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domingo, 16 de octubre de 2022

El crisantemo y la espada. Patrones de la cultura japonesa.- Ruth Benedict (1887-1948)


Ruth Benedict - Wikipedia, la enciclopedia libre
3.-Cada uno en su lugar


 «A pesar de su reciente occidentalización, el Japón es todavía una sociedad aristocrática. Cada saludo, cada contacto personal, debe indicar el tipo y grado de la distancia social que existe entre unos y otros. Cuando una persona dice a otra “come” o “siéntate”, utiliza palabras diferentes si se dirige a un familiar, si habla a un inferior o a un superior. Existe un “tú” o un “usted” diferente que debe utilizarse en cada caso, y los verbos tienen formas distintas para cada uno de ellos. En otras palabras, los japoneses tienen lo que se llama un “lenguaje de respeto”, como lo tienen muchos otros pueblos del Pacífico, y lo acompañan con reverencias e inclinaciones adecuadas. Este comportamiento se rige por meticulosas normas y convencionalismos. No basta saber ante quién se inclina uno, sino que es necesario saber cuánto se tiene uno que inclinar. Un saludo que sería adecuado para determinada persona podrá ser considerado como un insulto por otra que se hallase en una relación ligeramente distinta con el que saluda. Y la gama de las reverencias va desde la postura de rodillas en que se inclina el cuerpo hasta tocar con la frente las palmas de las manos, colocadas sobre el suelo, a la simple inclinación de la cabeza y los hombros. Uno debe aprender, y desde edad muy temprana, la reverencia adecuada para cada caso particular. No se trata sólo de tener siempre presentes las diferencias de clase — en todo caso, importantísimas—; también deben tenerse en cuenta el sexo, la edad, los lazos familiares y cualquier clase de relación previa entre dos personas.
 Incluso entre las mismas dos personas se requieren diversos grados de respeto en diferentes ocasiones: un civil puede tratar familiarmente a otra persona y no inclinarse ante ella; pero cuando lleva uniforme militar, su amigo, si viste de paisano, se inclinará ante él. Cumplir con las normas establecidas por la jerarquía es un arte que requiere el equilibrio de innumerables factores, algunos de los cuales pueden excluir a los otros en un determinado caso, o bien añadirse a ellos.
 Existen, naturalmente, personas que se tratan con poca ceremonia. En Estados Unidos, esto se aplica a las personas del círculo familiar. Nosotros abandonamos incluso las más simples formalidades de la etiqueta cuando entramos en el seno de nuestra familia. En el Japón es precisamente en la familia donde las normas de respeto se aprenden y observan más meticulosamente. Cuando la madre todavía lleva al niño atado a la espalda, ya le obliga —apoyando su propia mano en la cabeza del hijo— a inclinarse, y las primeras lecciones del pequeño consisten en aprender a comportarse respetuosamente con su padre y su hermano mayor.
 La mujer se inclina ante su marido; el niño, ante su padre; los hermanos menores, ante los mayores, y la hermana se inclina ante todos sus hermanos, cualquiera que sea la edad de éstos. No se trata de un gesto vacío de sentido; significa que el que se inclina reconoce el derecho del otro a actuar como desee respecto a cosas de las cuales quizá prefiera hacerse cargo él mismo, y el que recibe el cumplido reconoce a su vez ciertas responsabilidades que le incumben en razón del puesto que ocupa. La jerarquía basada en el sexo, en la edad y en la primogenitura forma parte integrante de la vida familiar.
 La piedad filial es, naturalmente, una de las normas éticas más importantes del Japón, que comparte con China. La formulación china de este principio fue adoptada en época temprana por el Japón, junto con el budismo, la ética confucionista y la antiquísima cultura china, en los siglos VI y VII después de Cristo. Pero el carácter de la piedad filial hubo necesariamente de sufrir modificaciones para poder adaptarse a la estructura peculiar de la familia japonesa. En China, incluso hoy, uno debe lealtad al enorme y ramificado clan al que pertenece. A veces se trata de un clan con jurisdicción sobre cientos de miles de personas, de las cuales recibe apoyo. Las circunstancias varían según las diversas partes de este extenso país, pero en muchos lugares de China todas las personas de una aldea son miembros de un mismo clan. Entre los 450 millones de habitantes que ahora tiene China, no hay más de 470 apellidos, y todas las personas que llevan el mismo patronímico se consideran en cierto grado hermanos de clan. En una zona determinada puede suceder que todos los habitantes sean de un mismo clan y que, además, pertenezcan a él familias que viven en ciudades muy apartadas. En zonas populosas como Kwangtung, todos los miembros del clan contribuyen a sostener grandes santuarios y en determinados días veneran hasta mil tablillas ancestrales de los miembros fallecidos que descienden de un antepasado común. Los clanes poseen propiedades, tierras y templos, y administran fondos que se utilizan para pagar la educación de alguno de los niños del clan que parece prometer más. Se mantienen en contacto con los miembros dispersos y publican complicadas genealogías que son puestas al día cada diez años, aproximadamente, a fin de dar a conocer los nombres de aquellos que tienen derecho a compartir sus privilegios. Tienen leyes ancestrales que llegan incluso a prohibirles entregar al Estado a alguien de la familia acusado de un crimen, si el clan no está de acuerdo con las autoridades. En la época imperial, estas grandes comunidades de clanes semiautónomos eran gobernados, no muy rígidamente, en nombre del Estado, mediante mandarinatos encabezados por funcionarios estatales rotatorios que no eran de la región.
