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domingo, 7 de septiembre de 2025

Más Platón y menos Prozac.- Lou Marinoff (1951)

Segunda parte: Cómo arreglárselas ante los problemas cotidianos
11.- ¿Por qué una moral o una ética?
¿Qué es el bien?

  «Tanto la ciencia como la religión contienen porciones de verdad moral, aunque uno no suscriba sus programas al completo. Ahora bien, si éstas no le satisfacen, la filosofía laica le ofrece otro medio de aproximarse a la moralidad y a la ética. "¿Qué es el bien?" tal vez sea la pregunta más antigua de la filosofía. La filosofía occidental propone como mínimo tres formas principales de pensar sobre la respuesta: el naturalismo, el antinaturalismo y la ética de la virtud. Cada una de ellas se presenta en distintas variedades.
 El primer naturalista fue Platón. Fundó la tradición idealista, que sostiene la existencia de una Forma universal, que es la Bondad. Para Platón, una Forma es una Idea, no una cosa material, aunque no por ello menos real. Separa el mundo de las apariencias (las cosas concretas tal como las percibimos) del mundo de las ideas o de las Formas. Todas las cosas de la Tierra son copia de Formas y mientras que las Formas en sí son perfectas (es decir, ideales), las copias son forzosamente defectuosas. Según Platón y sus seguidores, existe un ideal de Bondad. Para convertirnos en seres morales, nuestra tarea consiste en copiar el ideal tan bien como podamos. A medida que el tiempo pasa y vamos adquiriendo conocimientos, deberíamos ser capaces de hacer copias cada vez mejores, con lo cual nos iríamos acercando al ideal de Bondad. En el reino de las ideas, la Bondad desempeña la función del Sol: su radiación ilumina a todas las demás Ideas.
 Platón, sin embargo, dice no poder dar una definición concreta de la Bondad. Cree que la mente puede percibir su esencia, pese a no ser capaz de expresarla con palabras. Este postulado deviene circular (una buena persona es una persona llena de esta esencia indefinible), de modo que para subir a bordo tendrá que abrirse camino sirviéndose de un conocimiento intuitivo, más que explícito, de la Bondad.
 Platón creía firmemente que la educación ética era indispensable para obtener un comportamiento moral. Hacía hincapié en que la capacidad de pensar con actitud crítica (en sus tiempos, esto aludía a la geometría euclidiana) era el requisito previo de todo razonamiento moral. Por consiguiente, se quedaría horrorizado con el método que seguimos para enseñar ética a los niños más pequeños, suponiendo que lo hagamos. Si Platón tuviera que juzgar el sistema educativo estadounidense contemporáneo en su conjunto, lo encontraría éticamente empobrecido y moralmente fallido.
 Haríamos bien en seguir el consejo de Platón y sentar unos cimientos de pensamiento crítico y matemáticas antes de saltar a la ética. Como mínimo, deberíamos enseñar cómo se razona sobre la causa y el efecto. Si usted tiene hijos pequeños, deténgase a pensar cuántas veces al día se oye a sí mismo decir: "Eso no se hace", "Si eres una niña buena...", "¡Eso está mal!". De acuerdo, a un crío de dos años no va a largarle un discurso sobre el motivo de cada cosa, pero a medida que sus hijos vayan creciendo será preciso que les explique las razones y los ayude a desarrollar la capacidad de pensar moralmente sobre sus actos; de lo contrario, las normas que usted dicte no les parecerá más que una lista de reglas arbitrarias. En el colegio ya no se ocuparán de hacerlo por usted, y sin ello, sus hijos no serán capaces de conducirse con arreglo a la moral, requisito imprescindible para alcanzar la madurez personal y social. ¡Y además no le obedecerán!
 En tanto que los socio-biólogos consideren que la ética emana de la naturaleza, también serán naturalistas, aunque no por ello tienen que estar de acuerdo con los planteamientos idealistas de Platón. También las religiones son naturalistas, puesto que atribuyen la Bondad a Dios, quien presuntamente nos la confiere a nosotros.
 Otra gran escuela filosófica occidental de pensamiento sobre "¿Qué es el bien?" es el antinaturalismo, que también se presenta en distintas variedades. El antinaturalismo, en general, afirma que no hay nada en la naturaleza que sea bueno o malo. Es decir, lo moral y lo natural son cosas distintas. Hobbes, que era nominalista, fue un gran defensor de esta escuela. Tal como hemos visto, los nominalistas sostienen que no hay valores universales, que bien y mal sólo son nombres que damos a las cosas. El bien y el mal no existen, nos diría Hobbes, sólo lo que gusta y desagrada a las personas. La moralidad, en la práctica, es limitada, personal y subjetiva. No hay dos personas que se muestren completamente de acuerdo en las reglas básicas, lo cual explica que entremos en conflicto con tanta facilidad. 
 G.E. Moore, otro destacado antinaturalista, creía que si bien hay muchas cosas que podemos medir con instrumentos, el Bien no se cuenta entre ellas. O mejor, lo contrario, que el Bien no puede definirse ni analizarse. Cuando tratamos de valorarlo, caemos en la "falacia naturalista". Moore no reconoce ninguna esencia detectable de bondad. Nadie sabe decir qué significa el Bien, sostiene, y sin duda no es una mera cuestión de etiquetar cosas (para diferenciar su postura de la de Hobbes). Moore creía que hay actos correctos y erróneos, pero que éstos no se derivan de ninguna idea concreta del Bien.

