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domingo, 4 de octubre de 2026

El crótalon.- Cristóbal de Villalón (h. 1510 - h. 1562)

 

Argumento del duodécimo canto del gallo

 «Micilo: Yo te ruego, mi Gallo, que hoy, con íntimo afeto, te esfuerces a me complacer; porque me tienes suspenso de lo que has de hablar. Que aún, si te place, dejaré el oficio por mostrarte la atención que te tengo, pues con los ojos ternía los sentidos y entendimiento todo en ti. Specie me parecía ser de infidelidad si un hombre tan bajo y tan suez como yo no creyese a un hombre celestial y divino como tú.
 Gallo: No quiero, Micilo, que dejes de trabajar; no demos ocasión a morir de hambre, pues todo se puede hacer. Principalmente cuando de ti tengo entendido que cuelgas con tu orejas de mi lengua, como hicieron los franceses de la lengua de Hércules Ogomio, admirable orador. Agora, pues, óyeme y sabrás que, como yo considerase en el mundo, con gran cuidado, todas las cosas que hay entre los mortales, y hallase ser todas dignas de risa, bajas y perecederas: las riquezas, los imperios, los oficios de república y mandos, menospreciando todo esto, con gran deseo me esforcé a emplear mi entendimiento y afición en aquellas cosas que de su cogeta son buenas a la verdad. Y ansí cobdicié pasar destas cosas tenebrosas y oscuras y volar hasta la naturaleza y Criador de todas. Y a este deseo me movió y encendió más la consideración deste que los filósofos llaman mundo. Porque nunca pude en esta vida hallar de qué manera fuese hecho, ni quién le hizo, dónde tuvo principio y fin. Después desto, cuando en particular descendía a le contemplar, mucho más me causaba admiración y dubda. Cuando vía las estrellas ser arrojadas con gran furia por el cielo, ir huyendo, también deseaba saber qué cosa fuese él y, sobre todo, deseaba conocer los accidentes de la Luna; porque me parecían cosas increíbles y maravillosas, y pensaba que algún secreto que no se podía declarar causaba en ella tanta mudanza de especies, formas y figuras. Aquella braveza con que el rayo sale con aquel resplandor, tronido espantoso y rompimiento de nube; y el agua, la nieve, el granizo enviado de lo alto. Parecíanme ser todas estas cosas difíciles al entendimiento, en tanta manera que, por ninguna fuerza de nuestra naturaleza, se podían por algún hombre comprender acá. Pero con todo esto, quise saber qué era lo que destas cosas los nuestros filósofos sentían, porque oía decir a todos que ellos enseñaban toda verdad. También recebía gran confusión considerando aquella sublimidad y alteza de los cielos, principalmente del empíreo y de su perpetuidad. El trono de Dios, el asiento de los santos y la manera de su premiar y beatificación, el orden que hay en la muchedumbre de todos los coros angelicales. Pues primero quise subjetarme a la disciplina destos nuestros maestros, los cuales un poco están hinchados y presumptuosos con estos títulos. Diciendo que, enhastiados de las cosas de la Tierra, volan a alcanzar la alteza de las cosas celestiales, lo cual no sería en ellos poco de estimar si ello fuese ansí. Pero cuando en aquellas comunes academias entré, y miré todos los que en la manera de disputa y lición mostraban enseñar, entre todos vi el hábito y rostro muy particular en algunos que, sin preguntar, lo conocieras haberse levantado con el título de celestiales. Porque todos los otros, aunque platicaban profesión de saber, debajo de un universal bautismo y fe, traían  un vestido no diferente del común. Pero estos otros mostraban ser de una particular religión, por estar vestidos de un hábito y traje particular. Y aun entre ellos diferían en el color; y aunque en su presunción, arrogancia, obstentación, desdén y sobrecejo mostrasen ser los que yo buscaba, quise preguntar por me satisfacer. Y ansí me llegué a uno de aquellos que a aprender concurrían allí; y, a lo que le pregunté, me respondió señalándomelos con el dedo: "Estos son maestros de la filosofía y teología natural y celestial". Y ansí, con el deseo que llevaba de saber, con gran obediencia me deposité a su disciplina, proponiendo de no salir de su escuela hasta que hubiese satisfecho a mi dubda y confusión. ¡Oh, Dios inmortal, qué martirio pasé allí! Que comenzando por uno de aquellos maestros, según el orden que ellos tenían entre sí, a cabo de un año que me tenía quebrada la cabeza con sólo definir términos categoremáticos y sincategoremáticos, análogos, absolutos y conotativos, sólo me hallé en un laberinto de confusión. Quise adelante ver si en el otro habría algo más que gustar y, en todo un año, nunca se acabó de enseñar una demostración, ni nunca colegí cosa que pudiese entender. Consolábame pensando que el tiempo, aunque no el arte, me traería a estado y preceptor que, sin pérdida de más edad, me llegaría a mi fin. Y ansí entré ya a oír los principios de la filosofía natural. Y esto sólo te quiero hacer saber: que, a cabo de muchos días, sólo me faltaba ser libre de aquella necedad y ignorancia con que vine allí. Porque fueron tantas las opiniones y diversidad de no sé qué principios de naturaleza: insecables átomos, innumerables formas, diversidad de materias, ideas, primeras y segundas intinciones, tantas cuestiones de vacuo y infinitos, que cuanto más allí estaba, más me emboscaba en el laberinto de confusión. Y esto sólo entre todas las otras cosas no podía sufrir; que, como en ninguna cosa entre sí ellos conveniesen, mas antes en todo se contradecían, y contra todo cuanto afirmaban argüían; pero con todo esto me mandaban que los creyese decir la verdad, y cada uno dellos me forzaba persuadir y atraer con su razón.
 Micilo: Cosa maravillosa me cuentas, que siendo esos hombres tan santos y religiosos y de conciencia, no sacasen en breve la suma de sus ciencias, y sólo aquello enseñasen que no se pudiese contradecir. O, a lo menos, que se enseñase lo que en suma tuviese más verdad, dejados aparte tantos argumentos y cuestiones tan impertinentes al propósito de lo que se pretende saber.
 Gallo: Pues en verdad mucho más te reirías, Micilo, si los vieses con la arrogancia y confianza que hablan, no tratando cosa de verdad, ni que tenga en sí sustancia ni ser. Porque como quiera que ellos huellan esta tierra que nosotros hollamos -que en esto ninguna ventaja nos llevan, ni en el sentido del viso son más perspicaces que nosotros, mas antes hay muchos dellos que casi están ciegos y torpes por la vejez- y, con todo esto, afirman ver y conocer los términos del cielo, y se atreven a medir el Sol y determinar la naturaleza de la Luna y todo lo que sobre ella está. Y, como si hubieran descendido de las mesmas estrellas, señalan su figura y grandeza de cada cual. Y ellos, que puede ser que no sepan cuántas leguas hay de Valladolid a Cabezón, determinan la distancia que hay de cielo a cielo, y cuántos cobdos hay del cielo de la Luna al del Sol. Y ansí definen la altura del aire, y la redondez de la Tierra, y la profundidad del mar. Y, para éstas sus vanidades, pintan no sé qué círculos, triángulos y cuadrángulos; y hacen unas figuras de sferas con las cuales sueñan medir el ámbitu y magnitud del cielo. Y, lo que es peor y mayor señal de presunción y arrogancia, que hablando de cosas tan inciertas como éstas, y que tan lejos están de la averiguación, no hablan palabra ni la proponen debajo de conjeturas, ni de maneras de decir que muestren dubdar. Pero con tanta certidumbre lo afirman y vocean, que no dan lugar a que otro alguno lo pueda disputar ni contradecir. Pues si tratamos de lo alto del cielo, tanto se atreven  los teólogos desde tiempo a difinir las cosas reservadas al pecho de Dios, como si cada día sobre el gobierno del mundo universal comunicasen con Él.»

