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domingo, 13 de noviembre de 2022

Las gafas de oro.- Giorgio Bassani (1916-2000)


Giorgio Bassani – Películas, biografías y listas en MUBI
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  «Otro día estábamos todos hablando de deporte.
 Si en materia de cultura Nino Bottecchiari estaba considerado como nuestro número uno, en cuestiones de deporte, indiscutiblemente, la primacía la ostentaba Deliliers. Ferrarás sólo por parte de madre (el padre, natural de Imperia, creo, o de Ventimiglia, había muerto en 1918 en el Grappa a la cabeza de una compañía de legionarios), él, lo mismo que Vittorio Molon, había cursado en Ferrara sólo la escuela media superior, es decir, los cuatro años del bachillerato de ciencias. Esos cuatro años habían sido en cualquier caso más que suficientes para hacer de Eraldo Deliliers un auténtico reyezuelo local: en 1935 había vencido en el campeonato regional de boxeo, categoría alumnos, peso medio y, además, era un muchacho guapísimo, de un metro ochenta de alto y con un rostro y un cuerpo como de estatua griega. Aunque aún no había cumplido veinte años, ya se le atribuían tres o cuatro conquistas clamorosas. De una compañera de colegio que se había suicidado el mismo año que él conquistó el título de campeón emiliano, se decía que lo había hecho por amor a él. De un día para otro dejó incluso de mirarla. Entonces ella, pobrecita, había corrido directa a tirarse al Po. Lo cierto es que incluso en el ambiente estudiantil Eraldo Deliliers, más que amado, era idolatrado. Nos vestíamos guiados por sus trajes, limpios, cepillados y planchados sin descanso por su madre. Se consideraba un auténtico privilegio estar a su lado el domingo por la mañana, en el Caffé della Borsa, con la espalda apoyada en una columna del soportal mirando las piernas de las mujeres que pasaban.
   En fin, un día, en el tren, a finales de mayo, estábamos discutiendo de deporte con Deliliers. Del atletismo pasamos a hablar de boxeo. Deliliers no permitía muchas confianzas a nadie. Sin embargo, aquel día se abrió bastante. Dijo que eso de estudiar no iba con él, que necesitaba demasiado dinero "para vivir" y que, por eso, si le salía bien un “golpecito” que estaba planeando, se dedicaría exclusivamente al “noble arte”.
   —¿Como profesional?—se atrevió a preguntarle Fadigati.
   Deliliers le miró como se mira a un escarabajo.
   —Por supuesto—le dijo—. ¿Acaso tiene miedo de que me estropeen la cara, doctor?
   —No me preocupa la cara, que, por lo que veo, ya está bastante señalada en los arcos superciliares. No obstante, me siento en el deber de advertirle que el boxeo, sobre todo si se practica profesionalmente, a la larga resulta una actividad peligrosa para el organismo. Si yo gobernara, prohibiría los combates de boxeo, incluso los de aficionados. Más que un deporte lo considero una especie de asesinato legal. Pura brutalidad organizada...
   —Pero ¡por favor!—le interrumpió Deliliers—. ¿Ha visto alguna vez un combate?
   Fadigati se vio obligado a reconocer que no. Dijo que a él, como médico, la violencia y la sangre le causaban horror.
   —Entonces, si nunca ha visto un combate—lo cortó en seco Deliliers—, ¿por qué habla? ¿Quién le ha pedido su opinión?
