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domingo, 31 de mayo de 2026

Ética demostrada según el orden geométrico.- Baruch Spinoza (1632-1677)

Parte cuarta: De la servidumbre humana o de la fuerza de los afectos.
Prefacio

 «Llamo "servidumbre" a la impotencia humana para moderar y reprimir sus afectos, pues el hombre sometido a los afectos no es independiente, sino que está bajo la jurisdicción de la fortuna, cuyo poder sobre él llega hasta tal punto que a menudo se siente obligado, aun viendo lo que es mejor para él, a hacer lo que es peor. Me he propuesto demostrar en esta Parte la causa de dicho estado y, además, qué tienen de bueno o de malo los afectos. Pero antes de empezar, conviene decir algo previo acerca de la perfección e imperfección, y sobre el bien y el mal.
 Quien ha decidido hacer una cosa, y la ha terminado, dirá que es cosa acabada o perfecta, y no sólo él, sino todo el que conozca rectamente, o crea conocer, la intención y fin del autor de esa obra. Por ejemplo, si alguien ve una obra (que supongo todavía inconclusa), y sabe que el objetivo del autor de esa obra es el de edificar una casa, dirá que la casa es imperfecta y, por contra, dirá que es perfecta en cuanto vea que la obra ha sido llevada hasta el término que su autor había decidido darle. Pero si alguien ve una obra que no se parece a nada de cuanto ha visto, y no conoce la intención de quien la hace, no podrá saber ciertamente si la obra es perfecta o imperfecta. Este parece haber sido el sentido originario de dichos vocablos. Pero cuando los hombres empezaron a formar ideas universales y a representarse modelos ideales de casas, edificios, torres, etc., así como a preferir unos modelos a otros, resultó que cada cual llamó "perfecto" a lo que le parecía acomodarse a la idea universal que se había formado de las cosas de la misma clase, e "imperfecto", por el contrario, a lo que le parecía acomodarse menos a su concepto del modelo, aunque hubiera sido llevado a cabo completamente de acuerdo con el designio del autor de la obra. Y no parece haber otra razón para llamar, vulgarmente, "perfectas" o "imperfectas" a las cosas de la naturaleza, esto es, a las que no están hechas por la mano del hombre. Pues suelen los hombres formar ideas universales tanto de las cosas naturales como de las artificiales, cuyas ideas toman como modelos, creyendo además que la naturaleza (que, según piensan, no hace nada sino con vistas a un fin) contempla esas ideas y se las propone como modelos ideales. Así, pues, cuando ven que en la naturaleza sucede algo que no se conforma al concepto ideal que ellos tienen de las cosas de esa clase, creen que la naturaleza misma ha incurrido en falta o culpa, y que ha dejado imperfecta su obra. Vemos, pues, que los hombres se han habituado a llamar perfectas o imperfectas a las cosas de la naturaleza, más en virtud de un prejuicio que por verdadero conocimiento de ellas. Hemos mostrado, efectivamente, en el apéndice de la Parte primera, que la naturaleza no obra a causa de un fin, pues el ser eterno e infinito al que llamamos Dios o Naturaleza obra en virtud de la misma necesidad por la que existe. Hemos mostrado, en efecto, que la necesidad de la naturaleza, por la cual existe, es la misma en cuya virtud obra (Proposición 16 de la Parte I). Así pues, la razón o causa por la que Dios, o sea, la Naturaleza, obra, y la razón o causa por la cual existe, son una sola y misma cosa. Por consiguiente, como no existe para ningún fin, tampoco obra con vistas a fin alguno, sino que, así como no tiene ningún principio o fin para existir, tampoco los tiene para obrar. Y lo que se llama "causa final" no es otra cosa que el apetito humano mismo, en cuanto considerado como el principio o la causa primera de alguna cosa. Por ejemplo, cuando decimos que la "causa final" de tal o cual casa ha sido el habitarla, no queremos decir nada más que esto: un hombre ha tenido el apetito de edificar una casa, porque se ha imaginado las ventajas de la vida doméstica. Por ello, el "habitar", en cuanto considerado como causa final, no es nada más que ese apetito singular, que, en realidad, es una causa eficiente, considerada como primera, porque los hombres ignoran comúnmente las causas de sus apetitos. Como ya he dicho a menudo, los hombres son, sin duda, conscientes de sus acciones y apetitos, pero inconscientes de las causas que los determinan a apetecer algo. En cuanto a lo que vulgarmente se dice, en el sentido de que la naturaleza incurre en falta o culpa y produce cosas imperfectas, lo cuento en el número de las ficciones de las que he tratado en el Apéndice de la Parte primera. Así pues, la perfección y la imperfección son sólo, en realidad, modos de pensar, es decir, nociones que solemos imaginar a partir de la comparación entre sí de individuos de la misma especie o género, y por esta razón he dicho más arriba (Definición 6 de la Parte II) que por "realidad" y "perfección" entendía yo la misma cosa.     
 Pues solemos reducir todos los individuos de la naturaleza a un único género, que llamamos "generalísimo", a saber: la noción de "ser", que pertenecería absolutamente a todos los individuos de la naturaleza. Así pues, en la medida en que reducimos los individuos de la naturaleza a este género, y los comparamos entre sí, y encontramos que unos tienen más "entidad", o realidad, que otros, en esa medida decimos que unos son "más perfectos" que otros; y en la medida en que les atribuimos algo que implica negación -como término, límite, impotencia, etc.-, en esa medida los llamamos "imperfectos", porque no afectan a nuestra alma del mismo modo que aquellos que llamamos perfectos, pero no porque les falte algo que sea suyo ni porque la naturaleza haya incurrido en culpa. En efecto: a la naturaleza de una cosa no le pertenece sino aquello que se sigue de la necesidad de la naturaleza de su causa eficiente y todo cuanto se sigue de la necesidad de la naturaleza de la causa eficiente se produce necesariamente.
 Por lo que atañe al bien y al mal, tampoco aluden a nada positivo en las cosas -consideradas éstas en sí mismas-, ni son otra cosa que modos de pensar, o sea, nociones que formamos a partir de la comparación de las cosas entre sí. Pues una sola y misma cosa puede ser al mismo tiempo buena y mala, y también indiferente. Por ejemplo, la música es buena para el que es propenso a una suave tristeza o melancolía y es mala para el que está profundamente alterado por la emoción; en cambio, para un sordo no es buena ni mala. De todas formas, aun siendo esto así, debemos conservar esos vocablos. Pues, ya que deseamos formar una idea de hombre que sea como un modelo ideal de la naturaleza humana, para tenerlo a la vista, nos será útil conservar esos vocablos en el sentido que he dicho. Así pues, entenderé en adelante por "bueno" aquello que sabemos con certeza ser un medio para acercarnos cada vez más al modelo ideal de naturaleza humana que nos proponemos. Y por "malo", en cambio, entenderé aquello que sabemos ciertamente nos impide referirnos a dicho modelo.»

