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domingo, 19 de octubre de 2025

Los nueve libros de la Historia.- Heródoto (c. 484 a.C. - c. 425 a.C.)

 

 Libro primero: Clío

  «131.- Sé que los persas observan los siguientes usos: no acostumbran erigir estatuas, ni templos, ni altares y tienen por insensatos a los que lo hacen; porque, a mi juicio, no piensan, como los griegos, que los dioses tengan figura humana. Acostumbran hacer sacrificios a Zeus, llamando así a todo el ámbito del cielo; subidos a los montes más altos sacrifican también al sol, a la luna, a la tierra, al agua y a los vientos; éstos son los únicos dioses a los que sacrifican desde un comienzo; pero después han aprendido de los asirios y de los árabes a sacrificar a Afrodita Urania; a Afrodita los asirios la llaman Milita, los árabes Alilat y los persas Mitra.
 132.- Sacrifican los persas a los dioses indicados del modo siguiente: no levantan altares ni encienden fuego cuando se disponen a sacrificar, ni emplean libaciones, ni flautas, ni coronas, ni granos de cebada. Cuando alguien quiere sacrificar a cualquiera de esos dioses, conduce la res a un lugar puro y llevando la tiara ceñida las más veces con mirto, invoca al dios; no le está permitido al que sacrifica implorar bienes en particular para sí mismo; se ruega por la dicha de todos los persas y del rey, porque en el número de los persas está comprendido él mismo. Después de cortar la carne, hace un lecho de hierba más suave, y especialmente de trébol, y pone sobre él todas las carnes. Una vez que las ha colocado, un mago entona allí una teogonía -tal, según dicen, es el canto- pues su usanza es no hacer sacrificios si no hay un mago. Después de unos instantes, se lleva el sacrificante la carne y hace de ella lo que le agrada.
 133.- Acostumbran a celebrar de preferencia a todos el día del nacimiento. En ese día creen justo servir una comida más abundante que en los otros; los ricos sirven un buey, un caballo, un camello y un asno enteros asados en el horno y los pobres sirven reses menores. Usan pocos platos fuertes, pero sí muchos postres, y no juntos. Por eso dicen los persas que los griegos cuando están comiendo se levantan con hambre, puesto que, después de la comida, nada se sirve que merezca la pena, pero si se sirviera no dejarían de comer. Son muy aficionados al vino. No está permitido vomitar ni orinar delante de otro. Ésas, pues, son las normas que observan. Acostumbran deliberar sobre los negocios más grandes cuando están borrachos. Lo que entonces les parece bien lo proponen al día siguiente, cuando están sobrios, al amo de la casa en que están deliberando, y si lo acordado también les parece bien cuando sobrios, lo ponen en ejecución; y si no, lo desechan. Y lo que hubieran resuelto estando sobrios, lo resuelven de nuevo hallándose borrachos.
 134.- Cuando se encuentran dos por los caminos, puede conocerse si son de una misma clase los que se encuentran por esto: en lugar de saludarse de palabra, se besan en la boca; si el uno de ellos fuese de condición algo inferior, se besan en la mejilla; pero si el uno fuese mucho menos noble, se postra y reverencia al otro. Estiman entre todos, después de ellos mismos, a los que viven más cerca; en segundo lugar, a los que siguen a éstos y, después, proporcionalmente a medida que se alejan, y tienen en el más bajo concepto a los que viven más lejos de ellos; creen ser ellos mismos, con mucho, los hombres más excelentes del mundo en todo sentido, y que los demás participan de virtud en la proporción dicha, siendo los peores los que viven más lejos de ellos. Cuando dominaban los medos, unos pueblos mandaban a los otros; y los medos mandaban sobre todos y sobre los que vivían más cerca; éstos a su vez sobre los limítrofes; éstos sobre sus vecinos inmediatos, en la misma proporción que observan los persas; pues así cada pueblo a medida que se alejaba, dependía del uno y mandaba al otro.
 135.- De todos los hombres los persas son los que más adoptaron las costumbres extranjeras. En efecto, llevan el traje medo, teniéndolo por más hermoso que el suyo, y para la guerra el peto egipcio; se entregan a toda clase de deleites que llegan a su noticia y así, de los griegos, aprendieron a tener amores con muchachos. Cada cual toma muchas esposas legítimas y mantiene muchas más concubinas.
 136.- El mérito de un persa, después del valor militar, consiste en tener muchos hijos; y todos los años el rey envía regalos al que presenta más, porque consideran que la cantidad hace fuerza. Enseñan a sus hijos, desde los cinco hasta los veinte años, sólo tres cosas: montar a caballo, tirar al arco y decir la verdad. El niño no se presenta a la vista de su padre antes de tener cinco años, vive entre las mujeres de la casa; y esto se hace con la mira de que, si el niño muriese durante su crianza, ningún disgusto cause a su padre.
 137.- Alabo, en verdad, esa costumbre y alabo también, en verdad, esta otra: por una sola falta, ni el mismo rey impone la pena de muerte, ni otro alguno de los persas castiga a sus familiares con pena irreparable por una sola falta, sino que, si después de calcular halla que los delitos son más y mayores que los servicios, cede a su cólera. Dicen que nadie hasta ahora ha dado muerte a su padre ni a su madre y que cuantas veces sucedió tal cosa si se la hubiese investigado resultaría de toda necesidad que los hijos eran supuestos o adulterinos; porque, afirman, no es verosímil que los verdaderos padres mueran a manos de su propio hijo.
 138.- Lo que entre ellos no es lícito hacer, tampoco es lícito decirlo. Tienen por la mayor infamia el mentir y, en segundo término, contraer deudas, por muchas razones, y principalmente porque dicen que necesariamente ha de ser mentiroso el que esté adeudado. El ciudadano que tuviese lepra o albarazos no se acerca a la ciudad ni tiene comunicación con los otros persas, y dicen que tiene ese mal por haber pecado contra el sol. A todo extranjero que lo padece le echan del país, y también a las palomas blancas, alegando el mismo motivo. En los ríos ni orinan ni escupen ni se lavan las manos en ellos, ni permiten que nadie lo haga; antes, los veneran en extremo.
 139.- Otra cosa les acontece que se les ha escapado a los persas, pero no a mí: los nombres corresponden a las personas y sus nobles prendas y terminan todos con una misma letra, que es la que los dorios llaman san y los jonios sigma. Si lo averiguas, hallarás que todos los nombres de los persas, y no unos sí y los otros no, acaban de la misma manera.»

