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domingo, 21 de diciembre de 2025

Los monederos falsos.- André Gide (1869-1951)

 

Segunda parte: Saas-Fée
IV.- Bernardo y Laura

  «-Quería preguntarle a usted, Laura -dijo Bernardo-, ¿cree que haya algo en la tierra que no pueda ser puesto en duda?... Hasta el extremo de que sospecho que podría tomarse la duda misma como punto de apoyo; porque, en fin, yo creo que al menos ella no nos faltará nunca. Puedo dudar de la realidad de todo, pero no de la realidad de mi duda. Quisiera... Perdóneme si me expreso de una manera pedante; no soy pedante por naturaleza pero acabo de dejar la filosofía y no puede usted figurarse el hábito que la disertación frecuente impone bien pronto al espíritu; me corregiré de esto, se lo juro.
 -¿Por qué este paréntesis? ¿Usted quisiera...?
 -Quisiera escribir la historia de alguien que escuchase primero a cada cual, que fuese consultando a cada uno, a la manera de Panurgo, antes de decidir cualquier cosa; y que después de haber comprobado que las posiciones de unos y de otros sobre cada punto se contradicen, tomase el partido de no escuchar ya a nadie más que a él, y que se volviese poderoso de golpe.
 -Es un proyecto de viejo -dijo Laura.
 -Soy más maduro de lo que usted cree. Desde hace unos días llevo un diario, como Eduardo; en la página de la derecha escribo una opinión, en cuanto puedo inscribir en la página de la izquierda, bien enfrente, la opinión contraria. Mire usted: la otra tarde, por ejemplo, Sophroniska nos contó que hacía que durmiesen Boris y Bronja con la ventana abierta de par en par. Todo lo que nos dijo en apoyo de ese sistema nos parecía, ¿verdad?, perfectamente razonable y probado. Mas he aquí que ayer, en el salón de fumar del hotel, oí a ese profesor alemán, que acaba de llegar, sostener una teoría opuesta, que me ha parecido, lo confieso, más razonable aún y mejor justificada. Lo importante, decía, es ahorrar, durante el sueño, lo más posible los gastos y ese comercio de cambio que es la vida; lo que él llamaba la carburación; sólo entonces llega a ser el sueño verdaderamente reparador. Citaba como ejemplo a las aves, que colocan su cabeza bajo el ala; a los animales, que se acurrucan para dormir, de manera de no respirar ya apenas; de igual modo, las razas más cercanas a la naturaleza, decía, los campesinos menos cultos se encierran en alcobas; los árabes, con el capuchón de sus albornoces sobre su cara. Pero, volviendo a Sophroniska y a los dos niños a quienes educa, he acabado por pensar que no está del todo equivocada, y que lo que es bueno para otros sería perjudicial para esos muchachos, porque, si he comprendido bien, tienen en ellos gérmenes de tuberculosis. En resumen, yo me digo..., pero la estoy aburriendo.
 -No se preocupe por eso. ¿Decía usted...?
 -Ya no sé.
 -¡Vaya! ¡Ahora se va a enfadar! No se avergüence de sus pensamientos.
 -Me decía que no hay nada bueno para todos, sino únicamente con respecto a algunos; que nada es cierto para todos, sino únicamente con respecto a quien lo cree así; que no hay método ni teoría que sea aplicable indistintamente a cada cual; que si, para obrar, no es necesario elegir, tenemos al menos libre elección; que si no tenemos libre elección, la cosa es más sencilla aún; pero que me parece cierto (no de un modo absoluto, sin duda, sino con respecto a mí) lo que me permite el mejor empleo de mis fuerzas, la puesta en acción de mis virtudes. Porque no puedo contener mi duda y tengo, al mismo tiempo, horror a la indecisión. La "blanda y dulce almohada" de Montaigne no está hecha para mi cabeza, porque no tengo sueño aún ni quiero descansar. Es largo el camino que lleva de lo que yo creía ser a lo que yo soy quizá. A veces tengo miedo de haberme levantado demasiado temprano.
 -¿Tiene miedo?
 -No, yo no tengo miedo de nada. Pero sepa usted que he cambiado ya mucho; o, al menos, mi paisaje interior no es ya en absoluto el mismo que el día en que hui de casa; después, la he encontrado a usted. Inmediatamente he dejado de buscar, por encima de todo, mi libertad. Quizá no ha comprendido usted bien que estoy a su servicio.
 -¿Qué debe entenderse con eso?
 -¡Oh! Ya lo sabe usted bien. ¿Por qué quiere hacérmelo decir? ¿Espera de mí una confesión? No, no, se lo ruego, no vele su sonrisa o sentiré frío.
 -Vamos, mi pequeño Bernardo, no pretenderá que empieza a amarme.
 -¡Oh! No empiezo -dijo Bernardo-. Es usted la que empieza a notarlo, quizá; pero no puede impedírmelo.
 -Me era tan grato no tener que desconfiar de usted. Si desde ahora no voy a poder acercarme a usted más que con preocupación, como a una materia inflamable... Pero piense en la mujer deforme e hinchada que voy a ser muy pronto. Mi solo aspecto sabrá curarlo.
 -Sí, si yo no amase de usted más que el aspecto. Lo primero, además, es que no estoy enfermo; o si es estar enfermo amarla, prefiero no curarme.
 Decía él todo esto gravemente, tristemente casi; la miraba con más ternura que la habían mirado nunca Eduardo o Douviers, pero tan respetuosamente que ella no podía enfadarse.»

