jueves, 8 de junio de 2017

"Discurso en defensa del talento de las mujeres".- Josefa Amar y Borbón (1749-1833)


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«Cuando Dios entregó el mundo a las disputas de los hombres previó que habría infinitos puntos sobre los cuales se altercaría siempre sin llegar a convenirse nunca. Uno de éstos parece que había de ser el entendimiento de las mujeres.
 Por una parte los hombres buscan su aprobación, les rinden unos obsequios que nunca se hacen entre sí. No las permiten el mando en lo público y se le concede absoluto secreto.
 1.-Las niegan la instrucción y después se quejan de que no la tienen. Digo las niegan porque no hay un establecimiento público destinado para la instrucción de las mujeres, ni premio alguno que las aliente a esta empresa. Por otra parte, las atribuyen casi todos los daños que suceden. Si los héroes enflaquecen su valor, si la ignorancia reina en el trato común de las gentes, si las costumbres se han corrompido, si el lujo y la profusión arruinan las familias, de todos estos daños son causa las mujeres, según se grita. Estas mismas tampoco están de acuerdo en su verdadera utilidad. Apetecen el obsequio y el incienso; están acostumbradas de largo tiempo a uno y a otro. Pero no procuran hacerlo más sólido, mereciéndolo de veras, como sucedería si a las gracias exteriores y pasajeras que ahora cultivan, viniesen las intrínsecas y duraderas.
 2.-A la verdad tanto los aplausos y obsequios de los hombres cuanto los cargos que atribuyen a las mujeres son una tácita confesión del entendimiento de éstas. Porque de otra suerte no buscarían su aprobación y agrado, ni las supondrían capaces de originar ningún trastorno. La influencia buena o mala de un agente en otro, incluye necesariamente virtud y potencia en el que hace esta variación. Una causa más débil no puede mudar ni atraer así la más fuerte. Conque si los vicios de las mujeres tienen tanto imperio sobre los hombres, convengamos en la igualdad física sin negar por esto las excepciones que convienen a cada sexo.
 3.-Pero, sin embargo, de unas suposiciones tan justas parece que todavía se disputa sobre el talento y capacidad de las mujeres como se haría sobre un fenómeno nuevamente descubierto en la naturaleza, o un problema difícil de resolver. ¿Mas qué fenómeno puede ser éste, si la mujer es tan antigua como el hombre, y ambos cuentan tantos millares de años de existencia sobre la Tierra? ¿Ni qué problema después de tantas y tan singulares pruebas como han dado las mismas mujeres de su idoneidad para todo? ¿Cómo es posible que se oigan nuevas impugnaciones sobre esta verdad? Pues ello es cierto que se oyen y que son de tal naturaleza que no debemos desentendernos de ellas, porque acreditan que no está aún decidida la cuestión.
 4.-No contentos los hombres con haberse reservado los empleos, las honras, y las utilidades; en una palabra, todo lo que puede animar su aplicación y desvelo, han despojado a las mujeres hasta de la complacencia que resulta de tener un entendimiento ilustrado. Nacen y se crían en la ignorancia absoluta. Aquéllos las desprecian por esta causa, ellas llegan a persuadirse que no son capaces de otra cosa; y como si tuvieran el talento en las manos, no cultivan otras habilidades que las que pueden desempeñar con éstas, ¡tanto arrastra la opinión en todas las materias! Si como ésta da el principal valor en las mujeres a la hermosura y al donaire, le diese a la discreción, presto las veríamos tan solícitas por adquirirla como ahora lo están por parecer hermosas y amables.
 Rectifiquen los hombres primero su estimación; es decir, aprecien las prendas que lo merecen verdaderamente y no duden que se reformarán los vicios de que se quejan. Entre tanto no se haga causa a las mujeres que sólo cuidan de adornar el cuerpo porque ven que éste es el idolillo a que ellas dedican sus inciensos.
 5.-Pero, ¿cómo se ha de esperar una mutación tan necesaria si los mismos hombres tratan con tanta desigualdad a las mujeres? En una parte del mundo son esclavas, en la  otra dependientes. Tratemos de las primeras. ¿Qué progresos podrán hacer estando rodeadas de tiranos en lugar de compañeros? En tal estado les conviene una total ignorancia para hacer menos pesadas sus cadenas. Si pudieran desear alguna cosa o hacer algún esfuerzo, debería ser para que se instruyesen y civilizasen aquellos hombres, esperando que el uso de la razón rompería los grillos que mantiene ahora la ignorancia. La ruina de ésta producirá la de aquella esclavitud. Mas, ¿cómo comprendemos el desprecio que hacen de las mujeres éstos que las tienen como esclavas, con la solicitud que ponen en adquirir el mayor número que pueden mantener y con el cuidado que les cuesta el guardarlas? ¿Por qué las desechó Mahoma del Paraíso que promete a los suyos? ¿No es esto semejarlas a los brutos que parecen o se extinguen con la vida? Pero si tales delirios no merecen refutación porque sería honrarlos demasiado, menos podrán citarlos nuestros contrarios para deducir de la esclavitud en que gimen ciertas mujeres la inferioridad de su talento. Si valiera este argumento también se pudiera convertir contra los mismos hombres, porque entre ellos hay unos esclavos de los otros, y no diremos por eso que los primeros son casi irracionales. Diremos sí que la fuerza destruye la igualdad y borra la semejanza de unos a otros. De poco servirá que la aptitud sea la misma en el esclavo que en su señor si la operación en que está le impide usar de su derecho y de su razón. Pónganse los dos en un perfecto nivel y entonces se podrá hacer juicio recto. La violencia no puede establecer leyes universales. Así sujétense enhorabuena las mujeres que han nacido y se han criado en el país de la tiranía y de la ignorancia. La necesidad las obliga a ello por ahora, pero no pretendan desagradar al sexo en general.
 6.-Distinta vista ofrece la situación de éste en otra gran parte del mundo. Las mujeres, lejos de tener el nombre de esclavas, son enteramente libres y gozan de unos privilegios que se acercan al extremo de veneración. Así la religión como las leyes prohíben al hombre la multiplicidad de mujeres. Por este medio se fija toda la posible conformidad entre ambos sexos. Y ésta contribuye a que se miren mutuamente con aprecio y estimación. Aún han hecho más los hombres en favor nuestro, porque casi se han quedado con el nombre solo de la autoridad que les dan los empleos y las riquezas, tributando todos los honores a las mujeres. ¡Qué generosidad1 ¡Qué grandeza de ánimo, podemos exclamar aquí! Pero, al mismo tiempo, ¡qué contradicción! Aquí entra el estado de dependencia que se ha indicado arriba. Los hombres instruidos y civiles no se atreven a oprimir tan a las claras a la otra mitad del género humano porque no hallan insinuada semejante esclavitud en las Leyes de la Creación. Pero como el mandar es gustoso, han sabido abrogarse cierta superioridad de talento, o yo diría de ilustración, que por faltarle a las mujeres parecen éstas sus inferiores. Hay pocos que en tocándose el punto de la aptitud y disposición intelectual concedan a éstas la que se requiere para ilustración del entendimiento. Saben ellas que no pueden aspirar a ningún empleo ni recompensa pública. Que sus ideas no tienen más extensión que las paredes de una casa o de un convento. Si esto no es bastante para sofocar el mayor talento del mundo, no sé qué otras trabas puedan buscarse.»
 

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