 El bien, entonces, si con ello nos referimos a esa cualidad que afirmamos que pertenece a una cosa cuando decimos que algo es bueno, no se ajusta a ninguna definición, en el sentido más amplio de la palabra. G.E.Moore
 
 Hume anticipó la línea de pensamiento de Moore. Sostenía que uno nunca puede "derivar el deber del ser", dando a entender que no se puede sacar ninguna conclusión lógica sobre lo que debe hacerse partiendo simplemente de lo que se ha hecho.
 Por ejemplo, sólo porque X haga daño a Y no significa que X hiciera mal al perjudicar a Y. Sólo cabe considerarlo así mediante la premisa adicional de que hacer daño a otro está mal, pero en ese caso se habrá asumido, que no demostrado, un principio moral. Hume hacía hincapié en que, aunque emitamos juicios de valor, debemos reconocer que no son productos de hechos innegables.
 Una tercera manera de pensar sobre el Bien es la llamada ética de la virtud de Aristóteles, que ya hemos visto en varios casos hasta ahora. La ética de la virtud sostiene que la bondad es resultado de las virtudes. Si inculcamos virtudes en las personas, éstas serán buenas. Este planteamiento también lo desarrollaron los confucionistas y muchos moralistas religiosos.

Por consiguiente, es posible ir demasiado lejos, o no lo bastante, en el miedo, el orgullo, el deseo, el enojo, la piedad y el placer y el dolor en general, y el exceso y el defecto son erróneos por igual; pero sentir estas emociones en los momentos correctos, por los objetos correctos, hacia las personas correctas, por los motivos correctos y de manera correcta, constituye el bien medio o mejor, que es fruto de la virtud. Aristóteles.»

  [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones B, 2006, en traducción de Borja Folch, pp. 240-243. ISBN: 84-96546-85-3.]

domingo, 22 de diciembre de 2024

Matemáticas e imaginación.- Edward Kasner (1878-1955) y James Newman (1907-1966)


Pie (𝝿, 𝒊, 𝒆). Trascendente e imaginario

 «Un universo donde faltaran 𝝿 y 𝒆, como lo ha dicho algún espíritu antropomórfico, no sería inconcebible. Difícilmente uno podría imaginarse que el sol dejara de salir o que las mareas cesaran de producirse por falta de 𝝿 y 𝒆. Pero sin estos artificios matemáticos, lo que sabemos del sol y las mareas, a pesar de nuestra habilidad para describir todos los fenómenos naturales, físicos, biológicos, químicos o estadísticos, estaría reducida a dimensiones primitivas.

𝒊

 Alicia estaba censurando a Humpty Dumpty por las prerrogativas que tomaba con respecto a las palabras: "Cuando yo uso una palabra", replicó Humpty con un tono despreciativo, "ella significa precisamente aquello que yo quise decir, ni más ni menos". "La cuestión es", dijo Alicia, "si usted puede hacer que una palabra signifique tantas cosas diferentes". "La cuestión es", dijo Humpty, "conocer a fondo el asunto, eso es todo".
 Aquellos que están preocupados (y son muchos) , por la palabra "imaginario", tal como se la usa en matemáticas, deberían prestar atención a las palabras de Humpty Dumpty. Por supuesto que, a lo sumo, esto es cosa de poca importancia. Repetidas veces en las matemáticas, a palabras muy diferentes se les atribuyen significados técnicos. Pero, como lo ha dicho tan perspicazmente Whitehead, esto sólo es confuso para inteligencias inferiores. Cuando una palabra está definida con precisión y significa solamente una cosa, no hay más razón para criticar su uso que para criticar el uso de un nombre propio. Nuestros nombres de pila pueden no agradarnos, o no podrán satisfacer a nuestros amigos, pero ocasionan pocas equivocaciones. La confusión surge únicamente cuando la misma palabra tiene varias acepciones y constituye lo que Humpty Dumpty llama una "maleta de viaje".
 La semántica, una ciencia que hoy día está de moda, se dedica al estudio del uso adecuado de las palabras. Sin embargo, hay mucha mayor necesidad de la semántica en otras ramas de la ciencia que en las matemáticas. En efecto, la mayor parte de los males que aquejan hoy al mundo, provienen del hecho de que algunas de sus más volubles alabanzas son, por cierto, antisemánticas.
 Un número imaginario representa una idea matemática precisa. Se impuso por la fuerza en el álgebra de la misma manera que lo hicieron los números negativos. Llegaremos a entender más claramente cómo entraron en uso los números imaginarios si consideramos el desarrollo de sus progenitores, los números negativos.
 Los números negativos aparecieron como raíces de ecuaciones tan pronto hubo ecuaciones o, mejor dicho, tan pronto como los matemáticos se ocuparon del álgebra. Toda ecuación de la forma: ax + b = 0, en la que a y b son mayores que cero, tiene una raíz negativa.
 Los griegos, para quienes la geometría era un regocijo y el álgebra un mal necesario, descartaron los números negativos. Incapaces de adaptarlos a su geometría, imposibilitados para representarlos gráficamente, los griegos no consideraron, en modo alguno, a los números negativos. Pero el álgebra los necesitaba para desarrollarse. Más sabios que los griegos, más eruditos que Omar Khayyám, los chinos y los hindúes reconocieron los números negativos antes de la era cristiana, no como aprendidos en la geometría, pues no tenían escrúpulos de conciencia con respecto a los números que no podían dibujar en un gráfico. Hay una repetición de esa indiferencia en desear representaciones concretas para ideas abstractas en las teorías contemporáneas de la física matemática (relatividad, mecánica de los cuantos, etc.), las que, si bien son comprensibles como símbolos en el papel, desafían diagramas, cuadros o metáforas adecuadas para explicarlas en términos de la experiencia común.
 Cardano, eminente matemático del siglo XVI, jugador y bribón de vez en cuando y a quien el álgebra le debe muchísimo, fue el primero que reconoció la verdadera importancia de las raíces negativas. Pero su conciencia científica lo reprendió hasta tal punto que las llamó "ficticias". Rafael Bombelli, de Bolonia, prosiguió la obra de Cardano donde éste la había dejado. Este último había hablado de las raíces cuadradas de números negativos, pero no llegó a comprender el concepto de imaginarios. En una obra publicada en 1572, Bombelli señaló que las cantidades imaginarias eran indispensables para la solución de muchas ecuaciones algebraicas de la forma x²  + a = 0, donde a es cualquier número mayor que cero y que no puede ser resuelta sino con el auxilio de imaginarios. Tratando de resolver una ecuación sencilla como x² + 1 = 0 hay dos alternativas. O la ecuación no tiene sentido, lo cual es absurdo, o x es la raíz cuadrada de -1, que también es absurdo. Pero las matemáticas tienen buen éxito con los absurdos y Bombelli salió del paso aceptando la segunda alternativa.»

