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domingo, 15 de diciembre de 2024

Cien años de soledad.- Gabriel García Márquez (1927-2014)

 

 «Sin embargo, dos meses después, cuando el coronel Aureliano Buendía volvió a Macondo, el desconcierto se transformó en estupor. Hasta Úrsula se sorprendió de cuánto había cambiado. Llegó sin ruido, sin escolta, envuelto en una manta a pesar del calor, y con tres amantes que instaló en una misma casa, donde pasaba la mayor parte del tiempo tendido en una hamaca. Apenas sí leía los despachos telegráficos que informaban de operaciones rutinarias. En cierta ocasión el coronel Gerineldo Márquez le pidió instrucciones para la evacuación de una localidad fronteriza que amenazaba con convertirse en un conflicto internacional.
 -No me molestes por pequeñeces -le ordenó él-. Consúltalo con la Divina Providencia.
 Era tal vez el momento más crítico de la guerra. Los terratenientes liberales, que al principio apoyaban la revolución, habían suscrito alianzas secretas con los terratenientes conservadores para impedir la revisión de los títulos de propiedad. Los políticos que capitalizaban la guerra desde el exilio habían repudiado públicamente las determinaciones drásticas del coronel Aureliano Buendía, pero hasta esa desautorización parecía tenerlo sin cuidado. No había vuelto a leer sus versos, que ocupaban más de cinco tomos y que permanecían olvidados en el fondo del baúl. De noche, o a la hora de la siesta, llamaba a la hamaca a una de sus mujeres y obtenía de ella una satisfacción rudimentaria, y luego dormía con un sueño de piedra que no era perturbado por el más ligero indicio de preocupación. Sólo él sabía entonces que su aturdido corazón estaba condenado para siempre a la incertidumbre. Al principio, embriagado por la gloria del regreso, por las victorias inverosímiles, se había asomado al abismo de la grandeza. Se complacía en mantener a la diestra al duque de Marlboroug, su gran maestro en las artes de la guerra, cuyo atuendo de pieles y uñas de tigre suscitaban el respeto de los adultos y el asombro de los niños. Fue entonces cuando decidió que ningún ser humano, ni siquiera Úrsula, se le aproximara a menos de tres metros. En el centro del círculo de tiza que sus edecanes trazaban dondequiera que él llegara, y en el cual sólo él podía entrar, decidía con órdenes breves e inapelables el destino del mundo. La primera vez que estuvo en Manaure después del fusilamiento del general Moncada, se apresuró a cumplir la última voluntad de su víctima, y la viuda recibió los lentes, la medalla, el reloj y el anillo, pero no le permitió pasar de la puerta.
 -No entre, coronel -le dijo-. Usted mandará en su guerra, pero yo mando en mi casa.
 El coronel Aureliano Buendía no dio ninguna muestra de rencor, pero su espíritu sólo encontró el sosiego cuando su guardia personal saqueó y redujo a cenizas la casa de la viuda. "Cuídate el corazón, Aureliano", le decía entonces el coronel Gerineldo Márquez. "Te estás pudriendo vivo". Por esa época convocó una segunda asamblea de los principales comandantes rebeldes. Encontró de todo: idealistas, ambiciosos, aventureros, resentidos sociales y hasta delincuentes comunes. Había, inclusive, un antiguo funcionario conservador refugiado en la revuelta para escapar a un juicio por malversación de fondos. Muchos no sabían ni siquiera por qué peleaban. En medio de aquella muchedumbre abigarrada, cuyas diferencias de criterio estuvieron a punto de provocar una explosión interna, se destacaba una autoridad tenebrosa: el general Teófilo Vargas. Era un indio puro, montaraz, analfabeto, dotado de una malicia taciturna y una vocación mesiánica que suscitaba en sus hombres un fanatismo demente. El coronel Aureliano Buendía promovió la revolución con el propósito de unificar el mando rebelde contra las maniobras de los políticos. El general Teófilo Vargas se adelantó a sus intenciones: en pocas horas desbarató la coalición de los comandantes mejor calificados y se apoderó del mando central. "Es una fiera de cuidado", les dijo el coronel Aureliano Buendía a sus oficiales. "Para nosotros, ese hombre es más peligroso que el Ministro de la Guerra". Entonces un capitán muy joven que siempre se había distinguido por su timidez levantó un índice cauteloso:
 -Es muy simple, coronel -propuso-: hay que matarlo.
 El coronel Aureliano Buendía no se alarmó por la frialdad de la proposición, sino por la forma en que se anticipó una fracción de segundo a su propio pensamiento:
 -No esperen que yo dé esa orden -dijo.
 No la dio, en efecto. Pero quince días después el general Teófilo Vargas fue despedazado a machetazos en una emboscada y el coronel Aureliano Buendía asumió el mando central. La misma noche en que su autoridad fue reconocida por todos los comandos rebeldes, despertó sobresaltado, pidiendo a gritos una manta. Un frío interior que le rayaba los huesos y lo mortificaba inclusive a pleno sol le impidió dormir bien varios meses, hasta que se le convirtió en una costumbre. La embriaguez del poder empezó a descomponerse en ráfagas de desazón. Buscando un remedio contra el frío, hizo fusilar al joven oficial que propuso el asesinato del general Teófilo Vargas. Sus órdenes se cumplían antes de ser impartidas, aún antes de que él las concibiera y siempre llegaban mucho más lejos de donde él se hubiera atrevido a hacerlas llegar. Extraviado en la soledad de su inmenso poder, empezó a perder el rumbo. Le molestaba la gente que lo aclamaba en los pueblos vencidos y que le parecía la misma que aclamaba al enemigo. Por todas partes encontraba adolescentes que lo miraban con sus propios ojos, que hablaban con su propia voz, que lo saludaban con la misma desconfianza con que él los saludaba a ellos y que decían ser sus hijos. Se sintió disperso, repetido y más solitario que nunca. Tuvo la convicción de que sus propios oficiales le mentían. Se peleó con el duque de Marlborough. "El mejor amigo -solía decir entonces- es el que acaba de morir". Se cansó de la incertidumbre, el círculo vicioso de aquella guerra eterna que siempre lo encontraba a él en el mismo lugar, sólo que cada vez más viejo, más acabado, más sin saber por qué, ni cómo ni hasta cuándo. Siempre había alguien fuera del círculo de tiza. Alguien a quien la hacía falta dinero, que tenía un hijo con tos ferina o que quería irse a dormir para siempre porque ya no podía soportar en la boca el sabor a mierda de la guerra y que, sin embargo, se cuadraba con sus últimas reservas de energía para informar: "Todo normal, mi coronel". Y la normalidad era precisamente lo más espantoso de aquella guerra infinita: que no pasaba nada. Solo, abandonado por los presagios, huyendo del frío que habría de acompañarlo hasta la muerte, buscó un último refugio en Macondo, al calor de sus recuerdos más antiguos. Era tan grave su desidia que cuando le anunciaron la llegada de una comisión de su partido autorizada para discutir la encrucijada de la guerra, él se dio vuelta en la hamaca sin despertar por completo.
 -Llévenlos donde las putas -dijo.
 Eran seis abogados de levita y chistera que soportaban con un duro estoicismo el bravo sol de noviembre.»

