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domingo, 8 de diciembre de 2024

La interpretación de los sueños.- Sigmund Freud (1856-1939)

 

1.- Los sueños
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 «En tiempos que podemos llamar precientíficos, la explicación de los sueños era para los hombres cosa corriente. Lo que de ellos recordaban al despertar era interpretado como una manifestación benigna u hostil de poderes supraterrenos, demoníacos o divinos. Con el florecimiento de la disciplina intelectual de las ciencias físicas, toda esta significativa mitología se ha transformado en psicología y actualmente son muy pocos, entre los hombres cultos, los que dudan aún de que lo sueños son una propia función psíquica del durmiente.
 Pero desde el abandono de la hipótesis mitológica han quedado los sueños necesitados de alguna explicación. Las condiciones de su génesis, su relación con la vida psíquica despierta, su dependencia de estímulos percibidos durante el sueño, las muchas singularidades de su contenido que repugnan al pensamiento despierto, la incongruencia entre sus representaciones y los afectos a ellas ligados y, por último, su fugacidad y su repulsa por el pensamiento despierto, que considerándolos como algo extraño a él, los mutila o extingue en la memoria, son problemas que desde hace muchos siglos demandan una satisfactoria solución, aún no hallada. El más interesante de todos ellos es el relativo a la significación de los sueños, el cual entraña dos interrogaciones principales. Refiérese la primera a la significación psíquica del acto de soñar, al lugar que el sueño ocupa entre los demás procesos anímicos y a su eventual función biológica. La segunda trata de inquirir si los sueños pueden ser interpretados, esto es, si cada uno de ellos posee un "sentido" tal como estamos acostumbrados a hallarlos en otros productos psíquicos.
 Tres distintas orientaciones se han seguido en el estudio de los sueños. Una de ellas, que ha conservado como un eco de la antigua valoración de este fenómeno ha sido adoptada por varios filósofos, para los cuales la base de la vida onírica es un estado especial de la actividad psíquica, al que incluso consideran superior al normal. Tal es, por ejemplo, la opinión de Schubert, según el cual el sueño sería la liberación del espíritu del poder de la naturaleza exterior, un desligamiento del alma de las cadenas de la materia. Otros pensadores no van tan lejos, pero mantienen el juicio de que los sueños nacen de estímulos esencialmente anímicos y representan manifestaciones de fuerzas psíquicas (de la fantasía onírica, Scherner, Volket) que durante el día se hallan impedidas de desplegarse libremente. Numerosos observadores conceden también a la vida onírica una capacidad de rendimiento superior a la normal por lo menos en determinados sectores (memoria).
 En total oposición a estas hipótesis, coincide la mayoría de los autores médicos en una opinión que apenas atribuye a los sueños el valor de un fenómeno psíquico. Según ella, los sueños son provocados exclusivamente por estímulos físicos o sensoriales, que actúan desde el exterior sobre el durmiente, o surgen casualmente en sus órganos internos. Lo soñado no podrá, por tanto, aspirar a significación ni sentido, siendo comparable a la serie de sonidos que los dedos de un individuo profano en música arrancan al piano al recorrer al azar su teclado. Los sueños deben, pues, considerarse como "un proceso físico inútil siempre y en muchos casos patológico" (Binz) y todas las peculiaridades de la vida onírica se explican por la incoherente labor que órganos aislados o grupos de células del cerebro sumido fuera de ellos en el sueño realizan obedeciendo a estímulos fisiológicos.
 Poco influida por este juicio de la ciencia e indiferente al problema de las fuentes de los sueños, la opinión popular parece mantenerse en la creencia de que los sueños tienen desde luego un sentido -anuncio del porvenir- que puede ser puesto en claro extrayéndolo de su argumento enigmático y confuso por un procedimiento interpretativo cualquiera. Los más empleados consisten en sustituir por otro el contenido del sueño tal y como el sujeto lo recuerda, ora trozo a trozo, conforme a una clave prefijada, ora en su totalidad y por otra totalidad con respecto a la cual constituye el sueño un símbolo. Los hombres serios ríen de estos esfuerzos interpretativos. "Los sueños son vana espuma".