  [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Orbis, 1987, en traducción de José Celdeiro Ricoy, pp. 99-102. ISBN: 84-85471-55-5.]

domingo, 25 de septiembre de 2022

El origen del pensamiento.- Armando Palacio Valdés (1853-1938)


Biografia de Armando Palacio Valdés
V


 «A la manera que el grano depositado en la tierra germina bajo la acción combinada del calor y la humedad, así las preciosas ideas depositadas por Moreno en el cerebro del ingenioso Sánchez germinaron allí toda la noche bajo la tibia temperatura de las sábanas. Hasta que el sueño vino a apoderarse de sus facultades mentales no dejó de repetirse con creciente asombro: “¡El excremento!”. Y esta idea, maravillosamente fecunda, iba penetrando poco a poco en su ser, se apoderaba de él y le abría repentinamente inmensos horizontes en los cuales su genio dormido jamás había soñado.
  Cuando se levantó por la mañana tenía las mejillas enrojecidas, los ojos brillantes, todo el cuerpo en tan ágil disposición, que su digna esposa quedó, al verle entrar en el comedor, no poco sorprendida. La sorpresa fue en aumento cuando Sánchez, después de tomar el desayuno, en vez de retirarse a su gabinete para terminar concienzudamente la lectura de La Época, se dirigió a la cocina y preguntó si había alguna legumbre fresca. Como la criada no hubiese traído ninguna aquel día, se apoderó al fin de una cebolla y se fue a su cuarto; destornilló el objetivo de unos gemelos de teatro, y con esta lente improvisada se pasó la mañana dando cortes trasversales al vegetal y examinando detenidamente su estructura. Por la tarde salió a dar su acostumbrado paseo por el Retiro. ¡Ah, este paseo tenía ahora muy diversa significación! Hasta entonces Sánchez había paseado por puros motivos higiénicos, arrastrado de la costumbre. Su pensamiento permanecía inactivo lo mismo cuando daba vueltas en torno del Ángel caído que cuando se sentaba frente al Estanque grande y descansaba horas enteras haciendo rayas en la arena con el bastón. Mas ahora aquellos senderos, aquellas calles de árboles estaban iluminadas por la chispa que ardía en su cerebro. Ya no las cruzaba con la indiferencia vituperable del ignorante. La Naturaleza comenzaba a hablarle su lenguaje grave y solemne, prometiendo revelarle los secretos que guarda en su seno.
  Don Pantaleón, dándose cuenta vagamente del alto destino a que estaba llamado y del importante papel que pronto iba a representar en el progreso de los conocimientos humanos, respondió dignamente a los llamamientos del reino vegetal. No daba cuatro pasos sin que se detuviese a conversar con algún árbol del camino. Arrancaba delicadamente una ramita y, aplicando el ojo a la lente, examinaba con atención sus particularidades morfológicas. No sólo los grandes árboles añosos, que bordeaban el paseo, eran objeto de su atención investigadora. Con admirable intuición comprendía ya que las plantas más diminutas merecían el mismo examen atento que los árboles seculares, porque en todas partes la Naturaleza revela su inmensa riqueza. Por eso brincaba a menudo por encima de los setos y se metía por los cuadros de flores para estudiar los organismos inferiores.
  —¡Eh, abuelo! ¿Qué hace usted ahí plantado en medio del cuadro? ¿No sabe usted que está prohibido entrar?
  La voz ruda de un guarda le arrancaba inesperadamente de su profunda contemplación y le obligaba a volver al camino. La ciencia, el progreso, la humanidad perdían cada vez que esto sucedía inapreciables tesoros de observación. Mas los guardas no lo sabían. El mismo Don Pantaleón, en la inconsciencia de su genio, tampoco lo sospechaba.
  Durante varios días realizó, tanto en el Retiro como en el silencio de su gabinete, estudios profundos y minuciosos sobre la estructura de todos los vegetales que pudo procurarse. Al cabo llegó con poderosa intuición a persuadirse de que el mundo vegetal está constituido por un tejido de una complicación maravillosa; que en las frutas y las legumbres este tejido es blando, lo cual permite que sean masticadas, mientras en la madera duro y resistente, por cuya razón no sirve para la alimentación. Una vez comprobadas estas preciosas observaciones, se apresuró a formularlas por escrito en su cuaderno de notas.
  Mientras Don Pantaleón se alzaba de golpe con raudo vuelo a las esferas más altas del pensamiento, su amistad con Adolfo Moreno, origen de este memorable suceso, se estrechaba cada vez más. Moreno comenzó a visitar la casa; se pasaba las horas encerrado con aquél en su gabinete. Había hallado por fin el hombre por quien siempre suspirara; un hombre callado, atento, que se interesase por la morfología y que le creyese un sabio. En efecto, Sánchez llegó pronto a convencerse de que Moreno era un hombre distinguidísimo. Al oírle disertar extensamente, unas veces sobre la fuerza repulsiva del sol, otras sobre el radiómetro, ahora sobre el estómago de las plantas, más tarde acerca de la organización y las costumbres de los coleópteros, quedó vivamente asombrado. Adolfo Moreno era un ingenio universal. Economía política, medicina, zoología, química, astronomía, estadística, arte de construcciones, material de guerra, etc., todo lo abrazaba su inteligencia realmente excepcional. Y lo más pasmoso del caso era que cuando tocaba cualquiera de estos ramos del saber lo hacía siempre en un punto concreto y especialísimo, lo cual probaba la solidez de sus conocimientos. Alguno de sus muchos envidiosos quería suponer que esta especialidad no tanto dependía de la profundidad de su ciencia cuanto de la forma en que ciertas revistas esparcen los conocimientos útiles. Pero esta venenosa observación no merece siquiera que se la refute. Su fuerte era la biología y particularmente el desenvolvimiento fisiológico del tipo humano.