 [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Orbis, 1982, pp. 180-183. ISBN: 84-7530-035-9.]

domingo, 27 de octubre de 2024

La Biblia.- Anónimo (900 a.C. - 100 d.C.)

 

Eclesiástico
5.- La falsa seguridad

  «1.-No te apoyes sobre las riquezas / y no digas: "Me basto a mí mismo".
 2.-No te apoyes en ti mismo y en tu fuerza / para vivir según los deseos de tu corazón.
 3.-No digas: "¿Quién me dominará?" / Porque sin duda te castigará el Señor.
 4.-No digas: "He pecado ¿y qué me ha sucedido?" / Porque el Señor es paciente.
 5.-Aun del pecado expiado no vivas sin temor / y no añadas pecados a pecados.
 6.-Y no digas. "Grande es su misericordia, / Él perdonará mis muchos pecados".
 7.-Porque en Él hay misericordia y cólera / y sobre los pecadores desahogará su furor.
 8.-No difieras convertirte al Señor / y no lo dejes de un día para otro.
 9.-Porque de repente se desfoga su ira / y en el día de la venganza, perecerás.
 10.-No te apoyes en las riquezas mal adquiridas, / porque nada te aprovecharán en el día de la ira.

Moderación de la lengua

 11.-No te dejes llevar de todo viento / y no camines por una senda cualquiera / que así es como obra el pecador de doble corazón.
 12.-Sé firme en tus juicios / y no tengas más que una palabra.
 13.-Sé pronto para oír / y lento para responder.
 14.-Si tienes que responder, responde; / si no, pon la mano a la boca.
 15.-En el hablar está la gloria o la deshonra / y la lengua del hombre es su ruina.
 16.-Que nadie te llame chismoso / y no tiendas lazos con tu lengua.
 17.-Porque sobre el ladrón vendrá la confusión / y la condenación sobre el de corazón doble.
 18.-No ofendas a nadie, ni en mucho ni en poco.

6 

 1.- Y no te hagas enemigo para con el amigo / porque mala fama trae como herencia vergüenza y oprobio; / tal es (lo que le espera) al pecador de lengua doble.

El orgullo

 2.-No te engrías en el consejo de tu alma / no sea que te destroce como un toro.
 3.-No devores las hojas para echar a perder tus frutos / pues te quedarás como leño seco.
 4.-El alma perversa se pierde a sí misma / y será el ludibrio de sus enemigos.
 5.-La palabra suave multiplica los amigos, / la lengua bien hablada es rica en afabilidad.

Los amigos
6.-Si tuvieres muchos amigos / uno entre mil sea tu consejero.
 7.-Si tienes un amigo, ponle a prueba / y no te confíes a él tan fácilmente.
 8.-Porque hay amigos de ocasión / que no son fieles en el día de la tribulación.
 9.-Hay amigo que se torna en enemigo / y que descubrirá tu querella ignominiosa.
 10.-Hay amigos que sólo son compañeros de mesa / y no te serán fieles en el día de la tribulación.
 11.-En tus días felices será otro tú / y hablará afablemente de los tuyos.
 12.-Pero si te viere humillado se volverá contra ti / y te ocultará su rostro.
 13.-Apártate de tus enemigos / y guárdate de tus amigos.
 14.-Un amigo fiel es poderoso protector; / el que le encuentra halla un tesoro.
 15.-Nada vale tanto como un amigo fiel; / su precio es incalculable.
 16.-Un amigo fiel es remedio saludable; / los que temen al Señor lo encontrarán.
 17.-El que teme al Señor es fiel a la amistad / y como fiel es él, así lo será su amigo.