 [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Orbis, 1987, en traducción de Julio Gómez de la Serna, pp. 201-203. ISBN: 84-85471-54-7.]

domingo, 8 de diciembre de 2024

La interpretación de los sueños.- Sigmund Freud (1856-1939)

 

1.- Los sueños
1

 «En tiempos que podemos llamar precientíficos, la explicación de los sueños era para los hombres cosa corriente. Lo que de ellos recordaban al despertar era interpretado como una manifestación benigna u hostil de poderes supraterrenos, demoníacos o divinos. Con el florecimiento de la disciplina intelectual de las ciencias físicas, toda esta significativa mitología se ha transformado en psicología y actualmente son muy pocos, entre los hombres cultos, los que dudan aún de que lo sueños son una propia función psíquica del durmiente.
 Pero desde el abandono de la hipótesis mitológica han quedado los sueños necesitados de alguna explicación. Las condiciones de su génesis, su relación con la vida psíquica despierta, su dependencia de estímulos percibidos durante el sueño, las muchas singularidades de su contenido que repugnan al pensamiento despierto, la incongruencia entre sus representaciones y los afectos a ellas ligados y, por último, su fugacidad y su repulsa por el pensamiento despierto, que considerándolos como algo extraño a él, los mutila o extingue en la memoria, son problemas que desde hace muchos siglos demandan una satisfactoria solución, aún no hallada. El más interesante de todos ellos es el relativo a la significación de los sueños, el cual entraña dos interrogaciones principales. Refiérese la primera a la significación psíquica del acto de soñar, al lugar que el sueño ocupa entre los demás procesos anímicos y a su eventual función biológica. La segunda trata de inquirir si los sueños pueden ser interpretados, esto es, si cada uno de ellos posee un "sentido" tal como estamos acostumbrados a hallarlos en otros productos psíquicos.
 Tres distintas orientaciones se han seguido en el estudio de los sueños. Una de ellas, que ha conservado como un eco de la antigua valoración de este fenómeno ha sido adoptada por varios filósofos, para los cuales la base de la vida onírica es un estado especial de la actividad psíquica, al que incluso consideran superior al normal. Tal es, por ejemplo, la opinión de Schubert, según el cual el sueño sería la liberación del espíritu del poder de la naturaleza exterior, un desligamiento del alma de las cadenas de la materia. Otros pensadores no van tan lejos, pero mantienen el juicio de que los sueños nacen de estímulos esencialmente anímicos y representan manifestaciones de fuerzas psíquicas (de la fantasía onírica, Scherner, Volket) que durante el día se hallan impedidas de desplegarse libremente. Numerosos observadores conceden también a la vida onírica una capacidad de rendimiento superior a la normal por lo menos en determinados sectores (memoria).
 En total oposición a estas hipótesis, coincide la mayoría de los autores médicos en una opinión que apenas atribuye a los sueños el valor de un fenómeno psíquico. Según ella, los sueños son provocados exclusivamente por estímulos físicos o sensoriales, que actúan desde el exterior sobre el durmiente, o surgen casualmente en sus órganos internos. Lo soñado no podrá, por tanto, aspirar a significación ni sentido, siendo comparable a la serie de sonidos que los dedos de un individuo profano en música arrancan al piano al recorrer al azar su teclado. Los sueños deben, pues, considerarse como "un proceso físico inútil siempre y en muchos casos patológico" (Binz) y todas las peculiaridades de la vida onírica se explican por la incoherente labor que órganos aislados o grupos de células del cerebro sumido fuera de ellos en el sueño realizan obedeciendo a estímulos fisiológicos.
 Poco influida por este juicio de la ciencia e indiferente al problema de las fuentes de los sueños, la opinión popular parece mantenerse en la creencia de que los sueños tienen desde luego un sentido -anuncio del porvenir- que puede ser puesto en claro extrayéndolo de su argumento enigmático y confuso por un procedimiento interpretativo cualquiera. Los más empleados consisten en sustituir por otro el contenido del sueño tal y como el sujeto lo recuerda, ora trozo a trozo, conforme a una clave prefijada, ora en su totalidad y por otra totalidad con respecto a la cual constituye el sueño un símbolo. Los hombres serios ríen de estos esfuerzos interpretativos. "Los sueños son vana espuma".

