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domingo, 18 de enero de 2026

Introducción a la Historia de la Edad Media europea.- Emilio Mitre (1941)

9.- El régimen feudovasallático y la sociedad feudal
La evolución del vasallaje en el mundo medieval

 «Siguiendo la pauta marcada por F.L.Ganshof, las relaciones de dependencia feudovasalláticas atravesaron por tres momentos a lo largo del Medievo.
 a) Los orígenes precarolingios:
 El feudalismo hinca sus raíces militares en la vieja costumbre germana, descrita por Tácito, del comitatus, grupo de guerreros (los comites) que combaten en estrecha y voluntaria unión con un jefe. La inestabilidad por la que atravesaron los reinos germánicos desde el siglo VI (en particular la Galia de los sucesores de Clodoveo) propició la expansión de estas fórmulas que cristalizaron en un acto jurídico -la comendatio-. Por ella, un hombre libre se ponía al servicio de otro que le daba a cambio protección, pero sin ir ello en menoscabo de su primitivo estatuto de libertad. Son los ingenui in obsequio que con el tiempo irán tomando otros nombres no menos genéricos. El de vassus o vasallus hará fortuna.
 En la Europa precarolingia nos encontramos con diversas modalidades de relación personal, aunque todas ellas tengan un fondo común: en la Galia merovingia son los antrustiones, al servicio del rey, y los gasindi, al de un noble. La forma de pagar el servicio oscila entre la manutención directa o la entrega de una tierra (el beneficium) en concepto de tenencia, rara vez de plena propiedad. 
 En la España visigoda, los trabajos de una serie de autores, en especial de Sánchez Albornoz, permiten hablar de la existencia de elementos prefeudales de indudable interés: gardingos y bucelarios desempeñaron en España, respectivamente, el papel de los antrustiones y gasindi del otro lado del Pirineo. La remuneración de servicios fue también semejante.
 b) El vasallaje de época carolingia: 
 [...] Desde fines del siglo IX, el término "beneficio" encuentra otro que le va a hacer una afortunada competencia: el de "feudo". 
 [...]
 c) El vasallaje bajo el feudalismo clásico:
 El período que transcurre entre el siglo X y el XIII conoce la plenitud del sistema institucional feudovasallático en su lugar de origen y la transmisión de algunas de sus peculiaridades hacia Inglaterra, la España cristiana y los Estados creados por los occidentales en Tierra Santa.
 Sobre las bases echadas en el período anterior, el contrato de vasallaje es un auténtico contrato sinalagmático que comprende:
 -El homenaje (literalmente, hacerse hombre de otro), término que sólo aparece a comienzos del siglo XI. Supone esencialmente la ceremonia de la inmixtio manuum.
 -El sacramentum fidelitatis: juramento hecho sobre los Libros Sagrados, de gran fuerza moral dada la trascendencia que la sociedad medieval daba a la fe en general.
 -El osculum, de mucha menor importancia.
 Las relaciones de vasallaje llevan implícito un conjunto de deberes:
 -Los del señor hacia el vasallo quedan bajo el denominador de mitium. Suponen la protección frente a los ataques y la manutención del subordinado a través del respeto al beneficio concedido.
 -Los deberes del vasallo hacia el señor se agrupan en dos conjuntos: el auxilium y el consilium. El primero es militar (rescatable con el pago de una cuota o escudaje), que comprende la ayuda al señor en las grandes expediciones (expeditio, hostis) o en pequeñas operaciones militares (equitatio o cavalcata); y económico en ocasiones muy concretas: rescate del señor si cae prisionero, ayuda si va a la Cruzada, cuando contrae matrimonio la hija mayor o cuando se arma caballero al primogénito. El consilium es mucho más simple: la obligación de asesorar al señor en las asambleas judiciales. No se trata, sin embargo, de un modelo único ya que los matices regionales que las instituciones feudales adquieren introducen una cierta variedad en los tipos de compromisos.
 La complejidad que fue adquiriendo el sistema feudal dio lugar, por un lado, a toda una jerarquía, desde los grandes señores a los modestos subvasallos (los vavassores) de príncipes territoriales. De otro lado, la sed de beneficios llevó a una pluralidad de compromisos: un vasallo a veces lo era (por los feudos recibidos) de varios señores a la vez. Como solución se ideó una distinción entre los compromisos contraídos por homenaje ligio, que obligaban por encima de todo, y los contraídos por homenaje plano o simple, mucho menos riguroso. Es lógico comprender el que los monarcas tratasen de reservarse el monopolio de la ligesse, en un intento de reforzar sus posiciones frente al acrecentamiento de poder de los grandes príncipes territoriales.
 El incumplimiento de los compromisos contraídos en la ceremonia del homenaje acarreaban una serie de sanciones que, sin embargo, hasta el sigo XII se mostraron prácticamente ineficaces. El recurso a las armas solventó con demasiada frecuencia las diferencias existentes entre vasallo y señor. En caso de procederse por la vía normal, la ruptura del compromiso se podía producir por alguna de las dos partes como resultado del incumplimiento de los deberes contraídos (felonía). Ello comportaba la disolución del contrato:
 -en caso de proceder el señor contra el vasallo, llevaba a cabo la confiscación del feudo, aunque en ocasiones se introducía, como sanción más suave, el embargo de éste;
 -en caso de que la iniciativa de ruptura partiese del vasallo, éste debía dar a conocer solemnemente su decisión y renunciar a su feudo: era el defi, o desnaturamiento según la expresión castellana.»

