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domingo, 6 de julio de 2025

Escritos escogidos.- Justus Möser (1720-1794)

 

I.-Selección de textos de las "Fantasías patrióticas"
34.-Ningún ascenso por méritos

  «Siento mucho, querido amigo, que se le reconozcan tan poco sus méritos; su reivindicación de que en un Estado se deberían reconocer única y exclusivamente los méritos auténticos es la cosa más insólita, con su permiso, que haya podido imaginar en una hora ociosa. Yo, por lo menos, premiado o no premiado, jamás permanecería en un Estado en el que se tuviese por norma dedicarle todo el honor exclusivamente al mérito. Premiado, no me hubiese atrevido a presentarme ante un amigo por temor a humillarlo demasiado; no premiado, hubiera vivido como  en una especie de ofensa pública, porque cualquiera hubiera podido decir de mí: "Este hombre no tiene méritos". Créame usted: mientras seamos hombres, es mejor que también la suerte y el favor distribuyan de cuando en cuando los premios a que la sabiduría humana los conceda a cada uno en virtud de sus méritos; es mejor que la cuna y la edad determinen como valores auténticos la jerarquía del mundo. Sí, me atrevo a decir que incluso no podría existir servicio alguno, si todo ascenso se basara exclusivamente en los méritos. Pues todos aquellos que tuviesen la misma esperanza que el ascendido -y ése, naturalmente, sería el caso de todos los que de alguna forma tuviesen una buena opinión de sí mismos- se ofenderían y se considerarían ultrajados. Su modo de pensar se volvería contra él, contra el servicio y contra el señor, se separarían con odio y enemistad, y en poco tiempo veríamos entre todos los soldados y empleados del Estado los altercados que normalmente se ven sólo en la Corte o en la Universidad, que es donde la fama de los méritos personales se tiene más en cuenta y que, por tanto, produce todas las faltas anteriormente mencionadas. Por el contrario, considere usted el caso en el que uno es ascendido por su elevada cuna; aquél, por los  muchos años de servicio y de cuando en cuando también por una feliz coincidencia, de manera que cada cual es muy libre de acariciar la idea de que el mundo no funciona por méritos; nadie podrá considerarse enseguida ultrajado; la propia estimación se tranquiliza, y se piensa: "La suerte y el tiempo también nos traerán nuestro turno". Con estos pensamientos disipamos nuestra preocupación, concebimos nuevas esperanzas, seguimos trabajando, soportamos a los felices y no se entorpece el servicio; en vez de que el alférez intente disimuladamente perjudicar al teniente y éste al capitán si el superior es antepuesto al inferior sólo por poseer más méritos. La mayor discordia tiene lugar por lo común entre los generales porque los cometidos principales exigen a veces mayores méritos. La desavenencia sería general si los oficiales ascendieran conforme a los principios por los que los generales son elegidos para los diferentes cometidos.
 ¡Cuántas injusticias se cometerían en un Estado bajo la apariencia de fomentar los méritos! El principio no es siempre un juez prudente; tampoco puede dominar todo desde su puesto. A éste le influirá un valido; a aquél una querida, y seguramente el zoquete más audaz eliminaría al artista más sencillo; el adulador obsequioso, al pacífico hombre honrado; el inquieto planeador, al funcionario de Hacienda experimentado, y el resplandor, siempre a la verdad. El príncipe, que muy probablemente no sería un gran hombre comprensivo y honrado al mismo tiempo, se encontraría en el mayor de los apuros o se convertiría, bajo el pretexto de premiar el mérito, en un déspota oriental que primero, según un principio parecido, nombraría a un esclavo primer ministro, mezclando todas las clases de hombres y convirtiéndose en un monstruo. El que quisiera vivir tranquilo en el mundo, disfrutar de la dulzura de la amistad, conservar la aprobación de los honrados y fomentar grandes proyectos, negaría sus méritos y tendría que tener sumo cuidado en evitar una recompensa material por los mismos.