 En el Japón todo esto era distinto. Hasta mediados del siglo XIX, solamente las familias nobles y los guerreros (samurai) tenían derecho a utilizar apellidos. Los apellidos eran fundamentales en el sistema de clanes del pueblo chino, y sin ellos, o sin un equivalente, no puede desarrollarse la organización del clan. En algunas tribus, el equivalente podía ser el mantenimiento de una genealogía. Pero en el Japón solamente la clase alta mantenía genealogías, e incluso en estas familias el registro se llevaba, como hacen las Hijas de la Revolución Americana en Estados Unidos, desde el momento presente hacia atrás, es decir, partiendo de la persona viva para retroceder en el tiempo, y no desde el pasado hacia el presente para incluir a todos los contemporáneos procedentes de un antepasado común, lo cual es muy distinto. Además, el Japón era un país feudal. La lealtad no se debía a un nutrido número de parientes, sino a un señor feudal, amo supremo y perpetuo, y la diferencia entre éste y los mandarines burocráticos temporales de China, que eran siempre extranjeros en sus distritos, no podía ser mayor. Lo importante en el Japón era pertenecer al feudo de Satsuma o al de Hizen. Cada persona estaba ligada a su feudo.
 Otra forma de institucionalizar los clanes es la adoración de los antepasados remotos o de los dioses del clan en santuarios o lugares sagrados. Esto habría sido posible para el “pueblo bajo” japonés, incluso al no contar con apellidos ni genealogías. Pero en el Japón no existe el culto a los antepasados remotos. En los santuarios en que el pueblo se reúne, todos los campesinos acuden juntos sin necesidad de probar la existencia de antepasados comunes. Se les llama “hijos” del dios del santuario, pero son “hijos” porque viven en su territorio. Estos campesinos están, naturalmente, ligados entre sí, como les ocurre a los campesinos de cualquier parte del mundo tras la residencia en el mismo lugar de innumerables generaciones, pero no son por ello un grupo cohesivo de un mismo clan que desciende de un antepasado común.
 La veneración debida a los antepasados se presta en un santuario muy diferente, situado en el cuarto de estar de la familia, donde se honra solamente la memoria de los seis o siete últimos miembros de la familia fallecidos. En las familias japonesas de todas las clases sociales, se rinde diariamente homenaje ante este altar, y se coloca comida para los padres y los abuelos, así como para los parientes próximos a quienes se recuerda en vida y que están representados sobre el altar con lápidas en miniatura. En los cementerios nadie se ocupa de las tumbas de sus tatarabuelos, y la identidad de la tercera generación ancestral cae rápidamente en el olvido. Las relaciones familiares en el Japón se reducen casi a las mismas proporciones occidentales, siendo tal vez la familia francesa el equivalente más próximo.
 La “piedad filial” en el Japón es, pues, una cuestión limitada a los familiares más íntimos. Significa ocupar cada uno el sitio que le corresponde según la generación, el sexo y la edad, dentro de un grupo que incluye poco más que el propio padre, el padre del padre y sus hermanos y descendientes. Incluso cuando se trata de linajes importantes en los que a veces se incluyen grupos mayores, la familia se divide en líneas independientes y los hijos más jóvenes establecen ramificaciones familiares. Dentro de este limitado grupo familiar, las normas que regulan “el sitio correspondiente” son muy meticulosas. Se guarda una estricta obediencia a los mayores, hasta que éstos deciden “retirarse” formalmente (inkyo).
 Aun en nuestros días, un hombre con hijos ya mayores no realizará transacción alguna sin que haya sido aprobada por el abuelo, si éste no se ha retirado. Los padres deciden sobre el casamiento o el divorcio de sus hijos, incluso cuando éstos tienen treinta o cuarenta años. Al padre, como cabeza de familia, se le sirve el primero en las comidas, entra el primero en el baño familiar y recibe con una simple inclinación de cabeza las profundas reverencias de su familia. Hay en el Japón un acertijo popular que podría traducirse de esta forma: “¿Por qué un hijo que quiere dar consejos a sus padres se parece a un sacerdote budista que quiere tener pelos en la coronilla?”. (Los sacerdotes budistas van tonsurados.) La respuesta es: “Porque por mucho que quiera, no puede”.
 Ocupar el propio puesto significa tener en cuenta no sólo las diferencias generacionales, sino también las diferencias de edad. Cuando los japoneses desean expresar una confusión total, dicen que “no es ni hermano mayor ni hermano menor”, en el sentido en que nosotros decimos “no es ni carne ni pescado”, pues para los japoneses el hermano mayor debe mantenerse fiel a su condición con el mismo rigor con que un pez debe permanecer en el agua. El hermano mayor es el heredero. Los viajeros hablan de “ese aire de responsabilidad que el hijo mayor adquiere tan pronto en el Japón”. Comparte en alto grado las prerrogativas del padre. Antiguamente, su hermano menor dependía totalmente de él; ahora, especialmente en pueblos y aldeas, es el mayor quien se queda en casa aferrado a la rutina de siempre, mientras sus hermanos menores, en ocasiones, salen de ella para conseguir una educación más completa y mayores ingresos. Pero los antiguos hábitos impuestos por la jerarquía son muy fuertes.»

