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domingo, 4 de enero de 2026

La interpretación de los sueños.- Sigmund Freud (1856-1939)

6.- Material y fuentes de los sueños
g) El sueño de examen

  «Todo aquél que ha terminado con el examen de grado sus estudios de bachillerato puede testimoniar de la tenacidad con que le persigue el sueño de angustia de que va a ser suspendido y tendrá que repetir el curso, etcétera. Para el poseedor de un título académico se sustituye este sueño típico por el de que tiene que presentarse al examen de doctorado, sueño durante el cual se objeta en vano que hace ya muchos años que obtuvo el deseado título y se halla ejerciendo la profesión correspondiente. En estos sueños es el recuerdo de los castigos que en nuestra infancia merecieron nuestras faltas lo que revive en nosotros y viene a enlazarse a los dos puntos culminantes de nuestros estudios, al dies irae, dies illa de los rigurosos exámenes. El "miedo de examen" de los neuróticos halla también un incremento en la citada angustia infantil. Terminados nuestros estudios, no es ya de nuestros padres, preceptores o maestros, de quienes hemos de esperar el castigo a nuestras faltas, sino de la inexorable concatenación causal de la vida, la cual toma a su cargo continuar nuestra educación y entonces es cuando soñamos con los exámenes -¿y quién no ha dudado de su éxito?- siempre que tememos que algo nos salga mal en castigo a no haber obrado bien o no haber puesto los medios suficientes para la consecución de un fin deseado; esto es, siempre que sentimos pesar sobre nosotros una responsabilidad.
 A una interesante observación de un colega, conocedor de estas cuestiones, debo un más amplio esclarecimiento de estos sueños, pues me llamó la atención sobre el hecho, por él comprobado, de que el sueño de tener que doctorarse nuevamente era siempre soñado por personas que habían salido triunfantes de dicho examen y nunca por aquellas otras que en él habían sido suspensas. Estos sueños de angustia, que suelen presentarse cuando al día siguiente ha de resolverse algo importante para nosotros, habrían, pues, buscado en el pretérito una ocasión en que la angustia se demostró injustificada y quedó contradicha por el éxito. Tendríamos aquí un singular ejemplo de interpretación errónea del contenido onírico por la instancia despierta. La objeción interpretada como rebelión contra el sueño: "Pero, ¡si ya tengo el título!", etc, sería, en realidad, un aliento proporcionado por el mismo: "No temas; recuerda el miedo que sentiste antes del examen de doctorado y recuerda que nada malo te pasó. Hoy tienes ya tu título", etc. Resulta, pues, que la angustia que atribuíamos al sueño procedía de los restos diurnos. Esta explicación se ha demostrado cierta en todos los sueños de este género, propios y ajenos, que he podido investigar. La medicina legal, asignatura en la que fui suspenso, no me ha ocupado jamás en sueños, mientras que muchas veces he soñado examinarme de Botánica, Zoología y Química, disciplinas en las que mi miedo al examen estaba muy justificado, pero que aprobé por especial favor del destino o del examinador. Entre las asignaturas de segunda enseñanza escogen siempre mis sueños la Historia, disciplina en la que rayé a gran altura, pero sólo porque mi amable profesor -el tuerto de otro sueño (cap. 2, apart. b)- se dio cuenta de que al devolverle el programa había hecho con la uña una señal, junto a la segunda pregunta, para advertirle que no insistiera mucho sobre ella. Uno de mis pacientes, que aprobó el examen de doctorado y fue luego suspendido en la Academia Militar, me ha confirmado que sueña muchas veces con el primer examen y jamás con el último.
 Los sueños de examen presentan, para la interpretación, aquella dificultad que antes señalamos, como característica de los sueños típicos. El material de asociaciones que el sujeto pone a nuestra disposición rara vez resulta suficiente, y de este modo, sólo por la reunión y comparación de numerosos ejemplos nos es posible llegar a la inteligencia de estos sueños. Recientemente experimenté en un análisis la segura impresión de que la frase: "Pero ¡si ya eres doctor!", etc. no se limita a encubrir una intención alentadora, sino que entraña también un reproche: "Tienes ya muchos años y has avanzado mucho en la vida; mas, a pesar de ello, sigues haciendo bobadas y niñerías". El contenido latente de esos sueños correspondería, pues, a una mezcla de autocrítica y aliento, y siendo así, no podremos extrañar que el reproche de seguir cometiendo "bobadas" y "niñerías" se refiera, en los ejemplos últimamente analizados, a la repetición de actos sexuales, contra los que hay algo que se opone en nosotros.»

