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domingo, 28 de septiembre de 2025

Lolita.- Vladimir Nabokov (1899-1977)

 

Segunda parte
26

 «Tenía el doble de la edad de Lolita y tres cuartos de la mía: una adulta muy esbelta, de pelo oscuro y piel pálida, que pesaba  cuarenta y ocho kilos, con ojos de encantadora asimetría, perfil angular rápidamente esbozado y una atractiva ensellure en su espalda sutil. Creo que tenía una gota de sangre española o babilónica. La recogí en una depravada noche de mayo, entre Montreal y Nueva York, o más exactamente entre Toylestown y Blake, en un bar ardiente y umbroso bajo el signo de una mariposa nocturna, donde se encontraba amablemente borracha: insistió en que habíamos ido juntos a la escuela y puso su manecita trémula sobre mi manaza de gorila. Mis sentidos estaban ligeramente excitados, pero resolví someterla a una prueba: lo hice, y la adopté como compañera permanente. Era tan amable esa Rita, una chica tan buena, que por pura camaradería o compasión se hubiera entregado a cualquier falacia o criatura patética, a un viejo tronco caído o un puerco espín desconsolado.
 Cuando la conocí acababa de divorciarse de su tercer marido y hacía menos tiempo aún que la había abandonado su séptimo cavalier servant: los demás, los transitorios, son demasiados para enumerarlos. Su hermano era -y ha de serlo todavía- un político eminente, de cara pastosa, tirantes y corbatas chillonas: político eminente, protector de su ciudad natal. Durante los últimos ocho años había pasado a su pequeña gran hermana varios cientos de dólares mensuales con la expresa condición de que no volviera a poner un pie en la pequeña gran ciudad de Grainball. Rita me dijo que por alguna maldita curiosidad, cada nuevo amigo suyo empezaba por llevarla hacia Grainball: era una atracción fatal, y antes de que advirtiera qué ocurría, se encontraba succionada por la órbita lunar de la ciudad, arrastrada por la corriente que la circundaba, "dando vuelta tras vuelta -según sus palabras- como una maldita polilla".
 Tenía un elegante coupé y en él viajábamos hacia California, proporcionando un descanso a mi venerable vehículo. Su velocidad natural no bajaba de noventa. ¡Mi buena Rita! Durante dos vagarosos años erramos juntos, desde el verano de 1950 al de 1951. Era la Rita más suave, simple, amable, callada que pudiera imaginarse. Comparadas con ella, Valechka era un Schlegel, Charlotte un Hegel. No existe el menor motivo para que me demore hablando de ella al margen de esta memoria siniestra, pero permítaseme decir (salve Rita, dondequiera que estés... borracha o con dolor de cabeza, Rita salve) que era la compañera más sedante, más comprensiva que he conocido nunca y que me salvó del manicomio. Le dije que andaba buscando a una chica y que trataría de agujerear a su matón. Rita aprobó solemnemente el plan y durante una investigación que tomó a su cargo (sin saber una sola palabra de nada) en los alrededores de San Humbertino, se enredó con un granuja. Me costó no poco trabajo dar con ella y al fin la encontré, gastada y magullada, pero todavía con agallas. Un día me propuso que jugáramos a la ruleta rusa con mi sagrado revólver; le dije que era imposible, que no era un revólver, luchamos por él hasta que al fin se disparó, y del agujero que abrió en la pared del cuarto de baño saltó un chorro de agua caliente muy delgado y cómico. Recuerdo sus alaridos de risa.
 La curva extremadamente púber de su espalda, su piel satinada, sus lentos besos de colombina me hacían abstenerme de todo daño. Las aptitudes artísticas no son caracteres sexuales secundarios, como han dicho algunos farsantes y curanderos; muy el contrario, el sexo no está sino supeditado al arte. Debo consignar una borrachera harto misteriosa que tuvo interesantes repercusiones. Yo había abandonado la busca: el demonio estaba en Tartaria o ardía en mi cerebelo (con llamas avivadas por mi fantasía y mi dolor), pero evidente que no tenía a su campeona de tenis en la costa del Pacífico. Una noche, durante nuestro viaje de regreso al este en un hotel horrible de esos donde se reúnen las convenciones y vagabundean hombres gordos y rosados con distintivos, llenos de apellidos, de borrachos, de conversaciones sobre negocios, Rita y yo nos despertamos para encontrar un tercer hombre en nuestro cuarto: era un joven rubio, casi albino, de pestañas blancas y grandes orejas transparentes, a quien ni Rita ni yo recordábamos haber visto en nuestras tristes vidas. Sudoroso, con una espesa camiseta pringada y viejos zapatos de soldado, roncaba en nuestra cama doble junto a mi casta Rita. Le faltaba un diente delante y tenía en la frente pústulas ambarinas. Ritoschka envolvió en su impermeable -lo primero que encontró a mano- su sinuosa desnudez; yo me puse un par de calzoncillos. Se habían usado cinco vasos, lo cual suministraba una dificultosa abundancia de pistas. En el suelo, un sweater y un par de pantalones raídos color canela. Sacudimos a su poseedor hasta volverlo plenamente consciente. Tenía una amnesia total. Con un acento que Rita reconoció como puramente brooklyniano, insinuó ceñudamente que alguien había hurtado su poca valiosa identidad. Lo metimos en sus ropas y lo dejamos en el hospital más cercano; mientras tanto, pudimos advertir que después de olvidados vagabundeos, estábamos en Grainball. Medio año después, Rita escribió al doctor para pedirle noticias. Jack Hubertson, como lo habíamos apodado con escaso ingenio, seguía aislado de su pasado personal. ¡Oh, Mnemósine, la más dulce y malévola de las musas!
  No habría mencionado este incidente de no haber iniciado una serie de ideas que fructificaron con la publicación (en la Cantrip Review) de mi ensayo Mimir and Memory, en el cual entre otros pormenores que parecieron originales e importantes a los benévolos lectores de esa espléndida publicación, sugería una teoría de tiempo perpetuo, basada en la circulación de la sangre y conceptualmente basada (para llenar la cáscara) en la hipótesis de que la mente no es consciente sólo de la materia sino de su propio ser, creando así un circuito continuo entre dos polos: el futuro almacenable y el pasado almacenado. Como resultado de esa aventura -y como culminación de mis travaux previos- fui llamado a Nueva York, donde Rita y yo vivíamos en un pisillo con vista a radiantes niñas que tomaban baños de sol en una glorieta de Central Park, por el Cantrip College, a cuatro millas, para dictar un curso de un año. Vivimos en el colegio, en apartamentos especiales para poetas y filósofos, desde septiembre de 1951 hasta junio de 1952, mientras Rita, a la cual preferí no exhibir, vegetaba -me temo que no muy decorosamente- en un hotel junto a la carretera, donde la visitaba dos veces por semana. Al fin se esfumó de manera mucho más humana que su predecesora: un mes después la encontré en la cárcel local, estaba très digne, le habían extirpado el apéndice y se las compuso para convencerme de que las hermosas pieles azuladas que la acusaban de haber robado al señor Roland MacCrum habían sido un regalo espontáneo, si bien algo alcohólico, del propio Roland. Conseguí sacarla sin recurrir a su susceptible hermano y poco después regresamos a Central Park West, vía Briceland, donde nos habíamos detenido durante algunas horas del año anterior.
 Se había apoderado de mí una curiosa ansiedad de revivir mi estadía allí con Lolita.»