 [El texto pertenece a la edición en español de Espasa-Calpe, 1973, en edición de Augusto Cortina, pp. 166-169. ISBN: 84-239-0264-1.]

miércoles, 9 de febrero de 2022

Función en el colegio.- Orio Vergani (1898-1960)


Resultado de imagen de orio vergani «Esta es la casa de Emilia. La tarde anterior hubiera deseado encontrar cien pretextos para no poner los pies en ella. Hoy, en cambio, se ha dicho: “Es casi imposible que suceda, pero no hay que descartarlo en absoluto; ¡quién sabe si nos encontraremos con Emilia!” Esta es su casa; tal vez resulte más probable verla algún día aquí que en el colegio, donde hasta dentro de un año, y eso si celebran una función, no hay la menor probabilidad de entrar. Una probabilidad mínima; una sobre trescientas sesenta y cinco, tantas como los días del año. 
 Y aunque no pueda ver a Emilia, piensa que ésta es tu casa. No es la casa de Giorgio ni la del ingeniero Ercolani, el austero y barbudo ingeniero con el que se cruza algunas veces, al atardecer, cuando aquél se dirige al Ayuntamiento o al despacho del viceprefecto; ni la casa de la señorita Cora, de la que dicen los jovencitos que tendrá una de las más ricas dotes de la ciudad, si bien el que se case con ella deberá hacerle comprender enseguida que las riendas han de estar en manos del marido. Esta es simplemente la casa de una sola persona en el mundo; la casa de un nombre único. “Ayer fui un estúpido al negarme a venir”, piensa Mario. Lo que debe hacer es precisamente esto: venir lo más a menudo posible. ¿Aunque no tenga ninguna probabilidad de encontrarla? ¿Aunque deba esperar años enteros? No quiere formularse otras preguntas, porque desde que comenzó su amor -le parece un amor de toda la vida- su pensamiento es una cadena sin fin de preguntas, un soliloquio que lo abate y lo exalta, y que un día u otro le hará cometer un error irreparable. ¿No pensaba ayer mismo reñir con Giorgio? Quería decirle sin rodeos: “No voy a tu casa. Estoy enamorado de Emilia. Si tú crees que ahora puedo ir, bien. De lo contrario, te lo advierto: no voy, y a partir de este momento puedes considerarme tu enemigo”. Hoy, por el contrario, le satisface la conversación de Giorgio. Le pasa un brazo por el hombro y voltea alegremente el paquete de los libros. Es la primera vez, desde que son amigos, que anda de una manera tan familiar con él. Han pasado juntos dos veces por delante de la planchadora milanesa; Giorgio lo ha querido así para ver a la aprendiza. No la han visto. Tal vez había salido a repartir, o acaso trabajaba en la trastienda. Al pasar la segunda vez, las planchadoras han creído que los chicos las miraban a ellas, y una, detrás de los cristales, ha sonreído. Las otras se han reído a carcajadas. Giorgio ha dicho que no valía la pena pasar por tercera vez. Las mujeres no han de darse cuenta de que se las busca. Por lo demás, ha añadido, si esa chica se hace rogar, otra ocupará su sitio; la rubia que ha sonreído, por ejemplo. 
-Un día -dice- podemos esperarlas a las dos. Si te gusta la rubia, te la cedo. 
-Pero ¿tú no crees que nos ha sonreído para tomarnos el pelo? ¿Cómo quieres que nos hagan caso, si somos dos chiquillos? 
-¿Te parece que son mucho mayores que nosotros?  La primera vez que haya baile en la plaza o en la feria, las invitaremos. 
Giorgio seguramente tendría el valor de hacerlo. Él ya parece un hombre; pero ¿quién puede hacer caso de Mario? Lo mandarían a jugar al aro. 
-Si tienes tanto miedo y no te decides alguna vez, no harás nunca nada con las mujeres.
 La verja está abierta. Rayo y Trueno se hallan junto a su caseta, atados con una cadena.
 Giorgio arroja la gorra sobre un banco y acaricia a los perros. Acerca su cara a los hocicos húmedos y los dos animales juguetean mordisqueándole el pelo y lanzando débiles ladridos de alegría. Mario se quita también la gorra y hace esfuerzos para que los perros no le muerdan el paquete de los libros. Por encima de la espalda de Giorgio, Mario observa la casa como si tuviera que descubrir en ella algún secreto o aprenderse de memoria su arquitectura. Giorgio dice, dirigiéndose a los perros:
 -¿Vamos a buscar la escopeta? ¿Vamos a buscar la escopeta, Rayo?
 Ante aquella invitación, parece que los perros quieren romper la cadena.
 -¿Te fijas lo inteligentes que son? Cuando sea mayor quiero tener una jauría de perros cazadores. Sólo con eso me sentiré un hombre feliz. Me rodearé de perros y me dedicaré a la cría. ¿Te gusta mi casa?
 -Sí.