2

  Para mi gran asombro, descubrí un día que no era la concepción médica del sueño, sino la popular, medio arraigada aún en la superstición, la más cercana a la verdad. Tales conclusiones sobre los sueños fueron el resultado de aplicar a ellos un nuevo método de investigación psicológica que me había prestado excelentes servicios en la solución de las fobias, obsesiones y delirios, y que desde entonces había sido aceptado con el nombre de psicoanálisis por toda una escuela de investigadores. Las múltiples analogías de la vida onírica con los más diversos estados psicopatológicos de la vida despierta han sido acertadamente indicadas por numerosos investigadores médicos. Había, pues, desde un principio grandes esperanzas de que un procedimiento investigativo, cuya eficacia se había comprobado en los productos psicopáticos, pudiera aplicarse también a la explicación de los sueños. Las obsesiones  y los delirios son tan extraños a la conciencia normal como los sueños a la conciencia despierta, para la cual permanecen igualmente desconocidos los orígenes respectivos de ambas clases de fenómenos.»

 [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Planeta-De Agostini, 1985, en traducción de Luis López-Ballesteros y de Torres, pp. 7-9. ISBN: 84-395-0001-7.]

domingo, 21 de enero de 2024

Poesías completas.- Arthur Rimbaud (1854-1891)


Arthur Rimbaud
1.-Versos escolares

A.-Poemas en latín
1.-El sueño del escolar

 «Era la primavera, y Orbilio languidecía en Roma, enfermo, inmóvil:
entonces, las armas de un profesor sin compasión iniciaron una tregua:
los golpes ya no sonaban en mis oídos
y la tralla ya no cruzaba mis miembros con permanente dolor.
Aproveché la ocasión: olvidando, me fui a las campiñas alegres.
Lejos de los estudios y de las preocupaciones, una apacible alegría hizo renacer mi fatigada mente.
Con el pecho hinchado por un desconocido y delicioso contento,
olvidé las lecciones tediosas y los discursos tristes del maestro;
disfrutaba al mirar los campos a lo lejos y los alegres milagros de la tierra primaveral.
Cuando era niño, sólo buscaba los paseos ociosos por el campo:
sentimientos más amplios cabían ahora en mi pequeño pecho;
no sé qué espíritu divino le daba alas a mis sentidos exaltados;
mudos de admiración, mis ojos contemplaban el espectáculo;
en mi pecho nacía el amor por los cálidos campos:
como antaño el anillo de hierro que al amante de Magnesia atrae, con una fuerza secreta, atándolo sin ruido gracias a invisibles ganchos.