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  Para mi gran asombro, descubrí un día que no era la concepción médica del sueño, sino la popular, medio arraigada aún en la superstición, la más cercana a la verdad. Tales conclusiones sobre los sueños fueron el resultado de aplicar a ellos un nuevo método de investigación psicológica que me había prestado excelentes servicios en la solución de las fobias, obsesiones y delirios, y que desde entonces había sido aceptado con el nombre de psicoanálisis por toda una escuela de investigadores. Las múltiples analogías de la vida onírica con los más diversos estados psicopatológicos de la vida despierta han sido acertadamente indicadas por numerosos investigadores médicos. Había, pues, desde un principio grandes esperanzas de que un procedimiento investigativo, cuya eficacia se había comprobado en los productos psicopáticos, pudiera aplicarse también a la explicación de los sueños. Las obsesiones  y los delirios son tan extraños a la conciencia normal como los sueños a la conciencia despierta, para la cual permanecen igualmente desconocidos los orígenes respectivos de ambas clases de fenómenos.»

 [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Planeta-De Agostini, 1985, en traducción de Luis López-Ballesteros y de Torres, pp. 7-9. ISBN: 84-395-0001-7.]

lunes, 11 de noviembre de 2019

Manifiestos del surrealismo.- André Breton (1896-1966)

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Primer manifiesto del surrealismo (1924)

