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domingo, 13 de noviembre de 2022

Las gafas de oro.- Giorgio Bassani (1916-2000)


Giorgio Bassani – Películas, biografías y listas en MUBI
7


  «Otro día estábamos todos hablando de deporte.
 Si en materia de cultura Nino Bottecchiari estaba considerado como nuestro número uno, en cuestiones de deporte, indiscutiblemente, la primacía la ostentaba Deliliers. Ferrarás sólo por parte de madre (el padre, natural de Imperia, creo, o de Ventimiglia, había muerto en 1918 en el Grappa a la cabeza de una compañía de legionarios), él, lo mismo que Vittorio Molon, había cursado en Ferrara sólo la escuela media superior, es decir, los cuatro años del bachillerato de ciencias. Esos cuatro años habían sido en cualquier caso más que suficientes para hacer de Eraldo Deliliers un auténtico reyezuelo local: en 1935 había vencido en el campeonato regional de boxeo, categoría alumnos, peso medio y, además, era un muchacho guapísimo, de un metro ochenta de alto y con un rostro y un cuerpo como de estatua griega. Aunque aún no había cumplido veinte años, ya se le atribuían tres o cuatro conquistas clamorosas. De una compañera de colegio que se había suicidado el mismo año que él conquistó el título de campeón emiliano, se decía que lo había hecho por amor a él. De un día para otro dejó incluso de mirarla. Entonces ella, pobrecita, había corrido directa a tirarse al Po. Lo cierto es que incluso en el ambiente estudiantil Eraldo Deliliers, más que amado, era idolatrado. Nos vestíamos guiados por sus trajes, limpios, cepillados y planchados sin descanso por su madre. Se consideraba un auténtico privilegio estar a su lado el domingo por la mañana, en el Caffé della Borsa, con la espalda apoyada en una columna del soportal mirando las piernas de las mujeres que pasaban.
   En fin, un día, en el tren, a finales de mayo, estábamos discutiendo de deporte con Deliliers. Del atletismo pasamos a hablar de boxeo. Deliliers no permitía muchas confianzas a nadie. Sin embargo, aquel día se abrió bastante. Dijo que eso de estudiar no iba con él, que necesitaba demasiado dinero "para vivir" y que, por eso, si le salía bien un “golpecito” que estaba planeando, se dedicaría exclusivamente al “noble arte”.
   —¿Como profesional?—se atrevió a preguntarle Fadigati.
   Deliliers le miró como se mira a un escarabajo.
   —Por supuesto—le dijo—. ¿Acaso tiene miedo de que me estropeen la cara, doctor?
   —No me preocupa la cara, que, por lo que veo, ya está bastante señalada en los arcos superciliares. No obstante, me siento en el deber de advertirle que el boxeo, sobre todo si se practica profesionalmente, a la larga resulta una actividad peligrosa para el organismo. Si yo gobernara, prohibiría los combates de boxeo, incluso los de aficionados. Más que un deporte lo considero una especie de asesinato legal. Pura brutalidad organizada...
   —Pero ¡por favor!—le interrumpió Deliliers—. ¿Ha visto alguna vez un combate?
   Fadigati se vio obligado a reconocer que no. Dijo que a él, como médico, la violencia y la sangre le causaban horror.
   —Entonces, si nunca ha visto un combate—lo cortó en seco Deliliers—, ¿por qué habla? ¿Quién le ha pedido su opinión?
