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domingo, 18 de enero de 2026

Introducción a la Historia de la Edad Media europea.- Emilio Mitre (1941)

9.- El régimen feudovasallático y la sociedad feudal
La evolución del vasallaje en el mundo medieval

 «Siguiendo la pauta marcada por F.L.Ganshof, las relaciones de dependencia feudovasalláticas atravesaron por tres momentos a lo largo del Medievo.
 a) Los orígenes precarolingios:
 El feudalismo hinca sus raíces militares en la vieja costumbre germana, descrita por Tácito, del comitatus, grupo de guerreros (los comites) que combaten en estrecha y voluntaria unión con un jefe. La inestabilidad por la que atravesaron los reinos germánicos desde el siglo VI (en particular la Galia de los sucesores de Clodoveo) propició la expansión de estas fórmulas que cristalizaron en un acto jurídico -la comendatio-. Por ella, un hombre libre se ponía al servicio de otro que le daba a cambio protección, pero sin ir ello en menoscabo de su primitivo estatuto de libertad. Son los ingenui in obsequio que con el tiempo irán tomando otros nombres no menos genéricos. El de vassus o vasallus hará fortuna.
 En la Europa precarolingia nos encontramos con diversas modalidades de relación personal, aunque todas ellas tengan un fondo común: en la Galia merovingia son los antrustiones, al servicio del rey, y los gasindi, al de un noble. La forma de pagar el servicio oscila entre la manutención directa o la entrega de una tierra (el beneficium) en concepto de tenencia, rara vez de plena propiedad. 
 En la España visigoda, los trabajos de una serie de autores, en especial de Sánchez Albornoz, permiten hablar de la existencia de elementos prefeudales de indudable interés: gardingos y bucelarios desempeñaron en España, respectivamente, el papel de los antrustiones y gasindi del otro lado del Pirineo. La remuneración de servicios fue también semejante.
 b) El vasallaje de época carolingia: 
 [...] Desde fines del siglo IX, el término "beneficio" encuentra otro que le va a hacer una afortunada competencia: el de "feudo". 
 [...]
 c) El vasallaje bajo el feudalismo clásico:
 El período que transcurre entre el siglo X y el XIII conoce la plenitud del sistema institucional feudovasallático en su lugar de origen y la transmisión de algunas de sus peculiaridades hacia Inglaterra, la España cristiana y los Estados creados por los occidentales en Tierra Santa.
 Sobre las bases echadas en el período anterior, el contrato de vasallaje es un auténtico contrato sinalagmático que comprende:
 -El homenaje (literalmente, hacerse hombre de otro), término que sólo aparece a comienzos del siglo XI. Supone esencialmente la ceremonia de la inmixtio manuum.
 -El sacramentum fidelitatis: juramento hecho sobre los Libros Sagrados, de gran fuerza moral dada la trascendencia que la sociedad medieval daba a la fe en general.
 -El osculum, de mucha menor importancia.
 Las relaciones de vasallaje llevan implícito un conjunto de deberes:
 -Los del señor hacia el vasallo quedan bajo el denominador de mitium. Suponen la protección frente a los ataques y la manutención del subordinado a través del respeto al beneficio concedido.
 -Los deberes del vasallo hacia el señor se agrupan en dos conjuntos: el auxilium y el consilium. El primero es militar (rescatable con el pago de una cuota o escudaje), que comprende la ayuda al señor en las grandes expediciones (expeditio, hostis) o en pequeñas operaciones militares (equitatio o cavalcata); y económico en ocasiones muy concretas: rescate del señor si cae prisionero, ayuda si va a la Cruzada, cuando contrae matrimonio la hija mayor o cuando se arma caballero al primogénito. El consilium es mucho más simple: la obligación de asesorar al señor en las asambleas judiciales. No se trata, sin embargo, de un modelo único ya que los matices regionales que las instituciones feudales adquieren introducen una cierta variedad en los tipos de compromisos.
 La complejidad que fue adquiriendo el sistema feudal dio lugar, por un lado, a toda una jerarquía, desde los grandes señores a los modestos subvasallos (los vavassores) de príncipes territoriales. De otro lado, la sed de beneficios llevó a una pluralidad de compromisos: un vasallo a veces lo era (por los feudos recibidos) de varios señores a la vez. Como solución se ideó una distinción entre los compromisos contraídos por homenaje ligio, que obligaban por encima de todo, y los contraídos por homenaje plano o simple, mucho menos riguroso. Es lógico comprender el que los monarcas tratasen de reservarse el monopolio de la ligesse, en un intento de reforzar sus posiciones frente al acrecentamiento de poder de los grandes príncipes territoriales.
 El incumplimiento de los compromisos contraídos en la ceremonia del homenaje acarreaban una serie de sanciones que, sin embargo, hasta el sigo XII se mostraron prácticamente ineficaces. El recurso a las armas solventó con demasiada frecuencia las diferencias existentes entre vasallo y señor. En caso de procederse por la vía normal, la ruptura del compromiso se podía producir por alguna de las dos partes como resultado del incumplimiento de los deberes contraídos (felonía). Ello comportaba la disolución del contrato:
 -en caso de proceder el señor contra el vasallo, llevaba a cabo la confiscación del feudo, aunque en ocasiones se introducía, como sanción más suave, el embargo de éste;
 -en caso de que la iniciativa de ruptura partiese del vasallo, éste debía dar a conocer solemnemente su decisión y renunciar a su feudo: era el defi, o desnaturamiento según la expresión castellana.»