 -Veo que no dejas de mirarla… El proyecto es de mi padre. Antes, cuando era joven, se dedicaba a la arquitectura. La casa de los Farloni, en la avenida, y la villa de los Collachioni, en La Quercia, también fueron proyectadas por él. La nuestra fue edificada cuando iba a nacer Cora. Tiene la edad de mi hermana. Después dejó la arquitectura. Los trabajos de carretera y puentes le producen más. Cuando alguien dice a mi padre que ésta es una buena casa, él responde: “Errores de juventud”. Tiene razón. Yo hubiera hecho un castillo con una entrada medieval.
 La casa parece desierta. De una ventana de los semisótanos sale el rumor de un grifo que está llenando un lavadero. Los sillones de mimbre junto a las columnas de la veranda dan un aire de mayor desolación al jardín. Las ventanas están cerradas; tras los cristales se adivinan unos delicados visillos de seda. Es una casa de ricos.
Resultado de imagen de orio vergani funcion en la escuela -Aquello de allí es una pajarera. Una vez, cuando yo era pequeño, la llenamos de papagayos. Pero ahora se han muerto y la pajarera no sirve para nada. Mi papá quería transformarla en un cenador para el verano. Pero Cora no quiere. Le molesta comer en el jardín, porque la ven todos los que pasan por la calle. Mi cuarto es aquel de la ventana de la esquina, en el segundo piso. La habitación de al lado pertenece a Emilia. Como está siempre en el colegio, ha hecho jurar que nadie entrará en ella. Me hubiera resultado comodísima para estudiar, guardar los fusiles, cargar los cartuchos y revelar las fotografías. Ahora estudio en un cuarto de la planta baja, donde antes tenía papá el taller de dibujo. Al trasladar el despacho a la avenida, porque este no era sitio adecuado para recibir visitas, me ha cedido esa habitación. Puedo hacer venir a mi cuarto a quien se me antoje. Si quisiera podría salir también por las noches. Únicamente he de molestarme en saltar por la ventana.
 -¿Tienes máquina de fotos?
 -Desde luego. Un día te haré una fotografía. He hecho algunas muy bonitas en el campo. ¿Tienes hambre? ¿Quieres merendar’
 -No, gracias.
 -Si quieres, le pido a Carolina que nos traiga mermelada. ¿Te gusta?
 -Sí.
[…]
 Mario quisiera hablar de la escuela. Le parece que es su deber y si no lo hace tiene la sensación de que engaña a alguien, de que ha entrado en la casa como un ladrón y de que de un momento a otro pueden adivinar sus proyectos. El único derecho que tiene para entrar en esta casa es sentirse “fuerte en griego” y toda su amistad con Giorgio, sus cigarrillos, y su mermelada son cosas dadas a cambio de este auxilio en el latín y e el griego. Pero él también tiene su propósito oculto al visitar esta casa. Y la amistad con Giorgio ha nacido porque el destino quiso que Mario tuviera un día la oportunidad de ver satisfecho aquel propósito oculto. Sin embargo, quiere demostrar que cumple a conciencia su misión. “Fuerte en griego”, podrá en adelante venir a esta casa cuando quiera.
 Apenas se ha fijado en el cuarto de su amigo, donde acaban de entrar porque Giorgio quiere lavarse la cara y las manos. Ha fingido mirar en las paredes las obras maestras de Giorgio: fotografías del campo, un carro de heno a contraluz, Rayo y Trueno con un pájaro en la boca, Cora sentada en uno de los sillones de mimbre, junto a la balaustrada; pero lo que él quiere es orientarse para saber si el cuarto de Emilia está a la derecha o a la izquierda. Hace un gran esfuerzo para decir:
 -Desde luego, para estudiar te hubiese sido muy útil el otro cuarto, el de tu… hermana.
 -¿Ves? –dice Giorgio mientras se seca las manos-. Habría podido hacer que abrieran una puerta aquí. Era la solución para tener más sitio cuando vienen mis amigos. En el cuarto de abajo no se puede meter ruido. Cuando está en casa papá, no deja que se oiga una mosca. Emilia, que está siempre en el colegio y cuando sale es para irse enseguida al campo, hubiera podido instalar su habitación en la planta baja, en el mismo cuarto que yo utilizo ahora como sala de estudio. ¡Para el tiempo que está en casa! Además, hubiera tenido una puerta que da al jardín. Pero las chicas son así: parece que la casa sea únicamente suya y que ellas tengan todos los derechos. Ahí dentro ha instalado un verdadero museo. Todas las muñecas de cuando era pequeña, las fotografías de las funciones del colegio, los retratos de sus amigas… Hay también un retrato de una compañera suya del primer año, que murió. ¿Sabes lo que quiere? Que haya siempre una vela encendida delante de aquel retrato. ¡Yo, que estoy pared por medio, imagínate si podría dormir tranquilo pensando que ahí está encendida la vela de la muerta! Me he impuesto y la he apagado; Carolina la enciende cuando Emilia viene para las vacaciones.»

