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domingo, 15 de diciembre de 2024

Cien años de soledad.- Gabriel García Márquez (1927-2014)

 

 «Sin embargo, dos meses después, cuando el coronel Aureliano Buendía volvió a Macondo, el desconcierto se transformó en estupor. Hasta Úrsula se sorprendió de cuánto había cambiado. Llegó sin ruido, sin escolta, envuelto en una manta a pesar del calor, y con tres amantes que instaló en una misma casa, donde pasaba la mayor parte del tiempo tendido en una hamaca. Apenas sí leía los despachos telegráficos que informaban de operaciones rutinarias. En cierta ocasión el coronel Gerineldo Márquez le pidió instrucciones para la evacuación de una localidad fronteriza que amenazaba con convertirse en un conflicto internacional.
 -No me molestes por pequeñeces -le ordenó él-. Consúltalo con la Divina Providencia.
 Era tal vez el momento más crítico de la guerra. Los terratenientes liberales, que al principio apoyaban la revolución, habían suscrito alianzas secretas con los terratenientes conservadores para impedir la revisión de los títulos de propiedad. Los políticos que capitalizaban la guerra desde el exilio habían repudiado públicamente las determinaciones drásticas del coronel Aureliano Buendía, pero hasta esa desautorización parecía tenerlo sin cuidado. No había vuelto a leer sus versos, que ocupaban más de cinco tomos y que permanecían olvidados en el fondo del baúl. De noche, o a la hora de la siesta, llamaba a la hamaca a una de sus mujeres y obtenía de ella una satisfacción rudimentaria, y luego dormía con un sueño de piedra que no era perturbado por el más ligero indicio de preocupación. Sólo él sabía entonces que su aturdido corazón estaba condenado para siempre a la incertidumbre. Al principio, embriagado por la gloria del regreso, por las victorias inverosímiles, se había asomado al abismo de la grandeza. Se complacía en mantener a la diestra al duque de Marlboroug, su gran maestro en las artes de la guerra, cuyo atuendo de pieles y uñas de tigre suscitaban el respeto de los adultos y el asombro de los niños. Fue entonces cuando decidió que ningún ser humano, ni siquiera Úrsula, se le aproximara a menos de tres metros. En el centro del círculo de tiza que sus edecanes trazaban dondequiera que él llegara, y en el cual sólo él podía entrar, decidía con órdenes breves e inapelables el destino del mundo. La primera vez que estuvo en Manaure después del fusilamiento del general Moncada, se apresuró a cumplir la última voluntad de su víctima, y la viuda recibió los lentes, la medalla, el reloj y el anillo, pero no le permitió pasar de la puerta.
 -No entre, coronel -le dijo-. Usted mandará en su guerra, pero yo mando en mi casa.
 El coronel Aureliano Buendía no dio ninguna muestra de rencor, pero su espíritu sólo encontró el sosiego cuando su guardia personal saqueó y redujo a cenizas la casa de la viuda. "Cuídate el corazón, Aureliano", le decía entonces el coronel Gerineldo Márquez. "Te estás pudriendo vivo". Por esa época convocó una segunda asamblea de los principales comandantes rebeldes. Encontró de todo: idealistas, ambiciosos, aventureros, resentidos sociales y hasta delincuentes comunes. Había, inclusive, un antiguo funcionario conservador refugiado en la revuelta para escapar a un juicio por malversación de fondos. Muchos no sabían ni siquiera por qué peleaban. En medio de aquella muchedumbre abigarrada, cuyas diferencias de criterio estuvieron a punto de provocar una explosión interna, se destacaba una autoridad tenebrosa: el general Teófilo Vargas. Era un indio puro, montaraz, analfabeto, dotado de una malicia taciturna y una vocación mesiánica que suscitaba en sus hombres un fanatismo demente. El coronel Aureliano Buendía promovió la revolución con el propósito de unificar el mando rebelde contra las maniobras de los políticos. El general Teófilo Vargas se adelantó a sus intenciones: en pocas horas desbarató la coalición de los comandantes mejor calificados y se apoderó del mando central. "Es una fiera de cuidado", les dijo el coronel Aureliano Buendía a sus oficiales. "Para nosotros, ese hombre es más peligroso que el Ministro de la Guerra". Entonces un capitán muy joven que siempre se había distinguido por su timidez levantó un índice cauteloso:
 -Es muy simple, coronel -propuso-: hay que matarlo.
 El coronel Aureliano Buendía no se alarmó por la frialdad de la proposición, sino por la forma en que se anticipó una fracción de segundo a su propio pensamiento:
 -No esperen que yo dé esa orden -dijo.
 No la dio, en efecto. Pero quince días después el general Teófilo Vargas fue despedazado a machetazos en una emboscada y el coronel Aureliano Buendía asumió el mando central. La misma noche en que su autoridad fue reconocida por todos los comandos rebeldes, despertó sobresaltado, pidiendo a gritos una manta. Un frío interior que le rayaba los huesos y lo mortificaba inclusive a pleno sol le impidió dormir bien varios meses, hasta que se le convirtió en una costumbre. La embriaguez del poder empezó a descomponerse en ráfagas de desazón. Buscando un remedio contra el frío, hizo fusilar al joven oficial que propuso el asesinato del general Teófilo Vargas. Sus órdenes se cumplían antes de ser impartidas, aún antes de que él las concibiera y siempre llegaban mucho más lejos de donde él se hubiera atrevido a hacerlas llegar. Extraviado en la soledad de su inmenso poder, empezó a perder el rumbo. Le molestaba la gente que lo aclamaba en los pueblos vencidos y que le parecía la misma que aclamaba al enemigo. Por todas partes encontraba adolescentes que lo miraban con sus propios ojos, que hablaban con su propia voz, que lo saludaban con la misma desconfianza con que él los saludaba a ellos y que decían ser sus hijos. Se sintió disperso, repetido y más solitario que nunca. Tuvo la convicción de que sus propios oficiales le mentían. Se peleó con el duque de Marlborough. "El mejor amigo -solía decir entonces- es el que acaba de morir". Se cansó de la incertidumbre, el círculo vicioso de aquella guerra eterna que siempre lo encontraba a él en el mismo lugar, sólo que cada vez más viejo, más acabado, más sin saber por qué, ni cómo ni hasta cuándo. Siempre había alguien fuera del círculo de tiza. Alguien a quien la hacía falta dinero, que tenía un hijo con tos ferina o que quería irse a dormir para siempre porque ya no podía soportar en la boca el sabor a mierda de la guerra y que, sin embargo, se cuadraba con sus últimas reservas de energía para informar: "Todo normal, mi coronel". Y la normalidad era precisamente lo más espantoso de aquella guerra infinita: que no pasaba nada. Solo, abandonado por los presagios, huyendo del frío que habría de acompañarlo hasta la muerte, buscó un último refugio en Macondo, al calor de sus recuerdos más antiguos. Era tan grave su desidia que cuando le anunciaron la llegada de una comisión de su partido autorizada para discutir la encrucijada de la guerra, él se dio vuelta en la hamaca sin despertar por completo.
 -Llévenlos donde las putas -dijo.
 Eran seis abogados de levita y chistera que soportaban con un duro estoicismo el bravo sol de noviembre.»