 [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Istmo, 1976, pp. 155-159. ISBN: 84-7090-040-4.]

domingo, 7 de diciembre de 2025

Lais.- María de Francia (siglo XII)

El desdichado (Chaitivel) 

 «Me ha venido el deseo de recordar un lai del que he oído hablar a menudo. Os contaré la aventura, os diré el nombre de la ciudad de donde procede. Lo llaman El desdichado, aunque muchos lo nombran Los cuatro duelos. 

 En Nantes de Bretaña vivía una dama muy bella y bien criada, de maneras muy distinguidas. No hubo en la tierra caballero que no la suplicase, amase y requiriese, con sólo haberla visto una vez. No podía amarlos a todos, pero tampoco quería matarlos de dolor. A todas las damas del mundo mejor les vendría aceptar el amor que no desesperar a unos locos, impulsándoles a cometer actos irresponsables.

 La dama debe agradecer la corte que se le hace con buenos sentimientos. Por cuanto si ella no quiere prestar oídos a sus pretendientes, tampoco debe herirlos con sus palabras, sino honrarlos, guardarles cariño y saber agradecer su amor.

 La dama de la que os quiero hablar, que fue tan requerida de amores por su belleza y gran valía, era cortejada día y noche. Había en Bretaña cuatro barones, cuyos nombres no sabría deciros. Eran muy jóvenes mas de gran hermosura, y caballeros esforzados, valientes, liberales, corteses y generosos. Gozaban de gran estima pública como gentilhombres de la región.

 Los cuatro amaban a la dama y se esforzaban por acometer hazañas de valor. Para obtener su amor, todos hacían cuanto podían. Cada uno la requería para sí y ponía en ello todo su empeño. No hubo ninguno de los cuatro que no cuidase ser el único en conseguirla.

 La dama poseía muy buen sentido. No se precipitó. Reflexionaba a menudo: quería saber cuál sería más digno de su amor, pues parejo valor tenían todos. La elección iba haciéndose imposible. No quería perder a tres a cambio de uno. A todos les ponía buena cara, les daba prendas de su amor, les enviaba sus mensajes. Cada uno sabía no ser el único pero ninguno de los cuatro era capaz de alejarse de la dama, pues todos mantenían la esperanza de ser los elegidos por sus servicios y ruegos.

 De los cuatro conservó el amor, hasta que un año, después de la Pascua, se proclamó un torneo en Nantes. Para reunirse con los cuatro enamorados no sólo vinieron caballeros de la región sino también de otros países: de Francia, de Normandía, de Flandes, de Brabante, del Bolonés, del Anjou. Todos se han congregado allí muy de su gusto y permanecen juntos muchos días. Piensan herirse, la tarde del torneo, con mucha dureza.

 Los cuatro enamorados se armaron y salieron fuera de la ciudad. Detrás venían sus caballeros, pero sobre ellos cuatro recaía principalmente el peso de la hazaña. Los de fuera los han reconocido por sus enseñas y sus escudos y han enviado contra ellos a cuatro de sus caballeros, dos de Flandes y dos del Hainaut, preparados para el ataque. Ninguno de ellos piensa rehuir la batalla. Los enamorados ven que se acercan, no sienten deseos de huir. Lanza baja, picando espuelas, escoge cada uno a su contrincante. Con tal furia se acometieron que los cuatro de fuera cayeron por tierra; los vencedores no recogieron sus caballos, los dejaron vagar sin dueño.

 Se mantenían sobre los vencidos cuando éstos recibieron socorro de sus caballeros. Se trabó gran combate para rescatarlos, no descansaban las espadas.

 La dama, desde una torre, bien podía ver a los suyos. Contemplaba las hazañas de sus enamorados, sin saber a cuál de ellos debía apreciar más.  