    [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Libros del Silencio, 2010, en traducción de Ángel M. Bécquer, pp. 147-154. ISBN: 978-84-937559-2-8.]


sábado, 18 de julio de 2020

Tratado elemental de pedagogía.- Rufino Blanco Sánchez (1861-1936)

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Didáctica pedagógica
Capítulo VI: Distribución del trabajo

  «1.-El maestro debe organizar el trabajo escolar. Si no lo hace, la escuela se desordena y él es la primera víctima de su desidia.
 La distribución del trabajo en una escuela varía mucho según su clase y grado, y según los alumnos a que se aplica, pero debe siempre inspirarse en principios útiles.
 2.-Los ejercicios escolares deben ser variados, y se ha de procurar que alternen los que exigen mucho esfuerzo y los que exigen poco.
 Los ejercicios más difíciles deben darse al principio de la sesión escolar, y, a ser posible, en la de la mañana.
 La duración de un ejercicio no debe exceder de media hora.
 Los ejercicios prácticos ocuparán, lo menos, dos tercios de cada sesión escolar.
 La distribución del trabajo debe ser conocida por los discípulos.
 A cada discípulo se le dará el trabajo que buenamente pueda llevar.
 El niño debe hacer todos sus trabajos en la escuela.
 Es costumbre general en España que los niños lleven a su casa algún trabajo señalado por el maestro. Esta práctica no es recomendable.
 Si el niño es muy aplicado, dedica más tiempo del necesario a la instrucción y llega fácilmente al recargo del trabajo mental, y si, por el contrario, el niño no es aplicado, el trabajo se queda sin hacer.
 El maestro que quiera dirigir bien su escuela, debe comenzar por gobernarse a sí mismo.
 Las escuelas de niños anormales requieren especial distribución del trabajo escolar.
 3.-Algunos defectos capitales de la escuela común pudieran remediarse con la sesión única para el alumno ya que no lo fuese para el maestro.
 Fisiólogos, higienistas y pedagogos están conformes en que la asistencia diaria de los niños a la escuela durante seis horas es ruinosa y contraproducente, y la sesión única de cuatro horas o cuatro y media con descansos pequeños y uno mayor a la mitad del trabajo, es una reforma que en las grandes poblaciones, faltas de aireación y de higiene, impondrán en breve las estadísticas patológicas y demográficas de la niñez.
 Los que atienden también con asiduidad a estas cuestiones saben que, si el maestro cumple con su deber, sacará mejor producto de la sesión única que de la sesión doble.
 Es idea falsa creer que se aprende más cuanto más tiempo permanece el niño en la escuela, como lo sería pensar que una persona se alimenta mejor porque coma muchas veces al día o que un enfermo se ha de curar más pronto tomando mayores dosis de medicamentos; pero como de los beneficios escolares no es fácil convencer racionalmente a las gentes indoctas, hay necesidad de dar pruebas prácticas patentes, y hacer ensayos en algunas poblaciones de importancia.
 Desde luego la sesión única con una comida en el centro se impone para las escuelas de párvulos, si no se quiere desnaturalizar estas escuelas, que, más que otras, deben sustituir a la acción de la familia bien ordenada.

