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domingo, 23 de febrero de 2025

El goce del paraíso.- John Ralston Saul (1947)

 

Capítulo cuatro

 «Delante de ellos, a la sombra de unos árboles, un grupo de estudiantes bloqueaba el camino. Cuanto más se acercaban mayor parecía el grupo. Debían de ser unos quinientos. Durante los últimos minutos habían oído la voz de un hombre por unos rudimentarios altavoces. De pronto Field se dio cuenta de que la persona que estaba de pie en los peldaños del edificio estudiantil, vestido de campesino y con un sombrero de paja redondo, era Michael Woodward.
 -¡No me digas que viene aquí a distribuir condones!
 -No. No le permiten que hable del control de natalidad en el campus. El doctor Meechai habla del budismo en la sociedad moderna -respondió Songlin sin ocultar su admiración.
 Field era mucho más alto que el resto de los presentes, por lo que destacaba incluso desde el fondo.
 Las frases salían de la boca de Woodward en  un tono suave, casi un susurro, y su gesticulación era tan escasa que no se sabía si estaba vivo.
 -Para los economistas, el desarrollo significa incrementar el valor de la moneda y de todo lo relacionado con ella, estimulando así la avaricia. Para los políticos, el desarrollo significa incrementar el poder, fomentando por consiguiente la envidia. Ambos miden los resultados desde un punto de vista cuantitativo, promoviendo de ese modo la ignorancia. ¿Qué son la envidia, la avaricia y la ignorancia? Son el trío budista de las maldades -decía en un tono que ya de por sí ilustraba la humildad budista, en vivo contraste, pensó Field, con el exhibicionismo de Espoir-. Dirían que no soy moderno. Pero ¿qué significa eso? Si moderno significa bueno, entonces debe ser bueno para nosotros. Pero si moderno significa malo, ¿para qué lo queremos? ¿Cómo podemos cerciorarnos de que es bueno? Utilizándolo para nuestros intereses. Debemos adaptarlo a nuestro estilo, al estilo budista, al estilo tailandés. Los occidentales desprecian el sistema que no proporciona los incentivos necesarios para adquirir artículos de importación, ni se muestra ansioso por explotar al máximo los recursos naturales. ¿Es éste nuestro problema? ¿Por qué tendría nuestro sistema que hacer lo uno o lo otro? ¿Qué hay de bueno en esos conceptos? ¿Qué hace que ésos sean los criterios del modernismo?
 -Doctor Meechai, ¿significa esto que todos deberíamos vestir como campesinos? -preguntó alguien del público.
 Se oyeron algunas risitas desconcertantes. Woodward se metió la mano bajo el cinturón y tiró del pantalón como si fuera un payaso.
 -En veinte años he visto cómo todo el mundo adoptaba indumentaria occidental y ¿cuál es el resultado? Millones de genitales cálidos y constreñidos.
 Las risitas se convirtieron en carcajadas.
 -Aquí no se me permite hablar del sexo -prosiguió-, pero como médico puedo aseguraros que el constreñimiento no es sano.
 Volvieron a oírse abundantes carcajadas, aunque todos los muchachos iban constreñidos.
 -Estoy harto de oírle, prefiero hablar contigo -dijo Field, tirando de Songlin.
 -¿Conoces al doctor Meechai? -le preguntó asombrada.
 -Es un buen amigo mío -respondió, recordando que sólo le había mencionado por su nombre tailandés-. Háblame de lo que te enseñan.
 Field no había ido a la universidad y por consiguiente su curiosidad era auténtica. Fueron paseando hasta el bar donde se habían encontrado y se sentaron junto a una mesa. Pidieron dos zumos de fruta. Los rayos de sol que cruzaban las copas de los árboles iluminaban el rostro de Songlin y era incapaz de dejar de mirarla mientras ella hablaba. Aun siendo tailandesa, discernía indicios de sí mismo en su expresión.
  -¿Por qué no te dejas crecer el cabello?
 -Sólo las campesinas llevan el pelo largo -dijo sin prejuicio alguno, pasándose la mano por el cabello corto, al estilo europeo.
 -Tal vez, pero te favorecería.
 Parecía sentirse a la vez contenta y avergonzada por la atención que recibía. Por su parte, Field se ruborizó al darse cuenta de que estaba acostumbrado al cabello largo de las chicas de los bares de alterne, que eran todas campesinas.
 Al cabo de un rato de estar sentados, apareció Woodward, acompañado de un grupo de estudiantes. Al ver a Field, le dijo en thai:
 -No te has quedado para oír el final.
 -Acércate. Te presentaré a mi hija -respondió Field, encogiéndose de hombros.
 -Hace cuatro años que oigo hablar de ti, pero tu padre te mantiene oculta -dijo Woodward, abandonando su pose didáctica, dando las gracias a la delegación estudiantil y sentándose con Fiel y su hija-. Creo que te quiere demasiado -le dijo a Songlin, que se ruborizó-. Pero hay que reconocer que es un tipo imposible.
 Songlin manifestó su respeto guardando silencio, lo que jamás hacía con su padre y que él tampoco fomentaba. Sin embargo, ahora parecía esperar que fuera Woodward quien hablara y a Field le asombró comprobar que su amigo aceptaba la adulación con modestia.
 Al cabo de un rato se despidieron ambos de Songlin y caminaron juntos hacia Rama IV.
 -¿Qué opinas de mi discurso? -preguntó Woodward en inglés, cuando estaban lo suficientemente lejos como para que no los oyeran-. No has hecho ningún comentario.
 -¿Qué quieres que te diga?
 -Siempre sueles opinar sobre todo.
 -Claro. Si lo que pretendes es que te vuelen la tapa de los sesos, vas por buen camino.
 -¿Tú crees? Sólo hablo de religión.
 -Puede que yo no tenga ningún objetivo en la vida, Michael, pero no soy ingenuo. No irás a decirme que eres más inmaduro que tu público.
 -No te comprendo.
 -¿No? Escúchame. Échales discursos a los habitantes del suburbio, si lo deseas, nadie se preocupa de ellos; pero no te metas con los estudiantes. La gente a la que odias tiene un miedo atroz a las universidades, un miedo verdaderamente atroz, porque si los estudiantes se levantaran tendrían que disparar contra sus propios hijos. Pero contigo no tendrían tantos reparos -dijo Field levantando la mano para llamar un taxi.»

