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viernes, 30 de abril de 2021

Gente de las pusztas.- Gyula Illyés (1902-1983)


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9.-Los habitantes de las pusztas entre ellos. Su lenguaje social. Altercados. Regalos. Ocasiones para el regocijo.


 «Los criados escuchan los insultos con asiática indiferencia.
 -Sólo me gustaría saber a quién insulta ese pobre buey –me dijo una vez, ablandado y meneando la cabeza un criado después de recibir una sarta de improperios.
 Porque hasta los exabruptos se basan en una jerarquía precisa. El terrateniente increpa al administrador, éste a sus ayudantes, éstos al inspector, éste a los encargados, éstos a los criados. Y a continuación sólo vienen los niños y los bueyes.
 -A lo mejor insulta al carro –añadió-. Al carro y al árbol.  Y el árbol al Dios de los cielos que creó este…
 Así volvió, sin darse cuenta, de la momentánea blandura a los cauces de siempre.
 Las relaciones de los aldeanos se rigen por una etiqueta tan estricta y compleja como en la corte de los príncipes. Comunican, mediante gestos apenas perceptibles, los hechos o sentimientos difícilmente expresables: por ejemplo, si ven con agrado a un visitante o si el chico puede esperar algo de una muchacha a la que se acerca con buenas intenciones. Estos movimientos no sólo difieren según los pueblos, sino según los barrios e incluso según las temporadas. ¿Quién coge el sombrero del invitado, el dueño de la casa, su esposa o su hija? ¿Y dónde lo pone, en el perchero, sobre el baúl o sobre la cama? El visitante se entera en un instante de cosas que tardaría medio año en conocer si recurriese a las palabras. Un extraño no se entera nunca, claro. Pasé unas vacaciones escolares en B. y solía visitar a menudo a los vecinos que compartían la bodega con mis parientes. Al marcharme, siempre daba la mano a todos los presentes, y en una ocasión tendí la mano a la  hija de la familia. Ella me la estrechó cohibida, y hasta me dio la impresión de que se sonrojaba. Por la noche me enteré de que su padre la había zurrado sin piedad en cuanto me hube marchado.
 Cuando una muchacha le da la mano a un muchacho está diciendo: ¡confieso que tengo una relación con él y no me avergüenzo de ello! De hecho, sólo lo dice si el apretón de manos se produce en presencia de sus parientes. Además, esto sólo es así en la parte alta del pueblo, no en la baja. Aquí significa otra cosa.
 Entre la gente de la puszta no existen tales formalidades. Viven día y noche juntos y el roce es tan continuo que, a decir verdad, ni siquiera se saludan. Cuando esto ocurre, no se desean ni buenos días ni buenas tardes, sino que se comunican algún dato objetivo. “Hoy toca frío” dicen a primera hora de la mañana, y la respuesta es: “Pues sí, frío”. Quien se acerca con la azada es recibido por preguntas tales como: “¿Ya está?” o “¿Aún queda?” o “¿Falta mucho?” Y, si el interpelado es un hombre, la respuesta es: “Falta”, seguida de una retahíla de tacos.
 Solamente se suele saludar al entrar o salir de casa. Al llegar se dice “Alabado sea Dios” y, al marcharse, “Adiós”. Apenas conocen otras fórmulas. De la tía Szabó me despedí una vez diciendo:
 -Pues hasta luego, señora Szabó…
Y ella parpadeó un tanto perpleja y dijo, sonrojándose:
 -A ti también, alma mía.
 El contacto es muy estrecho en la pequeña comunidad de la puszta, porque casi todos están unidos por lazos de parentesco.
 Para los jóvenes, casi todos los mayores son padrinos. Yo tenía unos veinticinco y llamaba así no sólo a los padrinos de mis padres, sino a los de mis hermanos y primos, y también a sus padrinos de confirmación, que se consideraban parientes más cercanos que los del bautizo, puesto que a ellos les pedían luego sus ahijados que hicieran de padrinos de boda y se encargaran de organizarla.
 El contacto permanente y estrecho y el continuo sufrimiento los vuelven irritables. No se toleran mutuamente, como si vieran en el otro el reflejo de sí mismos. Los jóvenes se llevan bien. Los mayores se pelean. Rezongan, se envidian, se chinchan y serían los primeros en sorprenderse si alguien les dijera que a pesar de todo son solidarios los unos con los otros. Conviven como una manada de lobos: se enzarzan en peleas, la necesidad extrema o un botín casual los hacen llegar a las manos, pero así y todo nunca se abandonan.
