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domingo, 22 de enero de 2023

El templo de las mujeres.- Vlady Kociancich (1941-2022)


Kociancich, Vlady - Escritores.org - Recursos para escritores
La imaginación de las mujeres

3

  «¡Qué sería del mundo sin la imaginación de las mujeres! —exclamó con inusitada vehemencia el señor Jones—. Madres, hermanas, amigas, amantes, nuestras musas secretas. Sin la inspiración de las mujeres, los hombres no contarían historias. Contarían hechos. La imaginación masculina propiamente dicha es panfletaria o periodística. Sabe, yo amo la pasión por el detalle de la imaginación femenina. Esas pequeñas cosas que hacen que un hecho real, la clase de hechos que uno lee en los diarios sin ninguna emoción, levante vuelo y se convierta en una buena historia. Amo esa obsesión de las mujeres. Les debo mi éxito de contador de historias.
  —Un reconocimiento humillante para las mujeres, señor Jones. No sé si lo haría muy feliz que una mujer le diga que usted es su musa. Y es una idea mezquina de la imaginación de los hombres. Les debo mi éxito de dibujante de mujeres maravillosas.
  Touché —sonríe y levanta su copa de vino.
  ¿Y qué sería de mí en Santorini sin las conversaciones con Jones?
  Qué hubiera hecho sola, en el cuarto inclinado del Adelphi, esperando que pase la noche, sola con miedo de volverme loca o de estar loca, recordando a la madre de Harula, la borra del café. Tratando de olvidar los pormenores, esas pequeñas cosas que no encuentran lugar, no se acomodan, flotan como luciérnagas que desaparecen del jardín de las imaginaciones en la primera luz del día.
  Si no fuera por la cita en Kamari, por la llegada inconveniente de Kostas, ya estaría en Atenas. Quiero estar en Atenas, para volverme a Buenos Aires. Si no fuera por Jones…
  Me gusta el señor Jones. Es inteligente, es divertido, es generoso. Me ha sacado del encierro del Adelphi para comer juntos en el César.
  El César está en lo alto del pueblito, no muy lejos del Kastro, en la calle de los orfebres, donde hay joyerías diminutas, casas blancas muy bajas y enmarcadas por el murallón, con una vidriera y una puerta. Bijouterie para turistas, dorada en todos los matices de moda: oro viejo, oro blanco, oro rojo.
  —¿Ha visto qué hermosas alhajas en esas joyerías tan modestas? Son extraordinariamente buenas —dijo Jones—. Y obscenamente caras.
  —No sea ingenuo. Son extraordinariamente, obscenamente falsas. Le apuesto que ya las hacen en Taiwan. Tengo experiencia en imitaciones.
  —Tomo la apuesta. Si cuando terminamos de cenar, hay una joyería abierta, vamos a visitarla. Yo no tengo experiencia. Tengo curiosidad.
  Pero ya hemos olvidado, en la mesa del César, las joyerías y la apuesta.
  La luz de las velas, el vino que no debí tomar, la presencia de Jones, la conversación en un idioma que no arrastra como el castellano a fondos pantanosos, ese inglés que se desliza livianamente sobre la intimidad, que resume, razona e ironiza, me ha empujado a contarle la sesión en la casita de Harula. Para que entienda mi angustia, aun sabiendo que voy a arrepentirme, también hablo de las Santamarina y de las plegarias de Dodo. Hablo de la muerte que se adelanta en el hotel de la Rue Bayard.
  Y Jones, tal como lo esperaba, como lo deseaba, cambia de tema y habla de la imaginación de las mujeres.
  Después, tan de Jones, el señor Jones empieza otro cuento de lluvia.