   [El texto pertenece a la edición en español de Círculo de Lectores, 1988, en traducción de Enric Tremps, pp. 80-83. ISBN: 84-226-2768-X.]

domingo, 16 de octubre de 2022

El crisantemo y la espada. Patrones de la cultura japonesa.- Ruth Benedict (1887-1948)


Ruth Benedict - Wikipedia, la enciclopedia libre
3.-Cada uno en su lugar


 «A pesar de su reciente occidentalización, el Japón es todavía una sociedad aristocrática. Cada saludo, cada contacto personal, debe indicar el tipo y grado de la distancia social que existe entre unos y otros. Cuando una persona dice a otra “come” o “siéntate”, utiliza palabras diferentes si se dirige a un familiar, si habla a un inferior o a un superior. Existe un “tú” o un “usted” diferente que debe utilizarse en cada caso, y los verbos tienen formas distintas para cada uno de ellos. En otras palabras, los japoneses tienen lo que se llama un “lenguaje de respeto”, como lo tienen muchos otros pueblos del Pacífico, y lo acompañan con reverencias e inclinaciones adecuadas. Este comportamiento se rige por meticulosas normas y convencionalismos. No basta saber ante quién se inclina uno, sino que es necesario saber cuánto se tiene uno que inclinar. Un saludo que sería adecuado para determinada persona podrá ser considerado como un insulto por otra que se hallase en una relación ligeramente distinta con el que saluda. Y la gama de las reverencias va desde la postura de rodillas en que se inclina el cuerpo hasta tocar con la frente las palmas de las manos, colocadas sobre el suelo, a la simple inclinación de la cabeza y los hombros. Uno debe aprender, y desde edad muy temprana, la reverencia adecuada para cada caso particular. No se trata sólo de tener siempre presentes las diferencias de clase — en todo caso, importantísimas—; también deben tenerse en cuenta el sexo, la edad, los lazos familiares y cualquier clase de relación previa entre dos personas.
 Incluso entre las mismas dos personas se requieren diversos grados de respeto en diferentes ocasiones: un civil puede tratar familiarmente a otra persona y no inclinarse ante ella; pero cuando lleva uniforme militar, su amigo, si viste de paisano, se inclinará ante él. Cumplir con las normas establecidas por la jerarquía es un arte que requiere el equilibrio de innumerables factores, algunos de los cuales pueden excluir a los otros en un determinado caso, o bien añadirse a ellos.
 Existen, naturalmente, personas que se tratan con poca ceremonia. En Estados Unidos, esto se aplica a las personas del círculo familiar. Nosotros abandonamos incluso las más simples formalidades de la etiqueta cuando entramos en el seno de nuestra familia. En el Japón es precisamente en la familia donde las normas de respeto se aprenden y observan más meticulosamente. Cuando la madre todavía lleva al niño atado a la espalda, ya le obliga —apoyando su propia mano en la cabeza del hijo— a inclinarse, y las primeras lecciones del pequeño consisten en aprender a comportarse respetuosamente con su padre y su hermano mayor.
 La mujer se inclina ante su marido; el niño, ante su padre; los hermanos menores, ante los mayores, y la hermana se inclina ante todos sus hermanos, cualquiera que sea la edad de éstos. No se trata de un gesto vacío de sentido; significa que el que se inclina reconoce el derecho del otro a actuar como desee respecto a cosas de las cuales quizá prefiera hacerse cargo él mismo, y el que recibe el cumplido reconoce a su vez ciertas responsabilidades que le incumben en razón del puesto que ocupa. La jerarquía basada en el sexo, en la edad y en la primogenitura forma parte integrante de la vida familiar.
 La piedad filial es, naturalmente, una de las normas éticas más importantes del Japón, que comparte con China. La formulación china de este principio fue adoptada en época temprana por el Japón, junto con el budismo, la ética confucionista y la antiquísima cultura china, en los siglos VI y VII después de Cristo. Pero el carácter de la piedad filial hubo necesariamente de sufrir modificaciones para poder adaptarse a la estructura peculiar de la familia japonesa. En China, incluso hoy, uno debe lealtad al enorme y ramificado clan al que pertenece. A veces se trata de un clan con jurisdicción sobre cientos de miles de personas, de las cuales recibe apoyo. Las circunstancias varían según las diversas partes de este extenso país, pero en muchos lugares de China todas las personas de una aldea son miembros de un mismo clan. Entre los 450 millones de habitantes que ahora tiene China, no hay más de 470 apellidos, y todas las personas que llevan el mismo patronímico se consideran en cierto grado hermanos de clan. En una zona determinada puede suceder que todos los habitantes sean de un mismo clan y que, además, pertenezcan a él familias que viven en ciudades muy apartadas. En zonas populosas como Kwangtung, todos los miembros del clan contribuyen a sostener grandes santuarios y en determinados días veneran hasta mil tablillas ancestrales de los miembros fallecidos que descienden de un antepasado común. Los clanes poseen propiedades, tierras y templos, y administran fondos que se utilizan para pagar la educación de alguno de los niños del clan que parece prometer más. Se mantienen en contacto con los miembros dispersos y publican complicadas genealogías que son puestas al día cada diez años, aproximadamente, a fin de dar a conocer los nombres de aquellos que tienen derecho a compartir sus privilegios. Tienen leyes ancestrales que llegan incluso a prohibirles entregar al Estado a alguien de la familia acusado de un crimen, si el clan no está de acuerdo con las autoridades. En la época imperial, estas grandes comunidades de clanes semiautónomos eran gobernados, no muy rígidamente, en nombre del Estado, mediante mandarinatos encabezados por funcionarios estatales rotatorios que no eran de la región.