«Sólo por mala fe se nos podría discutir el derecho de emplear la palabra surrealismo en el peculiar sentido que nosotros le damos, puesto que resulta evidente que esta palabra antes de nosotros no había conocido fortuna. La defino, pues, de una vez por todas:
 SURREALISMO: s.m. Automatismo psíquico puro por cuyo medio se intenta expresar tanto verbalmente como por escrito o de cualquier otro modo el funcionamiento real del pensamiento. Dictado del pensamiento, con exclusión de todo control ejercido por la razón y al margen de cualquier preocupación estética o moral.
 ENCICLOPEDIA: Filos. El surrealismo se basa en la creencia en la realidad superior de ciertas formas de asociación que habían sido desestimadas, en la omnipotencia del sueño, en la actividad desinteresada del pensamiento. Tiende a provocar la ruina definitiva de todos los otros mecanismos psíquicos, y a suplantarlos en la solución de los principales problemas de la vida. Han hecho profesión de fe de SURREALISMO ABSOLUTO: Aragon, Baron, Boiffard, Breton, Carrive, Crevel, Delteil, Desnos, Eluard, Gérard, Limbour, Malkine, Morise, Naville, Noll, Péret, Picon, Soupault, Vitrac.
 Parecen ser éstos los únicos hasta el presente, y no habría posibilidad de error a no ser por el caso apasionante de Isidore Ducasse, sobre el que carezco de datos suficientes. Cierto que, teniendo en cuenta de un modo superficial los resultados, buen número de poetas podrían pasar por surrealistas, comenzando por Dante y, en sus buenos momentos, Shakespeare. En el curso de diversas tentativas de reducción, a las que me he librado de lo que, por abuso de confianza, se denomina genio, no he encontrado nada que pudiera atribuirse concluyentemente a un proceso distinto del que estamos tratando.
 Las Noches de Young son surrealistas de un extremo al otro; desgraciadamente es un sacerdote el que habla, un mal sacerdote sin duda, pero sacerdote al fin.
 Swift es surrealista en la malignidad.
 Sade es surrealista en el sadismo.
 Chateaubriand es surrealista en el exotismo.
 Constant es surrealista en política.
 Hugo es surrealista cuando no es estúpido.
 Desbordes-Valmore es surrealista en el amor.
 Bertrand es surrealista en el pasado.
 Rabbe es surrealista en la muerte.
 Poe es surrealista en la aventura.
 Baudelaire es surrealista en la moral.
 Rimbaud es surrealista en la práctica de la vida y en cualquier parte.
 Mallarmé es surrealista en la confidencia.
 Jarry es surrealista en el ajenjo.
 Nouveau es surrealista en el beso.
 Saint-Pol-Roux es surrealista en el símbolo.
 Fargue es surrealista en la atmósfera.
 Vaché es surrealista en mí.
 Reverdy es surrealista en su casa.
 Saint-John Perse es surrealista a la distancia.
 Roussel es surrealista en la anécdota.
 Etcétera.
 Insisto en que no siempre son surrealistas, puesto que puedo descubrir en ellos cierto número de ideas preconcebidas a las cuales ingenuamente se aferran; y lo hacen porque no llegaron a apercibir la voz surrealista, la que continúa predicando aún la víspera de la muerte y por sobre las tempestades; o porque no se resignaron a hacer de meros orquestadores de una maravillosa partitura. Al hecho de constituir instrumentos demasiado arrogantes se debe que no hayan dado siempre sonidos armoniosos.
 Pero nosotros, que no hemos efectuado el menor trabajo de filtración, que nos hemos convertido en nuestras obras en receptores pasivos de múltiples ecos, en modestos aparatos registradores que no se hipnotizan ante el trazado que registran, creemos servir una causa más noble; devolvemos con probidad el "talento" que nos prestan. Podéis hablarme, si queréis, del talento de ese metro de platino, de aquel espejo, de esta puerta, del cielo.
 No, no tenemos talento; preguntad a Philippe Soupault: "Las manufacturas anatómicas y las habitaciones baratas destruirán las más elevadas ciudades".
 A Roger Vitrac: "Apenas había invocado al mármol-almirante, cuando éste giró sobre sus talones como un caballo que se encabrita ante la estrella polar, designándome en el plano de su bicornio una región en la que yo debía pasar el restode mis días".
 A Paul Éluard: "Relato una historia muy conocida; releo un poema célebre; estoy apoyado contra un muro, con orejas que reverdecen y labios calcinados".
 A Max Morise: "El oso de las cavernas con su compañera la abutarda, el 'mil hojas' con su mucama la hoja, el gran canciller con su señora la cancela, el espantapájaros con su compadre el pájaro, la probeta con su hija la aguja, el carnívoro y su hermano el carnaval, el barrendero y su monóculo, el Mississipi y su faldero, el coral y su jarra lechera, el Milagro con su Buen Dios, no tienen más que desaparecer de la superficie del mar".
 A Joseph Delteil: "¡Ay! Yo creo en la virtud de los pájaros; basta sólo una pluma para hacerme morir de risa".
 A Louis Aragon: "Durante una interrupción del partido, mientras los jugadores se reunían alrededor de una llameante taza de punch, le pregunté al árbol si conservaba todavía su cinta roja".
 Y a mí mismo, que no he podido evitar el escribir las líneas serpenteantes, enloquecedoras, de este prefacio.
 Preguntadle también a Robert Desnos, que de todos nosotros es el que está, quizá, más próximo a la verdad surrealista, y quien en obras aún inéditas y a lo largo de múltiples experiencias a las que se ha prestado, justifica plenamente la esperanza que yo cifraba en el surrealismo y me obliga a esperar todavía mucho más. Hoy en día, Desnos habla el idioma surrealista a voluntad. La prodigiosa agilidad con que sigue oralmente su pensamiento nos da, cuantas veces queramos, espléndidos discursos que se pierden, pues a Desnos le ocupan cosas más importantes que el retenerlos. Lee en sí mismo como en un libro abierto y no hace ningún esfuerzo por conservar las cuartillas que se desparraman con el viento de su vida.»