 [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Istmo, 1976, pp. 155-159. ISBN: 84-7090-040-4.]

miércoles, 26 de mayo de 2021

Tratado y discurso sobre la moneda de vellón.- Juan de Mariana (1536-1624)


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Capítulo III.- El rey no puede bajar la moneda de peso o de ley sin la voluntad del pueblo


 «Dos cosas son aquí ciertas; la primera, que el rey puede mudar la moneda cuanto a la forma y cuños, con tal que no la empeore de cómo antes corría, y así entiendo yo la opinión de los juristas que dice puede el príncipe mudar la moneda. Las casas de la moneda son del rey y en ellas tiene libre administración y en el capítulo Regalía, entre los otros provechos del rey, se cuenta la moneda; por lo cual, como sea sin daño de sus vasallos, podrá dar, la traza que por bien tuviere. La segunda, que si aprieta alguna necesidad como de guerra o cerco, la podrá por su voluntad abajar con dos condiciones; la una que sea por poco tiempo, cuanto durare el aprieto, la segunda, que pasado tal aprieto restituya los daños a los interesados. Hallábase el emperador Federico sobre Faenza un invierno, alargose mucho el cerco, faltóle el dinero para pagar y socorrer la gente, mandó labrar moneda de cuero, de una parte su rostro, y por revés las águilas del imperio; valía cada una un escudo de oro. Claro está que para hacerlo no pudo juntar ni juntó la dieta del imperio, sino por su voluntad se ejecutó; y él cumplió enteramente, que trocó a su tiempo todas aquellas monedas en otras de oro. En Francia se sabe hubo tiempo en que se labró la moneda de cuero con un clavito de plata en medio; y aún el año de 1574, en un cerco que se tuvo sobre León de Holanda, se labró moneda de papel. Refiérelo Budellio en el lib. I De monet., cap. 1, núm. 34. Todo esto es de Colenucio en el lib. IV de la Historia de Nápoles. La dificultad es si sin estas modificaciones podrá el príncipe socorrerse con abajar las monedas o si será necesario que el pueblo venga en ello. Digo que la opinión común y cierta de juristas con Ostiense, en el título De censib. ex quibus, Inocencia y Panormitano sobre el cap. 4 De jur. jur, es que para hacerlo es forzosa la aprobación de los interesados. Esto se deduce de lo ya dicho, porque si el príncipe no es señor, sino administrador de los bienes de los particulares, ni por este camino ni por otro les podrá tomar partes de sus haciendas, como se hace todas las veces que se baja la moneda, pues le dan por más lo que vale menos y si el príncipe no puede echar pechos contra la voluntad de sus vasallos ni hacer estanques de las mercaderías, tampoco podrá hacerlo por este camino, porque todo es uno y todo es quitar a los del pueblo sus bienes por más que se les disfrace con dar más valor legal al metal de lo que vale en sí mismo, que son todas invenciones aparentes y doradas, pero que todas van a un mismo paradero como se verá más claro adelante. Y es cierto que, como a un cuerpo no le pueden sacar sangre, sea a pausas, sea como quisieren, sin que se enflaquezca o reciba daño, así el príncipe, por más que se desvele no puede sacar hacienda ni interés sin daño de sus vasallos, que donde uno gana, como citan de Platón, forzosamente otro pierde. Así hallo en el cap. 4º De jur. jur. que el papa Inocencio da por ninguno el juramento que hizo el rey de Aragón don Jaime el Conquistador por conservar cierta moneda por un tiempo que su padre el rey don Pedro II labró baja de ley; y entre otras causas apunta ésta: porque hizo el tal juramento sine populi consensu, sobre la cual palabra Panormitanó e Inocencio notan lo que de suyo se dijo, que ninguna cosa que sea en perjuicio del pueblo la puede el príncipe hacer sin consentimiento del pueblo (llámase perjuicio tomarles algunas partes de sus haciendas). Y aún sospecho yo que nadie le puede asegurar de incurrir en la excomunión puesta en la bula de la Cena; pues como dije de los estanques, todas son maneras disfrazadas de ponerles gravezas y tributos y desangrarlos y aprovecharse de sus haciendas. Que si alguno pretende que nuestros reyes tienen costumbre inmemorial de hacer esta mudanza, por sola su voluntad, digo que no hallo rastro de tal costumbre, antes todas las leyes que yo hallo en esta razón de los Reyes Católicos, del rey don Felipe II y de sus antecesores, las más muy razonables, se hallará que se hicieron, en las Cortes del reino.