 [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Orbis, 1984, en traducción de Vidal Peña, pp. 245-248. ISBN: 84-7530-468-0.]

domingo, 14 de diciembre de 2025

Lo que Sócrates diría a Woody Allen.- Juan Antonio Rivera (1958 - 2024)

5.- El aburrimiento como fuente de maldad. Calle Mayor.

 «Es algo que también les pasaba a Álex y sus "drugos" en La naranja mecánica: la infraestimulación mental puede convertirse en una terrible, y poco conocida, forma de sufrimiento, capaz de empujar a quien la padece a la comisión de atrocidades aparentemente inexplicables y gratuitas. Y aquí da lo mismo que nos movamos en el entorno psicodélico y futurista de La naranja mecánica o en la atmósfera de viscosas usanzas tradicionales que nos muestra Calle Mayor. Es un fenómeno ubicuo, universal; y para entenderlo mejor, le propongo repasar las nociones de placer y comodidad que están en el núcleo cordial de la película de Bardem.
 La distinción entre placer y comodidad se la debemos al economista de origen húngaro Tibor Scitovsky (1), aunque recuerda fuertemente la separación que ya hiciera en el siglo III a.C. el filósofo griego Epicuro entre placeres estáticos y placeres cinéticos. El placer y la comodidad, aunque son cambios que normalmente experimentan las terminaciones de nuestro sistema nervioso periférico avecindadas en los ojos, la nariz, la piel o las mucosas, se registran como tales en el cerebro. Podemos, como muestra la figura 1, trazar un segmento imaginario en que queden indicados los distintos niveles de activación general del cerebro. En algún punto intermedio de ese segmento se encuentra el óptimo de estimulación cerebral: a la izquierda de ese punto está la zona de infraestimulación y a la derecha, la de sobreestimulación.




 La comodidad (el placer estático, que diría Epicuro) se alcanza cuando estamos instalados en el óptimo y, por ello, libres tanto del dolor de la sobreestimulación (sed, hambre, frío, excitación sexual) como del de la infraestimulación (tedio); cuando estamos fuera de ese óptimo experimentamos displacer, incomodidad. Y el placer es un fenómeno cinético que consiste en el viaje desde la incomodidad hasta la comodidad. Como decía San Agustín: "No hay placer en comer y beber a menos que preceda el malestar del hambre y de la sed". Este viaje placentero lo conseguimos cuando aliviamos la sed bebiendo o la tensión sexual copulando; pero también cuando escapamos del frío calmo del aburrimiento y caldeamos nuestro desnutrido cerebro con alguna novedad que lo alimente. Esto último ha sido menos notado en general. Freud, por ejemplo, concebía el placer de una manera un tanto unilateral: como descarga de la sobreexcitación; descuidando con ello que también hay dolor (y, por lo tanto, posibilidad de escapar de él y, por ello, posibilidad de placer) en la infraestimulación, cuando estamos atrapados en una cierta atonía mental y conseguimos desplazarnos, gracias a alguna novedad benefactora, desde la infraestimulación al óptimo de activación o despertamiento cerebral.
 Como digo, esta última causa de sufrimiento basada en la infraestimulación ha sido menos advertida, y es probable que su primer reconocimiento científico ocurriera durante la Guerra de Corea, cuando los prisioneros de guerra estadounidenses sufrieron eficaces "vaciados de cerebro" sin más presión que la privación prolongada de estímulos mediante un confinamiento en solitario. (Recientemente, funcionarios estadounidenses han puesto en práctica este sofisticado método de tortura con prisioneros de Al Qaeda recluidos en la base de Guantánamo tras el atentado del 11 de septiembre de 2001 en Nueva York). Desde entonces, varios experimentos de laboratorio han confirmado plenamente el hecho de que la privación sensorial puede llegar a ser en extremo dolorosa. En una prueba llevada a cabo en 1957 se emplearon como sujetos experimentales a estudiantes universitarios bien pagados, bien alimentados y bien atendidos a lo largo de todas las sesiones de prueba; de hecho, sólo tenían que hacer algo tan anodino como reposar en un cuarto protegido de ruidos, usar lentes impenetrables y tener las manos enfundadas en guantes para evitar así toda percepción. Los voluntarios de este experimento pasaron por un período inicial de sueño o relajamiento, pero luego empezaron a padecer los efectos de la privación sensorial prolongada, muy difíciles de soportar: en el lapso de una a ocho horas acabaron teniendo jaqueca, náuseas, confusión, fatiga, alucinaciones y una afectación temporal de diversas facultades mentales. Los universitarios sintieron un deseo agudo de estímulos externos y, tras la experiencia, encontraron alivio y disfrute en cosas tan insípidas como un viejo informe del mercado de valores o una plática sobre los peligros del alcohol dirigida a niños de seis años.
 El sencillo esquema de la figura 1 nos permite sacar algunas interesantes y no muy intuitivas conclusiones. En primer lugar, para poder sentir el placer hay que estar fuera de la situación de comodidad; hay que volver a incurrir en el dolor, en la incomodidad, para poder revivir el placer. Lo malo del dolor no es tanto el dolor mismo cuanto que nos sintamos indefensos para escapar de él hacia la comodidad.» 

 (1) T. Scitovsky, The Joyless Economy, Oxford University Press, Nueva York, 1992.