Ventajas de la sabiduría 

 18.-Hijo mío, desde tu mocedad date a la doctrina / y hasta tu ancianidad hallarás sabiduría.
 19.-Allégate a ella como ara y siembra el labrador / y espera buenos frutos.
 20.-Porque el trabajo te fatigará un poco / pero pronto comerás de sus frutos.
 21.-Es muy duro para los indisciplinados / y el insensato no permanecerá en él.
 22.-Pesará sobre él como pesada piedra de prueba / y no tardará en arrojarla de sí.
 23.-Porque la sabiduría es conforme a su nombre / y no se manifiesta a muchos.
 24.-Escucha, hijo mío, y recibe mis avisos / y no rehúyas mis consejos.
 25.- Da tus pies a sus cepos / y tu cuello a su argolla.
 26.-Dale tu hombro / y no te molesten sus ataduras.
 27.-Allégate a ella con toda tu alma / y con todas tus fuerzas sigue sus caminos.
 28.-Sigue su rastro, busca y se te dará a conocer / y una vez apresada no la sueltes;
 29.-Porque al fin hallarás en ella tu descanso y tu gozo.
 30.- Y serán para ti sus cepos defensa poderosa, / y su argolla túnica de gloria.
 31.-Su yugo es ornamento de oro / y sus ataduras son cordón de jacinto.
 32.-Te la vestirás como túnica de gloria / y te la ceñirás como corona de exaltación.
 33.-Si quieres, hijo mío, adquirirás la doctrina / y si te entregas a ella, serás avisado.
 34.-Si con gusto la oyes, la tendrás; / si inclinas a ella tu oído, serás sabio.
 35.-Busca la compañía de los ancianos/ y si hallas algún sabio, allégate a él. / Toda conversación acerca de Dios, escúchala con gusto / y no rehúyas las sentencias de la sabiduría.
 36.-Si ves hombre discreto, apresúrate a unirte a él / y frecuenten tus pies la escalera de su puerta.
 37.-Medita en los preceptos del Señor / y ejercítate siempre en sus mandatos; / Él confirmará tu corazón / y te dará sabiduría a tu deseo.»

  [El texto pertenece a la edición en español de Biblioteca de Autores Cristianos, 1977, en versión de Eloino Nacar Fuster y Alberto Colunga Cueto, y revisión a cargo de una comisión de escrituristas presidida por Maximiliano García Cordero, pp. 888-890. ISBN: 84-220-0258-2.]

martes, 29 de junio de 2021

La escopeta de caza.- Yasushi Inoué (1907-1991)