   Y otra vez, mientras Deliliers le dirigía casi a gritos estas palabras y luego, dándole la espalda, nos explicaba a nosotros, bastante más calmado, que el boxeo, «contrariamente a lo que puedan pensar algunos idiotas», es juego de piernas, elección de un ritmo y esgrima, sustancialmente y sobre todo esgrima, otra vez vi brillar en los ojos de Fadigati la absurda pero inequívoca luz de una felicidad interior.
   Entre nosotros, el único que no veneraba a Deliliers era Nino Bottecchiari. No eran amigos, pero se respetaban mutuamente. Frente a Nino, atenuaba bastante sus habituales poses de gángster y Nino, por su parte, se las daba menos de profesor.
  Una mañana Nino y Bianca no estaban (me parece que era en junio, durante los exámenes). En el compartimento estábamos sólo seis, todos hombres.
   Me dolía un poco la garganta y me había quejado. Recordando que de pequeño, durante la edad de mi desarrollo, había tenido que cuidarme varias veces por mis problemas con las amígdalas, Fadigati se ofreció inmediatamente a echarme una “ojeada”.
   —Vamos a ver.
Se levantó las gafas sobre la frente, me sujetó la cabeza con las manos y empezó a escrutarme entre las fauces.
   —Diga “aaah”—ordenó con aire profesional.
Las gafas de oro | Editorial Acantilado   Le hice caso. Y allí seguía él, examinando mi garganta, mientras, bonachón y paternal, no dejaba de recomendarme que no sudara, porque las amígdalas, «aunque ahora bastante reducidas», seguían siendo mi talón de Aquiles, cuando Deliliers, de repente, salió diciendo:
   —Perdone, doctor. Cuando acabe ¿le importaría echarme una ojeada a mí también?
   Evidentemente sorprendido por la petición y por el suave tono con el que Deliliers la había formulado, Fadigati se volvió.
   —¿Qué es lo que siente?—preguntó—. ¿Le duele al tragar?
   Deliliers le miraba fijamente con sus ojos azules. Sonreía enseñando apenas los colmillos.
   —No me duele la garganta—dijo.
   —¿Dónde, entonces?
   —Aquí—dijo Deliliers apuntando a sus pantalones, a la altura de la ingle.
  Luego, tranquilo, explicó indiferente, pero no sin una punta de orgullo, que hacía un mes aproximadamente que sufría las consecuencias de “un regalo de las virgencitas de via Bomporto”. Una “gran faena, la verdad”, pues había tenido que suspender "también" la actividad en el gimnasio. El doctor Manfredini, añadió, le estaba tratando con azul de metileno y con irrigaciones diarias de permanganato. Pero la curación iba para largo y él necesitaba restablecerse lo más rápido posible.
   —Mis mujeres empiezan a quejarse, ya me entiende... ¿Así que sería tan amable de echar una ojeada también usted?
   Fadigati había vuelto a sentarse.
   —Querido—balbuceó—, usted sabe perfectamente que yo no entiendo de ese tipo de enfermedades. Y además, el doctor Manfredini...
   —¡Vaya que si entiende y cómo!—sonrió con malicia Deliliers.
   —Por no decir que, aquí, en el tren...—continuó Fadigati, mirando asustado al pasillo—aquí, en el tren..., no sé cómo...
   —¡Ah, bueno! Si es por eso—replicó rápido Deliliers, torciendo la boca con gesto despreciativo—, siempre nos queda el servicio, si quiere.
   Hubo un instante de silencio.
   Fue Fadigati el primero en soltar una gran carcajada.
   —Pero ¡usted está de broma!—gritó—. ¿Cómo se las arregla para estar siempre bromeando? ¡Me toma por un ingenuo!—Y luego, volviéndose ligeramente hacia un lado y dándole una palmada en la rodilla—: ¡Debe andarse con ojo!—dijo—. ¡Si no se anda con ojo, un día u otro acabará mal!
   Y Deliliers, en tono serio:
   —A ver si es usted quien va a acabar mal.»