Capítulo VII: Sistema de enseñanza

 1.-Llámanse sistemas de enseñanza al conjunto de condiciones en que la instrucción de los niños se verifica.
 El maestro instruye a los niños individual o colectivamente: uno a uno o varios a la vez. En el primer caso, el sistema de enseñanza se llama individual, y en el segundo, simultáneo.
 La necesidad ha obligado (y obliga todavía en muchos casos) a que los niños sustituyan al maestro en la instrucción de otros niños, y este sistema de enseñanza se denomina mutuo.
 Cuando se combinan dos sistemas, o se combinan los tres, resulta el sistema mixto.
 Son cuatro, por tanto, los sistemas de enseñanza más conocidos: individual, simultáneo, mutuo y mixto.
 2.-El sistema individual es el mejor, porque se acomoda a las necesidades particulares de cada niño; pero sólo se puede practicar con toda pureza en la enseñanza doméstica.
 El sistema simultáneo, en secciones bien graduadas, es el sistema propio de la escuela; y si bien no permite la adaptación completa de la enseñanza a las necesidades propias de cada niño, es medio poderoso de despertar la emulación y contribuye mucho a la educación social del niño.
 El sistema mutuo sólo debe aceptarse como un mal menor, pues no tiene en su abono otra razón que la ley de la necesidad.
 Combinando la práctica dos sistemas, y a veces los tres, se obtiene gran variedad de sistemas mixtos de enseñanza, que suelen dictar la necesidad y el ingenio de los maestros.

Capítulo VIII: Programas y libros

 1.-El programa escolar es la expresión escrita del método y la guía del maestro en el trabajo de la escuela.
 Es común no usar en las escuelas otros programas que los índices de los libros de texto.
 El programa es necesario porque determina reflexivamente la extensión e intensión de los conocimientos, señala el método, indica los procedimientos, pide ejemplos, y, en resumen, da carácter a la enseñanza
 El programa debe ser cíclico y puede ser concéntrico.
rufino blanco y sanchez - tratado elemental de pedagogia - Iberlibro La redacción de los programas de enseñanza advierte al maestro de muchos errores de método, y todos los maestros debemos adiestrarnos continuamente en la composición, o, al menos, en la corrección de programas de enseñanza.
 2.-Por haber abusado muchos maestros de los libros de texto, varios pedagogos contemporáneos sostienen la conveniencia de suprimirlos para la enseñanza primaria.
 Sin embargo, el libro de texto no debe desterrarse de la escuela, porque el libro será siempre un medio de instrucción que supla al maestro. Por esta sola razón debemos procurar que en la la escuela primaria haya libros para que los niños sepan elegirlos y hacer buen uso de ellos.
 La viva voz del maestro es medio de instruir mucho más poderoso que el libro, pero, debiendo aprovecharle cuanto sea posible, no puede ser único porque su acción no puede ser tan duradera como la del libro.
 Ahora bien, es necesario cuidar mucho de aceptar para los niños libros útiles, agradables y económicos.
 No todos los libros buenos son buenos para todos.
 Los libros son útiles cuando contienen buena doctrina, expuesta con claridad y buen método, y son apropiados a las condiciones de inteligencia del que se ha de instruir con ellos, y una de ellas, quizá la principal, es que sean más prácticos que teóricos.
 Por último, téngase en cuenta que los libros sirven para secundar la palabra del maestro, no para reemplazarla.

Capítulo IX: Condiciones de una lección

 1.-Las lecciones escolares no son ejercicios fáciles, aun para los maestros más experimentados, por la infinita variedad de circunstancias en que una misma lección, puede darse. Por esto conviene fijarse en las condiciones que debe reunir.
 2.-Las lecciones escolares, y en general toda lección, debe estar preparada por el maestro, y debe ser útil, corta y agradable.
 Causa pena ver a algunos maestros titubear en las explicaciones, no acertar con los ejemplos, decir muchas cosas inútiles, dejar a un lado lo principal y caer en otros graves defectos, que se pueden evitar facilísimamente preparando las lecciones cada día.
 Esta preparación es indispensable en los maestros principiantes y evita la rutina de los que ya tienen alguna experiencia.
 Por falta de preparación enseñan algunos maestros errores que ellos mismos conocen como tales, y ésta es quizá la falta más grave del que enseña, porque es una falta de honradez profesional.
 Nada contribuye tanto al buen éxito de la enseñanza como la preparación anticipada de las lecciones.
 “Cada lección debe tener un objeto único y determinado”.
 Las lecciones sólo contendrán lo útil del punto que se trate de enseñar. Lo que no es necesario estorba siempre en la instrucción de los niños.
 El niño no puede hacer grandes esfuerzos de atención, y por este motivo cuando la lección pasa de veinte o treinta minutos es de ordinario lección perdida. Esto, contando con que el niño tome parte activa en la enseñanza, porque si la lección tiene la forma dogmática, tan usada todavía en muchas escuelas, la atención del niño se cansa a los pocos minutos.
 La gravedad de la enseñanza no está reñida con cierta amenidad de las lecciones, que las hace agradables a los niños y desde luego más llevaderas y asequibles.
 “El maestro que trate de instruir sin inspirar el gusto de la instrucción es un herrero que bate el hierro en frío”.»

