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domingo, 15 de diciembre de 2024

Cien años de soledad.- Gabriel García Márquez (1927-2014)

 

 «Sin embargo, dos meses después, cuando el coronel Aureliano Buendía volvió a Macondo, el desconcierto se transformó en estupor. Hasta Úrsula se sorprendió de cuánto había cambiado. Llegó sin ruido, sin escolta, envuelto en una manta a pesar del calor, y con tres amantes que instaló en una misma casa, donde pasaba la mayor parte del tiempo tendido en una hamaca. Apenas sí leía los despachos telegráficos que informaban de operaciones rutinarias. En cierta ocasión el coronel Gerineldo Márquez le pidió instrucciones para la evacuación de una localidad fronteriza que amenazaba con convertirse en un conflicto internacional.
 -No me molestes por pequeñeces -le ordenó él-. Consúltalo con la Divina Providencia.
 Era tal vez el momento más crítico de la guerra. Los terratenientes liberales, que al principio apoyaban la revolución, habían suscrito alianzas secretas con los terratenientes conservadores para impedir la revisión de los títulos de propiedad. Los políticos que capitalizaban la guerra desde el exilio habían repudiado públicamente las determinaciones drásticas del coronel Aureliano Buendía, pero hasta esa desautorización parecía tenerlo sin cuidado. No había vuelto a leer sus versos, que ocupaban más de cinco tomos y que permanecían olvidados en el fondo del baúl. De noche, o a la hora de la siesta, llamaba a la hamaca a una de sus mujeres y obtenía de ella una satisfacción rudimentaria, y luego dormía con un sueño de piedra que no era perturbado por el más ligero indicio de preocupación. Sólo él sabía entonces que su aturdido corazón estaba condenado para siempre a la incertidumbre. Al principio, embriagado por la gloria del regreso, por las victorias inverosímiles, se había asomado al abismo de la grandeza. Se complacía en mantener a la diestra al duque de Marlboroug, su gran maestro en las artes de la guerra, cuyo atuendo de pieles y uñas de tigre suscitaban el respeto de los adultos y el asombro de los niños. Fue entonces cuando decidió que ningún ser humano, ni siquiera Úrsula, se le aproximara a menos de tres metros. En el centro del círculo de tiza que sus edecanes trazaban dondequiera que él llegara, y en el cual sólo él podía entrar, decidía con órdenes breves e inapelables el destino del mundo. La primera vez que estuvo en Manaure después del fusilamiento del general Moncada, se apresuró a cumplir la última voluntad de su víctima, y la viuda recibió los lentes, la medalla, el reloj y el anillo, pero no le permitió pasar de la puerta.
 -No entre, coronel -le dijo-. Usted mandará en su guerra, pero yo mando en mi casa.
 El coronel Aureliano Buendía no dio ninguna muestra de rencor, pero su espíritu sólo encontró el sosiego cuando su guardia personal saqueó y redujo a cenizas la casa de la viuda. "Cuídate el corazón, Aureliano", le decía entonces el coronel Gerineldo Márquez. "Te estás pudriendo vivo". Por esa época convocó una segunda asamblea de los principales comandantes rebeldes. Encontró de todo: idealistas, ambiciosos, aventureros, resentidos sociales y hasta delincuentes comunes. Había, inclusive, un antiguo funcionario conservador refugiado en la revuelta para escapar a un juicio por malversación de fondos. Muchos no sabían ni siquiera por qué peleaban. En medio de aquella muchedumbre abigarrada, cuyas diferencias de criterio estuvieron a punto de provocar una explosión interna, se destacaba una autoridad tenebrosa: el general Teófilo Vargas. Era un indio