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Carta de Saiko


  «Sí, ahora que he dicho tanto, no quiero ocultar nada más. Te suplico que no te enfades. Durante aquella noche en que el viento sopló tan fuerte, en Atami, aquella noche en que, ambos, pusimos a prueba nuestra decisión de ser pecadores y de engañar a todo el mundo al objeto de velar por la seguridad de nuestro amor…
 Luego de jurar que permaneceríamos fieles a nuestro audaz amor, inmediatamente después, no supimos ya qué decirnos. Yo estaba tumbada en la sábana y contemplaba en silencio la oscuridad por encima de mi cabeza. En ningún otro momento, había experimentado tal sensación de sosiego. ¿Duró mucho tiempo aquello? ¿Cinco, seis minutos? ¿Duró media hora o una hora el rato que permanecimos silenciosos, cada cual en su sitio?
 Yo me sentía entonces muy sola. Había olvidado tu presencia a mi lado y abrazaba mi alma solitaria. Acabábamos de establecer un frente unido para defender nuestro amor, pero si íbamos a ser tan felices como es posible serlo, ¿por qué sucumbía yo a aquel acceso de desesperada tristeza?
 Habías tomado aquella noche la precaución de engañar a todo el mundo. Quiero creer que no decidiste engañarme también a mí. Pero yo, por mi parte, en aquel instante no hacía ninguna excepción, ni siquiera contigo. “Mientras viva, engañaré a todo el mundo, no sólo a Midori-san y a todos los demás, sino también a ti y a mi misma. Tal es mi destino”. Este pensamiento ardió apaciblemente, como la llama de un fuego fatuo, en el fondo de mi corazón solitario.
 Antaño, hube de romper totalmente con Kadota. No puedo decir si lo hice por amor o por odio. Aun cuando su falta fuera producto de la inconsciencia, me sentía incapaz de perdonarle su conducta. Y entregada al placer de separarme de él, no me preocupé ni de qué sería de mí ni de lo que tendría que hacer. Más tarde, conocí la auténtica angustia. Busqué con todas mis fuerzas un remedio para ahogarla.
 ¡Qué poco razonable resultaba! Trece años después, todo se presenta bajo el mismo aspecto que antaño.
 ¡Amar, ser amada! Nuestros actos son patéticos. Por la época en que estudiaba segundo o tercero en el colegio de niñas, nos preguntaron en un examen de gramática inglesa la voz activa y pasiva de los verbos. Golpear, ser golpeado; ver, ser visto. Entre muchos ejemplos de esa índole, brillaba esta pareja de palabras: amar, ser amado. Mientras cada alumna examinaba las preguntas meditando con atención y chupando la punta del lápiz, una de ellas, no sin malicia, hizo circular un trozo de papel, y la chica que estaba detrás de mí me lo pasó. Cuando lo tuve ante los ojos me topé con la siguiente pregunta: “¿Deseas amar? ¿Deseas ser amada?” Y bajo las palabras “deseas ser amada” aparecían numerosos círculos trazados con tinta, con lápiz azul o rojo. En cambio, bajo las palabras “deseas amar” no figuraba ningún signo. No me erigí en excepción y añadí un círculo más debajo de “deseas ser amada”. Aun a los dieciséis o diecisiete años, pese a no acabar de saber en qué consiste “amar” o “ser amada”, las mujeres parecemos conocer ya por instinto la dicha de ser amadas.
Resultado de imagen de la escopeta de caza Pero, durante aquel examen, la alumna sentada a mi lado cogió el papel, le echó un vistazo y sin vacilar, trazó un gran círculo, apretando bien el lápiz, en el sitio en que no figuraba ningún signo. Ella deseaba amar. Aun hoy, recuerdo perfectamente que en aquel momento me sentí desconcertada, como si me hubiesen atacado de repente a traición; con todo, en el mismo instante, me invadió un leve sentimiento de rebelión, a causa de la actitud intransigente de mi compañera. Era una de las alumnas más grises de la clase, una muchacha apagada, más bien encerrada en sí misma. Ignoro qué habrá sido de su vida, con su pelo tirando a castaño y siempre sola. Pero hoy, mientras escribo esta carta, ya más de veinte años después, me vuelve el rostro de aquella muchacha solitaria, como si sólo hubiese transcurrido un breve espacio de tiempo.
 Cuando sus vidas tocan a su fin, cuando descansan en paz, vuelto el rostro hacia el muro de la muerte, ¿a cuál de ambas concede Dios el auténtico descanso, la paz eterna, a la mujer que puede pretender haber gustado plenamente del placer de ser amada, o a la que puede afirmar haber amado, por desdichada que haya sido su vida? ¿Pero existe alguna en este mundo que pueda pretender ante Dios el haber amado? Sí que debe de haber. Aquella muchacha de pelo ralo estaba sin duda abocada a ser una de esas escasas elegidas. ¡Pese a su cabello arreglado sin gusto y su ropa poco cuidada, pese a su cuerpo sin atractivo, puede enorgullecerse de haber amado!
 ¡Cómo la odio! ¡Cuánto me gustaría olvidar su imagen! Pero no puedo zafarme del recuerdo de su rostro, que no deja de obsesionarme, por muchos esfuerzos que haga por liberarme de él. ¿Por qué ha de agobiarme esta insoportable angustia en el momento en que me enfrento con la muerte, una muerte que estará aquí dentro de unas horas? Recibo el castigo merecido por una mujer que, incapaz de limitarse a amar, intentó hacer suya la felicidad de ser amada.
 Tras conocer trece años de felicidad porque me amaste, cuán penoso me resulta verme obligada a escribir este tipo de carta.
 El momento, que sabía que había de llegar fatalmente, el momento en que el barco de pesca ardiendo en la superficie del mar debe hundirse sepultado en las llamas, ha llegado por fin. No me quedan fuerzas suficientes para seguir viviendo. Ahora, te he mostrado mi auténtico yo. Con ser la vida contenida en esta carta una vida extremadamente corta –apenas quince o veinte minutos-, es mi vida real, la auténtica vida de Saiko.
 Déjame decirte una vez más, antes de concluir, que estos trece años resultan para mí tan nebulosos como un sueño. Con todo, he conocido la felicidad, gracias a tu inmenso amor. Más que nadie en este mundo.»

     [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Anagrama, 2003, en traducción de Javier Albiñana, con la colaboración de Yuna Alier, pp. 92-97. ISBN: 84-339-3122-9.]

sábado, 8 de mayo de 2021

El dios del siglo.- Jacinto de Salas y Quiroga (1813-1849)