     [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Argonauta, 2001, en traducción de Aldo Pellegrini. ISBN: 950-9282-24-3.]

jueves, 6 de septiembre de 2018

Incógnito. Las vidas secretas del cerebro.- David Eagleman (1971)


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4.-Lo que se puede pensar
El "umwelt": la estrecha rendija de nuestra vida

«De manera análoga a su percepción del mundo, su vida mental se construye para abarcar cierto territorio y queda restringida a él. Hay pensamientos que no puede tener. No puede abarcar el sextillón de estrellas de nuestro universo, ni imaginar un cubo de cinco dimensiones, ni sentirse atraído por una rana. Si estos ejemplos parecen obvios (¡Naturalmente que no puedo!) considérelos análogos a ver en rayos infrarrojos, a captar ondas de radio o a detectar el ácido butírico, tal como hacen las garrapatas. El "umwelt del pensamiento" es una fracción diminuta del "umgebung del pensamiento". Exploremos este territorio.
 La función de ese ordenador húmedo, el cerebro, es generar comportamientos que sean adecuados a las circunstancias ambientales. La evolución ha modelado cuidadosamente sus ojos, sus órganos internos, sus órganos sexuales, etc., y también el carácter de sus pensamientos y creencias. No sólo hemos desarrollado defensas inmunológicas especializadas contra los gérmenes, sino también una maquinaria nerviosa para resolver problemas especializados a los que ya se enfrentaron nuestros antepasados cazadores recolectores a lo largo del 99% de la historia evolutiva de nuestra especie. El campo de la psicología evolutiva explora por qué pensamos de una manera y no de otra. Mientras los neurocientíficos estudian las partes y piezas que componen el cerebro, los psicólogos evolutivos estudian el software que resuelve los problemas sociales. Desde este punto de vista, la estructura física del cerebro incorpora una serie de programas y los programas están ahí porque en el pasado han resuelto algún problema concreto. Basándose en sus consecuencias, se añaden a la especie nuevas características y se descartan otras.
 Charles Darwin predijo esta disciplina al final de El origen de las especies: "En un futuro lejano, veo el comienzo de investigaciones mucho más importantes. La psicología se basará en un nuevo cimiento: el de la necesaria adquisición de manera gradual de todas las capacidades y facultades mentales." En otras palabras, nuestra psique evoluciona, igual que los ojos, los pulgares y las alas.
 Pensemos en los bebés. Al nacer, los bebés no son una hoja en blanco, sino que heredan un abundante equipamiento para solventar problemas, y cuando muchos de ellos se les plantean, ya tienen la solución humana. Darwin fue el primero en conjeturar esta idea (también en El origen de las especies), y posteriormente la desarrolló William James en Principios de psicología. El concepto fue ignorado a lo largo de casi todo el siglo XX, pero resultó ser acertado. Los bebés, por indefensos que estén, aparecen en el mundo con programas nerviosos especializados para razonar acerca de los objetos, la causalidad física, los números, el mundo biológico, las creencias y motivaciones de otros individuos y las interacciones sociales. Por ejemplo, el cerebro de un recién nacido espera ver caras: incluso cuando tienen menos de diez minutos de vida, los bebés se vuelven hacia las formas que parecen caras, pero no cuando ven una versión confusa de ese patrón. A los dos meses y medio, un bebé expresará sorpresa si un objeto sólido parece atravesar otro objeto o si un objeto parece desaparecer como por arte de magia. Los bebés no tratan igual los objetos animados que los inanimados, pues asumen que los juguetes animados poseen estados (intenciones) internos que no pueden ver. También hacen suposiciones acerca de las intenciones de los adultos. Si un adulto intenta mostrar cómo hacer algo, el bebé lo imita. Pero si el adulto parece estropear la demostración (quizá exclamando un "¡Glups!"), el bebé no intenta imitar lo que ve, sino más bien lo que cree que el adulto intentaba hacer. En otras palabras, cuando los bebés ya tienen edad suficiente para ser puestos a prueba, llevan a cabo sus propias suposiciones acerca de cómo funciona el mundo.
 Así pues, aunque los niños aprenden por imitación lo que les rodea -remedando a sus padres, sus animales domésticos y la televisión-, no son hojas en blanco. Pensemos en el balbuceo. Los niños sordos balbucean del mismo modo que los niños que oyen, y los sonidos de los niños en los diferentes países son parecidos, aun cuando estén expuestos a idiomas radicalmente distintos. De manera que el balbuceo inicial se hereda en los humanos como un rasgo preprogramado.
 Otro ejemplo de preprogramación es el así denominado sistema de lectura de pensamientos: ese grupo de mecanismos mediante el cual nos servimos de la dirección y movimiento de los ojos de los demás para inferir lo que quieren, saben o creen. Por ejemplo, si alguien mira de repente sobre su hombro izquierdo, inmediatamente supondrá que algo interesante ocurre detrás de usted. Nuestro sistema de lectura de miradas ya está totalmente operativo en nuestros primeros meses. En casos como el autismo, este sistema puede verse afectado. Por otra parte, puede no verse perjudicado  aun cuando otros sistemas estén dañados, como un trastorno llamado síndrome de Williams, en el que la lectura de las miradas funciona bien, pero la cognición social es manifiestamente deficiente en otros aspectos.
 El software preprogramado puede sortear el exceso de opciones con que se topa el bebé y que podría suponer un problema en caso de que el cerebro fuera como una hoja en blanco. Un sistema que comenzara como una hoja en blanco sería incapaz de aprender las complejas reglas del mundo utilizando sólo la pobre entrada sensorial que reciben los bebés. Tendría que probarlo todo y fracasaría. Lo sabemos aunque sólo sea por la larga historia del fracaso de las redes nerviosas artificiales que arrancan de cero e intentan aprender la reglas del mundo.
 Nuestra preprogramación participa intensamente en el intercambio social: en la manera en que los humanos interactúan entre sí. La interacción social ha sido crítica para nuestra especie durante millones de años, a resultas de lo cual los programas sociales han quedado profundamente grabados en el circuito nervioso. Tal como lo ha expresado los psicólogos Leda Cosmides y John Tooby: "El latido del corazón es universal porque el órgano que lo genera es igual en todas partes. Ésta es también la explicación más básica de la universalidad del intercambio social." En otras palabras, el cerebro, al igual que el corazón, no precisa una cultura especial para expresar comportamiento social: el programa ya viene incorporado en el hardware.»
 
