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domingo, 15 de diciembre de 2024

Cien años de soledad.- Gabriel García Márquez (1927-2014)

 

 «Sin embargo, dos meses después, cuando el coronel Aureliano Buendía volvió a Macondo, el desconcierto se transformó en estupor. Hasta Úrsula se sorprendió de cuánto había cambiado. Llegó sin ruido, sin escolta, envuelto en una manta a pesar del calor, y con tres amantes que instaló en una misma casa, donde pasaba la mayor parte del tiempo tendido en una hamaca. Apenas sí leía los despachos telegráficos que informaban de operaciones rutinarias. En cierta ocasión el coronel Gerineldo Márquez le pidió instrucciones para la evacuación de una localidad fronteriza que amenazaba con convertirse en un conflicto internacional.
 -No me molestes por pequeñeces -le ordenó él-. Consúltalo con la Divina Providencia.
 Era tal vez el momento más crítico de la guerra. Los terratenientes liberales, que al principio apoyaban la revolución, habían suscrito alianzas secretas con los terratenientes conservadores para impedir la revisión de los títulos de propiedad. Los políticos que capitalizaban la guerra desde el exilio habían repudiado públicamente las determinaciones drásticas del coronel Aureliano Buendía, pero hasta esa desautorización parecía tenerlo sin cuidado. No había vuelto a leer sus versos, que ocupaban más de cinco tomos y que permanecían olvidados en el fondo del baúl. De noche, o a la hora de la siesta, llamaba a la hamaca a una de sus mujeres y obtenía de ella una satisfacción rudimentaria, y luego dormía con un sueño de piedra que no era perturbado por el más ligero indicio de preocupación. Sólo él sabía entonces que su aturdido corazón estaba condenado para siempre a la incertidumbre. Al principio, embriagado por la gloria del regreso, por las victorias inverosímiles, se había asomado al abismo de la grandeza. Se complacía en mantener a la diestra al duque de Marlboroug, su gran maestro en las artes de la guerra, cuyo atuendo de pieles y uñas de tigre suscitaban el respeto de los adultos y el asombro de los niños. Fue entonces cuando decidió que ningún ser humano, ni siquiera Úrsula, se le aproximara a menos de tres metros. En el centro del círculo de tiza que sus edecanes trazaban dondequiera que él llegara, y en el cual sólo él podía entrar, decidía con órdenes breves e inapelables el destino del mundo. La primera vez que estuvo en Manaure después del fusilamiento del general Moncada, se apresuró a cumplir la última voluntad de su víctima, y la viuda recibió los lentes, la medalla, el reloj y el anillo, pero no le permitió pasar de la puerta.
 -No entre, coronel -le dijo-. Usted mandará en su guerra, pero yo mando en mi casa.
 El coronel Aureliano Buendía no dio ninguna muestra de rencor, pero su espíritu sólo encontró el sosiego cuando su guardia personal saqueó y redujo a cenizas la casa de la viuda. "Cuídate el corazón, Aureliano", le decía entonces el coronel Gerineldo Márquez. "Te estás pudriendo vivo". Por esa época convocó una segunda asamblea de los principales comandantes rebeldes. Encontró de todo: idealistas, ambiciosos, aventureros, resentidos sociales y hasta delincuentes comunes. Había, inclusive, un antiguo funcionario conservador refugiado en la revuelta para escapar a un juicio por malversación de fondos. Muchos no sabían ni siquiera por qué peleaban. En medio de aquella muchedumbre abigarrada, cuyas diferencias de criterio estuvieron a punto de provocar una explosión interna, se destacaba una autoridad tenebrosa: el general Teófilo Vargas. Era un indio puro, montaraz, analfabeto, dotado de una malicia taciturna y una vocación mesiánica que suscitaba en sus hombres un fanatismo demente. El coronel Aureliano Buendía promovió la revolución con el propósito de unificar el mando rebelde contra las maniobras de los políticos. El general Teófilo Vargas se adelantó a sus intenciones: en pocas horas desbarató la coalición de los comandantes mejor calificados y se apoderó del mando central. "Es una fiera de cuidado", les dijo el coronel Aureliano Buendía a sus oficiales. "Para nosotros, ese hombre es más peligroso que el Ministro de la Guerra". Entonces un capitán muy joven que siempre se había distinguido por su timidez levantó un índice cauteloso:
 -Es muy simple, coronel -propuso-: hay que matarlo.
 El coronel Aureliano Buendía no se alarmó por la frialdad de la proposición, sino por la forma en que se anticipó una fracción de segundo a su propio pensamiento:
 -No esperen que yo dé esa orden -dijo.
 No la dio, en efecto. Pero quince días después el general Teófilo Vargas fue despedazado a machetazos en una emboscada y el coronel Aureliano Buendía asumió el mando central. La misma noche en que su autoridad fue reconocida por todos los comandos rebeldes, despertó sobresaltado, pidiendo a gritos una manta. Un frío interior que le rayaba los huesos y lo mortificaba inclusive a pleno sol le impidió dormir bien varios meses, hasta que se le convirtió en una costumbre. La embriaguez del poder empezó a descomponerse en ráfagas de desazón. Buscando un remedio contra el frío, hizo fusilar al joven oficial que propuso el asesinato del general Teófilo Vargas. Sus órdenes se cumplían antes de ser impartidas, aún antes de que él las concibiera y siempre llegaban mucho más lejos de donde él se hubiera atrevido a hacerlas llegar. Extraviado en la soledad de su inmenso poder, empezó a perder el rumbo. Le molestaba la gente que lo aclamaba en los pueblos vencidos y que le parecía la misma que aclamaba al enemigo. Por todas partes encontraba adolescentes que lo miraban con sus propios ojos, que hablaban con su propia voz, que lo saludaban con la misma desconfianza con que él los saludaba a ellos y que decían ser sus hijos. Se sintió disperso, repetido y más solitario que nunca. Tuvo la convicción de que sus propios oficiales le mentían. Se peleó con el duque de Marlborough. "El mejor amigo -solía decir entonces- es el que acaba de morir". Se cansó de la incertidumbre, el círculo vicioso de aquella guerra eterna que siempre lo encontraba a él en el mismo lugar, sólo que cada vez más viejo, más acabado, más sin saber por qué, ni cómo ni hasta cuándo. Siempre había alguien fuera del círculo de tiza. Alguien a quien la hacía falta dinero, que tenía un hijo con tos ferina o que quería irse a dormir para siempre porque ya no podía soportar en la boca el sabor a mierda de la guerra y que, sin embargo, se cuadraba con sus últimas reservas de energía para informar: "Todo normal, mi coronel". Y la normalidad era precisamente lo más espantoso de aquella guerra infinita: que no pasaba nada. Solo, abandonado por los presagios, huyendo del frío que habría de acompañarlo hasta la muerte, buscó un último refugio en Macondo, al calor de sus recuerdos más antiguos. Era tan grave su desidia que cuando le anunciaron la llegada de una comisión de su partido autorizada para discutir la encrucijada de la guerra, él se dio vuelta en la hamaca sin despertar por completo.
 -Llévenlos donde las putas -dijo.
 Eran seis abogados de levita y chistera que soportaban con un duro estoicismo el bravo sol de noviembre.»