 [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Planeta-De Agostini, 1985, en traducción de Luis López-Ballesteros y de Torres, pp. 304-306. ISBN: 84-395-0001-7.] 

domingo, 8 de diciembre de 2024

La interpretación de los sueños.- Sigmund Freud (1856-1939)

 

1.- Los sueños
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 «En tiempos que podemos llamar precientíficos, la explicación de los sueños era para los hombres cosa corriente. Lo que de ellos recordaban al despertar era interpretado como una manifestación benigna u hostil de poderes supraterrenos, demoníacos o divinos. Con el florecimiento de la disciplina intelectual de las ciencias físicas, toda esta significativa mitología se ha transformado en psicología y actualmente son muy pocos, entre los hombres cultos, los que dudan aún de que lo sueños son una propia función psíquica del durmiente.
 Pero desde el abandono de la hipótesis mitológica han quedado los sueños necesitados de alguna explicación. Las condiciones de su génesis, su relación con la vida psíquica despierta, su dependencia de estímulos percibidos durante el sueño, las muchas singularidades de su contenido que repugnan al pensamiento despierto, la incongruencia entre sus representaciones y los afectos a ellas ligados y, por último, su fugacidad y su repulsa por el pensamiento despierto, que considerándolos como algo extraño a él, los mutila o extingue en la memoria, son problemas que desde hace muchos siglos demandan una satisfactoria solución, aún no hallada. El más interesante de todos ellos es el relativo a la significación de los sueños, el cual entraña dos interrogaciones principales. Refiérese la primera a la significación psíquica del acto de soñar, al lugar que el sueño ocupa entre los demás procesos anímicos y a su eventual función biológica. La segunda trata de inquirir si los sueños pueden ser interpretados, esto es, si cada uno de ellos posee un "sentido" tal como estamos acostumbrados a hallarlos en otros productos psíquicos.
 Tres distintas orientaciones se han seguido en el estudio de los sueños. Una de ellas, que ha conservado como un eco de la antigua valoración de este fenómeno ha sido adoptada por varios filósofos, para los cuales la base de la vida onírica es un estado especial de la actividad psíquica, al que incluso consideran superior al normal. Tal es, por ejemplo, la opinión de Schubert, según el cual el sueño sería la liberación del espíritu del poder de la naturaleza exterior, un desligamiento del alma de las cadenas de la materia. Otros pensadores no van tan lejos, pero mantienen el juicio de que los sueños nacen de estímulos esencialmente anímicos y representan manifestaciones de fuerzas psíquicas (de la fantasía onírica, Scherner, Volket) que durante el día se hallan impedidas de desplegarse libremente. Numerosos observadores conceden también a la vida onírica una capacidad de rendimiento superior a la normal por lo menos en determinados sectores (memoria).
 En total oposición a estas hipótesis, coincide la mayoría de los autores médicos en una opinión que apenas atribuye a los sueños el valor de un fenómeno psíquico. Según ella, los sueños son provocados exclusivamente por estímulos físicos o sensoriales, que actúan desde el exterior sobre el durmiente, o surgen casualmente en sus órganos internos. Lo soñado no podrá, por tanto, aspirar a significación ni sentido, siendo comparable a la serie de sonidos que los dedos de un individuo profano en música arrancan al piano al recorrer al azar su teclado. Los sueños deben, pues, considerarse como "un proceso físico inútil siempre y en muchos casos patológico" (Binz) y todas las peculiaridades de la vida onírica se explican por la incoherente labor que órganos aislados o grupos de células del cerebro sumido fuera de ellos en el sueño realizan obedeciendo a estímulos fisiológicos.
 Poco influida por este juicio de la ciencia e indiferente al problema de las fuentes de los sueños, la opinión popular parece mantenerse en la creencia de que los sueños tienen desde luego un sentido -anuncio del porvenir- que puede ser puesto en claro extrayéndolo de su argumento enigmático y confuso por un procedimiento interpretativo cualquiera. Los más empleados consisten en sustituir por otro el contenido del sueño tal y como el sujeto lo recuerda, ora trozo a trozo, conforme a una clave prefijada, ora en su totalidad y por otra totalidad con respecto a la cual constituye el sueño un símbolo. Los hombres serios ríen de estos esfuerzos interpretativos. "Los sueños son vana espuma".