 Mientras, con los miembros rotos por mis largos vagabundeos,
me recostaba en las verdes orillas de un río,
adormecido por su suave susurro, llevado por mi pereza y acunado por el concierto de los pájaros y el hálito del aura,
por el valle aéreo llegaron unas palomas,
blanca bandada que traía en sus picos guirnaldas de flores cogidas por Venus,
bien perfumadas, en los huertos de Chipre.
Su enjambre, al volar despacioso, llegó al césped donde yo descansaba, tendido,
y batiendo sus alas a mi alrededor, me rodearon la cabeza, liándome las manos, con una corona de follaje
y, tras coronar mis sienes con ramos de mirto aromado, me alzaron, por los aires, cual levísimo fardo…
Su bandada me llevó por las altas nubes, adormecido bajo una fronda de rosas;
el viento acariciaba con su aliento mi lecho acunado suavemente.
Y en cuanto las palomas llegaron a su morada natal, al pie de una alta montaña,
y se alzaron con un vuelo rápido hasta sus nichos suspendidos,
me dejaron allí, despierto ya, abandonándome.
¡Oh dulce nido de pájaros!…
Una luz restallante de blancura, en tomo a mis hombros, me viste todo el cuerpo con sus rayos purísimos:
luz en nada parecida a la penumbrosa luz que, mezclada con sombras, oscurece nuestras miradas.
Su origen celeste nada tiene en común con la luz de la tierra.
Y una divinidad me sopla en el pecho un algo celeste y desconocido, que corre por mí como un río.

 Y las palomas volvieron trayendo en su pico una corona de laurel trenzada
semejante a la de Apolo cuando pulsa con los dedos las cuerdas;
y cuando con ella me ciñeron la frente,
el cielo se abrió y, ante mis ojos atónitos, volando sobre una nube áurea,
el mismo Febo apareció, ofreciéndome con su mano el plectro armonioso,
y escribió sobre mi cabeza con llama celeste estas palabras:
“SERAS POETA”…
Al oírlo, por mis miembros resbala un calor extraordinario, del mismo modo que, en su puro y luciente cristal, el sol enardece con sus rayos la límpida fuente.
Entonces, también las palomas abandonan su forma anterior:
el coro de las Musas aparece, y suenan suaves melodías;
me levantan con sus blandos brazos,
proclamando por tres veces el presagio y ciñéndome tres veces de laureles.
 
(6 de noviembre de 1868)
RIMBAUD ARTHUR
Nacido en Charleville, el 20 de octubre de 1854
Libre externo del colegio de Charleville […]


II.-Poesías de 1869-1871
23.-Mi bohemia

 Me iba, con los puños en mis bolsillos rotos…
Mi chaleco también se volvía ideal,
andando, al cielo raso, ¡Musa, te era tan fiel!
¡Cuántos grandes amores, ay ay ay, me he soñado!

Mi único pantalón era un enorme siete.
—Pulgarcito que sueña, desgranaba a mi paso
rimas. Y mi posada era la Osa Mayor.
—Mis estrellas temblaban con un dulce frufrú.

Y yo las escuchaba, al borde del camino
cuando caen las tardes de septiembre, sintiendo
el rocío en mi frente, como un vino de vida.

Y rimando, perdido, por las sombras fantásticas,
tensaba los cordones, como si fueran liras,
de mis zapatos rotos, junto a mi corazón. 
[…]

27.-Oración del atardecer

Poesías completas - Ediciones Cátedra Como un ángel sentado en manos de un barbero,
vivo, alzando la jarra de profundos gallones,
combados hipogastrio y cuello, con mi pipa,
bajo un henchido viento de leves veladuras.

