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domingo, 18 de enero de 2026

Introducción a la Historia de la Edad Media europea.- Emilio Mitre (1941)

9.- El régimen feudovasallático y la sociedad feudal
La evolución del vasallaje en el mundo medieval

 «Siguiendo la pauta marcada por F.L.Ganshof, las relaciones de dependencia feudovasalláticas atravesaron por tres momentos a lo largo del Medievo.
 a) Los orígenes precarolingios:
 El feudalismo hinca sus raíces militares en la vieja costumbre germana, descrita por Tácito, del comitatus, grupo de guerreros (los comites) que combaten en estrecha y voluntaria unión con un jefe. La inestabilidad por la que atravesaron los reinos germánicos desde el siglo VI (en particular la Galia de los sucesores de Clodoveo) propició la expansión de estas fórmulas que cristalizaron en un acto jurídico -la comendatio-. Por ella, un hombre libre se ponía al servicio de otro que le daba a cambio protección, pero sin ir ello en menoscabo de su primitivo estatuto de libertad. Son los ingenui in obsequio que con el tiempo irán tomando otros nombres no menos genéricos. El de vassus o vasallus hará fortuna.
 En la Europa precarolingia nos encontramos con diversas modalidades de relación personal, aunque todas ellas tengan un fondo común: en la Galia merovingia son los antrustiones, al servicio del rey, y los gasindi, al de un noble. La forma de pagar el servicio oscila entre la manutención directa o la entrega de una tierra (el beneficium) en concepto de tenencia, rara vez de plena propiedad. 
 En la España visigoda, los trabajos de una serie de autores, en especial de Sánchez Albornoz, permiten hablar de la existencia de elementos prefeudales de indudable interés: gardingos y bucelarios desempeñaron en España, respectivamente, el papel de los antrustiones y gasindi del otro lado del Pirineo. La remuneración de servicios fue también semejante.
 b) El vasallaje de época carolingia: 
 [...] Desde fines del siglo IX, el término "beneficio" encuentra otro que le va a hacer una afortunada competencia: el de "feudo". 
 [...]
 c) El vasallaje bajo el feudalismo clásico:
 El período que transcurre entre el siglo X y el XIII conoce la plenitud del sistema institucional feudovasallático en su lugar de origen y la transmisión de algunas de sus peculiaridades hacia Inglaterra, la España cristiana y los Estados creados por los occidentales en Tierra Santa.
 Sobre las bases echadas en el período anterior, el contrato de vasallaje es un auténtico contrato sinalagmático que comprende:
 -El homenaje (literalmente, hacerse hombre de otro), término que sólo aparece a comienzos del siglo XI. Supone esencialmente la ceremonia de la inmixtio manuum.
 -El sacramentum fidelitatis: juramento hecho sobre los Libros Sagrados, de gran fuerza moral dada la trascendencia que la sociedad medieval daba a la fe en general.
 -El osculum, de mucha menor importancia.
 Las relaciones de vasallaje llevan implícito un conjunto de deberes:
 -Los del señor hacia el vasallo quedan bajo el denominador de mitium. Suponen la protección frente a los ataques y la manutención del subordinado a través del respeto al beneficio concedido.
 -Los deberes del vasallo hacia el señor se agrupan en dos conjuntos: el auxilium y el consilium. El primero es militar (rescatable con el pago de una cuota o escudaje), que comprende la ayuda al señor en las grandes expediciones (expeditio, hostis) o en pequeñas operaciones militares (equitatio o cavalcata); y económico en ocasiones muy concretas: rescate del señor si cae prisionero, ayuda si va a la Cruzada, cuando contrae matrimonio la hija mayor o cuando se arma caballero al primogénito. El consilium es mucho más simple: la obligación de asesorar al señor en las asambleas judiciales. No se trata, sin embargo, de un modelo único ya que los matices regionales que las instituciones feudales adquieren introducen una cierta variedad en los tipos de compromisos.
 La complejidad que fue adquiriendo el sistema feudal dio lugar, por un lado, a toda una jerarquía, desde los grandes señores a los modestos subvasallos (los vavassores) de príncipes territoriales. De otro lado, la sed de beneficios llevó a una pluralidad de compromisos: un vasallo a veces lo era (por los feudos recibidos) de varios señores a la vez. Como solución se ideó una distinción entre los compromisos contraídos por homenaje ligio, que obligaban por encima de todo, y los contraídos por homenaje plano o simple, mucho menos riguroso. Es lógico comprender el que los monarcas tratasen de reservarse el monopolio de la ligesse, en un intento de reforzar sus posiciones frente al acrecentamiento de poder de los grandes príncipes territoriales.
 El incumplimiento de los compromisos contraídos en la ceremonia del homenaje acarreaban una serie de sanciones que, sin embargo, hasta el sigo XII se mostraron prácticamente ineficaces. El recurso a las armas solventó con demasiada frecuencia las diferencias existentes entre vasallo y señor. En caso de procederse por la vía normal, la ruptura del compromiso se podía producir por alguna de las dos partes como resultado del incumplimiento de los deberes contraídos (felonía). Ello comportaba la disolución del contrato:
 -en caso de proceder el señor contra el vasallo, llevaba a cabo la confiscación del feudo, aunque en ocasiones se introducía, como sanción más suave, el embargo de éste;
 -en caso de que la iniciativa de ruptura partiese del vasallo, éste debía dar a conocer solemnemente su decisión y renunciar a su feudo: era el defi, o desnaturamiento según la expresión castellana.»