*
   —Es sobre una mujer. Una mujer que a fuerza de vivir en condiciones más o menos extrañas, termina por creer que es extraña. Tiene razones. Siempre hay razones para creer que uno es extraño. Buenas razones, también. El mundo aporta lo suyo. Luego están las mujeres que la rodean. Mujeres que odian las estadísticas. Una buena razón, son odiosas. Ella ha nacido en una casa con el padre ausente, un hecho que comparte con millones de criaturas. Pero las mujeres de su casa toman ese hecho como una tragedia personal. La casa está junto a un cementerio y ella es impresionable. Debe serlo, es sensible. La casa grande junto al cementerio, la madre y las mujeres jóvenes enterradas en el cementerio. ¿Un destino? No se le ocurre pensar que en todo pueblo chico hay casas grandes junto a un cementerio, que en esas casas viven niños que tienen parientes enterrados en el cementerio. No se le ocurre porque las mujeres de su casa no la dejan. Sin embargo, hasta ahora se había defendido bastante bien de la superstición, como se ha defendido de la pobreza y de la ignorancia. Juega con la idea de un don. Todos jugamos a tener un don mágico cuando la vida es dura. Y la de ella fue dura, así que juega con la idea de la salvación gracias a un don misterioso, mientras rechaza el juego en sí, y se enfrenta a la vida como viene. Pero su abuela, que la ha criado, espera un agradecimiento que esté a la altura de sus fantasías, le prohíbe detenerse a pensar cuánto trabaja, cuántas horas de pruebas, cuánto esfuerzo hay en esa aparentemente milagrosa habilidad con que dibuja, que la mujer mayor llama don pero que no es ni más ni menos que talento. Ni más, ni menos.
El templo de las mujeres (Andanzas): Amazon.es: Kociancich, Vlady ... A la luz de las velas, el señor Jones parece otro hombre. Ha dejado caer los absolutamente y completamente de su vocabulario, el lastre del humor ingenioso, de la civilidad codificada. Todavía es un hombre que elige las palabras, pero con cierto cansancio, con cierta pesadumbre por tener que elegirlas.
  —Y luego, están los ojos. Qué buena presa. Qué buena trampa. Qué buena historia. El gran detalle, la matriz de toda posible aventura sobrenatural. El signo. En el cielo o en la tierra. Ella lo tiene en el cuerpo. ¿Una fatalidad? ¿La marca de la suerte o de la desgracia? Ella elige la suerte. Se cree afortunada. Y lo es, pero no por el signo, que llevará a disgusto como cualquier persona normal. Es afortunada porque le gusta vivir y la vida nunca es mezquina con sus admiradores.
  —La vida —dice Jones pensativo, dudando—. La vida sí es extraña. Pero no mágica. Es tan poco mágica. A veces uno desearía que lo fuera.
  —¿Eso es lo que piensa de mí? ¿Que soy una buena presa para las fantasías? ¿Una inspiradora de imaginaciones ajenas? ¿Una mujer perfectamente hueca, señor Jones?
  El señor Jones me mira a los ojos antes de contestar.
  —Pienso que es una mujer extraordinaria. Pienso que su imaginación también es extraordinaria y que le ha dado el mejor de los usos. La ha volcado donde debe estar, en ese vacío que su tutora llama el don. Pero también pienso que tiene mala suerte.
  Me toma una mano, la pone entre las suyas, la acaricia como para darle calor.
  —Qué mala suerte haber venido a Santorini.
  —Sí. Con este tiempo, fuera de temporada, con mi imaginación…
  —Hablaba de mi suerte —dijo Jones—. Maldita sea.»

     [El texto pertenece a la edición en español de  Tusquets Editores, 1996, pp. 119-121. ISBN: 978-8472237926.]

viernes, 21 de mayo de 2021

En resumidas cuentas.- William Boyd (1952)