 En el Japón todo esto era distinto. Hasta mediados del siglo XIX, solamente las familias nobles y los guerreros (samurai) tenían derecho a utilizar apellidos. Los apellidos eran fundamentales en el sistema de clanes del pueblo chino, y sin ellos, o sin un equivalente, no puede desarrollarse la organización del clan. En algunas tribus, el equivalente podía ser el mantenimiento de una genealogía. Pero en el Japón solamente la clase alta mantenía genealogías, e incluso en estas familias el registro se llevaba, como hacen las Hijas de la Revolución Americana en Estados Unidos, desde el momento presente hacia atrás, es decir, partiendo de la persona viva para retroceder en el tiempo, y no desde el pasado hacia el presente para incluir a todos los contemporáneos procedentes de un antepasado común, lo cual es muy distinto. Además, el Japón era un país feudal. La lealtad no se debía a un nutrido número de parientes, sino a un señor feudal, amo supremo y perpetuo, y la diferencia entre éste y los mandarines burocráticos temporales de China, que eran siempre extranjeros en sus distritos, no podía ser mayor. Lo importante en el Japón era pertenecer al feudo de Satsuma o al de Hizen. Cada persona estaba ligada a su feudo.
 Otra forma de institucionalizar los clanes es la adoración de los antepasados remotos o de los dioses del clan en santuarios o lugares sagrados. Esto habría sido posible para el “pueblo bajo” japonés, incluso al no contar con apellidos ni genealogías. Pero en el Japón no existe el culto a los antepasados remotos. En los santuarios en que el pueblo se reúne, todos los campesinos acuden juntos sin necesidad de probar la existencia de antepasados comunes. Se les llama “hijos” del dios del santuario, pero son “hijos” porque viven en su territorio. Estos campesinos están, naturalmente, ligados entre sí, como les ocurre a los campesinos de cualquier parte del mundo tras la residencia en el mismo lugar de innumerables generaciones, pero no son por ello un grupo cohesivo de un mismo clan que desciende de un antepasado común.
 La veneración debida a los antepasados se presta en un santuario muy diferente, situado en el cuarto de estar de la familia, donde se honra solamente la memoria de los seis o siete últimos miembros de la familia fallecidos. En las familias japonesas de todas las clases sociales, se rinde diariamente homenaje ante este altar, y se coloca comida para los padres y los abuelos, así como para los parientes próximos a quienes se recuerda en vida y que están representados sobre el altar con lápidas en miniatura. En los cementerios nadie se ocupa de las tumbas de sus tatarabuelos, y la identidad de la tercera generación ancestral cae rápidamente en el olvido. Las relaciones familiares en el Japón se reducen casi a las mismas proporciones occidentales, siendo tal vez la familia francesa el equivalente más próximo.
 La “piedad filial” en el Japón es, pues, una cuestión limitada a los familiares más íntimos. Significa ocupar cada uno el sitio que le corresponde según la generación, el sexo y la edad, dentro de un grupo que incluye poco más que el propio padre, el padre del padre y sus hermanos y descendientes. Incluso cuando se trata de linajes importantes en los que a veces se incluyen grupos mayores, la familia se divide en líneas independientes y los hijos más jóvenes establecen ramificaciones familiares. Dentro de este limitado grupo familiar, las normas que regulan “el sitio correspondiente” son muy meticulosas. Se guarda una estricta obediencia a los mayores, hasta que éstos deciden “retirarse” formalmente (inkyo).
 Aun en nuestros días, un hombre con hijos ya mayores no realizará transacción alguna sin que haya sido aprobada por el abuelo, si éste no se ha retirado. Los padres deciden sobre el casamiento o el divorcio de sus hijos, incluso cuando éstos tienen treinta o cuarenta años. Al padre, como cabeza de familia, se le sirve el primero en las comidas, entra el primero en el baño familiar y recibe con una simple inclinación de cabeza las profundas reverencias de su familia. Hay en el Japón un acertijo popular que podría traducirse de esta forma: “¿Por qué un hijo que quiere dar consejos a sus padres se parece a un sacerdote budista que quiere tener pelos en la coronilla?”. (Los sacerdotes budistas van tonsurados.) La respuesta es: “Porque por mucho que quiera, no puede”.
 Ocupar el propio puesto significa tener en cuenta no sólo las diferencias generacionales, sino también las diferencias de edad. Cuando los japoneses desean expresar una confusión total, dicen que “no es ni hermano mayor ni hermano menor”, en el sentido en que nosotros decimos “no es ni carne ni pescado”, pues para los japoneses el hermano mayor debe mantenerse fiel a su condición con el mismo rigor con que un pez debe permanecer en el agua. El hermano mayor es el heredero. Los viajeros hablan de “ese aire de responsabilidad que el hijo mayor adquiere tan pronto en el Japón”. Comparte en alto grado las prerrogativas del padre. Antiguamente, su hermano menor dependía totalmente de él; ahora, especialmente en pueblos y aldeas, es el mayor quien se queda en casa aferrado a la rutina de siempre, mientras sus hermanos menores, en ocasiones, salen de ella para conseguir una educación más completa y mayores ingresos. Pero los antiguos hábitos impuestos por la jerarquía son muy fuertes.»