      [El texto pertenece a la edición en español de  Ediciones Acantilado, 2015, en traducción de Juan Antonio Méndez Borra, pp. 35-37. ISBN: 978-84-16011-70-4.]

lunes, 5 de julio de 2021

Kappa.- Ryunosuke Akutagawa (1892-1927)


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 «Antes de proseguir, creo que debería describir brevemente a los kappa. Hasta ahora se dudaba de su existencia pero, puesto que yo he vivido entre ellos, doy fe de que son reales sin ningún género de duda. Así que dicho esto, pasemos a los detalles concretos. Debo decir que su aspecto se ajusta plenamente a la descripción que se encuentra en el libro Breve historia del tigre de agua: tienen una coronilla de pelo corto, y pies y manos palmeadas, como los patos. La altura media de un kappa no llega a un metro y, según el doctor Chak, su peso suele oscilar entre nueve y trece kilos, aunque también advirtió que hay kappas más corpulentos que pueden llegar a pesar hasta veinticinco kilos. Justo en el centro de su cabeza tienen un platillo ovalado que se endurece a medida que el kappa se hace mayor. De hecho, el platillo de Bag, un kappa viejo, es bastante distinto al tacto del de uno joven, como el de Chak. Sin embargo, el atributo más extraño del kappa es el color de su piel. Los kappa no son de un color determinado, como los humanos; cambian en función de lo que les rodea, de forma parecida a los camaleones. Cuando están cerca de la hierba, se vuelven verdes, y cuando se posan sobre una roca, su piel se vuelve grisácea como la piedra. Ignoro si los kappa comparten algo más con los camaleones. Cuando descubrí la cualidad cambiante del color de su piel, me acordé de que, según las leyendas tradicionales, los kappa del oeste eran verdes y los del norte eran rojos. Además, recordé que cuando estaba persiguiendo a Bag, no entendía cómo podía escabullirse tan fácilmente y durante tanto tiempo: está claro que era gracias a este ardid óptico, se ocultaba en el paisaje y lo convertía en su aliado.
 Los kappa poseen una capa de grasa de un dedo de espesor bajo la piel y, aunque la temperatura de este país subterráneo es relativamente baja –pues suele rondar los diez grados-, no precisan de ropa. Eso sí, llevan gafas, e incluso algunos tienen carteras y petacas de tabaco. Por suerte, los kappa, igual que los canguros, tienen una bolsita en el abdomen, y en ella transportan los accesorios que en ese momento no utilizan. A mí me resultaba un poco raro verlos corretear por ahí sin ni siquiera un pedazo de tela que cubriera sus partes y, una vez, le pregunté a Bag de dónde venía la costumbre de ir desnudos por el mundo. Él se echó a reír, a carcajadas, doblando la cintura, y por fin, cuando recuperó el aliento, logró replicar:
 -Pues, a nosotros lo que nos parece curiosísimo es la obsesión que tenéis los humanos por taparos todo el rato.

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 Gradualmente, aprendí el idioma kappanés y pude comprender más sobre sus costumbres y prácticas sociales. Lo más asombroso y confuso era la forma en que los kappa lo entendían todo al revés: cuando los seres humanos nos tomamos algo en serio, a ellos les divierte sobremanera. Igualmente, todo lo que nos parece gracioso a nosotros, los kappa lo consideran extremadamente serio.
 Por ejemplo, los humanos creen que la compasión y la decencia son cualidades importantísimas y muy, pero que muy serias; sin embargo, cada vez que los kappa oyen estas palabras estallan en risotadas interminables. Está claro que su sentido del humor difiere mucho del nuestro.
 Una vez charlaba con el doctor Chak acerca de los métodos anticonceptivos. De repente, abrió la boca y exhaló una carcajada, y otra y otra, hasta que sus quevedos temblaron sobre su nariz. Como era de esperar, eso me puso de mal humor (a uno no le gusta que se rían de lo que dice sin saber por qué), y le pregunté secamente de qué se reía. Aunque en aquel entonces aún no dominaba el kappanés, así que puede que me confundiera un poco, su respuesta fue la siguiente:
 -¡Pero bueno! Es ridículo que los padres tengan en cuenta sus circunstancias personales y su conveniencia. ¿No le parece el colmo del egoísmo?
Resultado de imagen de akutagawa kappa atico de los libros No le dije lo que realmente pensaba: que a mí me parecía ridículo el modo en que las hembras kappa dan a luz. Poco antes de esa conversación con el doctor Chak, hbaía ido con Bag a su casa para observar a su mujer mientras ésta paría. Igual que nosotros, los kappa llaman al médico o a una comadrona para que les ayude durante el nacimiento del bebé. Pero justo antes de que nazca el crío, el padre, casi como si estuviera manteniendo una conversación telefónica, acerca la boca a la vagina de la madre y pregunta en voz muy alta:
 -¿Quieres nacer, o no? Piensa muy seriamente antes de contestar.
 Así procedió Bag, se arrodilló en el suelo de modo que su cabeza quedara frente al sexo de su mujer y formuló varias veces esa pregunta, acercándose más en cada ocasión. Después, se levantó y, siguiendo las instrucciones del médico, hizo gárgaras con un líquido desinfectante. No tardó en llegar, desde el útero de la madre, la vocecilla del niño, que replicó vacilante:
 -Muchas gracias por preguntar, pero no quiero nacer. Me aterroriza la posibilidad de heredar las costumbres, los complejos y hasta pudiera ser que la locura de mi padre. –Y añadió-: Aparte de eso, creo que la existencia de un kappa no sirve para nada. Es más, creo que su propósito es más bien maligno.
 La respuesta puso en situación muy embarazosa a Bag, que empezó a rascarse la cabeza nerviosamente. Mientras, la comadrona que estaba ayudando en el parto introdujo un grueso tubo de cristal en el útero de la esposa del pescador y lo utilizó para inyectar un fluido en la placenta. Claramente, era una sustancia calmante, pues, aliviada, la madre soltó un profundo suspiro. Al mismo tiempo, su hinchada barriga empezó a disminuir, igual que un balón se desinfla al perder aire.
 Como habréis deducido por la respuesta del feto de Bag, los bebés kappa pueden andar y hablar desde el mismo instante en que nacen. Una vez, Chak me contó la historia de un crío que pronunció un discurso sobre la existencia de Dios cuando apenas contaba con veintiséis días de vida. Lamentablemente, dicen que el pobre se murió antes de cumplir los dos meses.»