 [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Orbis, 1982, pp. 180-183. ISBN: 84-7530-035-9.]

sábado, 28 de noviembre de 2020

Libro de los hechos.- Jaime I (1208-1276)

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 «[497] Después fuimos a Tarazona y el rey de Castilla nos siguió, pues no se quiso separar de Nos mientras estuvimos en su tierra. Nos le rogamos que pasase la fiesta de Navidad que estaba próxima con Nos, pero él dio algunas excusas, aunque al final lo tuvo que hacer a instancias nuestras, y vino con Nos a Tarazona.
 Nos, habiéndolo preparado con antelación, previnimos para él y para todos los que le acompañaban todo lo que necesitaban; lo dispusimos de manera que cada ricohombre que fuera con él tuviese en su tienda pan, vino, cera, salsa, fruta y todas las cosas que pudiese necesitar, a fin de que no andasen molestándose unos a otros pidiéndose cosas.
 [498] Pasó allí siete días con Nos y, en aquellos siete días, le dimos siete consejos para que los aplicase en sus asuntos.
 El primer consejo fue que, si había dado su palabra a alguien, la cumpliese por encima de todo, pues más le valía pasar la vergüenza de decirle que no a alguien que le pidiese algo, que no tener que lamentarse de no haber cumplido lo que se había prometido.
 El segundo consejo fue que, si se había comprometido por escrito con alguien, se atuviese a ello, pero que pensase bien antes si convenía hacerlo o no.
 El tercer consejo fue que retuviese a su gente bajo su señoría, porque la gente se mantiene fiel al rey bajo el que Dios la ha puesto, si éste la sabe mantener con afecto y según sus exigencias.
 El cuarto consejo fue que, en caso de tener que elegir a quién conservar, que antepusiese a dos estamentos: esto es, el eclesiástico, por un lado, y el popular y los ciudadanos del país, por otro; pues son gente que ama Dios por encima de los caballeros, dado que los caballeros se alzan antes contra la señoría que ellos. Si bien sería preferible que pudiese conservarlos a todos; pero de no ser así, que conservase a aquéllos, puesto que con ellos destruiría a los otros.
 El quinto consejo fue que Dios le había dado Murcia, y Nos, con Nuestro Señor, se la habíamos ayudado a tomar y conquistar; y que los documentos que habíamos otorgado a los pobladores de Murcia, y los que él les había otorgado después, no se cumplían sino que se infringían y se les mermaban las heredades. Pues se les daban veinte o treinta tahúllas*, o al que más le daban, le daban cincuenta, y que cincuenta tahúllas no eran sino dos yugadas de Valencia, que no suponen más que doce cahíces de sembradura. Por lo que, siendo Murcia la mejor villa que solía haber en Andalucía, excepto Sevilla, era un gran error permitir que la gente dijese que él y sus hombres no sabían repartir la tierra. Pues nunca sería buena Murcia si no hacía una cosa, a saber: "Que pongáis cien hombres valiosos, que os sepan acoger como corresponde cuando vayáis allá, y que procuréis que estén bien remunerados, pues ni con cien tahúllas ni con doscientas estaría bien remunerado un hombre de valía. Del resto, que se encarguen los menestrales. Así organizaréis una buena villa. Y si se lo habéis dado a hombres que no viven allí, pactad con ellos y dádselo a hombres que residan allí".
 El siguiente consejo fue que no hiciese juicios en privado, pues no era propio de rey hacer justicia en su casa y particularmente. Esto tuvo lugar en Tarazona.