Capítulo IV.- De los valores que tiene la moneda

Tratado Y Discurso Sobre La Moneda De Vellon - Mariana Juan De (Libro) Dos valores tiene la moneda, el uno intrínseco natural, que será según la calidad del metal y según el peso que tiene, a que se llegará el cuño, que todavía vale alguna cosa el trabajo que se pone en forjarla; el segundo valor se puede llamar legal y extrínseco que es el que el príncipe le pone por su ley y que puede tasar el de la moneda como el de las demás mercadurías. El verdadero uso de la moneda y lo que en las repúblicas bien ordenadas se ha siempre pretendido y practicado es que estos valores vayan ajustados, porque cómo sería injusto en las demás mercadurías que lo que vale ciento se tase por diez, así es en la moneda. Trata este punto Budellio, lib. I num. De monet., capítulo 67 y otros que todos llaman la contraria opinión irrazonable, ridícula y pueril; que si es lícito apartar estos valores, lábrenla de cuero, lábrenla de cartones o de plomo, como en ocasiones se hizo, que todo se saldrá a una cuenta y será de menos costa que se cobre. Yo no soy de parecer que el príncipe esté obligado a acuñar el metal a su costa, antes siento, y está muy puesto en razón que por el cuño se añada algún poco al valor natural y toda la costa que tiene el acuñar y no sería muy injusto que por el señoraje quedase algún poquito de ganancia al príncipe, como lo dispone la ley que esta razón se hizo en Madrid, año 1556, acerca de acuñar los cuartillos, y aun Inocencio sobre el cap. 4. De jur. jur. lo da a entender, si no lo dice claramente. Pero digo y me afirmo en esto, que estos valores deben ir muy ajustados. Esto se saca de Aristóteles, lib. I De las políticas, capítulo 6, donde dice que al principio los hombres, trocaban unas cosas por otras; después de común consentimiento se convinieron en que el trueque sería a propósito si se hiciese con estos metales de hierro y oro en que se excusaban los portes de las mercadurías pesadas: y de lejanas tierras. Así trocaban una oveja por tantas libras de cobre, un caballo por tantas de plata. Hallábase dificultad de pesar cada vez el metal, e introdújose que con autoridad pública se señalase para que conforme a la señal se entendiese qué peso tenía cada pedazo. Éste fue el primer uso y el más legítimo de la moneda; todas las demás invenciones y trazas salen de lo que conviene y de lo antiguo. Así se verá por nuestras leyes por dejar las antiguas y que siempre se tuvo respecto a ajustar esto, valores de plata y oro no hay duda porque de un marco de plata se acuñan por ley del reino sesenta y siete reales, y el marco mismo, sin labrar vale por las mismas leyes sesenta y cinco reales de suerte que por el cuño y señoraje sólo se les añaden dos reales, por donde cada real tiene de plata casi treinta y tres maravedís. De un marco de oro se acuñan sesenta y ocho coronas; poco menos vale el oro en pasta, y por él le labran. Vengamos a la moneda de vellón en que parece hay mayor dificultad. […] En la moneda que al presente se labra no se mezcla plata ninguna, y de un marco de cobre se acuñan doscientos ochenta maravedís, la costa que tiene de labrar es un real, la del cobre cuarenta y seis maravedís, que todo llega a ochenta maravedís; de suerte que en cada marco se gana doscientos maravedís, que es de siete partes las cinco, y en la misma cantidad se aparta el valor legal del valor natural o intrínseco de la moneda dicha, daño que es contra la naturaleza de la moneda como queda deducido, y que no se podrá llevar adelante. Demás que de todas partes la gente falseará alentada con tan grande ganancia porque estos valores forzosamente con tiempo se ajustan, y nadie quiere dar por la moneda más del valor intrínseco que tiene, por grandes diligencias que en contrario se hagan. Veamos, ¿podría el príncipe salir con que el sayal se vendiese, por terciopelo el veintedoceno por brocado? No por cierto, por más que lo pretendiese y que cuanto a la conciencia fuese lícito; lo mismo en la mala moneda. En Francia muchas veces han bajado los sueldos de ley; por el mismo caso subían nuestros reales y los que se gastaban por cuatro sueldos en  mi tiempo llegaron a valer siete y ocho, y aún creo que llegaron a más; que si baja el dinero del valor legal, suben todas las mercadurías sin remedio, a la misma proporción que abajaron la moneda y todo se sale a una cuenta, como se verá adelante más en particular.