 Así dio comienzo el torneo. Las filas, cada vez más nutridas, se cerraron. Más de una vez, ante las puertas, se renovó el combate aquel día. Tan bien se comportaban los cuatro amantes que todos los apreciaban mucho. Hasta que, cuando oscurecía e iban ya a tener que separarse, temerariamente se expusieron lejos de sus mesnadas.

 Y lo pagaron caro, que tres de ellos fueron muertos y el cuarto malherido: una lanza le atravesó el cuerpo por el muslo. A consecuencia de un ataque por el flanco, cayeron los cuatro por tierra. Quienes los han herido así de muerte, arrojan sus propios escudos al suelo. Sentían gran dolor por los caídos; no lo habían hecho a propósito. Gritos y llantos se oyeron por doquier, nunca se había presenciado un duelo semejante. Los de la ciudad se dirigieron al lugar del suceso, deponiendo los otros su hostilidad. Llenos de dolor, dos mil caballeros se despojaron de sus yelmos, mesándose cabello y barbas. Todos eran partícipes de un mismo duelo. Colocaron a cada uno encima de su escudo y los llevaron a la ciudad, a casa de la dama que los había amado.

 En cuanto supo ella esta aventura, cayó desmayada sobre el pavimento. Cuando volvió en sí, recordó a cada uno por su nombre.

 "¡Pobre de mí! -dijo-, ¿qué haré? Ya nunca recuperaré mi alegría. Yo amaba a estos cuatro caballeros y quería a cada uno por sí mismo. ¡Muy gran bien tenía con ellos! Me amaban sobre toda cosa. Yo, por mi parte, les di a entender mi amor, pues se lo merecían por su belleza, por sus hazañas, por su valor, por su generosidad. No quería perderlos a todos para quedarme con uno. Ahora no sé a cuál debo llorar más, pero no he de engañarme: el uno herido, los otros tres muertos, ¡nada queda en el mundo que pueda consolarme! Haré enterrar a los muertos y, si el herido puede curarse, con mucho gusto le cuidaré y le proporcionaré buenos médicos".

 Le hace llevar entonces a las habitaciones y, después, ordena vestir a los otros, ataviándolos rica y noblemente con todo su amor. Gran ofrenda y donación hizo a la riquísima abadía en que recibieron sepultura. ¡Dios les conceda la salvación!»

  [El texto pertenece a la edición en español de Editora Nacional, 1975, en edición de Luis Alberto de Cuenca, pp. 253-263. ISBN: 84-276-1276-1.] 

domingo, 13 de julio de 2025

Poesías. El estudiante de Salamanca.- José de Espronceda (1808-1842)

 A la patria
Elegía

  «¡Cuán solitaria la nación que un día / poblara inmensa gente.
¡La nación, cuyo imperio se extendía / del ocaso al oriente!

¡Lágrimas viertes, infeliz ahora, / soberana del mundo
y nadie de tu faz encantadora / borra el dolor profundo!

Oscuridad y luto tenebroso / en ti vertió la muerte,
y en su furor el déspota sañoso / se complació en tu suerte.

No perdonó lo hermoso, patria mía; / cayó el joven guerrero,
cayó el anciano y la segur impía / manejó placentero.

So la rabia cayó la virgen pura / del déspota sombrío.
Como eclipsa la rosa su hermosura / en el sol del estío.

¡Oh, vosotros del mundo habitadores! / Contemplad mi tormento.
¿igualarse podrán ¡ah! qué dolores / al dolor que yo siento?

Yo desterrado de la patria mía, / de una patria que adoro,
perdida miro su primer valía / y sus desgracias lloro.

Hijos espúreos y el fatal tirano / sus hijos han perdido
y en campo de dolor su fértil llano / tienen ¡ay! convertido.

Tendió sus brazos la agitada España, / sus hijos implorando;
sus hijos fueron, mas traidora saña / desbarató su bando.

¿Qué se hicieron tus muros torreados? / ¡Oh, mi patria querida!
¿Dónde fueron tus héroes esforzados, / tu espada no vencida?

¡Ay! De tus hijos en la humilde frente / está el rubor grabado;
a sus ojos caído tristemente / el llanto está agolpado.

Un tiempo España fue: cien héroes fueron / en tiempos de ventura
y las naciones tímidas la vieron / vistosa en hermosura.

Cual cedro que en el Líbano se ostenta, / su frente se elevaba;
como el trueno a la virgen amedrenta, / su voz las aterraba.

Mas ora, como piedra en el desierto, / yaces desamparada
y el justo desgraciado vaga incierto / allá en tierra apartada.