 [499] Él se marchó de Tarazona y se fue a Fitero**; aquí nos llegó un mensaje diciendo que estaba muy mal de una pierna a causa de una coz que le había dado un caballo en Burgos. Fuimos allí rápidamente, acompañándonos cuatro o cinco caballeros y nuestra comitiva; y lo vimos y le dimos ánimos.
 Llevamos con Nos a un cirujano nuestro -que se llamaba maestre Juan- y nos proveímos de todo cuanto pudiera ser necesario. Nos quedamos con él durante cuatro o cinco días, al cabo de los cuales nos rogó con mucho interés que regresásemos, pues ya se había curado.
 Y él se dirigió a Castilla y Nos nos encaminamos a Calatayud; y estuvimos en Calatayud un mes o más.
 […]
 [523] Después nos volvimos al reino de Valencia y, al llegar a Alcira, se nos presentó un mensajero del papa, llamado fray Pedro de Alcalá, con una carta del pontífice Gregorio X, en la cual se decía que nos rogaba que le diésemos consejo y ayuda acerca de la cruzada a Tierra santa en ultramar.
 Nos agradó mucho y nos alegramos sobremanera, y le contestamos que Nos nos presentaríamos en la fecha que nos indicaba. Acto seguido, nos preparamos para acudir al concilio a Lyon, tal como él nos había anunciado y rogado. Mucho antes de llegar encargamos lo relativo a nuestro alojamiento, enviando todo lo que necesitaríamos para dos o más meses.
Resultado de imagen de jaime I libro de los hechos A mediados de cuaresma, pues, nos pusimos en movimiento desde Valencia en dirección a Lyon. Al llegar a Gerona, el infante don Pedro, nuestro hijo, nos invitó el día de pascua en Torroella, donde estuvimos con él. Seguidamente, nos dirigimos a Perpiñán hasta donde nos acompañó, ordenándole aquí que regresara. Y Nos seguimos hacia Montpellier, donde pasamos ocho días. Después, proseguimos el camino.
  […]
 [525] El papa estaba en su habitación y, cuando le avisaron que veníamos, salió solemnemente revestido. Lo vimos pasar por delante de Nos y se sentó en su silla. Nos les hicimos aquella reverencia que los reyes hacen y que han acostumbrado hacer al papa. Nos habían puesto una silla para sentarnos, cerca de la suya, al lado derecho.
 Le dijimos que habíamos venido en la fecha en que nos había convocado, pero que, dado que era el primer día, en aquel día no debíamos hablar de ningún asunto hasta el siguiente. Al llegar el día siguiente, cuando estuviéramos delante de él y oyéramos lo que nos proponía, Nos le contestaríamos de modo que quedaría satisfecho de Nos.
 [526] Al llegar el día siguiente, Nos nos personamos ante él y lo encontramos en su habitación con sus cardenales. Entraron con Nos el arzobispo de Tarragona, el obispo de Barcelona, el de Valencia, el de Mallorca y el de Huesca; y tomamos asiento.
 A poco de estar sentados, el papa se puso a hablar de la empresa de Tierra santa en ultramar y de cómo se había desplazado con este propósito, y de que nuestro Señor los había guiado para llevar adelante aquella gesta.
 Añadió que se alegraba tanto de nuestra visita y que confiaba en Dios en que, por medio de Nos y de los otros, Dios le ayudaría de tal modo que sería beneficioso para Tierra santa y que gracias a ello se conquistaría.»
 
 *Medida agraria, generalmente de terrenos de regadío, algo superior a las once áreas.
 ** Población de la provincia de Soria, cercana a Tarazona.

  [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Gredos, 2003, en traducción de Julia Butiñá Jiménez, pp. 500-502 y 516-19. ISBN: 84-249-2371-5.]

lunes, 6 de julio de 2020

La guerra de Yugurta.- Cayo Crispo Salustio (86 a.C. - 35 a.C.)