 Si los hombres no hubiésemos sido creados así, si cada uno no tuviera la mejor opinión de sí mismo, sin duda sería diferente. Mientras conservemos nuestra forma de ser actual y nuestras pasiones, mientras de algún modo sea necesario que todos tengamos una buena opinión de nosotros mismos, me parece que el ascenso según los méritos es precisamente un medio para enmarañarlo todo. Ya ahora existe entre los militares una especie de ley por la que el oficial más antiguo tiene que retirarse si se le coloca delante uno más joven. ¿Qué sucedería entonces si el ascenso fuese según méritos, si de pronto el general ayudante, que ahora está destinado como consejero de un general de edad, fuese antepuesto a éste y a todos los demás? ¿No se ofendería a todos ellos públicamente colocándolos en la tesitura de tener que servir más tiempo, si es el mérito el que decide todo?
 Es verdad que un gran rey de nuestra época ha inventado un medio para calmar los ánimos en estos casos. Con frecuencia pasa por alto la jerarquía con respecto a los años de servicio, prefiere a uno más apto que al de mayor edad y asciende después de algún tiempo a uno de los ignorados de forma tan lisonjera, que todo postergado siempre estará en duda de si el rey lo reservó para un ascenso mejor o lo relegó por falta de méritos. Un procedimiento así tendrá que ser considerado como algo extraordinario; el empleo de esas medidas sólo conviene al señor, a quien su entendimiento y experiencia capacitan para su uso. En cualquier otra mano sería lo más peligroso para la tranquilidad de los hombres y el camino más claro para la esclavitud más extrema.
 Usted me objetará que en los casos de grandes méritos también se encuentra siempre humildad y moderación, y con ayuda de estas virtudes, el que es feliz se reconciliaría fácilmente con el que es infeliz y se ahogarían las sensaciones de odio y envidia que se podrían producir en el corazón de todo relegado en detrimento del servicio. Tan pronto como se reconozcan y recompensen los méritos públicamente se le estimarán a uno la humildad y la moderación sólo para la política, y en este sentido no se podrá esperar ningún cambio. Sí, quiero decir que muchas veces la humildad sólo aumenta el enfado del no recompensado, porque él no pocas veces desea encontrar una falta en el que es feliz para, por su propia tranquilidad, poderlo odiar de una forma tanto más legal; así somos los hombres. Además, el Estado no equilibra los méritos como el profesor de moral. Aquél prefiere, con razón, a grandes talentos, aun cuando éstos vayan acompañados de orgullo e inmodestia, que a una humildad menos hábil.
 Ese Estado también sería muy desgraciado si no poseyera muchos, muchísimos más hombres con méritos de los que él pudiese recompensar; con este supuesto siempre sería desagradable para muchísimos hombres el tenerse que imaginar que el recompensado también sería el más excelente entre todos, que cada banda de una condecoración indicaría al mejor caballero. Ahora bien, pueden pensar para su tranquilidad que la suerte y no el mérito ha elevado a ése, o repetir con el poeta: "Aquí cubre una gran estrella un corazón pequeño". Si todo funciona según méritos, desaparecería completamente el consuelo necesario, y el zapatero que con gran contento martillea en sus hormas, mientras pueda pensar que podría remedar algo superior a las zapatillas de la señora del alcalde, de ningún modo podría ser feliz si en el mundo se considerasen unos méritos.
 Por tanto, querido amigo, ¡deje que desaparezcan esos pensamientos exaltados sobre la felicidad de un Estado en el que todo habría de regirse según los méritos! Donde gobiernan hombres y sirven hombres, la cuna, la edad o los años de servicio son todavía la regla más segura y la menos ofensiva para los ascensos. Al genio creador o a la capacidad verdadera no le va a perjudicar esta regla; pero una excepción de este tipo es muy rara, y sólo ofenderá a los malos corazones.»