 Capítulo V.- El fundamento de la contratación es la moneda, pesos y medidas

 No hay duda sino que el peso, medida y dinero son el fundamento sobre que estriba toda la contratación y los nervios con que ella toda se traba, porque las más cosas se venden por peso y medida y todas por el dinero. Lo que pretendo decir aquí es que como el cimiento del edificio debe ser firme y estable, así los pesos, medidas y moneda se deben mudar porque no bambolee y se confunda todo el comercio. Esto tenían los antiguos bien entendido, que para mayor firmeza hacían y para que hubiese mayor uniformidad acostumbraban a guardar la muestra de todo esto en los templos de mayor devoción y majestad que tenían. Así lo dice Fanio en el libro De pesos y medidas; hay ley de ello de Justiniano, emperador authent. de collat. coll. 9 y en el Levítico cap. 27, núm. 25, se dice: “Omnis aestimatio siclo sanctuarii ponderatur”. Algunos son de parecer que si el siclo era una moneda como de cuatro reales; se guardaba en su puridad y justo precio en el templo, para que todos acudiesen a aquella muestra y nadie se atreviese a bajarla de ley ni de peso. Es cosa tan importante que en estas cosas no hay alteración, que ninguna diligencia tenían por sobrada, y aun santo Tomás lib. II De regim. princ.., cap. 14, aconseja que los príncipes no fácilmente por antojo alteren la moneda, por donde, no se tiene por acertado lo que estos años se hizo por causa de los millones que fue alterar el azumbre, medida del vino y del aceite. Causa esto grande confusión para ajustar lo antiguo con moderno y unas naciones con otras y parece bien que los que andan en el gobierno no son personas muy eruditas, pues no han llegado a su noticia las turbaciones y revueltas que en todo tiempo han sucedido por esta causa entre las otras naciones y dentro de nuestra casa y con cuánto tiento se debe proceder en materias semejantes. El arbitrio de bajar la moneda muy fácil era de entender que de presente para el rey sería de grande interés y que muchas veces se ha usado de él; pero fuera razón juntamente advertir los malos efectos que se han seguido, y cómo siempre  ha redundado en notable daño del pueblo y del mismo príncipe que le ha puesto en necesidad, devolver atrás y remediarle a veces con otros mayores, como se verá en su lugar. Es como la bebida dada al doliente fuera de sazón, que de presente refresca, mas luego causa peores accidentes y aumenta la dolencia. Para que se vea el cuidado que se tenía para que no se alterasen estos fundamentos de la contratación, es cierto y autores muy graves lo dicen y yo lo probé bastantemente en el libro De pond. et mens., capítulo 8, que la onza antigua de romanos y la nuestra es la misma, y por consiguiente lo mismo se ha de decir de los otros pesos mayores y menores.»

    [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Deusto, 2017, pp. 25-40. ISBN: 978-84234-2885-4.]

jueves, 10 de septiembre de 2020

Correspondencia y escritos.- Juan Gris (1887-1927)

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Correspondencia
1916

  «94.- A Léonce Rosenberg (Beaulieu, 1 de septiembre)

  Mi querido amigo: llegamos ayer por la noche. Estamos instalados en la planta baja de una vieja casona, fuera del pueblo y junto a la carretera, cerca del bosque. El paisaje es bonito y pienso trabajar tranquilo. Lejos por fin de la maldad de París y de ese lodo moral que me ahogaba.
 No le respondí a su carta tan amable esperando estar aquí para hacerlo. En cuanto a sus palabras recomendándome discreción no tenga ningún miedo, primero porque soy prudente y después porque no creo tener un amigo en el que pueda tener la suficiente confianza como para contarle mis asuntos. Sobre todo después de todos los desengaños que he tenido últimamente en cuanto a amistades.
 Pronto le escribiré una carta más larga, hoy todavía tengo que ocuparme de instalarme, etc. Reciba, mi querido amigo, con el saludo de mi mujer, la amistad sincera de Juan Gris. […]