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  «5.-Voy a escribir la guerra que el Pueblo Romano tuvo con Yugurta, rey de los Númidas, primero porque fue grande y encarnizada y de victoria indecisa, después porque entonces el pueblo fue contra la soberbia de los nobles; esta contienda confundió las cosas divinas y humanas y llegó a tal punto de la locura que la guerra y la devastación de Italia puso fin a las discordias civiles. Pero antes de comenzar el relato me referiré a un poco más arriba a fin de que todas las cosas sean conocidas mejor y más claramente.
 En la segunda guerra púnica en la cual Aníbal, capitán de los cartagineses, después que el nombre romano se hubo hecho glorioso, disminuyó bastante la potencia de Italia; Masinisa, rey de los Númidas, acogido en amistad por aquel Publio Escipión, que después por su valor ganó el sobrenombre de Africano, emprendió muchas y muy esclarecidas empresas militares; por las cuales, vencidos los cartagineses y apresado Sifax, cuyo imperio en África fue poderoso y vasto, el Pueblo Romano dio al rey cuantas ciudades y tierras había conquistado con las armas en la mano. Así, pues, la amistad de Masinisa nos era constantemente honrosa y útil; y no se acabó sino con el imperio y con su vida. Después su hijo Micipsa obtuvo él solo el reino cuando una enfermedad arrebató a sus hermanos Manastabal y Gulusa. Micipsa tuvo dos hijos, Aderbal y Hiempsal y tuvo en su casa, tratándole como a ellos, a Yugurta, hijo de su hermano Manastabal, al cual Masinisa -porque nació de una concubina- había privado de su herencia.
 6.-Luego que éste llegó a la mocedad, gallardo de fuerzas, hermoso de aspecto pero bastante más vigoroso de ingenio, no se dejó corromper por la molicie y el ocio; pero, como es costumbre de aquellas gentes, cabalgaba, tiraba el arco, en la carrera competía con sus coetáneos y, aunque superaba a todos en reputación, era, sin embargo, estimado de todos: además de esto se pasaba la mayor parte del tiempo en la caza y era el primero o de los primeros en herir a los leones o a otras fieras; y obrando mucho, hablaba poquísimo de sí mismo. De estas cosas Micipsa, aunque al principio se alegraba considerando que el valor de Yugurta redundaría en gloria para su reino, sin embargo, después que comprendió que el mozo en la flor de la edad se iba ganando más y más crédito mientras él era ya maduro y pequeños sus hijos, vivamente turbado por este hecho, revolvía muchos pensamientos en su interior. Le aterraba la naturaleza humana, ávida de mando, proclive a satisfacer las pasiones del ánimo y, sobre todo, la favorable ocasión de su edad y de sus hijos, la cual, con la esperanza de buen éxito, hace extraviar aun a los hombres menos emprendedores; añádase a esto el amor por Yugurta que encendía el pecho de los Númidas, por los cuales si hubiesen quitado de en medio a un varón tal, temía Micipsa que se levantasen sediciones o guerras.
 7.-Angustiado con estas dificultades, después que ve que ni con la violencia podía quitarse de en medio a tan bien quisto del pueblo y, por otra parte, siendo Yugurta valiente y deseoso de gloria militar, determinó exponerlo a los peligros y tentar por este camino fortuna. Por ello, teniendo Micipsa que enviar al Pueblo Romano socorros de caballería y de infantería para la guerra de Numancia, le puso al mando de los Númidas que envió a España con la esperanza de que, o bien al hacer alarde de su valor o por el furor de los enemigos, seguramente perecería. Pero la realidad le salió muy de otra manera a como él había calculado. Porque Yugurta, pronto y agudo de ingenio como era, así que conoció el carácter de Publio Escipión, que entonces era el general de los Romanos, y las costumbres de los enemigos, a costa de gran trabajo y cuidados, y además de esto y obedeciendo a todos con suma modestia y en muchas ocasiones saliendo al encuentro de los peligros, llegó en breve a hacerse tan ilustre que era sumamente querido de los nuestros y muy temido de los Numantinos. Y a la verdad era valeroso en la batalla y maduro en las deliberaciones, lo que es difícil en sumo grado; de estas dos cosas una, la mayor de las veces, suele hacer, por prudencia, temerosos, y la otra, por audacia, temerarios. En consecuencia, el general trataba casi todas las cosas difíciles por medio de Yugurta; le contaba entre sus amigos y más cada día le mostraba su amistad viendo que ni consejo ni empresa suya le salía vana. Agregábase a esto la libertad del ánimo y la destreza del ingenio, por el cual tenía a muchos romanos encadenados con íntima amistad.