puro, montaraz, analfabeto, dotado de una malicia taciturna y una vocación mesiánica que suscitaba en sus hombres un fanatismo demente. El coronel Aureliano Buendía promovió la revolución con el propósito de unificar el mando rebelde contra las maniobras de los políticos. El general Teófilo Vargas se adelantó a sus intenciones: en pocas horas desbarató la coalición de los comandantes mejor calificados y se apoderó del mando central. "Es una fiera de cuidado", les dijo el coronel Aureliano Buendía a sus oficiales. "Para nosotros, ese hombre es más peligroso que el Ministro de la Guerra". Entonces un capitán muy joven que siempre se había distinguido por su timidez levantó un índice cauteloso:
 -Es muy simple, coronel -propuso-: hay que matarlo.
 El coronel Aureliano Buendía no se alarmó por la frialdad de la proposición, sino por la forma en que se anticipó una fracción de segundo a su propio pensamiento:
 -No esperen que yo dé esa orden -dijo.
 No la dio, en efecto. Pero quince días después el general Teófilo Vargas fue despedazado a machetazos en una emboscada y el coronel Aureliano Buendía asumió el mando central. La misma noche en que su autoridad fue reconocida por todos los comandos rebeldes, despertó sobresaltado, pidiendo a gritos una manta. Un frío interior que le rayaba los huesos y lo mortificaba inclusive a pleno sol le impidió dormir bien varios meses, hasta que se le convirtió en una costumbre. La embriaguez del poder empezó a descomponerse en ráfagas de desazón. Buscando un remedio contra el frío, hizo fusilar al joven oficial que propuso el asesinato del general Teófilo Vargas. Sus órdenes se cumplían antes de ser impartidas, aún antes de que él las concibiera y siempre llegaban mucho más lejos de donde él se hubiera atrevido a hacerlas llegar. Extraviado en la soledad de su inmenso poder, empezó a perder el rumbo. Le molestaba la gente que lo aclamaba en los pueblos vencidos y que le parecía la misma que aclamaba al enemigo. Por todas partes encontraba adolescentes que lo miraban con sus propios ojos, que hablaban con su propia voz, que lo saludaban con la misma desconfianza con que él los saludaba a ellos y que decían ser sus hijos. Se sintió disperso, repetido y más solitario que nunca. Tuvo la convicción de que sus propios oficiales le mentían. Se peleó con el duque de Marlborough. "El mejor amigo -solía decir entonces- es el que acaba de morir". Se cansó de la incertidumbre, el círculo vicioso de aquella guerra eterna que siempre lo encontraba a él en el mismo lugar, sólo que cada vez más viejo, más acabado, más sin saber por qué, ni cómo ni hasta cuándo. Siempre había alguien fuera del círculo de tiza. Alguien a quien la hacía falta dinero, que tenía un hijo con tos ferina o que quería irse a dormir para siempre porque ya no podía soportar en la boca el sabor a mierda de la guerra y que, sin embargo, se cuadraba con sus últimas reservas de energía para informar: "Todo normal, mi coronel". Y la normalidad era precisamente lo más espantoso de aquella guerra infinita: que no pasaba nada. Solo, abandonado por los presagios, huyendo del frío que habría de acompañarlo hasta la muerte, buscó un último refugio en Macondo, al calor de sus recuerdos más antiguos. Era tan grave su desidia que cuando le anunciaron la llegada de una comisión de su partido autorizada para discutir la encrucijada de la guerra, él se dio vuelta en la hamaca sin despertar por completo.
 -Llévenlos donde las putas -dijo.
 Eran seis abogados de levita y chistera que soportaban con un duro estoicismo el bravo sol de noviembre.»