[El texto pertenece a la edición en español de Espasa Calpe, 2003, pp. 84-86. ISBN: 84-670-1261-7.]

domingo, 10 de marzo de 2024

El pequeño salvaje.- Thomas C. Boyle (1948)


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3


  «Finalmente llegó el invierno de 1799, que fue especialmente riguroso. En aquel entonces, aparentemente cansado del bosque de La Bassine y vagando en busca del siguiente alijo de setas o de uvas silvestres o de bayas, y de las larvas que extraía de la pulpa de los árboles moribundos, había cruzado las montañas, a lo largo de la planicie entre Lacaune y Roquecézière, siguiendo de nuevo el curso del Lavergne hasta las inmediaciones de la villa de Saint-Sernin. Era a comienzos de enero, justo después de Año Nuevo, y el frío se había enseñoreado de todas las cosas. Al caer la noche, el chico se fabricó un nido con ramas de pino, pero durmió de manera irregular a causa de los temblores y el hambre, que le hacían mella en las entrañas. Con la primera luz del día se levantó y comenzó a escarbar entre los terrones dispersos de ese campo aletargado en busca de algo que llevarse a la boca: tubérculos, cebollas, la broza y los restos de los granos cosechados hacía mucho… De pronto un movimiento fantasmal llamó su atención. Vio que había humo elevándose por encima de los árboles al otro lado del campo. Estaba a cuatro patas, cavando. La tierra, húmeda. Un cuervo se burlaba de él desde los árboles. Sin pensarlo, sin saber lo que hacía o por qué, se levantó y corrió hacia la cabaña de donde salía ese humo.
 Adentro se hallaba François Vidal, el tintorero del pueblo, que acababa de levantarse y había encendido el fuego para calentar la estancia y prepararse unas gachas. No tenía hijos, era viudo y vivía solo. De las vigas del único cuarto de su cabaña colgaban las hierbas, las flores y los hierbajos pantanosos que usaba como tintes. Era la única persona en toda la región que podía producir un bon teint de púrpura real sobre lana virgen, empleando su propia mezcla y sus fijadores, así que, por pura necesidad, era un hombre extremadamente reservado. ¿Deseaban sus competidores hacerse con sus recetas? Oh, sí, desde luego. ¿Lo espiaban? No estaba seguro de ello, pero tampoco podía afirmar que no lo hicieran. En cualquier caso, el tintorero salió de su casa en dirección al rudimentario establo para alimentar y ordeñar a su vaca, pensando en apartar la nata para completar sus gachas. Fue entonces cuando vio algo —un oscuro centelleo animal— que se erguía contra la tierra parda y el fondo de los árboles sin hojas.
 No tenía ningún prejuicio, pues a sus oídos no habían llegado los rumores procedentes de Lacaune, o siquiera de la villa más cercana. Así que cuando sus ojos enfocaron aquella figura y registraron la imagen en su cerebro, vio que no se trataba de un animal, sino de un niño humano, un muchacho sucio, que caminaba hacia él sin protección alguna contra los elementos. Se le veía muy necesitado. Así que el hombre estiró la mano en señal de invitación.
 Siguió a continuación una lucha de voluntades. Como el chico no respondía, Vidal extendió ambas manos, con las palmas abiertas, para mostrarle que estaba desarmado y le habló con voz suave y tono persuasivo, aunque el niño pareció no entender, o siquiera escuchar, lo que el otro le decía. En su infancia, Vidal había tenido una medio hermana sordomuda, y la familia había creado su propio sistema de signos para comunicarse con ella, si bien el resto de los habitantes del pueblo tendían a rechazarla como si se tratara de un monstruo de feria. Fueron esos signos los que empezó a recordar el tintorero mientras se hallaba allí, muerto de frío, contemplando al chico desnudo. Si, como parecía, el niño era sordomudo, entonces quizás sabría responder a sus gestos. Las manos de Vidal, manchadas con los residuos de sus tintes, describieron fugaces y elegantes figuras, pero todo fue en vano. El chico seguía allí, paralizado, los ojos oscilando entre el rostro del tintorero y la casa, el establo, el humo que se achataba antes de dispersarse por el cielo. Finalmente, temiendo espantarlo, Vidal retrocedió lentamente hacia la cabaña, hizo un gesto de invitación en el umbral y dejó la puerta abierta tras él.
 Poco después, cuando Vidal se hallaba agazapado frente al hogar tras haber ordeñado a la vaca Rousa, que mugió a causa de un sonido que se sintió como un remoto e intermitente parte meteorológico proveniente de las colinas, el chico se acercó al umbral lo suficiente para que Vidal pudiera observarlo por fin con cierto detenimiento. Le extrañaba que alguien permitiera que su niño anduviera por ahí como un animal salvaje, con toda la mugre del bosque incrustada en cada poro de su piel, con el pelo lleno de abrojos y palitos y moho, y con las rodillas casi tan callosas como los pies. ¿Quién era aquel muchacho? ¿Acaso había sido abandonado? Entonces vio la cicatriz en el cuello del niño y la respuesta a sus preguntas le pareció evidente. Cuando le hizo un gesto para que se acercara al fuego, señalando también el cazo renegrido donde espesaban las gachas, Vidal vislumbró el rostro de su hermana muerta.
 Con cautela, paso a paso, el chico se acercó al fuego. Y con la misma precaución, pues temía que cualquier movimiento brusco pudiera hacerlo retroceder por la puerta, Vidal echó algo más de leña en el hogar hasta que las llamas se avivaron. Retiró el cazo del fuego y lo puso a enfriar en la rejilla. La puerta seguía abierta. La vaca mugió. Usando sus manos para comunicarse, el tintorero le ofreció al chico un plato de gachas que despedía un fragante vapor. También tenía la intención de ir a buscar un poco de leche y de cerrar la puerta en cuanto se ganara su confianza, pero el chico no demostró ningún interés en la comida. Se mostraba inquieto, vacilante, y tenía los ojos fijos en el fuego. Se le ocurrió a Vidal que quizás el niño no supiera lo que eran las gachas, que no supiera lo que era un plato o una cuchara, y mucho menos cómo se usaban. Así que hizo algunos gestos para recrear la pantomima del acto de comer, tal como lo haría un padre con su hijo, llevándose la cuchara a los labios y probando las gachas, masticando y tragando exageradamente e incluso frotándose el abdomen en círculos y sonriendo satisfecho.