 [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Istmo, 1976, pp. 155-159. ISBN: 84-7090-040-4.]

jueves, 12 de julio de 2018

Breve historia de la economía.- Jürgen Kuczynski (1904-1997)


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El primer capitalismo

«Una sociedad decae cuando las fuerzas productoras entran en contradicción con las relaciones de producción. Este proceso comenzó en Europa durante el siglo XIV. Ya en la segunda mitad del siglo XIII la producción agrícola dejó de aumentar. Sólo pocas tierras nuevas eran cultivadas y a costa de grandes esfuerzos. La técnica agrícola, que no había hecho en sí ningún progreso grande respecto del mundo antiguo, comenzó a estancarse. El gran renacimiento de la producción económica aportado por el feudalismo en parte se basaba en el progreso técnico pero, sobre todo, en la mayor libertad de que gozaban los siervos y siervos de la gleba con respecto a los esclavos. Además, aquéllos participaban, teórica o efectivamente, del plusproducto.
 Ahora, en el período en que el feudalismo llega al fin de su florecimiento, observamos en la agricultura dos tendencias: una conducción a una creciente libertad de los campesinos, otra a su progresiva disminución. Una llevaba como consecuencia a la abolición de la servidumbre y de la servidumbre de la gleba. La otra llevaba, a veces, incluso a la introducción de elementos de esclavitud en el sistema de las relaciones medievales de dependencia; ¿qué otra cosa significaba el derecho, ratificado por escrito, de los señores feudales en la "Carolina" a decapitar a los campesinos, a ponerlos a la rueda, a quemarlos vivos, a descuartizarlos, a cortarles orejas y nariz, a amputarles dedos o manos, en fin, a torturarlos con tenazas candentes?
 Ambas tendencias se apoyan en parte en un desarrollo introducido en la agricultura feudal desde el exterior, o sea, al surgir un amplio comercio exterior y una extensa economía monetaria en las ciudades. Una es antifeudal, y en lugar de las relaciones feudales de dependencia plantea relaciones nuevas y mucho menos rígidas; la otra quita a la sociedad feudal su carácter originariamente progresivo, agudizando hasta el extremo sus contradicciones y condenándola así a muerte.
 Luego, la primera lleva a las primeras formas capitalistas, siendo en cierto modo el antecedente que prepara directamente sus desarrollo. La segunda puede ser considerada sólo indirectamente como una condición y un antecedente de las primeras formas capitalistas, del mismo modo que todo proceso que socava las bases del sistema dominante, que acelera su envejecimiento y su disolución, puede ser considerado como antecedente del sistema siguiente. Ante todo queremos señalar esta segunda tendencia, en cuanto ella, a pesar de no ser decisiva en este período, representa sin embargo el comienzo de un proceso que dominará más tarde, luego de 1550, la vida económica alemana: aquí la primera es de importancia mucho mayor para la transición a las primeras formas capitalistas y debe ser considerada en conexión con éstas.
 Con la difusión del comercio, el desarrollo de ejércitos estables, el aumento de las posibilidades de utilización y luego la creciente necesidad de plusproducto, se desarrolla bajo el imperio de los señores feudales la tendencia a estrujar cada vez más a los campesinos. Los príncipes, la nobleza interior y la Iglesia les imponen gravámenes cada vez más fuertes. En este período surgen numerosos tributos especiales para cada manifestación de la vida cotidiana, para casi toda actividad económica, desde la siega hasta la planificación, desde las bodas hasta la sepultura; pero no para todo campesino. Tampoco todo el conjunto de gravámenes recae aún sobre cada campesino, pero es en este período cuando se levanta el sistema de todas las imposiciones que encontraremos durante el