 [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Orbis, 1982, pp. 180-183. ISBN: 84-7530-035-9.]

miércoles, 8 de abril de 2020

La increíble y triste historia de la cándida Eréndida y de su abuela desalmada.- Gabriel García Márquez (1927-2014)

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Blacamán el bueno, vendedor de milagros (1968)

 «Así era Blacamán, el malo, porque el bueno era yo. Era capaz de convencer a un astrónomo de que el mes de febrero no era más que un rebaño de elefantes invisibles, pero cuando se le volteaba la suerte se volvía bruto del corazón. En sus tiempos de gloria había sido embalsamador de virreyes, y dicen que les componía una cara de tanta autoridad que durante muchos años seguían gobernando mejor que cuando estaban vivos, y que nadie se atrevía a enterrarlos mientras él no volviera a ponerles su semblante de muertos, pero el prestigio se le descalabró con la invención de un ajedrez de nunca acabar que volvió loco a un capellán y provocó dos suicidios ilustres, y así fue decayendo de intérprete de sueños en hipnotizador de cumpleaños, de sacador de muelas por sugestión en curandero de feria, de modo que por la época en que nos conocimos ya lo miraban de medio lado hasta los filibusteros. Andábamos a la deriva con nuestro tenderete de chanchullos, y la vida era una eterna zozobra tratando de vender los supositorios de evasión que volvían transparentes a los contrabandistas, las gotas furtivas que las esposas bautizadas echaban en la sopa para infundir el temor de Dios en los maridos holandeses, y todo lo que ustedes quieran comprar por su propia voluntad, señoras y señores, porque esto no es una orden, sino un consejo, y al fin y al cabo, tampoco la felicidad es una obligación. Sin embargo, por mucho que nos muriéramos de risa de sus ocurrencias, la verdad es que a duras penas nos alcanzaban para comer, y su última esperanza se fundaba en mi vocación de adivino. […]    
 Así fue como empezó mi vida grande. Desde entonces ando por el mundo desfiebrando a los palúdicos por dos pesos, visionando a los ciegos por cuatro con cincuenta, desaguando a los hidrópicos por dieciocho, completando a los mutilados por veinte pesos si lo son de nacimiento, por veintidós si lo son por accidentes o por peloteras, por veinticinco si lo son por causa de guerras, terremotos, desembarcos de infantes o cualquier otro género de calamidades públicas, atendiendo a los enfermos comunes al por mayor mediante arreglo especial, a los locos según su tema, a los niños por mitad de precio y a los bobos por gratitud, y a ver quién se atreve a decir que no soy un filántropo, damas y caballeros, y ahora sí, señor comandante de la vigésima flota, ordene a sus muchachos que quiten las barricadas para que pase la humanidad doliente, los lazarinos a la izquierda, los epilépticos a la derecha, los tullidos donde no estorben y allá detrás los menos urgentes, no más que por favor no se me apelotonen que después no respondo si se les confunden las enfermedades y queden curados de lo que no es, y que siga la música hasta que hierva el cobre y los cohetes hasta que se quemen  los ángeles y el aguardiente hasta matar la idea, y vengan los maritornes y los maromeros, los matarifes y los fotógrafos, y todo eso por cuenta mía, damas y caballeros, que aquí se acabó la mala fama de los Blacamanes y se armó el despelote universal. Así los voy adormeciendo, con técnicas de diputado, por si acaso me falla el criterio y algunos se me quedan peor de lo que estaban. Lo único que no hago es resucitar a los muertos, porque apenas abren los ojos contramatan de rabia al perturbador de su estado, y a fin de cuentas los que no se suicidan  se vuelven a morir de desilusión.
LA INCREIBLE Y TRISTE HISTORIA DE LA CANDIDA ERENDIRA Y DE SU ... Al principio me perseguía un séquito de sabios para investigar la legalidad de mi industria, y cuando estuvieron convencidos me amenazaron con el infierno de Simón el Mago y me recomendaron una vida de penitencia para que llegara a ser santo, pero yo les contesté sin menosprecio de su autoridad que era precisamente por ahí por donde había empezado. La verdad es que yo no gano nada con ser santo después de muerto, yo lo que soy es un artista, y lo único que quiero es estar vivo para seguir a pura flor de burro con este carricoche convertible de seis cilindros que le compré al cónsul de los infantes, con este chófer trinitario que era barítono de la ópera de los piratas en Nueva Orleáns, con mis camisas de gusano legítimo, mis lociones de Oriente, mis dientes de topacio, mi sombrero de tartarita y mis botines de dos colores, durmiendo sin despertador, bailando con las reinas de la belleza y dejándolas como alucinadas con mi retórica de diccionario, y sin que me tiemble la pajarilla si un miércoles de ceniza se me marchitan las facultades, que para seguir con esta vida de ministro me basta con mi cara de bobo y me sobra con el tropel de tiendas que tengo desde aquí hasta más allá del crepúsculo, donde los mismos turistas que nos andaban cobrando al almirante trastabillan ahora por los retratos con mi rúbrica, los almanaques con mis versos de amor, mis medallas de perfil, mis pulgadas de ropa, y todo eso sin la gloriosa conduerma de estar todo el día y toda la noche esculpido en mármol ecuestre y cagado de golondrinas como los padres de la patria.
 Lástima que Blacamán el malo no pueda repetir esta historia para que vean que no tiene nada de invención. La última vez que alguien lo vio en este mundo había perdido hasta los estoperoles de su antiguo esplendor, y tenía el alma desmantelada y los huesos en desorden  por el rigor del desierto, pero todavía le sobró un buen par de cascabeles para reaparecer aquel domingo en el puerto de Santa María del Darién con el eterno baúl sepulcral, sólo que entonces no estaba tratando de vender ningún contraveneno, sino pidiendo con la voz agrietada por la emoción que los infantes de marina lo fusilaran en espectáculo público para demostrar en carne propia las facultades resucitadoras de esta criatura sobrenatural, señoras y señores, y aunque a ustedes les sobra derecho para no creerme después de haber padecido durante tanto tiempo mis malas mañas de embustero y falsificador, les juro por los huesos de mi madre que esta prueba de hoy no es nada del otro mundo, sino la humilde verdad, y por si les quedara alguna duda fíjense bien que ahora no me estoy riendo como antes, sino aguantando las ganas de llorar.»