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Tomo I

XV.- Gracias de la policía

 «Era Otero uno de esos infinitos jóvenes que hay en todas las capitales, cuyos medios de existencia son un misterio para todo el mundo; de esos que se unen a todos los grupos y que inspiran universal desconfianza; que saben las noticias reservadas de los diferentes bandos y que hablan al oído de los conspiradores y de los ministros; que critican mucho y encomian poco; que pasan por temerarios cuando tal vez están ejerciendo actos de servilismo; que gastan como potentados y nada poseen, que juegan, que fuman, que beben, que conspiran, y en suma, que encubren la fealdad de todos los vicios con una especie de barniz elegante y de buen tono. Sabíalo harto don Félix, que estaba acostumbrado a verlo en todas partes, aunque jamás lo había tratado con franqueza.
 -Buenos días, Félix –dijo el joven Ricardo al entrar, sin quitarse siquiera el sombrero y como si fuese un hermano o íntimo amigo-. Vengo molido, no extrañará usted que me siente sin ceremonia –y al decir esto se dejó caer en un muelle sofá.
 -Señor don Ricardo –contestó Félix jovialmente, conociendo cómo debía tratar a aquel personaje-. ¿Usted molido y a las nueve de la mañana? No se maraville usted que me asombre. Grandes novedades debe de haber.
 -¡Y tanto, querido Félix! Pero mayores las habrá. Deje usted correr la bola. Esto no puede durar. Más vale la Inquisición que lo que tenemos.
 Tan lejos estaba Montelirio de pensamientos políticos como asimismo de sospechar que se ocupase aquel joven casquivano de tales cuestiones, que apenas entendió lo que decir quería.
 -Nosotros, querido –dijo Ricardo resueltamente, quitándose el sombrero y los guantes-, contamos con usted.
 -¡Conmigo! ¿Y para qué? ¿Se puede saber?
 -Para dar al traste con esta gente que nos manda. Es preciso que cambie el ministerio; sin eso no hay ni quietud ni prosperidad.
 -Tal creo yo, por lo cual, si usted lee mi periódico, verá que no desmayo en mi propósito de conseguir ese fin.
 -Amigo mío, no bastan ya artículos que se escriben con cañones de aves; es preciso conquistar nuestros derechos con cañones de bronce.
 -¡Diantres! –respondió en tono de broma Félix-. ¡Qué guerrero viene usted! Es lástima que no haya nacido usted en tiempo de Carlos V para asistir a la toma de Túnez.
 -Todos los tiempos son buenos para derramar su sangre por la patria, y yo, amigo Félix, estoy resuelto a jugar mi vida por la libertad. ¿Podemos contar con la de usted por tan santa empresa?
 -Pero ¿quiénes son ustedes, a todo esto?
 -Somos los Amigos del pueblo, que estamos cansados de sufrir, y que hartos de trabajar en las tinieblas, queremos vencer o morir. Mañana es el día señalado para lanzar el grito y yo he venido aquí, en nombre de la sociedad, que conoce sus compromisos de usted y sus buenas ideas, a rogarle que se una a nosotros.
 -Eso quiere decir, en castellano puro, que son ustedes conspiradores, ni más ni menos.
 -Semejante nombre conviene más bien a los protervos que encadenan la voluntad del pueblo y que chupan nuestra sangre con sus leyes vandálicas.
 -Pero, en resumen, ustedes tratan de trastornar el gobierno por medio de una revolución.
 -Supongo que no será usted de esos tímidos a quienes asusta la palabra revolución, la más santa de cuantas los hombres han inventado.
 -No, señor; lejos de eso, soy de la misma opinión de usted; pero la revolución, para ser santa, como usted dice, debe ser hecha por la voluntad y con la cooperación de todos.
 -En ese caso, ¿contamos con usted?
 -¿Y son ustedes todos los españoles, por ventura?
 -Sí, señor, todos.
 -Entonces no me necesitan ustedes a mí para nada y no llevarán a mal que me quede en mi casa, escribiendo artículos para mi periódico.
 -Eso sería egoísmo y no más, por parte de usted.
 -¿Por qué egoísmo? Generosidad más bien; pues, no habiendo hecho nada, a nada me consideraría con derecho, y podrían ustedes tener un destino más con que contar.
 -¿Abandonará usted en la hora del peligro a sus amigos y correligionarios?
 -¡Qué peligro! Si son ustedes todos, ¿quién se opone?
 -Somos todos… los buenos, se entiende.
 -¡Ah, eso es distinto! –exclamó haciéndose el tonto Félix.
 -Y en prueba de ello, vea usted la lista; aquí la traigo precisamente. Su nombre de usted figura ya en ella; no nos desairará usted borrándole.
 Al decir esto sacó del bolsillo una hoja de papel envuelta misteriosamente en un sobre de carta y la dio a Félix. Recurrió éste los mil nombres allí estampados, de los cuales apenas conocía más que el suyo, sin poder adivinar cómo hay en España tantos López, tantos Pérez, tantos Gómez, cuando vio entrar en su despacho a dos jóvenes con largas melenas y no menores barbas, quienes, sin saludarlo siquiera, cerraron la puerta por dentro y sacaron de los bolsillos del gabán dos pistolas de arzón, un puñal y una daga.