1919

251.- A Daniel-Henry Kahnweiler (París, 3 de septiembre)

 Mi querido amigo: su carta, que muestra tanto interés por mí, me ha emocionado mucho. Sin embargo, no puedo enviarle las pinturas que me pide. La explicación es simple: durante los últimos dos años he tenido un contrato en exclusiva con Rosenberg, y no puedo enviar nada a nadie más que a él. Se lleva todo lo que hago tan pronto como lo acabo.
 Lo siento mucho porque me hubiera gustado mucho saber su opinión sobre mi trabajo.
 De todas formas, no debe usted sobrevalorar mi pintura. Si mi pintura a veces resulta bien, eso se debe más a mi conocimiento de los medios plásticos que a mi experiencia como pintor. De hecho, esta falta de experiencia hace que si la medida está bien tanto en mi sentimiento como en mi cabeza, no siempre asoma bien al borde de mi pincel. En esta fase mi pintura puede compararse a esas pinturas de Seurat en la que la severidad y el vacío son el resultado de la inexperiencia y no de la incompetencia. Eso no puede decirse ya de Braque, cuya experiencia empieza a ser considerable y ahora le permite realizar magníficas pinturas (quizá me equivoque al hablar bien de él, porque él no se ha portado bien conmigo). Picasso todavía produce buenas cosas cuando tiene tiempo entre un ballet ruso y un retrato mundano. Por lo que respecta a los demás, nada especialmente estimulante. Léger todavía tiene buenas calidades, pero se inclina cada vez más por los excesos dadaístas. Un nuevo fichaje es Severini, que abandonó el futurismo hace dos o tres años. Y también está Laurens, un escultor amigo de Braque y hasta cierto punto su discípulo. Entre los más jóvenes, el escultor Lipschitz es quizá el más serio y el que tiene mejor carácter. En mi opinión tiene un gran futuro porque se está desarrollando muy bien y ha hecho grandes progresos en muy poco tiempo.
 Lo más sorprendente ha sido la repentina cosecha de poetas. Reverdy es uno de los líderes entre los mejores; ha tenido mucha influencia en los más jóvenes. Hay algunos extraordinarios, como Radiguet, que apenas tiene diecisiete años y escribe cosas deliciosas. Lo que siguen a Reverdy son los que más conexión tienen con nuestra pintura y cada vez se separan más de Cendrars y de Tzara. También hay jóvenes músicos, pero yo no entiendo nada de música. Por ejemplo, está Auric, que tiene veinte años y es muy admirado.
 Deme noticias suyas pronto. Con los mejores deseos de su Juan Gris. Mis respetos a Mme. […]

1921

339.-A Daniel-Henry Kahnweiler (Le Cannet, 23 de junio)