siglo XVIII en pleno funcionamiento en Alemania y Francia. Ya en el XIV, en el XV y a comienzos del XVI, en aquellos países de Europa donde prevalece la tendencia a reforzar los vínculos feudales, en lugar de atenuarlos, encontramos una cantidad de gravámenes a menudo equivalente a dos tercios de la renta general. Esto quiere decir que la renta del señor feudal sube a enormes proporciones. Pero esta explotación más intensiva de los campesinos constituye sólo una parte de sus sufrimientos. A menudo la guerra les arranca todo lo cosechado, enfermedades y muerte postran a tal punto a sus familias que sólo pueden cultivar o cosechar una parte de su tierra. La presión sobre los campesinos, combinada con guerras y enfermedades, gradualmente conduce a una disminución verdaderamente considerable de las cosechas, de modo que las fuerzas productivas ya no son ocupadas por completo. Cae el interés en una alta producción, en cuanto es saqueada y arruinada a causa de las guerras y las enfermedades. La agricultura feudal empieza a decaer.
 En la ciudad también observamos dos tendencias: una permite el tránsito directo a las primeras formas capitalistas, mientras a otra conduce a la disolución de la economía urbana. La primera tendencia está caracterizada por el crecimiento de comercio e industria, o sea, de comercio y trabajo artesanal o trabajo industrial en general. La otra, en cambio, avanza por el camino que conduce a la liquidación y a la opresión del comercio. El artesanado, por sí solo, sin el comercio, no está, sin embargo, en condiciones de poderse desenvolver ulteriormente ya que es el comercio el que crea nuevos mercados. Sin el comercio, el artesanado se concentra en el mercado local, vendiendo cada vez menos a causa de la disminución (por las causas señaladas) del poder adquisitivo de los campesinos. En suma, mientras la opresión del comercio provoca la pérdida de los mercados lejanos también las posibilidades de venta aun en el mercado local llegan a ser más reducidas. El poder adquisitivo de los señores feudales aumenta a veces de manera considerable luego de su usurpación cada vez mayor del plusproducto; puede sustituir la caída del poder adquisitivo campesino con algunos artesanos individuales, pero no a causa de su gran masa, pues los señores feudales consumen una parte del plusproducto del que se han apoderado adquiriendo mercancías de otras ciudades y de otras regiones que aún conservan el comercio con los países lejanos; de tal modo, los artesanos locales pierden también una parte del mercado constituido por los señores feudales. Todas estas tendencias, que comienzan a ejercer un gran papel sólo en el curso de la segunda mitad del siglo XVI y luego en el XVII y en el XVIII, ya afloran durante los siglos XIV y XV y en la primera mitad del XVI.
 Sobre la base de los fenómenos de disolución del feudalismo, arriba señalados, del aflojamiento de los vínculos feudales en el campo y de la unión establecida entre comercio y artesanado, se desarrollan ahora las primeras formas capitalistas en la industria y en la agricultura. [...] La más antigua industria de conducción capitalista, que luego también ejercerá durante el capitalismo industrial el papel decisivo, es la industria textil. En la Florencia de 1340 casi un cuarto de la población está ocupada en esta industria; en las ciudades belgas y holandesas, durante su período de florecimiento, el porcentaje es a veces superior. La elaboración de la seda y, sobre todo, de la lana ya es practicado en el medioevo con formas económicas nuevas: no en todas partes, pero sí en las ciudades y regiones más progresistas.»
 
 [El texto pertenece a la edición en español de Castellote Editor, 1974. ISBN: 84-7259-003-8.]
 

miércoles, 20 de diciembre de 2017

Héroes, maravillas y leyendas de la Edad Media.- Jacques Le Goff (1924-2014)