Cubren su antigua pompa y poderío / pobre yerba y arena
y el enemigo que tembló a su brío / burla y goza en su pena.

Vírgenes, destrenzad la cabellera / y dadla al vago viento:
acompañad con arpa lastimera / mi lúgubre lamento.

Desterrados ¡oh Dios! de nuestros lares. / Lloremos duelo tanto:
¿quién calmará ¡oh España! tus pesares? / ¿Quién secará tu llanto?
[...]

El estudiante de Salamanca
Parte I

 
Era más de media noche, / antiguas historias cuentan,
cuando en sueño y en silencio, / lóbrega envuelta la tierra,
los vivos muertos parecen, / los muertos la tumba dejan.
Era la hora en que acaso / temerosas voces suenan
informes, en que se escuchan / tácitas pisadas huecas,
y pavorosas fantasmas / entre las densas tinieblas
vagan y aúllan los perros / amedrentados al verlas;
en que tal vez la campana / de alguna arruinada iglesia
da misteriosos sonidos / de maldición y anatema,
que los sábados convoca / a las brujas a su fiesta.
El cielo estaba sombrío, / no vislumbraba una estrella,
silbaba lúgubre el viento / y allá en el aire, cual negras
fantasmas, se dibujaban / las torres de las iglesias
y del gótico castillo / las altísimas almenas
donde canta o reza acaso / temeroso el centinela.
Todo en fin a media noche / reposaba y tumba era
de sus dormidos vivientes / la antigua ciudad que riega
el Tormes, fecundo río, / nombrado de los poetas,
la famosa Salamanca, / insigne en armas y letras,
patria de ilustres varones, / noble archivo de las ciencias.
Súbito rumor de espadas / cruje y un ¡ay! se escuchó;
un ay moribundo, un ay / que penetra el corazón, 
que hasta los tuétanos hiela / y da al que lo oyó temblor.
Un ¡ay! de alguno que al mundo / pronuncia el último adiós.

El ruido / cesó,
un hombre / pasó
embozado / y el sombrero
recatado / a los ojos
se caló. / Se desliza
y atraviesa / junto al muro
de una iglesia / y en la sombra
se perdió.

Una calle estrecha y alta, / la calle del Ataúd,
cual si de negro crespón / lóbrego eterno capuz
la vistiera, siempre oscura / y de noche sin más luz
que la lámpara que alumbra / una imagen de Jesús,
atraviesa el embozado, / la espada en la mano aún,
que lanzó vivo reflejo / al pasar frente a la cruz.»
 
 [El texto pertenece a la edición en español de Espasa-Calpe, 1978, en edición de José Moreno Villa, pp. 108-110 y 189-191. ISBN: 84-239-3047-5.] 
 

domingo, 21 de abril de 2024

El cuarto mandamiento.- Booth Tarkington (1869-1946)