 [El texto pertenece a la edición en español de Editora Nacional, 1984, en edición preparada por Mª Luisa Esteve Montenegro, pp. 136-139. ISBN: 84-276-0647-8.]

domingo, 18 de junio de 2023

Cuando las palomas cayeron del cielo.- Sofi Oksanen (1977)


Sofi Oksanen - A Quattro Mani
Segunda parte

1963. Tallin. República Socialista Soviética de Estonia.

  «El techo crujía bajo las pisadas. El crujido se desplazaba hacia el armario lavamanos, de allí a la ventana, de la ventana al ropero y de nuevo al lavamanos. Los ojos del camarada Parts escrutaron el techo, con una tensión seca, sin pestañear. De vez en cuando oía a su mujer sentarse: la pata de la silla hacía una muesca en las tablas del suelo, el sonido a la altura de la frente de Parts. Se toqueteó una sien sudorosa, las venas palpitantes, pero los zapatos de su mujer no se detenían, seguían martilleando en el mismo sitio, el golpeteo labraba el suelo, hacía rechinar el techo pintado de marrón claro y desconchaba sus fisuras, causando un ruido insoportable que a Parts no le dejaba concentrarse en su trabajo.
 Cuando el reloj dio por fin las once, los muelles del colchón del dormitorio chirriaron y su eco áspero duró un instante. Luego reinó el silencio.
 El camarada Parts aguzó el oído. El techo no cedía, su contorno a lo largo de la moldura se mantenía estable, y el discreto balanceo de la araña se ralentizaba.
 Silencio.
 Había esperado ese momento todo el día, con paciencia y a ratos temblando de rabia. No obstante, la espera había avivado su entusiasmo, un entusiasmo brioso de los que ya rara vez experimentaba.
 Lo esperaba la máquina de escribir. A la luz cenital, el metal de la Optima relucía suavemente y el teclado resplandecía. El camarada Parts se estiró la chaqueta de lana, relajó las muñecas y curvó las manos en la posición correcta, como si se dispusiera a interpretar un concierto de piano ante un auditorio expectante. La obra se convertiría en un éxito, todo iría bien. No obstante, debía admitir que, siempre que se sentaba a la mesa de trabajo, el cuello de la camisa le apretaba.
 En el carro reposaba el folio que había quedado a medias la noche anterior, con sus correspondientes papel carbón y copia. Las muñecas de Parts ya estaban en alto, preparadas. Sin embargo, de pronto las retiró para apoyarlas sobre los pantalones planchados con raya. Miraba las palabras en el papel, las leyó varias veces musitándolas, saboreándolas y aceptándolas. La narración seguía pareciéndole clara y notó que el cuello de la camisa se aflojaba un poco. Animado, cogió la primera página de su manuscrito, se dirigió al centro de la habitación e imaginó un público ante el cual declamó despacio el párrafo inicial:
 —“¡De qué actos inconcebibles fueron capaces los malhechores estonios, de qué crímenes espantosos! Las páginas de esta investigación sacan a la luz conspiraciones fascistas y espeluznantes asesinatos. Aquí descubrirán los brutales métodos de tortura que con regocijo practicaron los nazis, disfrutando perversamente de su crueldad. Esta investigación pide justicia a gritos, ¡y no dejará piedra sin mover hasta esclarecer definitivamente los crímenes con que pretendieron exterminar a los ciudadanos soviéticos!”
 El camarada Parts acabó sofocado, igual que el propio texto, lo que consideró una buena señal. El principio era siempre lo más importante, debía poseer fuerza expresiva y atrapar, virtudes que éste tenía, además de adecuarse también a las directrices de la Oficina. Debía distinguirse de otros libros que abordaban la ocupación nazi. Disponía de tres años, ése era el tiempo que la Oficina le había concedido para la investigación y elaboración que requería el libro. Como prueba de confianza, el gesto era excepcional, incluso había recibido una Optima nueva para trabajar en casa, en su escritorio, pero ahora no se trataba de un panfleto de contrapropaganda, no era una lectura apropiada para los jóvenes sobre la amistad entre los pueblos ni un educativo libro de cuentos para niños, sino una obra que cambiaría el mundo, o sea, la gran patria y Occidente. El inicio tenía que dejar sin aliento.
 La idea había partido del camarada Porkov, que era un hombre pragmático; por eso le gustaban los libros y los beneficios que sus métodos podían proporcionarle. Los compradores de los libros pagaban los gastos de la operación. Por el mismo motivo le gustaban también las películas, pero esta rama no era la de Parts; lo suyo era la expresión literaria. Las palabras de Porkov no dejaban de alentarlo en los momentos de dudas, aunque Parts sabía que sólo se trataba de halagos: en su momento, el camarada capitán había declarado que lo recomendaba para la misión porque no conocía mejor mago de las palabras.
 Cuando se le asignó la tarea, había vivido un instante maravilloso. Sentados en el piso franco durante una de sus reuniones semanales, revisaban la situación de la red de contactos postales de Parts, quien ignoraba completamente los planes que Porkov le tenía reservados. Tampoco sabía que Moscú ya había revisado su expediente y dado su aprobación, ni que en adelante su prioridad no sería ya la amplia correspondencia con Occidente, sino algo muy distinto. De improviso, el camarada Porkov anunció que ése era el momento adecuado. Algo desconcertado, Parts solicitó una aclaración, y Porkov respondió:
 —Para que usted, camarada Parts, se convierta en escritor.