    [El texto pertenece a la edición en español de Alianza Editorial, 2004, en traducción de Javier Alfaya Bula, pp. 41-45. ISBN: 978-84-2065-585-7.]

domingo, 4 de abril de 2021

Memorias de una princesa de Zanzíbar. La vida en un harén del siglo XIX.- Emily Ruete [Sayyida Salme de Zanzíbar y Omán] (1844-1924)


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El colegio en Oriente


 «El colegio (mdarse) tiene sobre todo para los orientales, y por tanto también para nosotros, un significado extraordinariamente limitado. En Europa, el colegio ocupa el centro de la vida estatal y eclesiástica, para príncipes y ciudadanos por igual; de su eficiencia dependen en gran medida el crecimiento mental y la formación del carácter, así como las perspectivas de futuro de cada uno. En Oriente, en cambio, el mdarse es algo totalmente secundario que para muchos ni siquiera existe. Sin embargo y antes de entrar en ulteriores discusiones, quisiera dejar claro a qué llamábamos colegio en nuestra casa.
 A la edad de seis o siete años todos los hermanos, niños y niñas, debían entrar en el mdarse. Las niñas sólo aprendíamos a leer, mientras que los niños aprendían a leer y escribir. Para encargarse de las clases había en Bet il Mtoni y Bet il Sahel una única maestra, que el padre había hecho venir desde Omán. Cuando la maestra enfermaba y debía guardar cama, nos embargaba una gran alegría; nunca le encontraban una suplente y por lo tanto teníamos fiesta.
 No había un aula propiamente dicha; la clase tenía lugar en una galería abierta a la cual tenían acceso también palomas, papagayos y pavos reales. Desde ella podíamos contemplar cómodamente el patio y entretenernos deliciosamente con el trajín reinante. El mobiliario del aula constaba únicamente de una estera enorme. Igual de sencillo era nuestro material escolar: necesitábamos tan sólo un Corán con su atril (marfaa), un pequeño tintero con tinta de fabricación propia, una pluma de bambú y un buen omóplato de camello blanqueado. Este último hacía las veces de pizarra: se puede escribir muy fácilmente sobre él con tinta y crispa mucho menos a los nervios que el rasgar de la tiza en la pizarra. De la limpieza del omóplato se solían ocupar nuestros esclavos.
 En primer lugar, como aquí, debíamos aprender el complicado alfabeto árabe; a continuación, y a falta de otro libro de texto, comenzábamos a leer el Corán, que los chicos, como ya se ha dicho, copiaban. Cuando los alumnos no saben leer aún muy bien, lo hacen todos a coro y en voz alta. Sin embargo, eso es todo y nunca hay explicaciones sobre lo que se lee y se aprende. De ahí que de cada mil personas haya como máximo una que comprenda y sepa interpretar palabra por palabra las ideas y los preceptos del texto sagrado de los musulmanes, a pesar de que casi el ochenta por ciento se haya aprendido la mitad de dicho texto de memoria. Las reflexiones sobre el texto sagrado son válidas también para las personas no religiosas y los no creyentes; basta con que el alumno crea en lo que le enseñan, una máxima que se aplica rigurosamente.
 A las siete de la mañana, tras comer algo de fruta, debíamos acudir puntualmente a nuestra estera, enrollada durante la noche y acabada de limpiar, y aguardar la llegada de nuestra severa maestra. Hasta que llegaba dedicábamos el tiempo a luchar, boxear, saltar, a practicar peligrosísimas actividades de escalada en el pasamano y a otros juegos de infancia. En la curva de la galería situábamos a un vigilante que, con tos fingida, nos advertía con antelación de la llegada de la maestra. Nos sentábamos todos en un abrir y cerrar de ojos, la viva imagen de la inocencia, sobre la estera y en cuanto oíamos sus pasos acercándose saltábamos como pelotas de goma para coger respetuosamente la mano de la temida maestra y desearle buenos días. Ella llevaba siempre en una mano su odiado bastón de caña y en la otra un enorme tintero de latón. Formábamos en fila delante de ella hasta que tomaba asiento; sólo entonces podíamos seguir su ejemplo. Nos sentábamos todos juntos con las piernas cruzadas sobre la estera, reunidos en círculo alrededor de la maestra.
 Entonces comenzaba a recitar la primera sura del Corán y el padrenuestro musulmán, que nosotros repetíamos a coro y cerrábamos con el conocido amin. A continuación repetíamos lo aprendido el día anterior y nos daba nuevo material para leer y escribir. La clase duraba regularmente hasta la nueve y, al terminar el desayuno, hasta mediodía a la hora de la segunda plegaria.
 Cada uno podía llevar consigo a uno de sus esclavos, que podía tomar también parte en la clase; éstos se sentaban detrás de nosotros, a una cierta distancia, mientras nosotros nos agrupábamos como mejor nos placía: no teníamos puestos fijos, del mismo modo que no había clases diferenciadas. En cuanto a las notas, que aquí se dan varias veces al año y que tanta excitación despiertan, allí nadie sabía ni lo que eran. Si alguien tenía un rendimiento o un comportamiento especialmente bueno o malo, solía comunicarse de forma verbal a la madre y el padre. Este último dio a la maestra órdenes expresas de castigarnos con severidad siempre que hubiera motivos. Además, nuestra naturaleza salvaje la obligaba a utilizar a menudo el maldito bastón de caña.