 [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Orbis, 1982, pp. 180-183. ISBN: 84-7530-035-9.]

lunes, 1 de febrero de 2021

Pequeño tratado de los grandes vicios.- José Antonio Marina (1939)

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Segunda parte: Los vicios capitales
Tercer vicio: la envidia
1.-Una pasión compleja

  «Ninguna de las pasiones y vicios estudiados cumple las condiciones populares de la pasión: una intensidad deseable. Pero tampoco merecen ser erradicadas. Porque hay un afán de excelencia elogiable y una ira justa. Con la envidia las cosas están menos claras. Es una pasión que hace sufrir y que parece difícil de transfigurar, integrándola en el dinamismo de la anábasis. Es un sentimiento juzgado malo sin apelación en todas las culturas, triste privilegio que comparte con la cobardía y la avaricia. La envidia es incluso considerada vergonzosa por el propio sujeto que la padece, razón por la que, como ya señalara Luis Vives, “nadie se atreve a decir que es envidioso”. Es un sentimiento –la tristeza por el bien del que otro disfruta-, pero en ciertas personas se convierte en una pasión, es decir, en un sentimiento desmesurado, monotemático, obsesivo, que abduce la conciencia entera. La novela Abel Sánchez, de Unamuno, cuenta uno de esos casos. Esta invasión de la mente nos permite entender mejor el significado de la expresión “vicios capitales”. La envidia, como veremos, altera todo el dinamismo afectivo de una persona. Para Castilla del Pino, es un “modo de instalarse en la realidad”. Se convierte en una forma de vida oblicua. Es casi una enfermedad, aunque, al contrario de un cercano pariente suyo –los celos-, no produce conductas patológicas, como los delirios.
 Pero la envidia no es voluntaria. Es el resultado consciente de una compleja alquimia no consciente. Está producida por la inteligencia generadora. No puede, por lo tanto, juzgarse mala,  porque sólo los actos voluntarios pueden someterse a esa evaluación moral. El envidioso, es cierto, puede desear la desdicha del envidiado, pero eso no quiere decir que vaya a comportarse cruel o injustamente con él. A veces, precisamente por la inquietud que le produce ese sentimiento, se esfuerza hasta la exageración en elogiar, proteger o alabar al envidiado. Quien experimenta el sentimiento de envidia puede reconocerlo en sí mismo. Pero quien siente la pasión de la envidia no. Toda su capacidad crítica, de autoconocimiento, ha quedado falseada por la pasión. No puede reconocer que es envidioso. Piensa que su sentimiento de dolor o de ira ante el éxito del envidiado está justificado. Suele por ello tener un afán proselitista. Intenta convencer a los demás de que es injusto lo que a él le mortifica, que el otro, que disfruta de la prosperidad o del prestigio, es un farsante que debe ser desenmascarado. Al envidioso no le interesa arrebatar sus bienes al envidiado, eso es una envidia infantil. Le interesa que el envidiado sea humillado, desacreditado, puesto en su sitio.