Como excrementos cálidos de viejos palomares
mil Sueños me producen suaves quemazones
y mi corazón, triste, se parece a la albura
que ensangrientan los oros ocres que el árbol llora.

Después, tras engullirme mis Sueños con cuidado,
me vuelvo y, tras beberme treinta o cuarenta jarras,
me concentro, soltando mis premuras acérrimas:

manso como el Señor del cedro y del hisopo
meo hacia el pardo cielo, alto, alto, tan lejos…
con el consentimiento de los heliotropos. 
[…]

32.-Los pobres en la Iglesia

 Aparcados en bancos de roble, en los rincones / de la iglesia que entibia su aliento, con los ojos
clavados en el coro dorado, mientras brama / la escolanía cánticos piadosos por sus fauces,

aspirando la cera como un olor de hogaza, / dichosos, humillados, cual perros que apalean,
los pobres del Buen Dios, el patrón y el señor, / ofrecen sus Oremus, irrisorios y obtusos.

¡Está bien ofrecerle bancos lisos a la hembra / después de los seis días en que Dios la maltrata!
Pues acuna, revuelto en extrañas pellizas, / algo parejo a un niño que llora sin cesar.

Con las tetas mugrientas al aire, estas sopistas, / con la oración prendida en ojos que no rezan,
miran a las golfillas de triste pavoneo, / busconas bajo el ala del sombrero deforme.

Fuera, el frío y el hambre y el hombre con su juerga: / ¡pues, vale! una hora más; después males a miles.
—Mientras, en torno a ellas, gime, ganguea, charla / un grupito de viejas con enormes papadas.

Y están los epilépticos y esos despavoridos / que todo el mundo huye en las encrucijadas;
y husmeando gozosos en los viejos misales / esos ciegos que un perro introduce en los patios.

Babeando una fe pordiosera y estúpida, / todos dicen su queja infinita a Jesús
que sueña en lo alto, lívido, por la luz amarilla, / lejos de flacos malos y de malos panzudos,

del olor de la carne y las telas mohosas: / farsa humilde y sombría de gestos asquerosos.
—Y la oración florece con frases escogidas, / y el misticismo adopta matices apremiantes,

cuando en la nave el sol muere, y pliegues de seda / sosos y verdes risas, las damas de los barrios
distinguidos, —¡Jesús!— las enfermas de hígado, / dan a besar sus dedos, en el agua bendita. 
[…]

42.- Vocales
 
 A negro, E blanco, I rojo, U verde, O azul: vocales
algún día diré vuestro nacer latente:
negro corsé velludo de moscas deslumbrantes,
A, al zumbar en torno a atroces pestilencias,

calas de umbría; E, candor de pabellones
y naves, hielo altivo, reyes blancos, umbelas
que tiemblan. I, escupida sangre, risa de ira
en labio bello, en labio ebrio de penitencia;

U, ciclos, vibraciones divinas, verdes mares,
paz de pastos sembrados de animales, de surcos
que la alquimia ha grabado en las frentes que estudian.

O, Clarín sobrehumano preñado de estridencias
extrañas y silencios que cruzan Mundos y Ángeles:
O, Omega, fulgor violeta de Sus Ojos.»