 [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Orbis, 1982, en selección antológica de Natalia Palomar Pérez y traducción de María Rosa Lida, pp. 68-72. ISBN: 84-7530-129-0.]

domingo, 6 de julio de 2025

Escritos escogidos.- Justus Möser (1720-1794)

 

I.-Selección de textos de las "Fantasías patrióticas"
34.-Ningún ascenso por méritos

  «Siento mucho, querido amigo, que se le reconozcan tan poco sus méritos; su reivindicación de que en un Estado se deberían reconocer única y exclusivamente los méritos auténticos es la cosa más insólita, con su permiso, que haya podido imaginar en una hora ociosa. Yo, por lo menos, premiado o no premiado, jamás permanecería en un Estado en el que se tuviese por norma dedicarle todo el honor exclusivamente al mérito. Premiado, no me hubiese atrevido a presentarme ante un amigo por temor a humillarlo demasiado; no premiado, hubiera vivido como  en una especie de ofensa pública, porque cualquiera hubiera podido decir de mí: "Este hombre no tiene méritos". Créame usted: mientras seamos hombres, es mejor que también la suerte y el favor distribuyan de cuando en cuando los premios a que la sabiduría humana los conceda a cada uno en virtud de sus méritos; es mejor que la cuna y la edad determinen como valores auténticos la jerarquía del mundo. Sí, me atrevo a decir que incluso no podría existir servicio alguno, si todo ascenso se basara exclusivamente en los méritos. Pues todos aquellos que tuviesen la misma esperanza que el ascendido -y ése, naturalmente, sería el caso de todos los que de alguna forma tuviesen una buena opinión de sí mismos- se ofenderían y se considerarían ultrajados. Su modo de pensar se volvería contra él, contra el servicio y contra el señor, se separarían con odio y enemistad, y en poco tiempo veríamos entre todos los soldados y empleados del Estado los altercados que normalmente se ven sólo en la Corte o en la Universidad, que es donde la fama de los méritos personales se tiene más en cuenta y que, por tanto, produce todas las faltas anteriormente mencionadas. Por el contrario, considere usted el caso en el que uno es ascendido por su elevada cuna; aquél, por los  muchos años de servicio y de cuando en cuando también por una feliz coincidencia, de manera que cada cual es muy libre de acariciar la idea de que el mundo no funciona por méritos; nadie podrá considerarse enseguida ultrajado; la propia estimación se tranquiliza, y se piensa: "La suerte y el tiempo también nos traerán nuestro turno". Con estos pensamientos disipamos nuestra preocupación, concebimos nuevas esperanzas, seguimos trabajando, soportamos a los felices y no se entorpece el servicio; en vez de que el alférez intente disimuladamente perjudicar al teniente y éste al capitán si el superior es antepuesto al inferior sólo por poseer más méritos. La mayor discordia tiene lugar por lo común entre los generales porque los cometidos principales exigen a veces mayores méritos. La desavenencia sería general si los oficiales ascendieran conforme a los principios por los que los generales son elegidos para los diferentes cometidos.
 ¡Cuántas injusticias se cometerían en un Estado bajo la apariencia de fomentar los méritos! El principio no es siempre un juez prudente; tampoco puede dominar todo desde su puesto. A éste le influirá un valido; a aquél una querida, y seguramente el zoquete más audaz eliminaría al artista más sencillo; el adulador obsequioso, al pacífico hombre honrado; el inquieto planeador, al funcionario de Hacienda experimentado, y el resplandor, siempre a la verdad. El príncipe, que muy probablemente no sería un gran hombre comprensivo y honrado al mismo tiempo, se encontraría en el mayor de los apuros o se convertiría, bajo el pretexto de premiar el mérito, en un déspota oriental que primero, según un principio parecido, nombraría a un esclavo primer ministro, mezclando todas las clases de hombres y convirtiéndose en un monstruo. El que quisiera vivir tranquilo en el mundo, disfrutar de la dulzura de la amistad, conservar la aprobación de los honrados y fomentar grandes proyectos, negaría sus méritos y tendría que tener sumo cuidado en evitar una recompensa material por los mismos.