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  Para mi gran asombro, descubrí un día que no era la concepción médica del sueño, sino la popular, medio arraigada aún en la superstición, la más cercana a la verdad. Tales conclusiones sobre los sueños fueron el resultado de aplicar a ellos un nuevo método de investigación psicológica que me había prestado excelentes servicios en la solución de las fobias, obsesiones y delirios, y que desde entonces había sido aceptado con el nombre de psicoanálisis por toda una escuela de investigadores. Las múltiples analogías de la vida onírica con los más diversos estados psicopatológicos de la vida despierta han sido acertadamente indicadas por numerosos investigadores médicos. Había, pues, desde un principio grandes esperanzas de que un procedimiento investigativo, cuya eficacia se había comprobado en los productos psicopáticos, pudiera aplicarse también a la explicación de los sueños. Las obsesiones  y los delirios son tan extraños a la conciencia normal como los sueños a la conciencia despierta, para la cual permanecen igualmente desconocidos los orígenes respectivos de ambas clases de fenómenos.»

 [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Planeta-De Agostini, 1985, en traducción de Luis López-Ballesteros y de Torres, pp. 7-9. ISBN: 84-395-0001-7.]

viernes, 17 de noviembre de 2017

"Dormir y soñar. La mitad nocturna de nuestras vidas".- Dieter E. Zimmer (1934)


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El absurdo teatro de la noche
 ¿Con qué sueñan las personas?