 [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Seix Barral, 1983, en traducción de Enrique Tejedor, pp. 258-261. ISBN: 84-322-2178-3.]

domingo, 6 de julio de 2025

Escritos escogidos.- Justus Möser (1720-1794)

 

I.-Selección de textos de las "Fantasías patrióticas"
34.-Ningún ascenso por méritos

  «Siento mucho, querido amigo, que se le reconozcan tan poco sus méritos; su reivindicación de que en un Estado se deberían reconocer única y exclusivamente los méritos auténticos es la cosa más insólita, con su permiso, que haya podido imaginar en una hora ociosa. Yo, por lo menos, premiado o no premiado, jamás permanecería en un Estado en el que se tuviese por norma dedicarle todo el honor exclusivamente al mérito. Premiado, no me hubiese atrevido a presentarme ante un amigo por temor a humillarlo demasiado; no premiado, hubiera vivido como  en una especie de ofensa pública, porque cualquiera hubiera podido decir de mí: "Este hombre no tiene méritos". Créame usted: mientras seamos hombres, es mejor que también la suerte y el favor distribuyan de cuando en cuando los premios a que la sabiduría humana los conceda a cada uno en virtud de sus méritos; es mejor que la cuna y la edad determinen como valores auténticos la jerarquía del mundo. Sí, me atrevo a decir que incluso no podría existir servicio alguno, si todo ascenso se basara exclusivamente en los méritos. Pues todos aquellos que tuviesen la misma esperanza que el ascendido -y ése, naturalmente, sería el caso de todos los que de alguna forma tuviesen una buena opinión de sí mismos- se ofenderían y se considerarían ultrajados. Su modo de pensar se volvería contra él, contra el servicio y contra el señor, se separarían con odio y enemistad, y en poco tiempo veríamos entre todos los soldados y empleados del Estado los altercados que normalmente se ven sólo en la Corte o en la Universidad, que es donde la fama de los méritos personales se tiene más en cuenta y que, por tanto, produce todas las faltas anteriormente mencionadas. Por el contrario, considere usted el caso en el que uno es ascendido por su elevada cuna; aquél, por los  muchos años de servicio y de cuando en cuando también por una feliz coincidencia, de manera que cada cual es muy libre de acariciar la idea de que el mundo no funciona por méritos; nadie podrá considerarse enseguida ultrajado; la propia estimación se tranquiliza, y se piensa: "La suerte y el tiempo también nos traerán nuestro turno". Con estos pensamientos disipamos nuestra preocupación, concebimos nuevas esperanzas, seguimos trabajando, soportamos a los felices y no se entorpece el servicio; en vez de que el alférez intente disimuladamente perjudicar al teniente y éste al capitán si el superior es antepuesto al inferior sólo por poseer más méritos. La mayor discordia tiene lugar por lo común entre los generales porque los cometidos principales exigen a veces mayores méritos. La desavenencia sería general si los oficiales ascendieran conforme a los principios por los que los generales son elegidos para los diferentes cometidos.
 ¡Cuántas injusticias se cometerían en un Estado bajo la apariencia de fomentar los méritos! El principio no es siempre un juez prudente; tampoco puede dominar todo desde su puesto. A éste le influirá un valido; a aquél una querida, y seguramente el zoquete más audaz eliminaría al artista más sencillo; el adulador obsequioso, al pacífico hombre honrado; el inquieto planeador, al funcionario de Hacienda experimentado, y el resplandor, siempre a la verdad. El príncipe, que muy probablemente no sería un gran hombre comprensivo y honrado al mismo tiempo, se encontraría en el mayor de los apuros o se convertiría, bajo el pretexto de premiar el mérito, en un déspota oriental que primero, según un principio parecido, nombraría a un esclavo primer ministro, mezclando todas las clases de hombres y convirtiéndose en un monstruo. El que quisiera vivir tranquilo en el mundo, disfrutar de la dulzura de la amistad, conservar la aprobación de los honrados y fomentar grandes proyectos, negaría sus méritos y tendría que tener sumo cuidado en evitar una recompensa material por los mismos.
 Si los hombres no hubiésemos sido creados así, si cada uno no tuviera la mejor opinión de sí mismo, sin duda sería diferente. Mientras conservemos nuestra forma de ser actual y nuestras pasiones, mientras de algún modo sea necesario que todos tengamos una buena opinión de nosotros mismos, me parece que el ascenso según los méritos es precisamente un medio para enmarañarlo todo. Ya ahora existe entre los militares una especie de ley por la que el oficial más antiguo tiene que retirarse si se le coloca delante uno más joven. ¿Qué sucedería entonces si el ascenso fuese según méritos, si de pronto el general ayudante, que ahora está destinado como consejero de un general de edad, fuese antepuesto a éste y a todos los demás? ¿No se ofendería a todos ellos públicamente colocándolos en la tesitura de tener que servir más tiempo, si es el mérito el que decide todo?
 Es verdad que un gran rey de nuestra época ha inventado un medio para calmar los ánimos en estos casos. Con frecuencia pasa por alto la jerarquía con respecto a los años de servicio, prefiere a uno más apto que al de mayor edad y asciende después de algún tiempo a uno de los ignorados de forma tan lisonjera, que todo postergado siempre estará en duda de si el rey lo reservó para un ascenso mejor o lo relegó por falta de méritos. Un procedimiento así tendrá que ser considerado como algo extraordinario; el empleo de esas medidas sólo conviene al señor, a quien su entendimiento y experiencia capacitan para su uso. En cualquier otra mano sería lo más peligroso para la tranquilidad de los hombres y el camino más claro para la esclavitud más extrema.
 Usted me objetará que en los casos de grandes méritos también se encuentra siempre humildad y moderación, y con ayuda de estas virtudes, el que es feliz se reconciliaría fácilmente con el que es infeliz y se ahogarían las sensaciones de odio y envidia que se podrían producir en el corazón de todo relegado en detrimento del servicio. Tan pronto como se reconozcan y recompensen los méritos públicamente se le estimarán a uno la humildad y la moderación sólo para la política, y en este sentido no se podrá esperar ningún cambio. Sí, quiero decir que muchas veces la humildad sólo aumenta el enfado del no recompensado, porque él no pocas veces desea encontrar una falta en el que es feliz para, por su propia tranquilidad, poderlo odiar de una forma tanto más legal; así somos los hombres. Además, el Estado no equilibra los méritos como el profesor de moral. Aquél prefiere, con razón, a grandes talentos, aun cuando éstos vayan acompañados de orgullo e inmodestia, que a una humildad menos hábil.
 Ese Estado también sería muy desgraciado si no poseyera muchos, muchísimos más hombres con méritos de los que él pudiese recompensar; con este supuesto siempre sería desagradable para muchísimos hombres el tenerse que imaginar que el recompensado también sería el más excelente entre todos, que cada banda de una condecoración indicaría al mejor caballero. Ahora bien, pueden pensar para su tranquilidad que la suerte y no el mérito ha elevado a ése, o repetir con el poeta: "Aquí cubre una gran estrella un corazón pequeño". Si todo funciona según méritos, desaparecería completamente el consuelo necesario, y el zapatero que con gran contento martillea en sus hormas, mientras pueda pensar que podría remedar algo superior a las zapatillas de la señora del alcalde, de ningún modo podría ser feliz si en el mundo se considerasen unos méritos.
 Por tanto, querido amigo, ¡deje que desaparezcan esos pensamientos exaltados sobre la felicidad de un Estado en el que todo habría de regirse según los méritos! Donde gobiernan hombres y sirven hombres, la cuna, la edad o los años de servicio son todavía la regla más segura y la menos ofensiva para los ascensos. Al genio creador o a la capacidad verdadera no le va a perjudicar esta regla; pero una excepción de este tipo es muy rara, y sólo ofenderá a los malos corazones.»

 [El texto pertenece a la edición en español de Editora Nacional, 1984, en edición preparada por Mª Luisa Esteve Montenegro, pp. 136-139. ISBN: 84-276-0647-8.]

domingo, 8 de septiembre de 2024

Sonetos completos.- Luis de Góngora (1561-1627)

116 (1610)

 «Señores Corteggiantes, ¿quién sus días
de cudicioso gasta o lisonjero
con todos estos príncipes de acero,
que me han desempedrado las encías?

Nunca yo tope con Sus Señorías,
sino con media libra de carnero,
tope manso, alimento verdadero
de Jesuitas sanctas Compañías.

Con nadie hablo, todos son mis amos;
quien no me da, no quiero que me cueste,
que un árbol grande tiene gruesos ramos.

No me pidan que fíe ni que preste,
sino que algunas veces nos veamos,
y sea el fin de mi soneto éste.

117 [CH 1611] 1610
En la partida del conde de Lemus y del duque de Feria a Nápoles y a Francia

 El Conde mi señor se fue a Nápoles;
el Duque mi señor se fue a Francia:
príncipes, buen viaje, que este día
pesadumbre daré a unos caracoles.

Como sobran tan doctos españoles,
a ninguno ofrecí la Musa mía,
a un pobre albergue sí, de Andalucía,
que ha resistido a grandes, digo Soles.

Con pocos libros libres (libres digo
de expurgaciones) paso y me paseo,
ya que el tiempo me pasa como higo.

No espero en mi verdad lo que no creo;
espero en mi consciencia lo que sigo:
mi salvación, que es lo que más deseo.
[...]


162. 19 de agosto de 1623
Infiere, de los achaques de la vejez, cercano el fin a que católico se alienta

 En este occidental, en este, oh Licio,
climatérico lustro de tu vida
todo mal afirmado pie es caída,
toda fácil caída es precipicio.

¿Caduca el paso? Ilústrese el juïcio.
Desatándose va la tierra unida;
¿qué prudencia, del polvo prevenida,
la ruina aguardó del edificio?