 Recibiría un adelanto considerable: tres mil rublos. La mitad sería para Porkov, porque había realizado parte del trabajo en su lugar y seleccionado los materiales de los cuales surgiría la obra. La documentación se hallaba ahora bajo llave en el armario de Parts: dos maletas de libros que trataban de la ocupación nazi, entre ellos también algunos publicados en Occidente y no destinados a ciudadanos soviéticos. Parts había echado un vistazo al material y decidido la línea editorial a seguir: en primer lugar, y puesto que en Occidente tenían una impresión muy distinta, la obra debía dejar muy claro que la Unión Soviética estaba especialmente interesada en esclarecer los crímenes nazis, incluso más que los países occidentales. Al nombre «Unión Soviética» se le añadirían los adjetivos “justa” y “democrática” siempre que fuera posible, dado que en Occidente no se la veía de esa manera.
Cuando las palomas cayeron del cielo (Narrativa): Amazon.es ... En segundo lugar, debía clarificarse el tema de los emigrantes estonios, pues la mayor parte de los materiales recabados por Parts eran fruto de la pluma de prolíficos refugiados. Al parecer, el Politburó estaba alarmado por su fuerza y sus opiniones antisoviéticas, que denigraban a la patria. Y como en Moscú se mostraban preocupados, era el momento de tomar medidas al respecto. El mismo Parts no habría hallado mejor solución que presentar a los emigrantes bajo una luz que a ojos de los occidentales los convirtiese en poco fiables. Cuando quedara en evidencia el talante fascista de los nacionalistas estonios, la Unión Soviética recibiría a los traidores en bandeja, pues en los países occidentales no querrían proteger a los nazis; los criminales habrían de ser entregados a la justicia. Nadie volvería a prestar oídos a las quejas y súplicas de los emigrantes estonios, nadie se atrevería a apoyarlos públicamente, pues eso se interpretaría como apoyo al fascismo, y al gobierno en el exilio de Estonia se lo tacharía de sociedad secreta de escoria fascista. Ni siquiera se requerirían pruebas, con sembrar la duda bastaría. Sólo un indicio, apenas un susurro.
 —Por supuesto, su experiencia personal le añadirá color —había comentado Porkov al revelarle a Parts su nueva misión.
 Nunca habían hablado sobre su pasado, pero Parts captó la insinuación: no había motivos para ocultar las razones por las que él había sido deportado a Siberia. Ahora esas mismas razones se habían convertido en méritos, la etapa vivida en la isla de Staffan había revertido en su provecho, convirtiéndose en valiosa experiencia.
 —No hubiéramos conseguido erradicar tan bien a esos parásitos nacionalistas sin su ayuda. Algo así no se olvida, camarada Parts —había concluido Porkov.
 Parts había tragado saliva. Aunque al decirlo de esa manera Porkov dio a entender que podía hablar con él del asunto libremente, Parts prefería no explayarse sobre ese aspecto de su vida, porque al mismo tiempo lo comprometía. Porkov habría deseado continuar con el tema, pero Parts se limitó a sonreír.
 —Entre nosotros, puedo decirle que el Comité para la Seguridad Nacional seguramente nunca ha recibido informaciones más completas sobre las actividades antisoviéticas de Estonia: todos esos enlaces, espías ingleses, bandidos del bosque, direcciones… Un trabajo notable, camarada Parts. Sin usted, no hubiéramos dado con la ruta de fuga a Occidente empleada por el fascista Linnas, por no hablar de todos los traidores que ayudaban a los emigrantes estonios y cuya identidad hemos descubierto gracias a su colaboración.
 Parts se sintió desnudo. Porkov le refería aquello simplemente para darle a entender que lo sabía todo de él. Por supuesto que Parts ya se lo imaginaba, pero decirlo en voz alta era una demostración de fuerza. Era una táctica muy conocida. Obligó a su mano a permanecer quieta cuando ésta se movía para comprobar si el pasaporte continuaba en el bolsillo de la pechera. Mantuvo las piernas inmóviles, miró a Porkov y sonrió antes de decir:
 —Mis misiones en el frente antialemán me permitieron familiarizarme con la actividad de los nacionalistas estonios, la conozco muy bien. Me atrevo a afirmar que soy un experto en nacionalismo.
 El libro sería editado por Eesti Raamat. Porkov se ocuparía de que las cosas marcharan sobre ruedas. Él podría ir preparándose para firmar el contrato de edición, para la fiesta de lanzamiento, poner a enfriar el champán, encargar una tarta Napoleón y claveles para su mujer. Se harían traducciones, muchas. Habría condecoraciones. Tiradas enormes. En las celebraciones antifascistas le reservarían un lugar de honor.
 Podría dejar su trabajo tapadera en la garita de vigilancia de la fábrica Norma. Los adelantos y los sobres marrones de la Oficina bastarían para vivir bien.
 Podría ponerse gas en casa.
 Desde luego, no daba crédito a su buena suerte.
 Únicamente había un problema a la hora de trabajar: en su casa no había la menor tranquilidad. El camarada Parts había insinuado que necesitaba un despacho de investigador, pero el asunto estaba estancado, y a su mujer no podía revelarle la naturaleza de su misión, ni siquiera con la esperanza de que la importancia del cometido la hiciera controlar sus crisis de nervios. Parts regresó a su escritorio, se desabotonó el cuello de la camisa. Había que poner manos a la obra, Porkov esperaba ya un aperitivo, los primeros capítulos, había tanto en juego… el resto de su vida. »