 Aparte de leer y escribir sólo se enseñaba un poco a contar, hasta cien por escrito y hasta mil oralmente; las cantidades mayores parecían ser algo malo. Tampoco la gramática y la ortografía merecían una gran atención y no era sino más tarde, durante los años en los que leíamos mucho, cuando aprendíamos el complicado ilnahu por nosotros mismos. De todas las ciencias, como la historia, la geografía, las ciencias naturales, la matemática y todas las demás, estando en casa ni tuve noticia de ellas, ni mucho menos las aprendí; no fue hasta llegar aquí cuando tuve el placer de conocer todas estas ramas del saber. Sin embargo, sigo siendo incapaz de responder a la pregunta de si a mí, con la poca erudición que a duras penas me he podido procurar aquí, me va mejor que a la gente de mi país. Lo único seguro es que jamás me he sentido tan defraudada y engañada como cuando más he sabido. ¡Ah, afortunados compatriotas! Ni en vuestros sueños sospecháis todo lo que conlleva la sacrosanta civilización…
 Finalmente, los llamados deberes, a los que aquí hay que dedicar tantas horas, no casaban en absoluto con el carácter de nuestras clases.
 La propia maestra infiere tal temor que es tenida en gran consideración, especialmente por sus alumnos y alumnas; jamás en su presencia le faltarán al respeto debido e incluso después, al hacerse mayores, se comportarán ante ella con la mayor deferencia. No es nada extraño que si dos personas no logran de ninguna forma ponerse de acuerdo en algún asunto recurran, en última instancia, a la mediación de la maestra. De hecho, esa relación tiene cierto parecido con la que se establece entre algunos católicos muy devotos y su padre espiritual.
 Sin embargo, los escolares orientales tiene también algo en común con los europeos: el instinto natural para ganarse y seducir a la maestra con regalos. Cada vez que mis hijos me piden unas monedas para comprarle un ramo o una maceta de flores a la señorita Tal o Cual, me acuerdo involuntariamente de mis propios años de escolar; se trata de algo que se encuentra en la naturaleza profunda de las personas, no en su nacionalidad. No en vano, antes de que oyera hablar de la existencia de Alemania y de todas sus escuelas y escolares, tanto mis hermanos como yo le llevábamos a nuestra maestra todo lo posible, preferiblemente golosinas de todo tipo, para así ganarnos su inestimable protección; nuestro padre se encargaba de darnos cada día sus deliciosos bombones franceses y nosotros los echábamos a sus pies. Sin embargo, la agasajada que, debo decir lamentablemente, sufría a menudo y para nuestra satisfacción, de dolor de muelas y tenía que marcharse a su casa, no siempre se dejaba seducir por nuestros obsequios; decía que sólo queríamos que se pusiera enferma de tanto comer y así empeorar el suplicio de sus dolores de muelas con tantos dulces. Y si he de ser sincera, estoy segura de que ninguno de nosotros deseaba que la pobre encontrara un remedio definitivo para sus dientes cariados.
 La duración de la escolaridad era indeterminada. Lo que se podía aprender, y que se debía aprender a toda costa, el niño podía dominarlo en uno, dos o tres años. Eso dependía tan sólo de su talento natural.
 Los trabajos manuales no formaban parte del plan de estudios de la escuela, si es que puedo expresarme en esos términos. Esa tarea correspondía a nuestras madres, que poseían, casi sin excepción, una notable y en ocasiones excelente habilidad para coser, zurcir y hacer encaje de bolillos. También en ese sentido gozamos, pues, de una formación muy distinta, ya que el aprendizaje dependía en gran medida de nuestras ganas y afición. Yo, por ejemplo, tengo hermanas que si se vieran en la situación de tenerse que ganar el pan con sus propias manos, no tendrían ningún problema ya que son muy diestras con las manos; otras, en cambio, serían incapaces siquiera de enhebrar una aguja.
 También existen colegios públicos, sólo para hijos de personas sin recursos. Todo aquel que está mínimamente acomodado dispone de profesor o profesora privada. En ciertas circunstancias es la secretaria quien se encarga de dar clase a las niñas, aunque por supuesto sólo mientras éstas son muy pequeñas.