La piel no sólo, sierpe venenosa,
mas con la piel los años se desnuda,
y el hombre, no. ¡Ciego discurso humano!

¡Oh aquel dichoso, que la ponderosa
porción depuesta en una piedra muda,
la leve da al zafiro soberano!



163. 29 de agosto de 1623
De la brevedad engañosa de la vida

  Menos solicitó veloz saeta
destinada señal, que mordió aguda;
agonal carro por la arena muda
no coronó con más silencio meta,

que presurosa corre, que secreta,
a su fin nuestra edad. A quien lo duda
(fiera que sea de razón desnuda)
cada sol repetido es un cometa.

Confiésalo Cártago, ¿y tú lo ignoras?
Peligro corres, Licio, si porfías
en seguir sombras y abrazar engaños.

Mal te perdonarán a ti las horas,
las horas que limando están los días,
los días que royendo están los años.


164. 1623
Dilatándose una pensión que pretendía

 Camina mi pensión con pie de plomo,
el mío, como dicen, en la huesa;
a ojos yo cerrados, tenue o gruesa,
por dar más luz al mediodía la tomo.

Merced de la tijera a punta o lomo
nos conhorta aun de murtas una mesa;
ollai la mejor voz es portuguesa,
y la mejor ciudad de Francia, Como.

No más, no, borceguí; mi chimenea,
basten los años que ni aun breve raja
de encina la perfuma o de aceituno.

¡Oh cuánto tarda lo que se desea!
Llegue; que no es pequeña la ventaja
del comer tarde al acostarse ayuno.»

 [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Castalia, 1981, en edición de Biruté Ciplijauskaité, pp.184-185 y 246-249. ISBN: 84-7039-086-4.]
 

domingo, 23 de octubre de 2022

El orador cautivo.- Carlos Eugenio López (1954)