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Situaciones extrañas


 «Antes de empezar, algo del libro que estoy leyendo, que se titula Verdad, falsedad y filosofía:
 en ocasiones sucede que una situación es tan nueva e insólita que ningún hablante de la lengua está en condiciones de decir qué palabras son apropiadas para ella. Llamaremos a estas situaciones extrañas.
 Eso es lo que dice el libro y creo que es muy interesante y bastante pertinente. Pero ¿cómo empezar? Tal vez:
 nunca olvidaré la visión del cuerpo desplomado de Joan, su cabeza torpemente agujereada como en el intento de un niño díscolo de abrir un huevo pasado por agua; como si la cucharilla de un gigante se hubiese abierto paso apalancando y golpeando hasta el cerebro decididamente corriente de Joan.
 O quizá:
 estoy aquí, en París, es lunes por la noche, en el Bar Cercle, en la Rue Christine –mi tercer Pernod ya mediado-, buscando a Kramer. Kramer, que vino a pasar unos días en mi casa y permitió que su mujer se suicidase en mi cuarto de invitados. ¿Suicidio? Ni hablar. Kramer la asesinó y yo tengo la prueba, creo.
 O posiblemente:
 para curar algunos casos crónicos de epilepsia los cirujanos recurren a veces a cortar el corpus callosum, la sustancia que mantiene unidos –formando una conexión crucial entre ellos- los dos hemisferios del cerebro. La cura es radical, como lo es toda la cirugía del cerebro, pero en general tiene un éxito completo. Exceptuando, claro está, algunos efectos secundarios muy infrecuentes.
 Entraremos en esto más adelante; mi propia epilepsia ha sido curada de esta manera. Pero, volviendo al tema anterior, el problema ahora es que todos los comienzos son muy apropiados, verdaderamente apropiados. Son tres, sin embargo: tres rutas que llevan Dios sabe a dónde. Y los finales son igualmente importantes, porque –en realidad- lo que yo busco es la verdad. O incluso la VERDAD con mayúsculas. Un personaje muy esquivo. Tan esquivo como el maldito Kramer, desgraciado de él.
 Mi preocupación por la verdad nace de la división de mi corpus callosum y explica por qué estoy leyendo este libro titulado Verdad, falsedad y filosofía. Lo abro al azar. Capítulo dos: Expresar creencias en oraciones. “Las creencias son difíciles de estudiar directamente y muchas oraciones no manifiestan creencias de modo natural…” Mis ojos bajan impacientemente por la página: “… aunque la verdad no tiene grados, tiene muchos casos límites”. Al fin algo pertinente. Para alguien con mis excepcionales problemas estas evasivas y salvedades profesorales son increíblemente frustrantes. Así que “la verdad tiene casos límites”. Bien, me alegro de ver que los académicos lo admiten, sobre todo porque desde mi operación el mundo entero se ha convertido para mí en un caso límite.
 Kramer fue al colegio conmigo. Para ser franco, yo le admiraba enormemente y él explotaba mi admiración despreocupadamente. De hecho, se podría decir que yo amaba a Kramer –de un modo fraternal- hasta tal extremo que, si se hubiese molestado en pedírmelo, habría dado mi vida por él. Parece absurdo reconocerlo ahora, pero había algo casi  noble en el desinterés de Kramer por todos salvo por sí mismo. ¿Conocen a esas personas egoístas cuyo egoísmo parece muy razonable, admirable, realmente, por su negativa a cualquier compromiso? Kramer era así: inteligente, misterioso y ensimismado.
 Estuvimos juntos en la universidad durante algún tiempo, pero luego a él le expulsaron por cierto escándalo y se marchó a Estados Unidos, donde se hizo un nombre como crítico de arte pendenciero; un vigilante cultural sin ningún respeto por las reputaciones. Yo veía a menudo borrosas fotografías suyas en las revistas satinadas de moda y en una de ellas me enteré de su boda –después de diez años de rampante soltería- con una tal Joan Aslinger, heredera de una cadena de comida rápida de la costa oeste.