   Y otra vez, mientras Deliliers le dirigía casi a gritos estas palabras y luego, dándole la espalda, nos explicaba a nosotros, bastante más calmado, que el boxeo, «contrariamente a lo que puedan pensar algunos idiotas», es juego de piernas, elección de un ritmo y esgrima, sustancialmente y sobre todo esgrima, otra vez vi brillar en los ojos de Fadigati la absurda pero inequívoca luz de una felicidad interior.
   Entre nosotros, el único que no veneraba a Deliliers era Nino Bottecchiari. No eran amigos, pero se respetaban mutuamente. Frente a Nino, atenuaba bastante sus habituales poses de gángster y Nino, por su parte, se las daba menos de profesor.
  Una mañana Nino y Bianca no estaban (me parece que era en junio, durante los exámenes). En el compartimento estábamos sólo seis, todos hombres.
   Me dolía un poco la garganta y me había quejado. Recordando que de pequeño, durante la edad de mi desarrollo, había tenido que cuidarme varias veces por mis problemas con las amígdalas, Fadigati se ofreció inmediatamente a echarme una “ojeada”.
   —Vamos a ver.
Se levantó las gafas sobre la frente, me sujetó la cabeza con las manos y empezó a escrutarme entre las fauces.
   —Diga “aaah”—ordenó con aire profesional.
Las gafas de oro | Editorial Acantilado   Le hice caso. Y allí seguía él, examinando mi garganta, mientras, bonachón y paternal, no dejaba de recomendarme que no sudara, porque las amígdalas, «aunque ahora bastante reducidas», seguían siendo mi talón de Aquiles, cuando Deliliers, de repente, salió diciendo:
   —Perdone, doctor. Cuando acabe ¿le importaría echarme una ojeada a mí también?
   Evidentemente sorprendido por la petición y por el suave tono con el que Deliliers la había formulado, Fadigati se volvió.
   —¿Qué es lo que siente?—preguntó—. ¿Le duele al tragar?
   Deliliers le miraba fijamente con sus ojos azules. Sonreía enseñando apenas los colmillos.
   —No me duele la garganta—dijo.
   —¿Dónde, entonces?
   —Aquí—dijo Deliliers apuntando a sus pantalones, a la altura de la ingle.
  Luego, tranquilo, explicó indiferente, pero no sin una punta de orgullo, que hacía un mes aproximadamente que sufría las consecuencias de “un regalo de las virgencitas de via Bomporto”. Una “gran faena, la verdad”, pues había tenido que suspender "también" la actividad en el gimnasio. El doctor Manfredini, añadió, le estaba tratando con azul de metileno y con irrigaciones diarias de permanganato. Pero la curación iba para largo y él necesitaba restablecerse lo más rápido posible.
   —Mis mujeres empiezan a quejarse, ya me entiende... ¿Así que sería tan amable de echar una ojeada también usted?
   Fadigati había vuelto a sentarse.
   —Querido—balbuceó—, usted sabe perfectamente que yo no entiendo de ese tipo de enfermedades. Y además, el doctor Manfredini...
   —¡Vaya que si entiende y cómo!—sonrió con malicia Deliliers.
   —Por no decir que, aquí, en el tren...—continuó Fadigati, mirando asustado al pasillo—aquí, en el tren..., no sé cómo...
   —¡Ah, bueno! Si es por eso—replicó rápido Deliliers, torciendo la boca con gesto despreciativo—, siempre nos queda el servicio, si quiere.
   Hubo un instante de silencio.
   Fue Fadigati el primero en soltar una gran carcajada.
   —Pero ¡usted está de broma!—gritó—. ¿Cómo se las arregla para estar siempre bromeando? ¡Me toma por un ingenuo!—Y luego, volviéndose ligeramente hacia un lado y dándole una palmada en la rodilla—: ¡Debe andarse con ojo!—dijo—. ¡Si no se anda con ojo, un día u otro acabará mal!
   Y Deliliers, en tono serio:
   —A ver si es usted quien va a acabar mal.»