 -Señor de Montelirio –dijo  uno en voz baja, haciendo en tanto que decía-, tome usted las armas que le envía la sociedad de los Amigos del pueblo, para defensa y protección de los derechos del hombre. Tengo encargo de añadir a usted, al propio tiempo, en nombre de los hermanos que, atendiendo a su mérito singular, se le dispensa las formalidades de la recepción, en vista de la cual, aquí traigo el diploma ya extendido. Entre nosotros se llama usted Temístocles. ¡Y quiera el cielo que, como el general ateniense, cuyo nombre le damos venza usted a los nuevos persas que nos oprimen!
 -Caballeros –contestó Félix, sin querer tomar las armas que el de las barbas había dejado sobre el bufete-, yo agradezco esa prueba de amistad que me dan ustedes; pero contra españoles no sé esgrimir más armas que la pluma.
 -¡Traidor también! –exclamaron los dos recién llegados, mirando a don Ricardo Otero-. ¿No saliste tú fiador de este hombre? Si nos han vendido, prepárate a morir.
 Y al decir tan terribles palabras, sacaron nuevos puñales que agitaron como en señal de amenaza.
 Sonó entonces pausadamente y de modo que parecía estudiado la campanilla, y Otero, aparentando una inquietud extraña, puso el dedo ante los labios como si recomendase el silencio.
 -Señores, puede venir alguien, no es bien que nos encuentren en esta posición. Amigos, esconded los puñales; aquí no hay necesidad más que de palabras y aun ésas pocas.
 Oyéronse pasos en la antesala, y Ricardo, con pasmosa velocidad, abrió un cajón del bufete en que estaba puesta la llave y en él echó precipitadamente las armas, cerrando enseguida. Mientras abrían por fuera la puerta del despacho, sentáronse todos, levantándose solamente Montelirio, a quien cuanto pasaba le parecía un fatídico sueño. Varias personas entraron precipitadamente, y al frente de ellas una con bastón de puño blanco y una placa en la levita.
 -¿Quién es el señor de este cuarto? –preguntó con mal gesto.
 -Soy yo, Félix de Montelirio.
 El celador de policía, que no era otra la categoría del personaje, se volvió a los esbirros que le acompañaban, y les hizo seña de que se apoderasen del joven. Mas él los rechazó con rabia, y dirigiéndose al celador, le dijo resueltamente:
 -Si usted trae alguna orden relativa a mí, puede comunicármela. La obedeceré sin resistencia; pero que nadie trate de ajar mi dignidad de hombre.
Resultado de imagen de el dios del siglo jacinto de salas y quiroga -Ustedes los polizontes –dijo uno de los que sentados estaban, con aire de matón- son todos unos canallas.
 -Son ustedes –dijo otro- los perros alanos del Gobierno.
 -Amigos –interrumpió Otero-, esos desgraciados no merecen nuestros insultos, sino nuestro desprecio.
 Empezaron ya a dar síntomas de insurrección los esbirros, si bien con harta calma, cuando el celador los contuvo, mandándoles permanecer tranquilos.
 -¿Quiénes son ustedes, caballero? –preguntó el celador a los deslenguados.
 -Somos –contestó Otero-, amigos del señor.
 -Amigos míos, no –interrumpió Félix-; rechazo esa calificación.
 -Eso no es el caso –dijo el celador-, los cuatro van ustedes presos en el acto al Gobierno político. Su Excelencia determinará. En tanto me quedaré aquí para registrar la casa.
 -¿Y se apoderarán de mis papeles? –preguntó Montelirio con notable ansiedad,
 -Por supuesto, y de las armas; ése es el objetivo principal de mi encargo. ¿Tiene usted armas?
 -Ningunas tenía; estos señores, que no sé quiénes son, han traído ahí pistolas y puñales, que han escondido en ese cajón. Declaro que ni son mías, ni están aquí por mi voluntad.
 -Está bien: ya dirá usted todo eso a Su Excelencia; yo no tengo más encargo que apoderarme de usted, de sus armas y papeles y entregarlos. Luego dará usted sus razones; en eso yo no tengo que meterme; pero, amiguito, aconsejo a usted que busque una disculpa por lo menos más verosímil.
 -Pero mis papeles que no digan relación con la política…
 -Yo no he de leer ninguno, y por lo mismo no he de clasificarlos. Todos se depositarán en manos del Excmo. señor jefe político y Su Excelencia hará de ellos el uso que sea más justo.
 -Pero hay aquí un pliego que no es mío.
 -Corriente, eso no importa, lo reclamará su dueño y se le dará.
 -Pero ¿de qué se me acusa?
 -Yo de nada. El gobierno, el juez o quien sea se lo dirá a usted. Yo soy un dependiente de la autoridad y lo único que tengo que hacer es obedecer y callar. Que le traigan a usted el sombrero; provéase usted del dinero preciso para lo que pueda ocurrir y bajen ustedes prontito la escalera.
 -¿Y he de cruzar así Madrid como un malhechor?
 -No, señor. Irá usted delante con dos de mis dependientes, y nadie sabrá el caso. Procurará usted ir alegre y parecerá que son amigos.
 -Si por lo menos pudiera llevar conmigo este pliego.
 -Mucho parece que le interesa a usted.
 -Sí, mucho, porque no es mío.
 -En ese caso, ya he dicho a usted que su dueño lo reclamará y se le entregará al punto. Vamos, avíese usted que el tiempo es precioso.
 Bajó don Félix la cabeza, en señal de resignación, se cubrió y sin siquiera volver el rostro para ver a Otero y sus amigos, salió del cuarto, acompañado de dos hombres de la policía.»

