domingo, 11 de junio de 2017

"El nombre de la rosa".- Umberto Eco (1932-2016)


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Cuarto día: después de completas

«-Ves: entre los monstruos y las mentiras también han puesto obras de ciencia, de las que tanto deben aprender los cristianos. Así se pensaba en la época en que se construyó la biblioteca.
 -Pero, ¿por qué han puesto entre las falsedades un libro con el unicornio? -pregunté.
 -Sin duda, los fundadores de la biblioteca tenían ideas extrañas. Es probable que hayan pensado que este libro, donde se habla de animales fantásticos que viven en países lejanos, formaba parte del repertorio de mentiras difundidas por los infieles.
 -¿El unicornio es una mentira? Es un animal muy gracioso, que encierra un simbolismo muy grande. Figura de Cristo y de la castidad, sólo es posible capturarlo poniendo una virgen en el bosque, para que, al percibir su olor castísimo, el animal se acerque y pose su cabeza en el regazo de la virgen, dejándose atrapar por los lazos de los cazadores.
 -Eso dicen, Adso. Pero muchos se inclinan a pensar que se trata de una fábula inventada por los paganos.
 -¡Qué desilusión! Me habría hecho gracia encontrar alguno al atravesar un bosque. Si no, ¿qué gracia tendría atravesar un bosque?
 -Tampoco está dicho que no exista. Quizá no sea como lo representan estos libros. Un viajero veneciano, que llegó hasta países muy remotos, ya cerca del fons paradisi que mencionan los mapas, vio unicornios. Pero le parecieron torpes y sin gracia, negros y feísimos. Creo que los animales que vio tenían de verdad un cuerno en la frente. Es probable que hayan sido los mismos cuya descripción nos dejaron los maestros del saber antiguo, nunca del todo erróneo, a quienes Dios concedió ver cosas que nosotros no hemos visto. Aquella descripción inicial debió de ser fiel, pero al viajar de auctoritas en auctoritas, la imaginación la fue transformando, hasta que los unicornios se convirtieron en animales graciosos, blancos y dóciles. De modo que si te enteras de que en un bosque habita un unicornio, no vayas con una virgen, porque el animal podría parecerse más al que vio el veneciano que al que figura en este libro.
 -Y ¿cómo fue que Dios otorgó a los maestros del saber antiguo la revelación de la verdadera naturaleza del unicornio?
 -No la revelación, sino la experiencia. Tuvieron la suerte de nacer en países donde vivían unicornios, o en épocas en las que los unicornios vivían en esos países.
 -Pero, entonces, ¿cómo podemos confiar en el saber antiguo, cuyas huellas siempre estáis buscando, si nos llega a través de unos libros mentirosos que lo han interpretado con tanta libertad?
 -Los libros no se han hecho para que creamos lo que dicen, sino para que los analicemos. Cuando cogemos un libro, no debemos preguntarnos qué dice, sino qué quiere decir, como vieron muy bien los viejos comentadores de las escrituras. Tal como lo describen estos libros, el unicornio contiene una verdad moral, alegórica o anagógica, que sigue siendo verdadera, como lo sigue siendo la idea de que la castidad es una noble virtud. Pero en cuanto a la verdad literal, en la que se apoyan las otras tres, queda por ver de qué dato de experiencia originaria deriva aquella letra. La letra debe discutirse, aunque el sentido adicional siga siendo válido. En cierto libro se afirma que la única manera de tallar el diamante consiste en utilizar sangre de macho cabrío. Mi maestro, el gran Roger Bacon, dijo que eso no era cierto, simplemente porque había intentado hacerlo y no había tenido éxito. Pero si hubiese existido alguna relación simbólica entre el diamante y la sangre de macho cabrío, ese sentido superior habría permanecido intacto.
 -De modo que pueden decirse verdades superiores mintiendo en cuanto a la letra. Sin embargo, sigo lamentando que el unicornio, tal como es, no exista, no haya existido o no pueda existir algún día.
 -No nos está permitido poner límites a la omnipotencia divina y, si Dios quisiera, podrían existir incluso los unicornios. Pero consuélate, existen en estos libros, que, si bien no hablan del ser real, al menos hablan del ser posible.
 -Entonces, ¿hay que leer los libros sin recurrir a la fe, que es virtud teologal?
 -Quedan otras dos virtudes teologales. La esperanza de que lo posible sea. Y la caridad hacia el que ha creído de buena fe que lo posible era. 
 -Pero, ¿de qué os sirve el unicornio si vuestro intelecto no cree en él?
 -Me sirve como me ha servido la huella de los pies de Venancio en la nieve, cuando lo arrastraron hasta la tinaja de los cerdos. El unicornio de los libros es como una impronta. Si existe la impronta, debe de haber existido algo de lo que ella es impronta.
 -Algo que es distinto de la impronta misma, queréis decir.
 -Sí. No siempre una impronta tiene la misma forma que el cuerpo que la ha impreso y no siempre resulta de la presión de un cuerpo. A veces reproduce la impresión que un cuerpo ha dejado en nuestra mente, es impronta de una idea. La idea es signo de las cosas y la imagen es signo de la idea, signo de un signo. Pero a partir de la imagen puedo reconstruir, si no el cuerpo, al menos la idea que otros tenían de él.
 -¿Y eso os basta?
 -No, porque la verdadera ciencia no debe contentarse con ideas, que son precisamente signos, sino que debe llegar a la verdad singular de las cosas. Por tanto, me gustaría poder remontarme desde esta impronta de una impronta hasta el unicornio individual que está al comienzo de la cadena. Así como me gustaría remontarme desde los signos confusos dejados por el asesino de Venancio (signos que podrían referirse a muchas personas) hasta un individuo único, que es ese asesino. Pero no siempre es posible hacerlo en breve tiempo, sin tener que pasar por una serie de otros signos.
 -Entonces, ¿nunca puedo hablar más que de algo que me habla de algo distinto, y así sucesivamente, sin que exista el algo final, el verdadero?
 -Quizás existe, y es el individuo unicornio. No te preocupes, tarde o temprano lo encontrarás, aunque sea negro y feo.»
 

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