sábado, 17 de junio de 2017

"El paquete parlante".- Gerald Durrell (1925-1995)


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Capítulo 2: Viaje en tren a Mitología

«-Bueno, pues he aquí que, un buen día, Hircio Horacio encuentra Mitología de manera totalmente casual. Iba andando por el monte y llegó a una cueva. Entró en ella por curiosidad y se encontró con que conducía a una caverna subterránea gigantesca, con un mar interior enorme, salpicado de muchas islas. Al instante se dio cuenta de que aquello era exactamente lo que hacía falta. Lo cierto era que el mundo estaba dejando de creer y superpoblándose tan de prisa que ya casi no quedaba sitio para los animales reales, conque mucho menos para los mitológicos. Así que Hircio Horacio ocupó aquello y con ayuda de unos cuantos hechizos muy potentes lo hizo muy habitable, verdaderamente muy habitable. Entonces trasladó allí a todos los animales mitológicos que quedaban y a cada uno se le dio una isla o un trozo de mar y todos se instalaron muy a gusto. La cosa es que mientras todos creímos los unos en los otros, estuvimos seguros.
 Loro hizo una pausa para enjugarse una lágrima y sonarse el pico con violencia.
 -Te dije que te ibas a enfriar -gritó Dulcimila-. Pero, ¿tú me haces caso? ¡Quiá, no señor!
 -Nuestro gobierno, si se quiere llamarlo así -prosiguió Loro-, estaba formado por los tres Libros Parlantes y el propio Hircio Horacio Salsiflán, y muy buen gobierno que era, justo y bondadoso. Como ya os he dicho, a mí me nombraron Guardián de las Palabras y entre mis obligaciones estaba la de salir al mundo real una vez cada cien años, más o menos, y hacer un informe de lo que pasaba por ahí. Pues bien, Dulcimila y yo acabábamos de pasar una temporada con mi primo, el de la India. Mi primo es el loro del maharajá de Jaipur: como ya os podéis figurar, es un esnob terrible, con pasaporte internacional, Rolls-Royce y toda la pesca, pero me tiene informado sobre la situación en el Lejano oriente. En fin, que volvimos de ese viaje y, ¿qué diríais que nos encontramos?
 Los niños esperaron, conteniendo la respiración.
 -Nos encontramos -dijo Loro con voz profunda, afligida y solemne- con que los basiliscos se habían sublevado. Y no sólo eso, sino que habían robado los tres Libros Parlantes del Gobierno. ¿Os podéis imaginar algo más horrible, horrendo u horripilante?
 -No -dijeron los niños, y lo dijeron sinceramente, porque tal como Loro lo contaba parecía de verdad el fin del mundo.
 -Naturalmente que no -dijo Loro con gesto de aprobación.
 -Pero, por favor -dijo Penélope-, antes de seguir adelante, ¿nos podrías explicar qué es un basilisco?
 -Sí, Loro, por favor -dijeron Simón y Pedro.
 -Bueno -dijo Loro-; bueno, debo confesar, aunque los habitantes de Mitología creemos en el respeto mutuo, debo confesar que a mí nunca me gustaron los basiliscos. Son unos animales ruidosos, ordinarios y presuntuosos: con eso más o menos quedan retratados. Y descuidados, además, siempre echando fuego por las narices e incendiándolo todo..., peligrosos. En cuanto a su aspecto, yo diría que es poco atractivo. Vienen a tener el mismo tamaño que vosotros, con cuerpo de gallo, cola de dragón y escamas en vez de plumas. Claro que el colorido de las escamas, que son rojas, doradas y verdes, les presta cierta vistosidad, para el que aprecie ese tipo de cosas. A mí, personalmente, me resulta horriblemente chillón y chabacano.
 -Pero, ¿para qué echan fuego por las narices? -preguntó Pedro.
 -La verdad es que no lo sé -contestó Loro-. Sencillamente los inventaron así, pero resulta la mar de peligroso, os lo aseguro. Hircio Horacio les iba a construir un castillo especial, incombustible, para que vivieran en él. El primero que tuvieron lo quemaron totalmente a las veinticuatro horas de ocuparlo. Ahora viven en el castillo que H.H. ocupaba hasta que se mudó a las Cuevas de Cristal y supongo que acabarán quemándolo también.
 -¿Y no es demasiado arriesgado tenerlos por ahí sueltos? -preguntó Penélope.
 -Si se controla su número, no -respondió Loro-. Nunca permitíamos que hubiera más de diez docenas.
 -¿Y cómo lo hacíais? -preguntó Simón.
 -Era una de las leyes -dijo Loro-. Tantos unicornios, tantas mandrágoras, tantos basiliscos y así sucesivamente. No había otro remedio: de no ser así, nos habrían desbordado. Tened en cuenta que en Mitología sólo cabe cierto número de animales. Eso sí, los basiliscos siempre pretendían ser más, siempre estaban yendo a H.H. con alguna historia de que no tenían quien les lavara la ropa. Bueno, en realidad es un poquito complicado. Es que los basiliscos sólo nacen de los huevos que ponen los dos gallitos de oro. Son unas aves muy bobas, sin ninguna conversación: lo único que hacen es pasarse la vida diciendo kikirikí de una manera muy fatua. En fin, que cada cien años ponían un huevo.
 -Pero yo creía que las únicas que ponían huevos eran las gallinas -dijo Penélope, hecha un mar de confusiones.
 -Las gallinas ponen huevos de donde salen otras gallinas -puntualizó Loro-. Los gallitos de oro ponen huevos de donde salen basiliscos.
 Aquella respuesta dejó tan confusa a Penélope que decidió no volver a hacer preguntas.
 -Una vez que los gallitos de oro han puesto un huevo de basilisco, ya no tienen nada más que hacer -explicó Loro-. Sueltan un par de kikirikís jactanciosos y les pasan todo el asunto a los sapos.
 -¿Los sapos? -dijo Penélope, ya completamente aturdida.
 -¿Qué tienen que ver los sapos? -preguntó Simón.
 -Pues sencillamente, que ellos son los que incuban los huevos -dijo Loro-. No sirven para otra cosa, los tales sapos: son unas criaturas insensatas y chapuceras. Lo único que saben hacer bien es incubar huevos de basilisco. Bueno, si seguís interrumpiéndome todo el rato, no acabaremos nunca.
 -Perdón -dijeron los niños muy contritos, y se callaron.
 -Bien -dijo Loro-. Pues los basiliscos pensaron que, si lograban apoderarse del Gran Libro de los Hechizos, él les diría la fórmula para que los gallitos de oro pusieran un huevo de basilisco cada día. Así que se aliaron con los sapos, que son unos animales atolondrados y que en seguida se dejan mangonear, y entre todos no sólo secuestraron a los gallitos de oro, sino que robaron los tres Grandes Libros del Gobierno. Cuando volvimos Dulcimila y yo, se habían encerrado en su castillo y estaban fabricando huevos de basilisco como si aquello fuera una...
 -Una granja avícola -sugirió Simón.»

 

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