 El chico se mostró inmutable. Simplemente permaneció allí, titubeante, aparentemente fascinado por el fuego. Y es casi seguro que habría seguido así todo el día si no hubiera sido por la repentina ocurrencia del viejo. Quizás habría alimentos más rudimentarios, pensó, alimentos del bosque o del campo que el niño estuviera acostumbrado a comer sin temor. Nueces y cosas por el estilo. Miró a su alrededor. No había nueces. No era temporada. Pero en una cesta recostada contra la pared del fondo estaba el puñado de patatas que había traído del sótano con la intención de freírlas en manteca para la cena de esa tarde. Con mucho cuidado, haciendo gestos ostensibles con el cuerpo y las manos para no alarmar al niño, se levantó, y lentamente —tan lentamente que alguien podría haberlo tomado por un niño en pleno juego de las estatuas— se acercó a la pared, levantó la tapa de mimbre y, continuando con la pantomima, levantó la cesta para mostrarle al niño su contenido.
 Con eso bastó. En un instante el niño estaba allí, a unos pocos centímetros, el olor salvaje manando de su cuerpo como el almizcle, las manos escarbando en la cesta hasta hacerse con todas y cada una de las patatas —serían una docena o más—. Luego, con un solo movimiento, se plantó frente al hogar y empezó a arrojarlas una a una al fuego. Su rostro se iluminó de repente, los ojos desorbitados. De sus labios escapó una serie de chillidos breves e inarticulados. En cuestión de segundos, en el tiempo que le llevó a Vidal entornar la puerta y cerrarla del todo, el chico había metido ya las manos en las brasas y había sacado una de las patatas todavía crudas, quemándose los dedos en el proceso. De inmediato, como si no tuviera noción de lo que implicaba la cocción, comenzó a mordisquearla compulsivamente. Una vez hubo terminado, agarró la siguiente y luego otra, y otra, repitiendo la misma secuencia, sólo que ahora las patatas estaban chamuscadas por fuera y crudas por dentro, y los dedos del niño visiblemente quemados.
IMPEDIMENTA » El pequeño salvaje Afligido ante esta imagen, Vidal intentó mostrarle cómo se usaban las pinzas de hierro, pero el niño lo ignoró completamente. Peor aún, miró a través de él como si no existiera. El tintorero le ofreció queso, pan, vino. El niño, sin embargo, no demostró ningún interés y no reaccionó hasta que a Vidal se le ocurrió servirle un vaso de agua de una jarra que había sobre la mesa. Lo primero que hizo el niño fue intentar lamer el agua del vaso, pero entonces pareció comprender y se lo llevó a los labios hasta dejarlo vacío. Pidió más. Fascinado como si se tratara de un zorro que se hubiera puesto a dos patas para sentarse con él a la mesa, Vidal siguió llenándole el vaso hasta que el niño estuvo saciado. Finalmente, desnudo y mugriento, el crío se acurrucó sobre las losas que había delante del fuego y se quedó profundamente dormido.
 Durante largo rato el tintorero se limitó a contemplar desde una silla a esa súbita aparición que había irrumpido en su vida. Se levantaba de vez en cuando para avivar las llamas o para encender su pipa. No tenía la menor intención de trabajar, no en un día como ése. Sólo podía pensar en su medio hermana, Marie-Thérèse, una niña inusualmente pequeña y con un rostro poderosamente expresivo —era capaz de decir con sus gestos más de lo que muchos podían decir con su lengua—. Había sido producto del primer matrimonio de su padre con una mujer que había muerto de fiebre puerperal después de dar a luz a esa hija malograda que nunca terminó de ser aceptada por la madre de Vidal. Era siempre la última en ser alimentada y la primera en recibir una bofetada o un cogotazo cada vez que alguna cosa se torcía, así que la pequeña adquirió el hábito de vagar por ahí a solas, alejada de los otros niños, hasta que una noche no regresó a casa. Vidal tendría ocho o nueve años en ese entonces, así que ella debería de andar por los doce. Hallaron su cuerpo al fondo de un barranco. La gente dijo que seguramente se había extraviado en la oscuridad y había resbalado accidentalmente; pero incluso entonces, a pesar de que era sólo un niño, Vidal sabía lo que había ocurrido en realidad.
 La vaca Rousa mugió y sacó al tintorero de su ensoñación. ¿Cómo podía haber sido tan descuidado de dejarla allí afuera? Se levantó con presteza, se enfundó el abrigo y salió a buscarla. Cuando regresó, el niño estaba recostado contra la pared del fondo, acurrucado y muerto de miedo, y mirándole como si fuera la primera vez que se veían. Todo estaba manga por hombro, la mesa volcada, las velas tiradas por el suelo y, por si fuera poco, todas las plantas que con tanto esfuerzo había ido agrupando ya no estaban colgadas sobre las vigas sino que se hallaban desparramadas por doquier. Intentó calmar al niño, hablándole con las manos, pero no sirvió de mucho. Cada uno de sus gestos coincidía con un gesto correspondiente del niño, que yacía con la espalda apoyada contra la pared, guardando las distancias, oscilando sobre sus pies y listo para dar el salto hacia la puerta, si hubiera sabido lo que era una puerta, claro está. Y sus mandíbulas… Sus mandíbulas entretanto parecían ocupadas. Pero ¿con qué? ¿Qué estaba comiendo? ¿Otra patata? Fue entonces cuando el tintorero vio la cola desnuda colgando como un hilo de babas de la comisura de sus labios y los dientes amarillos del chico mascando alrededor del amasijo de pelo pardo.
 Si antes había sentido simpatía, si había sentido afinidad y compasión por el muchacho, ahora lo único que el tintorero sentía era repulsión. Vidal era un hombre viejo, llevaba ya cincuenta y cuatro años sobre este mundo, y Marie-Thérèse llevaba muerta casi medio siglo. Lo del niño no era asunto suyo, en absoluto. Cautelosamente, con todos sus sentidos alerta como si se hallara dentro de una jaula con una bestia rabiosa, retrocedió hacia el umbral, salió de la casa y cerró la puerta.
 Esa misma tarde, mientras la lluvia helada aporreaba las calles de Saint-Sernin y azotaba con furia los campos, el niño salvaje fue entregado a la ciencia y, por ende, a la celebridad. Después de hacer rodar una de sus grandes ollas de hierro fundido por el patio a fin de mantener cerrada la puerta, Vidal fue directamente a ver a Jean-Jacques Constans-Saint-Estève, el Comisionado del gobierno para Saint-Sernin, con la intención de informar y ceder a las autoridades la responsabilidad sobre la criatura que había encerrado en su cabaña.»

