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domingo, 1 de febrero de 2026

El viaje al poder de la mente.- Eduardo Punset (1936-2019)

   Capítulo 10
Hace falta ser inteligente tanto para amar como para castigar

  «No vamos a sugerir, pues -otros lo seguirán haciendo-, que la cocina nos hizo humanos, en lugar de la capacidad de fabricar herramientas o de reconocerse en el espejo. Pero lo cierto es que, en el debate sobre qué nos hizo humanos, nunca se ha dado la importancia que merecía -con la excepción del biólogo Richard Wrangham- a la cocción de los alimentos. Tanto es así que su parecer, expuesto en la extensa conversación que mantuvimos en su despacho académico en Harvard, no debería omitirlo aquí.
 No sorprende oír a Wrangham, con su aspecto de profesor distraído, destilar los juicios más sabios de toda la comunidad científica al hablar de la agresividad de los chimpancés, con los que ha convivido muchos años. Sorprende, en cambio, oírle hablar con idéntica clarividencia de los afectos, de las singularidades amorosas de los bonobos o chimpancés pigmeos y, particularmente, del futuro de la especie humana, más tierno que el pasado, si se confirman las predicciones.
 En este libro nos estamos refiriendo a los grandes descubrimientos de los que nadie habla y que, no obstante, han transformado la vida del ser humano corriente hasta niveles inimaginables. Estamos mencionando el poder de la mente porque de su conocimiento depende que pueda controlar su propia vida. Así ocurrió cuando descubrimos que no éramos el centro del Universo; que el cerebro está preparado, aunque no le guste, para cambiar de opinión; que construimos el futuro en torno al pasado; que no todos los sistemas irracionales de la mente son inválidos; que estamos programados mentalmente para ser únicos y que, tal vez, en ello resida la explicación de nuestra capacidad infinita para hacernos infelices. Y, finalmente, que al cambiar todo a nuestro alrededor, incluida la estructura de la materia, difícilmente no íbamos a cambiar nosotros también.
 De todos estos grandes descubrimientos, a pesar del impacto poderoso y, a veces, tenebroso, sobre el control de la propia vida cotidiana de la gente, la capacidad de cocinar es singular. En primer lugar, no es un mecanismo puramente mental, sino químico que pertenece al mundo de los materiales. En segundo lugar, se ha subestimado su alcance en la historia de la evolución, como no ha ocurrido con ningún otro de los rasgos que, supuestamente, nos hicieron humanos. En tercer lugar, nos transformó físicamente puesto que nos permitió dosificar el aporte energético necesario, contribuyó a la consolidación del sedentarismo humano, así como al nacimiento de las primeras formas organizativas de simulacros de Estado. Por último, y eso lo agradecen particularmente los paleontólogos acostumbrados a manipular el concepto geológico de tiempo, sabemos exactamente cuándo ocurrió: hace 1,6 millones de años.
 Habría que empezar por el comienzo. Hay tres cosas que sorprenden en los primates y especialmente en los homínidos: la violencia agresora en los humanos y los chimpancés; la tolerancia social en los humanos y en los bonobos, y el erotismo de estos últimos, que es mucho menor en los humanos.
 La observación básica es extraordinaria. Sólo hay dos especies de animales en el mundo en las que el macho tiende a vivir en grupos con sus familiares más cercanos y en los que a veces estos machos salen y hacen expediciones para matar, deliberadamente, a los miembros de otros grupos. Esos dos animales a los que me refiero son los humanos y los chimpancés. Hay otro colectivo, el bonobo, que no muestra este tipo de comportamiento. Los orígenes de la violencia no son el reflejo de una expresión falaz de algún instinto ancestral, sino que es el resultado del desarrollo cognitivo. La inteligencia, es cierto, transforma el afecto en amor y también la agresión en castigo y ganas de controlar.
 Todo da a entender que la inteligencia es una pieza importante en todo esto. Pero los bonobos y los chimpancés tienen la misma inteligencia. La otra cara de la moneda es que hay algo en la psicología evolutiva que predispone a seguir rumbos más sofisticados. El principal argumento de Wrangham es que en el pasado vivíamos en territorios que tenían que ser defendidos por los machos, y los grupos que vivían dentro del territorio se vieron obligados a dividirse en pequeñas unidades a causa de las condiciones de alimentación. Cuando ya no queda comida disponible, es mejor dividirse en pequeñas unidades. Eso es lo que vemos en los chimpancés. Exactamente lo contrario de lo que hacen las amebas, que se transforman en un organismo único en tiempos azarosos.
 Tenemos dos colectivos vecinos y uno de ellos vive en grupo porque hay mucha comida y el otro se divide en agrupaciones pequeñas porque la comida escasea. Si un gran grupo se encuentra con un individuo solo en su territorio, ¿qué harán sus miembros? Como se suele decir: disparar a matar. Lo golpearán e intentarán matarlo. Lo exterminarán con gran ferocidad, con mucha crueldad, y nunca dejarán heridos porque son lo bastante inteligentes para tomar la decisión de atacar sólo cuando gozan de todas las ventajas. De modo que la víctima tendrá cicatrices en toda la parte frontal del cuerpo. Quizá le hayan cortado la garganta, arrancado los testículos y la piel junto al codo donde ha mordido el chimpancé. Es un acto muy deliberado y, sin embargo, ningún atacante ha resultado herido porque un individuo sujetaba una mano de la víctima, otro sujetaba la otra, un tercero sujetaba un tobillo... La presa era impotente, era como una crucifixión, podían hacer lo que quisieran con ella.
 La contribución insólita de Richard Wrangham, no sólo al conocimiento de la idiosincrasia de los chimpancés, sino al estudio del origen de la violencia en los humanos, fue el papel desempeñado por la inteligencia. Se necesita inteligencia para planear todo el calvario anterior, pero también hay un poco de nuestra psicología y de la psicología de los chimpancés.»