     [El texto pertenece a la edición en español de la Editorial Ático de los Libros, 2010, en traducción de David Favard, pp. 19-24. ISBN: 978-84-938295-0-6.]

viernes, 18 de junio de 2021

Las vigilias de Bonaventura.- August Klingemann (1777-1831) o Anónimo


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Sexta vigilia: El juicio Final


 «¡Que no daría yo por saber relatar con la sencillez y coherencia de otros honrados protestantes, escritores y poetas, que consiguen de ese modo sus laureles, que saben trocar ideas de oro en no menos áureas realidades! Es evidente que a mí no me ha sido concedido ese don. Yo nunca he poseído talento, y a pesar de que esta simple y breve historia de asesinatos me hay costado sudores y fatigas, sigue pareciendo aún bastante descabellada e insuficiente.
 Yo soy ya un fracaso desde los años de mi juventud, de algún modo, ya desde el huevo, puesto que, si se puede ver a otros muchachos instruidos y prometedores cómo se esfuerzan por crecer en sabiduría y sensatez, yo, al contrario, he mostrado siempre una especial debilidad por las locuras, siempre dispuesto a llegar en mí hasta la confusión más absoluta, precisamente para alcanzar el caos más perfectamente acabado a partir del cual, como al buen Dios, me fuera posible organizar, si es que me venía en gana, un mundo más o menos ordenado.
 En ciertos momentos de exaltación ha llegado a parecerme incluso que la Humanidad, en su precipitación por darse un orden, haya incluso destruido el Caos, con lo cual nada puede ocupar ya su lugar apropiado; el Creador debería hacer pronto todo lo posible para borrar y eliminar el mundo como un sistema fracasado.
 ¡Sólo yo puedo saber hasta qué punto me ha perjudicado esta obsesión! Poco faltó para que me costase incluso el empleo de guardián nocturno aquella vez en que, en los últimos instantes del siglo, se me ocurrió proclamar el fin del mundo y, en lugar de dar la hora, anunciar la llegada de la eternidad, con lo que un sinnúmero de autoridades espirituales y temporales vinieron a caerse de la cama y fueron presas de gran confusión; ninguno estaba preparado para el gran evento.
 La escena provocada por la falsa alarma del Apocalipsis resultó bastante divertida; yo fui el único espectador que conservó su sangre fría, mientras todos los demás me tuvieron que servir de actores apasionados. ¡Qué confusión, cómo corría la pobre gente! Y, mezclada con los otros, una nobleza aterrorizada procuraba ordenarse por rango ante su señor divino, una jauría de lobos pertenecientes a la justicia y, en general, de todo pelaje, intentaban desesperadamente mudarse en corderos: aquí reconocían pensiones a viudas y huérfanos, igual que ellos, muertos de miedo; allí anulaban públicamente condenas injustas, prometiendo, sobre todo, restituir inmediatamente después del Juicio Final las sumas rapiñadas a tantos pobres diablos reducidos por su culpa a la mendicidad. Se llegó a ver a estos vampiros y otras sanguijuelas denunciarse a sí mismos y proclamarse reos de la horca y aun reclamarla con urgencia antes de que una Mano más alta cayera sobre sus cabezas. El hombre más soberbio del Estado estaba allí, por primera vez abatido y casi servil, con la corona en la mano, disputándose el honor de ser el primero en ceder el paso a un individuo vestido de harapos, pues le parecía ya muy próximo el momento de la igualdad universal.
 Se abandonaron cargos; órdenes e insignias honoríficas eran arrancadas por la propia mano de aquellos a los que indignamente habían adornado el pecho; pastores de almas prometieron solemnemente ser los primeros, a partir de aquel momento, en dar ejemplo y no sólo buenas palabritas, esperando que el Señor quisiera mostrarse clemente.