  [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Cátedra, 2005, en traducción de Javier del Prado, pp. 9, 68, 73, 84 y 110. ISBN: 978-84-3761-465-5.]

domingo, 14 de enero de 2024

La ley de los sueños.- Peter Behrens (1954)


Editorial Océano - Peter Behrens
Primera parte: El monte y la granja (Irlanda, 1846)

Expulsión

 «Le despertó el olor de un soldado.
 Grasa, pólvora. El lustre aplicado al latón.
 Acre y complejo, el olor se le infiltró en el cerebro y le trastornó el estómago, que se empapó del ácido que ascendía, quemándole la garganta, y le hizo toser. La tos le despertó.
 Las legañas le pegaban los párpados y le dolió abrirlos. Estaba sobre un camastro, en el desván de la cabaña, con sus dos hermanas al lado. Notaba la piel tirante, pero las llagas en los brazos y piernas parecían estar cicatrizando. El aire estaba brumoso por el humo del fuego que había sofocado horas o días antes, justo antes de sucumbir a la fiebre.
 Mirando desde el desván, vio al soldado parado junto a la puerta.
 Fergus se levantó de golpe y el soldado lanzó un grito de miedo y empezó a retroceder. La punta de su bayoneta se enganchó en el faldón de piel de vaca de la entrada; la liberó, maldiciendo, y desapareció.
 Fergus miró a sus hermanas acostadas a su lado en el jergón de paja.
 Los muertos siempre tenían una inmovilidad intensa, una rigidez que no se podía imitar.
 Un verano, siguiendo al ganado hasta el booley, el pasto del monte, se había pasado gran parte de la tarde mirando a un zorro muerto, hechizado por algo que no acertaba a nombrar. Las formas de los muertos poseían pasión.
 Alimentándose a base de queso, mostaza silvestre y maíz molido, un pastor no veía a nadie en semanas, y la soledad en aquellas alturas había sido tangible y emocionante: el mundo se presentaba como algo nuevo. Vagando por laderas de helechos y orillas de ciénagas, había visto las cordilleras ondulantes como las habría visto un pájaro, bultos de vacío tragados enteros, el sol de julio mezclando diseños de luz en las colinas.
 Oyó cascos de caballo fuera, y voces de hombres.
 Surcaba el humo dentro de la cabaña el aroma leñoso del tifus. Mirando desde el desván, veía a sus padres en la cama junto al fuego, pero no sabía si estaban vivos o muertos. Cerró los ojos.
 Él estaba vivo. Lo estaba, sin duda.
 Gateó hasta la escalera, bajó los peldaños y se acercó a la cama sucia que ocupaban sus padres. Examinó la cara del padre. Nudos de huesos brillaban bajo la piel amarilla cerosa. Los ojos se abrieron de repente, violetas y sensibles, como pájaros hambrientos, sobresaltados.
 —Hay soldados fuera —susurró Fergus—. ¿Qué hago?
 Los ojos se cerraron de golpe.
 —¿Qué hago? —repitió. La madre levantó la cabeza y paseó una mirada enloquecida alrededor de la cabaña.
 —Agua —musitó, y su cabeza cayó sobre la paja.
 Fergus miró fijamente a la entrada. ¿De verdad había visto a un soldado? ¿O era sólo un sueño de la fiebre? Quizá el mundo estaba muerto.
 Tenía que salir a comprobarlo.
 Ve fuera. Es lo que se hace en sueños. La ley de los sueños es: no dejes de moverte.