 8.-Había en aquel tiempo en nuestro ejército varios individuos entre nuevos y nobles para los cuales las riquezas tenían más importancia que el bien y lo honesto; eran facciosos en Roma y por ello gozaban de prestigio entre los aliados; famosos más que virtuosos. Estos inflamaban el ánimo de Yugurta, prometiéndole que a la muerte de Micipsa sería el único señor en el reino de Numidia, puesto que era grande su valor y en Roma, por otra parte, todo se vendía. Pero, después que, destruida Numancia, Publio Escipión licenció las tropas auxiliares y resolvió volverse a casa, honró espléndidamente a Yugurta con regalos y con alabanzas en presencia del ejército; después le llevó a su tienda y allí le aconsejó en secreto que cultivase la amistad del Pueblo Romano, más bien mediante la pública autoridad que valiéndose de particulares y que no se acostumbrase a hacer regalos a nadie, pues no sin riesgo se compraba a pocos lo que era de muchos; si quería persistir como hasta ahora en sus buenas costumbres, la gloria y el reino le vendrían por sí solos a las manos; pero si se daba excesiva prisa, sus propias riquezas le empujarían al precipicio.
LA GUERRA DE YUGURTA / LA CONJURACIÓN DE CATILINA de Cayo Crispo ... 9.-Después de haberle hablado así, le despidió con una carta dirigida a Micipsa, cuyo contenido era éste: "El valor de tu Yugurta en la guerra de Numancia fue extraordinario; me consta que esta noticia te será muy grata. Yo le estimo por sus méritos y haré cuanto pueda por que también le estime el Senado y el Pueblo Romano. Me congratulo contigo por nuestra amistad; ahí tienes a un hombre digno de ti y de su abuelo Masinisa." El rey, pues, cuando supo por la carta de Escipión que eran ciertas las noticias que le habían dado sobre Yugurta, conmovido por el mérito y la gallardía del mozo, cambió de propósito y se aplicó a ganarse a Yugurta con beneficios; al punto le adoptó y en su testamento le declaró heredero junto a sus hijos. De allí a pocos años, consumido por las enfermedades y por la edad, sintiendo que le llegaba el fin de su vida, dicen que, en presencia de amigos y parientes y de sus hijos Aderbal y Hiempsal, habló a Yugurta de esta manera:
 10.-"Yo te acogí cuando eras pequeño, Yugurta, en mi reino después de la pérdida de tu padre, sin esperanza y sin bienes de fortuna, juzgando que en agradecimiento no me hubieses querido menos que mis propios hijos si te hubiese engendrado; en esto no me engañé. Pues para no mencionar otros grandes y egregios hechos tuyos, últimamente, a la vuelta de Numancia, honraste con la gloria a mí y a mi reino y con tu valor nos hiciste a los romanos de amigos que éramos, amicísimos; renovaste en España el nombre de nuestra familia; por último, venciste a la gloria con tu fama, cosa difícil entre los mortales. Ahora, ya que la naturaleza está poniendo término a mi vida, por esta mi diestra, por la fe que debo al reino, te exhorto y te conjuro a que ames a estos que por sangre te son parientes y por beneficio mío, hermanos; y no desees más agregarte a extraños que conservar a los que te son afines por sangre. No son los ejércitos ni los tesoros los que sostienen el trono, sino los amigos que no se ganan por las armas ni se pueden comprar con oro: se obtienen con buenos oficios y lealtad. ¿Pues quién es más amigo que el hermano para el hermano? ¿O a qué extraño encontrarás fiel si eres enemigo de los tuyos? En verdad que os dejo un reino bien firme si hay paz entre vosotros; pero será débil si no os amáis y avenís; pues con la concordia se acrecientan las pequeñas cosas y con la discordia las más grandes se destruyen. Por lo demás a ti Yugurta, que por edad y sabiduría aventajas a otros, antes que a éstos te conviene prevenir que no suceda de otro modo: pues en toda contienda el más poderoso, aun cuando reciba una injuria, por el hecho de ser así, aparenta ser el agresor. Y vosotros, Aderbal y Hiempsal, respetad y honrad a un hombre semejante, imitad su valor y poned vuestro empeño en que no parezca que yo he prohijado hijos mejores que los que he engendrado."
 11.-A estas palabras, Yugurta, aunque comprendía que el rey no hablaba con sinceridad, y él mismo fomentaba en su ánimo sentimientos muy distintos, sin embargo, respondió con dulzura, como lo pedían las circunstancias. Pocos días después murió Micipsa. Y una vez que le hicieron magníficas exequias, según costumbre real, los príncipes se reunieron para deliberar entre sí de todos sus asuntos.»