 [El fragmento pertenece a la edición en español de Editorial Anagrama, 2013, en traducción de Damià Alou. ISBN: 978-84-339-6351-2.]

martes, 7 de noviembre de 2017

"El hombre que confundió a su mujer con un sombrero".- Oliver Sacks (1933-2015)


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12.-Una cuestión de identidad

«En una ocasión el señor Thompson se fue de viaje identificándose en recepción como "el reverendo William Thompson", pidió un taxi y salió a pasar el día fuera. El taxista, con el que hablamos más tarde, dijo que nunca había tenido un pasajero tan fascinante, pues el señor Thompson le contó una historia tras otra, historias asombrosamente personales, llenas de aventuras fantásticas. "Parecía haber estado en todas partes, haberlo hecho todo, haber conocido a todo el mundo. Yo apenas podía creer que fuese posible tanto en una sola vida", explicó. "No es exactamente una sola vida", le contestamos. "Es un caso muy raro... Una cuestión de identidad."
 Jimmie G., otro paciente con síndrome de Korsakov, del que ya he hablado por extenso (capítulo dos), hacía mucho que se había aliviado de su Korsakov agudo, y parecía haberse asentado en un estado de desvinculación permanente (o quizás un sueño permanente con apariencia de presente o una reminiscencia del pasado). Pero el señor Thompson, nada más salir del hospital (su síndrome de Korsakov se había manifestado hacía sólo tres semanas, en que le sobrevino fiebre alta, empezó a delirar y dejó de reconocer a la familia) aún seguía en ebullición, aún se mantenía en un delirio confabulatorio casi frenético (del tipo a veces denominado "psicosis de Korsakov", aunque no sea en modo alguno una psicosis), creando continuamente un mundo y un yo, para sustituir al continuamente olvidado y perdido. Este frenesí puede producir potencialidades de invención y de fantasía sumamente brillantes (un auténtico genio confabulatorio), pues el paciente debe literalmente hacerse a sí mismo (y construir su mundo) a cada instante. Nosotros tenemos, todos y cada uno, una historia biográfica, una narración interna, cuya continuidad, cuyo sentido, es nuestra vida. Podría decirse que cada uno de nosotros edifica y vive una "narración" y que esta narración es nosotros, nuestra identidad.
 Si queremos saber de un hombre, preguntamos "¿cuál es su historia, su historia real interior?", porque cada uno de nosotros es una biografía, una historia. Cada uno de nosotros es una narración singular, que se construye, continua, inconscientemente, por, a través de y en nosotros, a través de nuestras percepciones, nuestros sentimientos, nuestros pensamientos, nuestras acciones; y, en el mismo grado, nuestro discurso, nuestras narraciones habladas. Biológica, fisiológicamente, no somos distintos unos de otros; históricamente, como narraciones, somos todos únicos.
 Para ser nosotros mismos hemos de tenernos a nosotros mismos, hemos de poseer, de reposeer si es preciso, nuestras historias biográficas. Hemos de "recolectar" nosotros mismos, recolectar el drama interior, la narración, la nuestra, la de nosotros mismos. El individuo necesita esa narración, una narración interior continua, para mantener su identidad, su yo.
