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domingo, 2 de marzo de 2025

El secreto de Agatha.- Marie Benedict [o Heather Terrell] (1968)

 

Capítulo ventiocho

 «-¿Le importaría repetir su declaración, coronel Christie? Quiero estar del todo seguro de tenerlo textualmente.
 -Por supuesto -responde Archie al reportero.
 El joven del Daily Mail, Jim Barnes, no es lo que él esperaba. Había planeado tener una conversación cautelosa con el periodista, fuera del alcance de la policía, por supuesto, para asegurarse de que los periódicos conocieran su punto de vista de una vez por todas. Pensó que debía mostrar su perspectiva general de los acontecimientos para que el público conociera su naturaleza razonable, quizá incluso insinuar que, independientemente de lo que dijera la policía, la desaparición de Ágatha se debía, en parte, a una decisión de ella. De esta forma esperaba apaciguar la percepción que el público tenía de él sin salirse de los parámetros estrictos de la carta. Si tenía que proponer estas ideas defensivas al mismo tiempo que esquivaba las trampas que le habían puesto, algo probable debido al tratamiento que hasta ahora le había dado la prensa, que así fuera.
 Pero cuando conoce al afable y civilizado chico del Daily Mail resulta ser un tipo por completo diferente de la gentuza que los acosa fuera de Styles mañana, tarde y noche. Habla bien y está vestido de forma inmaculada, el chico le parece familiar, no muy distinto de sus compañeros, miembros del club de golf de Sunningdale. Muy en contra de su inclinación y de lo que había planeado, el hombre le cae bien desde el momento en que se sientan en el poco memorable y pequeño bar. "Por fin -piensa- he encontrado a un alma empática". Y baja la guardia.
 -Con mucho gusto.
 Levanta los papeles en los que escribió una declaración formal para la prensa y expone las ideas que había preparado: que está muy preocupado por su esposa; que últimamente ella había sufrido de los nervios; que con frecuencia hacían planes por separado los fines de semana según sus intereses -que él pensaba mantener en privado-, y que está haciendo todo lo posible para ayudar en la investigación de la policía.
 -Muchas gracias, coronel Christie. Muy bien dicho -afirma Jim cuando termina de garabatear en su cuaderno-. ¿Está listo para responder a algunas preguntas?
 -Claro. Los periódicos han publicado una cantidad endemoniada de cosas en contra de mí y de mis amigos y deseo tener la oportunidad de presentar mi verdad.
 -Eso es lo que yo también deseo. Empecemos. -El joven sonríe y revisa sus notas-. ¿Cuáles son las posibles explicaciones de la desaparición de su esposa según su punto de vista y el de la policía?
 -Hay tres explicaciones posibles de su desaparición: podría ser voluntaria, pudo haber perdido la memoria y, espero que no, pudo ser el resultado de un suicidio. Mi instinto me dice que es una de las dos primeras. Definitivamente no creo que se trate de un suicidio. Tengo entendido que si alguien considera terminar con su vida, primero amenaza con hacerlo, y ella nunca lo hizo. Además, ¿una persona que desea terminar con su vida conduce varios kilómetros, se quita el abrigo y después desaparece en medio de la nada antes de suicidarse? No lo creo, sencillamente no tiene sentido. De cualquier forma, si mi esposa consideró alguna vez quitarse la vida, supongo que hubiera pensado en un veneno. Como durante la guerra trabajó como enfermera y en un hospital, sabía mucho sobre venenos y los usaba con frecuencia en sus historias. Ese hubiera sido el método que ella habría elegido, en lugar de algún misterioso suicidio en un área remota del bosque; pero aún así no creo que eso haya pasado. -Estaba un poco disperso, pero lo había dicho.
 -Entonces ¿se inclina más a pensar que la desaparición de la señora Christie se debe a un acto voluntario o a que ha perdido la memoria?
  Archie recuerda la carta y responde:
 -Así es, y me atrevo a pensar que se trata de un caso de amnesia.
 -¿Puede hablar un poco más sobre el día en que desapareció?
 -Ya he hablado de todo esto con la policía una y otra vez, pero lo haré de nuevo aquí para su conocimiento. Como siempre, salí de casa a las nueve y cuarto para ir al trabajo y esa fue la última vez que vi a mi esposa. Sabía que ella iría a Yorkshire el fin de semana, y eso era todo lo que conocía de sus planes cuando me marché el viernes a la oficina. Luego me he enterado de que por la mañana salió en su automóvil y comió sola. Por la tarde llevó a nuestra hija a visitar a mi madre en Dorking y regresó aquí para cenar sola. -Archie se queda callado. ¿Debería mencionar el resto del día?
 -¿Sabe qué ocurrió entonces? -pregunta Jim.
 No está seguro de cómo explicar su postura sobre lo que pasó después.
 -No sé con seguridad lo que ocurrió después de eso, puesto que estábamos en diferentes lugares. Sólo puedo suponer que estaba en un estado nervioso tal, por razones que desconozco, que le fue imposible sentarse a leer o escribir. A mí me ha sucedido esto algunas veces y en esos momentos salgo a caminar para aclarar mis ideas y tranquilizarme. Pero a mi esposa no le gusta mucho caminar, y cuando desea aclarar su mente sale a dar un paseo en automóvil.»