  [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Impedimenta, 2012, en traducción de Juan Sebastián Cárdenas, pp. 15-19. ISBN: 978-84-1513-066-6.]

domingo, 17 de diciembre de 2023

Continente salvaje.- Keith Lowe (1970)


Keith Lowe
Parte I: El legado de la guerra

3.-Desplazamiento

 «Si la Segunda Guerra Mundial mató más europeos que cualquier otra guerra de la historia, fue también la causa de algunos de los mayores movimientos de población que el mundo ha visto nunca. En la primavera de 1945, Alemania estaba atestada de trabajadores extranjeros. Al final de la guerra el país tenía casi ocho millones de obreros forzados traídos de todos los rincones de Europa para trabajar en las fábricas y granjas alemanas. Sólo en el oeste de Alemania, la UNRRA, la Administración de las Naciones Unidas para el Socorro y la Reconstrucción, atendió y repatrió a más de 6,5 millones de desplazados. La mayoría de ellos procedía de la Unión Soviética, Polonia y Francia, aunque también había un número importante de italianos, belgas, holandeses, yugoslavos y checos. Una gran proporción de estos desplazados eran mujeres y niños. Uno de los muchos aspectos que hacen que la Segunda Guerra Mundial sea única entre las guerras modernas es el hecho de que se hizo prisionera a una gran cantidad de civiles además de los prisioneros militares tradicionales. En efecto, las mujeres y los niños, así como los hombres, fueron tratados como botín de guerra. Fueron esclavizados de un modo que no se había visto en Europa desde la época del Imperio romano.
 Para hacer la situación en Alemania aún más complicada, millones de alemanes fueron desplazados dentro de su propio país. A principios de 1945 se calculaba que había 4,8 millones de refugiados internos, sobre todo en el sur y el este, que habían sido evacuados de las ciudades bombardeadas y cuatro millones más de alemanes desplazados que habían huido de las zonas de influencia orientales del Reich por miedo al Ejército Rojo. Cuando añadimos los casi 275.000 prisioneros de guerra británicos y americanos, esto hace un total de al menos 17 millones de desplazados sólo en Alemania. Esta es una estimación bastante conservadora, y otros historiadores han dado cifras mucho más elevadas. Según un estudio, en el conjunto de Europa más de 40 millones de personas fueron desplazadas a la fuerza durante periodos de mayor o menor duración en el transcurso de la guerra.
 A medida que se acercaba el fin de las hostilidades, enormes cantidades de gente salieron a las carreteras para empezar el largo viaje a casa. A mediados de abril de 1945, Derek Henry, zapador británico con los Ingenieros Reales, empezó a encontrar grupos de desplazados cerca de Minden.
  Nos dijeron que estuviéramos al acecho de grupos aislados de soldados alemanes que seguían presentando batalla, pero afortunadamente todo lo que encontramos fueron miles de desplazados y refugiados de todas las nacionalidades dirigiéndose hacia nosotros y al oeste: búlgaros, rumanos, rusos, griegos, yugoslavos y polacos —de todo, estaban ahí, algunos en grupos pequeños de dos o tres, cada uno con su fardo lastimoso de pertenencias amontonadas en una bici o una carreta, otros en grupos grandes hacinados en autobuses repletos o en la parte posterior de los camiones, era interminable. Siempre que nos deteníamos se abalanzaban sobre nosotros con la esperanza de que les diésemos comida.
  Tiempo después, según el agente de inteligencia estadounidense Saúl Padover, “miles, decenas de miles, en definitiva millones de esclavos liberados salieron de las haciendas, las fábricas y las minas y se echaban en tropel a las carreteras”. Las reacciones ante este enorme torrente de desplazados fueron muy distintas dependiendo de las personas que lo presenciaron. En opinión de Padover, que tenía poco tiempo para los alemanes, fue “tal vez la emigración más trágica de la historia” y sencillamente una prueba más de la culpabilidad alemana. Era comprensible que la población local viera con nerviosismo esos grandes grupos de extranjeros descontentos para la que representaban una amenaza. “Parecían criaturas salvajes”, escribió una alemana después de la guerra, “podrían dar miedo.” Para las autoridades agobiadas del gobierno militar cuya tarea era lograr algún tipo de control sobre ellos, eran simplemente una “multitud”. Llenaban las carreteras, que ya estaban demasiado deterioradas para darles cabida, y sólo podían alimentarse saqueando y robando tiendas, almacenes y granjas a lo largo del camino. En un país en el que los sistemas administrativos se habían venido abajo, la policía local había sido asesinada o encarcelada, en el que no existía alojamiento, y donde los alimentos ya no se distribuían, representaban una carga intolerable y una amenaza insoportable para el estado de derecho.
 Pero así es como veían a esta gente desde fuera. Para los propios desplazados, eran simplemente personas que trataban de encontrar el modo de ponerse a salvo. Soldados franceses, británicos o americanos recogían a los afortunados y los llevaban a centros para desplazados en el oeste. Pero en muchísimos casos no había suficientes soldados aliados para ocuparse de ellos. Cientos de miles fueron de hecho abandonados a su suerte. “No había nadie”, recuerda Andrzej C, que sólo tenía nueve años cuando finalizó la guerra. El, su madre y su hermana habían sido trabajadores forzados en una granja de Bohemia. En las últimas semanas de la guerra les reunieron y les llevaron a la ciudad de los Sudetes de Karlsbad (la moderna Karlovy Vary, en la República Checa), donde los últimos guardias alemanes les abandonaron. “Nos encontramos en un vacío. No había rusos, ni americanos, ni británicos. Un vacío absoluto.” Su madre decidió dirigirse al oeste, hacia las líneas americanas, porque pensaba que sería más seguro que ponerse en manos de los soldados rusos. Pasaron varias semanas andando por Alemania, cruzando una y otra vez las líneas americanas a medida que las tropas estadounidenses se replegaban hacia la zona de ocupación que tenían asignada. Andrzej recuerda esto como una época de inquietud, mucho más estresante incluso que ser prisionero de los alemanes.