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El castillo

«Desde la Edad Media se lo ha confundido a veces con el palacio, pero en la historia hay que distinguir cuidadosamente la realidad del mito. El palacio tiene dos características particulares que le alejan del castillo o del alcázar. En primer lugar, es en esencia una morada real, o al menos principesca, mientras que el castillo pertenece a un simple señor, a pesar de que los reyes puedan, en tanto señores, construir castillos. De las dos funciones esenciales que tiene el castillo, la militar y la residencial, esta última es la que habitualmente prima en el palacio, mientras que la función militar es más propia del castillo.
 El castillo está estrechamente vinculado al feudalismo. Su imagen recurrente en el imaginario europeo indica que la época y el sistema feudal, que rigió entre el siglo X y la Revolución francesa, fue un estrato fundamental de las realidades materiales, sociales y simbólicas de Europa. De manera general, puede advertirse una lenta pero constante evolución del castillo desde su papel de fortaleza hasta el de residencia. Es curioso que su transformación -el castillo ha estado estrechamente unido a la actividad militar- se suscitara de manera decisiva en los siglos XIV-XV debido a una revolución técnica: la artillería. Como las murallas no resistían los cañonazos, el castillo pasó a ser una reliquia, un símbolo, una ruina y, para muchos, nostalgia. Pero el período que nos interesa aquí, el de la larga Edad Media, ha propuesto una buena definición para el castillo: una fortaleza habitada.
 Entre los siglos X y XII, el castillo primero aparece con dos formas: en el norte de Europa, con torres y habitáculos modestos fortificados, erigidos en alturas naturales o artificiales: es el castillo sobre un montículo; en la Europa meridional, este castillo precoz se erige preferentemente sobre alturas naturales y rocosas. Contrariamente a lo que a veces se ha escrito, los castillos erigidos sobre montículos o sobre rocas no fueron construidos a base de madera, sino que desde el principio fueron de piedra. [...] De manera general, el castillo, al igual que el claustro, no se separa de su entorno natural. Es decir, a diferencia de la catedral, que está integrada -aunque también la domina- en la ciudad y que sólo evocó a la naturaleza cuando el imaginario romántico, como hemos visto, hizo de ella un bosque, el castillo arraigó el feudalismo en el suelo. Pese a que en algunas regiones de Europa se construyera en las ciudades, como en Normandía (Caen), en Flandes (Gante) o en muchos sitios de Italia, el castillo sigue estando asociado al campo y, más aún, a la naturaleza. Es la unidad de la red espacial de habitación establecida, en la realidad y en el imaginario europeo, por el feudalismo.
 En los siglos XI y XII, el desarrollo de los castillos sobre montículos suscitó la construcción de fortalezas que dejarían, en el imaginario europeo, una de las formas espectaculares del castillo fortificado. Fue la torre del homenaje (en francés donjon, término procedente de dominionem, lugar señorial, cuya etimología deja en claro que el castillo fue, fundamentalmente, un centro de mando). El derecho de fortificación de un castillo y, por lo tanto de su construcción, era un privilegio que otorgaba el rey. Pero una de las características del feudalismo fue la de desposeer a la monarquía de sus privilegios en beneficio de los señores. Los castellanos -a quienes, en principio, los soberanos habían confiado castillos- rápidamente se convirtieron en sus dueños. Y la reapropiación de esos castillos por los reyes y los príncipes constituye un largo episodio significativo de la época feudal, después del tiempo de lo que Georges Duby llamó las "castellanías independientes" de principios del siglo XI y de mediados del XII. Los duques de Normandía, los reyes de Inglaterra o los reyes de Aragón recuperaron fácilmente el poder sobre los castillos de su aristocracia, pero la lucha, en los siglos XI y XII, de los primeros reyes capetos contra los castellanos de Île-de-France fue larga y difícil.
 El castillo se extendió por toda la cristiandad. Al principio, sobre todo apareció en las zonas fronterizas, en las zonas de conflictos. Así, en contacto con el islam ibérico [...] Castilla, por ejemplo, les debe su nombre. La construcción del feudalismo desarrolla en los señoríos pueblos fortificados, castillos que reúnen a todos los habitantes del señorío o a una buena parte de ellos. Pierre Toubert, que ha estudiado el fenómeno en el Lazio, ha propuesto el término incastellamento, que se ha convertido en uno de los aciertos del vocabulario del feudalismo medieval. Si bien entre los siglos XI y XVI se construyeron castillos por todas partes, algunas regiones fueron especialmente activas al respecto debido a los conflictos militares y a las instalaciones feudales. Así, el país de Gales, codiciado por los ingleses, en el siglo XIII se cubrió de castillos. Y en España, donde los soberanos cristianos de la Reconquista les prometían a los guerreros que les seguían los castillos existentes o los castillos en construcción, proliferaron rápidamente. Fue entonces cuando nació la expresión francesa "châteaux en Espagne", que instalaba, en el sueño de la Europa cristiana, la importancia de los castillos. 
 En su tiempo, y también en el imaginario moderno y contemporáneo, algunos castillos han adquirido una personalidad impresionante. Sin la espiritualidad de la catedral, el castillo proclama, no obstante, su potencia simbólica y se impone como imagen de la fuerza y del poder. [...] Hacia 1240, Federico II, emperador de Alemania y rey de Sicilia, hizo construir en Abulia el Castel del Monte,un castillo en forma octogonal que es una obra maestra de la arquitectura y la ornamentación, pues combina las grandes tradiciones arquitectónicas cristianas y musulmanas de aquella época.
 Tenemos la costumbre de considerar que el castillo de Coucy, que el conde Enguerrando III hizo reconstruir entre 1225 y 1245, es una ruina ejemplar de lo que fue un castillo medieval. He aquí la descripción que un arqueólogo ha hecho sobre él: "Es una fortaleza de aquel tiempo que está entre las más impresionantes, con su plano trapezoidal, sus cuatro torres en los ángulos, su enorme torre del homenaje en la fachada más larga totalmente aislada de la muralla por un profundo foso: las dimensiones hacen de él una formidable fortaleza. Muros de seis metros, torres de cuarenta metros de alto y la torre del homenaje de cincuenta y cinco metros de alto y treinta y uno de diámetro".
 Si bien el castillo en un entorno natural es el modelo por excelencia del castillo fortificado feudal, los castillos urbanos también nos han dejado prestigiosos ejemplos. [...] En Italia, el soberano más prestigioso aunque no siempre el más obedecido, el papa, remodeló, para convertirlo en un castillo a la vez militar y residencial, un monumento de la Antigüedad, la enorme tumba del emperador Adriano, transformado así en el castillo de Sant'Angelo. Cuando los papas, en el siglo XIV, dejaron Roma para instalarse en Aviñón, hicieron construir allí uno de los castillos más espectaculares, una residencia que a pesar de su nombre de Palacio de los Papas es más bien una fortaleza.»