 [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Destino, 2010, pp. 238-240. ISBN: 978-84-233-4248-8.]

domingo, 31 de agosto de 2025

El difunto Matías Pascal.- Luigi Pirandello (1867-1936)

 

10.-La pila del agua bendita y el cenicero

 «-Usted dispense, señor Paleari -le objetaba yo-. Pero fíjese: supongamos que un gran hombre, mientras pasea, tiene la desgracia de caerse y romperse la crisma y quedarse lelo. ¿Adónde va a parar su alma?
 El señor Paleari quedóseme mirando de hito en hito, como si de pronto le cayese a los pies un pedrusco.
 -¿Que adónde va a parar el alma?
 -Sí, y lo mismo si nos ocurre esa desgracia a usted o a mí, que, aunque no soy un gran hombre, sin embargo..., ¡vamos!, razono. Suponga usted que me caigo, me rompo la crisma y me quedo lelo. ¿Qué se ha hecho de mi alma?
 Paleari juntó las manos y, con expresión de benigna lástima, me repuso:
 -Pero, ¡Dios santo!, ¿por qué quiere usted caerse y romperse la crisma, querido señor Meis?
 -Es una hipótesis...
 -Pues no, señor, siga usted paseándose tranquilamente. Cojamos a los viejos que, sin necesidad de caerse ni romperse la crisma, se vuelven chochos. Bien, ¿qué quiere decir esto? ¿Tendría usted la pretensión de querer probarme, apoyándose en esa circunstancia, que al quebrantarse el cuerpo debilítase también el alma y que la extinción del uno supone la extinción del otro? Pues, si es así, haga usted el favor de imaginarse el caso contrario, es decir, cuerpos en el colmo de la extenuación y en los cuales, sin embargo, refulge potentísima la luz del alma: Giacomo Leopardi y tantos ancianos como, por ejemplo, su santidad León XIII, sin ir más lejos. ¿Qué dice usted a esto? Pero supóngase usted ahora un piano y un pianista y, que al estarlo tocando, el piano, de pronto desafina: no suena ya esta tecla, dos o tres cuerdas saltaron. Pues bien: naturalmente, con un instrumento tan estropeado, por fuerza ha de tocar mal el pianista, por más diestro que sea. Pero y si, por fin, el piano deja de ser, ¿será que no existe ya tampoco el pianista?
 -¿Quiere usted dar a entender que el cerebro es el piano y el alma el pianista?
 -Eso mismo, señor Meis. Y si el cerebro se estropea, por fuerza el alma ha de parecer mema o loca, o qué sé yo. Lo cual quiere decir que si el pianista rompió, no por accidente, sino por inadvertencia o adrede, el instrumento, habrá de pagarlo. El que rompe, paga; se paga todo; sí, señor, todo. Pero ésta es otra cuestión. Dispénseme usted, pero dígame: ¿no hace mella alguna en su ánimo ver que la Humanidad toda, hasta donde hay noticia de ella, alimentó siempre la aspiración a otra vida más allá? Este es un hecho, señor mío: un hecho, una prueba positiva.
 -Dicen que el instinto de conservación...
 -Pues no es así, para que usted se entere. Porque, lo que es yo, me chincho, ¿sabe usted?, en esta vil pelleja que me envuelve. Me pesa, y si la soporto es porque sé que debo soportarla; pero en probándome, ¡voto a Cristo!, que después de haberla soportarlo por espacio de otros cinco o seis o diez años, aún no habré pagado mi escote de algún modo y que todo ha de acabar aquí, pues, ¡nada!, que ya me la estoy arrancando. ¿Y quiere usted decirme dónde está, entonces, el instinto de conservación? Yo sigo tirando únicamente porque siento que la cosa no puede parar en eso. Sólo que a esto salen diciéndome que una cosa es el individuo y otra la Humanidad. El individuo acaba, la especie sigue evolucionando. ¡Vaya un modo de discurrir! Fíjese, si no, un poco, señor Meis. ¡Como si usted, yo, el vecino de al lado, todos, en una palabra, no fuésemos la Humanidad! ¿Y no pensamos todos nosotros, allá en nuestro fuero interno, que sería el colmo del absurdo, la cosa más atroz, el que todo hubiera de reducirse a este mundo, a este mísero soplo de nuestra vida terrena: cincuenta, sesenta años de calamidades, sinsabores y luchas? Y, todo, ¿por qué? ¡Pues por nada! ¡Por la Humanidad! Pero ¿y si la Humanidad no ha de ser tampoco eterna? Fíjese usted, señor Meis: ¿a qué habrán venido, entonces, toda esta vida, todo este progreso, toda esta evolución? ¿A nada?... ¡Pero si luego salen diciéndonos que la nada, la nada pura, no existe!... La curación del planeta, como dijo usted el otro día, ¿verdad? Bueno: supongamos que sea la curación; sólo hay que ver en qué sentido. Lo malo que tiene la ciencia, señor Meis, es eso precisamente: que no ve más allá de la vida...
 -¡Hombre! -suspiré yo, sonriendo-. Puesto que tenemos que vivir...
 -Pero, ¡también tenemos que morir! -replicome Paleari. 
 -Conformes, pero, ¿por qué pensar tanto en ello?
 -¿Que por qué? Pues porque no podemos atinar con el sentido de la vida si de algún modo no nos explicamos también la muerte. El criterio director de nuestros actos, el hilo para salir de este laberinto, la luz, en suma, señor Meis, la luz hemos de recibirla de allá, de la muerte.
 -¿Con la oscuridad que allí reina?
 -¿Oscuridad? ¡La habrá para usted! Pero pruebe usted a encender una lamparilla de fe con el aceite puro del alma. En faltándonos esta lamparilla, no hacemos más que dar tumbos de acá para allá en esta vida, como ciegos, pese a toda la luz eléctrica que hemos inventado. Buena, bonísima resulta para la vida la luz eléctrica; pero nosotros, señor Meis, necesitamos también de esa otra lamparita que nos alumbra un poco las sombras de la muerte. Mire usted: yo, muchas noches, procuro encender también cierto farolillo de cristal color de rosa; no hay más remedio que ingeniarse por todos los modos posibles de echar el resto para intentar ver... Ahora se encuentra en Nápoles Terencio, mi yerno; pero dentro de unos meses estará de vuelta y entonces yo le invitaré a usted a asistir, si quiere, a alguna de nuestras modestas sesiones. Y quién sabe si ese farolillo... Pero punto en boca, que por hoy ya le he dicho bastante.»

 [El texto pertenece a la edición en español de Salvat Editores, 1971, en traducción de R. Cansinos Assens, pp. 107-110. Depósito legal: NA-42-1971.]
 

domingo, 14 de julio de 2024

Los perros duros no bailan.- Arturo Pérez Reverte (1951)

 