      [El texto pertenece a la edición en español de  Ediciones Acantilado, 2015, en traducción de Juan Antonio Méndez Borra, pp. 35-37. ISBN: 978-84-16011-70-4.]

martes, 23 de febrero de 2021

Historia del deporte.-Juan Rodríguez López (¿...?)

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El esplendor de los Juegos Olímpicos contemporáneos
17.-Renovación de los Juegos Olímpicos. Pensamiento de Coubertin
17.2.-El pensamiento de Coubertin

    «Síntesis teórica:
 1.-La teoría de Coubertin es original en el mundo actual, en la teoría del deporte y en la pedagogía contemporánea. La pedagogía contemporánea ha estado presidida por el principio de espontaneidad –entendida con frecuencia como ausencia de esfuerzo- y por el principio de colaboración, rechazando, con mayor o menor fuerza, según autores o movimientos, la competición y el individualismo, en los que se basa la pedagogía deportiva de Coubertin. El olimpismo de Coubertin basa su pedagogía en el agonismo y potencia el individualismo para conseguir fines sociales.
 2.-Su ideal humano se refleja en su frase: “mens férvida in corpore lacertoso” (mente cultivada en un cuerpo entrenado). También es expresión suya: “fuerza muscular, fuerza cerebral”; esta conjunción es su ideal humano.
 3.-Su modelo o inspiración es la teoría griega del deporte –la teoría del deporte en Grecia, prácticamente se identifica con la teoría de la educación-, cuya expresión filosófica más perfecta es la de Platón (aunque Platón rechaza la “gimnasia” de los atletas y Coubertin no). En el movimiento olímpico Coubertin glorifica al campeón deportivo, aún a costa de un posible desequilibrio de la armonía cuerpo-mente y traslada la preocupación platónica de armonía cuerpo-espíritu (“kalokagathía”) a los Juegos Olímpicos en su conjunto, al movimiento olímpico; de ahí su interés en las competiciones artísticas, musicales y literarias, incluidas en la celebración de los Juegos y de las diversas manifestaciones culturales del movimiento olímpico.
 4.-Coubertin tiene una gran confianza en la capacidad educativa, personal y social (desarrollo del valor y de la iniciativa de los individuos y de los pueblos) del deporte: dirá que “el deporte es una pedagogía viril de sorprendentes resultados sociales”; a veces, defiende que los triunfos de las sociedades, ajenos al deporte, habrían dependido de él: en Grecia, los éxitos en las artes, filosofía, ciencia y guerra (incluso la victoria sobre los persas se habría debido a su cultura deportiva). También en Francia, Alemania, Inglaterra, Estados Unidos, la práctica deportiva o la ausencia de ella, habría influido decisivamente en algunos de sus acontecimientos históricos (bélicos, políticos, educativos); entiende el deporte como panacea, casi un determinante absoluto de las culturas. Mandell (cfr. 1986, pp. 2-3) califica a esta teoría de romántica, añadiendo que es gratuita y que no puede ofrecerse en su favor ninguna comprobación.
 5.-Confianza en que el deporte olímpico puede contribuir a la paz mundial, al entendimiento y amistad entre los pueblos.
 6.-Defiende que el deporte no es juego; no es juego porque tiene las notas de “progreso” y de “riesgo”, que son ajenas al juego. Los animales juegan, también el hombre, pero para este juego no existe el progreso ni el riesgo (el instinto de defensa y la utilidad de lo estrictamente marcado biológicamente lo impiden). El “instinto” deportivo sería exclusivo del hombre y estaría muy poco extendido. Quizás hay una pequeña contradicción en calificar de “instinto” al deporte y decir, a  continuación, que está poco extendido; pero esta contradicción es puramente semántica; el deporte es una conducta pasional y como tal la considera un instinto pero que, ciertamente, estaba poco extendido.
 7.-La idea de progreso es esencial; exige el entrenamiento. Sin entrenamiento no hay verdadero deporte. Para Coubertin el deporte perfecto es el organizado (competiciones organizadas, con entrenamiento). Esta superación y progreso propios del deporte vienen recogidos en el lema olímpico “citius, altius, fortius” que le propuso su amigo, el dominico Didon.
  8.-La idea de riesgo, importante para Coubertin, va en contra de la moderación en el deporte. “La moderación y el deporte serían un matrimonio monstruoso”, dirá en otro momento; concibe el deporte como heroísmo. La medicina deportiva no debe dirigir el deporte, porque tiende a moderar y el deporte necesita “la libertad del exceso”; naturalmente se refería fundamentalmente al deporte de la juventud.
 9.-Pretensión del restablecimiento de la institución del “gimnasio” –tal como lo entendían los griegos- como una estructura soporte del deporte, que contribuiría a “reconciliar” el deporte con el espíritu (arte, filosofía) y de contacto y entendimiento en las diversas generaciones.
 10.-En Estados Unidos adquiría el deporte moderno (inventado por los ingleses) esa característica fundamental que es el entrenamiento, sin el cual no puede haber progreso y que es esencial al deporte. Admira, también, la época medieval: los torneos eran ya deporte, por el riesgo, aunque rudimentario, pues no tenían estructura organizativa ni entrenamiento, necesarias para poder hablar de auténtico deporte.