 Kramer y yo habíamos llegado a ser amigos íntimos, en cierto modo, y yo continuaba escribiéndole regularmente. Me complace decir que él también se mantenía en contacto conmigo: alguna que otra carta, postales kitsch desde Hammamet o Tijuana. También venía cada dos años o cosa así –con la novia de turno- a pasar un bullicioso fin de semana en mi tranquila casa de Devon.
 Me acuerdo de que se mostró soprendentemente solícito cuando se enteró de mi operación y, con un gesto de esplendidez nada característico en él, me envió cien rosas blancas a la clínica donde yo estaba convaleciente. Me prometió visitarme pronto con su nueva esposa.
 Fue durante una de mis periódicas estancias en el sanatorio cuando experimenté el ataque epiléptico particularmente agudo y destructivo que impulsó a los médicos a recomendar el corte de mi corpus callosum. La operación fue un éxito total. Sólo recuerdo haberme despertado tan calvo como un balón con una delgada y lívida raya que iba de delante a atrás a lo largo de mi cráneo.
 El cirujano –un tal Mr. Berkeley , un jovial irlandés de mediana edad- mencionó los insólitos efectos secundarios que tendría como resultado de la ablación, pero les quitó importancia con una afable sonrisa diciendo que eran de carácter “metafísico” y que era muy improbable que menoscabaran la calidad de mi vida cotidiana. Estúpidamente, acepté sus afirmaciones.
 Kramer y su mujer vinieron a pasar unos días como habían prometido. Joan era una chica bastante atractiva; tenía un precioso pelo color miel –siempre limpísimo-, los ojos azul intenso y una boca blanda y generosa. Charlaba y reía de un modo que era claramente un intento de sofisticada animación, pero me resultó evidente enseguida que era terriblemente neurótica y completamente inadecuada para ser la mujer de Kramer. Cuando estaban juntos la tensión que chisporroteaba entre ellos era intolerable. La primera noche que estuvieron oí involuntariamente una atroz pelea entre dientes en el cuarto de invitados.
 Era el efecto que tenía sobre Kramer lo que encontré más deprimente. Estaba retraído y acobardado, como un hombre acorralado y apaleado. Su brillante ingenio había quedado reducido a tristes monosílabos o fervientes contradicciones de cualquier opinión que Joan se atreviese a expresar. La irritación y la desesperación eran patentes en cada rasgo de su cara.
 No me sorprendió mucho cuando, tres tensos días después, Kramer anunció que tenía que ir a Londres por cuestiones de trabajo y Joan y yo nos encontramos con un montón de tiempo entre las manos. Ella se esforzó mucho, tengo que reconocerlo, pero yo la encontraba tediosa y aburrida, como tienden a serlo la mayoría de las personas excesivamente introspectivas. Se animaba un poco más cuando bebía, cosa que hacía con frecuencia, y nuestros aperitivos de la mañana fueron adelantándose rápidamente hasta convertirse en un refrigerio que tomábamos a las once.
Resultado de imagen de en resumidas cuentas Pronto escuché la historia completa de las constantes canalladas de Kramer, por supuesto: un relato acompañado de lágrimas y retorcer de dedos y cargado de autocompasión, que se prolongó hasta bien entrada la coche. Otras mujeres, al parecer, desde el primer momento. Las cosas habían empeorado dramáticamente porque ahora, aparentemente, había una en particular; una tal Erica, un antiguo amor –dicho con mucho veneno-. A medida que surgía la descripción de Erica me di cuenta con sorpresa de que la conocía. Había participado en dos de las visitas de Kramer anteriores a su boda con Joan. Erica era una pelirroja alta e inteligente, de hombros anchos y aspecto imponente, con una personalidad tranquila y segura. Me había caído muy bien. Naturalmente, no le conté nada de esto a Joan, a la cual –a medida que Kramer, previsiblemente, llamaba desde Londres anunciando sucesivos retrasos- estaba empezando a encontrar cada vez más pesada; me ponía nervioso.