 10.- Sangre y arena

 «Cuando peleas con otro perro, lo importante son los reflejos. Los impulsos naturales y el adiestramiento. A la velocidad en que ocurren las cosas en el mundo cánido, no hay tiempo para pensar. Todo discurre demasiado rápido. Por suerte, los años que había pasado luchando no se borraban aún de mi memoria. Sabía por instinto que debía proteger el hocico, las orejas, las patas delanteras y el cuello. Que ésas serían las principales presas a las que apuntaría mi adversario. Así que cuando me vi en el círculo de arena, rodeado de humanos vociferantes, oliendo su sudor y el humo de sus cigarros, ensordecido por sus gritos, procuré borrar todo eso de mi cabeza y me concentré en dos consignas sencillas: protegerme y atacar.
 Desde que nos pusieron frente a frente, mi enemigo -un moloso negro con patas marrones, más o menos de mi estatura- y yo empezamos a ladrarnos con ferocidad. Guau, guau, guau, reguau. Lo normal. En realidad no nos decíamos nada fuera del cliché: te voy a matar, hijoputa, tontolhaba y todo eso. Te voy a arrancar a mordiscos las pelotas. Etcétera. Lo natural en estos casos. Diálogos automáticos, ritual de pelea. Rutina previa. Supongo que ni pensábamos siquiera en lo que ladrábamos.
 Tras unos momentos de calentamiento, para dar tiempo a que los humanos hicieran sus apuestas, los que nos retenían estaban a punto de soltarnos las correas. Alrededor de nosotros, toda aquella gentuza, toda aquella chusma canalla y despiadada, alzaba la voz en un griterío ensordecedor, animándonos a despedazarnos. Exigiendo sangre y muerte.
 -Vamos a ello -le ladré resignado al moloso.
 -Ya estás tardando, follagatos.
 Era valiente, pensé. Joven y valiente. Aquello iba a ser duro.
 Allí no había tácticas que sirvieran de nada, sino rapidez y violencia. Jugársela a cara o cruz. Así que en cuento sentí el cuello libre, me lancé contra él. Tenía mi enemigo anchos hombros y una boca tan impresionante como la mía. La diferencia era que él debía tener tres o cuatro años; y yo, con mis ocho a cuestas, ya iba camino del desguace. Pero la experiencia es un grado y más sabe un perro por viejo que por perro. De modo que la cosa estuvo equilibrada desde el primer choque, patas enlazadas con patas, colmillos lanzando dentelladas feroces, ojos desorbitados a escasa distancia, respiración furiosa, cálida y húmeda del otro en tu hocico, salpicaduras de baba y sangre. Como dicen los humanos, a cara de perro. En esos momentos supremos no sientes dolor; sólo una furia atávica y terrible, y a través del velo rojo que va cubriendo tu mirada, ves en el otro un cuerpo que hay que despedazar, destruir, aniquilar. Mis antiguos genes, los de los mastines que cazaban bárbaros con las legiones romanas o esclavos negros en la selva amazónica, acudieron en mi socorro. Benditos sean los abuelos. Gracias a ellos, a su dureza y su sangre en mis venas, defendí ferozmente mi vida, como un perro valiente y despiadado.
 Y vencí.
 Por suerte, no tuve que matarlo. O no fui yo quien lo hizo. El moloso se había batido con dureza, tenaz y valiente, hasta la locura. Buscándome las presas en aquellos lugares donde su instinto -los ojos ya no valían de nada en ese cuerpo a cuerpo- le indicaba que yo era vulnerable. Mi oreja herida sufrió también las consecuencias. Pero a su energía, a sus violentos ataques y acometidas, yo opuse siempre mi sólida firmeza de luchador veterano: resistir y, en cuanto el otro aminoraba el impulso por la fatiga o hacía una pausa para respirar, lanzarle dentelladas que en otro perro menos fuerte que él habrían resultado letales. Al fin pude acorralarlo contra el suelo, entre mis patas, aprisionándole el cuello con las fauces y dando furiosas cabezadas que amenazaban con desgarrárselo. De pronto, el moloso emitió un quejido prolongado y gutural, un resoplido agónico y se quedó casi inmóvil. A muy corta distancia, advertí sus ojos abiertos y suplicantes.
 Solté la presa y retrocedí, resollando fuerte mientras mis fauces mojadas de baba y sangre intentaban recobrar el aliento. A diferencia de los humanos, rara vez los cánidos rematamos a un enemigo que se proclama vencido. Aunque los perros somos lo que los amos hacen de nosotros, héroes o criminales, y no siempre un amo está a la altura de su perro, casi todos, excepto los que se vuelven locos, respetamos ciertas reglas caninas. Ciertos códigos como no atacar a cachorros y no liquidar al que se somete, por ejemplo. Así que me quedé inmóvil, erguido, firme sobre mis cuatro patas. Estaba sediento y ofuscado, pero el desenfrenado latido de mi corazón se acompasaba poco a poco. De nuevo mis sentidos recobraban la calma. Oí subir de punto las voces de los humanos y vi cómo entre ellos se pasaban gruesos fajos de dinero. A mi espalda, una mano me palmeó el lomo, satisfecha, pero se retiró en el acto cuando, volviendo a medias la cara, lancé en su dirección un gruñido y una dentellada de rencor.
 Frente a mí, el moloso yacía moviendo débilmente las patas, rebozado como yo en la arena que se le pegaba al pelaje con el sudor y la sangre. Tenía heridas por todas partes. Pobre diablo. Mis colmillos habían hecho un buen trabajo.
 Se lo llevaron. Dos humanos fueron hasta él y lo arrastraron fuera del coso. Yo ignoraba la suerte que iba a correr y lo cierto es que en ese momento no me importaba gran cosa, pues tenía asuntos más urgentes de que preocuparme. Quizá, si las heridas no eran muy graves, mi adversario fuese curado y puesto a punto para otras peleas. De lo contrario, si las lesiones lo habían dejado inútil para sus amos, el destino estaba claro: lo rematarían de un tiro en la cabeza o, en el más cruel de los casos, lo abandonarían moribundo o inválido, a su suerte.
 Sentí un sabor amargo en la boca viendo cómo se llevaban al moloso. No importaba cómo había vivido ni cómo había luchado, pensé. A pesar de su lealtad y coraje, ése era el premio que aguardaba a un gladiador vencido.»

 [El texto pertenece a la edición en español de Alfaguara, 2018, pp. 125-129. ISBN: 978-84-204-3269-4.]

domingo, 10 de marzo de 2024

El pequeño salvaje.- Thomas C. Boyle (1948)