 Realmente fue una época de hambre porque no había nada. Mendigábamos, robábamos, hacíamos lo que podíamos. Sacábamos patatas de los campos... Solía soñar con comida. Puré de patata con beicon por encima —eso era el summum. No se me ocurría nada mejor. ¡Un montón de excelente puré de patata humeante!
 Viajaba con una multitud de refugiados compuesta de grupos separados que parecían no mezclarse unos con otros. Su grupo lo formaban unas 20 personas, muchas de ellas polacas. La gente del lugar que pasaba por el camino distaba mucho de simpatizar con su difícil situación. Cuando a Andrzej le adjudicaron la tarea de apacentar un caballo que había comprado un hombre de su grupo, un campesino alemán le gritó: “¡Largo de aquí!”. En otros momentos les negaron el agua, los perros les atacaban y, como eran polacos, hasta les echaban la culpa de empezar la guerra y hacer caer esta completa desgracia sobre Alemania—una acusación que debieron haber considerado doblemente irónica dada la enorme desigualdad de sus dificultades relativas.
 Lo que vio Andrzej durante su mes largo de caminata hacia la seguridad quedó marcado en su memoria. Recuerda pasar por un hospital de campaña alemán en un bosque, donde vio a hombres con los brazos rotos en jaulas metálicas, algunos estaban vendados de pies a cabeza, otros “apestando a demonios, descomponiéndose en vida”. No había nadie allí para ayudarles porque todo el personal médico había huido. Recuerda llegar a un campo de prisioneros de guerra polaco donde los internos se negaban a salir, a pesar de que las puertas estaban abiertas de par en par, porque nadie les había dado la orden de hacerlo. “Eran soldados y pensaban que alguien iba a darles la orden de marchar a alguna parte. Quién —dónde— no tenían ni idea. Estaban completamente perdidos.” Vio grupos de prisioneros con sus pijamas a rayas, que aún trabajaban los campos bajo la supervisión de civiles alemanes. Posteriormente, se adentró en un valle en el que miles y miles de soldados alemanes estaban sentados tranquilamente, algunas hogueras esparcidas entre ellos, y custodiados sólo por un puñado de policías militares americanos.
 Cuando por fin pasaron los puestos de control americanos de Hof, en Baviera, les enviaron a un edificio con una bandera roja ondeando sobre él. Esto produjo unos momentos de pánico porque su madre pensó que les iban a mandar a un campo ruso, hasta que se dio cuenta de que ésa era la bandera de la UNRRA —una bandera roja con una inscripción blanca. Al fin estaban a salvo.
 Los peligros y los apuros que tuvieron que superar los refugiados como Andrzej no deberían menospreciarse. Puede que no se hicieran evidentes de inmediato para un niño de nueve años, pero para las generaciones mayores eran demasiado obvios. El señor y la señora Druhm eran berlineses y tenían cerca de setenta años cuando terminó la guerra. Después de pasar un corto periodo de tiempo rodeados del desorden del Ejército Rojo, decidieron arriesgarse a viajar a casa de su hija al otro lado del Elba, a 144 kilómetros de distancia. No fue una decisión tomada a la ligera, pero desde el primer momento su viaje estuvo lleno de dificultades, sobre todo una vez que llegaron al campo a las afueras de Berlín.
 En algunos lugares seguían produciéndose escaramuzas. Oíamos disparos y a menudo teníamos que parar hasta que se calmara. En estas zonas remotas los soldados no sabían que la guerra había terminado. Muchas veces los puentes habían desaparecido y las carreteras estaban tan dañadas que teníamos que volver y encontrar otra ruta... Tuvimos muchos incidentes lastimosos, como recorrer kilómetros penosamente y luego no poder seguir y tener que regresar. Una vez íbamos por una carretera principal ancha y absolutamente desierta. Vimos un gran panel escrito en ruso y seguimos, pero no nos sentíamos muy seguros. De repente nos gritaron. No vimos a nadie pero entonces una bala pasó zumbando al lado de mi oreja y me hizo un rasguño en el cuello. Nos dimos cuenta de que no deberíamos estar ahí, así que volvimos sobre nuestros pasos y dimos muchas vueltas para llegar donde queríamos.
 La devastación que encontraron por el camino dejaba entrever la violencia reciente, tanto de la guerra propiamente dicha como de las tropas rusas de ocupación.
CONTINENTE SALVAJE: EUROPA DESPUES DE LA SEGUNDA GUERRA MUNDIAL ...
  En los bosques había sofás y camas de plumas, colchones y almohadas, muchas veces reventados o rajados y las plumas estaban por todas partes, incluso en los árboles. Había cochecitos de niño, tarros de fruta en conserva, hasta motocicletas, máquinas de escribir, coches, carros, pastillas de jabón, montones de plumas estilográficas que ocultan una navaja en su interior y zapatos nuevos recién comprados... También vimos caballos muertos, algunos con un aspecto horrible y oliendo fatal...