 Si los hombres no hubiésemos sido creados así, si cada uno no tuviera la mejor opinión de sí mismo, sin duda sería diferente. Mientras conservemos nuestra forma de ser actual y nuestras pasiones, mientras de algún modo sea necesario que todos tengamos una buena opinión de nosotros mismos, me parece que el ascenso según los méritos es precisamente un medio para enmarañarlo todo. Ya ahora existe entre los militares una especie de ley por la que el oficial más antiguo tiene que retirarse si se le coloca delante uno más joven. ¿Qué sucedería entonces si el ascenso fuese según méritos, si de pronto el general ayudante, que ahora está destinado como consejero de un general de edad, fuese antepuesto a éste y a todos los demás? ¿No se ofendería a todos ellos públicamente colocándolos en la tesitura de tener que servir más tiempo, si es el mérito el que decide todo?
 Es verdad que un gran rey de nuestra época ha inventado un medio para calmar los ánimos en estos casos. Con frecuencia pasa por alto la jerarquía con respecto a los años de servicio, prefiere a uno más apto que al de mayor edad y asciende después de algún tiempo a uno de los ignorados de forma tan lisonjera, que todo postergado siempre estará en duda de si el rey lo reservó para un ascenso mejor o lo relegó por falta de méritos. Un procedimiento así tendrá que ser considerado como algo extraordinario; el empleo de esas medidas sólo conviene al señor, a quien su entendimiento y experiencia capacitan para su uso. En cualquier otra mano sería lo más peligroso para la tranquilidad de los hombres y el camino más claro para la esclavitud más extrema.
 Usted me objetará que en los casos de grandes méritos también se encuentra siempre humildad y moderación, y con ayuda de estas virtudes, el que es feliz se reconciliaría fácilmente con el que es infeliz y se ahogarían las sensaciones de odio y envidia que se podrían producir en el corazón de todo relegado en detrimento del servicio. Tan pronto como se reconozcan y recompensen los méritos públicamente se le estimarán a uno la humildad y la moderación sólo para la política, y en este sentido no se podrá esperar ningún cambio. Sí, quiero decir que muchas veces la humildad sólo aumenta el enfado del no recompensado, porque él no pocas veces desea encontrar una falta en el que es feliz para, por su propia tranquilidad, poderlo odiar de una forma tanto más legal; así somos los hombres. Además, el Estado no equilibra los méritos como el profesor de moral. Aquél prefiere, con razón, a grandes talentos, aun cuando éstos vayan acompañados de orgullo e inmodestia, que a una humildad menos hábil.
 Ese Estado también sería muy desgraciado si no poseyera muchos, muchísimos más hombres con méritos de los que él pudiese recompensar; con este supuesto siempre sería desagradable para muchísimos hombres el tenerse que imaginar que el recompensado también sería el más excelente entre todos, que cada banda de una condecoración indicaría al mejor caballero. Ahora bien, pueden pensar para su tranquilidad que la suerte y no el mérito ha elevado a ése, o repetir con el poeta: "Aquí cubre una gran estrella un corazón pequeño". Si todo funciona según méritos, desaparecería completamente el consuelo necesario, y el zapatero que con gran contento martillea en sus hormas, mientras pueda pensar que podría remedar algo superior a las zapatillas de la señora del alcalde, de ningún modo podría ser feliz si en el mundo se considerasen unos méritos.
 Por tanto, querido amigo, ¡deje que desaparezcan esos pensamientos exaltados sobre la felicidad de un Estado en el que todo habría de regirse según los méritos! Donde gobiernan hombres y sirven hombres, la cuna, la edad o los años de servicio son todavía la regla más segura y la menos ofensiva para los ascensos. Al genio creador o a la capacidad verdadera no le va a perjudicar esta regla; pero una excepción de este tipo es muy rara, y sólo ofenderá a los malos corazones.»

 [El texto pertenece a la edición en español de Editora Nacional, 1984, en edición preparada por Mª Luisa Esteve Montenegro, pp. 136-139. ISBN: 84-276-0647-8.]

domingo, 25 de septiembre de 2022

El origen del pensamiento.- Armando Palacio Valdés (1853-1938)