 Eso es lo poco que sé contar de nuestras escuelas. Naturalmente, me resultaría muy fácil compararlas con las escuelas alemanas, o comparar a los estudiantes europeos, con una formación extraordinaria, con los ignorantes estudiantes árabes. Yo he nacido, me he criado y he crecido allí, y puedo juzgar desde mi propia experiencia; vivo aquí desde hace muchos años, mando a mis hijos al colegio y por lo tanto he tenido también oportunidad de formarme hasta cierto punto una opinión. En comparación con los nativos, tal vez tenga a mi favor el hecho de que éstos, al estar acostumbrados a ello, no se percatan de muchas de las cosas que un observador imparcial y criado en otro entorno social detecta al instante. No me gustaría dármelas de jueza; sin embargo, por todo ello muchas personas están también interesadas en conocer lo que pienso.
Resultado de imagen de emily ruete memorias de una princesa En general, me parece que en relación con la escuela los europeos se exceden en sus pretensiones en la misma medida en que los árabes se quedan cortos. Ninguna de las dos naciones ha encontrado aún la vía del medio, ni la encontrará; esa contradicción se perpetuará irremediablemente mientras el mundo sea mundo.
  Aquí no hay apenas ciencia que no se enseñe a los niños, y además a tal nivel que para el intelecto infantil resulta imposible retenerla. En cuanto los niños comienzan a acudir a la escuela, los padres dejan de disponer de ellos. Al terminar el horario escolar, sufren tal sobrecarga de deberes que a menudo es imposible pensar siquiera en una convivencia agradable con ellos y en una actuación consecuente y regular sobre la formación de su carácter. Todo el santo día es una carrera eterna de deber en deber. ¡Y cuántos de esos trabajos no tienen validez duradera alguna para los niños! Tanto es lo que hay que aprender que parece que la única posibilidad sea relegarlo todo de nuevo al olvido lo antes posible. Robar así a los niños un tiempo que aprovecharían mucho mejor estando con su familia es, sin duda, una injusticia.
 Por si eso fuera poco, los pobrecitos tienen que pasar cinco horas o incluso más al día apelotonados en una sala que se llama clase pero parece una jaula, donde reinan un calor y un ambiente sofocante que escapan a  cualquier descripción. ¡En una escuela que contaba con más de doscientos niños había tan sólo cuatro vasos para beber agua! ¿Cómo no va uno a sentir náuseas al besar a su hijo cuando éste regresa del colegio? ¿Cómo puede alguien extrañarse de que un escolar se ponga enfermo? Cuando están en casa, los padres cuidan y miman a los pequeños tanto como les es posible, pero el aire que respiran en el colegio frustra todos esos esfuerzos. ¡Y qué aspecto tienen muchos de los estudiantes del país! A una le duele el corazón al verlos, pobrecitos. ¿No era acaso mejor nuestra galería al aire libre? ¿Y de qué sirve la mejor educación si para alcanzarla hay que echar a perder el cuerpo?
 Como ya he dicho, ni quiero ni puedo juzgar la educación europea en su conjunto; sólo quería expresar algunas de las cosas que he visto y que me convencieron de que aquí el colegio y la formación tiene también muchos aspectos negativos. En cualquier caso, espero que me perdonen si me pregunto aún qué derecho tienen los europeos para compadecer a un pueblo que tildan de “no ilustrado” y hasta qué punto están legitimados para implantar su civilización en el mismo por la fuerza. Muchos se burlarán de esto o se encogerán de hombros: en cualquier caso, he podido constatar con certeza que quienes creen que hay que proporcionar a la gente formación e instrucción por su propio interés suelen estar equivocados. Como árabe nacida y criada en un entorno totalmente analfabeto según los estándares europeos, sé mejor que nadie el poco éxito que una formación general europea tendría entre los orientales musulmanes.
 El caso de otras naciones que desean adoptar la formación europea, como los japoneses, es distinto; que se adapten tanto como quieran. Para los musulmanes, en cualquier caso, la formación europea presenta un sinfín de elementos absolutamente incompatibles con sus rígidas concepciones religiosas. La gente de aquí se burla a menudo de la pseudoerudición turca; y, sin embargo, los turcos se han esmerado por civilizarse, ni que sea hasta cierto punto, más de lo que les convenía. Con ello no han logrado más que debilitarse sin llegar a civilizarse, porque la civilización europea contradice y se opone a todos sus conceptos fundamentales. La civilización no se puede imponer por la fuerza y habría que reconocer también a los demás pueblos el derecho a cultivar libremente y sin coacciones sus concepciones e ideas nacionales, perfiladas a lo largo de los siglos por la experiencia y la filosofía práctica. Ante todo, los árabes devotos se sentirían profundamente heridos si alguien pretendiera comenzar su ilustración enseñándoles ciencias naturales, sin el conocimiento de las cuales no se puede ni hablar de una formación más profunda. ¡Qué estremecimiento vital y qué discrepancias provocaría quien quisiera hablarle de leyes naturales a alguien que en toda la vida del universo hasta el ser más diminuto ve con una fe inquebrantable una sola cosa: la mano de Dios, que todo lo controla y dirige!»