   [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Cátedra, 2012, en edición de Russell P. Sebold,  pp. 295-300. ISBN: 978-84-376-3040-3.]

domingo, 2 de mayo de 2021

La fotografía.- Penelope Lively (1933)


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Glyn y Kath


 «El tiempo es lo que más interesa a Glyn, y ahora mismo su mayor preocupación, puesto que es la una menos cuarto y él continúa sentado en la ladera de un cerro de Dorset cuando a las dos tiene que dar un seminario en la universidad, que se encuentra a más de una hora de coche. En lugar de quedarse aquí meditando sobre el tiempo, debería ponerse en marcha.
 El tiempo es la herramienta imprescindible de su trabajo, reflexiona. Sin el tiempo se hallaría delante de una mezcla de pruebas tan caótica como incomprensible, parecida a la confusa yuxtaposición del propio paisaje. El tiempo es la conexión necesaria entre unos hechos y otros, el mecanismo que impide que todos ocurran a la vez. No hay que maravillarse de que los primeros arqueólogos se dejaran la piel para establecer la cronología.
 A la altura de sus ojos hay un cernícalo suspendido en el aire. Más allá, a lo lejos, la verde complejidad de las siluetas de los campos se ve interrumpida por un edificio largo y ancho de altísimas chimeneas. Glyn sabe que fue molino en el siglo XIX y que ahora está destinado a convertirse en un edificio de viviendas de lujo. Justo debajo de Glyn, la ladera se riza en una serie de salientes, en los que reconoce los erosionados muros del castro de la Edad del Hierro que le ha traído hasta aquí, porque este cerro, que no visitaba desde hacía mucho, puede proporcionarle algunos datos útiles para un artículo que está escribiendo.
 El cernícalo le recuerda a Kath. En cierta ocasión vino con ella. Viendo otro cernícalo que se comportaba igual, Kath había dicho: “No se inmuta. ¿Cómo se las compone para no moverse a pesar de las acometidas del aire?” Todavía ve aquel otro pájaro y el cabello castaño alborotado en la cara de Kath y siente la mano de su mujer en la suya: “¡Mira, mira!”, continúa diciendo ella.
 Glyn se ha distraído de sus reflexiones a propósito de la función del tiempo y advierte que el flujo del pensamiento –irreflexivo y natural- es todo un ejemplo de la operación impetuosa y espontánea de la mente. Conoce lo suficiente de las teorías sobre la memoria a largo plazo para saber que el reconocimiento del molino y del castro se debe a la memoria semántica, que permite retener hechos, lenguajes y conocimientos al margen del contexto en el que se han adquirido. Y también conoce que eso, junto con el resto de sus saberes, ha hecho de él un ser completamente operativo, más incluso que muchos, si hemos de creerle. La visión de una Kath entusiasmada con el cernícalo se debe a la memoria episódica, que es autobiográfica y fundamental para el conocimiento de nuestra identidad. Sin ella andamos a la deriva como las ánimas del purgatorio. Estos episodios semejantes a fogonazos nos conectan con nosotros mismos y confirman nuestro paso por la vida. Nos dicen lo que somos.
 Se levanta impulsado por su reloj circadiano, que le habla bajito del seminario. De pronto, el cernícalo vira a un lado y desciende. Glyn se dirige al coche, que reconocerá gracias a otro impulso de la memoria semántica y que podrá conducir gracias a que la memoria procedimental atesora las experiencias adquiridas. A falta de ella, nos vendríamos abajo y nos quedaríamos atónitos, perplejos ante el volante.
 Precario, piensa mientras desciende con paso seguro la ladera empinada. La fusión de los procesos automáticos, todos ellos necesarios para las funciones cotidianas y todos operativos a un tiempo, se produce en precario. Ni que decir tiene que mientras piensa todo esto toma nota de algunas características del lugar, que para eso ha venido hasta aquí. Calcula la alineación de los muros y la huella de una posible entrada, y relaciona éste con otros enclaves celtas conocidos. Sin embargo, sus pensamientos están impregnados de algo más, no tanto de un proceso reflexivo como de un clima, un estado de la mente: se trata de la memoria episódica, que en ningún momento ha dejado de actuar para recordarle que Kath y él se detuvieron justo por aquí para comerse unos sándwiches, que ella descubrió una orquídea, que le gritó: “¡Ven! ¡Mira qué preciosidad!”, y que echaron a correr en dirección al coche por culpa de un chaparrón.
 ¿Cuándo fue? En esto ninguna memoria viene en su ayuda, ni semántica, ni episódica ni procedimental. No cabe duda de que la mente rechaza el concepto de cronología, dado que se trata de una idea antinatural fomentada por la perversidad de los cronistas desde los tiempos del Antiguo Testamento.
 ¿Qué otras cosas habría en la cabeza de Kath por entonces? Glyn entra en el coche y enciende el motor. Sabiendo lo que sabe, la Kath que ve ahora está traspasada de algo oscuro y rechazable. ¿Le traicionaba ya en esa época? ¿Pensaba en Nick mientras miraba el cernícalo o en el momento de encontrar la orquídea?
 Han pasado varias semanas desde el descubrimiento de la fotografía, ese incidente que señala un punto y aparte en su vida. Hubo un tiempo anterior a la foto, hecho de inocencia y tranquilidad, hasta donde estas cosas son posibles, y ahora hay uno posterior, en el que todo debe contemplarse con una mirada fría y desencantada.