 [El extracto pertenece a la edición en español de Paidós, en traducción de José Miguel González Marcén. ISBN: 978-84-493-2396-6.] 
 

miércoles, 22 de noviembre de 2017

"Allan Quatermain".- Henry R. Haggard (1856-1925)


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Capítulo XIII.- Sobre el pueblo de Zu-Vendis

«Otra fuente de poder de los sacerdotes es su monopolio de la educación y sus conocimientos, muy considerables, de astronomía, lo que les capacita para mantener el control del pueblo al predecir los eclipses y la llegada de los cometas. En Zu-Vendis sólo algunos individuos de las clases más altas pueden leer y escribir, pero la mayoría de los sacerdotes poseen este conocimiento y, por lo tanto, son considerados como hombres instruidos.
 La ley del país es, en su conjunto, bondadosa y justa, pero difiere en muchos aspectos de la ley de los países civilizados. Por ejemplo, la ley en Inglaterra es mucho más severa en el tema de los delitos contra la propiedad que contra la persona, como sucede entre aquellos cuya pasión dominante es el dinero. Un hombre puede darle palizas a su mujer hasta la muerte o infligirles horribles sufrimientos a sus hijos y sufrirá un castigo mucho menor que el que pueda cometer un ladrón por robar un par de viejas botas. En Zu-Vendis esto no es así, puesto que consideran a las personas mucho más importantes que los bienes o los enseres, mientras que en Inglaterra se las considera como una añadidura a estos últimos y no al contrario. El castigo por el asesinato es la muerte; por la traición, la muerte; por engañar a un huérfano o a una viuda, por el sacrilegio y por intentar huir del país (que se considera un sacrilegio), la muerte. En cada caso el método de ejecución es el mismo y desde luego es espantoso. El culpable es arrojado vivo en el horno devorador que hay debajo de uno de los altares dedicados al Sol. Para todos los demás delitos, incluyendo el de la pereza, el castigo es el de trabajos forzados en los enormes edificios del país que siempre se están construyendo en alguna parte del territorio, con o sin palizas periódicas, dependiendo del crimen.
 El sistema social de Zu-Vendis permite una libertad considerable al individuo, siempre y cuando obedezca las leyes y las costumbres del país. Son polígamos en teoría, aunque la mayoría de ellos tienen una sola esposa, debido a su alto coste. Por la ley un hombre está obligado a proporcionar un hábitat separado a cada una de sus mujeres. La primera esposa es también la esposa legal y a sus hijos se les llama "los de la casa del padre". Los hijos de las otras esposas pertenecen a las casas de sus respectivas madres. Esto no implica, sin embargo, ninguna infamia ni sobre la madre ni sobre los hijos. Una primera esposa puede, al casarse, hacer un trato con su marido para que no se case con otra mujer. Sin embargo, esto no suele hacerse, ya que las mujeres son las grandes defensoras de la poligamia, que no sólo les conviene porque superan en número a los hombres, sino que además dignifica a la primera esposa, que es prácticamente la dueña de otras muchas casas. El matrimonio se contempla principalmente como un contrato civil y supone ciertas obligaciones, además de la de traer hijos al mundo; puede disolverse por voluntad de ambas partes contratantes y el divorcio o separación se formaliza con una ceremonia en la que se recorre el camino contrario al de la boda.