 11.-Atendiendo a las características comentadas, el deporte es definido por Coubertin del siguiente modo: “culto habitual y voluntario del ejercicio muscular intensivo, apoyado en el deseo de progreso y pudiendo llegar hasta el riesgo”; agrega que encierra las ideas de “voluntad, continuidad, intensidad, perfeccionamiento, peligro eventual”. Queda manifiesto que es una idea “pedagógica” del deporte; en esencia, su deporte es pedagogía y él un pedagogo del deporte. Entiende el deporte como un excelente vehículo para la formación del carácter –Coubertin utiliza palabras para caracterizar el deporte, como “ascética”, “estoicismo”-, una pedagogía fundamentalmente del ámbito volitivo. En relación a ello, su amigo Carl Diem, en la “Historia de los deportes” nos recuerda otra de las frases preferidas de su ideología olímpica que está en relación con este tipo de pedagogía: “atletae proprium est se ipsum noscere, ducere et vincere” (es propio del atleta conocerse, gobernarse y vencerse).
 La palabra “culto” hace referencia a religión y será fuertemente criticada, por ejemplo, por J.M. Cagigal, por creer que deporte y religión son realidades distintas, aunque más o menos relacionadas. Coubertin siempre quiso, teóricamente, que el deporte fuera una religión (“religio atletae”). […]
 12.-El deporte olímpico está hecho para la glorificación del atleta individual masculino. En el término “atleta” incluye todo deportista individual, sea de atletismo o de esgrima, gimnasia o cualquier otro deporte individual. Aunque él pensaba que los Juegos Olímpicos debían ser sólo para la participación masculina y no femenina, no hizo de ello un dogma del olimpismo y muy pronto participaron las mujeres hasta en las pruebas más extenuantes del atletismo.
 Igualmente, no era partidario de incluir los deportes de equipo en el programa de los Juegos, igual que no fueron incluidos en la Grecia clásica. […]
 13.-Esta glorificación del atleta individual es un medio, una buena estrategia, para conseguir que se difunda el deporte y practique por todos, o por una mayoría.
 El olimpismo, declara Coubertin en alguna ocasión, busca como objetivo primordial la extensión del deporte para todos (antes que el deporte de élite); lo que ocurre es que nunca conseguiríamos extender la práctica deportiva sin grandes campeones: para que cien hagan deporte o modelen su cuerpo, bastantes han de entrenarse y algunos de ellos han de llegar a resultados sorprendentes, no hay otro camino, defiende Coubertin.
 La famosa teoría de la pirámide, según la cual el deporte de base daría un buen deporte de élite y “medallas”, no era compartida por Coubertin y, en esto, parece que la historia posterior le ha dado la razón; las medallas se planifican y consiguen bastante directamente sin necesidad de que la práctica deportiva de la sociedad sea muy alta.
 14.-El deporte (la “república deportiva”) es un modelo muy perfecto de democracia, donde no hay injusticias ni privilegios, los triunfos se consiguen por el esfuerzo y el talento y las conquistas son limitadas en el tiempo. Lo que hace a las desigualdades sociales intolerables –dice- no es la desigualdad misma sino la desigualdad injusta y su permanencia excesiva, que son imposibles en el deporte. Esta justicia de comportamientos puede contribuir a hacer más justa la sociedad.
 15.-El “amateurismo” lo defiende con más o menos fuerza. Unas veces se muestra intransigente, otras cede. Pero al final de su vida deja por escrito una fuerte apología del amateurismo mediante la metáfora del mercado y la colina: en la colina está el templo (que representa al olimpismo); hay que hacer el esfuerzo de ascender la colina donde está el templo; el deportista que no esté dispuesto a ascender la colina puede quedarse en el mercado para vender su deporte, pero los deportistas deben escoger una cosa u otra, no ambas a la vez: “o mercado o templo, ¡que escojan!” Es el momento de mayor dureza contra un amateurismo falso; pero no es una condena del profesionalismo, al que comprende perfectamente, aunque lo aparta de su movimiento olímpico, quizás injustificadamente.
 16.-Los adelantos técnicos del deporte lo benefician, lo hacen más motivante y atractivo, por lo que contribuyen a que el deporte llegue a más gente y resulte un mayor beneficio social. Es otro lugar donde se advierte que Coubertin no es inmovilista en el deporte: le gustan los adelantos técnicos; la diversidad de deportes admitidos en los programas olímpicos y sobre todo la posibilidad de cambiar unos deportes por otros, como ha ocurrido en la historia del olimpismo, lo atestiguan.
 17.-Habría que incluir su filosofía de la organización del olimpismo, donde destaca su postulado calificado de genial por Carl Diem –de la independencia política y económica de los miembros del C.I.O., la universalidad sin discriminación, el cambio de ciudad y el respeto del ritmo cuadrienal.»
 