Booth Tarkington - Wikipedia, la enciclopedia libre
Capítulo primero


  «El comandante Amberson hizo su fortuna el año 1873, precisamente cuando otras gentes andaban perdiendo las suyas, y de entonces data el comienzo de la magnificencia de los Ambersons. Es la magnificencia, como la importancia de un caudal, relativa siempre, y así lo descubriría el mismísimo Lorenzo el Magnífico si su espíritu visitara el Nueva York contemporáneo; fueron magníficos los Ambersons para su época y para la ciudad en que vivían. Su esplendor subsistió durante todos los años que vieron a su ciudad del Midland extenderse y tornarse sombría hasta llegar a ser grande urbe, mas alcanzó su mayor brillo en aquella época en que todas las familias pudientes y con niños tenían un perro de Terranova.
 En aquella ciudad, y en aquellos tiempos, todas las mujeres que gastaban sedas y terciopelos conocían a todas las mujeres que gastaban sedas y terciopelos, y si alguna compraba un abrigo de piel de foca, hasta las inválidas eran llevadas a la ventana para que lo vieran pasar por la calle. En las tardes de invierno, briosos trotones corrían presurosos por National Avenue y Tennessee Street arrastrando trineos; caballos y conductores eran de todos conocidos; y también los conocían cuando llegado el verano eran los veloces y ligeros tílburis los que renovaban las competencias y carreras del invierno. Todo el mundo conocía los coches familiares de los demás y podía identificarlos en la calle a media milla de distancia, habilidad en extremo útil para asegurarse de quién iba de compras, quién a una fiesta, o a casa desde la oficina o tienda, ya fuera para el almuerzo, ya para la cena.
 Durante los primeros tiempos de esta época predominaba la opinión de que la elegancia personal debía juzgarse más bien por la calidad de las telas usadas que por la forma a éstas dada. No era preciso reformar un vestido de seda al cabo de un año, poco más o menos, de estrenado, pues tal vestido continuaría siendo elegante mientras continuase siendo de seda. Los ancianos y los gobernadores vestían de fino paño negro, de más de veintinueve pulgadas de ancho; el traje de etiqueta era del mismo paño, con pantalones de otro más fino que parecía ante; y no había ningún hombre, fuera su edad la que fuera, que creyese que un sombrero pudiera ser otra cosa que un objeto rígido, alto y sedoso, que los deslenguados conocían con el irreverente nombre de “tubo de chimenea”. Aquellos hombres no hubieran aceptado ninguna otra clase de sombrero ni para la ciudad ni para el campo, y eran capaces de remar en el río tocados con él, sin experimentar embarazo alguno.
 Llegó un día en el que la “última moda” derrocó la aristocracia de la buena calidad. Modistas, zapateros, sombrereras y sastres se hicieron más astutos, lograron mayor autoridad, y hallaron medios de convertir en vieja la ropa nueva. Apareció el sombrero hongo, y se extendió su uso de manera prodigiosa: un año parecía su copa un cubo; al siguiente, más se asemejaba a una cuchara. Aún había en todas las casas un sacabotas, pero las botas altas fueron suplantadas por zapatos y botines, y la forma de los primeros iba mudándose de año en año, siendo ahora sus puntas cuadradas y luego afiladas como la proa de un balandro.
 Los pantalones con raya planchada eran considerados cosa plebeya, pues indicaba aquel doblez que había estado la prenda almacenada en un estante, y por tanto que no fue cortada a la medida. Llamaban a estas prendas compradas hechas, “bajamés”, aludiendo al estante en que esperaron comprador. A principios de la década del 80, cuando privaban con las mujeres flequillos y tontillos, apareció en sociedad un nuevo tipo de petimetre, que recibió el nombre de “pisaverde”: vestía este pantalones ceñidos a la pierna, zapatos de punta afilada como la de un puñal, hongo de “cuchara”, chaqueta recta llamada “Chesterfield”, de faldellines cortos y amplios, cuello cilíndrico y torturador de tres pulgadas, planchado y replanchado hasta que brillaba como un espejo, y rodeaba a este ora con una gran corbata de “plastrón” o con un lacito que no desdijera en la trenza de una muñeca. Cuando de etiqueta se vestía, usaba un abrigo color cuero, tan desmedrado que asomaban por debajo los negros faldones del frac sus buenas cinco pulgadas; pero pasados un par de años se alargó este abrigo de tan desmesurada manera que llegaba a los talones del elegante, y al mismo tiempo aquellos ceñidos pantalones fueron desechados para dar lugar a otros que, de puro amplios, parecían sacos. Pasó el tiempo, y no se volvió a saber del “pisaverde”, aunque la palabra que para él fue inventada permaneció en uso, generalmente con significación peyorativa.