      [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Bruguera, 1981. ISBN: 84-02-05608-3.]

miércoles, 4 de marzo de 2020

Antología poética.- Federico García Lorca (1898-1936)

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Diván del Tamarit
VIII.- Gacela de la muerte oscura

«Quiero dormir el sueño de las manzanas, / alejarme del tumulto de los cementerios.
Quiero dormir el sueño de aquel niño / que quería cortarse el corazón en alta mar.
 No quiero que me repitan que los muertos no pierden la sangre; / que la boca podrida sigue pidiendo agua.
No quiero enterarme de los martirios que da la hierba, / ni de la luna con boca de serpiente
que trabaja antes del amanecer.
 Quiero dormir un rato, / un rato, un minuto, un siglo;
pero que todos sepan que no he muerto; / que hay un establo de oro en mis labios;
que soy el pequeño amigo del viento Oeste; / que soy la sombra inmensa de mis lágrimas.
 Cúbreme por la aurora con un velo, / porque me arrojará puñados de hormigas,
y moja con agua dura mis zapatos / para que resbale la pinza de su alacrán.
 Porque quiero dormir el sueño de las manzanas / para aprender un llanto que me limpie de tierra;
porque quiero vivir con aquel niño oscuro / que quería cortarse el corazón en alta mar.
[...]

X.-Gacela de la huida

 Me he perdido muchas veces por el mar / con el oído lleno de flores recién cortadas,
con la lengua llena de amor y de agonía. / Muchas veces me he perdido por el mar,
como me pierdo en el corazón de algunos niños.
 No hay noche que, al dar un beso, / no sienta la sonrisa de las gentes sin rostro,
ni hay nadie que, al tocar un recién nacido, / olvide las inmóviles calaveras de caballo.
 Porque las rosas buscan en la frente / un duro paisaje de hueso
y las manos del hombre no tienen más sentido / que imitar a las raíces bajo tierra.
 Como me pierdo en el corazón de algunos niños, / me he perdido muchas veces por el mar.
Ignorante del agua voy buscando / una muerte de luz que me consuma.
[...]

IV.-Casida de la mujer tendida

 Verte desnuda es recordar la tierra. / La tierra lisa, limpia de caballos.
La tierra sin un junco, forma pura / cerrada al porvenir: confín de plata.
 Verte desnuda es comprender el ansia / de la lluvia que busca débil talle,
o la fiebre del mar de inmenso rostro / sin encontrar la luz de su mejilla.
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 La sangre sonará por las alcobas / y vendrá con espada fulgurante,
pero tú no sabrás dónde se ocultan / el corazón de sapo o la violeta.
 Tu vientre es una lucha de raíces, / tus labios son un alba sin contorno,
bajo las rosas tibias de la cama / los muertos gimen esperando turno.
[...]

Tengo miedo a perder la maravilla

 Tengo miedo a perder la maravilla / de tus ojos de estatua, y el acento
que de noche me pone en la mejilla / la solitaria rosa de tu aliento.
 Tengo pena de ser en esta orilla / tronco sin ramas; y lo que más siento
es no tener la flor, pulpa o arcilla, / para el gusano de mi sufrimiento.
 Si tú eres el tesoro oculto mío, / si eres mi cruz y mi dolor mojado,
si soy el perro de tu señorío,
 no me dejes perder lo que he ganado / y decora las aguas de tu río
con hojas de mi otoño enajenado.
[...]

El poeta pide a su amor que le escriba

 Amor de mis entrañas, viva muerte, / en vano espero tu palabra escrita
y pienso, con la flor que se marchita, / que si vivo sin mí quiero perderte.
 El aire es inmortal. La piedra inerte / ni conoce la sombra ni la evita.
Corazón interior no necesita / la miel helada que la luna vierte.
 Pero yo te sufrí. Rasgué mis venas, / tigre y paloma, sobre tu cintura
en duelo de mordiscos o azucenas.
 Llena, pues, de palabras mi locura / o déjame vivir en mi serena
noche del alma para siempre oscura.»