 Y finalmente estaban los demás desplazados en la carretera, que representaban la misma amenaza potencial para una pareja de ancianos alemanes que los soldados rusos.
 Había mucha gente de todas las nacionalidades que iban en dirección contraria a la nuestra, la mayoría trabajadores forzados que iban a su casa. Muchos de ellos tenían bebés y robaban lo que querían, caballos y carros de los granjeros, a veces una vaca atada a la parte posterior, y utensilios de cocina. Parecían criaturas salvajes...
 Al menos, los Druhm tuvieron la ventaja de poder llamar a la puerta de los granjeros y pedir ayuda a sus compatriotas. La mayoría de estas “criaturas salvajes” no tenía otra opción que robar a la población local. No eran bien recibidos y, en todo caso, después de haber sido tratados brutalmente por los guardias alemanes, no estaban dispuestos a confiar en ningún alemán en absoluto.
 Una de estas personas era Marilka Ossowska, una chica polaca de veintiún años. Para abril de 1945 ya había pasado dos años en Auschwitz, Ravensbrück y Buchenwald antes de escapar finalmente de una marcha de la muerte hacia Checoslovaquia. Después de presenciar la brutalidad de los libertadores soviéticos, ella y un grupo de exprisioneros decidieron que estarían más seguros si se encaminaban hacia las líneas americanas. También la sorprendió la gran cantidad de gente en las carreteras.
  En 1945, Alemania era un hormiguero gigantesco. Todo el mundo se desplazaba. Ése era el aspecto que presentaban los territorios del este de Alemania. Había alemanes escapando de los rusos. Estaban todos los prisioneros de guerra. Estábamos algunos de nosotros —no tantos, pero aun así... Era verdaderamente increíble, bullía de gente y movimiento.
 Ella y dos amigas polacas se unieron a tres trabajadores franceses, dos prisioneros de guerra británicos y un soldado americano negro. Juntos se encaminaron hacia el río Mulde que en aquella época marcaba el límite entre los ejércitos ruso y americano. Mientras viajaban rogaban a los granjeros locales, o les intimidaban, para que les entregaran algo de comida. La presencia de un hombre negro sin duda ayudaba en este sentido: normalmente, el americano era bastante reservado en presencia de Marilka, pero en estos casos ponía de relieve los prejuicios raciales de los alemanes desnudándose, poniéndose un cuchillo entre los dientes y bailando ante ellos como un salvaje. Al verlo, las amas de casa aterrorizadas estaban más que dispuestas a entregarle cestas de comida y librarse de él. Luego volvía a vestirse y continuaba el viaje como si nada.
 En la ciudad sajona de Riesa, más o menos a medio camino entre Dresde y Leipzig, Marilka y sus dos amigas engañaron a unos soldados rusos para que les proporcionaran algún tipo de transporte. Encontraron a dos soldados con cara de aburridos que custodiaban un almacén con cientos de bicicletas robadas y de inmediato pusieron en marcha su encanto. “¡Vaya, debéis sentiros muy solos!”, dijeron. “Podemos venir y haceros compañía. ¡Y sabemos donde hay algo de aguardiente!” Los guardias, encantados, les dieron tres bicicletas para que fueran a buscar ese aguardiente ficticio y nunca volvieron a verlas.
 Después de seis días pedaleando, el grupo llegó finalmente a Leipzig en la zona americana, donde las mujeres fueron cargadas en camiones y llevadas a un campo en Nordheim cerca de Hanover. Desde allí Marilka hizo autoestop hasta Italia, y por fin fue transportada a Gran Bretaña a finales de 1946. No regresó a Polonia hasta pasados 15 años.
 Estas pocas historias han de multiplicarse cientos de miles de veces para ofrecer una idea del caos que existía en las carreteras de Europa en la primavera de 1945. Enjambres de refugiados que hablaban 20 idiomas distintos se vieron obligados a gestionar una red de transporte que había sido bombardeada, sembrada de minas y abandonada debido a seis años de guerra. Se reunían en ciudades que los bombardeos aliados habían destruido por completo y en las que no había alojamiento ni siquiera para la población local, y mucho menos para la enorme afluencia de recién llegados. El que los diversos gobiernos militares y los organismos de socorro fueran capaces de reunir a la mayoría de estas personas, alimentarlas, vestirlas, localizar a familiares desaparecidos y luego repatriar a la mayor parte de ellas en los seis meses siguientes, es poco menos que un milagro.
 Sin embargo, este proceso rápido de repatriación no pudo borrar el daño que se había producido. Los desplazamientos de la población con motivo de la guerra tuvieron un efecto profundo en la psicología de Europa. A nivel individual no sólo fue traumático para los desplazados, sino también para los que se quedaron, los cuales pasaron años preguntándose qué había sido de sus seres queridos arrebatados de su medio. A nivel comunitario también fue desolador: el reclutamiento obligatorio de todos los jóvenes privó a las comunidades de su principal sostén y las dejó indefensas ante la hambruna. Pero es en el plano colectivo donde los desplazamientos en tiempo de guerra fueron quizá más significativos. Al normalizar la idea de desarraigar sectores enteros de la población, proporcionaron un patrón para movimientos poblacionales de posguerra más amplios. El programa paneuropeo de expulsiones étnicas que tendría lugar después de la guerra sólo fue posible porque el concepto de comunidades estables, inalterado durante generaciones, fue erradicado de una vez por todas. La población de Europa ya no era una constante fija. Ahora era inestable, volátil —pasajera.»