 El tono llano de la gente de la puszta asombra a los extraños. Gente pacífica y sumisa en el fondo del alma, expresan con palabrotas hasta los parabienes y las muestras de cariño. Manifiestan mediante toda una paleta de maldiciones esos matices que los campesinos muestran a través de complejas costumbres. ¡Qué rica y variada es esa paleta! “¡Que no te alcance el rayo, pero que se empotre a un metro de distancia de ti!” Esto, por ejemplo, es una maldición, pero no se considera una ofensa. Cuando a una muchacha se le desea “¡Que el diablo se lleve a la novia en tu boda!”, de hecho se le está dirigiendo un cumplido. Son asimismo cariñosas las frases que animan a trabajar, tales como “No te quedes mirando el suelo, que de todos modos te pudrirás allí dentro” o “No dejes colgar la cabeza como un girasol”. Las advertencias reforzadas mediante una comparación a menudo sólo se expresan por amor al símil o al juego de palabras. Frases como “No te hagas esperar como una propina” actúan como un gesto amistoso y resultan regocijantes. Por supuesto, las hay también mucho más especiales, ingeniosas o duras. La gente de la puszta muestra una extraordinaria fantasía en este terreno.
 Uno podría creer que los hombres expresan sus sentimientos con la mayor precisión en los momentos culminantes de la pasión, arrastrados por un verdadero impulso lírico. Pero, aunque resulte extraño, no es así. La lengua del fervoroso enamorado se traba, y cuanto más sincero es su amor, más decididamente farfulla esos lugares comunes de los que la humanidad dispone desde Adán y Eva. La mayoría de las lenguas sólo cuentan con una o dos fórmulas esquemáticas para expresar ira o indignación. El vocabulario de algunas naciones es en este sentido tremendamente pobre. Los diversos grados de cólera extraen, de individuos pertenecientes a los más diversos niveles culturales, las mismas tres o cuatro palabras. No ocurre así entre la gente de la puszta. ¿Ha de atribuirse esto a nuestro ancestral lirismo?
 En mi infancia, fueron los insultos los que estimularon y quizá hasta formaron mis dotes artísticas. Me asombraban las acertadas observaciones, las audaces asociaciones y esas creaciones realmente artísticas que en la poesía se denominan metáforas. Muy temprano me preparé para escribir una tesis doctoral sobre la psicología de los improperios.
 La densa acumulación de adjetivos y su repentina descarga, así como el compás de los períodos, permiten suponer la existencia de ciertas leyes estructurales y rítmicas. La improvisación, que desde luego necesita de un importante tesoro de ideas y de una inspiración heredada y siempre dispuesta, nos recuerda la poesía de nuestros parientes lingüísticos, los vogules, cuya principal característica es, como bien sabemos, precisamente el improvisar. El cantante convierte en melodía sus propias experiencias o aventuras, sea un viaje, sea la caza de un oso, ateniéndose en todo momento a las pautas marcadas por el estribillo y el ritmo de las ideas. La capacidad de la gente de la puszta para soltar una retahíla de improperios casi interminable, pero nunca monótona, es parecida a la facultad de expresión artística de aquellos cantores y una prueba psicológica de nuestro parentesco.
 Me cuesta escuchar los tacos de los hombres cultos,  porque me parecen afectados y carentes de talento. Los improperios de la gente de la puszta, en cambio, me asombraron una y otra vez. Veía hasta humor en ellos. No cabe la menor duda de que se trataba de una variante de la poesía popular, ni de que una creación de extraordinario valor artístico se salía de los cauces normales y se dispersaba por las ciénagas de la oscuridad. ¿O era el resto degenerado de un ancestral sentimiento religioso? ¿De la religión de un pueblo desesperado que sólo se nutre de ira contra el cielo? A la gente de la puszta le cuesta recordar a la primera una oración, pero enseguida suelta insultos contra cualquier santo de la Iglesia.