2.-Volvamos al principio

 Había buenas razones para que la envidia formara parte del catálogo de los vicios capitales cristiano. En la Biblia se lee: “Por la envidia del diablo entró la muerte en el mundo” (Sab 2,24). Previamente, el ángel se había convertido en diablo por un acto de soberbia: quiso ser como Dios. Pero además sintió envidia al ver que Dios amaba a una criatura inferior a él, y por eso tentó a Adán y Eva. Pronto, los hombres fueron imitadores del demonio: por envidia, Caín mató a Abel; Esaú se enfrentó a Jacob; José fue vendido por sus hermanos; David persiguió a Saúl. Los primeros teólogos comprendieron el peligro. Cipriano (siglo III) la definió como “la raíz de todos los males, fuente de infortunio. Vivero de delitos” (De zelo et livore, 6). No hay enemigo más peligroso, dice Juan Crisóstomo (siglo IV), porque “una vez desaparecida la causa de la guerra, el que combate pierde todo sentimiento de hostilidad; por el contrario, el envidioso no podrá ser nunca amigo. Uno ataca al descubierto, otro disimulando. Uno puede invocar numerosas causas posibles para la guerra que libra; mientras que el otro no tiene más que su locura y su voluntad satánica” (In epistolam ad Romanos homiliae, VII, 6). Añadía gravedad a la envidia el que incluso los niños pudieran experimentarla. Casiano la incluyó ya en su catálogo, advirtiendo que es el vicio más difícil de curar (Consolationes, XVIII, 16). Gregorio la pone en segundo lugar después de la soberbia y una vez más hace escuela.

 Envidia significa etimológicamente “mirar con mal ojo”. Covarrubias recoge la etimología “in-video”, porque la envidia mira siempre con mal ojo, y por eso dijo Ovidio de ella: “Nusquam recta acies”. Algo así como: nunca mira derechamente. “Es un dolor, concebido en el pecho, del bien y prosperidad agena. Su tossigo es la prosperidad y buena andança del próximo, su manjar dulce la adversidad y calamidad del mismo; llora quando los demás ríen y ríe quando todos lloran. Entre las demás emblemas mías, tengo una lima sobre un yunque con el mote Carpit et carpitur una. Símbolo del embidioso que royendo a los otros, él está consumiendo el propio corazón”. Los envidiosos aman la oscuridad. Su mirada está envenenada como la del basilisco. Dante describe la masa ondeante de los envidiosos en el purgatorio: “un hilo de hierro une sus párpados”.
 Todos los tratadistas medievales se extrañan porque es un pecado que no procura ni placer ni alegría, sino sólo dolor. “Es un tormento sin pausa, una enfermedad sin remedio, una fatiga sin descanso, una pena continua” (Alain de Lille, siglo XII). Es un suplicio para sí misma, había dicho ya Ovidio en las Metamorfosis. El envidioso ve en el bien del otro un mal para sí mismo. Es, pues, una perversión del juicio capaz de ver malo lo bueno. “Transforma el vino en agua, el oro en cobre, el día en noche”, dice Juan de San Gimignano.
 ¿Qué impulsa al envidioso a semejante inversión de la realidad? Un peligro para su excelencia, responde Tomás de Aquino. La posibilidad de no ser el preferido, el más estimado, el más amado. Esa comparación sólo puede hacerse con los que están a la misma altura, como dijo Aristóteles. En el fondo, el envidioso es un orgulloso defraudado en su voluntad de excelencia. La tradición –Agustín, Casiano, Gregorio y muchos otros- había visto en la soberbia el origen de la envidia. Luis Vives había señalado que es hija de la soberbia y de la pequeñez, porque nadie que confía en su valía envidia los bienes de otro. El envidioso vigila las venturas del envidiado, rebaja sus méritos o, al contrario, los ensalza desmesuradamente, movido por el remordimiento. Cree percibir cuando en realidad interpreta. Joaquín de Montenegro, el protagonista de la novela de Unamuno, arrebatado por su pasión, no cree que sea envidia lo que siente. Piensa que percibe objetivamente la malignidad de sus envidiados. “Ellos se casaron por rebajarme, por humillarme, por denigrarme, ellos se casaron para burlarse de mí, ellos se casaron contra mí”. 
El envidioso desea “ser el preferido, por eso tiene una parte de soberbia. Pero también una extrema debilidad. “El error del envidioso”, escribe Castilla del Pino, “al inaceptarse a sí mismo y proponerse ser otro, hace de su vida un proyecto imposible”. “Sufre”, dice Alberoni, “por una carencia de ser, una carencia que es evocada por la presencia del otro”.
 Lo que el envidioso no puede tolerar es que alguien pueda disfrutar más que él. Un ejemplo citado por Juan de Salisbury (siglo XII) lo muestra: “Un rey pidió a dos hombres, uno avaro y otro envidioso, que le pidieran lo que quisieran, porque se lo concedería y daría al otro el doble. El avaro decide no pedir el primero, porque así recibirá más. El envidioso, después de larga meditación, pide que le arranquen un ojo, porque así al otro le sacarán los dos” (Policraticus, VII, 24).
[…]