 Fueron aquellas épocas de más abundantes cabellos que la nuestra. Las barbas adoptaban extrañas formas, según el antojo de quienes las llevaban, y no era extraordinario contemplar cosas en verdad inusitadas y sorprendentes. Los bigotes crecían sobre la boca como descuidadas guardamalletas; y fue posible para un señor senador de los Estados Unidos dejarse una sotabarba que más bien parecía desplazado bigote, sin que ello se considerase lo bastante interesante para merecer de los periódicos una sola caricatura. Y esto último basta para demostrar que, no obstante los pocos años transcurridos, era aquella época bien distinta de la actual.
EL CUARTO MANDAMIENTO | BOOTH TARKINGTON | Comprar libro 9788420467351 Al principio de la gran época de los Ambersons, la mayoría de las casas en aquella ciudad del Midland eran de agradable arquitectura. Carecían de estilo, pero también carecían de pretensiones, y todo lo que no es presuntuoso ya de por sí tiene suficiente estilo. Se alzaban bien separadas entre sí, sombreadas por árboles que aún quedaban de los que en otros tiempos formaron bosques; olmos, hayas y nogales, y aquí y allá una alta fila de sicómoros crecían y medraban donde se había rellenado arenales y barrancas con tierra del monte. La casa del “Primer Contribuyente” daba a Military Square, a National Avenue o a Tennessee Street, y estaba edificada de ladrillo, con cimientos de piedra, o de madera con cimientos de ladrillo. Tenía, generalmente, un “porche principal” y un “porche trasero” (y algunas veces un “porche lateral”); tenía un “hall delantero”, un “hall lateral” (y algunas veces un “hall trasero”); del “hall delantero” se pasaba a tres habitaciones: “la salita”, “el cuarto de estar” y “la biblioteca”, y esta última pieza podía justificar su nombre, pues aquellas gentes, por algún motivo sería, acostumbraban comprar libros. Por lo general, la familia estaba más a menudo en la “biblioteca” que en el cuarto de estar, y las visitas, cuando eran de “cumplido”, eran llevadas a “la salita”, lugar éste de pulimento e incomodidad extraordinarios. La tapicería del mobiliario en la biblioteca estaba algo deslucida, pero las hostiles sillas y sofá de la “salita” siempre parecían nuevos. Y, verdaderamente, por lo que se usaban bien pudieran haber durado mil años.
 Las alcobas estaban arriba: el cuarto de los padres, el más espacioso; uno algo más reducido para uno o dos hijos varones; otro para una o dos hijas. Cada una de estas alcobas tenía una cama de matrimonio, un “palanganero”, un “buró”, un armario, una mesita, una mecedora y, algunas veces, un par de sillas ligeramente averiadas en el piso bajo, pero en buen uso, y no parecía justificado el gasto de repararlas, ni discreto arrinconarlas por tan poca cosa en el desván. También había siempre un cuarto para huéspedes, en el cual era acostumbrado guardar la máquina de coser. Alrededor de 1870 comenzó a desarrollarse la opinión de que era necesario un cuarto de baño. Esto determinó que los arquitectos colocasen cuartos de baño en las casas nuevas; y las antiguas procuraron no quedarse atrás, para lo cual se sacrificaban los espaciosos armarios roperos de pared, y en el hueco así dejado se instalaba una tina, y junto al fogón de la cocina un calentador de agua. Esa planta siempre viva de la flora americana, los tradicionales chistes acerca de los usos, costumbres y tardanzas de los fontaneros, fue plantada en la vida nacional por aquel entonces.
 En la parte trasera de la casa, arriba, había una triste y angosta cámara llamada “el cuarto de la chica”, y en la cuadra, junto al pajar, otra alcoba llamada “el cuarto del criado”, sirviente admirable que para todo valía.
 Casa y cuadra costaban de siete a ocho mil dólares, y la gente que podía invertir cantidades de esa importancia en tales comodidades era llamada Los Ricos. Pagaban éstos a la habitante de «el cuarto de la chica» dos dólares a la semana, ya adelantada la época de que hablamos, dos dólares y medio, y muy a finales, tres dólares. Era «la chica», por lo común, irlandesa o alemana, o quizá escandinava, pero jamás indígena, como no fuese negra. “El criado”, que vivía en la cuadra, gozaba de emolumentos semejantes, y aunque también él era a veces un emigrante recién llegado en la cala del barco, por lo general se trataba de un hombre de color.
 Cuando salía el sol y era amable la mañana, los corrales de detrás de la cuadra presentaban un aspecto bien alegre: risas y voces llenaban el aire a todo lo largo de los polvorientos cobertizos, acompañadas de sonoros golpes dados con las almohazas contra las cercas y muros de la cuadra, pues los “morenos” gustaban de almohazar sus caballos en el patio. Prefieren siempre los «morenos» chismorrear a voces mejor que cuchicheando, y opinan que una palabrota, para que satisfaga a quien la dice, ha de pronunciarse con voz recia y sonora, y que si no, más vale callar. Allí la gente menuda aprendía frases abominables que luego repetían ante sus mayores pidiendo cumplida exégesis de su contenido, con frecuencia en momentos muy inoportunos. Los niños de menos desarrollada curiosidad se limitaban a repetir las frases en ocasiones de apuro o agobio, lo que atraía sobre sus cabezas tales consecuencias que solían recordarlas hasta ya muy entrados en años.»