«Los investigadores norteamericanos, empezando por Calvin Hall, Fred Snyder y David Foulkes, y siguiendo por Milton Kramer, de Cincinatti, han reunido y analizado estadísticamente cientos, miles de informes de sueño, obteniendo así una especie de censo de la población soñante. A partir de estos datos puede inferirse con bastante exactitud el contenido de la actividad que nos ocupa (en Estados Unidos).
 Los niños de entre 3 y 4 años apenas sueñan con sus padres, y si lo hacen con personas, suele tratarse de sus hermanos. Su tema fundamental son los animales, que aparecen en un 33-45% de sus sueños (aunque los freudianos también han constatado este hecho sorprendente, consideran a estos animales sólo incidentalmente como tales, concibiéndolos como sustitutos de personas. Pero sería interesante preguntarse por qué aparecen los animales en el primer plano de la fantasía infantil, ya sea como tales o con valor simbólico; ¿nos encontramos ante una curiosidad ancestral hacia el resto de los seres vivos, mucho más importante en épocas pretéritas que en la actualidad?). En los sueños femeninos hay más contactos amistosos, más sentimientos, más contenidos familiares que en los masculinos; esto aparte, los dos sexos aparecen en ellos en igual medida. Los hombres, en cambio, sueñan más a menudo con otros hombres, con agresiones, desgracias, ambición. El tema más habitual en los sueños de los adultos es la familia (44%), y en la mayoría de los casos se trata de la familia creada por el sujeto que sueña y no de sus antecesores o hermanos. En un 29% de los sueños aparecen allegados, amenazados, heridos, agonizantes o muertos. En un 8%, los soñantes son perseguidos o atacados. Esto aparte, un 6% de los procesos oníricos estudiados versan sobre el trabajo, el 5% son caídas a través del espacio, el 1% se refiere a las comidas y entre un 1 y un 6% muestran actos de violencia sexual. El 33% se desarrolla en casa, sobre todo en el cuarto de estar, el 15% en medios de transporte, el 10% en la calle y otro 10% en fiestas, en la playa o en otros lugares de diversión.
 Por lo general, en los sueños se camina y se conversa. En buena parte de ellos aparece junto al soñante otra persona, y en un tercio son dos o más los protagonistas, generalmente parientes o conocidos. La desgracia (46%) es mucho más frecuente que el éxito (17%) y en cuanto a emociones destacan la angustia (14%), la ira y la sorpresa (cada una 10%), la amistad (7%), la tristeza (5%) y la vergüenza (1%); en conjunto, pues, muchas más sensaciones desagradables que placenteras. El sexo y la edad determinan decisivamente el contenido onírico, en tanto que el nivel de formación, la clase social y la raza apenas lo hacen.
 Kramer ha recogido recientemente un censo de sueños de los años 60. Según éste, los contenidos oníricos parecen modificarse en función de las preocupaciones sociales. Entre los sueños femeninos predominaban los afectivos; los hombres, por el contrario, soñaban con otros hombres. Pero las agresiones, la desgracia y la ambición se presentaban con igual frecuencia en ambos sexos, en un reajuste que Kramer explica a partir de la revolución sexual que debió tener lugar por entonces.
 Tales estadísticas sobre sueños -¿de qué tratan los sueños?, ¿dónde se desarrollan?, ¿a qué sentimientos hacen referencia?- pueden parecer absurdas, constituyendo un trabajo enorme y vacío de contenido. Aunque, de hecho, no ayudan a nadie a comprender mejor sus sueños, son indispensables para excluir precipitadas generalizaciones acerca de los propios sueños. Gracias a ellos sabemos, por ejemplo, que soñar con que se hace el ridículo -uno se examina ante un tribunal y no sabe nada; sale a un escenario y no recuerda ni una sola palabra del diálogo; aparece desnudo o en pijama por la calle, o en una fiesta elegante- es propio de la mayoría de las personas; tanto en los neuróticos como los que no lo son, los individuos seguros de sí mismos y los inseguros, los impulsivos y los tímidos, lo han soñado alguna vez. Este sueño no puede entenderse más que como indicio de un estado de ánimo extraño, anormal, patológico.

 Rectificación de viejos conceptos

 Muchas de nuestras ideas acerca de los sueños deben ser revisadas a fondo, a la vista de tales estadísticas. Los sueños no son "solitarios": en ellos aparecen regularmente otras personas además del propio soñante.
 Tampoco son en absoluto lo que Havelock Ellis y otros pensaban: un "arcaico mundo de exagerados sentimientos y pensamientos fragmentarios", Aunque hay momentos de gran intensidad en los sueños, también los hay en los que los sentimientos brillan por su ausencia (ya Lichtenberg se asombraba de soñar que debía ser quemado y recibía la noticia sin inmutarse). La mayor parte de las veces los sentimientos son corrientes y vulgares.
 Por otra parte, los sueños no son un desagravio, una compensación de lo que perdemos o sacrificamos en el transcurso de la vida y, de hecho, en ellos abundan las situaciones desagradables.
 Ante todo, son mucho más banales y menos fantásticos de lo que se suele pensar. Los temas, imágenes, escenarios, proceden en su mayoría de la vida cotidiana y tratan con preferencia de problemas habituales. Soñamos con lo que hemos visto, dicho, deseado y realizado (esto ya lo había apreciado claramente en 1853 Alfred Maury en su libro Dormir y soñar). La realidad, aunque cambiante, está ya inventada. Los sueños resultan extraños debido principalmente a sus bruscos e ilógicos cambios de escena.
 Del mismo modo se ha desechado la creencia popular, hasta ahora vigente, de que los sueños son sólo cosa de un instante, aunque al soñante le parezcan tan largos. [...] Es muy posible que la conciencia de los sueños haya ocupado, con su propia inercia, el período de tiempo que media entre la apreciación del hecho y la recapitulación del mismo. En todo caso, en el laboratorio se ha podido comprobar que los sueños mantienen el tiempo de las fantasías diurnas. La duración de los sueños se corresponde con la del respectivo período REM, y a mayor duración del sueño REM, de más largos sueños se informa. Por tanto, los sueños normales no parecen ser una acción cerrada en sí misma, con un comienzo y un final.»
 

