie lo que propone la pornografía cuando ella elogia los méritos del sexo por el sexo, sin procreación y sin otro objetivo que el del placer; mejor todavía que los homosexuales masculinos, que ya han aprendido en tanto que hombres que el sexo es necesariamente agradable y que el descanso del guerrero debe ser jovial. Por lo tanto, para algunas lesbianas la pornografía puede convertirse en una aliada ideológica en la lucha contra la discriminación. Mientras que para otras, que erigen su orientación sexual como gesto político en las relaciones de fuerza entre los sexos, los caminos propuestos por la pornografía parecen particularmente detestables. No necesariamente porque ella haga mucho caso a la heterosexualidad, sino porque presenta habitualmente a mujeres que se preocupan todavía por garantizar el placer de los hombres. Como si los hombres hubieran inventado y moldeado la futura sexualidad de esas mujeres liberadas según la imagen de su propio deseo. Debe haber otra salida, pero las discordias son tan profundas que ya no son del todo evidentes. Poco a poco se llega a comprender algunas de las razones que puedan explicar la rabia que marca a esos debates. Primeramente, el hecho de que la pornografía describe el antiguo modelo de la mujer sabia, modesta y prudente, doméstica y virtuosa, para quien el sexo era un deber conyugal, lamentablemente necesario para la multiplicación impuesta por la familia, la nación o la especie. La pornografía se opone a ello, afirmando como el feminismo que las mujeres también son seres sexuados. Pero propone una solución que hace inclinar el mundo en el sentido contrario: la aparición de mujeres desencadenadas que asumen el rol tradicionalmente reservado a los hombres, los cuales se convierten entonces en mirones pasivos o violados voluntarios y contentos. La idea puede parecer ridícula y puede ser ofensivo ver a los hombres pretender conocer lo que procura placer a las mujeres. Se puede también sentir la frustración de no tener ninguna otra solución aceptable que sirva para burlarse de todas las mujeres. Pero todo ello no basta para explicar la rabia.
 Señalemos, para dejarlo de lado, un razonamiento poco convincente. Ya se ha hablado de los celos como motivo principal de esta rabia. Lo cual equivale a decir que en una sociedad en que las
relaciones de pareja son todavía importantes y en donde la tradición cultural quiere hacer creer que una mujer es menos atractiva a partir del momento en que un lápiz puede sostenerse bajo su seno, la visión omnipresente de cuerpos perfectos (que desde hace mucho tiempo han dejado de ser los cuerpos de mujeres desdeñables por ser de "mala vida", vulgares y a menudo feas, para ser reemplazados por los cuerpos de chicas jóvenes, ricas e inteligentes) crea una competencia absurda e insostenible. Ya no es necesario intentar probar que los hombres aprenden de la pornografía toda suerte de exigencias inaceptables. Alcanza con pensar que constantemente tienen en la cabeza la imagen demasiado perfecta de Bo Derek. Sin ni siquiera tener que volverse celosa, una mujer tendría el derecho de concluir que la estupidez es exasperante…
 Pero no hay nada nuevo en esta referencia a celos nacidos de la infidelidad imaginaria. Nada que fuera limitado a un solo sexo y nada que no existiera probablemente ya en el paleolítico inferior. Se puede comprender que la mayoría de las personas se sienten incómodas frente a la idea de que su partenaire sexual tenga la costumbre de recurrir a la masturbación, pero el argumento sigue siendo demasiado incompleto y la rabia bien debe tener otras fuentes.
 Tal vez, la rabia de esas mujeres viene del riesgo de sentirse atrapadas entre dos modelos de la femineidad tan inaceptables uno como el otro. Por un lado, el modelo tradicional, que incluso en la actualidad no es fácil cuestionar y que consagra a las mujeres infieles al desprecio y al ostracismo. Por lo demás, las mujeres saben por experiencia que el estereotipo tradicional de la femineidad está íntimamente ligado con la sexualidad, lo cual las obliga a transformarse en un espectáculo permanente de seducción (que si alcanza su objetivo provocará los silbidos admirativos en la calle) pero que ellas al mismo tiempo deben seguir siendo pudorosas y nunca dejar parecer que se están ofreciendo en espectáculo. Y por otra parte, el otro modelo todavía vago e inquietante que les propone la pornografía, centrado en el alto voltaje sexual y la satisfacción total de todos sus caprichos (terreno que los hombres parecen conocer mejor y sobre el cual pretenden estar más cómodos).
 El malestar sería todavía mayor en la medida en que el papel tradicional de la mujer después de todo le atribuía cierto poder, y que el amor cortés, a pesar de toda la opresión que traiciona, definía también el atractivo y la seducción sobre el cual una mujer podía apoyarse -manteniéndose como "un oscuro objeto del deseo"- para garantizar su seguridad social.