 Esta necesidad narrativa es, quizás, la clave de la fantasía desesperada del señor Thompson, de su verbosidad. Privado de continuidad, de una narración interior continua y tranquila, se ve empujado a una especie de frenesí narrativo, de ahí sus historias incesantes, sus fabulaciones, su mitomanía. Al no poder mantener una narración auténtica o una continuidad, al no poder mantener un mundo interior auténtico, se ve empujado a la proliferación de pseudonarraciones, a una pseudocontinuidad, a pseudomundos poblados por pseudoagentes, por fantasmas.
 ¿Y cómo le va al señor Thompson? Superficialmente, parece un comediante entusiasta. La gente dice: "Es tremendo." Y hay mucho de burlesco en esta situación , en la que podría basarse una novela cómica. Es cómico, pero no es sólo cómico... es también terrible. Pues se trata de un hombre que, en cierto sentido, está desesperado, frenético. El mundo desaparece incesantemente, pierde sentido, se esfuma... y él ha de buscar sentido, elaborar sentido, de un modo desesperado, inventando continuamente, tendiendo puentes de sentido para salvar abismos de insensatez, el caos que se abre continuamente a sus pies.
 Pero, ¿sabe, siente esto el propio señor Thompson? Después de considerarlo "tremendo", "muy simpático", "muy divertido", la gente siente inquietud, miedo incluso, por algo que hay en él. "No para", dicen. "Es como si estuviese corriendo en una carrera, como si intentase alcanzar algo que siempre se le escapa." Y, verdaderamente, nunca puede parar de correr, porque esa brecha de la memoria, de la existencia, del sentido, no se cura nunca, hay que tender puentes, hay que poner "remiendos", a cada instante. Y los puentes, los remiendos, pese a toda su brillantez, no funcionan... porque son confabulaciones, ficciones, que no pueden sustituir a la realidad, y que no se corresponden además con ella. ¿Siente esto el señor Thompson? O, dicho de otro modo, ¿cuál es su "sentido de la realidad"? ¿Se siente atormentado continuamente, siente la angustia del hombre perdido en la irrealidad que lucha por superar su situación mediante ilusiones, invenciones incesantes que son también totalmente irreales, en las que se hunde? Es indudable que no se siente muy a gusto... tiene siempre una expresión tensa, crispada, como de un hombre sometido a una presión interior continua; y de cuando en cuando, no muy frecuentemente, o enmascarada si aparece, una expresión de desconcierto patente, franco, patético. Lo que salva por una parte al señor Thompson, y lo condena por otra, es la superficialidad forzada o defensiva de su vida: la forma en que se halla reducido, en realidad, a una superficie, brillante, temblequeante, iridiscente, en perpetuo cambio, pero a pesar de todo una superficie, una masa de ilusiones, un delirio, sin profundidad.
 Y unido a esto, ningún sentido de que ha perdido el sentido (precisamente porque lo ha perdido), ningún sentido de que ha perdido la profundidad, esa profundidad insondable, misteriosa, de infinitos niveles, que define de algún modo la identidad o la realidad. Esto es algo que resulta evidente para todos los que han estado en contacto con él durante un tiempo... Que bajo su facilidad, su frenesí incluso, hay una extraña pérdida de sentido... ese sentido, o juicio, que diferencia entre "real" e "irreal", "verdadero" y "no verdadero" (no se puede hablar de "mentira" en este caso, sólo de "no verdad"), importante y trivial, relevante e irrelevante. Lo que brota, torrencialmente, en su confabulación inacabable, tiene, por último, una cualidad peculiar de indiferencia... como si no importase en realidad lo que dijese, o lo que cualquier otro hiciese o dijese; como si ya nada importase en realidad.»
 