 Tomemos su reacción a mi caso particular como ejemplo. Cuando le expliqué mis excepcionales problemas causados por los efectos secundarios de mi operación, no me creyó. Se rió, dijo que debía estar bromeando y aseguró que tales cosas no podían suceder nunca. Reconocí que estos casos eran extraordinariamente raros pero afirmé que se trataba de un hecho médico documentado.
 Ahora sé, gracias a este libro que estoy leyendo, el término académico correcto para mi “padecimiento”. Soy una “situación extraña”. Continúo leyendo y encuentro esta conclusión:
 nuestro idioma no es lo suficientemente elocuente como para enfrentarse con circunstancias tan raras e insólitas. Muchos filósofos y lógicos están profundamente preocupados por las “situaciones extrañas”.
 Así que incluso los filósofos tienen que reconocerlo. En mi caso no hay esperanza de alcanzar nunca la verdad. Encuentro esta confesión tranquilizadora, pero sigo pensando que tengo que ver a Kramer.
 En efecto, mi estado es verdaderamente extraño. Desde que la conexión entre mis hemisferios cerebrales fue cortada, mi cerebro funciona como dos mitades separadas. La única función corporal que se ve afectada por ello es la percepción, y la esencia del problema es la siguiente. Si veo, por ejemplo, un gato en mi área de visión izquierda y me piden que anote lo que he visto con la mano derecha –soy diestro- no puedo hacerlo. No puedo anotar lo que he visto porque la mitad derecha de mi cerebro ya no registra lo que ocurre en mi área de visión izquierda. Esto ocurre porque la división hemisférica de nuestro cuerpo se extiende, por así decirlo, a todo lo largo de nuestro cuerpo. El hemisferio derecho controla el lado derecho, el hemisferio izquierdo controla el lado izquierdo. Normalmente la información de ambos lados pasa libremente de un hemisferio al otro, conectando las dos mitades para formar un todo unificado. Pero ahora que esta ruta –el corpus callosum- ha desaparecido, sólo la mitad de mi cerebro ha visto, el hemisferio derecho no sabe nada respecto a él, así que difícilmente puede decirle a mi mano derecha lo que debe anotar.
 Esto es lo que el cirujano quería decir al hablar de efectos secundarios “metafísicos”, y tenía razón al decir que mi existencia cotidiana no se vería perturbada por ellos, pero consideren las radicales consecuencias que esto tiene en  mi mundo fenomenológico. Ahora no es otra cosa que una secuencia de medias verdades. ¿Qué es, para mí, realmente cierto? ¿Cómo puedo estar seguro de que algo que sucede en mi área de visión izquierda ha tenido lugar realmente si en la otra mitad de mi cuerpo no hay absolutamente ninguna constancia de que haya ocurrido?
 Paso horas de perplejidad debatiéndome con estos arcanos acertijos epistemológicos. La duda está asegurada; llega a ocupar una posición superior a la verdad y a la falsedad. Soy un escéptico auténtico, fisiológicamente real, médicamente condenado a este destino por el bisturí del cirujano. La incertidumbre es la única cosa de la que puedo estar realmente seguro.
 Comprenderán lo que esto significa, por supuesto. En mi mundo la verdad es exactamente lo que yo quiero creer.»