 Ahora bien, justamente ya no queda nada oscuro en la pornografía. Ninguna reserva o discreción. La femineidad se ha vuelto profana y perdió todo misterio. Y el único poder que propone el nuevo modelo será el de la conquista que, según se decía antes, estaba reservada a los hombres. Por lo tanto, adoptando una sexualidad unisex habrá que invadir el terreno de los hombres y de algún modo darles confianza, pero sin por ello pedirles que modifiquen su propio modelo, que se encuentra incluso ajustado: más libertad, más partenaires, más oportunidades, en una palabra, todo para satisfacer a la "fiera".
 En esta perspectiva, algunas mujeres se vuelven nostálgicas por el modelo antiguo y las intrigas amorosas más discretas. Otras, por el contrario, buscan en efecto quitar a los hombres la iniciativa de la conquista y la conducta de la sexualidad, exactamente de la misma manera que ellas quieren invadir todos sus cotos vedados y apoderarse de cualquier puesto de alta dirección. Algunas proponen más bien ganar en los dos tableros, siendo lo suficientemente fuertes y hábiles como para sacar provecho de los dos modelos. Pero evidentemente también corren el riesgo de perder en los dos tableros, provocando la ruptura con el poder tradicional de la atracción y de la fascinación obsesiva, pero sin adquirir por ello nuevos poderes en una sociedad que no los cederá fácilmente. Perder el poder que estaba inscripto en el derecho a la diferencia, en el intercambio que significa el privilegio de declarar a los hombres seductores. Volverse víctimas en el campo de la sexualidad, totalmente comparables a esas mujeres que en el universo doméstico se vuelven responsables del esencial ingreso adicional, mientras continúan cumpliendo con la mayoría de los trabajos hogareños. Mientras que tienen lugar estas discusiones, las soluciones aún no han sido inventadas y corren el riesgo de ser poco unánimes. Incluso la hipótesis de la homosexualidad como refugio parece inaceptable o demasiado multiforme. Visto de este ángulo, la situación puede parecer desesperada y de la desesperación puede nacer la rabia.»

   [El texto pertenece a la edición en español de ediciones Nueva Visión SAIC, 1993, en traducción de Pablo Betesh, pp. 119-123. ISBN 950-602-273-3.]

domingo, 5 de junio de 2022

¿Por qué es divertido el sexo?.- Jared Diamond (1937)


La Isla de Pascua es una metáfora del mundo actual" | Babelia | EL ...
Capítulo 7: La verdad en el anuncio: la evolución de las señales corporales


 «Uno tiene que preguntarse cómo es posible que los animales evolucionaran de manera que algo tan aparentemente arbitrario como la longitud de una cola, el color de una mancha en un pico o la anchura de una banda negra produzcan respuestas de comportamiento tan grandes. ¿Por qué debería un carbonero común perfectamente normal retirarse de su posible alimento sólo porque ve a otro pájaro con una banda ligeramente más ancha? ¿Qué tiene una banda negra ancha que implica fuerza intimidatoria? Uno pensaría que un carbonero con un gen para una banda ancha, pero inferior por otras razones, podría obtener así un estatus social inmerecido. ¿Por qué tal engaño no se hace flagrante y destruye el significado de la señal?
 Estas cuestiones no están todavía resueltas y son muy debatidas por los zoólogos, en parte porque las respuestas varían para diferentes señales y diferentes especies animales. Consideremos estas cuestiones para señales sexuales corporales, es decir, estructuras que se encuentran en el cuerpo de un sexo pero no en el del sexo opuesto de la misma especie, y que son utilizadas como señal para atraer a parejas potenciales del sexo opuesto o para impresionar a rivales del mismo sexo. Tres teorías que compiten entre sí intentan explicar señales sexuales como éstas.
 La primera teoría propuesta por el genetista británico Ronald Fisher se denomina modelo de selección desenfrenada de Fisher. Las hembras humanas y las hembras de todas las demás especies animales, se enfrentan al dilema de seleccionar un macho con el que aparearse, preferiblemente uno que lleve buenos genes que serán transmitidos a la prole de la hembra. Ésta es una tarea difícil porque, como toda mujer sabe perfectamente, las hembras no tienen ningún método directo para evaluar la calidad de los genes de un macho. Supongamos que, de alguna manera, una hembra estuviera genéticamente: programada para ser atraída sexualmente por machos que llevaran cierta estructura que les diera alguna ligera ventaja en la supervivencia comparados con otros machos. Aquellos machos con la estructura preferida obtendrían así una ventaja adicional: atraerían más hembras como compañeras, y por lo tanto transmitirían sus genes a más prole. Las hembras que prefiriesen a los machos con tal estructura obtendrían también una ventaja: transmitirían el gen de la estructura a sus hijos, que a su vez serían preferidos por otras hembras.