 —Me sorprende muchísimo, señor de Moreno —le dijo un día Don Pantaleón, después de oírle exponer asombrosamente durante media hora lo menos «las enfermedades de la sangre del ratón»—, me extraña muchísimo que con los grandes conocimientos que usted posee no sea usted médico o ingeniero, o por lo menos doctor en ciencias.
  La boca de Adolfo se contrajo con una sonrisa dolorosa y sarcástica. Sacudió la cabeza en silencio, resopló tres o cuatro veces por la nariz, y dijo al cabo sordamente:
  —Empecé a prepararme hace algunos años para la carrera de ingeniero de minas, pero comprendí muy pronto que no era ésa mi vocación verdadera, y la dejé después de tener aprobadas algunas asignaturas. Quise estudiar medicina, que, como usted habrá comprendido, es lo que más concuerda con mis inclinaciones. Pues bien, al segundo año he tenido que abandonarla por dignidad. ¿A que no sabe usted en qué asignatura me han dejado tres veces suspenso?
  Sánchez le miró con ojos interrogantes.
  —Vamos, imagíneselo usted.
  Don Pantaleón hizo una mueca para significar que le era imposible.
  —¡En fisiología!
  Ambos cayeron a la vez en un espasmo violentísimo de risa.
  —¡Pero eso es un absurdo! —profirió al cabo con trabajo Don Pantaleón.
  —¡Ahí verá usted! —repuso Moreno quitándose las gafas para limpiar los cristales, que se habían empañado con el vapor de las lágrimas producidas por la risa.
  —¿Y usted se ha resignado con tal fallo? Ese tribunal merecía un severo castigo —manifestó el caballero, volviendo a su seriedad habitual.
  —Yo les hubiera puesto de buena gana una corrección por mi mano… pero… amigo don Pantaleón, estoy muy débil. El hambre me tiene muy débil.
  —¡El hambre! —exclamó Sánchez estupefacto.
  —Sí; el hambre, querido Sánchez, el hambre. Para la lucha por la existencia se necesitan fuerzas; para tener fuerzas se necesitan glóbulos rojos en la sangre; para que haya glóbulos rojos en la sangre precisa nutrirse… Yo no me nutro, porque no como carne.
Descargar] El origen del pensamiento - Armando Palacio Valdés en ...  Don Pantaleón le miraba cada vez con mayor asombro. Algo había traslucido de la mala situación económica en que Moreno se hallaba; pero viéndole tomar café muy sosegadamente todas las noches y vestir con relativa elegancia, aunque siempre sucio y desaliñado, no podía sospechar que su estado llegase a tal extremo de necesidad. En la tertulia del Siglo muy poco o nada se sabía de sus medios de vivir. Por las frases amargas que a menudo dejaba escapar se suponía que no eran muchos, y por el cuidado con que ocultaba su domicilio y evitaba el hablar de su familia calculaban que debían de ser bien humildes.
  —Señor Moreno, yo no pensaba…
  —¡Piénselo usted todo, amigo Sánchez, piénselo usted todo! —exclamó el joven con un gesto de resolución desesperada.
  Y después de permanecer largo rato silencioso, con la mirada fija en el balcón, profirió al fin sordamente:
  —La Naturaleza no ha sido para mí suave como para otros. Yo soy un hombre del arroyo. Entre torbellinos de polvo, arrastrado por el viento, un germen viene a caer cierto día en las inmundicias de la calle. Los transeúntes lo pisotean, los barrenderos arrojan sobre él montones de basura; todo parece conspirar para que el grano no germine. Pero como guarda dentro de sí una fuerza de expansión superior a la mayor parte de sus hermanos, como tiene además una capa dura que le preserva contra las influencias nocivas, el germen no sucumbe. Los agentes externos consiguen tener en suspenso por algún tiempo sus funciones biológicas, pero al cabo el grano logra germinar, hunde sus raíces en la tierra y alza al aire su tallo. ¿Por qué? Porque viene provisto de armas para la lucha por la existencia… Tal es la historia de mi vida. Fui arrojado un día en medio de la sociedad, que me rechazó, que me persiguió, que hizo todo lo posible por que sucumbiese. Lo mismo que pasa exactamente en un bosque en la época de la germinación y durante el desenvolvimiento de los árboles nuevos. Los árboles grandes me interceptaban el sol y la lluvia benéfica, me robaban el alimento de la tierra. Gracias a la energía indomable de mi carácter pude luchar, sin embargo, y logré triunfar. Es la ley de la selección que ya conoce usted. En esta gran batalla de la existencia perecen los débiles; sólo viven los más aptos… He padecido en este mundo muchas privaciones, amigo Sánchez, mucha hambre y mucho frío (guarde usted el secreto); aun hoy los padezco a menudo. Realmente necesité verme admirablemente dotado por la Naturaleza para no haber perecido hasta ahora.
  Don Pantaleón se mostró profundamente interesado por estas confidencias, y su admiración hacia Moreno, aquel germen tan apto, creció desmesuradamente. No se atrevió a pedirle pormenores sobre las peripecias de la lucha ni sobre qué terreno se estaba realizando ahora. Lo único que se aventuró a decir fue:
  —Espero, señor Moreno, que no tardará usted en triunfar por completo de los agentes externos. Un hombre de tanto mérito como usted no puede menos de abrirse camino en el mundo.
  —¡El mérito! ¡el mérito! —murmuró Adolfo con sonrisa sarcástica—. Ahí está precisamente el pecado. A causa de su mérito se persigue a los hombres, como al almizclero por la bolsa donde guarda el almizcle.
  Este símil zoológico causó tan profunda sensación en Sánchez que, con la viva imaginación que le caracterizaba, desde aquel día, cuando tropezaba con un hombre de mérito, no podía representárselo sin una bolsita llena de sustancia aromática debajo del ombligo.»