    [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Salamandra, 2012, en traducción de Luisa Gutiérrez Ruiz, pp. 81-86. ISBN: 978-8498385519.]

jueves, 21 de marzo de 2019

La isla del Ángel Caído.- Carlo Lucarelli (1960)


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El primer día
Tres

«No había nacido para ser policía.
 Su padre no lo había matriculado en la facultad de derecho para que se hiciera madero, sino Funcionario del Estado, como él mismo. Y cuando lo decía, levantando un dedo y una ceja blanca sobre la frente huesuda, con su boca de labios finos y bigote como Giovanni Giolitti, en ese "Funcionario" y en ese "Estado" se notaban las mayúsculas.
 Cuando nació, por la mañana temprano del día 29 de diciembre de 1895, su padre era prefecto de Turín con el gobierno de Francesco Crispi, como el bisabuelo, que lo había sido en Trieste con el emperador de Austria y como el abuelo en Milán, prefecto de Francisco José I y de Cavour más tarde, porque, como él decía, "el Estado es el Estado, hable la lengua que hable".
 Los tres colgaban de las paredes del salón antiguo: Bisabuelo, Abuelo y Padre, con una pose inmóvil y circunspecta, y las dimensiones de los retratos eran exactamente iguales, idéntica anchura, idéntica altura, con la misma moldura delgada y negra, como las de los muebles de oficina. Cuando era un niño de pelo rizado con bucles cayéndole por el cuello de marinerito, se paraba a veces ante la rendija de la puerta entornada y los miraba a escondidas. Había un espacio vacío entre el último cuadro y el rincón de la pared y su madre le había dicho que en aquel hueco de la pared, tan blanco que casi deslumbraba, algún día estaría él. Desde entonces, cada vez que tenía que pasar solo por delante de aquel cuarto de muebles grandes y silenciosos cubiertos por intocables tapetes de encaje, se paraba junto a la puerta y espiaba con cuidado, y luego echaba a correr hasta el final del pasillo por miedo a que los hombres de los cuadros salieran de la pared para agarrarlo y absorberlo al vacío de aquel deslumbrante espacio blanco.
 Cuando se licenció, con tres años de retraso por culpa de la guerra, era el mes de marzo de 1922 y para entonces ya sabía cuáles serían su destino, su vida y su camino. Pero la imagen de aquel hueco en la pared por las noches le cortaba la respiración, ahogándolo de miedo y de angustia, y cuando por fin se decidió a hablar con su padre y decirle que tal vez él no era, que mejor sería que y que tal vez no era el caso, cuando se decidió a hablar con él, su padre lo recibió precisamente en el salón antiguo, al pie de los cuadros de los prefectos. En la mesa grande tenía la solicitud de admisión al concurso para el puesto de comisario de policía, y encima la estilográfica ya lista para firmar. La policía, explicó con el dedo, el bigote y la ceja levantados, sólo era el paso más rápido hacia la prefectura. Sólo un paso, derecho y expedito, hacia el cuadro. Ya tenía encargado el marco.
 Su padre murió a finales de verano de aquel año. Murió por la mañana, mientras los agentes de guardia pegaban en los tableros de la prefectura la lista con los resultados del concurso, en la que él, que aún no lo sabía, figuraba el primero. Lo último que le dijo, dando estertores entre los bigotes que el hálito acre de la enfermedad había amarilleado y agarrándole del brazo con los dedos enflaquecidos de muerte y decrepitud, lo último que le dijo, resoplando con fuerza para ahogar el murmullo del cura que había junto a él, lo último fue: "Recuerda, hijo mío, recuerda: el Sentido del Estado".
 Así fue como, siendo vicecomisario adjunto en Ferrara, el 15 de marzo de 1923, encontró a los cuatro sujetos que en Comacchio habían degollado a un socialista durante una pelea en un bar, y sin ser él de ese partido, ni fascista ni popular ni liberal ni nada, sino solamente un vicecomisario adjunto, los arrestó y los metió en la cárcel.
 Pero aquellos cuatro pertenecían a las escuadras de acción fascistas del dirigente Italo Balbo, héroe de la marcha sobre Roma, amigo personal de su excelencia el Duce y, en realidad, el amo de Ferrara. Y antes de que terminara el mes, fue ascendido a comisario y destinado a la isla, promoción que era poco menos que una broma.
 La comisaría de la isla era la más pequeña de Italia; no estaban más que él y un brigadier.
 En todo esto iba pensando el comisario mientras esperaba en la calle, apoyado de espaldas en la pared de la enfermería, la mirada fija en el suelo y los brazos cruzados sobre la chaqueta oscura del uniforme, a que el doctor terminara de examinar con calma el cadáver del camisa negra. En mente tenía, entre el frío cálculo de horas de luz, de corrientes y de mareas, la duda torturadora de no estar a la altura. En el corazón, la sensación sutil de que en lo alto del peñasco mejor hubiera estado callado. En los oídos, traída por un soplo imperceptible de viento, aquella voz remota, infantil y molesta que casi al límite de los sentidos seguía repitiendo "Ludovico".»
 
    [El texto pertenece a la edición en español de Mds Books/ Mediasat, 2003, en traducción de Juan Manuel Salmerón. ISBN: 84-96200-16-7.]

jueves, 4 de enero de 2018

Wilt.- Tom Sharpe (1928-2013)