 Los habitantes de Zu-Vendis son en su mayoría muy amables, complacientes y alegres. No son grandes comerciantes, se preocupan poco del dinero, y sólo trabajan para ganar lo que les permita mantener el estatus social en el que han nacido. Son extremadamente conservadores y miran con reticencia los cambios. Su moneda corriente es la plata, cortada en pequeños rectángulos de diferentes pesos; el oro es una moneda inferior y tiene más o menos el mismo valor que nuestra plata. Sin embargo, es muy apreciado por su belleza y lo usan con frecuencia en los adornos y con fines decorativos. La mayoría del comercio, no obstante, se lleva a cabo por medio del trueque y el pago se efectúa en especie. La agricultura es el gran negocio del país y, realmente, los habitantes de Zu-Vendis son expertos labradores y la mayoría de las tierras están cultivadas. Se le presta mucha atención a la cría de ganado y de caballos y esta última actividad la realizan con el mayor esmero que yo haya visto jamás en África o en Europa.
 La tierra pertenece teóricamente a la corona y bajo la corona se encuentran los grandes señoríos, que de nuevo se dividen en otros más pequeños, y así hasta llegar a los campesinos y granjeros, que trabajan cuarenta reestu (acres) en un sistema en el que la mitad de los beneficios hay que entregarlos al señor inmediatamente superior. De hecho, todo el sistema es, como ya he dicho, feudal y nos sorprendió mucho encontrarnos con un amigo tan viejo en el corazón de África.
 Los impuestos son muy altos. El Estado se lleva un tercio de las ganancias de cada ciudadano y los sacerdotes un cinco por ciento de lo que queda. Pero por otra parte, si un hombre por cualquier causa cae de bona fide, en desventura, el Estado le proporciona los medios para poder vivir en la posición que le corresponde. Si es un vago, sin embargo, es enviado a trabajar a las obras del Gobierno y el Estado cuida de su esposa y de sus hijos. El Estado también construye las carreteras y las casas de todas las ciudades, en lo que pone mucho esmero, ya que las alquila a las familias por rentas muy bajas. También mantiene un ejército de unos veinte mil hombres y prepara a los centinelas, etc. A cambio del cinco por ciento los sacerdotes  atienden al servicio en los templos, llevan a cabo las ceremonias religiosas y se ocupan de las escuelas, donde enseñan lo que piensan que es apropiado, que no es mucho. Algunos de los templos también poseen propiedades privadas, aunque los sacerdotes y los ciudadanos no pueden poseer nada.
 Y tras esto uno se hace una pregunta difícil de contestar: ¿son los habitantes de Zu-Vendis gentes civilizadas o bárbaras? Algunas veces pienso una cosa y otras lo contrario. En algunas ramas del arte han conseguido un grado de perfección bastante alto. Tomemos por ejemplo sus edificios o sus estatuas. No creo que estas últimas puedan compararse en belleza o en poder imaginativo con las de cualquier otra parte del mundo, y en cuanto a los primeros podrían rivalizar con los del antiguo Egipto, y con ninguno más. Pero, por otra parte, ignoran cualquier otro arte. Hasta que sir Henry, que resultó saber algo de esto, les demostró que podían fabricar cristal mezclando sílice con cal, no sabían que este material existía, y su cerámica es bastante primitiva. Un cronómetro de agua es el objeto más parecido a un reloj que poseen; de hecho, los nuestros les gustaron en extremo. No saben nada del vapor, de la electricidad o de la pólvora y, afortunadamente para ellos, nada sobre la imprenta o el penny-post. Así se han ahorrado muchos males, porque nuestra época ha aprendido la sabiduría del viejo refrán que dice: "Aquel que incrementa sus conocimientos, acrecienta su pena".
 En lo que respecta a la religión, es el credo natural para las gentes imaginativas que no tienen otro mejor y, por lo tanto, es natural que se dirijan al sol y lo adoren como a un padre todopoderoso; pero de ninguna forma puede calificarse como culto espiritual o elevado. [...] Algunos creen en la vida futura -sé que Nyleptha lo cree de veras-, pero es una creencia que nace de los deseos espirituales de cada individuo y no un credo inicial.»