  Mi viejo amigo: el dedo de Josette está mejor y ahora debemos esperar cicatrice en cuestión de días.
No he querido decirle nada hasta ahora acerca de un pequeño asunto que me afecta y que explica por qué he tenido que venir a casa de mi amigo Marmaronne para encontrar un poco de paz. Se trata de lo siguiente:
Correspondencia y escritos | Editorial Acantilado Una de las mujeres a las que hemos visto muy a menudo últimamente -vive con sus padres y usted conoce a su primo- se ha ido infiltrando poco a poco en mí, hasta que me he dado cuenta de que la quiero. Lo descubrí cuando estaba en Montecarlo y ella estaba allí también. En un rapto de locura pensé dejar a Josette y casarme con ella. Mis planes simplemente se retrasaron por el problema del dedo de Josette, al que al principio no dimos importancia. Después, cuando pensé que se lo iban a amputar renuncié a la idea por completo, porque no podía dejar a la pobre Josette en ese estado mutilado. Pero ahora que Josette está mejor he vuelto a mi plan original porque no puedo vivir sin esa mujer. Tiene que creerme, mi querido amigo. Ya sé que está muy mal que deje a Josette después de vivir con ella durante siete años. Es una buena mujer, y no tengo ninguna queja de ella, pero la tentación es demasiado fuerte. Yo amo a esa mujer, ella me ama incluso más, y esta boda puede ser muy beneficiosa para mi vida y para mi futuro. Es una hija única muy rica, y para alguien como yo que nunca ha tenido nada, esto representa la verdadera felicidad y el confort que nunca he poseído.
 Ya ve que ni siquiera escondo ante usted el aspecto venal que me atrae. Le aseguro, querido amigo, que durante más de un mes he estado luchando conmigo mismo y sufriendo más que nunca. El hecho de dejar a Josette y hacerle daño me tortura. Simplemente no puedo aguantar verla llorar, ni tampoco ver llorar a la otra, y por eso me he venido aquí. Ya no tengo que verla llorar, ni ver llorar a la otra, desmayándose y amenazando con suicidarse si no me caso con ella. Mi intención es dar a Josette lo suficiente para que no tenga que pasarlo mal. La he dejado en Bandol para que termine su tratamiento en la clínica de Toulon, pero no sé lo que hará cuando esté mejor. Quizá se vaya con una familia amiga que la ha invitado, o quizá vuelva a París. Estoy esperando a que se marche de Bandol para volver allí y arreglarlo todo. Esta pobre mujer, por cierto, está en un compromiso porque todo Bandol cree que es mi amante y eso no es verdad. Pero de todas formas, incluso si el plan se cancela en el último momento, nunca podré volver a vivir con Josette, después de este lío. Nuestra vida juntos sería un infierno, y una serie de continuos reproches. No, eso no es posible.
 Le estoy contando todo, mi querido amigo, pero no me juzgue demasiado duramente. Me avergüenza lo que estoy haciendo, pero mi cabeza está trastornada por una tentación tan irresistible. Créame, no me atrevo, no puedo rechazar la posibilidad de felicidad y de riqueza cuando llama a mi puerta, más aún cuando amo a esta mujer más de lo que he amado a nadie en mi vida. Por supuesto, para ahorrarle a ella demasiado dolor, le he dicho a Josette que hago esto sólo como un negocio, pero no es verdad porque no podría hacer una cosa así.
 Espero saber pronto de usted, mi viejo amigo. Saludos a todos, Juan Gris. El lunes pasado le envié tres pinturas desde Bandol, una de tamaño 40 y dos de tamaño 31. Las últimas son de 61 x 95 cm.»

   [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Acantilado, 2008, en traducción de María Dolores Jiménez Blanco. ISBN: 978-84-96834-48-4.]

sábado, 23 de mayo de 2020

La tuneladora.- Fernando Lalana (1958)

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Martes, 2 de marzo de 2004
Como un gusano