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3


  «Finalmente llegó el invierno de 1799, que fue especialmente riguroso. En aquel entonces, aparentemente cansado del bosque de La Bassine y vagando en busca del siguiente alijo de setas o de uvas silvestres o de bayas, y de las larvas que extraía de la pulpa de los árboles moribundos, había cruzado las montañas, a lo largo de la planicie entre Lacaune y Roquecézière, siguiendo de nuevo el curso del Lavergne hasta las inmediaciones de la villa de Saint-Sernin. Era a comienzos de enero, justo después de Año Nuevo, y el frío se había enseñoreado de todas las cosas. Al caer la noche, el chico se fabricó un nido con ramas de pino, pero durmió de manera irregular a causa de los temblores y el hambre, que le hacían mella en las entrañas. Con la primera luz del día se levantó y comenzó a escarbar entre los terrones dispersos de ese campo aletargado en busca de algo que llevarse a la boca: tubérculos, cebollas, la broza y los restos de los granos cosechados hacía mucho… De pronto un movimiento fantasmal llamó su atención. Vio que había humo elevándose por encima de los árboles al otro lado del campo. Estaba a cuatro patas, cavando. La tierra, húmeda. Un cuervo se burlaba de él desde los árboles. Sin pensarlo, sin saber lo que hacía o por qué, se levantó y corrió hacia la cabaña de donde salía ese humo.
 Adentro se hallaba François Vidal, el tintorero del pueblo, que acababa de levantarse y había encendido el fuego para calentar la estancia y prepararse unas gachas. No tenía hijos, era viudo y vivía solo. De las vigas del único cuarto de su cabaña colgaban las hierbas, las flores y los hierbajos pantanosos que usaba como tintes. Era la única persona en toda la región que podía producir un bon teint de púrpura real sobre lana virgen, empleando su propia mezcla y sus fijadores, así que, por pura necesidad, era un hombre extremadamente reservado. ¿Deseaban sus competidores hacerse con sus recetas? Oh, sí, desde luego. ¿Lo espiaban? No estaba seguro de ello, pero tampoco podía afirmar que no lo hicieran. En cualquier caso, el tintorero salió de su casa en dirección al rudimentario establo para alimentar y ordeñar a su vaca, pensando en apartar la nata para completar sus gachas. Fue entonces cuando vio algo —un oscuro centelleo animal— que se erguía contra la tierra parda y el fondo de los árboles sin hojas.
 No tenía ningún prejuicio, pues a sus oídos no habían llegado los rumores procedentes de Lacaune, o siquiera de la villa más cercana. Así que cuando sus ojos enfocaron aquella figura y registraron la imagen en su cerebro, vio que no se trataba de un animal, sino de un niño humano, un muchacho sucio, que caminaba hacia él sin protección alguna contra los elementos. Se le veía muy necesitado. Así que el hombre estiró la mano en señal de invitación.
 Siguió a continuación una lucha de voluntades. Como el chico no respondía, Vidal extendió ambas manos, con las palmas abiertas, para mostrarle que estaba desarmado y le habló con voz suave y tono persuasivo, aunque el niño pareció no entender, o siquiera escuchar, lo que el otro le decía. En su infancia, Vidal había tenido una medio hermana sordomuda, y la familia había creado su propio sistema de signos para comunicarse con ella, si bien el resto de los habitantes del pueblo tendían a rechazarla como si se tratara de un monstruo de feria. Fueron esos signos los que empezó a recordar el tintorero mientras se hallaba allí, muerto de frío, contemplando al chico desnudo. Si, como parecía, el niño era sordomudo, entonces quizás sabría responder a sus gestos. Las manos de Vidal, manchadas con los residuos de sus tintes, describieron fugaces y elegantes figuras, pero todo fue en vano. El chico seguía allí, paralizado, los ojos oscilando entre el rostro del tintorero y la casa, el establo, el humo que se achataba antes de dispersarse por el cielo. Finalmente, temiendo espantarlo, Vidal retrocedió lentamente hacia la cabaña, hizo un gesto de invitación en el umbral y dejó la puerta abierta tras él.
 Poco después, cuando Vidal se hallaba agazapado frente al hogar tras haber ordeñado a la vaca Rousa, que mugió a causa de un sonido que se sintió como un remoto e intermitente parte meteorológico proveniente de las colinas, el chico se acercó al umbral lo suficiente para que Vidal pudiera observarlo por fin con cierto detenimiento. Le extrañaba que alguien permitiera que su niño anduviera por ahí como un animal salvaje, con toda la mugre del bosque incrustada en cada poro de su piel, con el pelo lleno de abrojos y palitos y moho, y con las rodillas casi tan callosas como los pies. ¿Quién era aquel muchacho? ¿Acaso había sido abandonado? Entonces vio la cicatriz en el cuello del niño y la respuesta a sus preguntas le pareció evidente. Cuando le hizo un gesto para que se acercara al fuego, señalando también el cazo renegrido donde espesaban las gachas, Vidal vislumbró el rostro de su hermana muerta.
 Con cautela, paso a paso, el chico se acercó al fuego. Y con la misma precaución, pues temía que cualquier movimiento brusco pudiera hacerlo retroceder por la puerta, Vidal echó algo más de leña en el hogar hasta que las llamas se avivaron. Retiró el cazo del fuego y lo puso a enfriar en la rejilla. La puerta seguía abierta. La vaca mugió. Usando sus manos para comunicarse, el tintorero le ofreció al chico un plato de gachas que despedía un fragante vapor. También tenía la intención de ir a buscar un poco de leche y de cerrar la puerta en cuanto se ganara su confianza, pero el chico no demostró ningún interés en la comida. Se mostraba inquieto, vacilante, y tenía los ojos fijos en el fuego. Se le ocurrió a Vidal que quizás el niño no supiera lo que eran las gachas, que no supiera lo que era un plato o una cuchara, y mucho menos cómo se usaban. Así que hizo algunos gestos para recrear la pantomima del acto de comer, tal como lo haría un padre con su hijo, llevándose la cuchara a los labios y probando las gachas, masticando y tragando exageradamente e incluso frotándose el abdomen en círculos y sonriendo satisfecho.