 ¡Cómo describir los rezos llenos de miedo, los gritos, aullidos, lamentos y juramentos del pueblo, corriendo de aquí para allá, loco de terror, sobre el teatro de la ciudad! A todas las máscaras se les caía el antifaz de los rostros, se podía reconocer a los monarcas bajo los hábitos miserables y a famosos gallinas con aguerrido armamento, de forma que entre ropaje y hombre había una contradicción absoluta.
 Para mi regocijo, permanecieron de este modo durante largo tiempo, sin advertir que la justicia penal del cielo estaba tardando quizás mucho en llegar; la ciudad mostró todos sus vicios y virtudes, se desnudó, por así decirlo, enteramente ante mí, el último de los ciudadanos. El único fragmento genial de la representación ocurrió cuando un joven espíritu satírico, decidido por aburrimiento a no llegar al siglo XIX, se descerrajó un tiro en la cabeza para comprobar si en ese momento de indiferencia entre la muerte y la resurrección, fuera del tiempo, era posible efectivamente morir y desprenderse del tedio que amenazaba acompañarle toda la eternidad.
 Junto a mí aún existía alguien capaz de conservar la calma: era el poeta de la ciudad que, insolente, contemplaba desde lo alto de su buhardilla este inmenso fresco miguelangelesco mientras que, desde sus alturas poéticas, parecía querer interpretar literariamente el fin del mundo.
 Un astrónomo cercano a donde yo me encontraba, observó finalmente que el gran actus sollemnis quizás se retrasaba demasiado, y que la espada de fuego de la justicia divina que se podía ver hacia el norte, acaso pudiera no ser otra cosa que la misma aurora boreal. En este instante crucial, en que ya alguno de aquellos ladrones se atrevía a levantar la cabeza, juzgué útil mantenerlos en su estado de contrición, al menos durante el tiempo que durase una corta bombilla, y di comienzo a mi arenga con las siguientes palabras:
 “Estimadísimos conciudadanos:
 Un astrónomo no es juez competente en esta instancia, porque un fenómeno de la importancia del que parece querer obrarse en el cielo, por encima de nuestras cabezas, no puede ser tratado como un insignificante cometa, puesto que tan sólo puede manifestarse una vez en toda la historia universal; así pues, no olvidemos despreocupadamente nuestra compostura, y consideremos conspicuamente la situación, tal como ésta lo requiere.
 Qué ocupación mejor, en el día del Juicio Final, que la de echar un vistazo al planeta que vacila bajo nuestros pies y que bien pronto se hundirá en la nada con sus paraísos, sus prisiones, sus academias y sus manicomios. En este momento final de la historia sometamos a examen, por tanto, lo que hemos hecho desde que el globo surgió del caos. Muchos años han transcurrido desde Adán, a menos que queramos adoptar el calendario chino, y ¿qué hemos logrado tras todo ese tiempo? Nada, me parece.
 No me miréis con tanto asombro; no es éste el mejor momento para sentirse ofendidos. Antes de que sea demasiado tarde, es necesario que nos mostremos un poco humildes.
Resultado de imagen de august klingemann las vigilias de bonaventura Decidme, ¿cómo os vais a presentar ante Nuestro Señor, vosotros, mis hermanos, príncipes, usureros, soldados, asesinos, capitalistas, ladrones, servidores del Estado, juristas, teólogos, filósofos, orates, y cualquier otro oficio que se os ocurra, porque nadie hoy en día puede abstenerse de esta asamblea general, por mucho que algunos de vosotros, según veo, preferirían poner pies en polvorosa?