    [El texto pertenece a la edición en español de Alianza Editorial, 2004, en traducción de Javier Alfaya Bula, pp. 41-45. ISBN: 978-84-2065-585-7.]

jueves, 13 de mayo de 2021

Dile adiós a la Virgen.- José Abreu Felippe (1947)


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5.-El adiós a la Virgen. Viernes 2 de diciembre de 1983


 «Pagaron su entrada en la taquilla (carísima) y se acomodaron en las butacas. Casi la mitad del espacio lo ocupaba el inmenso escenario; el resto, el patio de butacas (no había palcos, balcones ni nada parecido). Los espectadores se comportaban de una forma muy extraña, pues había un entra y sale desconcertante. La gente se levantaba y se iba. Nuevos grupos arribaban. Algunos se cambiaban de asiento continuamente. La parte buena era que Octavio y Carlos Miguel pudieron ir avanzando en su ubicación hasta alcanzar la primera fila donde tenían una vista soberbia del espectáculo. La dinámica de la representación era muy sencilla, los actores entraban a escena en cualquier momento y por cualquiera de las siete puertas (todas al fondo), ejecutaban un monólogo, generalmente breve (algunos preferían repartir octavillas con el discurso, otros no hablaban nada), y a continuación se suicidaban. Esto motivaba que en un momento dado hubiera siete personas matándose a la vez en escena, por diferentes métodos, lo que justificaba el movimiento del público hacia la actuación más interesante, en uno u otro ángulo. Los actores, antes de entrar, escogían la indumentaria que les apeteciera (estaba prohibido que entre ellos se ayudaran mutuamente a morir y mucho menos que se mataran los unos a los otros), sin importar época o lugar. Se aceptaba cualquier fantasía. En una esquina podía estar Romeo (sin Julieta) o Hamlet, junto a un vikingo; Ofelia codo a codo con Jerzy Kosinski; y Stefan Zweig de la mano de Gerard de Nerval (ahorcándose con la misma cuerda con la que sacaba a pasear a su cangrejo). Y muchos suicidas anónimos (los más) de todas las profesiones imaginables (siempre había más hombres que mujeres en escena, más jóvenes que viejos, más sanos que enfermos). La utilería era precisa y funcional: una horca, una miniguillotina (que el propio usuario podía accionar), pistolas, cuchillos, distintas clases de venenos (incluidas exóticas serpientes de importación), hornos y minihornos, balones de gas conectados a tiendas de campaña herméticas y transparentes (así y todo a veces se sentía peste a gas), un estanque artificial y montones de piedras, sables, bolsas de plástico (también de importación), entre otras delicadezas. Los tramoyistas (monjas disfrazadas) se dedicaban a retirar los cadáveres al final de cada unipersonal.
  En la esquina del escenario (cerca de la primera puerta), en un discreto trono (parecido a un altar) estaba ELLA, con la mirada perdida más allá de los cuerpos y las voces que se trucidaban. Como ajena. Ni siquiera prestó atención cuando dos jóvenes fornidos, disfrazados de japoneses (había también un grupo de samurais, anteriores a la llamada Era Meiji, en cola para matarse porque sus amantes les habían sido infieles), saludaron al público con una leve inclinación de cabeza antes de subir a la plataforma (que facilitaba la visión del espectáculo). Allí, uno de ellos (un émulo de Mishima), abrió un paquete de algodón y extrajo un enorme y compacto rollo (sin duda preparado con mucho amor) y sin mover un solo músculo de la cara comenzó a introducírselo por el culo, sin apuro, hasta desaparecerlo completamente (unas nueve pulgadas). Después se sentó sobre una esterilla y se abrió el kimono dejando al descubierto el vientre y parte de un hermoso pecho. La función del acompañante era puramente decorativa. En teoría, él funcionaba como su kaishaku-nin (el encargado de parar el sufrimiento cortándole la