     [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Alfaguara, 1993, en traducción de Maribel de Juan, pp. 33-39. ISBN: 84-204-2791-8.]        

lunes, 8 de febrero de 2021

La barraca.- Vicente Blasco Ibáñez (1867-1928)

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IV

 «A las once y media, terminados los oficios divinos, cuando ya no salía de la Basílica más que alguna devota retrasada, comenzó a funcionar el tribunal.
 Sentáronse los siete jueces en el viejo sofá; corrió de todos los lados de la plaza la gente huertana para aglomerarse en torno de la verja, estrujando sus cuerpos sudorosos que olían a paja y lana burda, y el alguacil se colocó, rígido y majestuoso, junto al mástil rematado por un gancho de bronce, símbolo de la acuática justicia.
 Descubriéronse las siete acequias, quedando con las manos entre las rodillas y la vista en el suelo, y el más viejo pronunció la frase de costumbre:
 -S’obri el tribunal. [Se abre el tribunal]
 Silencio absoluto. Toda la muchedumbre, guardando un recogimiento silencioso, estaba allí, en plena plaza, como en un templo. El ruido de los carruajes, el arrastre de los tranvías, todo el estrépito de la vida moderna pasaba sin rozar ni conmover aquella institución antiquísima que permanecía allí tranquila, como quien se halla en su casa, insensible al tiempo, sin fijarse en el cambio radical de cuanto le rodeaba e incapaz de reforma alguna.
 Los huertanos estaban orgullosos de su tribunal. Aquello era hacer justicia; la pena al canto y nada de papeles, que es con lo que se enreda a los hombres honrados.
 La ausencia del papel sellado y del escribano que aterra era lo que más gustaba a unas gentes acostumbradas a mirar con cierto terror supersticioso el arte de escribir, que desconocen. Allí no había secretarios, ni plumas, ni días de angustia esperando la sentencia, ni guardias terroríficos, ni nada más que palabras.
 Los jueces guardaban las declaraciones en la memoria y sentenciaban enseguida con la tranquilidad del que sabe que sus decisiones han de ser cumplidas. Al que se insolentaba con el tribunal, multa; al que se negaba a cumplir la sentencia, le quitaban el agua para siempre y se moría de hambre.
 Con aquel tribunal no jugaba nadie. Era la justicia patriarcal y sencilla del buen rey de las leyendas saliendo por las mañanas a la puerta del palacio para resolver las quejas de sus súbditos; el sistema judicial del jefe de cabila sentenciando a la e
ntrada de la tienda. Así, así es como se castiga a los pillos y triunfa el honrado y hay paz.
 Y el público, no queriendo perder palabra, hombres, mujeres y chicos, estrujábanse contra la verja, agitándose algunas veces con violentos movimientos de espaldas para librarse de la asfixia.
 Iban compareciendo los querellantes al otro lado de la verja, ante aquel sofá tan venerable como el tribunal.
 El alguacil les recogía las varas y cayados, considerándolos como armas ofensivas incompatibles con el respeto al tribunal; les empujaba hasta dejarlos plantados a pocos pasos de los jueces, con la manta doblada sobre las manos; y si andaban remisos en descubrirse, de dos repelones les arrancaba el pañuelo de la cabeza. ¡Duro! A aquella gente socarrona había que tratarla así.
 Era el desfile una continua exposición de cuestiones intrincadas, que los jueces legos resolvían con pasmosa facilidad.
 Los guardias de acequias y los “atandadores”(*) encargados de establecer el turno en el riego formulaban sus denuncias y comparecían los querellados a defenderse con razones. El viejo dejaba hablar a los hijos que sabían expresarse con más energía; la viuda comparecía acompañada de algún amigo del difunto, decidido protector que llevaba la voz por ella.
 El ardor meridional asomaba la oreja en todos los juicios.
 En mitad de la denuncia, el querellado no podía contenerse. “¡Mentira! Lo que decían era falso y malo. ¡Querían perderle!”
 Pero las siete acequias acogían estas interrupciones con furibundas miradas. Allí nadie podía hablar mientras no le llegase el turno. A la otra interrupción pagaría tantos sueldos de multa. Y había testarudo que pagaba sòus y más sòus, [sueldos] impulsado por la rabiosa vehemencia, que no le permitía callar ante el acusador.
 Los jueces, sin abandonar su asiento, juntaban las cabezas como cabras juguetonas, cuchicheaban sordamente algunos segundos, y el más viejo, con voz reposada y solemne, pronunciaba la sentencia, marcando las multas en libras y sueldos, como si la moneda no hubiese sufrido ninguna transformación y aún fuese a pasar por el centro de la plaza el majestuoso Justicia con su gramalla roja y su escolta de ballesteros de la Pluma.
 Eran más de las doce y las siete acequias comenzaban a mostrarse cansadas de tanto derramar pródigamente el caudal de su justicia, cuando el alguacil llamó a gritos a Bautista Borrull, denunciado por infracción y desobediencia en el riego.