Editorial Funambulista
II


    «Nada lamentaría más que inducirle a pensar que pretendo, de un modo solapado, faltar a mi palabra. Yo me tengo por un hombre de honor. He prometido dejarle disfrutar en paz del paisaje, y mi intención es cumplir a rajatabla mi promesa. Pero... ¿no escucha usted como un murmullo? Preste atención... Cuando nos callamos... ¿Lo oye usted? (...) ¿No? Aguce el oído, por favor... ¿Seguro que no lo oye? Entre los traqueteos del tren. Es como si alguien hubiese encendido, justo donde usted se sienta, un walkman y estuviese siguiendo una lección de inglés. ¿Que usted continúa sin oírlo? Pues yo, le advierto, me precio de tener un oído excelente. Rock and roll aparte, soy de los que escuchan respirar a una mosca. Inténtelo otra vez, si no le supone mucha molestia... Una lección de inglés; débil y lejana, pero una lección de inglés. ¿No lo ha oído? “I am Carmelo. This is my dog”, acaba de decir. ¿Nada...? ¿Absolutamente nada...?
 Si usted insiste... Olvidémonos del asunto. ¿Quién iba a ponerse —reflexionando un poco— a seguir una lección de inglés en este compartimento, que sólo ocupamos usted y yo? A no dudar, el rumor ha de proceder del compartimento vecino y mi confusión tiene su origen en un ligero trastorno personal. Un trastorno físico, por supuesto; no vaya usted a pensar. ¡Este tren sale a una hora tan perversa...! O se resigna uno a almorzar en el abominable restaurante de la estación o se ve obligado a romper con todo horario racional de comidas. Se opte por la solución que se opte, ¿cuál es el resultado? Más o menos el mismo, se lo digo por experiencia: un viaje al ochenta por ciento de nuestra plenitud física, como mucho. Un desarreglo de las facultades sensoriales, producto de una baja o un exceso de azúcar, según los casos, no debe, por tanto, descartarse.
 ¿Que usted también ha comido en el restaurante de la estación y, sin embargo, se siente perfectamente? Otra cosa sería preocupante. Usted se encuentra en la flor de la vida. A usted aún le quedan muchos viajes hasta que comience a reparar en los nocivos efectos secundarios de la baja calidad de la comida que se sirve en ese antro criminal. Pero yo tengo ya mis años. A los suyos, un estofado más o menos infame tampoco me habría hecho localizar erradamente la procedencia de ningún “I am Carmelo”. Mi estómago ha sido el de un verdadero avestruz. Pero los años no pasan en balde. Cuando uno supera los cincuenta, tiene que empezar a meditar sobre el aceite que le pone a la máquina. Ya no sirve, como a su edad, cualquier cosa. Menos en un caso como el mío, obligado por tantas razones a una vida demasiado sedentaria. Se impone una cierta disciplina en las comidas. Y cuando esa disciplina se quebranta, el cuerpo nos advierte de inmediato la infracción. “Por hoy pase —nos dice—; pero cuidado, que ya no tienes veinte años, y los excesos, al final, siempre se acaban pagando.” Ya oirá usted también esa voz, ya. Sin caer en el fundamentalismo dietético (eso tampoco), una cierta precaución con lo que nos echamos al estómago es esencial. El cochinillo, la olla podrida o los callos, por sólo citar tres notables ejemplos de nuestra recia gastronomía nacional, no pueden sentarle bien a nadie. El organismo humano no está hecho para eso, nos pongamos como nos pongamos.
 La frugalidad en la comida y el ejercicio moderado han sido reconocidos desde la antigüedad como los mejores aliados de la salud. No es cosa de anteayer. El propio Sócrates lo apunta en más de una ocasión. Hipócrates y Galeno lo repiten hasta la saciedad. Y cuando, como sucede por desgracia en mi caso, las posibilidades de realizar ejercicio físico son muy reducidas, todo el hincapié que se haga en la moderación, equilibrio y orden de la dieta es poco. Las modernas técnicas pedagógicas han roto con muchas barreras y tabúes. Las nuevas generaciones de ciegos juegan incluso al fútbol. Pero a mí tales innovaciones ya me cogieron un poco tarde. En mi época, bastante afortunado se podía considerar uno si contaba con un tío dominico que nos adentrase en los pormenores demoníacos del dualismo bogomilista. En el fútbol ni se soñaba. Y eso se nota en la obstinada tendencia que tienen las grasas a crearnos problemas.
 Yo procuro no relacionarme más que lo imprescindible con el mundo de los ciegos. Mi relativa prominencia social, sin embargo, me ha obligado a mantener ciertos contactos con determinados círculos organizados en torno o con motivo de esta enojosa deficiencia que nos afecta. Pues bien, ¿sabe usted una cosa?, la preocupación por las grasas ha acabado siempre tendiendo puentes para la comunicación con una serie de individuos con los que no creo tener mucho en común. La grasa nos trae a maltraer a todos, con independencia de credo, talante o condición. Los tres últimos entierros de ciegos a los que me he visto obligado a asistir, por sólo referirme a hechos muy concretos, han estado presididos por el colesterol. No es ninguna broma. Una tromboflebitis, una hemorragia cerebral y un infarto, respectivamente.