    [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Orbis, 1982. ISBN: 84-7530-068-5.]
 

martes, 18 de febrero de 2020

Veinticinco estampas de la España antigua.- Antonio García y Bellido (1902-1972)

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XX.- Las primeras invasiones moras (época romana) en España

«El tema no es nuevo, ni desconocido, pero puede decirse es sabido sólo por unos cuantos, por aquellos que se dedican a la investigación y estudio de la Historia Antigua. Y me atrevería a subrayar eso de antigua porque los historiadores medievales, al historiar las primeras invasiones moras del siglo VIII pasan por alto ciertos importantes antecedentes de época romana. Sabemos desde la escuela que los árabes entran en la Península en el 711, pero no suele subrayarse que esta invasión no fue sino la repetición de un fenómeno que tiene todas las características de un factor periódico en nuestra historia; que antes que ellos ya habían penetrado en España los íberos, acaso a mediados del segundo milenio antes de Jesucristo, y que luego, en el siglo II de la Era cristiana, hubo otras invasiones, objeto precisamente de nuestra estampa. Sin duda el prehistoriador podría añadir a estas penetraciones otras más, rastreables en ciertos objetos de la industria prehistórica presentes en España y en el norte de África. En definitiva, es lícito decir que el estrecho de Gibraltar no fue nunca, ni lo será, un estrecho que separe ni un brazo de mar que escinda, sino un camino que une y enlaza. Los vándalos pasan de España a África por este Mar Ibérico; los árabes vienen del norte de África, los almorávides y almohades siguen su huella. Nosotros, en la Edad Media y luego en la Moderna y actual pasamos de España a África. Pero no sabemos si los avatares de la historia nos llevarán andando el tiempo a ser de nuevo dominados por gentes del norte de África. Sería ver la historia con ojos de hormiga y medir el tiempo con el cronómetro de su vida efímera, si creyésemos que lo que hoy es será siempre.
 Pero vamos a eso de las invasiones moras de época romana. Sin duda que habrá extrañado un poco la voz "moro", de uso tan popular, cuando los eruditos hablan de "árabe", "musulmanes" o "muslimes". Sin embargo, hagamos constar que "árabes" strictu sensu, es decir, semitas de Arabia, fueron muy pocos los que llegaron a España y, que, realmente, como el pueblo dice, fueron moros, latu sensu, los que en diversas épocas vinieron en grandes cantidades. Advirtamos que "árabes" son las gentes venidas de Arabia y que "musulmán", o mejor "muslim" alude a una religión, no a un pueblo, al tiempo que "moros" son las gentes del norte de África. La voz "moro" es, pues, más exacta y más antigua para nosotros. Los griegos llamaban ya a los habitantes de Marruecos "moros" (mauroi). La región que habitaban era llamada por ellos Maurousía, de donde entre los latinos Mauretania y Mauritania. Mauros, en griego, significa negro, oscuro.
 Moro, pues, es en los textos antiguos el habitante del norte de África por esta parte del Occidente. En nuestra habla popular significa lo mismo, siendo preferible, por tanto, al de árabe, que es erróneo desde un punto de vista étnico y que compromete demasiado histórica y geográficamente.