 [El extracto pertenece a la edición en español de Anaya, en traducción de Mar Hernández de Felipe. ISBN: 84-207-4484-0.]
 

martes, 10 de noviembre de 2015

"Ébano".- Ryszard Kapuscinski (1932-2007)

 
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Conferencia sobre Ruanda
 
 "Señoras y señores: el tema de nuestra conferencia no es otro que Ruanda, un país pequeño, tanto, que en muchos mapas que encontrarán ustedes en los libros dedicados a África está señalado con un insignificante punto. [...] Ruanda es un país montañoso. África se caracteriza más bien por sus llanuras y altiplanos; en Ruanda, sin embargo, no hay más que montañas y más montañas. Se elevan hasta alcanzar cotas de dos mil y tres mil metros, e incluso más altas. Por eso el país a menudo recibe el nombre del Tíbet de África, y no sólo a causa del paisaje, sino también debido a su singularidad, diferencia, otredad. Esa otredad, aparte de la geografía, también atañe a la sociedad. A saber: mientras la población de los países africanos es, por regla general, multitribal (en el Congo viven trescientas tribus, doscientas cincuenta en Nigeria, etc.), Ruanda está habitada por una sola comunidad, un solo pueblo, el banyaruanda, que se divide en tres castas tradicionales: la de los propietarios de rebaños, tutsis (14 por ciento de la población); la de los agricultores, hutus (85 por ciento), y la de los jornaleros y criados, twa (1 por ciento). Este sistema de castas (con ciertas analogías con la India) se formó siglos atrás: aún hoy sigue abierta la discusión de si tal cosa se produjo en el siglo XII o sólo en el XV, dado que no existen fuentes escritas al respecto. Lo cierto es que durante siglos existió allí un reino gobernado por un monarca que recibía el nombre de mwami y que procedía de la casta tutsi.
 Protegido por las montañas, el reino era un país cerrado: no mantenía relaciones con nadie. Los banyaruanda no organizaban expediciones de conquista, ni -como en su tiempo los japoneses- dejaban entrar extranjeros en su territorio (de ahí que no conociesen, por ejemplo, el tráfico de esclavos, que era el azote de otros pueblos africanos). El primer europeo que llegó hasta Ruanda, en 1894, era un viajero y oficial alemán, el conde G. A. von Götzen. Cabe añadir que ocho años antes, los imperios coloniales, al repartirse África en la conferencia de Berlín, habían concedido Ruanda precisamente a los alemanes, decisión sobre la cual no se informó a ningún ruandés, ni tan siquiera al rey. Durante años, los banyaruanda vivieron como un pueblo colonizado, sin saber una palabra de ello. En años posteriores, los alemanes no manifestaron gran interés por esta colonia suya y después de la Primera Guerra Mundial la perdieron a favor de Bélgica. Durante mucho tiempo, tampoco los belgas se mostraron muy activos. Ruanda estaba situada muy lejos de las costas, a más de mil quinientos kilómetros, pero, sobre todo, el país no representaba ningún valor, dado que no se habían encontrado en él materias primas importantes. Gracias a ello, el ancestral sistema social de los banyaruanda, instalado en aquella fortaleza de alta montaña, pudo conservarse en su forma primigenia hasta la segunda mitad del siglo XX. Dicho sistema tenía muchos rasgos parecidos al feudalismo europeo. Gobernaba el país un monarca rodeado por un grupo de aristócratas y por gran número de nobles de alcurnia. Todos ellos formaban la casta dominante, la de los tutsis. Su mayor riqueza -en realidad, su única riqueza- la constituía el ganado: los cebúes, una raza bovina que se caracteriza por la belleza de sus cuernos, largos, estilizados y en forma de sable. No se los mataba: eran sagrados, intocables. Los tutsi se alimentaban de su leche y de su sangre (se la sacaban pinchando con lanzas las arterias del cuello y la recogían en unas vasijas previamente lavadas con orina de vaca). Todo eso lo hacían los hombres, pues el acceso a los cebúes estaba vetado a las mujeres.
 La vaca era la medida de todo: de la riqueza, del prestigio, del poder. Cuantas más vacas poseía, más rico era su dueño. Cuanto más rico era, más poder tenía. Era el rey quien poseía más cabezas y sus rebaños disfrutaban de especial atención. [...] El tutsi se sienta en el umbral de su choza y contempla sus rebaños paciendo en la pendiente de la montaña. Esta visión lo llena de orgullo y felicidad. Los tutsi no son pastores ni nómadas, ni siquiera ganaderos. Son dueños de los rebaños, son la casta dominante, la aristocracia.
 Los hutus, en cambio, forman la casta, mucho más numerosa, de los agricultores (en la India se les llama wajshya). Entre tutsi y hutus dominaban unas relaciones feudales: el tutsi era el señor y el hutu, su vasallo. Los hutus eran clientes de los tutsis. Eran agricultores que vivían de cultivar la tierra. Entregaban al señor parte de sus cosechas a cambio de protección y de una vaca, que recibían en usufructo (los tutsi tenían el monopolio: los hutus podían tener una vaca sólo si la arrendaban a su señor). Todo igual que en el feudalismo: la misma dependencia, las mismas costumbres, la misma explotación.
 Paulatinamente, a mediados del siglo XX, crece un conflicto dramático entre las dos castas. Lo que se disputan es la tierra. Ruanda es pequeña, montañosa y muy densamente poblada.  Como sucede a menudo en África, también en Ruanda llega a producirse una lucha entre los que viven de criar ganado y los que cultivan la tierra".  