 Restringido el disfrute de otra serie de placeres hasta extremos que a usted le resultaría difícil imaginar, los ciegos propendemos a la glotonería. De los siete pecados capitales, el de la gula es el cebo (nunca mejor dicho) con el que nos tienta el Maligno. En el infierno de Dante, nos hemos de encontrar en el círculo tercero, el de la pertinaz lluvia de nieve y agua sucia. Si otra cosa acontece, atribúyalo usted a la licencia o impericia poéticas. Yo mismo, pese a todas mis aprensiones, no siempre logro sobreponerme a la tentación. Con la plástica tostada con margarina en la boca y el exinanido aroma del descafeinado impregnando sin convicción alguna mis pituitarias, no es infrecuente que, ya a la temprana hora del desayuno, una rebeldía momentánea me lleve a exclamar: “¡Pero qué vida es ésta!”. La ensaimada con nata, el croissant con mantequilla normanda, el castizo chocolate con churros son ideas que atropelladamente se me vienen en esos momentos a mi soliviantada cabeza. Eso entiendo yo por vida sin matices, frente a la devaluada “vida esta” del descafeinado y la margarina sin sal. Pero, amigo mío, hay que saber contenerse.
 La mía es una edad crítica en el curso vital de las arterias. Un descuido, y adiós. El corazón no da tiempo a arrepentirse. Le fallan a usted el hígado, los riñones y el sistema respiratorio al unísono, y aún tendrá probablemente una segunda oportunidad en este mundo. Con el corazón, no; con el corazón se ven siempre las orejas al lobo cuando ya es demasiado tarde. De pronto un día le parece a uno percibir una pequeña molestia en la región torácica y, antes de que le dé tiempo a decir: “Mañana, sin falta, dejo de fumar”, ¡zas!, se acabó lo que se daba. No hay pieza menos caritativa en el engranaje humano. El corazón es a la biología lo que el calvinismo es a la historia de las religiones, el emblema sin compromisos de la inmisericordia, la intransigencia y la beligerancia radical con las debilidades de la carne. Un cigarrillo, unos buñuelos, unas manitas de cordero de más..., y olvídese usted del pacto, de las componendas, de los tiras y aflojas de última hora, siempre posibles con otros órganos y vísceras más esencialmente católicos de nuestra anatomía.
El Orador Cautivo: Amazon.es: Carlos Eugenio Lopez: Libros Según mi médico, en mi caso particular concurren circunstancias más favorables de lo que yo quiero creer. En mi familia, por fortuna, no abundan los precedentes de dolencias cardíacas. Habría que remontarse a un tío abuelo materno para encontrar un antecedente, y ni siquiera es seguro. Mis cuatro abuelos, mis ocho bisabuelos, murieron todos, con una sola y lamentable excepción, octogenarios. Mi madre, a sus setenta y nueve años, tiene aún la tensión arterial de una niña. Todo ello, al parecer de mi médico, ha de considerarse a la hora de ponderar el riesgo. Los factores hereditarios representan un papel notable que yo, en su opinión, no parezco valorar adecuadamente. «La naturaleza del juicio coronario —me repite— no es tan sumaria como usted supone.» Forma educada, como otra cualquiera, de acusarme olímpicamente de hipocondría. Los médicos, ya lo comprobará usted, y le deseo con toda sinceridad que lo haga tarde, son así. Lo que en cualquier otra disciplina de la ciencia se llama humildemente «ignorancia propia», en la medicina se denomina con indignante prepotencia «hipocondría ajena». Pero es lo que yo le digo al médico: “Doctor, tampoco mis bisabuelos fueron ciegos”. Circunstancia que, me concederá usted, debiera dar que pensar. Mi pobre madre hace aún hoy cuatro veces más ejercicio que yo a mis veinte años, descontando mi fugaz y malaventurado coqueteo con el rock and roll.
 Un análisis de sangre y un electrocardiograma mensual, que es cuanto yo le pido al médico, no constituye, habida cuenta de mi crónico sedentarismo, ninguna extravagancia cuyo visado contravenga el juramento hipocrático. Al colesterol hay que seguirle los pasos muy de cerca. Y, por otra parte, ¡qué cuernos!, los electrocardiogramas me los pago yo. Si quiero hacerme uno al mes, como si se me antoja hacerme dos docenas. ¡Será posible el país en que vivimos! Mate uno a cuchilladas al amante de su mujer, y no habrán de faltar voces que justifiquen, con las razones más peregrinas, el acto; quiera  usted hacerse un electrocardiograma mensual, pagado a precio de oro de su libérrimo bolsillo, y hasta su propio médico se le entigrece. ¿Así queremos hacernos un hueco en el concierto de las naciones civilizadas?
 Y no le pido su opinión. Usted preferirá tal vez no pronunciarse tampoco sobre este particular. Permítame, no obstante, que le apunte (sin ánimo de forzar su hermetismo, eso sí) que hay quien considera el silencio una peligrosísima fuente de endomorfinas. Dicho sea, por descontado, con carácter nada más que general e informativo. No es que yo subscriba o deje de subscribir tales teorías. Mucho menos que insinúe que quepa referirlas, ni siquiera indirectamente, a su persona. Ni por un momento me atrevería yo a dudar de su excelente condición mental. Como no dudo que ese “I am Carmelo”, que tan nítidamente vuelvo a oír, procede de otro compartimento. El que usted prefiera no manifestarse sobre mi particular arquetipo de civilización no es motivo para suponerle ni debilidad cerebral alguna ni, cuánto menos, la grosería de iniciarse en la lengua de la pérfida Albión al amparo de mi ceguera. Cada cual es como es, y no se hable más.
 Usted puede incluso preferir no manifestar su opinión a impulsos de una esmerada cortesía, que le impide contradecir abiertamente mis tesis. Delicadeza innecesaria, pues, insisto una vez más, habla usted con un hombre plenamente consciente de la naturaleza multiforme de la verdad. Pero delicadeza no, por carente de razón objetiva de ser, menos exquisita y digna de encendido aplauso. Cuánto mejor nos iría a todos si, a la hora de calibrar el grado de consideración que le debemos al prójimo, errásemos, como usted, por exceso y no por defecto.»