       [El texto pertenece a la edición en español de Imprenta Moderna, año 1901.]

jueves, 30 de enero de 2020

Vida y fugas de Fanto Fantini.- Álvaro Cunqueiro (1911-1981)

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Primera parte: nacimiento, infancia y mocedad de Fanto
II

«Cuando Fanto contaba cinco años de edad, llegó la peste negra a Borgo San Sepolcro y se creyó que la había llevado a la ciudad un genovisco que trataba en simiente de pino manso, y tenía fama la semilla de Génova porque se aseguraba que era de los pinos del camposanto. Al genovisco siempre lo acompañaba alguna linda muchacha, muy vestida a la moda, que el mercader alquilaba por semanas, cobradas por adelantado, a la juventud aristocrática, y alguna fue muy bien vendida a un rico heredero que se prendó de ella, como una tal Leila, berberisca, en la que Pier Aliprando degli Aliprandi hubo dos hijas, y fue bautizada con el nombre de las mártires del día en la que la sacaron de pila, que fue el de las santas Verísima, Pomposa, Capitolina, Romana, Rolindes. Muerto Aliprando jugando cañas en un campo, casó la Verísima con el banquero Marco da Porta, a quien la mora, entre las caricias muchas le pasaba lecciones de Mahoma y el banquero se pasó secretamente al Islam y solamente se le conocía la nueva doctrina en que habiendo sido muy afecto al jamón, ahora no lo tocaba, y aún se le llenaban los ojos de lágrimas al verlo, pero se apartaba con la boca cerrada por amor de Leila. Llegó la peste negra, digo, y se llevó a los padres de Fanto, Ser Pietro y donna Becca, a su padrino, el médico Andrea della Garda, y a la nodriza Camillina, y aun al paje de la grappa, que nunca pudo dejar de soñar con los pechos de donna Becca, y quedó huérfano y sin parientes ni criados nuestro Fanto, bajo la tutoría del cavaliere Capovilla, que lo era de San Juan de Rodas, y primo carnal de su señor padre, amén de hermanos de leche, que durante siete meses la tomaron de la misma burra, capa blanca isabelina, conventual de San Francisco. El cual caballero Capovilla, desde el primer día de su potestad, comenzó a instruir al huérfano en el arte militar con batallas por mapa, en las armas, en altanería, y en arengas en lengua griega, por si acudía a librar a Constantinopla del turco. Crecía Fanto robusto y alegre, amigo de escuchar historias, gracioso el fino rostro enmarcado por la rubia cabellera, hija del rayo de su natalicio. Con el cavaliere Capovilla hacía Fanto grandes cabalgadas en las noches de primavera y de verano, y a hora de alba caían en la vecindad de algún castillo, umbro, lombardo o toscano, y entonces el tutor explicaba al atento pupilo lo fácil que sería, con sólo dos docenas de hombres bien armados, enseñorearse por sorpresa de aquella fortaleza, en la cima de una colina en la que los cipreses presidían la asamblea de las viñas en flor. Dejaban los caballos y se aproximaban, escondiéndose de ciprés en ciprés, y se separaban para rodear el castillo, haciéndose señas con el canto del cuchillo para darse mutuamente el puesto, y se acercaban luego al puente levadizo, esperando que fuese levantado el rastrillo, que sería la ocasión de entrar al asalto, disfrazados de lechera, o de pescador de caña que traía un regalo de truchas para el señor marqués. Se retiraban después de levantar mapa, por si algún día hacían realidad el asalto. A veces, robaban algún cordero, en recuerdo de uno que había comido Alejandro en Persia, y si encontraban una moza en una fuente, fingían que la forzaban, y a sus gritos huían, dejándola desnuda.
 -Todo esto, querido Fanto -decía il cavaliere Capovilla-, forma parte del oficio y cuando estés en edad te estrenarás, y lo único que siento es no poder hacer ante ti una demostración de reglamento de los sanjuanistas, de piernas aparte y salto, porque el reuma me ata las rodillas, y además va para cinco años que se fueron para no volver mis alboradas venéreas. Que tomada como lección prima de fornicio, no sería deshonesto que me vieses en el trabajo. Y digo prima lectio, porque luego secunda et tertia, esas cada uno las busca, y son cosa de cama blanda y reposada, que no de la violación castrense, que ha de ser rápida y brutal, con desgarro de ropa, mostrando más ansiedad que regocijo, aunque en el trance, como suele algunas veces, siendo la mujer hermosa, se abra amor en tu corazón, y quieras eternizar la caricia.