   [El texto pertenece a la edición en español de Alba Editorial, 2004, en traducción de Carles Andreu Saburit, pp. 101-109. ISB: 84-8428-232-5.]                  
              

miércoles, 17 de marzo de 2021

El coleccionista de mundos.- Ilija Trojanow (1965)


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India Británica

Las historias del escribano del criado del señor
30.-Señor del mundo entero

  «Dos velos separaban a los gobernantes de los naturales del país. El velo de la propia ignorancia y el velo de la desconfianza tras el que se escondían los nativos. El general sabía que esos velos no se podrían arrancar, pero había tomado la firme decisión de intentar vislumbrar algo a través de ellos. Como todos los administradores del imperio, se pasaba los días sentado a su escritorio, cabalgaba con escolta y sólo se le mostraba lo que los emires nativos y sus propios subordinados pensaban que sería de su agrado. Le desazonaba lo poco que sabía del país y de sus gentes. Sus ayudantes estudiaban innumerables papeles con la aplicación de búhos, pero jamás habían participado aún en una fiesta de circuncisión, una boda o un entierro. Tener conocimientos de persa, urdu o sindhi era la excepción. La situación no mejoró con el correr de los años. Los más jóvenes de sus funcionarios y oficiales se aislaron más de los nativos. Daban importancia al aspecto cuidado, británico a ultranza, y en consecuencia se encerraban en el vacío de sus propias habitaciones. Aprovechaban su derecho a ir con regularidad de vacaciones a la patria y regresaban con sus esposas. Había aumentado el sentido de la moralidad, entendiendo por ello sobre todo la defensa de lo propio contra lo foráneo. Ese código moral, por valioso que pudiera ser en la patria, ofuscaba a los oficiales y funcionarios que estaban a sus órdenes. Ellos eran los ciegos tentáculos del monstruo que desde una pequeña calle de Londres gobernaba medio mundo. Sólo nuestro conocimiento del enemigo nos hace fuertes, decía el general. Debemos profundizar en nuestros conocimientos. Esa sed de saber es lo que nos diferencia de los nativos. ¿Quién ha oído alguna vez que uno de ellos haya intentado conocernos? Si algún día llegan a estudiar nuestras debilidades y nuestros temores, nos encontrarán vulnerables, se convertirán en adversarios aquellos a los que deberíamos tratar con el debido respeto. Sus advertencias, sin embargo, no surtían efecto. Todos lo consideraban un anciano grotesco, agresivo. Nadie habría afirmado que el general era un gobernante satisfecho. En ocasiones le sobrevenían ataques de ira y provocaba a sus hombres con las verdades más amargas. ¿Para qué sirve nuestra administración en la India Británica? ¿Para la conquista? ¿Para el bienestar de las masas? ¿Para la justicia? Seguro que no. Seamos sinceros. Para lo único que sirve es para facilitar el latrocinio y el saqueo. Sus subordinados habían aprendido a hurtar la mirada y a observarle con expresión hierática. Muertes y más muertes sólo para que nuestro comercio obtenga ventajas decisivas frente a sus competidores. Sufrimientos y más sufrimientos únicamente para cimentar la hegemonía de los imbéciles. “Servimos en una galaxia de asnos”. El general daba coces en vano contra el aguijón. Cuanto más francamente decía la verdad, más loco lo creían sus subordinados. Eso sólo podía permitírselo el general en jefe. Ellos lo recordaban: el general va camino del retiro. El futuro somos nosotros.
 De pocos hombres se fiaba, por ejemplo de ese Burton, que informaba con seriedad de las maquinaciones de los nativos. La gustaba conversar con él. Su visión de las cosas era tan fresca como si acabara de concluir la Creación. Ese joven, sin embargo, tenía una debilidad, una debilidad funesta. No se conformaba con observar aquel país extranjero. Quería participar en él. Había sucumbido al país hasta el punto de que deseaba preservar la atrasada situación en que se encontraba. Sus posturas eran diametralmente opuestas. El general se sentía impelido a transformar, a mejorar el país extranjero. El tal Burton, por el contrario, quería abandonarlo a su suerte, porque su mejora acarrearía su extinción. Al general eso le resultaba incomprensible, máxime teniendo en cuenta que ese joven soldado no dudaba ni por asomo de que la civilización británica era superior a las costumbres indígenas. ¿Acaso no debía imponerse lo superior? ¿No era ése el desarrollo natural de la historia? El punto fuerte del oficial no era el pensamiento lógico. Como a cualquier otro, la omnipresente estupidez, pereza y barbarie lo sacaban de quicio. Podía juzgar con vehemente censura. Por ejemplo, la tesis en la que se había empecinado hacía poco. Envidia, odio y maldad eran las semillas que el nativo esparcía por doquier. No por un sentimiento diabólico, sino porque poseía el instinto apropiado para ello, alimentado por su taimada debilidad. El colmo de los colmos. Pero el autor de tales veredictos deseaba atenerse, a pesar de todo, a las reglas nativas. A veces albergaba la sospecha de que en su presencia simulaba esa infausta indignación para precaverse del reproche de que era demasiado blando con los nativos. Burton era un  enigma. Casi siempre defendía una opinión que no se esperaba de él. No había que ahorcar a los asesinos, había sostenido en su última conversación. Había que atarlos a la boca de un cañón y luego dispararlo. Brutal, lo reconozco. Pero yo opino que nuestra compasión debe encaminarse por las experimentadas sendas del realismo. No podemos perder de vista la intimidación. Se prohíbe el enterramiento del asesino descuartizado, sin el que ningún musulmán puede alcanzar el paraíso. Deberíamos quemar el cadáver de los ahorcados por los mismos motivos. Idéntica justicia para todos, eso aquí no funciona. Nuestro derecho penal ha perdido eficiencia durante el largo transporte. Fíjese, encerrar a alguien puede ser eficaz en Manchester, en Sindh es casi contraproducente. El común de los hombres de estas latitudes considera que pasar unos meses en nuestras prisiones es un descanso. Comer, beber, dormir y fumar la pipa en paz. En lugar de eso deberíamos azotar a los delincuentes más pobres y exigir el pago a los más ricos. Eso impresionará. No, consecuente, lo que se dice consecuente, no era ese oficial encargado de informar en persona al general.
[…]