 Un proceso desenfrenado de selección continuaría después, favoreciendo a aquellos machos con genes en favor de la estructura con un tamaño exagerado, y favoreciendo a aquellas hembras con genes en favor de una exagerada preferencia por la estructura. De generación en generación, la estructura crecería en tamaño o en vistosidad hasta que perdiera su ligero efecto beneficioso original para la supervivencia. Por ejemplo, una cola ligeramente más larga podría ser útil para volar, pero la gigantesca cola de un pavo real no es con seguridad muy útil en el vuelo. El proceso evolutivo desenfrenado sólo se detendría cuando una exageración ulterior del rasgo se convirtiera en perjudicial para la supervivencia.
  Una segunda teoría, propuesta por el zoólogo israelí Amotz Zahavi, apunta que muchas estructuras que funcionan como señales corporales sexuales son tan grandes o llamativas que deben resultar de hecho perjudiciales para la supervivencia de su propietario. Por ejemplo, la cola de un pavo real o de un tejedor no sólo no ayuda al ave a sobrevivir sino que le hace la vida más difícil. Tener una cola pesada, larga y ancha dificulta el desplazamiento a través de vegetación densa, tanto como levantar vuelo, mantenerse volando y escapar así de los depredadores. Muchas señales sexuales, como la cresta dorada de un tilonorrinco (o pájaro jardinero), son estructuras grandes, llamativas y brillantes que tienden a atraer la atención de un depredador. Además, que crezca una gran cola o cresta es costoso porque consume mucha energía biosintética del animal. En consecuencia, argumenta Zahavi, cualquier macho que se las apaña para sobrevivir a pesar de un hándicap tan costoso como ése, está en efecto anunciando a las hembras que debe tener magníficos genes en otros aspectos. Cuando una hembra ve un macho con ese hándicap tiene la garantía de que no la está engañando al portar el gen para una cola larga y que, a la vez, es inferior en lo demás. Él no habría sido capaz de permitirse elaborar esa estructura y no estaría todavía vivo a menos que fuese realmente superior.
 A uno se le ocurren inmediatamente muchos comportamientos humanos que seguramente se ajustan a la teoría del hándicap de Zahavi de las señales honestas. Mientras que cualquier hombre puede fanfarronear ante una mujer de que es rico, y de que por lo tanto ella debería irse a la cama con él con la esperanza de atraerle al matrimonio, podría estar mintiendo. Ella sólo se lo cree cuando le ve despilfarrando el dinero en joyería cara e inútil y en coches deportivos. También algunos estudiantes universitarios alardean de participar en fiestas la noche anterior a un examen importante; realmente están diciendo: “Cualquier idiota puede sacar un sobresaliente estudiando, pero yo soy tan inteligente que puedo sacar un sobresaliente a pesar del hándicap de no estudiar”.
 La otra teoría sobre las señales sexuales, tal como la formularon los zoólogos estadounidenses Astrid Kodric-Brown y James Brown, se denomina verdad en el anuncio. Como Zahavi y a diferencia de Fisher, los Brown hacen énfasis en que las estructuras corporales costosas representan necesariamente anuncios honestos de calidad, debido a que un animal inferior no podría permitirse los costes. A diferencia de Zahavi, que ve las estructuras costosas como un hándicap para la supervivencia, los Brown las ven como favorecedoras para la supervivencia, o bien ligadas de cerca a características que favorecen la supervivencia. La estructura costosa es de esta manera un anuncio doblemente honesto: sólo un animal superior puede permitirse su coste, y hace al animal incluso más superior.
  Por ejemplo, la cornamenta de los ciervos macho representa una gran inversión en calcio, fósforo y calorías; y aun así crece y es desechada todos los años. Sólo los machos mejor nutridos —los que sean maduros, socialmente dominantes y estén libres de parásitos— pueden permitirse esa inversión, De esta manera, una cierva puede considerar la cornamenta grande un anuncio honesto de la calidad del macho, al igual que una mujer cuy o novio compra y desecha coches deportivos Porsche cada año puede creer su afirmación de que es rico. Pero las cornamentas llevan un segundo mensaje que no comparten los Porsche. Mientras que un Porsche no genera más riqueza, las cornamentas grandes proporcionan a sus propietarios el acceso a los mejores pastos, puesto que les permiten vencer a machos rivales y combatir a los depredadores.