 Hecha esta aclaración, fijemos ahora un concepto: que el norte de Marruecos nunca fue definitivamente dominado ni latinizado por Roma; que todo a lo largo de la Antigüedad la Mauretania no fue sino un conglomerado de tribus nómadas, insumisas, independientes, constantemente hostiles al ocupante. Así lo ha sido hasta hoy. En estas condiciones, aunque los romanos lograron crear ciudades y organizar la provincia, la vida en ella fue siempre difícil y en perpetua vigilancia. No es preciso recordar el nombre de Tacfarinas ni los avatares históricos de Marruecos desde Jugurtha en adelante. Baste transcribir unos párrafos epigráficos de una de las lápidas más importantes históricamente entre todas las halladas en esta parte de África.
 En efecto, para formarse una idea algo más precisa y concreta de cómo se vivía entonces en esta zona África del Norte, precisamente en lo que ahora llamamos Marruecos, leamos unos fragmentos sumamente expresivos de un documento bien datado que casualmente ha llegado a nosotros en el original. El texto es muy importante desde otros puntos de vista también, pero lo es singularmente para nosotros en relación con el tema de que tratamos. Aludo a la lápida de la colonia romana de Sala (Sala estaba junto a la actual Rabat) con un decreto datado exactamente en el año 144. En él se elogia la labor de un tal Sulpicius Felix, que, por el contenido del texto, fue uno de los funcionarios oficiales más pulcros y celosos que ha tenido la Administración del Marruecos antiguo y, me atrevería a decir, también del Marruecos en toda su historia. La lápida se refiere, también entre otras cosas, a la energía e inteligencia desarrollada por este funcionario para defender a Sala de las violencias y de las razzias a que estábamos ya habituados, dice textualmente el documento. Una de las medidas tomadas por Sulpicius fue -lo dice también la inscripción- construir murallas más fuertes. El mismo decreto hace constar que el referido funcionario nos ha hecho posible el libre acceso a nuestros bosques y a nuestros campos, multiplicando la vigilancia para proteger la seguridad de los trabajadores. Es decir, que, hacia el año 144, no se podía vivir tranquilamente en Sala; que fuera de la ciudad no se podía explotar las riquezas naturales del campo y los bosques y que había que vivir en perpetua alarma y proteger con la fuerza a los trabajadores que se aventuraban a salir de la ciudad para sus faenas habituales.
 Poco después de la fecha de este decreto parece ser que se alteró gravemente la paz en el norte de África, pues en el 145 hay que enviar un destacamento de la Legio VI Ferrata como contingente de reemplazo destinado a cubrir el hueco dejado por los efectivos de la Legio III Augusta (acampada permanentemente en Lambesa) enviados a la Mauretania Caesariensis (región de Argelia y el Oranesado). La represión llegó a su máximo cuando fue enviado desde España para la Mauretania Tingitana (zona equivalente a la del Marruecos que fue Protectorado español) a Titus Varius Clemens, quien logró rechazar a los rebeldes hasta el Atlas. El historiador griego Pausanías, que escribe por entonces, dice a este respecto: Los moros son la mayor parte de los libyos independientes nómadas, y son más difíciles de combatir que los mismos escitas, porque no van sobre carros, sino a caballo con sus mujeres.
 En un ambiente de intranquilidad como el descrito, los romanos hubieron de aplicar pronto el único recurso posible, prácticamente conocido en otras zonas fronterizas del Imperio: la línea continua de defensa; el limes fijo. Así estaba ya establecido en Germania, en Escocia, en el Danubio. A su imitación crearon, pues, en el norte de África una línea continua y permanente de defensa, constituida por una serie de trincheras, zanjas, parapetos reforzados de trecho en trecho por torres de vigilancia y defensa similares a los castella del centro de Europa.»