    [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Lengua de Trapo, 1997, pp. 51-55. ISBN: 84-89618-14-3]

miércoles, 5 de mayo de 2021

Antología poética.- Philip Larkin (1922-1985)


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Albada [de La creación del personaje poético]


 «Trabajo todo el día y por las noches me emborracho. / Me despierto a las cuatro en una oscuridad callada, y miro.
Los bordes de las cortinas no tardarán en iluminarse. / Hasta entonces veo lo que siempre ha estado ahí:
la muerte infatigable, ahora un día entero más cerca, / que borra todo pensamiento excepto
cómo y dónde y cuándo moriré. / Árida interrogación: no obstante el temor
de morir, y estar muerto, / centellea de nuevo, te posee, te aterra.

 La mente se queda en blanco ante el resplandor. No / por remordimiento –el bien no hecho, el amor no dado,
el tiempo desperdiciado- ni con tristeza porque / una vida pueda tardar tanto en superar
sus malos inicios, y quizá nunca lo consiga; / sino ante la total y perpetua vacuidad,
la segura extinción hacia la que viajamos / y en la que nos perderemos para siempre. No estar
aquí, no estar en ninguna parte, / y pronto; nada más terrible, nada más cierto.

 Es un miedo concreto que ningún truco / disipa. Antes lo hacía la religión,
ese vasto brocado musical apolillado / creado para fingir que no morimos nunca,
y ese caprichoso discurso que dice Ningún ser racional / puede temer lo que no sentirá, no ver
que eso es lo que tememos: ni vista, ni oído, / ni tacto ni sabor ni olor, nada con que pensar,
nada que amar ni a lo que estar ligado, / el anestésico del que nadie despierta.

 Y así permanece al borde de la visión, / una pequeña mancha desenfocada, un escalofrío
permanente que deja todo impulso en indecisión. / Hay muchas cosas que quizá nunca ocurran; ésta sí,
y el comprenderlo es un rugido / de miedo infernal cuando nos pilla
sin nadie y sin bebida. El valor no sirve: / significa no asustar a los demás. Tener coraje
no te salva del último viaje. / Igual muere el llorón que el fanfarrón.

 Lentamente se hace de día, y la habitación cobra forma. / Es evidente como un guardarropa, lo que sabemos,
lo que hemos sabido siempre, sabemos que no podemos escapar, / pero no lo aceptamos. Algo tendrá que desaparecer.
Mientras tanto los teléfonos se agazapan, dispuestos a sonar / en oficinas cerradas, y todo este mundo indiferente,
intrincado y de alquiler comienza a despertar. / El cielo es blanco como arcilla, sin sol.
Hay trabajo que hacer. / Los carteros, como si fueran médicos, van de casa en casa.
[…]

Puesto que la mayoría de mí [de Sabiduría popular]

 Puesto que la mayoría de mí / rechaza la mayoría de ti,
El debate acaba aquí, y así, / nos separamos. Y seguros de lo que hacer

desinfectamos nuestros bloques de días / para que nuestras mayorías los alquilen
con amigos no compartidos y caminos no recorridos. / Pero también el silencio es elocuente:

un silencio de minorías que, / sin oposición por fin, regresan
cada noche con promesas anuladas / que quieren renovar. No aprenden.
[…]

La mejor compañía [de La Soledad]

 Cuando era niño pensaba, sin / darle muchas vueltas, que la soledad
no había que buscarla. / Era algo que todos tenían,
como la desnudez, estaba a mano, / ni especialmente buena ni mala.
Algo abundante y evidente / y nada complicado de entender.

 Luego, después de los veinte, / fue algo más difícil de conseguir
y más deseado… aunque también / más indeseable, pues lo que
eres a solas, para alcanzar / la categoría de hecho, se ha de expresar
en relación a otros, o es solo / una ilusión compensatoria.

 ¡Mucho mejor estar en compañía! / Para amar necesitas a otro,
legar requiere un heredero, / los buenos vecinos necesitan parroquias enteras
de gente para existir: en resumen, / nuestras virtudes son todas sociales; si,
privado de soledad, te impacientas, / estás claro que no eres de los virtuosos.