Biografia de Armando Palacio Valdés
V


 «A la manera que el grano depositado en la tierra germina bajo la acción combinada del calor y la humedad, así las preciosas ideas depositadas por Moreno en el cerebro del ingenioso Sánchez germinaron allí toda la noche bajo la tibia temperatura de las sábanas. Hasta que el sueño vino a apoderarse de sus facultades mentales no dejó de repetirse con creciente asombro: “¡El excremento!”. Y esta idea, maravillosamente fecunda, iba penetrando poco a poco en su ser, se apoderaba de él y le abría repentinamente inmensos horizontes en los cuales su genio dormido jamás había soñado.
  Cuando se levantó por la mañana tenía las mejillas enrojecidas, los ojos brillantes, todo el cuerpo en tan ágil disposición, que su digna esposa quedó, al verle entrar en el comedor, no poco sorprendida. La sorpresa fue en aumento cuando Sánchez, después de tomar el desayuno, en vez de retirarse a su gabinete para terminar concienzudamente la lectura de La Época, se dirigió a la cocina y preguntó si había alguna legumbre fresca. Como la criada no hubiese traído ninguna aquel día, se apoderó al fin de una cebolla y se fue a su cuarto; destornilló el objetivo de unos gemelos de teatro, y con esta lente improvisada se pasó la mañana dando cortes trasversales al vegetal y examinando detenidamente su estructura. Por la tarde salió a dar su acostumbrado paseo por el Retiro. ¡Ah, este paseo tenía ahora muy diversa significación! Hasta entonces Sánchez había paseado por puros motivos higiénicos, arrastrado de la costumbre. Su pensamiento permanecía inactivo lo mismo cuando daba vueltas en torno del Ángel caído que cuando se sentaba frente al Estanque grande y descansaba horas enteras haciendo rayas en la arena con el bastón. Mas ahora aquellos senderos, aquellas calles de árboles estaban iluminadas por la chispa que ardía en su cerebro. Ya no las cruzaba con la indiferencia vituperable del ignorante. La Naturaleza comenzaba a hablarle su lenguaje grave y solemne, prometiendo revelarle los secretos que guarda en su seno.
  Don Pantaleón, dándose cuenta vagamente del alto destino a que estaba llamado y del importante papel que pronto iba a representar en el progreso de los conocimientos humanos, respondió dignamente a los llamamientos del reino vegetal. No daba cuatro pasos sin que se detuviese a conversar con algún árbol del camino. Arrancaba delicadamente una ramita y, aplicando el ojo a la lente, examinaba con atención sus particularidades morfológicas. No sólo los grandes árboles añosos, que bordeaban el paseo, eran objeto de su atención investigadora. Con admirable intuición comprendía ya que las plantas más diminutas merecían el mismo examen atento que los árboles seculares, porque en todas partes la Naturaleza revela su inmensa riqueza. Por eso brincaba a menudo por encima de los setos y se metía por los cuadros de flores para estudiar los organismos inferiores.
  —¡Eh, abuelo! ¿Qué hace usted ahí plantado en medio del cuadro? ¿No sabe usted que está prohibido entrar?
  La voz ruda de un guarda le arrancaba inesperadamente de su profunda contemplación y le obligaba a volver al camino. La ciencia, el progreso, la humanidad perdían cada vez que esto sucedía inapreciables tesoros de observación. Mas los guardas no lo sabían. El mismo Don Pantaleón, en la inconsciencia de su genio, tampoco lo sospechaba.
  Durante varios días realizó, tanto en el Retiro como en el silencio de su gabinete, estudios profundos y minuciosos sobre la estructura de todos los vegetales que pudo procurarse. Al cabo llegó con poderosa intuición a persuadirse de que el mundo vegetal está constituido por un tejido de una complicación maravillosa; que en las frutas y las legumbres este tejido es blando, lo cual permite que sean masticadas, mientras en la madera duro y resistente, por cuya razón no sirve para la alimentación. Una vez comprobadas estas preciosas observaciones, se apresuró a formularlas por escrito en su cuaderno de notas.
  Mientras Don Pantaleón se alzaba de golpe con raudo vuelo a las esferas más altas del pensamiento, su amistad con Adolfo Moreno, origen de este memorable suceso, se estrechaba cada vez más. Moreno comenzó a visitar la casa; se pasaba las horas encerrado con aquél en su gabinete. Había hallado por fin el hombre por quien siempre suspirara; un hombre callado, atento, que se interesase por la morfología y que le creyese un sabio. En efecto, Sánchez llegó pronto a convencerse de que Moreno era un hombre distinguidísimo. Al oírle disertar extensamente, unas veces sobre la fuerza repulsiva del sol, otras sobre el radiómetro, ahora sobre el estómago de las plantas, más tarde acerca de la organización y las costumbres de los coleópteros, quedó vivamente asombrado. Adolfo Moreno era un ingenio universal. Economía política, medicina, zoología, química, astronomía, estadística, arte de construcciones, material de guerra, etc., todo lo abrazaba su inteligencia realmente excepcional. Y lo más pasmoso del caso era que cuando tocaba cualquiera de estos ramos del saber lo hacía siempre en un punto concreto y especialísimo, lo cual probaba la solidez de sus conocimientos. Alguno de sus muchos envidiosos quería suponer que esta especialidad no tanto dependía de la profundidad de su ciencia cuanto de la forma en que ciertas revistas esparcen los conocimientos útiles. Pero esta venenosa observación no merece siquiera que se la refute. Su fuerte era la biología y particularmente el desenvolvimiento fisiológico del tipo humano.