     [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Espasa-Calpe, 1991. ISBN: 84-239-1981-1.]

lunes, 9 de abril de 2018

La Administración española.- Eduardo García de Enterría (1923-2013)


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6.-La organización y sus agentes: revisión de estructuras
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«La Administración española padece ya de origen de un defecto que no debe ser minusvalorado, el de una ausencia de raíces históricas profundas. Desde el punto de vista de historia de la Administración, la nuestra actual es una Administración improvisada. Es ya un tópico observar que las grandes Administraciones contemporáneas proceden en línea directa de la obra del antiguo régimen. Así la perfección administrativa prusiana está conectada en línea directa con la Cameralística del Estado de los Federicos; así la Administración que surge de la Revolución Francesa, la Administración napoleónica que va a ser el gran ejemplo "que l'Europe nous envie", que toda Europa envidia, como dicen las fuentes de la época, va a ser tributaria rigurosamente de la gran obra del colbertismo y del monarca absoluto, como pondría de relieve de una vez por todas la gran investigación de Tocqueville. La propia Administración inglesa, hoy día quizá en la cima del prestigio universal, procede directamente de la vieja sabiduría imperial de este país; está probado, en efecto, que el mítico "Civil Service", el envidiado instrumento humano de la actual Administración inglesa, procede en línea recta de la Administración de la India, donde justamente se había formado su gran creador, sir Charles Trevelyan.
 Frente a estos ilustres ejemplos, dos grandes simas históricas han cortado sucesiva y trágicamente la continuidad del desarrollo de la Administración española. Nuestra Administración, que en sus orígenes es una de las más precoces y desarrolladas (la Administración de los Reyes Católicos es casi con seguridad la más avanzada de su tiempo, pero con un avance que puede medirse acaso en más de un siglo -como hemos podido vislumbrar con la figura de los Corregidores-), va a ver interrumpido abruptamente su desarrollo por dos grandes cortes históricos sucesivos: la Guerra de Sucesión, que en 1700 pulveriza todo el Estado de los Austrias y que origina un estremecedor vacío durante todo el primer tercio del siglo XVIII, que pretenderá luego colmarse con la importación de las técnicas administrativas colbertistas, y en segundo lugar, poco tiempo después, la Guerra de la Independencia, que origina una segunda sima a lo largo de otro tercio de siglo, en la que va a sumirse ahora el Estado que trabajosa y afanosamente habían llegado a constituir nuestros ilustrados. Se impone así de nuevo la necesidad de una creación desde la base y ex nihilo, esta vez mediante la importación y la adaptación de las técnicas administrativas napoleónicas, operación protagonizada sobre todo por una gran figura, la más noble posiblemente de toda nuestra historia administrativa contemporánea, la gran figura del granadino Javier de Burgos.
 Toda la vieja tradición de los servidores del rey, la tradición de la Administración primigenia, en la que por su mismo carácter comprometido tantos valores de estilo y de pureza se cumplieron, luego perdidos en la rutinización de los despachos burocráticos, esta gran tradición ha sido definitivamente perdida para nosotros, que debemos comenzar nuestra historia administrativa en el segundo tercio del siglo XIX. ¡Y qué fecha, y qué momento de nuestra historia nacional más poco propicio que éste para sentar unas bases fundacionales sólidas con las que intentar suplir la falta de raíces profundas! No parece preciso insistir en ello; sólo unos cuantos videntes de mente clara y constructiva prestaban atención a estos problemas administrativos que quedaban totalmente al margen de los intereses reales de la sociedad y de la política. Es evidente que no pudo tratarse de una construcción acabada.
 He aquí el caso de la organización burocrática. Nuestra burocracia procede del Decreto que Bravo Murillo firma el 18 de junio de 1852, en cuyo preámbulo se afirma expresamente que se trata de establecer "ciertas reglas generales que llenen provisionalmente" los fines más urgentes "entre tanto" un proyecto de ley en estudio resolviese definitivamente la cuestión. Esta "provisionalidad", este "entre tanto", estas "ciertas reglas", van a durar exactamente hasta 1918, momento en el cual tampoco se aborda definitivamente la reforma profunda tanto tiempo pendiente, sino que se retoca apenas ese viejo Decreto de Bravo Murillo, que sólo formalmente se refunde, con excepción de la técnica de las cesantías, que es prácticamente la única innovación sustancial que se opera, quedando por lo demás intacto virtualmente todo el viejo, convencional e incompleto sistema hasta hoy mismo. Esto ocurre en cuanto al punto básico que es la organización burocrática. [...]
 Supuesta toda esta debilidad constructiva inicial en las bases de nuestra Administración, ocurre que ésta ha venido cumpliendo concienzudamente tras de su función lo que los autores americanos March y Simon acaban de llamar expresamente la Ley de Gresham de las organizaciones (la Ley de Gresham está formulada, como es bien sabido, en la Economía, y afirma que la moneda mala expulsa a la buena en la circulación monetaria). La ley de Gresham de las organizaciones consistiría en que "la rutina diaria desplaza al planeamiento innovativo"; los agentes se limitan únicamente a cumplir con la tarea rutinaria, con la tarea diaria, con la labor claramente programada según fines precisos, en tanto que la tarea de reflexión sobre la propia organización, la tarea de perfeccionamiento de la organización, la tarea de planeamiento a larga escala, cuyo programa está por esencia indeterminado, es sistemáticamente dejada de lado: "daily routine drives out planning". Nuestra Administración, partiendo de las débiles bases iniciales que hemos visto, se ha limitado a vivir orgánicamente sobre ellas cumpliendo mejor o peor las tareas materiales que el Estado le asigna, y siguiendo ciega y fatalmente esa sombría ley de comportamiento en cuanto al aparato estructural general. Tras la gran generación de creadores del sistema, nuestro país no ha encontrado aún otra capaz de perfeccionarlo, de revisarlo y de ponerlo a punto. [...]
 A este déficit inicial de partida hay que agregar otro especialmente inmediato. Nuestra Administración ha sido, a mi juicio, la víctima más importante causada por el proceso inflacionista sobre el que ha vivido nuestra economía durante los últimos veinte años (y aun, podemos decir, desde la primera guerra mundial) hasta el reciente Plan de estabilización. En virtud de este proceso inflacionista, la ocasión reconstructiva que pudo proporcionar nuestra guerra civil no sólo no fue aprovechada, sino que por el contrario, vino a implicar un nuevo azote sobre nuestras ya desgastadas estructuras administrativas.»
 