  [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Planeta, 2021, en traducción de Yara Trevethan Gaxiola, pp. 209-212. ISBN: 978-84-08-24821-7.]

domingo, 16 de octubre de 2022

El crisantemo y la espada. Patrones de la cultura japonesa.- Ruth Benedict (1887-1948)


Ruth Benedict - Wikipedia, la enciclopedia libre
3.-Cada uno en su lugar


 «A pesar de su reciente occidentalización, el Japón es todavía una sociedad aristocrática. Cada saludo, cada contacto personal, debe indicar el tipo y grado de la distancia social que existe entre unos y otros. Cuando una persona dice a otra “come” o “siéntate”, utiliza palabras diferentes si se dirige a un familiar, si habla a un inferior o a un superior. Existe un “tú” o un “usted” diferente que debe utilizarse en cada caso, y los verbos tienen formas distintas para cada uno de ellos. En otras palabras, los japoneses tienen lo que se llama un “lenguaje de respeto”, como lo tienen muchos otros pueblos del Pacífico, y lo acompañan con reverencias e inclinaciones adecuadas. Este comportamiento se rige por meticulosas normas y convencionalismos. No basta saber ante quién se inclina uno, sino que es necesario saber cuánto se tiene uno que inclinar. Un saludo que sería adecuado para determinada persona podrá ser considerado como un insulto por otra que se hallase en una relación ligeramente distinta con el que saluda. Y la gama de las reverencias va desde la postura de rodillas en que se inclina el cuerpo hasta tocar con la frente las palmas de las manos, colocadas sobre el suelo, a la simple inclinación de la cabeza y los hombros. Uno debe aprender, y desde edad muy temprana, la reverencia adecuada para cada caso particular. No se trata sólo de tener siempre presentes las diferencias de clase — en todo caso, importantísimas—; también deben tenerse en cuenta el sexo, la edad, los lazos familiares y cualquier clase de relación previa entre dos personas.
 Incluso entre las mismas dos personas se requieren diversos grados de respeto en diferentes ocasiones: un civil puede tratar familiarmente a otra persona y no inclinarse ante ella; pero cuando lleva uniforme militar, su amigo, si viste de paisano, se inclinará ante él. Cumplir con las normas establecidas por la jerarquía es un arte que requiere el equilibrio de innumerables factores, algunos de los cuales pueden excluir a los otros en un determinado caso, o bien añadirse a ellos.
 Existen, naturalmente, personas que se tratan con poca ceremonia. En Estados Unidos, esto se aplica a las personas del círculo familiar. Nosotros abandonamos incluso las más simples formalidades de la etiqueta cuando entramos en el seno de nuestra familia. En el Japón es precisamente en la familia donde las normas de respeto se aprenden y observan más meticulosamente. Cuando la madre todavía lleva al niño atado a la espalda, ya le obliga —apoyando su propia mano en la cabeza del hijo— a inclinarse, y las primeras lecciones del pequeño consisten en aprender a comportarse respetuosamente con su padre y su hermano mayor.
 La mujer se inclina ante su marido; el niño, ante su padre; los hermanos menores, ante los mayores, y la hermana se inclina ante todos sus hermanos, cualquiera que sea la edad de éstos. No se trata de un gesto vacío de sentido; significa que el que se inclina reconoce el derecho del otro a actuar como desee respecto a cosas de las cuales quizá prefiera hacerse cargo él mismo, y el que recibe el cumplido reconoce a su vez ciertas responsabilidades que le incumben en razón del puesto que ocupa. La jerarquía basada en el sexo, en la edad y en la primogenitura forma parte integrante de la vida familiar.