   [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Dédalo, 1957.]

sábado, 26 de febrero de 2022

Vasilíu, hojas sueltas.- Ion Vianu (1934)


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Capítulo III

La política es lo primero

 «-En el verano de 1944, por fin aparece el enemigo. Un colega de bachillerato, Misu Ionescu, hijo de un oficial que está en el frente, un tipo atlético con una fuerza colosal, rugbista. Me habla de su “misión especial”. Sabe quién fue mi padre, un comunista fallecido en la sede de la Seguridad del Estado; tiene confianza en mí. Me propone colaborar como “técnico”. Nos encontramos en una de las calles con nombre de aviadores: Tetrat, Serban Petrescu, en la zona de Dorobanti. Me entrega un sobre. Otras veces tengo que aprender de memoria un mensaje cifrado, como el de Radio Londres. Voy a los barrios de Domenii, de Vatra Luminoasa, transmito órdenes secretas a unas gentes con cara de plomo. No sé de qué se trata, sólo que “nosotros” estamos en contra de los alemanes, en contra de la guerra.
 Después del veintitrés de agosto comprendo: he sido utilizado por el Partido Comunista; he sido “ilegalista”.
 Aquí interviene –continúa Vasilíu- un rasgo de mi carácter que habrá observado. Nunca, me dice una voz interior, un pequeño daimon, nunca utilices en tu provecho un hecho dictado por una necesidad íntima. Ganas, injustamente dos veces –subraya Vasilíu con voz trémula-. Primero, logras ensalzarte a tus propios ojos. Segundo, ganas un beneficio material, subes de grado. No… Se trata del orgullo, orgullo loco. Esperas que la gente acuda para agradecerte y rogarte de rodillas que aceptes… agradecimientos, privilegios. Algo que nunca ocurre. El reconocimiento es aún más escaso que el agradecimiento –dice Vasilíu.
 Idealismo, ingenuidad, sentido de la justicia… estos son los ingredientes de Ioil García. A los cuales, la vuelta del fantasma de Leonard, mi verdadero padre redescubierto, no derribó, al contrario, fortaleció; un héroe es idealista, desinteresado. Siempre Don Quijote. ¿Qué le ocurre al Caballero de La Mancha? ¡Se enfrenta a carreteros, a vagabundos que se burlan de él, lo apalean! ¿Recuerdas al chico de la calle Mosilor? ¿El que alcanzaba a escupir lejos y que me decía que era un “bolchevique” porque llevaba una chaqueta roja, como en Epsom? Que sepas –dice Vasilíu (viejo, asqueado, con cierta serenidad que me produce malestar)-, que el encuentro con el chico, cuyos dedos ennegrecidos se salían de las sandalias, no me ha abandonado nunca. He vivido en el Bulevar, cerca de la esquina con Mosilor. Caí aquí en paracaídas, hace cinco minutos. Siempre hace cinco minutos. Parezco idiota. Un individuo ridículo, inadecuado a las circunstancias. Es lo que fui. La gente se reía de mí, con justa razón.
 Pero muy hábil para mentirme. Inventé un sinfín de pretextos para no adaptarme.
 “Adaptación, igual a desvergüenza” era una de mis ecuaciones. Al mismo tiempo se despertó en mí la ambición. ¿Cómo tener éxito sin adaptarse? Empecé a canalizar toda mi energía para solucionar este problema. Perdí mucho tiempo, mucha energía en ello. Puse mis talentos al servicio de la “causa”. Una manera de tomarse a sí mismo el pelo.
 Por ejemplo, hacia 1946, mucha gente vislumbra el “mundo del mañana”. Se vaticina un gran cambio, “un tipo de socialismo”. La gente se niega a ver el cataclismo, el hundimiento de la sociedad… A mí se me podría considerar lúcido por vaticinar la catástrofe que no iba a tardar en producirse. Soy joven, sin embargo no me hago ilusiones como tantos otros en aquel tiempo: no percibían el peligro mayor que les iba a destrozar. Llego a ser un apóstol de la violencia. Un filosoviético excitado. Me parece que voy más lejos que los otros. ¡Estupendo movimiento! Soy ofensivo, devoro a los burgueses a grandes bocados. Bueno, hasta aquí soy un oportunista enérgico… Pero si no me reúno con los que tendrían que ser mis aliados, los que atisban el cambio para aprovecharse y tener una silla en primera fila ¿de qué sirve? Soy un luchador solitario por una causa colectiva. Por eso nadie me toma en serio en ninguno de los dos bandos. Alguien dice de mí: “Es un individualista feroz”. Desgraciadamente, no tengo los colmillos a medida de mi deseo de morder.
 […]
 Es mi momento de poder. Pensé entonces que había iniciado el camino del éxito, que nada iba a interrumpir mi ascensión. El ímpetu parece invencible. Animado por las “hadas madres”, colmado por las energías de lo soñado y de mis savias, no mi imagino qué podría detenerme.