 No, no todo. Su matrimonio, sin ir más lejos, que no es poco. Esa idea le apacigua. El incendio devastador del principio ha dado paso al fuego lento y continuo de la determinación. Tiene que reconstruir sus años con Kath, inspeccionarlos con minuciosidad para encontrar posteriores esclarecimientos. Tiene que saber si se trata de un hecho aislado, que ya sería bastante, o de todo un estilo de vida desconocido por él, lo cual representaría el descrédito. Sería una prueba de su incapacidad para observar y percibir. Peor aún: se demostraría que todos sus recuerdos de aquella época son defectuosos.
 Está escribiendo un diario retrospectivo de aquel período. Dónde estuvo él, cuándo se fue y cuánto tiempo pasó fuera, y, por extensión, dónde estaba Kath y qué hacía, todo en la medida de lo posible, que no es mucho. Para su propia actividad cuenta con la fuente de información de sus ficheros, pero el encaje de las piezas es un proceso laborioso que le está llevando mucho tiempo. La parte de Kath, por ser la más escurridiza, requiere la aportación de terceros.
 Oliver Watson resultó bastante inútil, aunque tal vez no tanto, porque antes o después tenía que dar con la tal Mary Packard y ella podría resultar mucho más productiva. En términos generales, sin embargo, la reunión con Watson fue infructuosa, como si después de recorrerse el país entero en busca de un documento acabara descubriendo que carece de valor.
Resultado de imagen de penelope lively la fotografia libro El objetivo de esta actividad es identificar e interrogar a las figuras decisivas de la vida de Kath: amigos susceptibles de convertirse en testigos y hombres que pudieron ser sus amantes. Por supuesto, no piensa presentarse y soltarlo sin más. No va a decir: “¿Por casualidad, sabe usted si mi mujer es promiscua?” o “¿Tuvo usted la oportunidad de acostarse con mi esposa en alguna ocasión?” Tiene pensado tantear el terreno con astucia y comedimiento. Después de acercarse con algún pretexto, le bastarán unos sondeos para captar al instante si ha dado con algo; lo sabrá enseguida por la inflexión de una voz, por una entonación, una duda o una evasiva. En fin de cuentas, está formado para descubrir las omisiones significativas y distinguir cuándo hay algo que indique la falta de datos. Sabe reconocer el significado de un vacío en la documentación.
 Bien, vayamos a la lista de testigos. Necesita recopilar un material: diarios, guías de teléfonos, hemerotecas y personas deseosas de contribuir. Por ejemplo, el nombre de la mujer que dirigía aquella galería de Camden y la información sobre los talleres de artesanía y los festivales artísticos, las antiguas guaridas de Kath. Tendría que armarse de paciencia y recurrir a sus conocimientos profesionales, pero, más que temeroso, se siente estimulado. Al fin y al cabo, se trata de su oficio y recabar información es lo suyo.
 Pero antes que nada debe interrogarse a sí mismo. El principal recurso es el cascarón agujereado de su memoria, que muchas veces se le representa casi literalmente como un balde viejo lleno de agujeros y con las junturas herrumbrosas. Otras veces la imagina a modo de un extenso manuscrito del que sólo ha sobrevivido un puñado de fragmentos chamuscados. Es como recopilar los Evangelios a partir de los rollos del Mar Muerto.
 Confecciona listas revolviendo en archivos y antiguas agendas de trabajo para averiguar los lugares y las fechas de sus viajes durante aquellos diez años de matrimonio, y entonces choca con el cascarón de los agujeros y el manuscrito chamuscado. Recuerda que, durante el verano de 1986, cuando estudiaba densidades poblacionales antiguas y pasaba mucho tiempo en la Biblioteca Británica, Kath estaba echando una mano en un festival de música, según ella. Iba y venía. Había un hombre en la organización que telefoneó bastantes veces. Glyn percibe aún el eco de su voz: “¿Está Kath ahí? Soy Peter, del festival de Wessex. ¿Puede decirle que he llamado?”
 Ese festival ha pasado a formar parte del organigrama de Glyn porque es la chicha de 1986 y el tal Peter también, subrayado.
 El proyecto ocupa todos sus momentos libres y otros muchos que, en sentido estricto, no lo son. Examina archivos antiguos cuando debería estar leyendo unos papeles del departamento o preparando una conferencia. En las reuniones, los pensamientos toman esa deriva. Ahora mismo, dentro del coche que conduce en dirección a la universidad y al seminario, se encuentra en plena y absorta contemplación del asunto. No ignora en absoluto que se comporta de un modo obsesivo. Cabía esperarlo, puesto que vive de obsesiones para las que siempre ha estado maravillosamente dotado y que han hecho de él un investigador meticuloso. Su obsesión ha producido libros y artículos originales e influyentes.
 Llega a la universidad, deja el coche en el primer sitio que encuentra y corre a su despacho, a cuya puerta acampa un numeroso grupo de estudiantes. Conectando el dispositivo del encanto, pide disculpas por el retraso y por el barro que trae en los zapatos (“ya veis, trabajo de campo”) y los hace entrar. Ahora toca aplicarse a la reforma agraria del siglo XVI; ya volverá más tarde a eso que se trae entre manos.»

   [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Contraseña, 2012, en traducción de Pepa Linares, pp. 133-138. ISBN: 978-84-939308-4-4.]