 —Me sorprende muchísimo, señor de Moreno —le dijo un día Don Pantaleón, después de oírle exponer asombrosamente durante media hora lo menos «las enfermedades de la sangre del ratón»—, me extraña muchísimo que con los grandes conocimientos que usted posee no sea usted médico o ingeniero, o por lo menos doctor en ciencias.
  La boca de Adolfo se contrajo con una sonrisa dolorosa y sarcástica. Sacudió la cabeza en silencio, resopló tres o cuatro veces por la nariz, y dijo al cabo sordamente:
  —Empecé a prepararme hace algunos años para la carrera de ingeniero de minas, pero comprendí muy pronto que no era ésa mi vocación verdadera, y la dejé después de tener aprobadas algunas asignaturas. Quise estudiar medicina, que, como usted habrá comprendido, es lo que más concuerda con mis inclinaciones. Pues bien, al segundo año he tenido que abandonarla por dignidad. ¿A que no sabe usted en qué asignatura me han dejado tres veces suspenso?
  Sánchez le miró con ojos interrogantes.
  —Vamos, imagíneselo usted.
  Don Pantaleón hizo una mueca para significar que le era imposible.
  —¡En fisiología!
  Ambos cayeron a la vez en un espasmo violentísimo de risa.
  —¡Pero eso es un absurdo! —profirió al cabo con trabajo Don Pantaleón.
  —¡Ahí verá usted! —repuso Moreno quitándose las gafas para limpiar los cristales, que se habían empañado con el vapor de las lágrimas producidas por la risa.
  —¿Y usted se ha resignado con tal fallo? Ese tribunal merecía un severo castigo —manifestó el caballero, volviendo a su seriedad habitual.
  —Yo les hubiera puesto de buena gana una corrección por mi mano… pero… amigo don Pantaleón, estoy muy débil. El hambre me tiene muy débil.
  —¡El hambre! —exclamó Sánchez estupefacto.
  —Sí; el hambre, querido Sánchez, el hambre. Para la lucha por la existencia se necesitan fuerzas; para tener fuerzas se necesitan glóbulos rojos en la sangre; para que haya glóbulos rojos en la sangre precisa nutrirse… Yo no me nutro, porque no como carne.
Descargar] El origen del pensamiento - Armando Palacio Valdés en ...  Don Pantaleón le miraba cada vez con mayor asombro. Algo había traslucido de la mala situación económica en que Moreno se hallaba; pero viéndole tomar café muy sosegadamente todas las noches y vestir con relativa elegancia, aunque siempre sucio y desaliñado, no podía sospechar que su estado llegase a tal extremo de necesidad. En la tertulia del Siglo muy poco o nada se sabía de sus medios de vivir. Por las frases amargas que a menudo dejaba escapar se suponía que no eran muchos, y por el cuidado con que ocultaba su domicilio y evitaba el hablar de su familia calculaban que debían de ser bien humildes.
  —Señor Moreno, yo no pensaba…
  —¡Piénselo usted todo, amigo Sánchez, piénselo usted todo! —exclamó el joven con un gesto de resolución desesperada.
  Y después de permanecer largo rato silencioso, con la mirada fija en el balcón, profirió al fin sordamente:
  —La Naturaleza no ha sido para mí suave como para otros. Yo soy un hombre del arroyo. Entre torbellinos de polvo, arrastrado por el viento, un germen viene a caer cierto día en las inmundicias de la calle. Los transeúntes lo pisotean, los barrenderos arrojan sobre él montones de basura; todo parece conspirar para que el grano no germine. Pero como guarda dentro de sí una fuerza de expansión superior a la mayor parte de sus hermanos, como tiene además una capa dura que le preserva contra las influencias nocivas, el germen no sucumbe. Los agentes externos consiguen tener en suspenso por algún tiempo sus funciones biológicas, pero al cabo el grano logra germinar, hunde sus raíces en la tierra y alza al aire su tallo. ¿Por qué? Porque viene provisto de armas para la lucha por la existencia… Tal es la historia de mi vida. Fui arrojado un día en medio de la sociedad, que me rechazó, que me persiguió, que hizo todo lo posible por que sucumbiese. Lo mismo que pasa exactamente en un bosque en la época de la germinación y durante el desenvolvimiento de los árboles nuevos. Los árboles grandes me interceptaban el sol y la lluvia benéfica, me robaban el alimento de la tierra. Gracias a la energía indomable de mi carácter pude luchar, sin embargo, y logré triunfar. Es la ley de la selección que ya conoce usted. En esta gran batalla de la existencia perecen los débiles; sólo viven los más aptos… He padecido en este mundo muchas privaciones, amigo Sánchez, mucha hambre y mucho frío (guarde usted el secreto); aun hoy los padezco a menudo. Realmente necesité verme admirablemente dotado por la Naturaleza para no haber perecido hasta ahora.
  Don Pantaleón se mostró profundamente interesado por estas confidencias, y su admiración hacia Moreno, aquel germen tan apto, creció desmesuradamente. No se atrevió a pedirle pormenores sobre las peripecias de la lucha ni sobre qué terreno se estaba realizando ahora. Lo único que se aventuró a decir fue:
  —Espero, señor Moreno, que no tardará usted en triunfar por completo de los agentes externos. Un hombre de tanto mérito como usted no puede menos de abrirse camino en el mundo.
  —¡El mérito! ¡el mérito! —murmuró Adolfo con sonrisa sarcástica—. Ahí está precisamente el pecado. A causa de su mérito se persigue a los hombres, como al almizclero por la bolsa donde guarda el almizcle.
  Este símil zoológico causó tan profunda sensación en Sánchez que, con la viva imaginación que le caracterizaba, desde aquel día, cuando tropezaba con un hombre de mérito, no podía representárselo sin una bolsita llena de sustancia aromática debajo del ombligo.»