 Atravesaron la verja Pimentó y Batiste, y la gente se apretó más contra los hierros.
 Veíanse allí muchos de los que vivían en las inmediaciones de las antiguas tierras de Barret.
 Aquel juicio era interesante. El odiado novato había sido denunciado por Pimentó, que era el “atandador” de la partida.
 El valentón, mezclándose en elecciones y galleando en toda la contornada, había conquistado este cargo, que le daba cierto aire de autoridad y consolidaba su prestigio entre los convecinos, los cuales le mimaban y convidaban en los días de riego.
 Batiste estaba asombrado por la injusta denuncia. Su palidez era de indignación. Miraba con ojos de rabia todas las caras conocidas y burlonas que se agolpaban en la verja, y a su enemigo Pimentó, que se contoneaba con altivez, como hombre acostumbrado a comparecer ante el tribunal y a quien correspondía una pequeña parte de su indiscutible autoridad.
 -Parle vosté [Hable usted]–dijo avanzando un pie la acequia más vieja, pues por secular vicio, el tribunal, en vez de usar las manos, señalaba con la blanca alpargata al que debía hablar.
 Pimentó soltó su acusación. Aquel hombre que estaba junto a él, tal vez por ser nuevo en la huerta creía que el reparto del agua era cosa de broma y que podía hacer su santísima voluntad.
 Él, Pimentó, el “atandador”, el que representaba la autoridad de la acequia en su partida, le había dado a Batiste la hora para regar su trigo: las dos de la mañana. Pero sin duda, el señor, no queriendo levantarse a tal hora, había dejado perder su turno, y a las cinco, cuando el agua era ya de otros, había alzado la compuerta sin permiso de nadie (primer delito), había robado el riego a los demás vecinos (segundo delito) e intentado regar sus campos, queriendo oponerse a viva fuerza a las órdenes del “atandador”, lo que constituía el tercer y último delito.
 El triple delincuente, volviéndose de mil colores e indignado por las palabras de Pimentó, no pudo contenerse.
 Mentira y recontramentira!
 El tribunal se indignó ante la energía y la falta de respeto con que protestaba aquel hombre.
Resultado de imagen de la barraca catedra Si no guardaba silencio se le impondría una multa. Pero ¡gran cosa eran las multas para su reconcentrada cólera de hombre pacífico! Siguió protestando contra la injusticia de los hombres, contra el tribunal, que tenía por servidores a pillos y embusteros como Pimentó.
 Alteróse el tribunal; las siete acequias se encresparon.
 Cuatre sòus de multa! [¡Cuatro sueldos de multa!]
  Batiste, dándose cuenta de su situación, calló de repente, asustado por haber incurrido en multa, mientras en el público sonaban las risas y los aullidos de alegría de sus enemigos.
 Quedó inmóvil, con la cabeza baja y los ojos empañados por lágrimas de rabia, mientras su brutal enemigo acababa de formular la denuncia.
 -Parle vosté –le dijo el tribunal.
 Pero en las miradas de los jueces se notaba poca simpatía por aquel alborotador que venía a turbar con sus protestas la solemnidad de las deliberaciones.
 Batiste, trémulo por la ira, balbuceó, no sabiendo cómo empezar su defensa, por lo mismo que la creía justísima.
 Había sido engañado; Pimentó era un embustero y además su enemigo declarado. Le había dicho que su hora de riego era a las cinco, se acordaba muy bien, y ahora afirmaba que a las dos; todo para hacerle incurrir en multa, para matar unos trigos en los que estaba la vida de su familia… ¿Valía para el tribunal la palabra de un hombre honrado? Pues esta era la verdad, aunque no podía presentar testigos. ¡Parecía imposible que los señores síndicos, todos buenas personas, se fiasen de un pillo como Pimentó!
 La blanca alpargata del presidente hirió la baldosa de la acera, conjurando el chaparrón de protestas y faltas de respeto que veía en lontananza.
 -Calle vosté. [Calle usted]
 Y Batiste calló, mientras el monstruo de las siete cabezas, replegándose en el sofá de damasco, cuchicheaba preparando la sentencia.
 -El tribunal sentènsia… [El tribunal sentencia…]-dijo la acequia más vieja, y se hizo un silencio absoluto.
 Toda la gente de la verja mostraba en sus ojos cierta ansiedad, como si ellos fuesen los sentenciados. Estaban pendientes de los labios del viejo síndico.
 -Pagará el Batiste Borrull dos lliures de pena y cuatre sòus de multa. [Pagará el Batiste Borrull dos libras de pena y cuatro sueldos de multa]
 Esparcióse un murmullo de satisfacción y hasta una vieja comenzó a palmotear gritando “¡vítor! ¡vítor!”, entre las risotadas de la gente.»

  (*) Atandador: según la RAE, encargado de fijar la tanda o turno en el riego. [N. del T.]
 
     [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Cátedra, 2006, en edición de José Mas y María Teresa Mateu, pp. 110-115. ISBN: 84-376-1606-9.]