 El chico se mostró inmutable. Simplemente permaneció allí, titubeante, aparentemente fascinado por el fuego. Y es casi seguro que habría seguido así todo el día si no hubiera sido por la repentina ocurrencia del viejo. Quizás habría alimentos más rudimentarios, pensó, alimentos del bosque o del campo que el niño estuviera acostumbrado a comer sin temor. Nueces y cosas por el estilo. Miró a su alrededor. No había nueces. No era temporada. Pero en una cesta recostada contra la pared del fondo estaba el puñado de patatas que había traído del sótano con la intención de freírlas en manteca para la cena de esa tarde. Con mucho cuidado, haciendo gestos ostensibles con el cuerpo y las manos para no alarmar al niño, se levantó, y lentamente —tan lentamente que alguien podría haberlo tomado por un niño en pleno juego de las estatuas— se acercó a la pared, levantó la tapa de mimbre y, continuando con la pantomima, levantó la cesta para mostrarle al niño su contenido.
 Con eso bastó. En un instante el niño estaba allí, a unos pocos centímetros, el olor salvaje manando de su cuerpo como el almizcle, las manos escarbando en la cesta hasta hacerse con todas y cada una de las patatas —serían una docena o más—. Luego, con un solo movimiento, se plantó frente al hogar y empezó a arrojarlas una a una al fuego. Su rostro se iluminó de repente, los ojos desorbitados. De sus labios escapó una serie de chillidos breves e inarticulados. En cuestión de segundos, en el tiempo que le llevó a Vidal entornar la puerta y cerrarla del todo, el chico había metido ya las manos en las brasas y había sacado una de las patatas todavía crudas, quemándose los dedos en el proceso. De inmediato, como si no tuviera noción de lo que implicaba la cocción, comenzó a mordisquearla compulsivamente. Una vez hubo terminado, agarró la siguiente y luego otra, y otra, repitiendo la misma secuencia, sólo que ahora las patatas estaban chamuscadas por fuera y crudas por dentro, y los dedos del niño visiblemente quemados.
IMPEDIMENTA » El pequeño salvaje Afligido ante esta imagen, Vidal intentó mostrarle cómo se usaban las pinzas de hierro, pero el niño lo ignoró completamente. Peor aún, miró a través de él como si no existiera. El tintorero le ofreció queso, pan, vino. El niño, sin embargo, no demostró ningún interés y no reaccionó hasta que a Vidal se le ocurrió servirle un vaso de agua de una jarra que había sobre la mesa. Lo primero que hizo el niño fue intentar lamer el agua del vaso, pero entonces pareció comprender y se lo llevó a los labios hasta dejarlo vacío. Pidió más. Fascinado como si se tratara de un zorro que se hubiera puesto a dos patas para sentarse con él a la mesa, Vidal siguió llenándole el vaso hasta que el niño estuvo saciado. Finalmente, desnudo y mugriento, el crío se acurrucó sobre las losas que había delante del fuego y se quedó profundamente dormido.
 Durante largo rato el tintorero se limitó a contemplar desde una silla a esa súbita aparición que había irrumpido en su vida. Se levantaba de vez en cuando para avivar las llamas o para encender su pipa. No tenía la menor intención de trabajar, no en un día como ése. Sólo podía pensar en su medio hermana, Marie-Thérèse, una niña inusualmente pequeña y con un rostro poderosamente expresivo —era capaz de decir con sus gestos más de lo que muchos podían decir con su lengua—. Había sido producto del primer matrimonio de su padre con una mujer que había muerto de fiebre puerperal después de dar a luz a esa hija malograda que nunca terminó de ser aceptada por la madre de Vidal. Era siempre la última en ser alimentada y la primera en recibir una bofetada o un cogotazo cada vez que alguna cosa se torcía, así que la pequeña adquirió el hábito de vagar por ahí a solas, alejada de los otros niños, hasta que una noche no regresó a casa. Vidal tendría ocho o nueve años en ese entonces, así que ella debería de andar por los doce. Hallaron su cuerpo al fondo de un barranco. La gente dijo que seguramente se había extraviado en la oscuridad y había resbalado accidentalmente; pero incluso entonces, a pesar de que era sólo un niño, Vidal sabía lo que había ocurrido en realidad.
 La vaca Rousa mugió y sacó al tintorero de su ensoñación. ¿Cómo podía haber sido tan descuidado de dejarla allí afuera? Se levantó con presteza, se enfundó el abrigo y salió a buscarla. Cuando regresó, el niño estaba recostado contra la pared del fondo, acurrucado y muerto de miedo, y mirándole como si fuera la primera vez que se veían. Todo estaba manga por hombro, la mesa volcada, las velas tiradas por el suelo y, por si fuera poco, todas las plantas que con tanto esfuerzo había ido agrupando ya no estaban colgadas sobre las vigas sino que se hallaban desparramadas por doquier. Intentó calmar al niño, hablándole con las manos, pero no sirvió de mucho. Cada uno de sus gestos coincidía con un gesto correspondiente del niño, que yacía con la espalda apoyada contra la pared, guardando las distancias, oscilando sobre sus pies y listo para dar el salto hacia la puerta, si hubiera sabido lo que era una puerta, claro está. Y sus mandíbulas… Sus mandíbulas entretanto parecían ocupadas. Pero ¿con qué? ¿Qué estaba comiendo? ¿Otra patata? Fue entonces cuando el tintorero vio la cola desnuda colgando como un hilo de babas de la comisura de sus labios y los dientes amarillos del chico mascando alrededor del amasijo de pelo pardo.
 Si antes había sentido simpatía, si había sentido afinidad y compasión por el muchacho, ahora lo único que el tintorero sentía era repulsión. Vidal era un hombre viejo, llevaba ya cincuenta y cuatro años sobre este mundo, y Marie-Thérèse llevaba muerta casi medio siglo. Lo del niño no era asunto suyo, en absoluto. Cautelosamente, con todos sus sentidos alerta como si se hallara dentro de una jaula con una bestia rabiosa, retrocedió hacia el umbral, salió de la casa y cerró la puerta.
 Esa misma tarde, mientras la lluvia helada aporreaba las calles de Saint-Sernin y azotaba con furia los campos, el niño salvaje fue entregado a la ciencia y, por ende, a la celebridad. Después de hacer rodar una de sus grandes ollas de hierro fundido por el patio a fin de mantener cerrada la puerta, Vidal fue directamente a ver a Jean-Jacques Constans-Saint-Estève, el Comisionado del gobierno para Saint-Sernin, con la intención de informar y ceder a las autoridades la responsabilidad sobre la criatura que había encerrado en su cabaña.»