   [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Dédalo, 1957.]

lunes, 28 de junio de 2021

Rimas.- Michelangelo Buonarroti (1475-1564)


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LX


  «Sabes que sé que sabes, señor mío,
que vengo por gozarte más cercano,
que soy yo quien te busca; si es mi mano,
¿por qué no saludarnos sin desvío?

Si es cierta la esperanza que te fío
y a mi anhelo respondes soberano,
rómpase el muro entre los dos tirano,
que al ocultarse un mal, dobla su brío.

Si sólo amo de ti, señor querido,
lo que más amas tú, ya condesciende,
pues mi alma es de la tuya compañera.

Lo que en tu bella faz aprendo ardido,
el ingenio del hombre mal comprende:
ha de morir el que saberlo quiera.
[…]

LXXXVII

 Querer quisiera, oh Dios, lo que no quiero
entre el fuego y mi hielo, allí se esconde
un velo por el cual no corresponde
la pluma a mi papel, lo hace embustero.

Te amo con la lengua y desespero,
pues tu amor no me mueve y no sé dónde
abrir paso a la gracia que me inunde
y derrote por fin mi orgullo fiero.

¡Rasga el velo, Señor, rompe ese muro
que con dureza cruel aún retrasa
el gran sol de tu luz, que nos calienta!

La prometida luz, a tu conjuro,
llegue a tu bella esposa, y que su brasa
mi pecho alumbre y sólo a ti te sienta.
[…]

XC

 Me amo más que nunca me había amado
y valgo más desde que tu figura
vive en mi corazón, cual la escultura
más vale aún que el bloque no tallado.

Como algún folio escrito o dibujado
que un trozo vale más sin escritura,
valgo, desde que gozo la ventura
de que tus ojos me hayan señalado.

Con ese signo, firme, donde llego,
Resultado de imagen de michelangelo buonarroti rimascomo quien lleva talismán o espada,
cuidados y peligros tengo a menos.

Con tu señal doy luz a todo ciego,
al fuego venzo yo, y al agua helada
y con mi esputo sano los venenos.
[…]

CIX

 No es siempre a todos apreciable y caro / lo que al sentido tienta
mientras alguien lo sienta / aun si es muy dulce, pésimo y amargo.
El buen gusto es tan raro / que a la opinión del vulgo errante cede
quien a solas lo goza sin embargo. / Así yo pierdo, avaro,
a quien saber no puede / de un alma triste ayes y dolores.
El mundo es ciego y da lauros y honores / a aquel que menos digno se revele,
cual látigo que al par enseña y duele.
[…]

CCXLVII

 Me place el sueño, y más ser piedra inerte / mientras el daño y la ignominia duran.
No ver, nada sentir, me es gran ventura. / ¡Baja la voz! Que nadie me despierte.
[…]


CCLXIX


 Bien puede, al par de mi ardiente deseo
la esperanza brotar, y no engañosa;
si nuestra ansia al cielo es enojosa,
¿por qué Dios creó el mundo cual lo veo?

 Y ¿qué ocasión mejor, a lo que creo,
de amarte hay que gloriar la paz dichosa
que torna en ti divina toda cosa
y del alma piadosa es el recreo?

Falsa esperanza es la de amor que acaba
con la beldad que mengua a cada instante,
y adora faz que cambia de improviso.

Y es dulce aquella que en pudor se graba,
que ante arrugas y muerte es más constante
siempre, y aquí promete el paraíso.»

  [Los textos pertenecen a la edición en español de Editorial Pre-Textos, 2012, en selección y versión de Manuel J. Santayana, pp. 53, 77, 81, 105, 155 y 163. ISBN: 978-84-15297-68-0.]

miércoles, 19 de mayo de 2021

El alma.- Tertuliano (155-220)


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Cuarta parte (54-58): Escatología

La morada de las almas después de la muerte según la opinión de algunos filósofos