  [El texto pertenece a la edición en español de INDE Publicaciones, 2000, pp. 208-211. ISBN: 84-95114-37-2.]

sábado, 7 de noviembre de 2020

La verdad sobre el caso Harry Quebert.- Joël Dicker (1985)

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Primera parte: La enfermedad del escritor (8 meses antes de la publicación del libro)
30.- El Formidable 

  «Para ello se preparó un solemne acto en el vestíbulo principal del instituto, un sábado por la tarde, ante un grupo elegido de alumnos, antiguos alumnos y algunos periodistas locales. Toda aquella gente de postín se sentaba amontonada sobre sillas plegables frente a un gran telón. Detrás de él, como descubrimos después de un discurso triunfal del director, un armario de cristal con la inscripción En homenaje a Marcus P. Goldman, llamado "el Formidable", alumno de este instituto desde 1994 hasta 1998. Y dentro del armario, un ejemplar de mi novela, mis antiguos boletines de notas, algunas fotos, mi camiseta de jugador de lacrosse y la del equipo de marcha.
 […] Mi paso por el Felton High, pequeño y apacible centro al norte de Montclair lleno de adolescentes pánfilos, se había quedado grabado en su memoria hasta el punto de que mis compañeros y profesores me habían apodado "el Formidable". Pero ese día de diciembre de 2006, lo que todos ignoraban en el momento de aplaudir esa vitrina dedicada a mi gloria era que debía a una serie de malentendidos, primero fortuitos y después sabiamente orquestados, el haberme convertido en la estrella incontestable de Felton durante cuatro largos y hermosos años.
 La epopeya del Formidable empezó a mi llegada al instituto, cuando tuve que elegir una disciplina deportiva para el curso. Tenía decidido que sería fútbol o baloncesto, pero el número de plazas de esos equipos era limitado y, desgraciadamente para mí, el día de la inscripción llegué con mucho retraso a la oficina de registro. "Ya he cerrado -me dijo la mujer gorda que se ocupaba de ella-. Vuelve el año que viene". "Por favor, señora -le había suplicado-, tengo que estar inscrito obligatoriamente en una disciplina deportiva, si no tendré que repetir curso". "¿Cómo te llamas?" -había suspirado ella-. "Goldman. Marcus Goldman, señora". "¿Qué deporte quieres?" "Fútbol o baloncesto". "Los dos están completos. Sólo me quedan el equipo de danza acrobática o el de lacrosse".
 Lacrosse o danza acrobática. Lo mismo que decir peste o cólera. Sabía que unirme al equipo de danza me convertiría en el hazmerreír de mis compañeros, así que elegí lacrosse. Pero hacía dos décadas que Felton no había tenido un buen equipo de lacrosse, hasta el punto de que ningún alumno quería formar parte de él. El de aquel año estaba, como no podía ser de otra manera, compuesto por alumnos incapaces para otras disciplinas, o que llegaban tarde el día de las inscripciones. Me integré, pues, en un equipo diezmado, poco emprendedor y torpe, pero que me llevaría a la gloria. Esperando ser repescado durante el curso por el equipo de fútbol, quise realizar alguna proeza deportiva para que se fijaran en mí. Me entrené con una motivación sin precedentes y, al cabo de dos semanas, nuestro entrenador vio en mí la estrella que esperaba desde siempre. Fui inmediatamente ascendido a capitán del equipo y no tuve que realizar esfuerzos titánicos para que me consideraran como el mejor jugador de lacrosse de la historia de Felton High. Batí sin dificultad el récord de goles de los veinte años precedentes -que era absolutamente ínfimo- y, gracias a aquella gesta, fui inscrito en el tablón de méritos del instituto, algo que no había sucedido con ningún otro alumno de primero. Aquello no dejó de impresionar a mis compañeros ni de atraer la atención de mis profesores: gracias a esa experiencia comprendí que para ser formidable bastaba con soslayar las relaciones con los demás; al final, todo no era más que una cuestión de falsas apariencias.
Resultado de imagen de joel dicker la verdad sobre el caso Me puse inmediatamente manos a la obra. Por supuesto, dejé de plantearme abandonar el equipo de lacrosse, ya que mi única obsesión fue a partir de entonces convertirme en el mejor por todos los medios, estar en la cima a cualquier precio. Con esa motivación me planté en el concurso de proyectos científicos, que se llevó una niñata superdotada llamada Sally, y en el que no pasé del decimosexto puesto. No obstante, durante la entrega de premios, en el auditorio del instituto, me las arreglé para tomar la palabra y me inventé fines de semana completos de voluntariado con disminuidos psíquicos que habían estorbado considerablemente el avance de mi proyecto, antes de concluir, con los ojos bañados en lágrimas: "Poco me importan los primeros premios, si puedo aportar una llama de felicidad a mis amigos los niños trisómicos". Evidentemente, todo el mundo quedó impresionado, y aquello me valió eclipsar a Sally ante los profesores y mis compañeros. La misma Sally, que tenía un hermano pequeño con una minusvalía profunda -algo que yo ignoraba-, rechazó su premio y exigió que me lo diesen a mí. Gracias a ese episodio vi mi nombre bajo las categorías de Deportes, Ciencias y Premio a la camaradería en el tablón de méritos, que yo había bautizado en secreto como tablón demérito, plenamente consciente de mi impostura. Pero no podía parar, estaba como poseído. Una semana más tarde, batí el récord de venta de billetes de tómbola comprándomelos a mí mismo con el dinero de dos veranos anteriores limpiando el césped de la piscina municipal. No hizo falta más para que el rumor empezase a recorrer el instituto: Marcus Goldman era un ser de una calidad excepcional. Fue esa constatación la que empujó a alumnos y profesores a llamarme "el Formidable", como una marca de fábrica, una garantía absoluta de éxito; y mi pequeña fama pronto se extendió al conjunto de nuestro barrio en Montclair, llenando a mis padres de un inmenso orgullo.
  Esta tramposa reputación me incitó a practicar el noble arte del boxeo. […]
 Durante mi tercer curso, por culpa de una restricción presupuestaria, el director se vio obligado a desmantelar el equipo de lacrosse, que costaba demasiado caro al instituto en relación a lo que aportaba. Para mi gran pesar, tuve pues que elegir una nueva disciplina deportiva. Evidentemente, los equipos de fútbol y baloncesto intentaban seducirme, pero sabía que, si me unía a alguno de ellos, me enfrentaría a jugadores mucho más dotados y motivados que mis compañeros de lacrosse. Me arriesgaba a quedar eclipsado, a volver a caer en el anonimato, o peor aún, a retroceder: […] Viví dos semanas de angustia, hasta que oí hablar del muy desconocido equipo de marcha del instituto, compuesto por dos obesos paticortos y un esmirriado sin fuerzas. Resultó ser además la única disciplina del Felton que no participaba en ninguna competición entre centros: aquello me aseguraba no tener que medirme con nadie que fuese peligroso para mí. Así que, aliviado, y sin la menor duda, me uní al equipo de marcha de Felton, en el seno del cual, y desde el primer entrenamiento, batí sin dificultad el récord de velocidad de mis plácidos compañeros de equipo, ante la mirada amorosa de algunas animadoras y del director.»
 