 [El extracto pertenece a la edición en español de Alianza Editorial. Depósito legal: M. 1498-72.]
 

sábado, 26 de noviembre de 2016

"Gramática parda".- Juan García Hortelano (1928-1992)


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  Lección 25.- Nexos binarios en funciones terciarias
 
 "-Lo celebro, aunque me parece una cochinada. Verás, Bonus, quiero hablarte muy crudamente, a pesar de tus pocos años y confiando sólo en tu corrompida precocidad. A mí, madame Motmot, me atrae como ninguna otra hembra, pero me plantea problemas mecánicos, bien por su cantidad, bien por su sabiduría. A ningún varón nos gusta que ella sepa más, pero si, además, hay tanto ella, yo es que me aturullo. Y, en medio del puro extravío, al no saber por dónde me hallo, temo, y con fatales consecuencias, ultrajar a mi adorada tomando un camino no sólo equivocado, sino torpe. ¿Me entiendes, muchacho?
 -No lo entiendo, don Teobaldo. Pero si la señora es de lo más comprensivamente transitable...
 -Pero yo soy muy prejuicioso y no consentiría que mi novia me admitiese un tránsito desviado.
 -Ahora lo que comprendo es que usted quiera casarse. No obstante, ya que no de su gazmoñería, permítame que dude de su pericia, ni siquiera para encontrar la senda clásica. Está usted aún muy verde, don Teobaldo, y no le vendría nada mal volver a las clases prácticas. Efectivamente, con doña Marcelina usted se aturulla mucho.
 -Muchísimo. He llegado, besando su nariz, a asombrarme de que tuviera una nariz con uña. Como comprenderás, no es agradable encontrarte agarrado al dedo gordo de un pie, cuando creías estar en las alturas. Y, luego, que ella es muy emprendedora y lo mismo quiere que le sople una oreja o que le muerda el lóbulo, cuando uno le está trabajando a pellizcos la región umbilical. Te digo, joven, que las mujeres tienen un mapa erógeno enrevesadísimo. Y hay que reducírselo al croquis de toda la vida, so pena de ser abusado.
 -Aunque me resisto a temerlo, temo, don Teobaldo, que sus ideas sobre la configuración y constitución del cuerpo femenino no sean todo lo precisas que de su edad cabría exigir. Dispense un minuto.
 Bonus Eventus corrió a la borda, comprobó que se aproximaban al puente de Alejandro III y volvió a su silla de grumete, frente a la tumbona transatlántica sobre la que viajaba el caballero.
 -Cuando dices configuración y constitución, ¿he de entender, ilustrado Eventus, orografía y arqueología aplicada, respectivamente?
 -Ha.
 -En ese caso, debes considerar que el hombre es un animal que sólo conoce correctamente lo que aprendió de niño. Gracias a una educación impecable, hasta muy crecido no tuve yo ocasión experimental de conocer mejor. Y lo que de cachorro no se aprende, ya nunca se aprende bien, porque siempre coincidirá la realidad con la idea de la realidad que nos hicimos mientras vivíamos de imaginaciones.
 -Dicho de otro modo, que usted, señor, conoce mal a las mujeres.
 -Yo tampoco diría mal sino dudoso y embarullado, como todo conocimiento previo que se resiste a desaparecer y se ve obligado a coexistir con la realidad puercamente estricta.
 -Y eso, ¿le pasa con otros muchos campos del conocimiento?
 -Con casi todos, porque la niñez, y sobre todo la que yo tuve la suerte de pasar, suele ser demasiado corta para aprender lo que luego esta época enciclopedista nos exige.
 -Como, por ejemplo, un reloj.
 -De ninguna manera. Yo de un reloj tengo ideas muy claras, porque nunca he perdido el tiempo, ni lo perderé, en examinar el mecanismo de un reloj, ni en imaginármelo.
 -Y, ¿de la justicia distributiva?
 -Bien elegido el ejemplo, muchacho. Yo de la justicia distributiva, como de las mujeres, ya te digo, o de esta ciudad luz o de la generosidad o de la Reina Gobernadora o de la ectosfera, tengo ideas confusas, porque todas esas entidades las imaginé siendo niño y sólo de mayor las conocí. Se trata de un nudo cognoscitivo que no hay modo de desatar. Ahora, eso sí, la ventaja de esta doble simultaneidad es que te mueres sin saber lo que es la vida.
 -Platónico le encuentro, don Teobaldo. Y así, me parece que no conseguirá usted montarse a madame de la Voilissière. Quien, por cierto, debió de aprender la arqueología aplicada y la orografía nada más saltar de la cuna.
 -Es la única forma de llegar a ser un crápula. Si no lo mamas del ama seca, te puedes jubilar ignorando que las hembras hacen pis por delante.
 -Compruebo que tampoco está usted tan falto de conocimientos reales, señor García... Y, ¿un explosivo? ¿Tiene usted confusiones sobre los explosivos?"