 En honor a la verdad, ¿qué habéis realizado que valga la pena de recordar? Vosotros, filósofos, por ejemplo, ¿habéis llegado a decir acaso algo más profundo que esto: ‘Sólo sabemos que no sabemos nada’, que es el corolario de todas las filosofías que hasta hoy han sido? Y vosotros, los sabios, ¿adónde os ha llevado vuestra sabiduría si no es a disecar y disolver el espíritu humano para poder, a continuación, pavonearos de vuestra importancia a placer, aplicándoos a lo que queda, al caput mortuum? Vosotros, teólogos, que tanto gustáis de ser contados entre los allegados de la corte divina, mientras que coqueteáis y os hacéis los astutos con lo más alto, aquí abajo organizáis verdaderas carnicerías, dividís a los hombres en sectas irreconciliables, en vez de unirlos, e incluso habéis envenenado las cordiales relaciones fraternas y familiares, igual que falsos amigos domésticos. Y vosotros, los juristas, hombres por mitad, deberíais completar el hombre entero con los teólogos, de los que sólo os separasteis, en mala hora, para destruir los cuerpos, como ellos destruyen las almas. No os dais la manos más que por encima del patíbulo del pobre condenado, verdugos –espiritual, el uno, temporal, el otro-, ¡y es en ese momento cuando más dignamente figuráis uno al lado del otro!
 Y qué decir de vosotros, hombres de Estado, que reducís el género humano a meros principios de la mecánica. ¡Dónde quedarán vuestras leyes cuando el cielo las revise! Y, puesto que ya sólo poseeremos la condición espiritual, ¿qué haréis con las víctimas humanas a las que habéis extirpado el espíritu para poder usar con más facilidad su piel desollada?
 ¡Ah, se atropellan ya en mi boca tantas cosas por declarar sobre vosotros, los gigantes de este mundo, príncipes y tiranos, que pagáis en hombres como otros lo hacen en moneda y os traéis un vergonzoso comercio con la muerte!
 Todas estas cosas, ¡hombres!, me han vuelto loco de rabia y viendo ahora la ralea humana arrastrarse en torno a mí con otros tantos méritos y virtudes, me gustaría hacer el papel de demonio en este Juicio Universal, aunque sólo fuese durante una hora, y entonces sí que oiríais un discurso terrorífico.
 El acto solemne se retrasa aún; os ha sido concedido un nuevo tiempo para convertiros. Rezad y gemid, hipócritas, tal como acostumbráis hacer en el momento de vuestra muerte, cuando ya no sabéis qué hacer con vuestra vida gastada y desperdiciada, y ya no tenéis fuerzas ni para seguir pecando.
 Detrás de vosotros yace la historia universal como una novela estúpida en la que algunos personajes discretos se mezclan con una multitud de personajes lamentables. ¡Ay!, el único error divino ha sido el de dejarla en vuestras manos en vez de haberla escrito Él personalmente. ¡Ea!, decidme, ¿vale la pena que se escriba en un lenguaje más elevado esta porquería, o acaso no será mejor que Él, viéndola ante sí en toda su bajeza, la despedace y os suma a vosotros todos y a todos vuestros proyectos en el más profundo de los olvidos? ¡Otra solución no veo! ¿O es que, tal y como os contemplo ahora, podéis hacer valer el más mínimo derecho al cielo o al infierno? Para aquel resultáis demasiado abominables; para éste, demasiado aburridos.
 Las instancias celestiales van todavía para largo, pero no veáis en ello la más mínima esperanza; recogeos, os lo aconsejo, andad todavía algún paso por el camino de la contrición antes de que el suelo se abra bajo vuestros pies. Voy a ofreceros el mejor de mis argumentos: el Todopoderoso salvó una vez a Sodoma y Gomorra merced a un solo justo, pero que eso no os lleve a concluir que vaya a hacer lo mismo con todo un planeta de hipócritas por el mero hecho de la existencia de un puñado de piadosos. ¿Alguien de vosotros es capaz de sugerir algo mínimamente razonable acerca del lugar que os corresponde? Ya el bueno de Kant demostró en su momento que tiempo y espacio no son otra cosa que simples formas de nuestra concepción sensible, cada uno de nosotros sabe que estas formas no existen en el reino espiritual; ahora os pregunto a vosotros que vivís tan sólo en el ámbito de la mera sensualidad: ¿qué espacio esperáis encontrar allí donde ya no existe el espacio?, ¿qué queréis comenzar, si el tiempo no será más que memoria de aquí abajo?”»