     [El texto pertenece a la edición en español de Penguin Random House, en traducción de Juan Carlos Durán Romero, pp. 62-66. ISBN: 978-84-663-4667-2.]
 

jueves, 1 de octubre de 2020

Si no te veo antes.- Eric Lindstrom (¿...?)

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Capítulo tres

  «El reglamento:
 Regla nº 1: No me tomes el pelo. Nunca. Y mucho menos a costa de mi ceguera. Y muchísimo menos en público.
 Regla nº 2: No me toques sin pedirme permiso o sin avisarme. No puedo verlo venir. Siempre me pilla por sorpresa, y es probable que te haga daño.
 Regla nº 3: No toques ni mi bastón ni mis cosas. Necesito que todo esté donde yo lo he dejado. Es evidente.
 Regla nº 4: No me ayudes a menos que te lo pida. De lo contrario, te estarás interponiendo en mi camino o molestándome.
 Regla nº 5: No me grites. No soy sorda. Te sorprendería saber lo mucho que me ocurre. Si no te sorprende, debería.
 Regla nº 6: No hables a la gente con la que estoy como si fueran mis adiestradores. Y sí, esto es algo que también me pasa constantemente.
 Regla nº 7: Tampoco hables por mí. A nadie, ni siquiera a tus amigos o tus hijos. Recuerda, no eres mi adiestrador.
 Regla nº 8: No me trates como si fuera estúpida o una niña. Ser ciego no implica tener ningún daño cerebral, así que no me hables despacio o uses diminutivos. ¿En serio hace falta que explique esto?
 Regla nº 9: No entres o salgas de la zona donde estoy sin avisarme. De lo contrario, no sé si estás o no estás. Es un tema de buena educación.
 Regla nº 10: No hagas sonidos para ayudarme o guiarme. Es estúpido y de mal gusto. Y, créeme, serás tú el que quede como un estúpido o haciendo el ridículo, no yo.
 Regla nº 11: No te sorprendas. En serio. Aparte de tener los ojos siempre cerrados, soy igual que tú, sólo que más lista.
 Regla nº ∞: NO hay segundas oportunidades. Si traicionas mi confianza nunca volveré a confiar en ti. La traición es imperdonable.
[…]
 