 Con saña, cierro la puerta. / Susurra la calefacción a gas. El viento
trae la lluvia de la tarde. De nuevo, / una soledad que no me contradice
me sustenta en su palma gigante; / y como una anémona,
o un simple caracol, con cautela / se despliega, emerge, lo que soy.
[…]

Lugares, amores [de La soledad]

 No, todavía no he encontrado / el lugar del que pueda decir
Éste es mi sitio, / aquí me quedo;
y tampoco a esa persona especial / que enseguida reclame
todo lo que tengo, / incluso mi apellido;

descubrir eso parece demostrar / que no quieres decidir
dónde construir, ni a quién amar; / les pides que te rechacen
de manera irrevocable, / así no será tu culpa
si la ciudad te aburre / o la chica es imbécil.

Y al no encontrarlos, sin / embargo, te obligas a actuar
como si lo que tienes / en realidad te encantara;
y mejor no pensar / que todavía podrías descubrir
a los hasta ahora innecesarios: / tu lugar, tu pareja.
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Egoísta es el hombre [de La soledad]

 Nadie puede negar, no , / que Arnold es menos egoísta que yo.
Se casó con una mujer para que no se le fuera / y ahora la tiene allí hasta que se muera.

Y el dinero que saca de partirse el cobre / tampoco es que a ella le sobre
para las chorradas de los niños, la secadora, / la calefacción y la batidora,

y después de la cena, / cuando leer el periódico es lo que vale la pena,
la murga del Clávame este clavo en la pared. / Y es que no tiene tiempo para él,

entre los chavales enredando por la sala / y tener que salir al jardín con la pala
Y esa carta a su madre de su propia mano / donde le dice Por qué no vienes en verano.

Si nos comparamos hay acuerdo, / yo siempre quedo como un cerdo:
nadie puede negar, no, / que Arnold es menos egoísta que yo.

Pero, esperad, un momento de paciencia, / ¿es cierta tanta diferencia?
Está así porque ha querido, / no para contentar a sus conocidos;

y si el plan le ha salido contrahecho / lo hizo tan sólo por su propio provecho,
se guio por su propio interés. / Así, no somos tan distintos, ya ves,

sólo que yo tengo más ciencia / y conozco los cotos de mi paciencia
para que no me tengan que encerrar… / o creo que sé hasta dónde puedo llegar.
[…]

El palacio de invierno [de La vejez y la muerte]

Muchos se dicen más sabios en la vejez: / a mí eso me parece una memez.

En mi segundo cuarto de siglo he perdido / todo lo que en la universidad había aprendido.

Y en lo que pasó después, mi mente ni piensa. / Ya no conozco a los que salen en la prensa

y la gente se ofende porque olvido sus caras / y juro que nunca he estado en sus casas.

Habrá valido la pena si logro eliminar / lo que sea que me empieza a perjudicar.

Y al final ya no sabré nada. / Mi mente se replegará, como un campo, una nevada…»
  
    [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Cátedra, 2016, en traducción de Damià Alou, pp. 133-134, 159, 191-192, 194-196 y 208. ISBN: 978-84-376-3572-9.]

viernes, 12 de febrero de 2021

Letrillas.- Luis de Góngora (1561-1627)



 V – 1621 [En persona del marqués de Flores de Ávila, estando enfermo] [de Letrillas líricas]



«Aprended, Flores, en mí / lo que va de ayer a hoy,
que ayer maravilla fui, / y hoy sombra mía aún no soy.

La aurora ayer me dio cuna, / la noche ataúd me dio;
sin luz muriera si no / me la prestara la Luna:
pues de vosotras ninguna / deja de acabar así.
Aprended, Flores, en mí, etc.

 Consuelo dulce el clavel  / es a la breve edad mía,
pues quien me concedió un día, / dos apenas le dio a él:
efímeras del vergel, / yo cárdena, él carmesí.
Aprended, Flores, en mí, etc.

Flor es el jazmín, si bella, / no de las más vividoras,
pues dura pocas más horas / que rayos tiene de estrella;
si el ámbar florece, es ella / la flor que él retiene en sí.
Aprended, Flores, en mí, etc.

El alhelí, aunque grosero / en fragancia y en color,
más días ve que otra flor, / pues ve los de un Mayo entero:
morir maravilla quiero / y no vivir alhelí.
Aprended, Flores, en mí, etc.

A ninguna flor mayores / términos concede el Sol
que al sublime girasol, / Matusalén de las flores:
ojos son aduladores / cuantas en él hojas vi.
Aprended, Flores, en mí, etc.
[…]

VIII – 1581 [de Letrillas satíricas]

Da bienes Fortuna / que no están escritos:
cuando pitos flautas, / cuando flautas pitos.

¡Cuán diversas sendas / se suelen seguir
en el repartir / honras y haciendas!

A unos da encomiendas, / a otros sambenitos.
Cuando pitos flautas, / cuando flautas pitos.

A veces despoja / de choza y apero
Al mayor cabrero; / y a quien se le antoja
La cabra más coja / pare dos cabritos.
Cuando pitos flautas, / cuando flautas pitos.

En gustos de amores / suele traer bonanza
y en breve mudanza / los vuelve en dolores.
No da a uno favores / y a otro infinitos.
Cuando pitos flautas, / cuando flautas pitos.

Porque en una aldea / un pobre mancebo
Hurtó sólo un huevo / al sol bambolea;
Y otro se pasea / con  cien mil delitos.
Cuando pitos flautas, / cuando flautas pitos.
[…]

XVII – 1601 [de Letrillas satíricas]

 Dineros son calidad, / ¡verdad!
Más ama quien más suspira, / ¡mentira!

 1.-Cruzados hacen cruzados, / escudos pinta escudos,
y tahúres muy desnudos / con dados ganan Condados;
ducados dejan Ducados, / y coronas Majestad:
¡verdad!