 Para hacer mi entrada en la vida elegí la medicina. Deseo arrojarme a la acción. Simbolizada por la unión voluptuosa acaecida en el sueño. Pensar en el niño que nacerá de mi unión con Galatea.
Resultado de imagen de ion vianu hojas sueltas ¿Por qué no se cumple mi programa? No logro desprenderme de la parte cursi de mi niñez. Pienso un poco. Mi genealogía, con aquel abuelo que nunca conocí, un individuo lleno de secretos, de emociones turbias; mi padre que muere misteriosamente… Huérfano a los cinco años, educado por una madre que interpretaba a Chopin, que me adoraba incestuosamente, que me idealizaba como a un gentlman… El amante de mi madre, músico ingenuo… todos los ingredientes del melodrama. El único que me da una educación viril, filosófico-viril, es mi tío Rudra. Me ayuda a vencer el sentimentalismo. Me abre perspectivas hacia el mundo áspero de las ideas… Pero en la misma ampolla hay también veneno, negación, la nada. Existimos como ilusiones, idola, suma de fuerzas que se cruzan, se unen durante un tiempo limitado. Las partes que nos componen se descompondrán perdidas, volverán a componer otros cuerpos, otras vidas, igual de pasajeros. El velo del sufrimiento universal está tejido por el sufrimiento… también ilusorio.
 La doctrina de Rudra me está desmoralizando. He salido de la cuna de lágrimas donde crecí al lado de mi madre, de la utopía cándida de Ioil, para entrar en el universo ácido del filósofo. Un mundo en el cual los amores son pasajeros; segura, definitiva, es únicamente la soledad helada.
 Mi inteligencia se desarrolla en un sentido negativo, nihilista. Ser constructivo me resulta imposible, hay demasiadas ruinas en mi entorno, en mi interior.
 Toda la vida he ido recordando la noche de Valea Murei: el anhelo del nacimiento de un hijo –fruto de la unión entre un hombre y una mujer-. Mi obra. Mis ilusiones no pasarán de ser espectros, iguales que los fantasmas reunidos que me rodearon aquella noche de verano. Tampoco nacerá un hijo, mis uniones de más tarde se quedaron estériles.
 Vuelvo a Bucarest –reanuda Vasilíu, tras observar que mi atención se había relajado por un momento-. Tengo la cabeza llena de proyectos. No me doy cuenta de las dificultades que me esperan. Estoy lleno de energía revolucionaria. Para algunos lo que está pasando es una catástrofe, a mí me parece que es un principio de otra era, un amanecer. La Revolución llama a la puerta. Me hago miembro del Partido. Bramo en las reuniones en contra de los burgueses. Estoy al lado de los poderosos, los débiles que se larguen adonde quieran. Los obreros, los campesinos y los intelectuales: yo pertenezco  a la nueva Trinidad. Una sola palabra para todo lo que está pasando: entusiasmo.
 (Delante de mí está un hombre viejo, enfermo. Parece que aguanta peor la vuelta al pasado que la enfermedad y la usura física. La voz le titubea. Su mirada es borrosa, el ojo opaco, de muerto reciente).
 No le hablaré de la terrible angustia de aquellos tiempos. Busque en los libros de historia –me dice casi agresivamente-. Le hablo de mí –retoma encarnizado, a pesar de que yo no le contradigo-. ¿Cómo pude yo, que difícilmente me sustraje al drama burgués, llegar a ser un niño de la revolución? ¡A pesar de la muerte de mi padre en los calabozos de la Seguridad del Estado y de las enseñanzas de Ioil! Intentaré aclarárselo.
 Le hablé de Misu Ionescu, el que me reclutó en la red de mensajeros del partido en 1944. Aquel tipo grandullón, musculoso, despiadado. ¿Y a quién encuentro en la sala de las autopsias de la Facultad de Medicina como colega? A Misu. Ya no tiene espinillas en la cara. Se acuerda de nuestra amistad. Es de los pocos que me demuestran simpatía. Los “burgueses” me evitan; para los proletarios soy alguien extraño, difícil de comprender. Misu sabe por dónde cogerme, tiene un recuerdo preciso de aquellas misiones ilegales que llevé a cabo concienzuda, valientemente. Una mañana estamos los dos en las clases prácticas. Estamos disecando el cadáver de un varón. Sumergidos en el formol, inertes, los órganos han perdido la apariencia de la vida. Los músculos, los tendones, son como sogas torcidas. El cuerpo, despojado de las vísceras, es una jaula vacía. El rostro es una máscara, en el cual han puesto su impronta experiencias que ya no pueden ser descifradas. A través de estos cuerpos intentamos reconstruir al ser humano. Se parecen a unos muñecos grandes, desmontados impúdicamente; imaginamos su nombre, su historia y este final sin tumba “en provecho de la ciencia”. Fantasmas: el hombre que disecamos es un ricachón arruinado por nuestra revolución. La familia no pagó su entierro, llegó a la sala de disección.»