miércoles, 21 de septiembre de 2016

"El fenómeno humano".- Pierre Teilhard de Chardin (1881-1955)

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 III.-El pensamiento
 Capítulo I: El nacimiento del pensamiento
 b) Mecanismo teórico

 "Los naturalistas y los filósofos han defendido, a lo largo de la Historia, las tesis más opuestas respecto del psiquismo de los animales. Para los Escolásticos de la antigua Escuela, el instinto es una especie de subinteligencia homogénea y estática que señala uno de los estadios ontológicos y lógicos a través de los cuales, en el Universo, el ser "se degrada", se irisa, desde el Espíritu puro hasta la pura Materialidad. Para el Cartesiano sólo existe el pensamiento, y el animal desprovisto de todo interior no es más que un autómata. Para la mayoría de los biólogos modernos, finalmente, tal como lo recordaba más arriba, nada separa claramente instinto y pensamiento pues uno y otro no son mucho más que una especie de luminiscencia de la que se envolvería el juego, único esencial, de los determinismos de la Materia.
 En todas estas diferentes opiniones se descubre la parte que hay de verdad, al mismo tiempo que aparece la causa de error, tan pronto como, colocándose en el punto de vista adoptado en estas páginas, uno se decide a reconocer: 1) que el instinto, lejos de ser un epifenómeno, traduce por medio de sus diversas expresiones el mismo fenómeno vital, y 2), que representa, en consecuencia, una magnitud variable.
 ¿Qué sucede, en efecto, si para contemplar la Naturaleza nos colocamos bajo ese sesgo?
 En primer lugar, comprobaremos mejor en nuestro espíritu el hecho y la razón de la diversidad de los comportamientos animales. Desde el momento en que la Evolución es transformación primariamente psíquica, no hay un instinto en la Naturaleza, sino una multitud de formas de instintos, cada uno de los cuales corresponde a una solución particular del problema de la Vida. El psiquismo de un Insecto no es (y no puede serlo) el de un Vertebrado, ni el instinto de una Ardilla es el de un Gato o el de un Elefante, y ello en virtud precisamente de su misma posición en el Árbol de la Vida.
 Por este mismo hecho empezamos a ver destacarse legítimamente, en esa variedad, un relieve, dibujarse una gradación. Si el instinto es magnitud variable, los instintos no podrían ser sólo diversos; forman, bajo su complejidad, un sistema creciente; dibujan, en su conjunto, una especie de abanico en el que los términos superiores sobre cada nerviación se reconocen cada vex en un radio mayor de elección, apoyada sobre un centro mejor definido de coordinación y de consciencia. Y es precisamente esto mismo lo que observamos. El psiquismo de un Perro, dígase lo que se quiera, es posiblemente superior al de un Topo o al de un Pez.
 Una vez dicho esto, con lo que no hago más que presentar desde otro ángulo lo que ya nos había revelado el estudio de la Vida, los espiritualistas pueden tranquilizarse cuando en los animales superiores (los grandes Monos en particular) advierten o se les obliga a ver, maneras y reacciones que recuerdan extrañamente aquellas de las cuales se sirven para definir la Naturaleza y para reivindicar su presencia en el Hombre, de un "alma racional". Si la historia de la Vida no es, como hemos dicho, sino un movimiento de consciencia velado de morfología, es inevitable que, hacia la cumbre de la serie, en las inmediaciones del Hombre, los psiquismos se presenten y aparezcan a flor de inteligencia. Que es precisamente lo que ocurre.
 Y con ello es la "paradoja humana" misma la que se esclarece. Estamos confusos al verificar cómo "Anthropos", a pesar de algunas preeminencias mentales indiscutibles, difiere poco anatómicamente de los demás Antropoides, tan confusos que casi renunciaríamos, por lo menos en su punto de origen, a separarlos. Pero esta extraordinaria semejanza, ¿no era precisamente lo que debía acontecer?" 