 Fanto escuchaba en silencio las graves lecciones de su tutor y se le ponían congojas de sudor y melancolía mientras no llegaba la edad de estrenarse.
 Tenía ya Fanto trece años, y dominaba a Donatus y Euclides, sabía encaperuzar el azor, todo de armas y caballo, ordo lunatus y marcha flanqueado en lo que toca a campaña, y voces venecianas y griegas. Iba para alto, la cabellera sin perder de su oro, los ojos celestes con el mérito de unas largas pestañas oscuras y siempre la sonrisa en la boca. […] La palabra gentileza valía para decir la estampa del aprendiz del capitán, que el signor Capovilla no dudaba de que lo sería y famoso. Fanto tenía la voz alegre y la mirada amiga, y un buen corazón.
 Como la fortuna de los Fantini della Gherardesca no era mucha, el cavaliere Capovilla, dueño sólo de una pequeña quinta en el arrabal, de la que había hecho heredero a Fanto, andaba, cuando éste entró en los quince de su edad, dándole vueltas en el magín a una boda del mocito con una dama rica y de ilustre familia. En Borgo San Sepolcro mismo había dos hermanas gemelas, que enviudaran el mismo día, una de un abanderado de Gattamelata y otra de un segundón de los Orsini, quien ya estaba preconizado obispo de Cittá del Monte, esperando los dieciocho años y las órdenes menores y mayores, pero lo dejó, porque estaba empeñado en imponer en las cortes diversas de Italia el baile agarrao. El abanderado murió en el vado de un río de una flecha perdida, y el que había ido para obispo, cayó de un tejado abajo, yendo a la captura de un gatito bizantino que se le había escapado a su dulce esposa. Las gemelas eran el vivo retrato la una de la otra, y messer Capovilla, que se había hecho ávido de oro por amor de Fanto, y por ponerlo en el mundo tan rico como gentil era, llegó a soñar que puesto que nadie las distinguía, que Fanto casara con las dos, a las que canónicamente serviría, con lo cual no había que partir la herencia de las gemelas Bandini dell'Arca. Il cavaliere Capovilla estudiaba, medio adormilado en las siestas del carnero que hacía, el caso de Fanto y las dos bellas, y no encontraba dificultad alguna, ni en fiestas -que saldrían las hermanas por turno-, ni en preñeces y si las dos estuviesen para parir, y una se adelantase un mes o dos, sería caso de Escuela de Salerno, como el de aquella panadera que dio a luz un niño el día de San Juan y otro el día de san Roque, mes y medio después. Fue muy notorio el asunto, tanto en médicos como entre glosadores de Bolonia. Los primeros llegaron a la conclusión de que la panadera tuviera dos preñeces a un tiempo y de dos viriles diferentes, lo que llevó al marido, viéndose publicado de cornudo, a colgarse de una viga del horno; y los segundos trataban de establecer en derecho cuál de los nacidos era el primogénito, lo cual dio lugar a sabias consultas y eruditas disertaciones, y canonista hubo que inventó una lex romana sobre el asunto, y descubierto tuvo que huir a caballo, y como tenía buena letra, terminó en los almacenes de Venecia, especializado en poner "bianco" en las barricas de Vernaccia. Se llama este glosador Bettobaldi dei Bettobaldi y era un hombre pequeño y triste, picado de viruelas, y siempre con el miedo de que sus antiguos colegas boloñeses le diesen muerte, por el descrédito que sobre ellos había echado inventando una Lex Claudia que decía que los segundos eran los primeros, y como un canonista irritado firmara que donde lo encontrase le haría tragar la famosa ley, Bettobaldi en las horas libres se ensayaba en tragar pelotas de papel, lo que llegó a hacer muy fácil, con gran admiración de sus compañeros de almacén, quienes lo sacaron de número de magia en un carnaval.»

