sábado, 24 de junio de 2017

"Razón: portería".- Javier Gomá Lanzón (1965)


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5.- Amor, lujo y buena conciencia

«Casarse por dinero es una ordinariez. Pero casarse por amor sincero con alguien que tiene mucho dinero, es toda una fortuna (una palabra que significa tanto buena suerte como vasto patrimonio). Hay un ardid para granjearse esos dos bienes sin renunciar a ninguno, el que usan los padres ambiciosos con retoños casaderos: conseguir que éstos, desde la infancia, se rodeen sólo de personas muy ricas porque al final el tiempo hará su trabajo y el rapaz acabará enamorándose perdidamente de alguien perteneciente a su exclusivo círculo. Y entonces, ¡eureka!, los dos significados de la mencionada palabra venturosamente se alían, la buena suerte del amor y de la prosperidad en un mismo golpe de fortuna. Ya no te casas por dinero sino por sentimiento y además mantienes incólume tu conciencia, que ya se sabe que no tiene precio, aunque sí mucho valor.
 Realmente no hay placer más exquisito que el de una buena conciencia: los hombres virtuosos, los santos de la historia, son sólo un hatajo de sibaritas. Pero, ay, esos gozos morales son difíciles de conseguir. Y ahora quizá esperéis el socorrido sermón sobre el esfuerzo que en esta vida es necesario realizar para elevarse a los bienes más altos o sobre cómo la ausencia de esas cualidades en nuestra extraviada juventud nos aboca a la actual mediocridad ambiente. Nada de eso. En mi opinión, el mayor obstáculo para disfrutar de una buena conciencia se halla en los demás. Los otros son el estorbo.
 Rodearse de personas ricas puede servir para casarte con una de ellas, pero rodearte de personas virtuosas genera gran cantidad de problemas. Por eso resulta más cómodo, más reconfortante y más tranquilizador contemplar en nuestro entorno ejemplos de conducta vulgares. ¿Por qué tienen tanto éxito los realities shows? Porque el espectáculo de esa mediocridad moral, de esas vidas rotas y deformadas, produce sobre nuestro ánimo un efecto sedante. ¡Qué horror, nos decimos mientras apagamos la tele y a continuación nos metemos en la cama, acunados por el sentimiento de nuestra superioridad moral. El escándalo que nos suscitan las noticias sobre la corrupción de los políticos queda parcialmente compensado por cierta sensación de autocomplacencia: son unos golfos, murmuramos con desprecio como quien mira el mundo a sus pies. Un compañero de trabajo negligente; un cuñado machista y desagradable; un vecino polémico o ruidoso; un amigo arruinado por su imprudencia: todo esto constituye un universo gratificante porque rehabilita ante los demás mi desmedrada imagen y en todo caso me dignifica coram populo por cuanto muestra una variedad de comportamientos reprochables que están ahí delante, próximos y posibles, y que yo, honesto sin alharacas, me abstengo de realizar.
 Las perspectivas se presentan mucho más sombrías, como nubes espesas y amenazantes, si, por desgracia, nuestro entorno se compone de dechados de virtud: un colega que destaca en su profesión; un cuñado cariñoso y servicial; un vecino cívico que separa la basura en tres coloridas bolsas; un amigo modélico, ponderado por todos. Este otro universo nos perturba, debilita nuestra posición en el mundo y hace nacer en nuestro interior el gusano de la mala conciencia. En efecto, el buen ejemplo nos interpela y nos obliga a responder de nuestra vida: ¿por qué no practico yo ese ejemplo si está visto que es bueno y además posible, como constata precisamente ese precedente? Si uno como yo es justo, ecuánime, leal, ¿por qué no lo soy yo? Si otro es solidario, humanitario o compasivo, ¿qué me impide serlo a mí también? Si un tercero exhibe bonhomía y urbanidad, ¿dónde queda mi barbarie? Definitivamente, el mal ejemplo nos absuelve mientras que el bueno nos señala con el dedo acusador y nos condena.
 Supongamos el siguiente caso absolutamente hipotético. Vamos a cenar a casa de unos amigos y, en el trayecto, con tacto pero con precisión quirúrgica mi mujer señala a mi atención algunas notorias deficiencias en el cumplimiento estricto de mis responsabilidades familiares: no es que no sepa cocinar, es que no asisto a las reuniones que convoca el colegio de los niños, no me levanto por las noches para dar el biberón al recién nacido, no llevo al otro a su partido de fútbol, soy un pésimo anfitrión, me paso todo el día con gesto ausente leyendo o sentado delante del ordenador (insisto en el carácter hipotético del caso). En el coche esbozo una defensa pero al llegar a casa de nuestros amigos mi mala suerte quiere que el marido, maestro cocinero, nos reciba sonriente enfundado en un delantal y nos informe que se ha divertido mucho esta tarde preparándonos la cena. Mientras devoramos los deliciosos platos, Marta, su mujer -que no ha tenido necesidad de moverse del sofá en toda la noche- nos comenta, orgullosa, la prenda que es Felipe: padre abnegado que se desvive por sus hijos, marido atento y tierno, yerno intachable, etcétera. Lector amigo, ¿cuál crees que será el tema probable de conversación entre mi mujer y yo en el trayecto de vuelta? Acorralado en la discusión subsiguiente, sólo dispongo de tres salidas. La primera, hacer votos de reformar mi anterior vida y emular en adelante el fastidioso modelo encarnado en Felipe. Pero como esto comporta un gran coste personal lo más frecuente es optar por las otras dos. O bien decir: "Felipe puede permitirse actuar así porque está en paro, mientras que a mí se me acumula el trabajo en la oficina", esto es, la regla moral encerrada en su ejemplo no me es aplicable; o, si esto no funciona, apretar el botón nuclear: "Supongo que sabes que Felipe le pone los cuernos a Marta", en otras palabras, intentar el desprestigio del ejemplo positivo para que deje de ser vinculante.»
 

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