  «Finalmente, Marino se ha salido con la suya y está preparando una infusión de tila. Es para él mismo. Continuamos la conversación en la cocina.
 -Las tuneladoras se hacen a medida -me explica-. Como se hacían los trajes antiguamente. Cada una es diferente, en función de la obra que tiene que acometer.
 -¡Ajá! ¿Y qué?
 -Le digo esto para que comprenda que una determinada tuneladora no se suele utilizar para varias obras diferentes, sino que, una vez cumplida la misión para la que se diseñó, se considera amortizada.
 -Eso ya lo sabía. Me lo explicó ayer tu capataz, el señor Cuerdo. Pero ¿adónde quieres llegar?
 Marino duda y se pasa las manos por la cara repetidamente.
 -Oiga, Escartín. Me estoy jugando mi empleo al decirle esto. Lo comprende, ¿verdad?
 -Hasta que no me lo cuentes todo, no sé si lo puedo comprender, Marino.
 -De acuerdo, de acuerdo... Se habrá dado cuenta de que, en circunstancias normales, desmontar la tuneladora y llevarla al desguace una vez terminada su misión no supone para la empresa propietaria más que una obligación de enorme costo económico y, además, una gran pérdida de tiempo.
 -Sí, claro, lo entiendo -le digo tras una pausa-, pero no hay más remedio. No se puede entregar la perforación con la máquina dentro del túnel.
 Marino me mira de hito en hito. Por fin, se decide a hablar.
 -Hay otra posibilidad: imagine que, una vez concluido el túnel, llenamos a tope los depósitos de combustible de la máquina y la ponemos en marcha, forzándola, además, a trabajar con su máximo grado de inclinación. ¿Qué ocurrirá entonces?
 -¿Qué es esto, Marino? ¿Un problema de lógica?
 -Claro que no. Piense en ello, por favor.
 -Pues supongo que... la máquina se irá hundiendo en el terreno más y más... y seguirá así hasta que se agote su combustible.
 -Exacto. La tuneladora avanzará como una oruga gigantesca, perforando la tierra, abriendo su propia tumba, enterrándose a sí misma cada vez más profundamente. Lo llaman el método Minsk. Esa solución no sólo resulta muchísimo más barata que desmantelar la máquina, sino que permite utilizar el tiempo que llevaría la operación de desguace en recuperar algún posible retraso en el desarrollo de la obra. En definitiva, un negocio redondo, se mire como se mire.
 -¿Y esto es lo que ha ocurrido con la tuneladora del metro?
 -Y con varias otras, desde hace tiempo. Es una práctica frecuente en mi empresa.
 -Bueno... me parece un método ingenioso. ¿Qué problema hay en que tu empresa lo utilice habitualmente?
 Marino habla cada vez más bajito, conforme la información parece más comprometida.
 -El problema radica en que esa práctica es ilegal sin obtener permiso de la Administración y, para ello, es preciso desarrollar previamente un exhaustivo estudio geológico y un informe de todas las posibles consecuencias que podría acarrear la operación, con sus correspondientes medidas correctoras, además de contratar un seguro que cubra posibles responsabilidades y algunas cosas más. Total, si se hace todo legalmente, lo que ganas por un lado lo pierdes por el otro. Como tantas otras cosas, sólo resulta realmente interesante... si se hace al margen de la ley.
 Veo con toda claridad lo que Marino pretende contarme.
LA TUNELADORA | FERNANDO LALANA | Comprar libro 9788483430064 -Entiendo. Fomento de Perforaciones siempre cumple los plazos y se adjudica contratas a precios muy baratos... porque no desmonta y desguaza las tuneladoras sino que las entierra sin decir nada a nadie. Sin autorización administrativa, sin cálculo de riesgos y sin estudio geológico alguno.
 Marino asiente con un gesto.
 -Las ventajas, como le digo, son importantes. Sin ir más lejos, en la obra del metro llevábamos trece días de retraso, lo que le hubiese supuesto a la empresa una fuerte multa y la consiguiente pérdida de prestigio por el incumplimiento en la fecha de entrega, pero contábamos con un colchón de quince días laborables. Los quince días previstos para desmontar la máquina, que no íbamos a utilizar si la enterrábamos. El trabajo de perforación, realmente, no se terminó hasta el viernes a media mañana. A partir de ese momento, fue cuando se asignó a todo el personal nuevos destinos en diversas obras y se le dio el resto del día libre. Acto seguido, ya sin testigos, se puso en marcha la tuneladora en modo automático para que comenzase a cavar su propia tumba.
 -¿Quiénes estabais al tanto de la operación?
 -Muy poca gente, como siempre: los tres ingenieros responsables de la máquina, Sebastián Cuerdo como jefe de obra... y cuatro o cinco personas más. Y supongo que los jefazos de la empresa estarán todos al corriente.
 Y vuelve a callar. Marino se interrumpe continuamente y, aunque me gustaría que siguiese hablando sin necesidad de que yo le preguntase, no parece dispuesto a hacerlo, de modo que tengo que ir empujándolo continuamente a través de su propia hipótesis.
 -¿Y lo que intentas decirme como colofón de todo esto es que... que en esa operación, Olmedo podría haberse quedado atrapado dentro de la tuneladora... y seguir allí todavía? ¿No es eso?
 Pese a que no hace calor, Marino Espuertas ha comenzado a sudar copiosamente. Ahora, se seca la frente con un pañuelo.
 -Ésa es mi mejor explicación.»

    [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Bambú, 2013. ISBN: 978-84-8343-006-4.]

miércoles, 11 de marzo de 2020

De los delitos y de las penas.- Cesare Beccaria (1738-1794)

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Capítulo 34: De los deudores

