miércoles, 7 de junio de 2017

"Tierra y cenizas".- Atiq Rahimi (1962)


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«Se alzan tus párpados. Sientes tu piel bañada en un sudor frío. ¡Si por lo menos pudieras dormir tranquilo! Hace ya una semana que no duermes en paz. En cuanto cierras los ojos, ves a Murad y a su madre, a Yasín y a su madre, ves polvo y llamas, gritos y lágrimas... y te despiertas de nuevo. Te escuecen los ojos. Te escuecen de insomnio. Tus ojos ya no ven. Están gastados, agotados. El insomnio y el agotamiento te hacen caer en el duermevela a cada instante. Un duermevela repleto de imágenes. Como si sólo vivieras para esos recuerdos y esas imágenes. Recuerdos e imágenes de lo que has vivido y no hubieras querido vivir jamás. Quizás también la visión de lo que te aguarda y tampoco quieres vivir.
 Ojalá pudieras dormir como un niño, como Yasín. ¿Como Yasín?
 ¡No, como cualquier otro niño, pero no como Yasín! Yasín llora y gime mientras duerme. Su sueño casi no se diferencia del tuyo. Es un sueño repleto de imágenes, de polvo, de fuego, de alaridos, de lágrimas... No, como Yasín no. Como otro niño. Como un recién nacido. Un sueño sin imágenes, sin recuerdos, sin pesadillas. Como un recién nacido, volver a vivir la vida desde el principio.
 Por desgracia, es imposible.
 Vuelves a pensar en el momento en que Murad abandonó la aldea, en el instante que atravesó el umbral de la puerta. Deberías haberte ido tú también, deberías haber tomado a tu mujer, tus hijos y tus nietos, y haberte marchado a cualquier otro lugar, a otra aldea. Podrías haberte ido a Polejomri. Qué importa que allí no tuvieses ni tierra ni cultivos. ¡Al diablo el trigo! Deberías haber seguido a Murad, trabajar hombro con hombro con él en la mina. Así, no tendrías hoy que explicar tu presencia aquí.
 Por desgracia, ya no es posible.
 
En estos cuatro años que Murad ha pasado en la mina, no lo has visitado ni una sola vez. Hace cuatro años que te confió a su joven esposa y a su hijo, Yasín, para ir a ganarse la vida en la mina.
 La verdad es que Murad huyó de la aldea y de sus habitantes, quería alejarse y lo hizo... Gracias a Dios, se marchó.
 
 Hace cuatro años, el infame hijo de Yaqub Sha, propietario de unas tierras colindantes con las tuyas, se insinuó a la esposa de Murad. Tu nuera puso el hecho en conocimiento de su esposo. Sin pensárselo dos veces, Murad cogió una pala, se presentó en casa de Yaqub Sha, preguntó por su hijo y le abrió la cabeza sin mediar palabra. Yaqub Sha llevó a su hijo herido ante el consejo de la aldea, el cual condenó a Murad a seis meses de prisión.
 Una vez liberado, Murad recogió sus cosas y se fue a la mina. Desde entonces, sólo ha visitado la aldea en cuatro ocasiones. Todavía no ha pasado ni un mes desde su última visita y ahora te presentas acompañado de su hijo. Lo normal es que se pregunte por qué.
-¡Agua!
 
 Al oír el grito de Yasín,  tu mirada se desliza desde la montaña hasta el lecho resquebrajado del río, y del río a los labios resecos de tu nieto, que reclama agua con desesperación.
 -Pero, ¿dónde quieres que encuentre agua, hijo mío?
 Echas una mirada huidiza hacia la caseta del guarda. No te atreves a pedirle agua otra vez. Esta mañana tomaste agua de su cántaro para Yasín, y si le vuelves a pedir... No, se enfadará y te tirará el cántaro a la cara... Más vale pedirla en otra parte.
 A modo de visera te pones la mano en la frente para mirar hacia el otro extremo del puente. Allí está la pequeña abacería donde esta mañana preguntaste por el camino que conduce a la mina. El hombre te atendió amablemente. ¡Vuelve y pídele agua! Intentas incorporarte, pero te quedas quieto. ¿Y si pasa un coche y el guarda no te ve? ¡Toda esta espera para nada! No, quédate donde estás. El guarda no es hombre que espere, que vaya a buscarte, a llamarte... No, Dastguir, quédate donde estás, es lo más sensato.
 
 -¡Agua! ¡Abuelo, agua!
 Yasín solloza. Te arrodillas, coges una manzana del hatillo y se la ofreces.
 -¡No, agua, quiero agua!
 Dejas caer la manzana al suelo. Te levantas con tus últimas fuerzas. Coges a Yasín con una mano, el hatillo con la otra y te precipitas hacia la abacería rezongando.
 
 La abacería es una pequeña barraca hecha con tres muros de adobe y vigas de madera. El escaparate está formado por unos marcos de madera colocados de forma caótica y cubiertos con plásticos en lugar de cristal. Un hombre despacha a través de la ventanilla. Lleva una barba negra. Un gorro de pasamanería cubre su cabeza rapada. Viste un chaleco negro. Su cuerpo enjuto está oculto casi enteramente tras una voluminosa balanza. La cabeza inclinada, está absorto en su lectura. Al oír el ruido de tus pasos y tus refunfuños, alza los ojos y se ajusta las lentes. A pesar de su expresión preocupada, sus ojos tienen un portentoso destello que intensifican los cristales graduados. Con una acogedora sonrisa, te da la bienvenida y te pregunta:
 -¿Vuelves de la mina?
 Escupes el buyo y contestas humildemente:
 -No, hermano, todavía no hemos ido. Espero un coche. Mi nieto tiene sed. Si fueras tan amable de darle un poco de agua...
 El abacero coge el cántaro y vierte agua en una escudilla de cobre.
 
 A sus espaldas, en la pared el fondo, hay una gran escena pintada: detrás de una gran roca, se ve un hombre que sujeta al diablo por el brazo. Ambos miran de reojo la caída de un anciano en el abismo.»
 

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