 ¿Qué terrible pasión reprimida se abre paso en estas maldiciones? ¿Qué tensión actúa en las almas que sólo son capaces de manifestarse mediante extremos, mediante expresiones cariñosas de dulzura asiática y palabras mágicas de exuberancia también asiática? Los enamorados hablan de violetas, perlas y palomas y acto seguido se refieren a modos de muerte que no pueden ni describirse. ¿Qué mezcla es esta de fragancia de flores y de hedor de cuerpos en descomposición? La han mamado con la leche materna.
Resultado de imagen de gente de las pusztas gyula illyes Durante mucho tiempo me consolé pensando que todo ello era corrupción de la lengua, no del alma. Que eran simplemente nombres distintos para un mismo significado. Que cuando la mujer, en vez de reprender a su hijo con un suave y conveniente “vaya, vaya”, le grita “que se te salgan los ojos” o “que los gusanos se te coman las tripas”, sólo está usando una expresión distinta. Sin embargo, el rubor de la furia que inunda su rostro y el golpe que propina al niño demuestran a las claras que la maldición tiene raíces y proviene del corazón. ¿Y qué conclusiones puedo sacar del hecho de que cada una de sus palabras, cada una de sus frases, se combine con un insulto; de que, cuando piensan, lo primero que suelta su cerebro, a modo de invocación, es un taco, con el que también llenan esas pequeñas pausas en la conversación en que el espíritu se toma un descanso? Ante los superiores sí que conocen sus límites. Pero cuando se sienten en su ambiente, enseguida lo señalan con una o dos palabrotas. Tan pronto como se toman un respiro, sueltan un taco u otro contra el mundo. ¿Qué instinto suicida los impulsa a desearse a gritos –los unos a los otros y, por tanto, a sí mismos- los martirios más espantosos, siempre con el rostro encendido y temblando de irritación? Parecen poseídos. A veces trato de imaginar al dios que anida en sus almas en esos momentos; al ser cuyo rostro se vislumbra en las palabras que le dirigen. No es el semblante dulce del Nazareno, sino más bien el de algún ídolo chino desfigurado por una terrible sonrisa.
 No sólo transmitían hacia abajo los insultos recibidos de los superiores, sino también los golpes. Las palizas también responden a reglas precisas. Hasta una determinada edad, los padres golpean a los hijos; luego se produce una pausa; una vez finalizado el intermedio, la situación da un vuelco, y son los hijos los que golpean a sus padres. Es la tradición. En mi familia contaban como anécdota las palabras del viejo tío Pálinkás. Cuando su hijo, tirándole de los pelos, lo arrastraba por la habitación compartida y la cocina hasta llegar al umbral, el viejo solía gritar:
 -Déjame aquí hijo, que hasta aquí arrastraba yo a mi padre.
 La naturaleza de la gente de las pusztas es en el fondo pacífica e incluso dócil. Cuando algún acontecimiento externo extraordinario – una muerte trágica, un gorro nuevo o una copa de buen vino- les hacía olvidar su destino y sentirse como seres humanos, se acercaban los unos a los otros sonriendo y se estrechaban la mano, felices. Se consolaban, se animaban o se colmaban de sinceros parabienes. Tartamudeaban torpemente y se abrazaban con lágrimas en los ojos. A veces se burlaban unos de otros con bromas vulgares que, sin embargo, contenían tantos buenos deseos, tanto amor disfrazado, que el bromista y su víctima acababan frotándose los ojos por la emoción, por la atmósfera que los buenos actos creaban en su entorno, parecida a la generada por los gases lacrimógenos. ¿Pero cuándo podían sentirse como seres humanos?
 En mi memoria, el ambiente de la puszta no se caracteriza por las risas, sino más bien por los insultos y las peleas.»

   [El texto pertenece a la edición de Editorial Minúscula, 2002, en traducción de Adan Kovacsics, pp. 185-192. ISBN: 84-95587-12-2.]  
             

domingo, 28 de marzo de 2021

Leche de otoño. Memorias de una campesina.- Anna Wimschneider (1919-1993)


Resultado de imagen de anna wimschneider  «Mi madre había muerto el 21 de julio de 1927.
  Llegó la época de la cosecha y la mayoría de las faenas había que realizarlas en el campo. Todos estaban cansados de tener que ayudar una y otra vez. Mi padre pensó entonces que tenía que ayudarse a sí mismo. No le quedó otro remedio que poner a trabajar a los niños.