 La piedad filial es, naturalmente, una de las normas éticas más importantes del Japón, que comparte con China. La formulación china de este principio fue adoptada en época temprana por el Japón, junto con el budismo, la ética confucionista y la antiquísima cultura china, en los siglos VI y VII después de Cristo. Pero el carácter de la piedad filial hubo necesariamente de sufrir modificaciones para poder adaptarse a la estructura peculiar de la familia japonesa. En China, incluso hoy, uno debe lealtad al enorme y ramificado clan al que pertenece. A veces se trata de un clan con jurisdicción sobre cientos de miles de personas, de las cuales recibe apoyo. Las circunstancias varían según las diversas partes de este extenso país, pero en muchos lugares de China todas las personas de una aldea son miembros de un mismo clan. Entre los 450 millones de habitantes que ahora tiene China, no hay más de 470 apellidos, y todas las personas que llevan el mismo patronímico se consideran en cierto grado hermanos de clan. En una zona determinada puede suceder que todos los habitantes sean de un mismo clan y que, además, pertenezcan a él familias que viven en ciudades muy apartadas. En zonas populosas como Kwangtung, todos los miembros del clan contribuyen a sostener grandes santuarios y en determinados días veneran hasta mil tablillas ancestrales de los miembros fallecidos que descienden de un antepasado común. Los clanes poseen propiedades, tierras y templos, y administran fondos que se utilizan para pagar la educación de alguno de los niños del clan que parece prometer más. Se mantienen en contacto con los miembros dispersos y publican complicadas genealogías que son puestas al día cada diez años, aproximadamente, a fin de dar a conocer los nombres de aquellos que tienen derecho a compartir sus privilegios. Tienen leyes ancestrales que llegan incluso a prohibirles entregar al Estado a alguien de la familia acusado de un crimen, si el clan no está de acuerdo con las autoridades. En la época imperial, estas grandes comunidades de clanes semiautónomos eran gobernados, no muy rígidamente, en nombre del Estado, mediante mandarinatos encabezados por funcionarios estatales rotatorios que no eran de la región.
 En el Japón todo esto era distinto. Hasta mediados del siglo XIX, solamente las familias nobles y los guerreros (samurai) tenían derecho a utilizar apellidos. Los apellidos eran fundamentales en el sistema de clanes del pueblo chino, y sin ellos, o sin un equivalente, no puede desarrollarse la organización del clan. En algunas tribus, el equivalente podía ser el mantenimiento de una genealogía. Pero en el Japón solamente la clase alta mantenía genealogías, e incluso en estas familias el registro se llevaba, como hacen las Hijas de la Revolución Americana en Estados Unidos, desde el momento presente hacia atrás, es decir, partiendo de la persona viva para retroceder en el tiempo, y no desde el pasado hacia el presente para incluir a todos los contemporáneos procedentes de un antepasado común, lo cual es muy distinto. Además, el Japón era un país feudal. La lealtad no se debía a un nutrido número de parientes, sino a un señor feudal, amo supremo y perpetuo, y la diferencia entre éste y los mandarines burocráticos temporales de China, que eran siempre extranjeros en sus distritos, no podía ser mayor. Lo importante en el Japón era pertenecer al feudo de Satsuma o al de Hizen. Cada persona estaba ligada a su feudo.
 Otra forma de institucionalizar los clanes es la adoración de los antepasados remotos o de los dioses del clan en santuarios o lugares sagrados. Esto habría sido posible para el “pueblo bajo” japonés, incluso al no contar con apellidos ni genealogías. Pero en el Japón no existe el culto a los antepasados remotos. En los santuarios en que el pueblo se reúne, todos los campesinos acuden juntos sin necesidad de probar la existencia de antepasados comunes. Se les llama “hijos” del dios del santuario, pero son “hijos” porque viven en su territorio. Estos campesinos están, naturalmente, ligados entre sí, como les ocurre a los campesinos de cualquier parte del mundo tras la residencia en el mismo lugar de innumerables generaciones, pero no son por ello un grupo cohesivo de un mismo clan que desciende de un antepasado común.