  [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Impedimenta, 2012, en traducción de Juan Sebastián Cárdenas, pp. 15-19. ISBN: 978-84-1513-066-6.]

jueves, 18 de marzo de 2021

Cuestiones fundamentales de antropología cultural.- Franz Boas (1858-1942)


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Capítulo IX

Primeras manifestaciones culturales

  «Puede definirse la cultura como la totalidad de las reacciones y actividades mentales y físicas que caracterizan la conducta de los individuos componentes de un grupo social, colectiva e individualmente, en relación a su ambiente natural, a otros grupos, a miembros del mismo grupo y de cada individuo hacia sí mismo También incluye los productos de estas actividades y su función en la vida de los grupos. La simple enumeración de estos varios aspectos, de la vida no constituyen empero, la cultura. Es más que todo esto, pues sus elementos no son independientes, poseen una estructura.
 Las actividades aquí enumeradas no son de ningún modo propiedad exclusiva del hombre, porque la vida de los animales también está regulada por sus relaciones con la naturaleza, con otros animales y por las relaciones recíprocas de los individuos componentes de la misma especie o grupo social.
 Se acostumbra describir la cultura como cultura material, relaciones sociales, arte y religión. Las actitudes éticas y las actividades racionales fueron tratadas muy superficialmente, en general, y rara vez se incluyó el lenguaje en la descripción de la cultura. Bajo el primero de estos tónicos se describen la recolección, conservación y preparación de los alimentos, la vivienda y el vestido, procedimientos y productos de manufactura y medios de locomoción. El conocimiento racional se incluye casi siempre como parte de esta materia. Bajo el título de relaciones sociales se discuten las condiciones económicas generales, los derechos de propiedad, la actitud hacia las tribus foráneas en la guerra y en la paz, la posición del individuo en la tribu, la organización de la tribu, medios de comunicación, relaciones individuales de orden sexual y otras. El arte decorativo, pictórico y plástico, el canto, la narración y la danza forman la sustancia del arte; las actitudes y actividades que giran en torno a todo lo que se considera sagrado o fuera de la esfera de los actos humanos ordinarios, la de la religión. También aquí, por lo corriente, se incluye el comportamiento habitual, respecto a lo que se considera bueno, malo, propio o impropio y otros conceptos éticos fundamentales.
 Muchos fenómenos de cultura material y relaciones sociales son comunes al hombre y a los animales (Alverdes). Cada especie animal tiene su propio método de procurarse alimento. La manera de cazar del lobo es diferente de la del león; el alimento de la ardilla y la forma de procurárselo difieren de los de la marmota. Ciertos animales como la hormiga-león y la araña construyen trampas para cazar su presa. Algunos devoran a otras criaturas y se apropian del alimento encontrado por ellas. Las gaviotas de Jaeger roban el pescado a otras gaviotas o pájaros pescadores. Los buitres viven de los despojos abandonados por otros animales de presa. Muchos roedores acostumbran almacenar provisiones para el invierno; los insectos, como las abejas, hasta preparan el alimento para la generación siguiente.
 Las reacciones del clima son completamente distintas en diversos grupos. El oso pasa la estación invernal aletargado, algunos pájaros emigran a climas más templados, otros soportan los rigores del frío.
 Muchas clases de animales forman sus propias viviendas para su protección y la de sus crías. Los antílopes hacen cuevas y los monos viven en nidos temporarios. Ni siquiera la conquista fundamental del hombre, la invención de objetos construidos artificialmente para servir un propósito, está enteramente ausente del mundo animal. Los nidos de ciertos animales están hechos con más arte que las casas de algunos hombres primitivos. Están entrelazados y embarrados con gran habilidad. Los insectos y las arañas fabrican complicadas estructuras para habitar en ellas. Una especie de hormiga hasta prepara suelo apropiado en sus hormigueros para cultivar hongos y mantiene las camas escrupulosamente limpias. Según los experimentos de W. Köhler los monos usan herramientas. A veces cortan un palo adecuado para alcanzar un objeto deseado que se halla demasiado lejos para agarrarlo con la mano. También vio chimpancés uniendo palos huecos a fin de obtener una herramienta suficientemente larga. Empero, éstos son probablemente los únicos casos en que los animales preparan herramientas, no instintivamente, sino para servir un propósito específico.
 También encontramos en el mundo animal paralelos de los hábitos sociales del hombre. El rebaño o manada de animales gregarios forma una unidad compacta, hostil a los extraños aun cuando sean de la misma especie. Una jauría de perros no admite a un perro forastero en su seno; si lo acepta será sólo después de largas y continuas peleas. Los pingüinos de la misma bandada no permiten a otros desconocidos acercarse al sitio de sus nidales. Las hormigas de un hormiguero, incluyendo las especies foráneas, que viven en simbiosis, se mantienen unidas para atacar a todas las forasteras que tratan de trasponer los límites de su territorio.
 En las sociedades de monos y de aves de corral hay un orden jerárquico bien definido, donde las 'personalidades' más fuertes son reconocidas como superiores por las más débiles. Entre los insectos la asignación de obligaciones sociales está vinculada con la. forma corporal, y cada clase tiene su propia característica anatómica. Las diferentes clases de obreras de las hormigas cortadoras de hojas son anatómicamente distintas. Entre los animales superiores, los deberes sociales de exploradores o vigías, corresponden al jefe del rebaño, macho o hembra. Algunos animales viven en monogamia más o menos permanente, como algunos pájaros, otros en manadas en que el jefe masculino tiene su harén, otros viven en uniones temporarias de corta duración. En algunos casos tanto el macho como la hembra cuidan de la cría, en otros sólo el macho o la hembra tienen que velar por ellos.