      [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Alfaguara, 2005, en traducción de Fernando Santos, pp.10-14. ISBN: 978-84-2046-735-1.]

domingo, 23 de julio de 2023

Demanda del Santo Graal.- Anónimo (c. 1515)


Santo Graal: influências, origem, curiosidades - História do Mundo
Cómo llegó el Santo Graal a la Corte


 «Cuando estuvieron todos sentados y en calma, oyeron un trueno tan grande y extraordinario que pensaron que el palacio se iba a hundir. Entonces entró un rayo de sol que dio al palacio doble de luz de la que tenía. Quedaron todos como iluminados por la gracia del Espíritu Santo y comenzaron a mirarse, pues no sabían de dónde les podía haber venido y, sin embargo, no había allí nadie que pudiera hablar ni decir una sola palabra por su boca: todos enmudecieron, grandes y pequeños. Y cuando ya llevaban un rato así, sin que ninguno de ellos hubiera podido hablar, entró el Santo Graal, cubierto con un jamete blanco. Nadie logró ver quién lo llevaba. Entró por la gran puerta del palacio, y una vez que estuvo dentro, el salón se llenó de buenos olores, como si todas las especias de la tierra hubieran sido derramadas allí. Dio la vuelta a la sala, alrededor de los asientos, y conforme pasaba por las mesas, éstas quedaban dispuestas con la comida que cada uno quería. Cuando todos estuvieron servidos, se fue el Santo Graal tan deprisa que nadie supo qué había pasado y por dónde se había ido. Ahora pudieron hablar los que antes no podían decir ni palabra. Dieron gracias a Nuestro Señor la mayoría de ellos por el gran honor que les había hecho, pues les había reconfortado con la gracia del Vaso Santo. Pero de todos los que estaban allí, fue el rey Artús el más gozoso y alegre, ya que Nuestro Señor le había mostrado mayor merced que a ninguno de los que reinaron antes que él.

Cómo prometió Galván al Rey Artús, su tío, que entraría en la demanda del Santo Graal

 Por este motivo se alegraron mucho propios y extraños, pues les parece evidente que Nuestro Señor no se olvidaba de ellos, ya que les mostraba tan gran merced; hablaron de esto todo el tiempo que duró la comida. El mismo rey comenzó a decir a los que estaban más cerca de él: “Ciertamente, señores, debemos estar muy contentos y tener mucha alegría por habernos mostrado Nuestro Señor un signo tan grande de amor y porque por su gracia nos ha querido reconfortar en un día tan solemne como es el de Pentecostés”. “Señor —dice Galván—, hay otra cosa, además, que no sabéis: no ha habido nadie al que no le hayan servido lo que pidió o pensó; y esto no había pasado nunca en ninguna corte, a no ser en la del Rey Tullido. Pero han sido deslumbrados de tal forma que no pudieron ver abiertamente el Vaso, antes bien, se les ocultó su verdadero aspecto. Por eso, por lo que a mí respecta, hago un voto: mañana por la mañana, sin demora, comenzaré la Demanda, de tal forma que la mantendré durante un año y un día y, si fuera necesario, más tiempo; no volveré a la corte por nada que suceda antes de haberlo visto de manera clara, como me ha sido mostrado ahora, si es que yo puedo y debo verlo de alguna forma. Si no puede ser, me volveré”.

Cómo todos los caballeros de la Mesa Redonda dijeron que andarían en la Demanda

  Cuando los de la Tabla Redonda oyeron estas palabras, se levantaron todos de sus asientos, haciendo el mismo juramento que Galván había hecho, y dijeron que ya no cesarían de vagar hasta que estuvieran sentados en la alta mesa en la que se servía todos los días una comida tan buena como la que habían tenido allí.
  Al ver el rey que Galván había hecho tal voto, lo sintió mucho, pues sabe bien que no podrá echarse atrás en esta empresa. Se dirige a Galván: “¡Ay!, Galván, me habéis matado con el juramento, pues me habéis quitado la mejor compañía y la más leal que yo había encontrado: la compañía de la Tabla Redonda. Cuando se separen de mí, sea la hora que sea, sé bien que no volverán, antes bien, se quedarán en esta Demanda la mayoría y no terminará tan pronto como pensáis. Y no podría ser menor mi sentimiento, pues yo los he criado y educado con todo mi poder y siempre los he querido y aún los amo como si fueran mis hijos o mis hermanos y por eso me pesará mucho su marcha; yo estaba acostumbrado ya a verlos con frecuencia y a tener su compañía; no sé cómo podré soportarlo.”