   [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones El Acantilado, 2001, en traducción de Marisa Siguan y Eduardo Aznar, pp.60-67. ISBN: 84-95359-31-6.]

miércoles, 10 de marzo de 2021

El número 11.- Jonathan Coe (1961)

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El premio Winshaw
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   «¿No era él el primer investigador criminal verdaderamente intelectual de Inglaterra? ¿No consideraba que todo crimen se resuelve mejor si se sitúa en su contexto político? ¿Qué la teoría cultural y la filosofía moral podían a menudo señalar el camino hacia la solución de un modo más claro que unas huellas dactilares en el marco de una ventana o unas huellas de pisadas en el sendero de un jardín? Era el momento de ponerse a estudiar.
 De modo que durante los siguientes cinco días el oficial Pilbeam apenas salió de su estudio.
 Al principio se sorprendió al comprobar que se había escrito tan poco sobre la historia y la filosofía del humor. Aparte de algunos comentarios dispersos de Platón, Aristóteles y Cicerón, los filósofos de la antigüedad parecían no tener mucho que decir sobre este tema. La observación más temprana en lengua inglesa al respecto era de Thomas Hobbes, quien se mostraba de acuerdo con René Descartes en que la risa derivaba del orgullo y era una expresión agresiva de superioridad sobre nuestros conciudadanos. Immanuel Kant fue uno de los primeros filósofos que planteó una incongruente teoría sobre el humor, en la que afirmaba que “la risa es una afección que brota por la repentina transformación de una expectativa fallida en nada” y que produce “una sensación de alivio al remover los intestinos”. Kierkegaard se metió de lleno en el tema sosteniendo que la comedia nacía de la contradicción, aunque en ese caso era una “contradicción indolora” frente a la “contradicción dolorosa” de la tragedia. Por otro lado, Henri Bergson volvió a la teoría de la superioridad para explicar el humor y la refinó declarando que nos reímos de otras personas cuando percibimos en ellas “une certaine raideur de mécanique là où l’on voudrait trouver la souplesse attentive et la vivante flexibilité d’une personne”. Sólo unos años después, Freud publicaba su seminal El chiste y su relación con el inconsciente, donde proponía una teoría que parecía ser la más profunda y persuasiva de todas. Freud consideraba que el golpe de efecto de un chiste creaba una suerte de cortocircuito psíquico que nos trasladaba rápidamente de una idea a otra por un camino rápido e inesperado que de este modo permitía una “economía de gasto psíquico”, un ahorro de energía mental que se expulsaba a través del explosivo estallido de la carcajada.
 Nathan leyó todas esas explicaciones con suma atención, marcando los pasajes más interesantes y tomando detalladas notas. Se fijó en que muy pocos pensadores habían abordado específicamente el tema de la sátira o el humor político, aunque localizó una desdeñosa observación de Milan Kundera. Por lo visto, Kundera menospreciaba la sátira como “arte de tesis” que pretendía conducir a los espectadores hacia una posición política o moral preconcebida, y por tanto quedaba por debajo de lo que él consideraba el auténtico propósito de una creación artística, que consistía en hacer a la gente consciente de la ambigüedad y multiplicidad de los significados.
 Cuando consideró que ya había agotado las fuentes escritas de las que disponía, Nathan exploró internet y empezó a rastrear blogs sobre comedia y foros de discusión, la mayor parte de ellos consagrados a las manifestaciones contemporáneas del humor. Se adentró en un mundo muy diferente en el que obsesos y pirados de la comedia que sabían un montón sobre el tema y estaban completamente ofuscados con el asunto, debatían sobre el humor moderno dando rienda suelta a toda la pasión sin restricciones, la compulsión, hostilidad, vitriolo, excesos escatológicos, arbitrariedad, agresividad, mezquindad, grosería, impudor y obscenidad que permitía internet. Era gente que amaba la comedia con tanta intensidad que su amor se podía transformar en odio por una minucia. Un chiste que no les parecía gracioso o un humorista que no les había hecho reír se convertían en una ofensa personal que debía vengarse multiplicando por diez el castigo. Mostraban una admiración reverente por el reducido grupo de humoristas más radicales, los que utilizaban el escenario para lanzar una crítica ácida, provocadora y profunda a la sociedad con un lenguaje que los convertía en inaceptables para la mayor parte del público. A los humoristas comunes y corrientes, los que no pretendían otra cosa que divertir y entretener a su público con un sentido del absurdo amable, se los toleraba como una distracción inocua. El auténtico odio se reservaba para aquellos cuyo trabajo se situaba entre estos dos polos: los que salpimentaban sus inofensivos espectáculos con moderadas digresiones políticas que complacían a la audiencia para dejar constancia de su conciencia social de corte progresista. Éstos eran objeto de ataques, ridiculización y escarnio por parte de esos críticos internautas aislados en el cómodo anonimato.