4.-Una caracterización moderna de la envidia

  La envidia es una relación asimétrica a favor del envidiado, que es vivida como intolerable por el envidioso. La envidia no se dirige al bien, no es codicia, sino que va dirigida al otro. Por eso está tan cercana al odio. Eso explica por qué en la lista de los vicios capitales no está el odio que, sin embargo, parece que debería ser el vicio capital. Los analistas de la perversidad consideran que el odio es efecto de otras pasiones más profundas. Por ejemplo, la envidia, a la que Kant incluía dentro de los vicios de la misantropía junto a la ingratitud y la alegría por el mal ajeno. El envidioso no quiere tanto arrebatarle el bien al envidiado como verlo hundido, humillado, desdichado. Tomás de Aquino relaciona la envidia y el odio porque ambos son pecados contra la caridad (Sum. Theol., 2-2, q. 36). Una barrera se eleva entre el envidioso y el resto de los hombres, por eso, como dice Schopenhauer, es una pasión solitaria. […]
 Se ha convertido en una pasión política. Helmut Schoeck la considera un motor del progreso económico y social. Se basa en la percepción de una diferencia que se considera injusta y que es intensificada por las creencias igualitarias. Cuando se une a un sentimiento de impotencia, la envidia se convierte en resentimiento. Nietzsche lo consideró origen de la moral, que era la victoria del débil contra el fuerte, del enfermo frente al sano, o, por usar el lenguaje que he utilizado, de la víctima frente a su verdugo.»
 
   [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Anagrama, 2011, pp. 99-104 y 106-107. ISBN: 978-84-339-6336-9.]
 

lunes, 6 de julio de 2020

La guerra de Yugurta.- Cayo Crispo Salustio (86 a.C. - 35 a.C.)