      [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Orbis, 1984. ISBN: 84-7530-539-3.]

viernes, 3 de enero de 2020

El mico.- François Mauriac (1885-1970)

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2

«El hombre, ese preceptor, estaba en la cocina sentado frente a su mujer y hablaba mientras desgranaba porotos. Era jueves, día bendito entre todos. La escuela se alzaba al borde del camino como, por lo demás, todas las casas del poco agraciado pueblo de Cernès. La herrería, la carnicería, la taberna y el correo no formaban un grupo viviente alrededor del campanario. Sólo la iglesia se destacaba, con las tumbas apretadas contra ella, sobre un promontorio que domina el valle del Ciron. Cernès no tenía más que una calle, que era, precisamente, el camino departamental. La escuela estaba un poco retirada. Los niños entraban por la puerta central, pero la cocina del preceptor se abría a la derecha, sobre el pasillo que llevaba al patio de recreo. Más allá se extendía la huerta. Sin presentir nada de lo que se aproximaba a su casa, Robert y Léone Bordas discutían todavía el motivo de la extraña visita de la víspera.
 -Por más que digas -insistía la mujer-, ciento cincuenta, o tal vez doscientos francos más por mes por hacer trabajar al chiquilín del castillo, es algo. Valía la pena pensarlo dos veces...
 -No estamos tan apretados como para eso. ¿Acaso nos falta algo? Y menos ahora que recibo casi todos los libros que necesito. (Hacía comentarios críticos de novelas y poemas en el Journal des Instituteurs.)
 -No piensas más que en ti; pero está Jean-Pierre... 
 -Jean-Pierre tampoco necesita nada. De cualquier modo, no pretenderás que tenga maestro particular.
 Ella sonrió complacida. Por supuesto, su hijo no necesitaba lecciones particulares; en cualquier materia que fuera, era siempre el primero. Tenía trece años y estaba cursando el penúltimo de la escuela; pero como estaba dos años adelantado, probablemente tendría que repetir el último, pues no había muchas posibilidades de que pudiese obtener permiso para continuar sus estudios antes de alcanzar la edad reglamentaria. En el Liceo ya lo consideraban una futura gloria. Sus profesores no dudaban de que lo verían ganar del primer golpe los dos concursos: Normal de Letras y Normal de Ciencias.
 -Y bien. ¡Exactamente! Quiero que tome lecciones particulares.
 Esa declaración de Léone no fue acompañada de ninguna mirada, de ningún signo que indicara duda o ruego. Esa mujer delgada, de mejillas pálidas, ligeramente pelirroja, cuyos rasgos menudos conservaban su encanto a pesar de estar ajada, tenía una voz seca, penetrante, acostumbrada a gritar para dominar la clase.
 -Tiene que tomar lecciones de equitación.
 Robert Bordas continuó clasificando sus porotos, fingiendo creer que ella bromeaba:
 -Pero sí, seguro, y además, lecciones de danza, ya que estás en eso.
 La risa empequeñecía sus grandes ojos rasgados. Aunque estuviese sin afeitar y con el cuello desabrochado, ese hombre que se aproximaba a la cuarentena tenía todavía la gracia de la juventud. Era fácil imaginar al niño que debió haber sido. Se levantó y dio una vuelta a la mesa, ayudándose con un bastón, de punta de caucho, renqueando apenas.
 Su largo espinazo de gato flaco era el de un adolescente. Encendió un cigarrillo y dijo:
 -He aquí otra más que quiere la revolución, pero que sueña con transformar  a su hijo en propietario de caballos de carrera.
 Ella se encogió de hombros.
 -Entonces -insistió él- ¿por qué quieres hacer un jinete de Jean-Pierre? ¿Para que se enganche a los dragones de Libourne con un montón de marranos que pondrán en cuarentena al hijo del preceptor?
 -No te exaltes, ahorra tu voz para el mitin del once de noviembre...
 Ella vio, por su expresión, que había ido demasiado lejos; volcó en una fuente los porotos que llenaban su delantal y fue a abrazar a su marido.
 -Oye, Robert...
 Robert bien sabía que ella quería las mismas cosas que él. Lo seguía ciegamente, con una confianza total. Pero la política no era su fuerte e imaginaba bastante mal cómo iría el mundo una vez cumplida la revolución. Sería siempre un grupo de elegidos quienes dirigirían el país, ella estaba segura de eso. Los más inteligentes, los más instruidos, pero también los que tuvieran virtudes de jefe.
 -Y bien, quiero que Jean-Pierre sepa montar a caballo y, sobre todo, que adquiera las cualidades de destreza, valentía y audacia que en parte le faltan. Tiene todas las otras, salvo ésas...
 Robert Bordas observaba la mirada perdida de su mujer. No lo veía. Su corazón, en ese momento, estaba lejos de él.
 -La Escuela Normal forma profesores selectos para la Universidad -observó él un poco secamente-. Es su única razón de ser.
 -¡Vamos! Mira un poco a todos los ministros, los grandes escritores, todos los jefes de partido que han salido de ella... ¡Y Jaurès, el primero, y León Blum!...
 Él interrumpió:
 -Me sentiría orgulloso si Jean-Pierre presentara un día una buena tesis y se graduara en la Facultad de Letras. No pido nada más para él... O quizá en La Sorbona..., o en el Colegio de Francia... ¿Quién sabe? ¡Esto sí sería hermoso!
 Ella rió agriamente.
 -¡Ah!, ¡ahora sí! ¡Ahora me toca a mí admirar al famoso revolucionario que hay en ti! ¿Entonces crees que todas esas antiguallas quedarán en pie?
 -¡Seguramente! La Universidad será transformada, renovada; pero en  Francia la enseñanza superior será siempre la enseñanza superior... Tú no sabes lo que dices...
 Se interrumpió. A través de los vidrios de la puerta divisó a una mujer en la niebla.
 -Y ahora, ¿quién es ésa?
 -Una madre que viene a molestarnos y a quejarse de que hemos sido injustos con su pequeña.»

    [El texto pertenece a la edición en español de Alianza Editorial, 1973, en traducción de Susana Beatriz Newton. Depósito legal: M-29.686-1972.]