 Franz era el mayor, todavía no tenía trece años y la vecina le enseñó a ordeñar. El siguiente era Michl, once años, a quien le tocó la limpieza del establo. Otra vecina vino para enseñarme a guisar y a remendar la ropa, y a indicarme cómo debía cuidar a los niños pequeños. Yo tenía ocho años. El tercero, Hans, también tenía que colaborar. Para dar el pasto a los animales teníamos que levantarnos todos los niños mayores. Nos despertábamos hacia las cinco. Mi padre cogía la guadaña, un hermano la carretilla y los menores llevábamos rastrillos. En una hora habíamos distribuido el forraje con la carretilla; los pequeños todavía dormían. Franz ordeñaba las dos vacas que eran más fáciles de ordeñar. La vecina las otras dos, las que costaban más. Yo encendía el fuego y hervía la leche, la vertía en el cuenco, añadía un poco de sal y luego desmigajaba el pan. Entonces nos sentábamos todos alrededor de la mesa, rezábamos la oración matinal, el credo y el padrenuestro por mi madre. A veces se levantaba enseguida alguno de mis hermanos pequeños y entonces tenía que preocuparme de él, de manera que casi no me daba tiempo a comer. Tras el desayuno rezábamos la oración de gracias y otro padrenuestro por mi madre. Los chicos ya se habían lavado y peinado, con lo que alcanzaban todavía a ir a misa antes de que empezara la escuela. Yo, en cambio, tenía que ir a despertar a los más pequeños y ayudarles a arreglarse, a vestirse y a desayunar. A veces lloraban, quizá porque no estaban contentos conmigo. El abuelo todavía no se levantaba. A partir de ese momento podía vestirme y arreglarme para ir a la escuela. Me iba cuando mi padre volvía del trabajo en el establo. Entonces corría lo más rápido posible los cuatro kilómetros que me separaban de la escuela. A veces tenía que ir parando porque sentía una punzada fuerte en un lado, y a menudo llegaba cuando ya había empezado el primer recreo. Entonces los demás niños se reían de mí.
 Al cabo de poco tiempo, los chicos dijeron que mi trabajo estaba en la casa, que ése era un trabajo de chica. Después de la escuela venía la señora Meiereder para enseñarme a cocinar. Mi padre le dijo en mi presencia: “Si la chica no atiende bien, le das una bofetada, entonces lo aprenderá más rápido”. La mayoría de cosas me las enseñaba el domingo porque no teníamos escuela. Con nueve años ya sabía preparar bollos al horno, Dampfnudeln (1), Apfelstrudel (2) de manzana, platos de carne y muchas otras cosas. Pero al principio cometía muchos errores. Mi padre entraba, miraba dentro del horno, y decía: “Ay, chica, tienes que avivar el fuego, así no podrás asar la carne. Cuántas veces tengo que repetírtelo”, y me daba una bofetada. La señora Meiereder también me regañaba de vez en cuando, pero nunca me pegó.
 Durante el trabajo llevaba conmigo un taburete, porque era tan pequeña que no llegaba a la altura de ninguna olla. Mirar en el fogón, poner el taburete, encender el fuego, quitar el taburete, ir al aparador, poner el taburete, ¡cuántas veces tuve que hacer esto mientras cocinaba! Cuando estaba asando carne y el horno echaba humo, podía ir a mirar. Esto no funcionaba en cambio con los bollos al horno, porque se deshacían y cuando llegaban a la mesa me esperaba otra bofetada. Aún hubiera podido tolerarlo si sólo me la hubiera dado mi padre, pero mis hermanos mayores todavía me daban otra. A veces olvidaba salar la comida porque mi atención se iba hacia la habitación donde jugaban mis hermanos. Cuando la situación se ponía muy escabrosa y rompían algo jugando a perseguirse o a la vaca ciega, la culpa la tenía yo por no haber puesto atención a mis hermanos. Y cuando mis tres hermanos mayores se pegaban en el suelo y mi padre lo oía desde fuera, entraba con una vara y atizaba a todo el que encontraba en su camino. Entonces volvía a haber tranquilidad.