cabeza), pero como estaba prohibido por ley, sólo haría la pantomima, fingiendo que lo decapitaba. Mishima no habló nada ni repartió proclama alguna, sencillamente dobló varias veces su pañuelo blanco por la mitad de la hoja de la katana (era más refinado utilizar una espada en vez de cuchillo, daga o puñal), la alejó todo lo que pudo, respiró profundo y se golpeó el vientre por el lado derecho. La hoja entró limpiamente. Esperó unos segundos, acopiando fuerzas y luego comenzó a moverla hasta llevarla al otro extremo. A medida que la piel se abría, una mezcla de vísceras y sangre caía en su regazo. En ese instante el seppuku se consideraba concluido con dignidad y era cuando el ayudante debía cortar la cabeza, pero como no era posible, el joven siguió revolviendo la espada en su interior hasta que cayó hacia delante sin sentido (agonizando, pero no muerto todavía). El ayudante, que no era otro que un seguidor (y admirador furibundo) de Kawabata, hizo como que guardaba la espada –la gente por ese lado comenzó a aplaudir-, dando por concluido su papel en la ceremonia, y se dirigió con pasos firmes hasta la tienda de campaña, se introdujo en su interior y abrió la llave del gas para su performance. Murió sin aspavientos y tampoco hizo declaración alguna.
 Pero eso no era lo normal, algunos actores hasta se excedían en sus peroratas y eran abucheados, siendo forzados a los hechos, no las palabras (factum non verbum). Los había que recitaban poemas de despedida, unos llorones, otros patéticos. Un Nerón obeso consumió casi el tiempo límite asignado (quince minutos) para clavarse la daga en el cuello, repitiendo una y otra vez (en distintos tonos) el cansón ¡qué artista pierde el mundo! Una Cleopatra anoréxica no conseguía que su costosa serpiente le acabara de morder la teta, mientras Sócrates se bebía su cicuta mezclada con Havana Club (añejo siete años). Pancho Carrancho (disfrazado de su mujer) trataba de matarse clavándose siete palitos y un alfiler en la yugular. Sylvia Plath metía la cabeza en un horno y Anne Sexton gritaba que a la séptima va la vencida. La Hemingway (un travesti) se introducía su escopeta de dos cañones por su enorme ojo de culo, y valiéndose de los dedos de los pies, la disparaba, provocando un  reguero de sesos por el techo (ovación). Un Séneca, viejo y aburrido (con poco público) moría atragantado por su horrenda retórica, en medio de espasmos y estertores. Una Storni trataba de ahogarse en el estanque (cerca de la puerta tres) pero a cada rato sacaba la cabeza y tarareaba una estrofa de Alfonsina y el mar (música de Mercedes Sosa de fondo). A su lado una Virginia Woolf se llenaba los bolsillos de piedras y se lanzaba de cabeza. Un adolescente se ahorcaba, otro se daba candela (en una tina especial, por la puerta cinco). Una loca se tomaba una botella de salfumán (ácido clorhídrico). Otra, un pomo de cien pastillas de levomepromacina de 100 mg. Una Violeta Parra se cortaba las venas de ambas manos mientras cantaba Gracias a la vida. Un viejo con cáncer en la garganta se degollaba. Un divino Van Gogh (seis pies, veinte años, siete pulgadas y media) se mutilaba un güevo y una oreja, antes de dispararse debajo de la tetilla izquierda, tendido sobre una mala copia de Campo de trigo con cuervos (unas chiquillas histéricas en la primera fila se pusieron a llorar y a dar espeluznantes alaridos mientras tiraban sus prendas íntimas al escenario). Munch se ahogaba en un grito. Belmonte se clavaba un pitón. Una mujer se apuñalaba con saña. Un joven dijo que gozaba de excelente salud, amor correspondido, envidiable situación económica y que no lo podía soportar. Acto seguido se daba un aparatoso tiro en la boca.