   [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Aletheia, 2010, en traducción de Ioana Zlotescu Simatu, pp. 55-57 y 58-60. ISBN: 978-84-932877-6-4.]

miércoles, 2 de junio de 2021

Crítica y dramaturgia.- Gotthold Ephraim Lessing (1729-1781)


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VI.-El uso de los animales en la fábula (Fragmento de “Disquisiciones sobre la fábula”)


 «¿A qué se debe que las fábulas estén pobladas, en su mayor parte, por animales y otras criaturas inferiores? ¿Acaso el elevar a los animales a la categoría de seres morales es una cualidad esencial de la fábula? ¿No será un simple pretexto para que el poeta pueda alcanzar sus objetivos con más facilidad y rapidez?, ¿o una práctica que no tiene otro fundamento más sólido que el de rendir homenaje a su primer inventor, porque, cuanto menos, resulta graciosa? (Quod risum movet*)? ¿O existe otro motivo?
 Yo no sé si Batteux, cuando improvisó su explicación para este uso de los animales, no anticipó esta pregunta o si, por el contrario, tuvo la suficiente astucia (eso debió de creer él) para desentenderse de ella: “La fábula”, dijo, “es la narración de un argumento alegórico que, por lo general, tiene como protagonistas a los animales”. Vamos, ¡toda una explicación à la françoise! Pasando por el tema de puntillas, como el gallo por las brasas. ¡Lo que queremos saber es por qué tiene como protagonistas a los animales! Ay, ¿qué nos preguntará un lento alemán?
 El único crítico que ha tocado este punto es Breitinger. Por este solo dato merece que escuchemos con la máxima atención todo lo que tiene que decirnos: “Esopo se servía de la fábula para retratar la vida de la gente llana. Por eso todas sus enseñanzas se resumen en máximas conocidas y normas para la vida; para representarlas de una manera alegórica se servía de historias y ejemplos que hallaba fácilmente en la realidad cotidiana. Como las actividades y las historias cotidianas de la gente no tenían nada de excepcionales ni de cautivadoras, los fabulistas se vieron en la necesidad de idear un medio para darle a la narración alegórica un aspecto atractivo y un poder de seducción que le abriera las puertas del corazón humano. Cuando descubrieron que sólo lo inusual, lo nuevo y lo fantástico causaban ese efecto en el espíritu, se les ocurrió la idea de dotar al cuerpo de la fábula de una belleza insólita y seductora introduciendo en el relato el elemento extraordinario a través de la novedad y la rareza. La narración consta de dos elementos esenciales, que son el personaje y el asunto o argumento; sin éstos no se concibe la fábula. Por tanto, el elemento extraordinario, que, como ya he dicho, ha de dominar el relato, estará asociado o bien al argumento o bien a los personajes a los que se adscribe. Es un elemento que irrumpe en los quehaceres e historias cotidianas y que aparece, por norma general, bajo la forma de lo insospechado, ya sea en la temeridad de la empresa, en la maldad o bondad de su ejecución, o incluso en el desenlace del asunto. Dado que estas historias extraordinarias ocurren muy raramente en nuestra vida cotidiana y la mayor parte de las que nos suceden normalmente no tienen en sí nada extraordinario ni digno de referirse, se impuso darle a las mismas el agradable brillo de lo fabuloso mediante el cambio y la metamorfosis de los personajes, para que el relato, que es el cuerpo de la fábula, no se hiciera aburrido. Y como los seres humanos, con ser variados, cuando se observan en general, guardan un gran parecido y una gran relación entre sí, se optó por introducir en la narración seres de naturaleza superior que se tenían por reales, como los dioses y los genios, y otros que debían su existencia a la libre imaginación del poeta, como las Virtudes, las Fuerzas del Espíritu, la Fortuna y la Ocasión; pero, por encima de todo, el fabulista se tomó la libertad de elevar a los animales, las plantas y otros seres inferiores a ellos, como los inanimados, a la categoría de seres racionales, concediéndoles el don de la razón y del habla para que pudieran comunicarnos su situación y sus peripecias en un lenguaje comprensible para nosotros y darnos ejemplo con la moralidad de sus actos”.
 Así, según Breitinger, el motivo de que los animales y las demás criaturas que aparecen  en las fábulas hablen y se comporten racionalmente no es otro que la búsqueda del elemento extraordinario. Es esta creencia la que le lleva a concluir que, en general, la fábula, considerada en su esencia y en su origen, no es otra cosa que una fantasía aleccionadora. Manteniéndome fiel a mi promesa, me centraré en esta última explicación.
 Mi análisis dilucidará, ante todo, si la introducción de los animales en la fábula reviste verdaderamente un carácter extraordinario. Si así fuera, Breitinger tendrá mucho ganado a su favor; pero si no lo es, todo el sistema que ha creado para explicar la fábula se vendrá abajo.
 Para responder a la cuestión de si la introducción de los animales en la fábula reviste un carácter extraordinario citaremos, primeramente, las palabras del propio Breitinger: “El elemento extraordinario”, dice, “destierra toda apariencia de verdad y posibilidad”. Esta imposibilidad aparente estaría, por lo tanto, en la esencia misma de lo extraordinario; pero contrastemos esta afirmación con el uso que le daban a este elemento en la antigüedad, cuando ya se utilizaba por sistema. Me explico: los autores antiguos gustaban de comenzar sus fábulas con el seguido del acusativo en cuestión; a este procedimiento lo bautizaron los retores griegos con el nombre de “exponer la fábula en acusativo” (ταις αιτιατικαις). Cuando Teón trata de esta práctica en sus “Ejercicios preparatorios”, lo hace remitiéndose a un pasaje de Aristóteles en el que el filósofo le da su aprobación y declara que en la introducción de la fábula se hace, sin duda, más aconsejable apelar a la Antigüedad que hablar en primera persona, porque así queda mejor disimulado el hecho de que está contando algo imposible (ινα παραμυθησωνται το δοκειν). ¿Eso pensaban los antiguos? ¿Que había que reducir al máximo la inverosimilitud de sus fábulas? De haber sido así, lo lógico sería que se hubieran abstenido de incluir en ellas el elemento extraordinario y más aún de tenerlo como meta, puesto que este elemento se apoya, necesariamente, en la propia inverosimilitud.