 La veneración debida a los antepasados se presta en un santuario muy diferente, situado en el cuarto de estar de la familia, donde se honra solamente la memoria de los seis o siete últimos miembros de la familia fallecidos. En las familias japonesas de todas las clases sociales, se rinde diariamente homenaje ante este altar, y se coloca comida para los padres y los abuelos, así como para los parientes próximos a quienes se recuerda en vida y que están representados sobre el altar con lápidas en miniatura. En los cementerios nadie se ocupa de las tumbas de sus tatarabuelos, y la identidad de la tercera generación ancestral cae rápidamente en el olvido. Las relaciones familiares en el Japón se reducen casi a las mismas proporciones occidentales, siendo tal vez la familia francesa el equivalente más próximo.
 La “piedad filial” en el Japón es, pues, una cuestión limitada a los familiares más íntimos. Significa ocupar cada uno el sitio que le corresponde según la generación, el sexo y la edad, dentro de un grupo que incluye poco más que el propio padre, el padre del padre y sus hermanos y descendientes. Incluso cuando se trata de linajes importantes en los que a veces se incluyen grupos mayores, la familia se divide en líneas independientes y los hijos más jóvenes establecen ramificaciones familiares. Dentro de este limitado grupo familiar, las normas que regulan “el sitio correspondiente” son muy meticulosas. Se guarda una estricta obediencia a los mayores, hasta que éstos deciden “retirarse” formalmente (inkyo).
 Aun en nuestros días, un hombre con hijos ya mayores no realizará transacción alguna sin que haya sido aprobada por el abuelo, si éste no se ha retirado. Los padres deciden sobre el casamiento o el divorcio de sus hijos, incluso cuando éstos tienen treinta o cuarenta años. Al padre, como cabeza de familia, se le sirve el primero en las comidas, entra el primero en el baño familiar y recibe con una simple inclinación de cabeza las profundas reverencias de su familia. Hay en el Japón un acertijo popular que podría traducirse de esta forma: “¿Por qué un hijo que quiere dar consejos a sus padres se parece a un sacerdote budista que quiere tener pelos en la coronilla?”. (Los sacerdotes budistas van tonsurados.) La respuesta es: “Porque por mucho que quiera, no puede”.
 Ocupar el propio puesto significa tener en cuenta no sólo las diferencias generacionales, sino también las diferencias de edad. Cuando los japoneses desean expresar una confusión total, dicen que “no es ni hermano mayor ni hermano menor”, en el sentido en que nosotros decimos “no es ni carne ni pescado”, pues para los japoneses el hermano mayor debe mantenerse fiel a su condición con el mismo rigor con que un pez debe permanecer en el agua. El hermano mayor es el heredero. Los viajeros hablan de “ese aire de responsabilidad que el hijo mayor adquiere tan pronto en el Japón”. Comparte en alto grado las prerrogativas del padre. Antiguamente, su hermano menor dependía totalmente de él; ahora, especialmente en pueblos y aldeas, es el mayor quien se queda en casa aferrado a la rutina de siempre, mientras sus hermanos menores, en ocasiones, salen de ella para conseguir una educación más completa y mayores ingresos. Pero los antiguos hábitos impuestos por la jerarquía son muy fuertes.»

    [El texto pertenece a la edición en español de Alianza Editorial, 2004, en traducción de Javier Alfaya Bula, pp. 41-45. ISBN: 978-84-2065-585-7.]