Resultado de imagen de dile adios a la virgen Sin que Octavio y Carlos Miguel se hubiesen percatado, hacía rato que ELLA había descendido del trono y caminaba entre los cadáveres y los aspirantes a difuntos, aparentemente consolándolos, pues susurraba frases en sus oídos. Ahora bajaba del escenario y los conminaba a que la siguieran. Es hora de irnos, dijo. Caminaron en silencio hasta las afueras de la villa y así continuaron hasta la cima que estaba envuelta en una espesa neblina (como nube). Yo debí aprovechar esta oportunidad, probablemente única, para suicidarme, dijo Carlos Miguel. Tú no puedes entrar aquí, le contestó la mujer. Este trato debemos hacerlo nosotros dos solos. Octavio y yo. Pero no te angusties, que a la salida estaremos contigo. Tengo sueño, estoy mareado, dijo Carlos Miguel y se sentó junto a un ateje. ¿Alguien tiene un poco de hierba o alguna pastillita? Octavio y la mujer se alejaron adentrándose en lo gris. Esto parece la escena de la niebla en Amarcord, mira, hay hasta una vaca, ¿no? (tal vez el espectro de Ubre Blanca). Ella seguía en silencio, a unos pasos de él, como acallada por la tristeza. No se ve nada, no se oye nada, ¿qué clase de villa es ésta? Aquí no vive nada, todo está muerto. Dime, ¿acaso esto es la muerte? ¿Estoy muerto? De pronto, casi contra su nariz, entrevió una arcada de hierro y sintió mucho frío. Empujó la verja que cedió y empezó a subir unos peldaños de piedra. Después siguió una acera, vio (o creyó ver) edificios, árboles, una ventana.
 Ven y mira, le oyó decir a ELLA, ésta es la séptima y última villa. Octavio se acercó no sin cierto temor (un presentimiento que le aceleraba el pulso) y pegó los ojos al cristal. El olor era húmedo, pegajoso. El aire como una manta helada. ¿Dónde estaba el mar? Estaba seguro que por allí no había mar y el río o los ríos, y la montaña o las montañas, nada tenían que ver con la loma de Barrio Azul o las lomas de Sabanalamar. No lo olía, no lo sentía, y si no estaba el mar, si no lo había, ¿cómo podría entrar y escuchar y palpar a Dios? Tanto dentro como a su alrededor regía la niebla. Se frotó los ojos, un círculo de acero, como una aureola, se cernía sobre la cabeza de una sombra encorvada, dolorosamente familiar aunque irreconocible. Una sombra vieja y humillada que lo interrogaba. Esto es el fin, le pareció escuchar sin poder precisar el origen de los sonidos. Llevaba, sí , estaba casi seguro, una guayabera azul clarísimo y una fosforera con la forma manoseada de una mujer desnuda, un audífono, una caja de cigarros (no eran Populares), unos espejuelos de pasta carmelitosa, un cenicero blanco, Testamento maldito y Doce mil cabezas de Marcial Lafuente Estefanía (cuarenta y sesenta pesetas respectivamente) y una jaula con un pájaro (el pájaro tenía las alas extendidas pero acombadas, trataba de caminar buscando el equilibrio, parecía untado de algo pegajoso: era obvio que se estaba muriendo). Era medio verdoso y medio amarilloso, como los ojos de Macías. Una mujer, a su lado, acababa de ser aplastada por un auto y se miraba el pecho ensangrentado (sobre el asfalto la pulsera rota). Mira –escuchó una voz-, éstas son las medias que te compré por tu cumpleaños. Después la voz se apagó aunque la boca seguía modulando frases y los siete círculos comenzaron a flotar en la niebla. En su interior niños y adultos desterrados trataban de aferrarse en el aire, pero caían. Esto es el futuro por el que tanto has luchado, es tu futuro, dijo ELLA flotando sobre las dos aguas. Nada que ver con los tiempos jodidos ni con las monjas. Ahora era bellísima y con su mano hacía esfuerzos por abarcarlo todo mientras se esfumaba. Parecía decir adiós. Octavio cerró los ojos y los abrió cuando sintió que Carlos Miguel le tiraba del brazo:
 -Coño, ¡mira para adelante que te vas a destarrar!»

    [El texto pertenece a la edición en español de Edición de Julieta Lionetti, 2003, pp. 191-196. ISBN: 84-96071-13-8.]