Resultado de imagen de critica y dramaturgia lessing Pero sigamos. Aunque, como dice Breitinger, “el elemento extraordinario es el grado más alto de lo nuevo”, para que esta novedad del elemento extraordinario tenga en nosotros el debido efecto, no ha de afectar sólo al elemento mismo, sino a nuestras propias expectativas. Extraordinario es sólo aquello que se da muy rara vez en el curso natural de las cosas; y únicamente sigue teniendo efecto sobre nosotros cuando se nos representa muy raras veces en la imaginación. Cuando un estudioso de la Biblia lee un milagro, por muy grande que éste sea, no le hará ni muchísimo menos la misma impresión que la primera vez que lo leyó. Tanto asombro le causara leer que el sol se detiene una vez en el cielo como ver que sale y que se pone todos los días. El milagro sigue siendo el de siempre, pero su reacción ante él ya no lo es, porque lo ha leído muchas veces.
 Lo mismo ocurre con las fábulas: la aparición de los animales sólo nos parece asombrosa en las primeras que leemos; pero cuando nos damos cuenta de que los animales hablan y razonan prácticamente en todas, el prodigio, por muy grande que sea, ya no tiene para nosotros nada de sorprendente.
 Pero no sé para qué le doy tantas vueltas a este tema, cuando puedo liquidarlo de un plumazo. Iré al grano: el hecho de que los animales y otras criaturas inferiores a ellos tengan uso de habla y razón es algo que ya se da por sentado en la fábula: se trata de algo asumido, que ha perdido la facultad de maravillarnos. Cuando leo en las escrituras: “Y el Señor le abrió la boca a la burra y ésta le habló a Bileam”, etc, se trata de un suceso que se nos cuenta como maravilloso, pero cuando Esopo escribe: “Cuentan que, mientras los animales hablaban, la oveja le dijo al pastor”, es evidente que el fabulista no nos quiere relatar nada extraordinario, sino más bien algo que en los tiempos a los que, con su permiso, transporta al lector, estaba en total consonancia con el común discurrir de las cosas.
 Y esto pienso yo que es tan fácil de comprender que me daría vergüenza añadir una sola palabra más. Mejor será que pase a analizar el verdadero motivo (o el que yo entiendo que es el verdadero) de que el fabulista considere a los animales más adecuados para sus propósitos que los hombres. Yo lo atribuyo a la consistencia de sus caracteres y al hecho de que nos resulten familiares a todos. Aún en el caso de que fuera igual de fácil encontrar un ejemplo histórico que sirviera para ilustrar esta o aquella verdad, ¿sabrían reconocerlo todos sin excepción? ¿Incluidos aquellos que no estuvieran familiarizadas con los personajes implicados? ¡Imposible! Además, ¿cuántos personajes históricos conocidos hay que con sólo nombrarse nos transmitan claramente una idea de su manera de pensar u otras características? Por eso, para evitar descripciones engorrosas, que es muy dudoso que transmitieran con igual eficacia las ideas deseadas, los fabulistas se vieron en la necesidad de restringir a sus personajes a la esfera de aquellas criaturas cuyos nombres sabían positivamente que representarían una idea reconocible hasta para el más ignorante de los mortales. Y como entre esas criaturas, había muy pocas que fueran por su naturaleza las más idóneas para adoptar el papel de seres libres, estos autores vieron la conveniencia de ampliar los límites de su naturaleza y adaptarlas a dicho papel mediante la adopción de una serie de convenciones verosímiles.
 Si alguien menciona a Británica y a Nerón, ¿cuántos habrá que sepan a quiénes se refiere? ¿Quién era éste? ¿Quién era aquél? Y ¿qué relación tenían el uno con el otro? En cambio si se menciona al lobo y al cordero, todos sabremos a qué atenernos, cuál es el asunto y cómo se relacionan los dos personajes. Porque sus nombres nos traen a la mente imágenes concretas, producen en nosotros un reconocimiento intuitivo y que sería impensable con aquellos otros nombres, que sólo evocan pensamientos en las personas que saben de ellos y que, además, no es nada seguro que evoquen los mismos en todas. Por eso, cuando el fabulista no encuentra unos individuos racionales que con sólo oír su nombre se nos representen en la imaginación, opta (y tiene todo el derecho del mundo a hacerlo) por buscarlos entre los animales u otras criaturas inferiores. Si tomamos la fábula del Lobo y el Cordero y sustituimos al lobo por Nerón y al cordero por Británico, pierde inmediatamente su validez como fábula dirigida al conjunto de la raza humana. Pero, si en lugar de eso, sustituimos al cordero y al lobo, por el gigante y el enano la cosa ya cambia; porque también el gigante y el enano son personajes cuya sola mención evoca en nosotros unos caracteres concretos.»     
                 
 * Que incita a la risa.  
  
   [El texto pertenece a la edición en español de Ellago Ediciones, 2007, en traducción de Vicent M. Sanz Esbrí, pp. 51-60. ISBN-13: 948-8496720-14-5.]