 Pasado algún tiempo, mi padre volvió a traer a casa al más pequeño, porque la vieja madrina se había quedado dormida para siempre. Nos alegramos mucho de tener al pequeño Ludwig, todavía era muy chiquito y aún no hablaba. En aquella época, los chicos y las chicas se ponían la misma ropa hasta la edad de tres años. Esto simplificaba las cosas. Cuando alguno tenía necesidad, lo sentábamos corriendo en el orinal y otro de los hermanos tenía que hacer algo para que se quedara sentado.
 Nos alimentábamos principalmente a base de leche, patatas y pan. Al atardecer, cuando ya no podía guisar como es debido porque teníamos escuela desde por la mañana temprano hasta las cuatro y al volver a casa ya anochecía, preparábamos para los cerdos una gran cacerola de patatas cocidas. Los niños pequeños no eran capaces de esperar a que estuvieran listas y se quedaba dormidos en el sofá o en el banco duro. Entonces teníamos que despertarlos para que comieran. Como teníamos mucha hambre, nos comíamos tantas patatas que al final no sobraban bastantes para los cerdos. Entonces se enfadaba mi padre. Hans se comió una vez trece patatas. Mi padre le dijo: “Estás chiflado, devoras más que una marrana, no devores tanto, que no habrá suficiente para la marrana”.
 De vez en cuando venía una vecina y miraba cómo iban las cosas y lo que yo hacía. Al comienzo del cuarto curso tenía que ir a casa de la señora Meiereder ahora para aprender a hacer el pan y a lavar las piezas grandes de la ropa. Esto lo hacíamos luego en casa con todo esmero entre mi padre y yo. Teníamos una tina que incluso era igual a la de la señora Meiereder. Primero dejábamos durante toda la noche la ropa en remojo, luego la escurríamos, la sacudíamos y la poníamos en la tina. Sobre la ropa colocábamos un paño grande de lienzo en el que esparcíamos ceniza de madera de abedul, y luego echábamos por encima agua hirviendo; esto era la colada para la ropa, porque no teníamos detergente en polvo. Después de algunas horas se sacaba esta colada de la tina. Ahora colocábamos la ropa sobre un banco y con un jabón duro la frotábamos y luego la cepillábamos. Yo me ponía sobre mi taburete porque era demasiado baja para el banco de la ropa.
 Para hacer el pan era al contrario. Teníamos que poner la amasadera en el suelo porque así podía aplicar más fuerza al preparar la masa. Siempre cocíamos dieciséis panes de una vez; cada pan pesaba de cuatro a cinco libras. Cada día comíamos tres panes. Uno con la sopa de la mañana, otro lo consumíamos los niños durante el recreo de la escuela y el tercero nos lo comíamos con la cena. En la escuela teníamos dos recreos; el menor duraba quince minutos y la pausa mayor del mediodía una hora entera. Como no tenía sitio en el banco de las niñas porque estaba abarrotado, me sentaba junto a un chico que me traía cada día un bollo al horno de parte de su madre. Nunca he olvidado el detalle de esta mujer.
Resultado de imagen de anna wimschneider leche de otoño circulo de lectores Mi padre decía siempre que tres panes tienen que alcanzar para todo un día. Pero no siempre era suficiente y entonces volvíamos a comernos las patatas de los cerdos. Nuestro padre decía entonces que lo arruinaríamos con nuestro apetito. A la hora de comer se ponía uno de los niños pequeños sobre las piernas de mi padre y otro a su izquierda y otro a su derecha, y comían del plato de mi padre. Para cenar había casi siempre Dampfnudeln. Me salían muy bien, con la corteza tostada. Los presentaba con la corteza hacia arriba en una fuente grande que se colocaba en un trípode de hierro y en la parte inferior había otra fuente grande con pepinos, leche o caldo de peras desecadas. Esto tenía un aspecto muy apetitoso que nos daba nueva hambre. Tenían que ser siempre grandes raciones, dos cazos o cacerolas. Tampoco nos olvidábamos del abuelo. A él le llevaba la comida a su habitación, sólo cosas blandas porque ya no tenía ni un diente.
 Cuando el abuelo todavía caminaba bien, se iba muy temprano a la iglesia. Michl tenía que ir con él porque, durante el trayecto, el abuelo iba siempre al mismo lugar en el bosque y hacía sus necesidades en el mismo árbol. Ya no podía vestirse solo, por eso lo acompañaba Michl.