jueves, 23 de abril de 2015

"La interpretación de los sueños".- Sigmund Freud (1856-1939)

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Lo inconsciente y la conciencia. La realidad

"El problema de lo inconsciente en la psicología es, según las rotundas palabras de Lipps, menos un problema psicológico que el problema de la psicología. Mientras que la psicología se limitaba a resolver este problema con la explicación de que lo psíquico era precisamente lo consciente, y que la expresión "procesos psíquicos inconscientes" constituía un contrasentido palpable, quedaba excluido todo aprovechamiento psicológico de las observaciones que el médico podía efectuar en los estados anímicos anormales. El médico y el filósofo sólo se encuentran cuando reconocen ambos que los procesos psíquicos inconscientes constituyen la expresión adecuada y perfectamente justificada de un hecho incontrovertible. El médico no puede sino rechazar con un encogimiento de hombros la afirmación de que la conciencia es el carácter imprescindible de lo psíquico, o si su respeto a las manifestaciones de los filósofos es aún lo bastante fuerte, suponer que no tratan el mismo objeto ni ejercen la misma ciencia. Pero también una sola observación, comprensiva de la vida anímica de un neurótico, o un solo análisis onírico, tienen que imponerle la convicción indestructible de que los procesos intelectuales más complicados y correctos, a los que no es posible negar el nombre de procesos psíquicos, pueden desarrollarse sin intervención de la conciencia del individuo.
 El médico no advierte, ciertamente, estos procesos inconscientes hasta que los mismos han ejercido un efecto susceptible de comunicaciones o de observación sobre la conciencia; pero este efecto de conciencia puede mostrar un carácter psíquico completamente distinto del proceso preconsciente, de manera que la percepción interior no pueda reconocer en él una sustitución del mismo. El médico tiene que reservarse el derecho de penetrar inductivamente desde el efecto de la conciencia  hasta el proceso psíquico inconsciente. Obrando así descubrirá que el efecto de conciencia no es más que un lejano efecto psíquico del proceso inconsciente y que este último no ha devenido consciente como tal, habiendo existido y actuado sin delatarse en modo alguno a la conciencia. Para llegar a un exacto conocimiento del proceso psíquico es condición imprescindible dar a la conciencia su verdadero valor, tan distinto del que ha venido atribuyéndosele con exageración manifiesta. En lo inconsciente tenemos que ver, como afirma Lipps, la base general de la vida psíquica. Lo inconsciente es el círculo más amplio en el que se halla inscrito el de lo consciente. Todo lo consciente tiene un grado preliminar inconsciente, mientras que lo inconsciente puede permanecer en este grado y aspirar, sin embargo, al valor completo de una función psíquica. Lo inconsciente es lo psíquico verdaderamente real: su naturaleza interna nos es tan desconocida como la realidad del mundo exterior y nos es dado por el testimonio de nuestra conciencia tan incompletamente como el mundo exterior por el de nuestros órganos sensoriales.
 Una vez que la antigua antítesis de vida consciente y vida onírica ha quedado despojada de toda significación por el reconocimiento del verdadero valor de lo psíquico inconsciente, desaparece toda una serie de problemas oníricos que preocuparon intensamente a los investigadores anteriores. Así, muchas funciones cuyo desarrollo en el sueño resultaba desconcertante, no deben ser ya atribuidas a este fenómeno, sino a la actividad diurna del pensamiento inconsciente".