domingo, 21 de junio de 2015

Fuente Ovejuna.- Félix Lope de Vega (1562-1635)


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Acto tercero
Escena XX
 
Sale el Juez.
 
Juez: A Fuente Ovejuna fui / de la suerte que has mandado,
         y con especial cuidado / y diligencia asistí.
         Haciendo averiguación / del cometido delito,
         una hoja no se ha escrito / que sea en comprobación;
         porque, conformes a una, / con un valeroso pecho,
         en pidiendo quién lo ha hecho / responden: Fuente Ovejuna.
                                          Trescientos he atormentado / con no pequeño rigor,
                                          y te prometo, señor, / que más que esto no he sacado.
                                          Hasta niños de diez años / al potro arrimé, y no ha sido
                                          posible haberlos inquirido / ni por halagos ni engaños.
                                          Y pues tan mal se acomoda / el poderlo averiguar,
                                          o los has de perdonar / o matar la villa toda.
                                          Todos vienen ante ti / para más certificarte:
                                          de ellos podrás informarte.
 Rey: Que entren, pues vienen, diles.

Escena XXI
 
Salen los dos alcaldes, Frondoso, las mujeres y los villanos que quisieren.
 
 Laurencia: ¿Aquestos los reyes son?
 Frondoso:                                             Y en Castilla poderosos.
 Laurencia: Por mi fe, que son hermosos: / ¡bendígalos San Antón!
 Isabel: ¿Los agresores son éstos?
 Alcalde Esteban:                            Fuente Ovejuna, señora,
                               que humildes llegan agora / para serviros dispuestos.
                               La sobrada tiranía / y el insufrible rigor
                               del muerto Comendador, / que mil insultos hacía,
                               fue el autor de tanto daño. / Las haciendas nos robaba
                               y las doncellas forzaba, / siendo de piedad extraño.
 Frondoso: Tanto, que aquesta zagala / que el cielo me ha concedido,
                    en que tan dichoso he sido / que nadie en dicha me iguala,
                   cuando conmigo casó, / aquella noche primera,
                   mejor que si suya fuera, / a su casa la llevó.
                   Y a no saberse guardar / ella, que en virtud florece,
                   ya manifiesto parece / lo que pudiera pasar.
Mengo:     ¿No es ya tiempo que hable yo? / Si me dais licencia, entiendo
                  que os admiraréis, sabiendo / del modo que me trató.
                  Porque quise defender / una moza, de su gente
                  que, con término insolente, / fuerza la querían hacer,
                  aquel perverso Nerón / de manera me ha tratado,
                  que el reverso me ha dejado / como rueda de salmón.
                  Tocaron mis atabales / tres hombres con tal porfía,
                  que aun pienso que todavía / me duran los cardenales.
                  Gasté en este mal prolijo, / porque el cuero se me curta,
                  polvos de arrayán y murta, / más que vale mi cortijo.
Alcalde Esteban: Señor, tuyos ser queremos / Rey nuestro eres natural,
                              y con título de tal / ya tus armas puesto habemos.
                              Esperamos tu clemencia, / y que veas, esperamos,
                              que en este caso te damos / por abono la inocencia.
Rey: Pues no puede averiguarse / el suceso por escrito,
         aunque fue grave el delito, / por fuerza ha de perdonarse.
         Y la villa es bien se quede / en mí, pues de mí se vale,
         hasta ver si acaso sale / comendador que la herede.
Frondoso: Su Majestad habla, en fin, / como quien tanto ha acertado.
                   Y aquí, discreto senado, / Fuente Ovejuna da fin.

FINIS".