2.-Pensar que uno solo es dueño / de puerta de muchas llaves,
y afirmar que penas graves / las paga un mirar risueño,
y entender que no son sueño / las promesas de Marfira:
¡mentira!

3.-Todo se vende este día, / todo el dinero lo iguala,
la Corte vende su gala, / la guerra su valentía:
hasta la sabiduría / vende la Universidad:
¡verdad!

4.-En Valencia muy preñada / y muy doncella en Madrid,
Cebolla en Valladolid / y en Toledo mermelada,
Puerta de Elvira en Granada / y en Sevilla doña Elvira:
¡mentira!

5.-No hay persona que hablar deje / al necesitado en plaza;
todo el mundo le es mordaza / aunque él por señas se queje;
que tiene cara de hereje / y aun fe la necesidad:
¡verdad!

6.-Siendo como un algodón, / nos jura que es como un hueso,
y quiere probarnos eso / con que es su cuello almidón,
goma su copete, y son / sus bigotes alquitira:
¡mentira!

7.-Cualquiera que pleitos trata, / aunque sean sin razón,
deje el río Marañón, / y entre el río de la Plata;
que hallará corriente grata / y puerto de claridad:
¡verdad!

8.-Siembra en una artesa berros / la madre, y sus hijas todas
son perras de muchas bodas / y bodas de muchos perros;
y sus yernos rompen hierros / en la toma de Algecira:
¡mentira!  
[…]

XXIV – 1581 [de Letrillas burlescas]

Ándeme yo caliente / y ríase la gente.

Traten otros del gobierno / del mundo y sus monarquías,
mientras gobiernan mis días / mantequillas y pan tierno,
y las mañanas de invierno / naranjada y aguardiente,
y ríase la gente.

Como en dorada vajilla / el Príncipe mil cuidados,
como píldoras dorados; / que yo en  mi pobre mesilla
quiero más una morcilla / que en el asador reviente,
y ríase la gente.

Cuando cubra las montañas / de blanca nieve el Enero,
tenga yo lleno el brasero / de bellotas y castañas,
y quien las dulces patrañas / del Rey que rabió me cuente,
y ríase la gente.

Busque muy en hora buena / el mercader nuevos soles;
yo conchas y caracoles / entre la menuda arena,
escuchando a Filomena / sobre el chopo de la fuente,
y ríase la gente.

Pase a media noche el mar / y arda en amorosa llama
Leandro por ver su dama; / que yo más quiero pasar
del golfo de mi lagar / la blanca o roja corriente,
y ríase la gente.

Pues Amor es tan crüel, / que de Píramo y su amada
hace tálamo una espada / do se junten ella y él,
sea mi Tisbe un pastel, / y la espada sea mi diente,
y ríase la gente.
[…]

XXVII - 1591 [de Letrillas burlescas]

Buena orina y buen color, / y tres higas al Doctor.

Cierto Doctor medio almud / llamar solía, y no mal,
al vidrio del orinal / espejo de la salud;
porque el vicio o la virtud / del humor que predomina
nos le demuestra la orina / con clemencia o con rigor.
Buena orina y buen color, / y tres higas al Doctor.

La sanidad, cosa es llana / que de la color se toma,
porque la salud se asoma / al rostro como a ventana;
si no es alguna manzana / arrebolada y podrida,
como cierta fementida / galeota del Amor.
Buena orina y buen color, / y tres higas al Doctor.

Bolas de papel escritas / sacan médicos a luz,
que son balas de arcabuz / para vidas infinitas;
plumas doctas y eruditas / gasten, que de  mí sabrán
que es mi aforismo el refrán: / vivir bien, beber mejor.
Buena orina y buen color, / y tres higas al Doctor.

¡Oh bien haya la bondad / de los Castellanos Viejos,
que al vecino de Alahejos / hablan siempre en puridad,
y al Santo que la mitad / partió con Dios de su manto
no echan agua, porque el santo / sin capa no habrá calor!
Buena orina y buen color, / y tres higas al Doctor.
[…]

XXXIV – 1611 [de Letrillas burlescas]

 Tenga yo salud, / qué comer y quietud
Y dinero que gastar / y ándese la gaita por el lugar.

Para cuando haga el son / la gaita murmuradora
y más sorda que sonora, / cantaré mi condición:
sepan que es ya mi opinión / vivir lo largo por ancho,
y si al callar llaman Sancho, / yo santo llamo al callar;
y ándese la gaita por el lugar.

No haga yo a nadie el buz / por ninguna pretensión;
tenga mi bota y jamón, / aunque me acueste sin luz;
mis frascos sin arcabuz, / no para quien mal me quiere,
mas porque, si sed tuviere, / la pueda mejor matar;
y ándese la gaita por el lugar.

Viva yo sin conocer, / y retirado en mi aldea,
a quien la merced rodea, / porque no la sabe hacer;
no vea a nadie comer / si no comiere a mi lado,
ni me hable nadie sentado / si en pie tengo de escuchar;
y ándese la gaita por el lugar.

No me cojan ‘sepan cuantos’ / debajo de sus quimeras,
tenga mi puerco y esteras / el día de Todos Santos;
juguemos años por tantos / tras la cama yo y Pascuala,
pues no se paga alcabala / de engendrar y bostezar;
y ándese la gaita por el lugar.

El médico y cirujano / sean, para mi gobierno,
calentador en invierno / y cantimplora en verano;
acuésteme yo temprano / y levánteme a las diez,
y a las once el almirez / toque a la panza a mascar;
y ándese la gaita por el lugar

   [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Castalia, 1991, en edición de Robert Jammes, pp. 47-49,59-60,93-96,115-117,126-128 y 143-146. ISBN: 84-7039-359-6.]