domingo, 18 de octubre de 2026

El cuento del Grial.- Chrétien de Troyes (1130-1191)

Dedicatoria (versos 1-68)

 «Quien poco siembra, poco recoge, y el que desee obtener algo, esparza su grano en tal lugar que Dios se lo torne doscientas veces más abundante, porque en tierra baldía la buena semilla seca y desfallece. Chrétien siembra y lo que siembra es una novela que empieza, y en tan buena tierra lo hace, que no puede quedar sin provecho, ya que lo hace para el más más digno y leal del Imperio de Roma: Felipe de Flandes, que vale más de lo que valió Alejandro, de quien se dice que fue tan noble y honrado. Pero yo he demostrar que el conde está muy por encima, ya que está limpio y exento de todos los vicios y males que guardaba en sí aquel rey. Nuestro conde es de tal condición que no escucha burlas groseras o necedades,  ni soporta las maledicencias se refieran a quien se refieran. Ama la recta justicia, la lealtad y la santa iglesia, y odia toda vileza. Es más generoso de lo que se sabe, ya que da sin hipocresía y sin engaño, según el Evangelio: "No sepa tu izquierda el bien que haga tu derecha". Que lo sepa el beneficiado y Dios, que ve todos los secretos y conoce lo más íntimo del corazón y las entrañas. ¿Por qué el Evangelio dice: "Oculta la dádivas a tu mano izquierda"? La izquierda, según la tradición, significa la vanagloria, hija de hipócrita falsedad. Y en cuanto a la diestra, ¿qué significa? Caridad, que no alardea de sus buenas obras, sino que se esconde de manera que sólo lo sepa Aquél cuyo nombre es Dios y Caridad. Dios es Caridad y quien vive en caridad según el espíritu (lo dijo San Pablo y así lo leí yo), permanece en Dios y Dios en él. Sabed, pues, en verdad que los dones que el buen conde reparte son de caridad. Con nadie los consulta salvo con su recto y bondadoso corazón, que le incita a hacer el bien. ¿Acaso no vale más que Alejandro, que jamás se ocupó de caridad ni de bondad alguna? Sí, no lo dudéis jamás. Por tanto, no caerá en saco roto el esfuerzo de Chrétien, que se afana en rimar por orden del conde la mejor historia que se haya narrado en corte real: es el CUENTO DEL GRIAL, cuyo libro le dio el conde. Oíd cómo se las arregla.

El hijo de la Dama Viuda (versos 69-635)