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1

«-Lo que pasa con Wilt, en mi opinión, es que le falta empuje -dijo el jefe del Departamento de Inglés, que era por su parte, un hombre débil que tendía a enfocar y resolver los problemas con un grado de error que compensaba su falta natural de autoridad.
 El Comité de Ascensos asintió con un gesto global de cabeza por quinto año consecutivo.
 -Quizá le falte empuje, pero es un individuo comprometido -dijo el señor Morris, librando su combate anual desde la retaguardia en favor de Wilt.
 -¿Comprometido? -preguntó con bufido el jefe del Departamento de Abastecimiento-. ¿Comprometido con qué? ¿El aborto, el marxismo o la promiscuidad? Ha de ser con una de esas tres cosas. Aún no he conocido ni a un solo profesor auxiliar de Humanidades que no fuese un chiflado, un pervertido o un revolucionario radical, y muchos de ellos eran las tres cosas.
 -Bien, bien -dijo el jefe del Departamento de Ingeniería Mecánica, en cuyos tornos un alumno chiflado había fabricado varias bombas de tubería.
 El señor Morris se encrespó.
 -Admito que uno o dos profesores auxiliares han sido... en fin... un poco exaltados políticamente, pero rechazo la imputación de que...
 -Dejemos las generalidades a un lado y volvamos a Wilt -cortó el subdirector-. Decía usted que es una persona comprometida.
 -Necesita aliento -dijo el señor Morris-. Demonios, el hombre lleva diez años con nosotros y aún sigue en el Grado Dos.
 -Eso es precisamente lo que quiero decir yo cuando digo que no tiene empuje -dijo el jefe de Departamento de Inglés-. Si se hubiese merecido un ascenso, ya se le habría nombrado profesor titular.
 -He de decir que estoy de acuerdo -dijo el jefe del Departamento de Geografía-. Un individuo que acepta pasar diez años con Instalaciones de Gas y Lampistería es evidente que no tiene condiciones para desempeñar un puesto administrativo.
 -¿Tenemos que ascender únicamente por razones administrativas? -preguntó cansinamente el señor Morris-. Da la casualidad de que Wilt es un excelente profesor.
 -Si se me permite un comentario -dijo el doctor Mayfield, jefe del Departamento de Sociología-, en este momento es vital que tengamos en cuenta que, dada la introducción inminente del título de licenciatura especial conjunta en Estudios Urbanos y Poesía Medieval, título cuya aprobación provisional por el Consejo Nacional de Títulos Académicos tengo el placer de anunciar, al menos en principio, mantengamos una actitud viable en cuanto al personal en lo que respecta a los profesores titulares, adjudicando plazas a candidatos con conocimientos especializados en esferas determinadas de la actividad académica en vez de...
 -Si se me permite interrumpir sólo por un momento -dijo el doctor Board, titular de Idiomas Modernos-, ¿quiere usted decir que deberíamos tener puestos de profesores titulares para especialistas muy cualificados que no saben enseñar en vez de ascender a profesores auxiliares sin doctorado que sí saben?
 -Si el doctor Board me hubiese permitido continuar -dijo el doctor Mayfield- habría podido entender que lo que yo decía...
 -Dudo que -continuó el doctor Board-, prescindiendo de su sintaxis...
 Y así por quinto años consecutivo se olvidó el ascenso de Wilt. La Escuela de Artes y Oficios Fenland se estaba ampliando. Proliferaban los cursos nuevos y aparecían más estudiantes con menos cualificaciones para que les enseñasen más profesores con más cualificaciones, hasta que un día la escuela dejase de ser una mera Escuela de Artes y Oficios y ascendiese de estatus pasando a ser Escuela Politécnica. Era el sueño de todo jefe de departamento y mientras tanto se ignoraban el amor propio de Wilt y las esperanzas de Eva Wilt.
 Wilt se enteró de la noticia justo antes de comer en la cantina.
 -Lo siento, Henry -dijo el señor Morris cuando hacían cola con sus bandejas-, es esta condenada presión económica. Tuvieron que hacer una reducción hasta en Idiomas Modernos. Sólo hubo dos ascensos.
 Wilt asintió con un cabeceo. Era lo que había llegado a esperar. Un departamento inadecuado, un matrimonio inadecuado y una vida inadecuada. Se llevó sus filetes de pescado a una mesa de un rincón y comió solo. A su alrededor otros miembros del personal discutían las perspectivas del Nivel A y quién se sentaría en el Comité de curso al año siguiente. Enseñaban Matemáticas o Economía o Lengua, materias que contaban y donde el ascenso era fácil. Humanidades no contaba y no se planteaba el ascenso. Era así de sencillo. Wilt terminó su almuerzo y subió a la biblioteca de libros de referencia a buscar insulina en la farmacopea. Tenía entendido que era el único veneno indetectable.
 
A las dos menos cinco, sin saber más que antes, bajó al aula 752 a ampliar la sensibilidad de quince aprendices de carnicero, designados en el tablón de horarios como Carne Uno. Como siempre llegaron tarde y borrachos.
 -Hemos estado bebiendo a la salud de Bill -se excusaron cuando fueron entrando a las dos y diez.
 -¿De veras? -dijo Wilt, entregándoles ejemplares de El señor de las moscas-. ¿Y qué tal está Bill?
 -Muy mal -dijo un joven grande que tenía pintado en la espalda de su chaqueta de cuero "Puaf"-. Vomita sin parar. Es su cumpleaños y se tomó cuatro vodkas y un Babycham...
 -Estábamos en la parte en que Piggy está en el bosque -dijo Wilt, desviándoles de una enumeración de todo lo que había bebido Bill por su cumpleaños. Cogió el borrador y borró de la pizarra el dibujo de un diafragma.
 -Ésa es la marca de fábrica del señor Sedgwick -dijo uno de los carniceros-. Siempre está hablando de anticonceptivos y cosas así. Está obsesionado con eso.
 -¿Que está obsesionado con eso? -dijo lealmente Wilt.
 -Sí, ya sabe, control de la natalidad. Bueno, antes era católico, ¿no? Y ahora ya no lo es, y quiere compensar el tiempo perdido -dijo un jovencito de pálido rostro desenvolviendo un caramelo.
 -Alguien debería hablarle de la píldora -dijo otro joven alzando soñoliento la cabeza de la mesa-. Con el chisme ese no puedes sentir nada. La píldora es mucho más emocionante.» 
 