De la tristeza del Rey Artús y del dolor de la Corte

Demanda Del Santo Graal: Amazon.es: Anonimo: Libros  Después de estas palabras, comenzó el rey a pensar melancólicamente y en este pensar se le vinieron las lágrimas a los ojos, como bien pudieron apreciar los que estaban allí delante. Y, hablando, dijo tan alto que todos pudieron oírlo: “Galván, Galván, me habéis puesto un gran pesar en el corazón y no podré desprenderme de él hasta después de saber ciertamente a qué fin habrá llegado esta Demanda, pues temo mucho que mis queridos amigos no vuelvan de ella ya”. “¡Ay, señor! —dice Lanzarote—, por Dios, ¿qué decís? Un hombre tal como vos no debe concebir miedo en su corazón, sino justicia, valor y abrigar buena esperanza. Debéis confortaros; si morimos todos en esta Demanda, nos será mayor honor que morir en otro lugar”. “Lanzarote —responde el rey—, el gran amor que he tenido siempre hacia ellos me hace decir tales palabras y no debe extrañar que entristezca por su marcha. Ningún rey cristiano tuvo tantos buenos caballeros, ni nobles a su mesa como yo he tenido hoy y ya no habrá ninguno que los tenga en cuanto se hayan ido, ni volverán a estar reunidos alrededor de mi mesa tal como han estado aquí, y es ésta la cosa que más me apena”. A estas palabras no supo Galván qué responder, pues se daba cuenta de que el rey tenía razón. A ser posible, se hubiera arrepentido gustosamente de sus propias palabras, pero no hubo lugar, pues ya eran públicas.

Cómo la reina Ginebra preguntó si habían jurado Lanzarote y Galván

   Fue anunciado entonces por todas las habitaciones cómo había sido emprendida la Demanda del Santo Graal y que quienes debían ser compañeros saldrían de la corte el día siguiente. Fueron más los que se entristecieron que los que se mostraron contentos, pues la hueste del rey Artús era temida, especialmente por las hazañas de los compañeros de la Tabla Redonda. Cuando las damas y doncellas que estaban sentadas con la reina cenando en las habitaciones oyeron estas noticias, se afligieron y entristecieron igual que si fueran esposas o amigas de los compañeros de la Tabla Redonda. Y no era extraño, pues las honraban y querían aquéllos por quienes ellas temían que murieran en la Demanda. Empezaron a hacer un gran duelo. La reina pregunta al servidor que estaba ante ella: “Dime, criado, ¿estabas tú delante cuando se prometió esta Demanda?”. “Señora —responde—, sí”. “Y Galván —vuelve a preguntar— y Lanzarote del Lago, ¿son compañeros?”. “Ciertamente, señora —le contesta—; primero juró Galván y luego Lanzarote y lo mismo hicieron los demás, de tal forma que no quedó ninguno de los que son compañeros en la Tabla”. Cuando oye estas palabras, se aflige tanto por Lanzarote que parece que va a morir de dolor y no puede evitar que le lleguen las lágrimas a los ojos. Al cabo de un rato dice con tanto dolor que no puede más: “Verdaderamente esto es una gran pena, pues sin la muerte de muchos hombres valerosos no podrá llevarse a fin esta Demanda, ya que tantos valientes la han emprendido. Me admira cómo mi señor el rey, que es tan prudente, lo ha podido tolerar, pues sus mejores nobles se irán y los que queden valdrán poco”. Y entonces comenzó a llorar con mucha amargura, y lo mismo hicieron todas las damas y doncellas que estaban con ella.

De cómo el Ermitaño aconsejó que los caballeros salieran limpios de pecado

   Así se vio turbada toda la corte por la noticia de los que se tenían que ir. Cuando levantaron los manteles en el gran salón y en las habitaciones, las damas se reunieron con los caballeros y se renovó la aflicción: cada dama o doncella, desposada o amiga, dijo a su caballero que iría con él a la Demanda; pronto habrían estado de acuerdo y lo habrían prometido si no hubiera sido por un anciano, vestido con hábito de religión, que entró después de cenar. Se acercó al rey, habló tan alto que todos lo pudieron oír y dijo: “¡Escuchad, señores caballeros de la Tabla Redonda que habéis jurado la Demanda del Santo Graal! Me envía Nacián el ermitaño a deciros que nadie lleve, en esta Demanda, dama ni doncella, pues caerá en pecado mortal, y que nadie comience la empresa sin estar confesado o que no vaya a confesar, porque nadie debe entrar en un servicio tan alto sin estar limpio y purgado de todas las bajezas y de todos los pecados mortales: esta Demanda no es búsqueda de cosas terrenales, sino que debe ser la persecución de los grandes secretos y misterios de Nuestro Señor y de los arcanos que el Gran Maestro mostrará abiertamente al bienaventurado caballero al que Él eleve a la condición de sirviente suyo entre los demás caballeros terrenales, al que le mostrará las grandes maravillas del Santo Graal y le hará ver lo que corazón mortal no podría pensar y lengua de hombre terrenal no podría decir”. Con estas palabras impidió que se llevaran a sus mujeres o amigas. El rey hizo albergar ricamente al anciano y le preguntó mucho de su vida, pero él sólo le dijo un poco, pues pensaba en otras cosas que no eran el rey.»

    [El texto pertenece a la edición en español de Editora Nacional, 1980, en edición de Carlos Alvar, pp. 45-52.]