POR QUÉ ES DIVERTIDO EL SEXO? - DIAMOND JARED - Sinopsis del libro ... Examinemos ahora si alguna de estas tres teorías, concebidas para explicar la evolución de las señales animales, puede explicar también rasgos del cuerpo humano. Para esto necesitamos ante todo preguntar si nuestros cuerpos poseen cualquiera de esos rasgos que requieren explicación. Nuestra primera inclinación podría ser asumir que sólo los estúpidos animales requieren insignias codificadas genéticamente, como un punto rojo aquí y una banda negra allí, de modo que se den cuenta entre ellos de la edad, estatus, calidad genética y valía como pareja potencial. Nosotros, por el contrario, tenemos cerebros mucho más grandes y muchísima más capacidad de raciocinio que ningún otro animal. Es más, únicamente nosotros somos capaces de hablar y podemos por ello almacenar y transmitir información mucho más detallada de lo que puede hacerlo cualquier otro animal. ¿Qué necesidad tenemos nosotros de tener puntos rojos o bandas negras cuando determinamos de manera rutinaria y precisa la edad y estatus de otros humanos con sólo hablar con ellos? ¿Qué animal puede decirle a otro que tiene veintisiete años, recibe un salario anual de 125 000 dólares y es el segundo asistente del vicepresidente en el tercer banco más importante del país? En la selección de nuestras parejas y compañeros sexuales, ¿no pasamos por una fase de datos que es en efecto una larga serie de pruebas mediante las cuales evaluamos las habilidades parentales, las habilidades de relación y los genes de una pareja en perspectiva?
 La respuesta es sencilla: ¡tonterías! También nosotros nos basamos en señales tan arbitrarias como la cola de un tejedor y la cresta de un pájaro jardinero. Nuestras señales incluyen, caras, olores, color de pelo, barba en los hombres y pechos en las mujeres. ¿Qué es lo que hace a estas estructuras menos absurdas que una larga cola como base para seleccionar esposa o esposo, la persona más importante en tu vida adulta; nuestro compañero económico y social y el coprogenitor de nuestros hijos? Si pensamos que tenemos un sistema de señalización inmune al engaño, ¿por qué tanta gente recurre al maquillaje, los tintes de pelo y el aumento de pecho? En cuanto a nuestro supuestamente inteligente y cuidadoso proceso de selección, todos sabemos que cuando entramos en una habitación llena de gente desconocida, rápidamente sentimos quién nos atrae físicamente y quién no lo hace. Esta rápida sensación está basada en el “atractivo sexual”, que significa exactamente la suma de las señales corporales a las cuales respondemos, en gran medida inconscientemente. Nuestra tasa de divorcios, ahora alrededor de un 50 por 100 en Estados Unidos, muestra que reconocemos el fracaso en la mitad de nuestros esfuerzos al seleccionar compañero. Los albatros y muchas otras especies de animales ligados en parejas tienen tasas de “divorcio” mucho más bajas. ¡Y eso que nosotros somos sabios y ellos estúpidos!
  De hecho, al igual que otras especies animales, hemos evolucionado características corporales que señalan la edad, el sexo, el estatus reproductivo y la calidad individual, así como respuestas programadas a esas y otras características. La adquisición de la madurez reproductiva está señalada en ambos sexos por el crecimiento del vello púbico y axilar. En los machos humanos está señalizada además por el crecimiento de la barba y el vello corporal y por una caída en el tono de la voz. El episodio con el que inicié este capítulo ilustra que nuestras respuestas a esas señales pueden ser tan específicas y dramáticas como la respuesta del polluelo de gaviota al punto rojo en el pico de su progenitor. Las hembras humanas indican además la madurez reproductiva por el desarrollo de sus pechos. Más tarde en la vida señalamos nuestra decadente fertilidad y (en las sociedades tradicionales) la adquisición del estatus de sabio anciano por el encanecimiento de nuestro pelo. Tendemos a responder a la vista de los músculos humanos (en cantidades y lugares apropiados) como una señal de condición física masculina, y a la vista de grasa corporal (también en cantidades y lugares apropiados) como una señal de condición física femenina. En cuanto a las señales corporales mediante las cuales seleccionamos a nuestras parejas y compañeros sexuales, incluyen todas estas mismas señales de madurez reproductiva y condición física, con variaciones entre las poblaciones humanas en lo referente a las señales que un sexo posee y las que el otro sexo prefiere. Por ejemplo, los hombres varían por todo el mundo en relación con la abundancia de su barba y vello corporal, mientras que las mujeres varían geográficamente en el tamaño y forma de sus pechos y pezones, y en el color de estos últimos. Todas estas estructuras nos sirven a nosotros los humanos como señales análogas a los puntos rojos y las bandas negras de las aves. Además, al igual que los pechos de las mujeres cumplen simultáneamente una función fisiológica y sirven como señales, más tarde en este capítulo consideraré si lo mismo podría ser cierto del pene de los hombres.»

   [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Debate, 2007, en traducción de Victoria Laporta Gonzalo. ISBN: 978-84-8306-695-9.]