 
 [El extracto pertenece a la edición en español de RBA Editores, 1992, en traducción de J. M. Álvarez Flórez. ISBN: 84-473-0011-0.] 
 

jueves, 29 de junio de 2017

"Te trataré como a una reina".- Rosa Montero (1951)


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15

«Cuando Antonio llegó aquella mañana de lunes a la Delegación Nacional de Reconversión de Proyectos se encontró con que el pasillo del tercer piso, aquel que conducía a su despacho, estaba particularmente atiborrado de papelajos y en un estado de desorden poco usual. Tal era el caos que, en ciertos tramos del corredor, el viandante se veía obligado a pasar por encima de pequeñas colinas de informes grapados y carpetas roñosas, que llegaban a cubrir la totalidad del suelo disponible. Antonio vadeó el mar de legajos, asqueado, procurando poner los pies allí donde las huellas de unas suelas de goma le marcaban el camino de sus antecesores en el tránsito, y cuando alcanzó su puerta se sentía medio enfermo. Le solía suceder, con el desorden. Le entraban náuseas y mareos. Era su fobia, lo había leído en un libro de psiquiatría. Hubo una época en la que Antonio leyó muchos libros de psiquiatría. Eso fue hace muchos años, cuando Antonio era muy joven y todavía se asustaba al saberse tan distinto a los demás. Pero después aprendió a no tener miedo y a enorgullecerse de su diferencia.
 Para colmo de males, cuando entró en el despacho encontró a Benigno agitadísimo. Desde luego, era lunes y los lunes parecían afectar al secretario de un modo curiosísimo, le ponían verborreico, exultante y saltarín. Insoportable. En una ocasión Antonio le preguntó el por qué de tanto entusiasmo y el viejo contestó que era la alegría de la vuelta al trabajo.
 -Es que, figúrese usted, don Antonio -le explicaba-. Los fines de semana, en casa, no tengo nada que hacer. No veo a nadie, no hablo con nadie... No es que me queje, válgame Dios, no me puedo quejar, pero... A veces, por la noche, cuando me acuesto, no encuentro nada en qué pensar antes de dormirme. Porque durante el día no ha pasado nada, ¿sabe?, es una cosa así como un vacío... Y en la oficina, en cambio, es otra cosa.
 Pero, aún contando con la habitual algarabía de los lunes, el estado de nervios de Benigno en esta ocasión era excesivo.
 -Buenos días, don Antonio -dijo el anciano brincando solícitamente a su alrededor-. ¿Se encuentra usted bien? ¿Ha tenido un fin de semana satisfactorio? Y su encantadora hermana, ¿se encuentra bien también, como espero y anhelo? Alguna vez, si usted me lo permite, claro está, quisiera ir a visitar a su adorable hermana para presentarle mis respetos. Desde aquel día en que usted tuvo a bien el presentármela cuando nos encontramos casualmente, yo...
 -Dígame, Benigno -cortó Antonio, desabrido y aún mareado-. Dígame, ¿sabe usted por qué está el pasillo así de sucio?
 -Oh, sí, don Antonio. Yo, al llegar, porque ya sabe usted que suelo llegar pronto, a mi edad ya no se duerme bien; bueno, pues al llegar me hice, con perdón, la misma pregunta que usted, y estaba en esas dubitaciones, aquí solo, eran como las nueve menos cuarto, no, miento, las nueve menos veinte, exactamente las nueve menos veinte, porque en ese instante llegó el conserje y me preguntó la hora, al parecer el pobre hombre padece una enfermedad de estómago y ha de tomarse unas píldoras que...
 -Hágame el favor de ir al grano, ¿quiere?
 -Sí, don Antonio. Pues estaba servidor aquí a las nueve menos veinte y el conserje, después de contarme lo de su enfermedad, me dijo: oiga, ¿sabe usted...? Porque el conserje es un hombre muy enterado de todo lo que pasa en la casa, lleva aquí desde...
 -Benigno, por favor, abrevie.
 -Sí, don Antonio, disculpe, ya voy. Pues me dijo: oiga, ¿sabe usted lo del señor Ortiz? Y yo le dije: pues no. Y él me dijo: pues fíjese, que han elevado su negociado a la categoría de departamento y a él le han nombrado director, ahora es el Director del Departamento de Estudios Financieros. Y han trasladado el negociado, es decir, el departamento, al edificio nuevo, y por lo visto le han puesto en un despacho estupendo, con moqueta, aire acondicionado, dos ventanas a la calle, fíjese usted, don Antonio, dos ventanas a la calle, y le han asignado una secretaria además de los tres subordinados que tenía, ocupan tres habitaciones, no le digo más. Y el sábado hicieron la mudanza y dejaron todos los papeles viejos que no necesitaban, usted ya sabe que el señor Ortiz heredó ese negociado del señor Fernández, y el señor Fernández tenía al parecer un desorden tremendo, no es por hablar mal del señor Fernández, que en paz descanse el pobre hombre, pero eso es lo que dicen. De modo que dejaron todos los papeles que no necesitaban y los ordenanzas los han sacado al pasillo porque por lo visto van a meter parte de los archivos centrales en el viejo despacho del señor Ortiz y necesitaban espacio. Fíjese usted, con lo joven que es el señor Ortiz, no lleva ni tres años en la casa...
 Ortiz, un universitario analfabeto, un zafio ejecutivo, un arribista. Antonio se pasó la lengua por los labios: tenía la boca seca y un sabor terroso entre los dientes. Mostrenco Ortiz, pomposo economista. De estos que lo único que saben hacer es colgar el título de la pared. Departamento, ventana, dos moquetas. O al revés. Y a él, mientras tanto, le condenaban al destierro burocrático, el ostracismo de Antonio, Antonio el ostracista. Una marea de papeles y el abismo. Qué despropósito de vida. Esa larga lucha en solitario contra el mundo. Contra la mala suerte y la desgracia. Qué maldición le hizo nacer de un padre manirroto, y heredar las deudas y las ruinas, y verse obligado a depender de este trabajo administrativo que él odiaba, chinche de archivo, chupatintas miserable, en una delegación ministerial tan inútil que hasta su propio nombre era un absurdo, Reconversión de Proyectos, Proyección de Reconversiones, Versión de Reproyectos. Y vegetar aquí, postergado, olvidado, muerto en vida, condenado a un negociado sin despacho que compartía ignominiosamente con Benigno. Los otros, esta nueva leva de ambiciosos, jóvenes agresivos sin sustancia, huían como ratas del viejo caserón, se promocionaban con sucias martingalas y conseguían ser trasladados al edificio nuevo, mármoles y hormigón, fachada en calle principal y maceteros. Y a él le arrinconaban en el viejo edificio, que se hundía pesadamente como un ballenato arponeado y que le arrastraría en su decadencia, estrafalaria y fantasmal. Una marea de papeles y las tinieblas avanzando.»
 