 El sentimiento de propiedad se manifiesta particularmente en el período de la reproducción. El espino aleja de la región en que ha hecho su nido a los peces y caracoles; muchos pájaros no permiten a ningún otro individuo de la misma especie visitar el distrito en que habitan. Los patos defienden su laguna particular contra los intrusos. Otros animales 'poseen' territorio s permanentes durante todo el año; los monos permanecen en un distrito definido al que otros no son admitidos. Otro tanto hacen las águilas y los halcones. Los animales que almacenan provisiones, como algunas especies de pájaros carpinteros, ardillas y marmotas, son dueños de sus depósitos de víveres y los defienden.
 Los animales que viven en un grupo social también tienen sus amistades y enemistades, sus jefes enérgicos y débiles y sus relaciones sociales son de la misma clase, en general, que las corrientes en la sociedad humana.
 La distribución de hábitos entre los anímales demuestra que éstos deben ser, comparativamente, adquisiciones recientes, pues se conocen muchos ejemplos de especies estrechamente relacionadas, cuyos modos de vida tienen importantes diferencias. Encontramos avispas solitarias y otras que viven en colonias organizadas con el mayor cuidado. Especies relacionadas de hormigas difieren de manera fundamental en sus hábitos. Algunos pájaros son gregarios y anidan en colonias, mientras otras especies, estrechamente relacionadas, son solitarias. Las migraciones de pájaros sobre rutas definidas sólo pueden entenderse como resultado de un largo proceso histórico, y no es posible explicarlas en modo alguno en razón de su estructura anatómica.
 Los cambios de hábito parecen depender del modo de vida de incalculables generaciones. No es necesario analizar aquí la cuestión de cómo tales hábitos pueden haber llegado a fijarse por la herencia. Los hechos indican que, los hábitos pueden modificar la estructura —como en el caso de las abejas que desarrollan una reina por el adecuado tratamiento de un huevo o una larva, o el de aquellas hormigas que tienen formas corporales diferentes para individuos que ejecutan distintas funciones sociales-. La distribución de estos fenómenos entre formas relacionadas sugiere una inestabilidad de hábitos mucho mayor que la de la forma corporal. También puede indicar que cambios comparativamente leves en estructura pueden modificar el modo de vida. No hay, sin embargo, indicación alguna de que ciertos tipos de estructura determinen hábitos definidos. Su distribución parece completamente errática.
Resultado de imagen de cuestiones fundamentales de antropologia cultural  No designamos las actividades de los animales como cultura, ya sean ellas intencionales, u orgánicamente determinadas o aprendidas. Más bien hablamos de 'modo de vida' o 'hábitos' de los animales. Podría haber cierta justificación en emplear el término cultura para actividades que se adquieren por tradición, pero sería extender demasiado el significado del término si lo aplicáramos al canto del pájaro o a cualquier otra actividad animal adquirida. Si, como afirma Köhler los chimpancés gustan de adornarse y llegan hasta a ejecutar intencionalmente ciertos movimientos rítmicos, una especie de 'danza', el término puede parecer más aplicable. Es difícil trazar una línea bien clara entre 'modo de vida' y 'cultura'.
 Si hubiéramos de definir la cultura observando solamente el comportamiento encontraríamos poco en los elementos fundamentales de la conducta humana que no tenga cierto paralelismo en el mundo animal.
 Es característica del hombre la gran variabilidad de conducta en cuanto a sus relaciones con la naturaleza y con sus semejantes. Mientras en los animales el comportamiento de la especie íntegra es estereotipado, o como decimos nosotros, instintivo, no aprendido, y sólo en muy escasa medida variable y dependiente de la tradición local, la conducta humana no está estereotipada en el mismo sentido y no puede llamarse instintiva. Depende de la tradición local y es aprendida. Además, hasta donde alcanzamos a entender las acciones de los animales, no hay razonamiento retrospectivo respecto a sus actos. Son intencionados en la medida en que se adaptan a ciertos requerimientos, y en la medida en que muchos animales pueden aprovechar la experiencia, pero todo el problema de la causalidad y la cuestión de por qué ocurren ciertas cosas, son extraños a los animales y comunes a toda la humanidad. En otras palabras, la cultura humana se diferencia de la vida animal por la capacidad de razonar, y asociada a ella, el uso del lenguaje. Es también peculiar al hombre la valoración de las acciones desde puntos de vista éticos y estéticos.
 Del examen de los más antiguos vestigios humanos surge la impresión de un paralelismo objetivo con el comportamiento animal. Dejando a un lado las dudosas herramientas neolíticas de fines del terciario —toda vez que no muestran ninguna forma definida sino que están simplemente provistas de bordes afilados aptos para cortar y dar tajos, que pudieron hacerse con el uso— encontramos herramientas definitivamente hechas sólo en el cuaternario. Son éstas frágiles piedras conformadas de modo rústico mediante el golpe de una piedra más pesada y resistente. Los estratos en que se encuentran estas piedras representan un período de varios miles de años. No ocurre cambio alguno en la forma de las herramientas desde principios hasta fines de este período. Generación tras generación desarrollaba las mismas actividades. No sabemos sí algunas de sus actividades que no dejaron rastros pudieron haberse modificado durante ese tiempo. No sabemos si el hombre de ese período poseía el lenguaje y el concepto de las relaciones causales. Si solamente consideramos el material de que en realidad disponemos, las actividades del hombre durante ese período pueden haber sido tan permanentes corno las de los animales. La forma corporal también era aún prehumana y difería de la de todas las razas humanas actuales. Sería posible afirmar de acuerdo con los hechos observados, que el hombre de ese período había desarrollado una tendencia orgánica a secundar el uso de manos y dientes mediante el empleo de objetos a los que confería una forma más o menos útil, y que la forma usada era aprendida por imitación.»