 «LIV.- 1.- Por consiguiente, a partir de aquí vamos a exponer ya a dónde será conducida el alma. Casi todos los filósofos –los que, de cualquier modo que les apetece, reivindican, sin embargo, la inmortalidad para el alma (como Pitágoras, como Empédocles, como Platón) y los que le conceden algún tiempo desde la salida [del cuerpo] hasta la conflagración del universo (como los estoicos)- ponen sólo sus almas, o sea, las de los sabios, en las moradas superiores.
 2.-Platón, en verdad, no concede esto a ciegas a las almas de los filósofos, sino a las de aquellos que, por supuesto, hayan adornado la filosofía con el amor hacia los adolescentes. Por tanto, también entre los filósofos tiene la impureza un gran privilegio. Así, pues, en Platón las almas sabias son elevadas al éter, en Ario, al aire, entre los estoicos a la región sublunar.
 3.-De los cuales, ciertamente, me asombro por el hecho de que relegan a una región cerca de la tierra las almas ignorantes, mientras aseguran que son instruidas por las sabias, que moran en regiones muy superiores. Con una tan gran distancia de sus moradas, ¿dónde estará la región de la escuela? ¿Por qué medio las discípulas acudirán a unas maestras tan lejanas? Y por otra parte, para unas almas que van a perecer inmediatamente con la conflagración ¿cuál será el uso y el provecho de la instrucción póstuma?
 4.-Las almas restantes las arrojan a los infiernos. Platón, en el Fedón, los describe como el seno de la tierra, adonde confluyendo y donde, sedimentándose todas las infamias de las bajezas del mundo, exhalan un vapor más espeso, por así decirlo, que el fango de sus inmundicias y acumulan allí un aire peculiar.

Los infiernos según la opinión cristiana

 LV.-1.-Nosotros [=los cristianos] creemos que los infiernos no son una desnuda cavidad ni una sentina del mundo a cielo abierto, sino un vasto espacio en el foso y en el abismo de la tierra, una escondida profundidad en sus entrañas mismas, ya que leemos que los tres días de su muerte fueron cumplidos por Cristo en el corazón de la tierra, o sea, en una oquedad recóndita, interior y oculta en la tierra misma, cerrada dentro de ella y edificada sobre abismos todavía más profundos.
 2.-Ahora bien, si Cristo es Dios, como también es hombre (muerto según las Escrituras y sepultado según las mismas), observó también esta ley cumpliendo en los infiernos la norma de la muerte humana, no ascendió a las regiones más altas de los cielos sin antes descender a las regiones más bajas de la tierra, para darse allí a conocer a los patriarcas y profetas; luego tienes también que creer que es subterránea la región de los infiernos y rechazar con el codo a aquellos que, con bastante orgullo, piensan que son demasiado buenas para los infiernos las almas de los fieles –¡los siervos están sobre su señor y los discípulos sobre su maestro!- si, por casualidad, han desdeñado tomar el consuelo de esperar la resurrección en el seno de Abrahán.
 3.-Pero para esto –dicen- fue Cristo a los infiernos, para que no fuésemos nosotros. Por otra parte, si existiese la misma cárcel para todos los muertos, ¿qué diferencia habría entre paganos y cristianos? En este caso, ¿para qué exhalarás el alma hacia el cielo, estando allí Cristo todavía a la derecha del Padre, no habiéndose oído aún la orden de Dios por medio de la trompeta del arcángel, no habiendo sido aún arrebatados en el aire al encuentro de Cristo –con los que, muertos en Cristo, resucitarán los primeros- aquellos a los que su llegada habrá encontrado en el siglo? No está abierto el cielo para nadie, con la tierra aún intacta, por no decir cerrada. En verdad, el reino de los cielos se abrirá con el fin del mundo.
 4.-Pero nuestro lugar de reposo ¿estará en el éter con los pederastas de Platón, o en el aire con Ario, o cerca de la luna con los endimiones de los estoicos? Al contrario –respondes-, en el paraíso, adonde ya entonces han emigrado desde los infiernos los patriarcas y los profetas, apéndices de la resurrección del Señor. ¿Y cómo es que la región del paraíso –que está colocada bajo el altar, revelada en espíritu a Juan- no mostró en ella más almas que las de los mártires? ¿Cómo es que Perpetua, mártir valerosísima, al acercarse el día de su pasión, en la revelación del paraíso sólo vio allí a los mártires, sino porque la espada que guarda la entrada del paraíso no deja pasar más que a aquellas que han muerto en Cristo, no en Adán?
 5.-La muerte nueva por Dios y extraordinaria por Cristo es acogida en una morada diferente y especial. Reconoce, por tanto, la diferencia del pagano y del fiel en la muerte, si –como el Paráclito advierte- sucumbes por Dios, no entre fiebres suaves y divanes, sino en el martirio, si tomas tu cruz y sigues al Señor, como él mismo mandó. La única llave del paraíso es tu sangre. Tienes también un opúsculo redactado por mí Sobre el paraíso, en el cual he establecido que toda alma es depositada en los infiernos hasta el día del Señor.

Las almas descienden a los infiernos inmediatamente después de la muerte; caso de los insepultos, los prematuros y los muertos violentamente.