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  «5.-Voy a escribir la guerra que el Pueblo Romano tuvo con Yugurta, rey de los Númidas, primero porque fue grande y encarnizada y de victoria indecisa, después porque entonces el pueblo fue contra la soberbia de los nobles; esta contienda confundió las cosas divinas y humanas y llegó a tal punto de la locura que la guerra y la devastación de Italia puso fin a las discordias civiles. Pero antes de comenzar el relato me referiré a un poco más arriba a fin de que todas las cosas sean conocidas mejor y más claramente.
 En la segunda guerra púnica en la cual Aníbal, capitán de los cartagineses, después que el nombre romano se hubo hecho glorioso, disminuyó bastante la potencia de Italia; Masinisa, rey de los Númidas, acogido en amistad por aquel Publio Escipión, que después por su valor ganó el sobrenombre de Africano, emprendió muchas y muy esclarecidas empresas militares; por las cuales, vencidos los cartagineses y apresado Sifax, cuyo imperio en África fue poderoso y vasto, el Pueblo Romano dio al rey cuantas ciudades y tierras había conquistado con las armas en la mano. Así, pues, la amistad de Masinisa nos era constantemente honrosa y útil; y no se acabó sino con el imperio y con su vida. Después su hijo Micipsa obtuvo él solo el reino cuando una enfermedad arrebató a sus hermanos Manastabal y Gulusa. Micipsa tuvo dos hijos, Aderbal y Hiempsal y tuvo en su casa, tratándole como a ellos, a Yugurta, hijo de su hermano Manastabal, al cual Masinisa -porque nació de una concubina- había privado de su herencia.
 6.-Luego que éste llegó a la mocedad, gallardo de fuerzas, hermoso de aspecto pero bastante más vigoroso de ingenio, no se dejó corromper por la molicie y el ocio; pero, como es costumbre de aquellas gentes, cabalgaba, tiraba el arco, en la carrera competía con sus coetáneos y, aunque superaba a todos en reputación, era, sin embargo, estimado de todos: además de esto se pasaba la mayor parte del tiempo en la caza y era el primero o de los primeros en herir a los leones o a otras fieras; y obrando mucho, hablaba poquísimo de sí mismo. De estas cosas Micipsa, aunque al principio se alegraba considerando que el valor de Yugurta redundaría en gloria para su reino, sin embargo, después que comprendió que el mozo en la flor de la edad se iba ganando más y más crédito mientras él era ya maduro y pequeños sus hijos, vivamente turbado por este hecho, revolvía muchos pensamientos en su interior. Le aterraba la naturaleza humana, ávida de mando, proclive a satisfacer las pasiones del ánimo y, sobre todo, la favorable ocasión de su edad y de sus hijos, la cual, con la esperanza de buen éxito, hace extraviar aun a los hombres menos emprendedores; añádase a esto el amor por Yugurta que encendía el pecho de los Númidas, por los cuales si hubiesen quitado de en medio a un varón tal, temía Micipsa que se levantasen sediciones o guerras.
 7.-Angustiado con estas dificultades, después que ve que ni con la violencia podía quitarse de en medio a tan bien quisto del pueblo y, por otra parte, siendo Yugurta valiente y deseoso de gloria militar, determinó exponerlo a los peligros y tentar por este camino fortuna. Por ello, teniendo Micipsa que enviar al Pueblo Romano socorros de caballería y de infantería para la guerra de Numancia, le puso al mando de los Númidas que envió a España con la esperanza de que, o bien al hacer alarde de su valor o por el furor de los enemigos, seguramente perecería. Pero la realidad le salió muy de otra manera a como él había calculado. Porque Yugurta, pronto y agudo de ingenio como era, así que conoció el carácter de Publio Escipión, que entonces era el general de los Romanos, y las costumbres de los enemigos, a costa de gran trabajo y cuidados, y además de esto y obedeciendo a todos con suma modestia y en muchas ocasiones saliendo al encuentro de los peligros, llegó en breve a hacerse tan ilustre que era sumamente querido de los nuestros y muy temido de los Numantinos. Y a la verdad era valeroso en la batalla y maduro en las deliberaciones, lo que es difícil en sumo grado; de estas dos cosas una, la mayor de las veces, suele hacer, por prudencia, temerosos, y la otra, por audacia, temerarios. En consecuencia, el general trataba casi todas las cosas difíciles por medio de Yugurta; le contaba entre sus amigos y más cada día le mostraba su amistad viendo que ni consejo ni empresa suya le salía vana. Agregábase a esto la libertad del ánimo y la destreza del ingenio, por el cual tenía a muchos romanos encadenados con íntima amistad.