Capítulo cinco
 
[…] -Soy el entrenador Underhill. ¿Puedo hablar un momento contigo, Parker?
Yo me ahogo un poquito y me toso en la parte interior del brazo.
 -¿Yo? Ya he completado todos mis créditos de Educación Física. Pregúntele a la entrenadora Rivers… Ella se lo confirmará.
 -No es por eso. Es que te he visto corriendo esta mañana.
 Se me eriza el vello de la nuca. […]
 -Cuando corres demuestras mucha seguridad. ¿Alguna vez has tenido un perro lazarillo?
 -No, nunca lo he necesitado. Al menos para lo que suelo hacer. Quizá dentro de un tiempo, cuando me gradúe en el instituto y necesite moverme sola por lugares que no conozco y en los que haya mucha gente.
 -¿Te importa si te pregunto quién te enseñó a correr?
 Ahora que sé que mi secreto está a salvo me siento mejor, pero esto me está fastidiando.
 -¿Por qué iba que tener nadie que enseñarme a correr?
 -Bueno, porque hay maneras de correr y maneras de correr. Y, por cómo lo haces tú, parece que te han entrenado.
 -Ah. Pues mi padre era corredor. Me enseñó algunas cosas. Cómo respirar y eso.
 -¿Alguna vez te has planteado participar en alguna carrera?
 -No. ¿Entiende por qué corro a las seis de la mañana en el campo Gunther, verdad? Es grande, está vacío, es cuadrado. No hay calles que respetar. No hay gente alrededor.
 -Muchos corredores tienen algún grado de discapacidad visual. Si no te molesta que te lo pregunte,  ¿cuánto puedes ver?
 -Mmmm… No veo nada.
 -Entiendo... Pero, quiero decir, al menos percibes algo de luz, ¿no? Es sólo que no puedes enfocar.
No me gusta hablar de esto, así que decido cortar por lo sano.
 -No. Nada. Negrura total. Un accidente de coche me destrozó los nervios ópticos. Tengo los ojos bien, pero estoy completamente a oscuras.
 -Lo siento. No debería haber asumido que...
 -No pasa nada. La mayoría de los ciegos pueden ver mínimamente. Sólo ha apostado por lo más probable.
 -No, es que pensaba que debías de tener algún problema de sensibilidad a la luz, porque... Bueno, ¿por qué, si no, ibas a llevar vendas en los ojos?
 Me río otra vez.
 -Esto sólo son adornos. Como ponerse un sombrero. Una moda que nadie más puede copiar porque, si lo hicieran, no podrían ver.
 No se ríe, lo que me parece un poco triste, pero percibo una sonrisa en su voz, cuando dice:
 -Es que me parecía curioso. En realidad, en las categorías paralímpicas, todos los corredores con discapacidad visual llevan gafas negras para que los que pueden ver algo no tengan ventaja.
 -Eso es terrible... -río.
Resultado de imagen de eric lindstrom si no te veo antes -De todas maneras, todos tienen corredores lazarillos. Si quisieras correr una carrera, ya se nos ocurriría algo.
 -No, gracias -respondo. Y para dar por concluida la conversación, estiro el brazo hacia la puerta, pero sólo palpo aire. Camino lentamente hacia ella, agitando el brazo.
 -No hay nada que temer.
 Resoplo y, por fin, mi mano palpa el pomo de la puerta.
 -¿Parezco asustada?
 -Cuando estabas corriendo, no. Pero sí cuando has pensado que podía haber gente viéndote correr.
Ah, bueno, pero es que eso es completamente distinto.»
 
  [El texto pertenece a la edición en español de Penguin Random House, 2017, en traducción de Sara Cano. ISBN e-book: 978-84-204-8566-9.]