 LVI.-1.- Se presenta ahora una discusión: si esto sucede justo enseguida de la salida [del cuerpo], o si alguna razón retiene aquí provisionalmente a ciertas almas, o si es posible que aun las recibidas en los infiernos comparezcan después por propia voluntad o por un mandato.
 2.-No faltan, por cierto, argumentos suasorios a favor de estas opiniones. Se ha creído que a los insepultos no se les hace entrar en los infiernos antes que hayan recibido los honores debidos, de acuerdo con el Patroclo homérico, que, en sueños, reclama apremiantemente a Aquiles la sepultura, porque, de otra manera, él no podía acercarse a las puertas de los infiernos, al rechazarlo lejos las almas de los sepultados.
 Ahora bien, más allá de una licencia poética, reconocemos también aquí la diligencia de la piedad de Homero [por los muertos]. En efecto, tanto más encomió la premura de la sepultura cuanto, incluso su tardanza, la censuró como ultrajante para las almas; a la vez también, para que nadie, reteniendo en casa al difunto, él mismo resulte, con él, más atormentado por la enormidad de un consuelo alimentado de dolor. De este modo, Homero ha imaginado las quejas del alma de un insepulto con dos fines: para que, con la inmediatez del funeral, quede a salvo el honor de los cuerpos y se modere el duelo de cuantos aman al difunto.
Resultado de imagen de tertuliano el alma 3.-Por otra parte, ¡qué infundado es pensar que el alma aguarde los honores debidos al cuerpo, como si algo de ellos se lo llevara consigo a los infiernos! Mucho más infundado si se estima como un agravio para el alma la demora de la sepultura, cuando eso debería acogerlo con los brazos abiertos como un favor; pues, en todo caso, la que no ha querido morir preferirá ser separada [del cuerpo] más tarde hacia los infiernos: amará al heredero que no cumple los deberes de la piedad [funeraria], gracias al cual goza todavía de la luz. O si es, ciertamente, un agravio ser echado más tarde bajo tierra (y el motivo del agravio es el retraso de la sepultura), es injusto en extremo que el agravio caiga sobre aquella a la que no puede serle imputada la demora de la sepultura, que concierne, evidentemente, a los parientes.
 4.-Aseguran también que las almas sorprendidas por una muerte prematura vagan por aquí hasta que se cumpla el resto de las edades con las que habrían continuado viviendo si no hubiesen muerto intempestivamente. Ahora bien, o a cada una le han sido fijados unos tiempos, y no creo que unos tiempos fijados puedan ser arrebatados anticipadamente; o si, ciertamente, han sido fijados, pero, sin embargo, son mutilados por voluntad de Dios o por algún poder, en vano son mutilados si ahora se espera que sean completados; o si no han sido fijados, no habrá, en este caso, un resto de tiempos por cumplir.
 5.-Todavía añadiré: he aquí que ha muerto, por ejemplo, un bebé bajo las fuentes de los pechos, o supón un niño impúber, supón un púber, que, sin embargo, debería haber vivido ochenta años. ¿Cómo es posible que su alma pase aquí después de la muerte los años anticipadamente arrebatados? En realidad, el alma no puede experimentar la edad sin el cuerpo, porque las edades actúan por medio de los cuerpos. Pero reconsideren también los nuestros [=los cristianos] aquello de que las almas recibirán en la resurrección los mismos cuerpos en los que salieron [de la vida].
 6.-Por tanto, se esperarán las mismas dimensiones de los cuerpos y las mismas edades que las causan. Entonces, ¿de qué modo el alma de un niño puede pasar aquí los tiempos que le han sido arrebatados, para resucitar octogenaria en un cuerpo de un mes? O, si será necesario completar aquí aquellos tiempos que habían sido determinados, ¿acaso también el plan de vida –que, determinado aquí juntamente con ellos, les ha tocado en suerte a los años-, lo recorrerá aquí igualmente el alma, de modo que, a partir del fin de la infancia, desee las cosas asignadas a la niñez, y, a partir del fin de la adolescencia, participe en las cosas fuertes de la juventud, y, a partir del fin de la juventud, aprecie las cosas graves de la madurez: saque rédito al dinero, trabaje la tierra, navegue, pleitee, se case, se fatigue, afronte las enfermedades y todas aquellas cosas, tristes y alegres, que, con los tiempos, le estaban reservadas?
 7.-Ahora bien, ¿cómo se podrán pasar estas cosas sin el cuerpo? ¿Cómo [se podrá pasar] una vida sin vida? Pero resultarán vacíos unos tiempos que sólo deben ser cumplidos con el mero trascurso. Por tanto, ¿qué impide que esas cosas sean cumplidas en los infiernos, donde, igualmente, no se da el uso de ellas? Por esto, afirmamos que toda alma en cualquier edad en que se haya ido, en ella permanecerá hasta ese día en que se le promete aquello perfecto regulado según la medida de la plenitud angélica.
 8.-Del mismo modo, serán tenidas como expulsadas de los infiernos aquellas almas que se cree han sido arrancadas [del cuerpo] violentamente, sobre todo por medio de las atrocidades de los suplicios, quiero decir: de la cruz, del hacha, de la espada, de las fieras; ahora bien, no son violentas estas muertes que decreta la justicia, vengadora de la violencia. Y por tanto –dirás-, queden desterradas de los infiernos todas las almas de los criminales. En este caso, te obligo a decidir una de dos: los infiernos o son buenos o son malos; si decides que son malos, deben caer también allí las almas pésimas; si decides que son buenos, ¡por qué también las almas muertas prematuramente, las no casadas, las puras e inocentes en razón de la edad, las juzgas entretanto [=mientras se cumple el resto del tiempo fijado a cada una] indignas de los infiernos?»

   [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Ciudad Nueva, 2016, en traducción de Salvador Vicastillo, pp. 343-359. ISBN: 978-84-9715-337-9.]