   [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Sarpe, 1985, en traducción de José Torrens Béjar. ISBN: 84-7291-907-2.]

viernes, 24 de enero de 2020

El Pentateuco de Isaac.- Angel Wagenstein (1922)

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Palabras preliminares de Isaac. Carta al rabí Samuel Bendavid
«Por favor, no busques lógica en mi destino, porque no es que yo empujara los acontecimientos sino que éstos me empujaron a mí. No he sido la piedra del molino ni el agua que la hace girar: he sido la harina. Y desconocidos han sido para mí los propósitos del Molinero, santificado sea su nombre por los siglos de los siglos y después del último de los siglos también.
 Tampoco busques lógica en los acontecimientos históricos que determinaron mi destino, pues no la tienen, pero quizá tengan algún sentido secreto. Sin embargo, ¿acaso le es dado al ser humano conocer el secreto de las mareas, de las protuberancias solares, del temprano florecer de la nevadilla, del amor o de los mugidos de las vacas?
  No me hagas, hermano, empezar la explicación de los acontecimientos políticos por aquel archiconocido disparo en Sarajevo, del que estoy hasta la coronilla, cuando un alumno de secundario con el curioso apellido de Principio mató a nuestro inolvidable, querido, adorado archiduque Francisco Fernando, porque la primera guerra mundial ya había madurado como un absceso en el vientre de Europa, sin principios, es decir, sin el estúpido disparo del Principio este. Si algún diplomático alemán, pongamos por caso, hubiera resbalado con la cáscara de un plátano tirado en Estocolmo por el representante de la empresa francesa Michelin, hubiera sido lo mismo. No busques, por favor, lógica en mi querida patria austrohúngara, cuyo ejército invencible, dirigido sabiamente por el general Konrad von Hötzendorf se metió de cabeza en el conflicto justo cuando hasta el más tonto entre los tontos se daba cuenta de que ya habíamos perdido la guerra. ¿Acaso puede haber lógica alguna en que todos los fieles ciudadanos austrohúngaros desearan con fervor que el Imperio de los Habsburgo se disgregara en varios Estados diminutos, en uniones étnicas dudosas y en federaciones tectónicas y alzaran las banderas nacionales, limpiándose los mocos y las lágrimas al son de la cancioncilla “¡Eh, eslavos!”, mientras que ahora gimotean viendo los platos rotos y recuerdan el Imperio Austrohúngaro como “los buenos tiempos de antaño”?
  Dime, hermano, si hay lógica en todo esto. Fíjate en la broma macabra de cuando Serbia y Grecia, cual un par de hermanitas, se cogieron de la mano al lado de la Triple Entente, mientras que Turquía, el eterno agente británico, sabe Dios por qué se alineó contra Inglaterra. Bulgaria se hermanó con sus opresores seculares, los turcos, y se arrojó a la guerra contra sus libertadores, los rusos, quienes por su parte…, etcétera.
  La primera guerra mundial es una de las ballenas en que –como diría algún pueblo antiguo- se va a apoyar mi relato. La otra ballena, claro está, será la segunda guerra mundial. Y si así, con los pies en sendas ballenas, decido explayarme sobre las razones y sinrazones de esta última, la más cruel entre las guerras, fácil será que me esparranque, ya que, como regla general, las ballenas históricas no suelen nadar en paralelo. Baste con recordarte al respecto de los sacros y eternos ideales nacionales, que en la primera guerra, Alemania se enfrentó a muerte con Italia y Japón, para llegar a declararlos luego, en la segunda de las guerras mundiales, sus hermanos carnales, sus aliados entrañables y no menos sagrados y sempiternos.
  Un día se borrará el dolor de esta guerra, la más terrorífica de todas; llegará el momento en que su recuerdo acabará pareciéndose a la molestia obtusa de los viejos reumas, porque la gente tiende a olvidar lo malo, porque si pensáramos todo el tiempo en la muerte y en los seres desaparecidos, los labradores dejarían de labrar, los jóvenes de enamorarse, los niños dejarían de deletrear las palabras, este precioso rosario de la inteligencia. Se olvidará el dolor y entonces el sentido de las guerras se reducirá a aquella anécdota antiquísima que seguro que has oído mil veces contada de mil maneras, pero que aun así te la explicaré, porque ¿acaso puedes detener a un judío cuando se le ha metido entre ceja y ceja contarte un chiste? Esto es un polaco y un judío que andan juntos por algún lugar de Galitzia*. El judío, que se cree más listo que nadie y que se siente con derecho a dar lecciones o reírse de los demás, señala en el camino el todavía humeante excremento de un caballo y le dice al polaco: “Te doy diez zlotis si te comes esto”. El polaco, hombre calculador como todo campesino, no tiene nada en contra de ganarse unos cuartos. “Vale”, dice. Entonces frunce el ceño, resuella, pero se traga la mierda. El judío le da los diez zlotis pero poco después recapacita. Cae en la cuenta de que acaba de cometer la tontería de gastarse el dinero en nada y decide recuperarlo. A la vista del siguiente excremento de caballo, fresco y humeante, le dice al polaco: “¿Si me como esta mierda me devuelves los diez zlotis?”. “Vale”, contesta el otro. El judío resuella, frunce el entrecejo, pero se come la mierda y recibe de vuelta su dinero. Los dos siguen su camino, pero el polaco al pensárselo, pregunta legítimamente: “Oye, si los judíos sois tan listos, ¿puedes explicarme por qué diablos nos hemos comido cada uno una mierda?”. En este caso el judío se quedó callado, cosa que sucede muy pocas veces.
  Digo, pues, que si me preguntas por el sentido de todo lo que pasó durante las dos guerras y en el tiempo transcurrido entre éstas, yo te contestaré a la pregunta con otra, que tampoco tiene respuesta: ¿y por qué nos comimos la mierda?
  No sé, querido hermano, si vas a recibir estas líneas, porque tú también estás como una hoja a merced del aire y te llevan y te traen los torbellinos de la casualidad y el destino, vistas a la manera vuestra –la materialista- como leyes naturales del todo ordinarias. Es que vosotros, los marxistas, tenéis el don de prever las cosas y aún mejor sabéis explicar las razones por las que vuestras previsiones no llegaron a verse cumplidas. Sin embargo, ¡quién hubiera podido prever (si no fuera Jehová o Yahvé al que tú renunciaste –no es que te culpe, cada cual tiene sus motivos-) que tú, el buen rabí del pueblo de Kolodetz cerca de Drogobich, te volverías ateo y te harías líder sindicalista! […]