 Era el tiempo en que florecen los árboles y se tornan verdes la hierba, los bosques y los prados; cantan suavemente los pájaros en sus latines por la mañana y todo ser se inflama de alegría, cuando el hijo de la Dama Viuda se levantó en la Yerma Floresta Solitaria. Sin pereza ensilló su corcel y tomando tres venablos salió de la mansión de su madre. Pensó ir a ver a los labradores que ella tenía, que por entonces le sembraban la avena con doce bueyes y seis rastras. Nada más entrar en la floresta su corazón se regocijó en las entrañas, por el dulce tiempo y por el canto que oía de los pájaros alegres; todo esto le daba placer. Por la dulzura del tiempo le quitó el freno al corcel y lo dejó ir paciendo por la fresca hierba verdeante. Sabía lanzar con destreza los venablos que llevaba, e iba arrojándolos a su alrededor, uno hacia atrás, otro al frente, uno por arriba, otro por abajo, hasta que oyó venir por el bosque a cinco caballeros pertrechados con todas sus armas. Grande era el ruido que venían haciendo las armas de los que llegaban, ya que a cada paso chocaban con las ramas de los robles y las hayas. Entrechocábanse lanzas y escudos, rechinaban las lorigas; resonaba la madera y el hierro de escudos y lorigas resonaba. El doncel oye, pero no ve a los que se encaminan hacia él. Mucho se maravilla, y se dice: "¡Por mi alma, verdad decía mi madre y señora cuando me dijo que los diablos son la cosa más horrenda del mundo! Para instruirme me dijo que para protegerme de estos diablos debía santiguarme, pero desdeñaré esta enseñanza, porque en verdad no he de santiguarme, sino que heriré lo antes posible al más fuerte de ellos con uno de estos venablos que traigo, y así pienso yo que ninguno de los otros se acercará ya a mí". Esto se decía a sí mismo el doncel antes de verlos, pero en cuanto el bosque los descubrió y los vio a campo abierto, y vio las lorigas relumbrantes, y los yelmos claros y lucientes, el blanco y el bermejo reluciendo frente al sol, y el oro y el azur y la plata, se le hizo tan hermoso y agradable que dijo:
 -¡Ah, señor Dios, perdón! Son ángeles estos que aquí veo. Verdaderamente he pecado mucho y he hecho muy mal diciendo que eran diablos. Mi madre no mentía cuando me contaba que los ángeles son las cosas más bellas que existen, después de Dios, que es más bello que todos. Pero éste que bien estoy viendo debe ser Nuestro Señor, porque es tan hermoso que los otros, Dios me guarde, no valen ni la décima parte. Mi madre me decía que sobre todo a Dios hay que adorar, suplicar y honrar, y yo le adoraré a Él primero y a todos los ángeles después.
  Al instante se tira al suelo y recita todo su credo y las oraciones que su madre le había enseñado. El principal de los caballeros lo ve y dice:
 -¡Quedaos atrás! De pavor ha caído a tierra un doncel que nos ha visto. Si vamos todos juntos hacia él me parece que morirá de espanto y no podrá contestar a nada de lo que le pregunte.
 Aquéllos se detienen y él va hacia el joven galopando. Le saluda y le tranquiliza, diciéndole:
 -Muchacho, no tengáis miedo.
 -No lo tengo, por el Salvador en quien creo -dice el doncel-. ¿No sois vos Dios?
 -No, a fe mía.
 -¿Quién sois, pues?
 -Caballero soy.
 -Jamás conocí a caballero -dice el muchacho- ni vi ninguno ni jamás oí hablar de ello, pero vos sois más bello que Dios. ¡Ojalá fuera yo igual, tan luciente y tan bien hecho!
 Ahora se ha colocado a su lado y el caballero le interroga:
 -¿Has visto hoy por esta landa cinco caballeros y tres doncellas?
 El doncel otras cosas quiere saber y preguntar; tiende la mano hacia la lanza, la coge y dice:
 -Gentil y querido señor, vos que os nombráis caballero, ¿qué es esto que lleváis?
 -¡Bien apañado me veo! -dice el caballero-. Yo pretendía, mi hermoso y dulce amigo, saber nuevas por ti y tú quieres oírlas de mí. Te lo diré: esto es mi lanza.
 -¿Queréis decir que se lanza como hago yo con mis venablos?
 -¡Ni hablar, garzón, qué tonto eres! Más bien hiere sin soltarla.
 -Pues entonces, más vale uno de estos venablos que aquí veis, porque cuantos pájaros y bestias quiero mato de lejos y a placer, como con una flecha.
 -Muchacho, de eso no se me da nada. Dame cuenta de los caballeros. Dime si sabes dónde están. ¿Viste a las doncellas?
 El doncel le coge la punta del escudo y le dice con aplomo:
 -¿Qué es esto y para qué os sirve?
 -Muchacho, esto es una burla. Me hablas de otras cosas y no de lo que te pido. Pensaba, Dios mediante, que tú me dieras nuevas antes de obtenerlas de mí, y tú quieres que te las dé. Te lo diré de todos modos, ya que de buena gana me acomodo a ti: escudo se llama lo que llevo.
 -¿Escudo se llama?
 -Pues claro -dice él- y no debo tenerlo en poco, porque es tan leal, que si alguno lanza o tira sobre mí, se interpone a todos los golpes. Este es el servicio que me hace.
 Mientras tanto, los que se habían rezagado vinieron a galope tendido hacia su señor, preguntándole así como llegaron.
 -Señor, ¿qué os dice este galés?
 -Ignora las buenas costumbres -dice el señor-, así Dios me guarde, porque no responde rectamente a nada de lo que le pregunto, sino que quiere saber el nombre y la utilidad de todo lo que ve.
 -Señor, sabed de una vez por todas que los galeses son tontos por naturaleza, más brutos que el ganado que pace; y éste es también como una bestia. Necio es el que se entretiene a su vera, como el que bromea con chanzas y pierde el tiempo en disparates.»

 [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Orbis, 1983, en traducción de Agustín Cerezales Laforet, pp. 25-29. ISBN: 84-7530-121-5.]

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