   [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Galaxia Gutenberg, 2012, en traducción de Irene Cifuentes, pp. 38-43. ISBN: 978-84-1547-212-4.]

domingo, 3 de abril de 2022

El botiquín filosófico.- Schwarz, Aljoscha A. (1961) y Schweppe, Ronald P. (1962)


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Segunda parte: El botiquín filosófico de la A a la Z

Desgracias: “Los pequeños accidentes”

 «La vida no resulta siempre fácil. Naturalmente, que hay momentos de éxito, instantes felices, logros y satisfacciones de todo tipo. Pero, junto a todo ello, también existen los accidentes, las desgracias, los fracasos y las insatisfacciones por múltiples causas. Puesto que, en muchas ocasiones, no está en nuestras manos cambiar el curso de las cosas, deberíamos plantearnos cómo afrontar esas posibles adversidades, de manera que evitemos perder completamente el equilibrio y nos, digámoslo así, “precipitemos en el abismo”.
 “Los pequeños accidentes que a todas horas nos molestan pueden considerarse meros ejercicios que sirven para mantenernos alerta a fin de que, con la dicha, no se relajen las fuerzas que luego nos servirán para soportar los grandes contratiempos”. (A. Schopenhauer, Aforismos sobre el arte de saber vivir, V, 51).
 Precisamente, respecto a los pequeños percances que tratan de importunarnos diariamente en forma de, por ejemplo, jarrón de porcelana que cae el suelo, automóvil que no arranca, ropa que pierde el color o encoge tras pasar por la lavadora, factura que llega puntualmente con nuestra cuenta en números rojos o inoportuna visita de algún amigo o familiar, las palabras de Schopenhauer pueden ser aquí de gran ayuda. Si consideramos las pequeñas desgracias y contratiempos de la vida como un ejercicio para desarrollar la serenidad y la resignación, estaremos mejor preparados para afrontar y protegernos de desgracias mayores.
 Como es sabido, la práctica hace al maestro; y, vistas así las cosas, el tener a veces que encajar algunos contratiempos y episodios incómodos no demasiado graves, no tiene por qué ser considerado únicamente como algo negativo. Nos puede servir para aprender de cada situación, para intentar cambiar nuestra perspectiva sobre las cosas, para conseguir mayor libertad y autocontrol ante las aparentes arbitrariedades de las circunstancias exteriores, hasta llegar a convertirnos en “maestros en el dominio de los problemas”.
 “No hay árbol recio ni consistente sino aquél que el viento azota con frecuencia; pues la misma vegetación le robustece e hinca sus raíces con mayor firmeza; frágiles son los que crecieron en valle abrigado y acariciado por el sol”. (Séneca, De la providencia, 4).
 Séneca, confirma aquí, con otras palabras, lo dicho por Schopenhauer: cuanto más duramente nos veamos agitados por las tormentas de la vida y cuantas más veces nos encontremos expuestos a los reveses que ésta en ocasiones nos propina, mayores serán nuestras oportunidades de ejercitar nuestra capacidad de supervivencia y de aprender a sobrellevar los disgustos de nuestra existencia con estoica impasibilidad. Del mismo modo que podemos desarrollar nuestros músculos con el entrenamiento adecuado, es posible asimismo aprovechar los envites de la vida para echar profundas raíces en la tierra y afianzar nuestra estabilidad, la cual, sin duda, nunca debe dejar de tener la necesaria flexibilidad.
 “Que una desgracia nos resulte más fácil de sobrellevar cuando ya hemos tenido ocasión de considerar previamente su posibilidad, como suele decirse, cuando “ya nos hemos hecho a la idea”, puede explicarse en buena medida porque al examinar el acontecimiento antes de que suceda y reflexionar acerca de él con calma, vemos claramente y desde todos los puntos de vista la magnitud de su extensión y adquirimos así una noción concreta de ella, lo que nos otorga la posibilidad de que podamos considerarlo ya como algo definitivo y abarcable, de modo que cuando realmente nos sobreviene sólo posee ya el alcance de su verdadera gravedad”. (A. Schopenhauer, Aforismos sobre el arte de saber vivir, V, 51).
 Schopenhauer nos presenta una interesante estrategia que puede sernos de gran utilidad para protegernos de las adversidades. Por supuesto que esto no significa que podamos impedir que esos golpes del destino se produzcan, sino, “simplemente” que podemos llegar a interiorizar una actitud que nos preserve de caer en la desesperación e, incluso, en la enfermedad.
 El truco consiste, ni más ni menos, en no dejar nunca de ser conscientes de que la desgracia puede sobrevenirnos en cualquier momento. No se trata, sin embargo, de alimentarnos de pensamientos negativos que nos hagan vivir en un estado de permanente angustia. Por el contrario, se trataría de, en un momento de fortaleza interior, reflexionar con la tranquilidad necesaria y la debida clarividencia sobre el curso de las cosas y, así, no perder de vista la posibilidad de que sufrimientos, enfermedades, fracasos u otros sucesos desafortunados sacudan también, en algún momento, nuestra vida.
 Si, tal y como Schopenhauer recomienda, “examinamos el acontecimiento antes de que suceda y reflexionamos acerca de él con calma” y “vemos claramente y desde todos los puntos de vista la magnitud de su extensión” podremos reaccionar de un modo mucho más resuelto, en el caso de que, realmente, se produzca alguna vez una crisis semejante.
Resultado de imagen de el botiquin filosofico Podemos utilizar nuestra capacidad de imaginación para introducirnos en una de esas crisis, de manera figurada, representándonos mentalmente aquellas situaciones que nos resultarían duras de afrontar y hasta dónde podrían llevarnos. Tras ello, deberíamos revivir esa sensación de fortaleza interior y de máxima tranquilidad, que seguro hemos experimentado en algún momento de nuestra vida, y la trasladaríamos a la citada situación ficticia de crisis. De este modo, nos haríamos una idea aproximada de cómo afrontaríamos desde un estado interior de serenidad las peores situaciones posibles.
 Esta técnica nos ofrece una excelente posibilidad preventiva. Con ella nos protegemos de las consecuencias de los posibles golpes del destino, a la vez que nos anticipamos mentalmente a ellos, lo que no significa que, llegado el momento, no acusemos el golpe o que desterremos totalmente la angustia.
 “Los sabios permanecen inquebrantables ante la censura o el elogio” (Buda, Dhammapada, VI).
 Aun cuando existen claras diferencias entre los postulados de la filosofía budista y los proclamados por los discípulos de la escuela estoica, las conclusiones a las que llegan son, en parte, ciertamente parecidas. Así, Buda nos propone aquí algo que bien podría haber salido de la pluma de Marco Aurelio o de Séneca: se trata de conservar, bajo cualquier circunstancia, una serenidad imperturbable. Esto se consigue, naturalmente, sólo cuando nos decidimos a situarnos sobre las cosas en vez de sufrir bajo ellas. Para ello se hace necesaria cierta disciplina, tanto del pensamiento como del sentimiento, la cual únicamente puede alcanzarse si, también en aquellos momentos en los que tenemos éxito y la suerte nos sonríe, somos capaces de no volvernos locos de alegría.
 Los estados emocionales extremos deben ser compensados mediante tranquilidad, paz interior y una actitud serena, si es que queremos evitar convertirnos en una pelota que va rebotando a merced de la eventual emoción de cada instante. De cualquier manera, es preciso reconocer que esta actitud no es compartida por todo el mundo: muchas personas prefieren dejarse llevar hasta el fondo por sus sentimientos y vivir intensa y apasionadamente tanto los momentos de euforia como los de abatimiento. Con todo, en último término, resulta indiferente que decidamos considerar nuestra vida desde la perspectiva del espectador sentado en el patio de butacas o desde el escenario mientras interpretamos el papel de protagonista en nuestra particular comedia (o tragedia). En ambos casos, siempre será posible ampliar nuestro espacio vital y nuestras posibilidades de elección.
 “Todo lo que sucede, sucede por necesidad. En la naturaleza no existe ni la bondad ni la maldad”. (Baruch de Spinoza: Ética, I).
 Para acabar, todavía un breve comentario de Spinoza: ¿acaso es cierto que todo lo que sucede, sucede por necesidad y que en la naturaleza no existe ni la “bondad” ni la “maldad”? Esto significaría que una desgracia o un fracaso lo son, únicamente porque nosotros lo definimos así y como tales los consideramos.
 ¿Calificaríamos de “desgracia” a aquellos sucesos  de nuestra vida que pueden ayudarnos a adquirir nuevos conocimientos y puntos de vista o que estimulan nuestro desarrollo mental y espiritual? ¿No deberíamos replantearnos este tipo de definiciones? En lugar de hablar de un “destino desfavorable”, de una “enorme mala suerte” o de una “terrible desgracia”, podemos considerar aquello que nos sucede como un “gran reto”, como una “posibilidad de seguir progresando”; asimismo podemos definir los fracasos, por ejemplo, como “experiencias importantes que nos van a hacer mejores”. De esta manera , otorgando a las situaciones difíciles un significado completamente nuevo, nos resultará mucho más fácil despertar el potencial que la naturaleza ha puesto en nosotros y que nos permite resolver todos aquellos problemas que nos salen al encuentro.»

    [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Diálogo, 2003, en traducción de Vicente Vilana Taix, pp. 95-99. ISBN: 84-95333-35-X]