Cuarto libro de Isaac: “A cada cual, lo que le corresponde” o desde los campos de concentración con amor

1
  Perdona que me desvíe por un momento de nuestro viaje al corazón del Reich, pero deja que te cuente cómo el viejo Shmoile se pasó la vida golpeteando tranquila y abnegadamente las ruedas de los vagones tanto en los tiempos austrohúngaros como en los polacos y, finalmente, en los soviéticos. Cuando llegó el momento de jubilarlo le entregaron la medalla “Bandera Roja de los Trabajadores”. Emocionado a más no poder, Shmoile pronunció el siguiente discurso:
  “Estimados compañeros y colegas ferroviarios: os agradezco todo lo bueno que acabáis de decir de mi humilde persona. Os agradezco también la medalla que me concedéis por haber servido fielmente a lo largo de cincuenta años en la estación de Drogobich con este martillo de mango largo. Sin embargo, queridos colegas y compañeros, ahora que me toca retirarme, os pido que me expliquéis, ¿por qué he tenido que hacerlo y cuál es la utilidad?”»

  *Región en Europa Central, situada al norte de los Cárpatos. En la actualidad, en Ucrania. (N. del T.)   

     [El texto pertenece a la edición en español de Libros del Asteroide, 2008, en traducción de Liliana Tabákova. ISBN: 978-84-935914-6-5.]

martes, 16 de enero de 2018

Supremas visiones de Oriente.- Pierre Loti (1850-1923)


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Carta abierta al señor ministro de negocios extranjeros
Diciembre de 1920