 8.-Había en aquel tiempo en nuestro ejército varios individuos entre nuevos y nobles para los cuales las riquezas tenían más importancia que el bien y lo honesto; eran facciosos en Roma y por ello gozaban de prestigio entre los aliados; famosos más que virtuosos. Estos inflamaban el ánimo de Yugurta, prometiéndole que a la muerte de Micipsa sería el único señor en el reino de Numidia, puesto que era grande su valor y en Roma, por otra parte, todo se vendía. Pero, después que, destruida Numancia, Publio Escipión licenció las tropas auxiliares y resolvió volverse a casa, honró espléndidamente a Yugurta con regalos y con alabanzas en presencia del ejército; después le llevó a su tienda y allí le aconsejó en secreto que cultivase la amistad del Pueblo Romano, más bien mediante la pública autoridad que valiéndose de particulares y que no se acostumbrase a hacer regalos a nadie, pues no sin riesgo se compraba a pocos lo que era de muchos; si quería persistir como hasta ahora en sus buenas costumbres, la gloria y el reino le vendrían por sí solos a las manos; pero si se daba excesiva prisa, sus propias riquezas le empujarían al precipicio.
LA GUERRA DE YUGURTA / LA CONJURACIÓN DE CATILINA de Cayo Crispo ... 9.-Después de haberle hablado así, le despidió con una carta dirigida a Micipsa, cuyo contenido era éste: "El valor de tu Yugurta en la guerra de Numancia fue extraordinario; me consta que esta noticia te será muy grata. Yo le estimo por sus méritos y haré cuanto pueda por que también le estime el Senado y el Pueblo Romano. Me congratulo contigo por nuestra amistad; ahí tienes a un hombre digno de ti y de su abuelo Masinisa." El rey, pues, cuando supo por la carta de Escipión que eran ciertas las noticias que le habían dado sobre Yugurta, conmovido por el mérito y la gallardía del mozo, cambió de propósito y se aplicó a ganarse a Yugurta con beneficios; al punto le adoptó y en su testamento le declaró heredero junto a sus hijos. De allí a pocos años, consumido por las enfermedades y por la edad, sintiendo que le llegaba el fin de su vida, dicen que, en presencia de amigos y parientes y de sus hijos Aderbal y Hiempsal, habló a Yugurta de esta manera:
 10.-"Yo te acogí cuando eras pequeño, Yugurta, en mi reino después de la pérdida de tu padre, sin esperanza y sin bienes de fortuna, juzgando que en agradecimiento no me hubieses querido menos que mis propios hijos si te hubiese engendrado; en esto no me engañé. Pues para no mencionar otros grandes y egregios hechos tuyos, últimamente, a la vuelta de Numancia, honraste con la gloria a mí y a mi reino y con tu valor nos hiciste a los romanos de amigos que éramos, amicísimos; renovaste en España el nombre de nuestra familia; por último, venciste a la gloria con tu fama, cosa difícil entre los mortales. Ahora, ya que la naturaleza está poniendo término a mi vida, por esta mi diestra, por la fe que debo al reino, te exhorto y te conjuro a que ames a estos que por sangre te son parientes y por beneficio mío, hermanos; y no desees más agregarte a extraños que conservar a los que te son afines por sangre. No son los ejércitos ni los tesoros los que sostienen el trono, sino los amigos que no se ganan por las armas ni se pueden comprar con oro: se obtienen con buenos oficios y lealtad. ¿Pues quién es más amigo que el hermano para el hermano? ¿O a qué extraño encontrarás fiel si eres enemigo de los tuyos? En verdad que os dejo un reino bien firme si hay paz entre vosotros; pero será débil si no os amáis y avenís; pues con la concordia se acrecientan las pequeñas cosas y con la discordia las más grandes se destruyen. Por lo demás a ti Yugurta, que por edad y sabiduría aventajas a otros, antes que a éstos te conviene prevenir que no suceda de otro modo: pues en toda contienda el más poderoso, aun cuando reciba una injuria, por el hecho de ser así, aparenta ser el agresor. Y vosotros, Aderbal y Hiempsal, respetad y honrad a un hombre semejante, imitad su valor y poned vuestro empeño en que no parezca que yo he prohijado hijos mejores que los que he engendrado."
 11.-A estas palabras, Yugurta, aunque comprendía que el rey no hablaba con sinceridad, y él mismo fomentaba en su ánimo sentimientos muy distintos, sin embargo, respondió con dulzura, como lo pedían las circunstancias. Pocos días después murió Micipsa. Y una vez que le hicieron magníficas exequias, según costumbre real, los príncipes se reunieron para deliberar entre sí de todos sus asuntos.»