 El abuelo tenía una camisa con dos ojales en la parte delantera del cuello. Por aquí había que introducir un pasador que podía voltearse por la parte delantera. Luego tenía un acabado de lencería blanca con el pecho fuertemente almidonado y ancho como el tronco, y por la parte inferior podía meterse un poco por dentro de la pretina. En la zona del pasador se le colgaba una corbata. Así no se le veía la camiseta vieja que llevaba por debajo. Para calzarse se ponía zapatos de hebilla y debajo unas calzas cortas de goma. Éstas tenían cosidas a derecha y a izquierda una goma negra y elástica que se sujetaba en el tobillo. Los pantalones eran muy estrechos y llevaban tirantes. El abuelo siempre se ponía para trabajar un delantal azul que se sujetaba por el cuello y por la cintura con una cinta de lino estrecha y azul. Nunca trabajaba sin su delantal, que denominábamos el harapo. En nuestra tierra todavía puede comprarse hoy en día género para estos harapos. Es la misma tela azul.
 El abuelo tenía su sitio durante el día en el banco de la estufa. Los niños nos poníamos a menudo cerca de él. Sus pelos grisáceos se levantaban sueltos hacia arriba y en los lóbulos de las orejas llevaba unas pequeñas laminitas de oro. Esto lo tenía porque se suponía que era saludable para la vista. Apoyaba su mano derecha en la moldura de la estufa y los niños cogíamos la piel suave y floja de su mano y se la estirábamos. Esto podíamos hacerlo todos excepto Alfons, porque no le caía simpático. En vez de Alfons le llamaba siempre Atterl. Cuando yo hacía albondigones, el abuelo me cortaba el pan.   
 En las tardes de invierno calentábamos fuertemente la estufa  y la habitación permanecía caliente. En el cuarto de arriba, exactamente encima de esta estufa, había una estufa de cerámica que se calentaba simultáneamente con la otra. Tenía forma de herradura y uno podía sentarse en su entrante. Los niños nos habíamos sacado muchas veces unos a otros de allí cuando alguno se quedaba demasiado tiempo porque todos querían calentarse un poco antes de irse a dormir. Mi padre colocaba una tablilla sobre la estufa y se sentaba encima. A menudo olía a quemado, y eso era entonces el pantalón de mi padre. Le gustaba fumarse por la noche una pequeña pipa con tabaco barato; el leño, como le llamaba a su pipa. Y sobre la mesa estaba colgada una lámpara de petróleo con una pantalla de vidrio; esto era muy agradable. Mi padre tenía que contar historias fantásticas y espeluznantes de la guerra, porque había participado en ella, y de crímenes. El abuelo explicaba cómo había llevado madera larga y pesada con los caballos desde Eggenfelden hasta Passau. A veces se apagaba el petróleo de la lámpara y cuanto más oscura se quedaba la habitación, más nos excitábamos los niños. Entonces, jugábamos a la gallina ciega y chocábamos con todo, era muy divertido. El humo del petróleo nos ponía negros los orificios de la nariz y las barbitas, y esto nos hacía reír.
 Mientras mis hermanos escuchaban a mi padre, yo tenía sobre la mesa una máquina manual de coser y tenía que aplicarme en zurcir la ropa. También teníamos una pequeña lamparilla de aceite que estaba en un tarro de un litro. Sin esta lamparita no hubiera podido ver la costura. Cuando mi padre y mis hermanos se iban a la cama, yo debía quedarme bastante más tiempo cosiendo, al menos hasta las diez de la noche. A menudo me quedaba dormida de puro cansancio. Mi padre golpeaba entonces en el suelo de la habitación superior y gritaba que qué me pasaba, que no oía la máquina de coser. Al momento volvía a despertarme y continuaba cosiendo.»             

 (1)   Especialidad alemana: bollito de masa de pan, que se fríe en una sartén –tapada-, sólo por una parte y hasta que sube la masa. (N. del T.)
(2) Especialidad de Baviera y Austria: especie de brazo de gitano de hojaldre, relleno de manzana, que se sirve caliente y con nata montada. (N. del T.)
    
    [El texto pertenece a la edición en español de Círculo de Lectores, 1990, en traducción de Agustín Delgado, pp. 9-17. ISBN: 84-226-322-X.]