«La buena fe de los contratos y la seguridad del comercio estrechan al legislador para que asegure a los acreedores las personas de los deudores fallidos; pero yo juzgo importante distinguir el fallido fraudulento del fallido inocente. El primero debería ser castigado con la misma pena que el monedero falso, porque falsificar un pedazo de metal acuñado, que es una prenda de las obligaciones de los ciudadanos, no es mayor delito que falsificar las obligaciones mismas. Mas el fallido inocente, aquél que después de un examen riguroso ha probado ante su jueces que o la malicia de otros, o su desgracia, o contratiempos inevitables por la prudencia humana le han despojado de sus bienes, ¿por qué motivo bárbaro deberá ser encerrado en una prisión y privado de la libertad, único y triste bien que sólo le queda, experimentando las angustias de los culpados y arrepintiéndose acaso (con la desesperación que causa la probidad ofendida) de aquella inocencia con que vivía tranquilo bajo la tutela de las leyes, cuya ofensa no estuvo en su mano; leyes dictadas de los poderosos por codicia y sufridas de los flacos por aquella esperanza que comúnmente centellea en los ánimos de los hombres, haciendo creer que los acontecimientos adversos son para los demás, y para nosotros los favorables? Los hombres, abandonados a sus sentimientos más triviales, aman las leyes crueles aunque estén sujetas a ellas mismas. Sería interés de todos que se moderasen, porque es mayor el temor de ser ofendido que el deseo de ofender. Volviendo al inocente fallido, digo que podrán sus deudas mirarse como inextinguibles hasta la paga total; podrásele prohibir libertarse de la obligación contraída sin consentimiento de los interesados, y el derecho de retirarse a otro país para ejercitar su industria; podrásele apremiar para que empleando su trabajo y sus talentos adquiera de nuevo con que satisfacer a sus acreedores; pero ni la seguridad del comercio ni la sagrada propiedad de los bienes podrán justificar una privación de libertad, que les es inútil, fuera del caso en que con los males de la esclavitud se consiguiese revelar los secretos de un supuesto inocente fallido, caso rarísimo en suposición de un riguroso examen. Creo máxima legislatoria que el valor de los inconvenientes políticos se considere en razón compuesta de la directa del daño público y de la inversa de la improbabilidad de verificarse. Pudiera distinguirse el dolo de la culpa grave, la grave de la leve, y ésta de la inocencia, asignando al primero las penas establecidas contra los delitos de falsificación, a la segunda otras menores pero con privación de libertad, reservando a la última el escogimiento libre de medios para restablecerse, quitar a la tercera la facultad de hacerlo, dejándola a los acreedores. Pero las distinciones de grave y de leve se deben fijar por la ley ciega e imparcial, no por la prudencia arbitraria y peligrosa de los jueces. El señalamiento de los límites es así necesario en la política como en la matemática, tanto en la medida del bien público, cuanto en la medida de las magnitudes.
Resultado de imagen de de los delitos y de las penas  ediiciones altaya ¡Con qué facilidad un legislador próvido podría impedir gran parte de las quiebras culpables y remediar las desgracias del inocente industrioso! Un público y manifiesto registro de todos los contratos y libertad a los ciudadanos de consultar sus documentos bien ordenados, un banco público formado de tributos sabiamente repartidos sobre el comercio feliz y destinado a socorrer con las cantidades oportunas al miserable e infeliz miembro de él, no tendrían ningún inconveniente real y pudieran producir innumerables ventajas. Pero las fáciles, las simples, las grandes leyes, que no esperan para esparcir en el seno de la nación la abundancia y la robustez más que la voluntad del legislador, leyes que le colmarían de himnos inmortales, son, o las menos conocidas, o las menos queridas. Un espíritu inquieto y empleado en pequeñeces, la medrosa prudencia del momento presente, la desconfianza y la aversión a toda novedad aunque útil, ocupan el alma de aquéllos que podrían arreglar y combinar las acciones de los hombres.

Capítulo 35: Asilos

 Me restan aún dos cuestiones que examinar: una si los asilos son justos, y si el pacto entre las naciones de entregarse recíprocamente los reos es o no útil. Dentro de los confines de un país no debería haber algún lugar independiente de las leyes. Su poder debería seguir a todo ciudadano como la sombra al cuerpo. La impunidad y el asilo se diferencian en poco; y como la impresión de la pena consiste más en lo indubitable de encontrarla que en su fuerza, no separan éstas tanto de los delitos cuanto a ellos convidan los asilos. Multiplicar éstos es formar otras tantas pequeñas soberanías; porque donde no hay leyes que manden allí pueden formarse nuevas, opuestas a las comunes, y así un espíritu contrario al del cuerpo entero de la sociedad. Todas las historias muestran que de los asilos salieron grandes revoluciones en los estados y en las opiniones de los hombres. Pero si entre las naciones es útil entregarse los reos recíprocamente, no me atreveré a decirlo hasta tanto que las leyes más conformes a las necesidades de la humanidad, las penas más suaves, y extinguida la dependencia del arbitrio y de la opinión, no pongan en salvo la inocencia oprimida y la virtud detestada; hasta tanto que la tiranía sea desterrada a las vastas llanuras del Asia por el todo de la razón universal, que siempre une los intereses del trono y de los súbditos; aunque la persuasión de no encontrar un palmo de tierra que perdonase a los verdaderos delitos sería un medio eficacísimo de evitarlos.»

    [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Altaya, 1994, en traducción de Juan Antonio de las Casas. ISBN: 84-487-0148-8.]