«La angustiosa incertidumbre sobre la situación de nuestra Francia en Oriente parece tocar, por fin, a su término. Favorable o desastrosa, la decisión del Supremo Consejo de los Aliados no está muy lejos de ser adoptada. Que un latido de buen sentido y de equidad pueda inspirar a los árbitros de nuestro porvenir en aquellas regiones una solución que sea duradera, por moderada y por justa; una solución que asegure la paz en el Islam, salvaguardando un poco aún nuestros seculares intereses, tan amenazados, ¡ay!, por rivales implacables... Creo firmemente en el partido francés verdaderamente patriota; ya casi no hay un diplomático talentoso y sincero cuyos ojos no hayan acabado por abrirse a la necesidad de mantener una Turquía fuerte y amiga, para conservar en Oriente vestigios, al menos, de nuestra preponderancia de antaño, que era casi vital, y -consideración novísima- para formar en Europa una vigilante y sin duda suficiente barrera de vanguardia contra el desbordamiento del salvajismo ruso.
 No quiero repetir eternamente las mismas verdades que tantas veces me he visto obligado a proclamar, a pesar del prejuicio de denegación de ciertos periódicos; pero estas verdades, a las cuales se han rendido ahora la mayor parte de los hombres de buena fe, creo que es un deber repetirlas aún, en pocas palabras, ya que nos encontramos en el momento supremo.
 Acerca de las "matanzas de Armenia", creo haber dicho con sobrados testimonios y pruebas en mi apoyo casi todo cuanto había que decir: la reciprocidad en el matar, la loca exageración en las quejas de esos armenios que desde hace siglos explotan tan vilmente a sus vecinos los turcos y que, incansables calumniadores, no cesan de hacer valer su título de cristianos para azuzar contra Turquía el fanatismo occidental.
 En cuanto a los griegos, me parece que no es menester ya revisar su proceso. Gracias a Dios, su causa está juzgada. Ha sido para ellos un castigo del cielo que la guerra nos haya permitido conocerlos de sobra. Los testimonios de nuestros miles de soldados sobre sus engaños y su odio hacia Francia, los relatos de nuestros jefes sobre el horror de si invasión en Anatolia son abrumadores y decisivos. Por otra parte, aquí están los términos del dictamen oficial de la Comisión de Investigaciones de los Aliados, acerca del comportamiento de los griegos en Pérgamo y en Menemén: "El enervamiento, la fatiga y el miedo les han hecho cometer, sin provocación, una verdadera carnicería de hombres civiles turcos, indefensos. Los oficiales griegos, presentes, han faltado completamente a su deber." Es cosa de preguntarse cómo franceses de buena fe pueden estar cegados aún por el prestigio de la antigua Grecia, hasta el punto de apoyarlos.
 Mis pobres amigos turcos, por el contrario, ¡cómo han ganado al ser conocidos un poco más de cerca! Todos los que de nosotros se han acercado a ellos, aun como enemigos, han sentido desvanecerse sus prejuicios, que han caído a tierra como castillos de naipes. En todos nuestros ejércitos de Oriente, se cantan con ardiente simpatía sus alabanzas y su particularísimo afecto hacia nosotros.
 [...] Quiero terminar estas lamentaciones con un juramento solemne a mis amigos, conocidos y desconocidos, pues aunque ahora soy injuriado, calumniado y aborrecido, sé, por el contrario, que tengo amigos, amigos a miles, con los que marcho acompañado por la vida. Desde todos los rincones del mundo siento llegar a mí su simpatía ardiente y pura. Todos los correos me traen pruebas de ello, a menudo exquisitas, y siempre emocionantes. Por regla general, me falta tiempo para contestarlas; pero bien saben estos hermanos lejanos que su pensamiento llega casi diariamente a mi corazón. Pues bien, quiero, desde aquí, conjurarlos a todos a creerme. Quiero gritar a todos: sí, creedme, fiaos de mi lealtad, hasta me atrevo a decir que de mi clarividencia. Si desde tantos años como hace que me he impuesto el deber de defender hasta la muerte al pueblo turco -levantando con ello en mi camino un clamor de insultos y de amenazas, asalariados o sencillamente imbéciles- es porque sé muy bien lo que digo. Por otra parte, tengo conciencia de la responsabilidad que esto acarrea y la acepto, inclinando así a la opinión hacia los pobres calumniados de Estambul, pues la opinión es incontestable. Por mi parte, he contribuido a esclarecerla y éste es quizá el único acto de mi vida que me honra, en vísperas ya del momento en que mi modesto papel terrestre llega a su fin. Sí, sé lo que digo. He vivido largo tiempo en Oriente y allí me he mezclado con todas las clases sociales y he adquirido la más íntima certidumbre de que sólo los turcos, en esta amalgama de razas irreconciliables, tienen honradez arraigada, delicadeza, tolerancia, valentía no exenta de piedad y que sólo ellos nos aman con un afecto hereditario, que permanece firme a pesar de todo nuestra tibieza, a pesar de las sublevantes injurias de algunos de nosotros.
 Antes de afirmar esto y con esta energía a mis amigos, he tenido que interrogarme profundamente: ¿no estaré deslumbrado por ciertos espejismos, por el hechizo, por el color, por los radiantes recuerdos de mi juventud? Pues bien, ¡no! Mi adhesión y mi aprecio a los turcos reconocen causas mucho menos personales. Tengo la convicción de que sería no solamente inicuo sino funesto aniquilar a este pueblo leal, contemplativo y religioso que sirve de contrapeso a nuestros desequilibrios, a nuestro cinismo, a nuestras fiebres. Y además, hace quinientos años que allí está en su casa, lo que constituye un título de propiedad, y bajo todos sus cipreses, altos como torres, el suelo de sus adorables cementerios está infiltrado de la sustancia de sus muertos. [...]
 Es cierto que sería un atentado irreparable contra la belleza del mundo desterrar a los turcos de su Constantinopla, tan impregnada de su genio oriental, y cuyo encanto se llevarán con ellos. Pero, para nosotros los franceses ya había motivos más graves para no suscribir su expulsión -admitiendo que esto fuese posible incluso derramando torrentes de sangre que enrojecieran el Mármara-, y es que los últimos destellos de nuestra influencia, antes soberana, desaparecerían de allí, al mismo tiempo. [...] Hoy, ante la amenaza de una sublevación general del Islam, que se desencadenaría al mismo tiempo que se extiende el bolcheviquismo hacia el Oeste como una gangrena, ¿qué se haría?...»

 [El extracto pertenece a la edición en español de José J. de Olañeta, en traducción de Vicente Díez de Tejada. ISBN: 84-7651-954-0.]