   [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Solar y Librería Hachette, 1964, en traducción de Susana W. de Ferdkin, pp.166-171. ISBN: Depósito que previene la ley 11.723.]

martes, 23 de febrero de 2021

Historia del deporte.-Juan Rodríguez López (¿...?)

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El esplendor de los Juegos Olímpicos contemporáneos
17.-Renovación de los Juegos Olímpicos. Pensamiento de Coubertin
17.2.-El pensamiento de Coubertin

    «Síntesis teórica:
 1.-La teoría de Coubertin es original en el mundo actual, en la teoría del deporte y en la pedagogía contemporánea. La pedagogía contemporánea ha estado presidida por el principio de espontaneidad –entendida con frecuencia como ausencia de esfuerzo- y por el principio de colaboración, rechazando, con mayor o menor fuerza, según autores o movimientos, la competición y el individualismo, en los que se basa la pedagogía deportiva de Coubertin. El olimpismo de Coubertin basa su pedagogía en el agonismo y potencia el individualismo para conseguir fines sociales.
 2.-Su ideal humano se refleja en su frase: “mens férvida in corpore lacertoso” (mente cultivada en un cuerpo entrenado). También es expresión suya: “fuerza muscular, fuerza cerebral”; esta conjunción es su ideal humano.
 3.-Su modelo o inspiración es la teoría griega del deporte –la teoría del deporte en Grecia, prácticamente se identifica con la teoría de la educación-, cuya expresión filosófica más perfecta es la de Platón (aunque Platón rechaza la “gimnasia” de los atletas y Coubertin no). En el movimiento olímpico Coubertin glorifica al campeón deportivo, aún a costa de un posible desequilibrio de la armonía cuerpo-mente y traslada la preocupación platónica de armonía cuerpo-espíritu (“kalokagathía”) a los Juegos Olímpicos en su conjunto, al movimiento olímpico; de ahí su interés en las competiciones artísticas, musicales y literarias, incluidas en la celebración de los Juegos y de las diversas manifestaciones culturales del movimiento olímpico.
 4.-Coubertin tiene una gran confianza en la capacidad educativa, personal y social (desarrollo del valor y de la iniciativa de los individuos y de los pueblos) del deporte: dirá que “el deporte es una pedagogía viril de sorprendentes resultados sociales”; a veces, defiende que los triunfos de las sociedades, ajenos al deporte, habrían dependido de él: en Grecia, los éxitos en las artes, filosofía, ciencia y guerra (incluso la victoria sobre los persas se habría debido a su cultura deportiva). También en Francia, Alemania, Inglaterra, Estados Unidos, la práctica deportiva o la ausencia de ella, habría influido decisivamente en algunos de sus acontecimientos históricos (bélicos, políticos, educativos); entiende el deporte como panacea, casi un determinante absoluto de las culturas. Mandell (cfr. 1986, pp. 2-3) califica a esta teoría de romántica, añadiendo que es gratuita y que no puede ofrecerse en su favor ninguna comprobación.
 5.-Confianza en que el deporte olímpico puede contribuir a la paz mundial, al entendimiento y amistad entre los pueblos.
 6.-Defiende que el deporte no es juego; no es juego porque tiene las notas de “progreso” y de “riesgo”, que son ajenas al juego. Los animales juegan, también el hombre, pero para este juego no existe el progreso ni el riesgo (el instinto de defensa y la utilidad de lo estrictamente marcado biológicamente lo impiden). El “instinto” deportivo sería exclusivo del hombre y estaría muy poco extendido. Quizás hay una pequeña contradicción en calificar de “instinto” al deporte y decir, a  continuación, que está poco extendido; pero esta contradicción es puramente semántica; el deporte es una conducta pasional y como tal la considera un instinto pero que, ciertamente, estaba poco extendido.
 7.-La idea de progreso es esencial; exige el entrenamiento. Sin entrenamiento no hay verdadero deporte. Para Coubertin el deporte perfecto es el organizado (competiciones organizadas, con entrenamiento). Esta superación y progreso propios del deporte vienen recogidos en el lema olímpico “citius, altius, fortius” que le propuso su amigo, el dominico Didon.
  8.-La idea de riesgo, importante para Coubertin, va en contra de la moderación en el deporte. “La moderación y el deporte serían un matrimonio monstruoso”, dirá en otro momento; concibe el deporte como heroísmo. La medicina deportiva no debe dirigir el deporte, porque tiende a moderar y el deporte necesita “la libertad del exceso”; naturalmente se refería fundamentalmente al deporte de la juventud.
 9.-Pretensión del restablecimiento de la institución del “gimnasio” –tal como lo entendían los griegos- como una estructura soporte del deporte, que contribuiría a “reconciliar” el deporte con el espíritu (arte, filosofía) y de contacto y entendimiento en las diversas generaciones.
 10.-En Estados Unidos adquiría el deporte moderno (inventado por los ingleses) esa característica fundamental que es el entrenamiento, sin el cual no puede haber progreso y que es esencial al deporte. Admira, también, la época medieval: los torneos eran ya deporte, por el riesgo, aunque rudimentario, pues no tenían estructura organizativa ni entrenamiento, necesarias para poder hablar de auténtico deporte.
 11.-Atendiendo a las características comentadas, el deporte es definido por Coubertin del siguiente modo: “culto habitual y voluntario del ejercicio muscular intensivo, apoyado en el deseo de progreso y pudiendo llegar hasta el riesgo”; agrega que encierra las ideas de “voluntad, continuidad, intensidad, perfeccionamiento, peligro eventual”. Queda manifiesto que es una idea “pedagógica” del deporte; en esencia, su deporte es pedagogía y él un pedagogo del deporte. Entiende el deporte como un excelente vehículo para la formación del carácter –Coubertin utiliza palabras para caracterizar el deporte, como “ascética”, “estoicismo”-, una pedagogía fundamentalmente del ámbito volitivo. En relación a ello, su amigo Carl Diem, en la “Historia de los deportes” nos recuerda otra de las frases preferidas de su ideología olímpica que está en relación con este tipo de pedagogía: “atletae proprium est se ipsum noscere, ducere et vincere” (es propio del atleta conocerse, gobernarse y vencerse).
 La palabra “culto” hace referencia a religión y será fuertemente criticada, por ejemplo, por J.M. Cagigal, por creer que deporte y religión son realidades distintas, aunque más o menos relacionadas. Coubertin siempre quiso, teóricamente, que el deporte fuera una religión (“religio atletae”). […]
 12.-El deporte olímpico está hecho para la glorificación del atleta individual masculino. En el término “atleta” incluye todo deportista individual, sea de atletismo o de esgrima, gimnasia o cualquier otro deporte individual. Aunque él pensaba que los Juegos Olímpicos debían ser sólo para la participación masculina y no femenina, no hizo de ello un dogma del olimpismo y muy pronto participaron las mujeres hasta en las pruebas más extenuantes del atletismo.
 Igualmente, no era partidario de incluir los deportes de equipo en el programa de los Juegos, igual que no fueron incluidos en la Grecia clásica. […]
 13.-Esta glorificación del atleta individual es un medio, una buena estrategia, para conseguir que se difunda el deporte y practique por todos, o por una mayoría.
 El olimpismo, declara Coubertin en alguna ocasión, busca como objetivo primordial la extensión del deporte para todos (antes que el deporte de élite); lo que ocurre es que nunca conseguiríamos extender la práctica deportiva sin grandes campeones: para que cien hagan deporte o modelen su cuerpo, bastantes han de entrenarse y algunos de ellos han de llegar a resultados sorprendentes, no hay otro camino, defiende Coubertin.
 La famosa teoría de la pirámide, según la cual el deporte de base daría un buen deporte de élite y “medallas”, no era compartida por Coubertin y, en esto, parece que la historia posterior le ha dado la razón; las medallas se planifican y consiguen bastante directamente sin necesidad de que la práctica deportiva de la sociedad sea muy alta.
 14.-El deporte (la “república deportiva”) es un modelo muy perfecto de democracia, donde no hay injusticias ni privilegios, los triunfos se consiguen por el esfuerzo y el talento y las conquistas son limitadas en el tiempo. Lo que hace a las desigualdades sociales intolerables –dice- no es la desigualdad misma sino la desigualdad injusta y su permanencia excesiva, que son imposibles en el deporte. Esta justicia de comportamientos puede contribuir a hacer más justa la sociedad.
 15.-El “amateurismo” lo defiende con más o menos fuerza. Unas veces se muestra intransigente, otras cede. Pero al final de su vida deja por escrito una fuerte apología del amateurismo mediante la metáfora del mercado y la colina: en la colina está el templo (que representa al olimpismo); hay que hacer el esfuerzo de ascender la colina donde está el templo; el deportista que no esté dispuesto a ascender la colina puede quedarse en el mercado para vender su deporte, pero los deportistas deben escoger una cosa u otra, no ambas a la vez: “o mercado o templo, ¡que escojan!” Es el momento de mayor dureza contra un amateurismo falso; pero no es una condena del profesionalismo, al que comprende perfectamente, aunque lo aparta de su movimiento olímpico, quizás injustificadamente.
 16.-Los adelantos técnicos del deporte lo benefician, lo hacen más motivante y atractivo, por lo que contribuyen a que el deporte llegue a más gente y resulte un mayor beneficio social. Es otro lugar donde se advierte que Coubertin no es inmovilista en el deporte: le gustan los adelantos técnicos; la diversidad de deportes admitidos en los programas olímpicos y sobre todo la posibilidad de cambiar unos deportes por otros, como ha ocurrido en la historia del olimpismo, lo atestiguan.
 17.-Habría que incluir su filosofía de la organización del olimpismo, donde destaca su postulado calificado de genial por Carl Diem –de la independencia política y económica de los miembros del C.I.O., la universalidad sin discriminación, el cambio de ciudad y el respeto del ritmo cuadrienal.»
 
  [El texto pertenece a la edición en español de INDE Publicaciones, 2000, pp. 208-211. ISBN: 84-95114-37-2.]