Soldados

  —¡Ése es uno! —gritó el granjero Carmichael—. ¿Y los demás?
 El soldado que había entrado en la cabaña, encorvado sobre la nieve, vomitaba. Al enderezarse se limpió la boca con la manga.
 —Todos muertos —jadeó.
 —¿Seguro? —gritó un oficial montado en un hermoso caballo ágil.
 —Muertos como conejos.
 —Le advertí a O’Brien que debía irse —dijo Carmichael en voz alta—. Le advertí que no le daría nada si se quedaba.
 —Mejor que lo vea usted mismo —dijo el oficial.
Ley de los sueños, La - Editorial Océano El granjero se acercó a la cabaña, quebrando con los tacones los charcos helados. Apartó a Fergus, se deslizó a través de la cortina de cuero y entró. De la entrada salió humo que cuajó en el aire brillante.
 Deslumbrado por la luz, con los ojos doloridos, Fergus hundió la cabeza entre las manos.
 Unos minutos después, Carmichael salió de la cabaña tosiendo. Agarró a Fergus por los hombros y lo zarandeó con aspereza.
 —¡Le ofrecieron dos libras al tipo! —gritó Carmichael al oficial—. ¡Un tipo desesperado, arisco, salvaje! ¡Su vida no valía nada! ¡Siempre en los caminos!
 —Bueno, por lo menos era un peón fuerte para la cosecha —dijo Abner Carmichael, en voz baja.
 —¿Crees que me gusta este trabajo? —gritó el granjero.
 La atención de Fergus estaba concentrada en una galleta que mordisqueaba uno de los soldados. Al ver cómo le miraba, el soldado la partió y le ofreció la mitad. Fergus se zafó de Carmichael, corrió hacia el soldado y cogió el pedazo, pero cuando trató de morderlo era demasiado duro para sus tiernas encías. Empezó a lamer la galleta para ablandarla y después rompió un trozo y se lo metió en la boca para chuparlo.
 Se volvió justo a tiempo de ver cómo los dos hijos de Carmichael tocaban con sus antorchas la techumbre de la cabaña. Había una fina capa de nieve, pero la de turba que había debajo tenía un feroz apetito de llama. El caballo relinchó ante la ráfaga de chispas rojas y Fergus sintió que el oficial le miraba. Algo en su cara —compasión, repugnancia— disolvió su letargo. Lanzó un aullido y se precipitó hacia la cabaña, pero Saúl y Abner lo interceptaron sin esfuerzo.
 —Déjala que arda. —La cara amable y soñadora de Abner se acercó a la de Fergus—. Es lo mejor, Fergus. No hay vida ahí dentro.
 No pudo resistir la tentación de dar otro mordisco a la galleta. Creyendo que se había rendido, Abner y Saúl le soltaron. Él se separó al instante de ellos y salió disparado hacia la puerta de la cabaña. Oyó que el oficial gritaba, pero entró antes de que nadie pudiera impedírselo. Ristras de fuego cayeron del tejado. Las ascuas le quemaban el cuello. Intentó coger la escalera para subir al desván, pero no la encontró entre el humo. Retazos de turba ardiendo caían por todas partes. La cama de sus padres estaba envuelta en llamas; vio cómo levantaban los brazos, vio las llamas que prendían entre las piernas del padre. Fergus trató de arrastrarle fuera del camastro mientras el fuego le daba feroces picotazos en las manos. La ropa de su padre ardía, tenía los ojos abiertos de par en par, blancos, y su boca era un orificio abierto. Un pedazo de turba incandescente cayó sobre el cuello de Fergus. Soltó a su padre y se retorció y dio vueltas intentando sacudirse el fuego. Hacía tanto calor ahora que notó que respiraba fuego. El humo le envolvía los ojos y no veía nada. Ciego, resollando y chamuscado, ganó a trompicones la puerta. En cuanto estuvo en el exterior, alguien le derribó y le arrojó encima una frazada para apagarle las ropas en llamas.
 Tendido y cubierto por la lana áspera, pensó que aquello era la muerte; fue lo que sintió. Un extraño alejamiento. Una sensación de distancia y un intenso dolor punzante en las manos.
 La muerte olía fortísimo a caballo.
 Entonces Abner Carmichael le retiró la manta, le ayudó a levantarse y se la puso alrededor de los hombros.
 —Ya pasó, chico. Ya pasó.
 El soldado que le había ofrecido la galleta estaba delante de la cabaña y extendía las palmas para sentir el calor. El oficial había desmontado y, de espaldas al fuego, ajustaba las cinchas de su caballo.
 Saúl y su padre sostenían el ariete con punta de hierro, listos para echar abajo las paredes.
 Fergus vio cómo el tejado ardiendo se desmoronaba. Un momento después, se derrumbó totalmente y la cabaña se convirtió en una taza blanca que sólo contenía llamas.»

  [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Anagrama, 2009, en traducción de Jaime Zulaika Goicoechea, pp. 34-37. ISBN: 978-84-3397-508-9.]