 Después de rastrear todo ese material durante dos o tres horas, Nathan clicó en un enlace a un blog que lo dejó pasmado porque combinaba una evidente solidez argumentativa con una evidente tendencia al desvarío. El autor parecía una especie de aspirante a anarquista/terrorista, aunque no quedaba claro si sus impulsos revolucionarios lo habían llevado en alguna ocasión más allá de la pantalla de su ordenador portátil. Había una foto de perfil, pero en ella tenía la cara girada noventa grados con respecto a la cámara, en sombra, y además la imagen estaba desenfocada como para hacer que el retratado resultase (deliberadamente) inidentificable. El blog se llamaba estaestullamadadespertador y el nombre de usuario del autor era ChristieMalry2.
 La entrada que llamó la atención de Nathan se titulaba “No es broma” y le pareció interesante por varios motivos. Para empezar era obvio que ChristieMary2 aceptaba la teoría de Freud sobre el origen de la risa, pero él, de un modo fascinante, la trasladaba de la esfera psicológica a la política:
 Freud [escribía el bloguero] consideraba que la risa es placentera porque genera un ahorro de gasto psíquico. Quintaesencialmente, en otras palabras, absorbe energía y la LIBERA o la DISIPA y por lo tanto la convierte en inútil. De modo que ¿cómo se aplica esto al (llamado) humor “político” por el que Inglaterra es mundialmente famosa? Se aplica de este modo: el humor político es la antítesis de la acción política. So sólo su antítesis, sino su enemigo mortal.
Resultado de imagen de jonathan coe el numero 11  Cada vez que nos reímos de la desvergüenza de un político corrupto, de la codicia del gestor de un fondo de inversión, de las espurias efusiones de una columnista de derechas, los estamos librando de la culpa. La RABIA que deberíamos sentir hacia esa gente, que de otro modo debería conducir a la ACCIÓN, es liberada y disipada en forma de RISA. Lo cual es una manera de dar al público lo que desea y exactamente por lo que están pagando: otra excusa para seguir sentados sobre sus posaderas y continuar su propio camino egoísta y cómodo sin recibir ningún tipo de verdadera amenaza o reto a su preciado estilo de vida.
 Por eso no son Josephine Winstan-Eaves y los de su tediosa índole los que generan la mayor amenaza a la justicia social en la Inglaterra de hoy. Son los Mickey Parr, Ray Turnbull y Ryan Quirky, con sus siempre predecibles mofas hacia ella, ante las que los gilipollas de clase media que escuchan la jodida Radio-4, leen el Guardian, beben litros de Pinot Grigio y pagan por ver a esos humoristas en estadios y sintonizan sus programas de radio, babean y se ríen y después sienten que no tienen que hacer NADA excepto reacomodarse en sus butacas con los brazos cruzados a la espera de la siguiente ironía cutre. Reírse a carcajadas de esos chistes patéticos y superficiales, que podría escribir mientras duerme un chimpancé ciego, les proporciona la excusa perfecta para aplacar su mala conciencia y conformar la engañosa imagen que se han creado de sí mismos como combatientes del bando correcto en una batalla entre la izquierda y la derecha, que en cualquier caso se combatió y perdió hace años.
 Odio a estos jodidos humoristas de clase media progresistas de izquierda y lo mismo deberías hacer tú. Me parece quintaesencial que sean barridos de la faz de este planeta porque de lo contrario jamás acumularemos la energía necesaria para derrocar a nuestra actual casta política podrida, corrupta y destructora de almas. ¡Abajo el humor, joder! ¡Y arriba la auténtica lucha!
 El oficial Pilbeam leyó varias veces esos párrafos. Después guardó la web en favoritos y, para asegurarse de no perder la información, imprimió los bloques más significativos y guardó escrupulosamente las hojas en uno de sus archivadores. Bostezó y miró el reloj.»
 
   [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Anagrama, 2017, en traducción de Mauricio Bach, pp. 241-246. ISBN: 978-84-339-7970-4.]