   [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Sarpe, 1985, en traducción de José Torrens Béjar. ISBN: 84-7291-907-2.]

sábado, 4 de mayo de 2019

Libro del Caballero Zifar.- Anónimo (h. 1300)


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Castigos del rey de Menton
De commo el rey de Menton dezia a sus fijos commo deuian guardar la ley

«Ca el dia que ome es resçibido por rey e por señor, grant embargo toma sobre sy para fazer lo quel cae syn reprehension, guardando su ley verdaderamente.
 Ca deuedes saber que la ley es çimiento del mundo e el rey es guarda deste çimiento pues toda labor  que non ha çimiento es guisada de caer, e todo çimiento que non ha guarda, mas ayna cae porende. Onde la ley e el rey son dos cosas que han hermandat en vno, e porende el rey deue se ayudar de la ley, e la ley del poder e del esfuerço del rey; ca con tres cosas se mantiene el regno; la vna es la ley; la otra es el rey; la otra es justicia; pues la ley es guarda del rey, e el rey es guarda de la ley, e la justicia es guarda de todo.
 Onde el rey deue vsar de la ley mas que del su poder; ca sy quiere vsar de su poder mas que de la ley, fara muchos tuertos, non escogiendo el derecho. E porende deue el rey tener en la mano diestra el libro de la ley por que se deuen judgar los omnes, e en la mano siniestra vna espada, que sinifica el su poder para fazer conplir sus mandamientos del derecho de la ley; ca bien asy commo la man derecha es mas usada e mas meneada que la esquierda, asy el rey deue vsar mas de los derechos para escoger lo mejor, que del su poder.
 Ca el rey justiciero es guarda de la ley e onrra del pueblo e endresçamiento del regno, e es commo el árbol de Dios, que tiene grant sonbre e fuelga so el todo cansado e flaco e lazrado. Pues la ley e el rey e el pueblo son tres cosas que no pueden conplir la vna syn la otra lo que deuen, commo la tienda, que ha tres cosas; que ha paño e çendal e cuerdas, e todas estas tres quando se ayuntan, fazen grant sonbra e cunplen mucho, lo que non farian sy fuesen departidas. E sabet que quando el rey sigue justicia e verdat, luego fuyen de su regno las fuerças e los tuertos e las malhetrias; e sy les dan algunt poco de vagar, luego cresçen e dañan la tierra, asy commo las yeruas malas que nasen en los panes e non las escardan. E porende el mandamiento del reyno es grant carga de sofrir, pero es grant señorio e grant poder que da Dios a quien bien el quiere. E en esta razón dixo vn sabio: "Non ha datil syn hueso nin bien syn lazerio."
 Onde, mios fijos, sy Dios vos diere esta onrra que vos he dicho, punad en ser justiçieros primeramente en vos, reuocando vuestros yerros, señaladamente en juyzio sy lo dierdes; ca seria pecado en perseuerar en vuestro yerro contra otro, e non deue ninguno tener que es mengua de omes emendar su yerro; ca dize Seneca que non es lieuedat partirse ome del yerro manifiesto e judgado por yerro, mas deue confesar e dezir: "Engañado fuy por lo no entender." Ca locura e soberuia es perseuerar ome en su yerro e dezir lo que dixo vna vegada vn rey: "Qualquier cosa que sea quiero que sea firme e estable." Çertas non es fea cosa mudar ome con razon su consejo en mejor; onde sy alguno vos dixiere sy estaredes en lo que proposistes, dezid que sy, sy otra cosa non acesçiere mejor, por que se deua mudar. E asy non vos dira ninguno que errades, sy mudaredes vuestro propósito en mejor. E non dexaredes de fazer justicia por algo que vos den nin que vos prometan, nin por amor nin por desamor, nin por vaderia ninguna.
 E porende quando el rey feziere justicia en su pueblo, abra de Dios buen galardón, e grado del pueblo. Ca el rey que non faze justicia non meresçe el regno. E sabet que el mejor de los tienpos del mundo es el tienpo del rey justiciero; ca mejor es el año que viene malo en tienpo del rey justiciero, que el buen año que viene en tienpo del rey syn justicia; ca el rey justiciero non consiente fuerça nin soberuia. E la mas prouechosa cosa del regno es el rey que es cabeça del, sy bien faze, e la cosa por que mas vale el rey, es que sea justiciero e merçendero. Otrosy mejor es al pueblo beuir so señorio del rey justiciero que beuir syn el en guerra e en miedo. E quien faze lazrar a sus vasallos por culpa del, aquel es rey syn ventura. E dixo Dios que quien se desuiase del bien, desuiarse ha el bien del; ca los que fazen justiçia, estos son de luenga vida. E sabet que con la justiçia duran los buenos, e con el tuerto e las fuerças pierdense. E porende el buen rey para dar buen enxienplo de sy, deue ser justiciero en sy e en los de su casa; e quando el rey feziese justiçia, obedesçerle ha su pueblo de coraçon e de voluntad, e al que es syn justiçia, ayuntanse el pueblo a lo desobesdeçer; ca la justiçia del rey allega a los omes a su seruiçio, e la non justiçia derramalos. E el ome que mejor lugar tiene ante Dios e ante los omes, sy es el rey que faze justiçia. E el rey es el ome que mas deue temer a Dios e el que mas deue amar verdat e fazer merçed e mesura, porque Dios le fizo merçed e le dio regno que mantouiese, e metio en su poder cuerpos e aueres del su pueblo.
 E porende, mios fijos, todo señor de tierra e de pueblo deue fazer en tal manera contra ellos, que lo amen e sean bien avenidos.
 Ca el rey e su regno son dos personas, e asy commo vna cosa ayuntada, dos en vno. E bien asy commo el cuerpo e el alma no son vna cosa despues que son departidos, asy el rey e su puelo no pueden ningunt bien acabar seyendo desabenidos. E porende la cosa que mas deue punar el rey es auer amor verdadero de su pueblo. E sabet que en este mundo non ay mayor lazerio que gouernar pueblo, a quien lo quiere gouernar e criar con verdat e con lealtad.»
 
   [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Cátedra, 1983, en edición de Cristina González. ISBN: 84-376-0434-6.]

miércoles, 24 de junio de 2015

"La vida breve".- Juan Carlos Onetti (1909-1994)