lunes, 22 de junio de 2015

"Rojo y Negro".- Stendhal (1783-1842)


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Capítulo XXIX: Un primer ascenso
 
 "Antes de marcharme, quiero hacer algo por usted; hace ya dos meses que lo hubiera hecho, ya que usted se lo merece, si no hubiera sido por aquella denuncia fundada en la dirección de Amanda Binet, que encontraron en su cuarto. Lo hago a usted pasante para el Nuevo y el Antiguo Testamento."
 Julián lleno, de agradecimiento, pensó en arrodillarse y darle gracias a Dios, pero terminó por obedecer a un sentimiento más auténtico. Se acercó al padre Pirard, y le tomó la mano, llevándola a sus labios.
 -¿Qué hace usted? -exclamó el director enfadado. Pero los ojos de Julián decían aún mucho más que su acción.
 El padre Pirard lo miró con sorpresa, como un hombre que, desde hace largos años, ha perdido la costumbre de tropezarse con emociones delicadas. Aquella atención emocionó al director; su voz se alteró.
 -¡Pues bien, sí, hijo mío! Te tengo cariño. El cielo sabe muy bien que a pesar mío. Debería ser justo y no sentir ni odio ni amor hacia nadie. Tu carrera será penosa. Veo en ti algo que ofende a lo vulgar. La envidia y la calumnia te perseguirán. En cualquier lugar donde te coloque la Providencia, tus compañeros no podrán verte nunca sin aborrecerte; y si fingen quererte, será para traicionarte con más facilidad. En tu caso no hay más que un remedio: no recurras más que a Dios, que te ha dado, para castigarte de tu presunción, esa necesidad de ser aborrecido. Que tu conducta sea pura: es el único recurso que yo veo para ti. Si te agarras a la verdad con un abrazo invencible, tus enemigos se verán confundidos tarde o temprano.
 Hacía tanto tiempo que Julián no había oído una voz amiga, que hay que perdonarle su debilidad: se echó a llorar. El padre Pirard le abrió los brazos; aquel momento fue muy dulce para ambos.
 Julián estaba loco de alegría; aquel ascenso era el primero que obtenía. Presentaba inmensas ventajas. Para poder concebirlas, sería preciso haber sido condenado a pasar meses enteros sin tener ni un instante de soledad y en contacto inmediato con unos compañeros, cuando menos inoportunos; la mayoría, intolerables. Con sólo sus gritos hubiera bastado para llevar el desorden a un organismo delicado. [...]
 Ahora Julián comía solo, o casi solo, una hora más tarde que los demás seminaristas. Tenía una llave del jardín y podía pasearse por allí en las horas en que se encontraba desierto.
 Para su gran sorpresa, Julián comprobó que lo aborrecían menos que antes. Él se esperaba todo lo contrario, un recrudecimiento del odio. [...] El odio disminuyó sensiblemente, sobre todo entre los más jóvenes de sus compañeros, que se habían convertido en sus alumnos y a los que él trataba con mucha cortesía. Poco a poco, tuvo incluso partidarios: se hizo de mal tono llamarle Martín Lutero.
 Pero, ¿para qué nombrar aquí a sus amigos y a sus enemigos? Todo esto es feo, y tanto más feo cuanto que el fondo es más verdadero. Los curas son, sin embargo, los únicos profesores de moral que tiene el pueblo y sin ellos, ¿qué sería de él? ¿Podrá alguna vez el periódico sustituir al cura?
 Desde la concesión del nuevo cargo de Julián, el director del seminario trató de no hablarle nunca a no ser ante testigos. Su conducta era prudente, tanto para el maestro como para el discípulo, pero, sobre todo, era una forma de poner a prueba a Julián. El invariable principio del severo janseanista Pirard era: "¿Tiene un hombre mérito a sus ojos? Ponga obstáculos a todo lo que desee, a todo lo que emprenda. Si el mérito es auténtico, sabrá superar o sortear los obstáculos". [...]
 Hubo por entonces un reclutamiento del que Julián se vio exento, en su calidad de seminarista. Aquella circunstancia le impresionó profundamente".