jueves, 23 de abril de 2015

"La interpretación de los sueños".- Sigmund Freud (1856-1939)

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Lo inconsciente y la conciencia. La realidad

"El problema de lo inconsciente en la psicología es, según las rotundas palabras de Lipps, menos un problema psicológico que el problema de la psicología. Mientras que la psicología se limitaba a resolver este problema con la explicación de que lo psíquico era precisamente lo consciente, y que la expresión "procesos psíquicos inconscientes" constituía un contrasentido palpable, quedaba excluido todo aprovechamiento psicológico de las observaciones que el médico podía efectuar en los estados anímicos anormales. El médico y el filósofo sólo se encuentran cuando reconocen ambos que los procesos psíquicos inconscientes constituyen la expresión adecuada y perfectamente justificada de un hecho incontrovertible. El médico no puede sino rechazar con un encogimiento de hombros la afirmación de que la conciencia es el carácter imprescindible de lo psíquico, o si su respeto a las manifestaciones de los filósofos es aún lo bastante fuerte, suponer que no tratan el mismo objeto ni ejercen la misma ciencia. Pero también una sola observación, comprensiva de la vida anímica de un neurótico, o un solo análisis onírico, tienen que imponerle la convicción indestructible de que los procesos intelectuales más complicados y correctos, a los que no es posible negar el nombre de procesos psíquicos, pueden desarrollarse sin intervención de la conciencia del individuo.
 El médico no advierte, ciertamente, estos procesos inconscientes hasta que los mismos han ejercido un efecto susceptible de comunicaciones o de observación sobre la conciencia; pero este efecto de conciencia puede mostrar un carácter psíquico completamente distinto del proceso preconsciente, de manera que la percepción interior no pueda reconocer en él una sustitución del mismo. El médico tiene que reservarse el derecho de penetrar inductivamente desde el efecto de la conciencia  hasta el proceso psíquico inconsciente. Obrando así descubrirá que el efecto de conciencia no es más que un lejano efecto psíquico del proceso inconsciente y que este último no ha devenido consciente como tal, habiendo existido y actuado sin delatarse en modo alguno a la conciencia. Para llegar a un exacto conocimiento del proceso psíquico es condición imprescindible dar a la conciencia su verdadero valor, tan distinto del que ha venido atribuyéndosele con exageración manifiesta. En lo inconsciente tenemos que ver, como afirma Lipps, la base general de la vida psíquica. Lo inconsciente es el círculo más amplio en el que se halla inscrito el de lo consciente. Todo lo consciente tiene un grado preliminar inconsciente, mientras que lo inconsciente puede permanecer en este grado y aspirar, sin embargo, al valor completo de una función psíquica. Lo inconsciente es lo psíquico verdaderamente real: su naturaleza interna nos es tan desconocida como la realidad del mundo exterior y nos es dado por el testimonio de nuestra conciencia tan incompletamente como el mundo exterior por el de nuestros órganos sensoriales.
 Una vez que la antigua antítesis de vida consciente y vida onírica ha quedado despojada de toda significación por el reconocimiento del verdadero valor de lo psíquico inconsciente, desaparece toda una serie de problemas oníricos que preocuparon intensamente a los investigadores anteriores. Así, muchas funciones cuyo desarrollo en el sueño resultaba desconcertante, no deben ser ya atribuidas a este fenómeno, sino a la actividad diurna del pensamiento inconsciente".