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7.- Los desesperados

 "-Desesperado -silabeaba el obispo-. Existe el desesperado puro, lo sé. Pero no lo he encontrado nunca. Porque no existe motivo para que el camino del desesperado puro se cruce con el mío. Y si lo hubiera, es probable que nos rozáramos los hombros sin reconocernos. Y no creo que yo merezca, siquiera, conocer alguna vez... -aquí reía con puntualidad, sin malicia, se mostraba más joven- conocer la razón de nuestro aparentemente estéril encuentro. -Anulaba los rudimentos de protesta de Elena Sala con su mirada poderosa y humilde, la envolvía con ella como para protegerla de lo que la mujer pensaba y decía-. Lo que no merecemos no lo merecíamos desde el principio del tiempo y así estaba proyectado para nuestro bien. Muchos pecados serán imposibles si eliminamos el pecado de la vanidad. No hay problemas, no busquemos cuentas y no habrá problemas. Después vamos a pasar a la biblioteca -informaba dirigiendo la frase, con sólo los ojos, a una y a otro, repartiendo con equidad la promesa implícita; el criado inclinaba la cabeza, se alejaba costeando los ventanales encortinados, desaparecía de golpe en la blandura de la sombra-. Dios ha querido que yo deba eliminar al desesperado puro. En el pasado he pedido con frecuencia la gracia de este encuentro; tuve la soberbia de creer que estaban en mí todas las fuerzas necesarias para su consuelo y salvación. No lo conozco y aún ahora suele tentarme; lo imagino desposeído de todo, abrumado por lo que él llama desgracia, incapaz de erguirse hasta la altura de su prueba. Sin la inteligencia bastante para besar la teja con que se rasca costra y llagas. Otras veces lo imagino colmado de lo que los hombres llaman dones y de los dones verdaderos; e igualmente incapaz de gozarlos y agradecerlos. No voy más allá. Un tipo u otro de desesperado puro. Solamente, a veces, tiendo mis brazos para llamarlo, para recibirlo, para dar forma al impulso de soberbia que me hace creer que yo sería el puerto adecuado para él. No debo hacerlo, tal vez; o acaso yo esté aún en el mundo sólo para ese encuentro. Pero no crean en lo que oyen o leen, desconfíen de la propia experiencia. Porque aparte de éste no hay más que el desesperado débil y el fuerte; el que está por debajo de su desesperación y el que, sin saberlo, está por encima. Es fácil confundirlos, equivocarse, porque el segundo, el desesperado impuro, de paso por la desesperación, pero fuerte y superior a ella, es el que sufre más de los dos. El desesperado débil muestra su falta de esperanza con cada acto, con cada palabra. El desesperado débil está, desde cierto punto de vista, más desprovisto de esperanza que el fuerte. De aquí las confusiones, de aquí que le sea fácil engañar y conmover. Porque el desesperado fuerte, aunque sufra infinitamente más, no lo exhibirá. Sabe o está convencido de que nadie podrá consolarlo. No cree en poder creer, pero tiene la esperanza, él, desesperado, de que en algún momento imprevisible podrá enfrentar su desesperación, aislarla, verle la cara. Y esto sucederá si conviene; puede ser destruido por este enfrentamiento, puede alcanzar la gracia por este medio. No la santidad, porque ésta está reservada al desesperado puro. El desesperado impuro y débil, en cambio, proclamará su desesperación con sistema y paciencia; se arrastrará, ansioso y falsamente humilde, hasta encontrar cualquier cosa que acepte sostenerlo y le sirva para convencerse de que la mutilación que él representa, su cobardía, su negativa a ser plenamente el alma inmortal que le fue impuesta no son obstáculo a una verdadera existencia humana. Terminará por encontrar su oportunidad; será siempre capaz de crear el pequeño mundo que necesita, plegarse, amodorrarse. Lo encontrará siempre, antes o después, porque es fatal que se pierda. No hay salvación, diría, para el desesperado débil. El otro, el fuerte ( y me apresuro a decir que el hijo de la amiga de su madre es un desesperado de este tipo), el fuerte puede reír, puede andar en el mundo sin complicar a los demás en su desesperación, porque sabe que no debe aguardar ayuda de los hombres ni de su vida cotidiana. Él, sin saberlo, está separado de la desesperación; sin saberlo, espera el momento en que podrá mirarla en los ojos, matarla o morir. No estaba su amigo abrumado de dones ni había sido sometida su paciencia a pruebas reiteradas  y en apariencia insufribles. Desgraciadamente, no hay una sarna que lo coma desde la planta de los pies hasta la mollera; no está sentado sobre ceniza, no se le ha dado la oportunidad de besar la teja con que se rasca... No hay a su lado una mujer que le diga: "Bendice a Dios y muérete". No alcanzará la emocionante verbosidad del desesperado puro ante un predestinado Elifaz el Temanita. Cualquier inimaginable circunstancia, cualquier persona, pueden llegar a encarnar la desesperación para él. Habrá entonces una crisis, podrá salvarse matando, perderse matándose. Tal vez estamos capacitados, ustedes o yo, para enfrentar al desesperado puro, luchar con él, y contra él, salvarlo. Pero el impuro débil no tiene salvación porque es pequeño y sensual; y el fuerte se salvará o sucumbirá solo.
 Se levantaba, irregular y violáceo como una mancha de vino y esperaba, invitante, sonriendo; se hacía obeso, revestido por una indiferente paciencia.
 -Aunque hay matices, subgrupos, causas de confusión -agregaba cuando se ponían en marcha; sonreía excusándose al tocar el hombro de Elena Sala para guiarla, camino de la biblioteca-. ¿Puede el desesperado impuro y fuerte convertirse en un desesperado débil? O, si lo hace, ¿no lo habrá sido siempre, en el fondo?... Me he desvelado pensando en esto".