32.-El poder del poeta

 Informe al general Napier
 Personal
 Me ha encargado usted recopilar datos que nos permitan vislumbrar la opinión de los nativos. He pasado muchas horas en compañía de sindhis, beluchistanos y panjabis de toda suerte y condición, en los mercados, en las tabernas y en la corte provisional del Aga Khan. He prestado mi atento oído a toda voz, evitando juzgar el sentido de lo manifestado. Parto del hecho de que veo el mundo con análogos prejuicios que aquellos que expresaban su opinión ante mí. No he disimulado, pues estoy persuadido de que los orientales perciben la artificialidad. Tampoco he rebatido las opiniones, ni las he estimulado.  Me he conformado con el papel de oyente, y he de constatar sin falsa modestia que he gozado de unas simpatías como pocas veces en mi vida. Mi tarea más difícil consiste ahora en resumir de manera escueta lo que se dijo en innumerables conversaciones enrevesadas, confusas, presuntuosas y afectadas. Las generalizaciones son raseros implacables que debemos evitar como el demonio al agua bendita, pero no he podido renunciar totalmente a ellas para cumplir su encargo y que los informes recopilados sean de la mayor utilidad posible. Vaya al grano de una vez, le oigo decir, y me apresuro a satisfacer también este deseo.
Resultado de imagen de el coleccionista de mundos trojanow Los nativos nos ven muy distintos a como nos vemos nosotros. Esto suena banal, pero deberíamos tener siempre presente esta obviedad al relacionarnos con ellos. No nos consideran valientes, inteligentes, generosos, civilizados, sino unos simples canallas. No olvidan ni una sola de nuestras promesas incumplidas. No se les escapa ni uno solo de los funcionarios dispuestos a dejarse sobornar, que imponen nuestra justicia. Juzgan nuestros modales chabacanos y, como es natural, somos peligrosos infieles. Muchos nativos añoran el día de la venganza, una noche oriental de los cuchillos largos, me atrevería a decir, y esperan con impaciencia el día de expulsar al apestoso intruso. Han calado nuestra hipocresía, dicho con más exactitud, las contradicciones de nuestra conducta se suman, a sus ojos, para conformar una hipocresía universal. Cuando los angrezi manifiestan una piedad fuera de lo común, cuando nos regalan los oídos con cuentos del sol naciente del cristianismo, cuando reafirman el progreso de la civilización y las infinitas ventajas con las que seríamos agasajados nosotros, los bárbaros, ya sabemos que los angrezi preparan otro robo. Cuando empiezan a hablar de valores, nos ponemos a la defensiva. Podríamos insultar a este hombre llamándolo cínico, pero sin duda es un cínico inteligente, de enorme prestigio. Como un ejemplo vale más que mil palabras, desearía informar sobre otro suceso. Hace unos meses fue apresado en una remota región del país, al oeste de Karchat, un beluchistano, un jefe tribal, acusado de haber asaltado nuestras líneas de avituallamiento. Ese beluchistano era conocido como un taimado y experimentado duelista, por lo que al oficial que había practicado la detención se le ocurrió la idea de retarle a un duelo. Debía de imaginarse que su victoria demostraría nuestra superioridad militar. El cabecilla fue sentado sobre un caballo viejo y cansado, el oficial saltó a su corcel de guerra. Se lanzó con mucha bravura y como un torbellino al primer ataque, al que siguieron unas cuantas cargas más, pero tan pronto acometía, por muchos golpes que asestase, el beluchistano los paraba con la espada y el escudo. La frustración de ese oficial que tenía en mucho su arte en la esgrima iba en aumento. Los incomprensibles gritos de los nativos, que resonaban en sus oídos como una burla, le decían que no podría ganar el combate hombre a hombre y perdería su considerable prestigio entre sus compañeros. Atacó por última vez, con la pistola desenfundada, y en lugar de asestar un golpe mató al beluchistano de un tiro a quemarropa. Esa historia se cuenta por todos los rincones del país, prolifera, produce flores venenosas que aumentan hasta lo demoníaco la injusticia cometida. Circulan numerosas versiones, pero todas tienen  en común el esqueleto que he trazado a grandes rasgos. Para los nativos, más que la conducta de ese oficial pesa la injusticia de que no tuvo que responder de su falta ante un consejo de guerra ordinario. Al contrario, fue ascendido y hoy ocupa un cargo prominente.»

  [El texto pertenece a la edición en español de Tusquets Editores, 2008, en traducción de Rosa Pilar Blanco, pp. 104-109. ISBN: 978-84-8383-058-1.]