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domingo, 6 de octubre de 2024

La voluntad de estilo: teoría e historia del ensayismo hispánico.- Juan Marichal (1922-2010)

El derecho a una voz propia: 
vislumbres del ensayo en la prosa del siglo XV

  «Las Epístolas de Mosén  Diego de Valera y los escritos de Fernando de la Torre y de Teresa de Cartagena (sobrina del obispo) -tres "cristianos nuevos"- revelan una misma actitud, dejando de lado ahora sus marcados contrastes; domina en ellos la voluntad de singularización y de individuación expresivas. Claro que este impulso individualizador se sustenta y justifica en nombre de un principio tradicional del origen religioso: "Todo hombre es de oír porque espíritu de Dios donde quiere expira; y muchas cosas se callaron por algunos grandes varones que se dijeron por otros menores"; así defendía Valera su derecho a la expresión literaria, a la enunciación de sus opiniones personales. [...] La novedad de Valera radica, ante todo, en presentarse como un "pobre caballero que sólo tiene un arnés y un pobre caballo" para exponer sus opiniones en materia política y social, equiparándolas a las de los religiosos y "hombres de consejo" que rodean al monarca castellano. Es así la suya una afirmación de la voz del "lego", del hombre alejado del centro del poder político -en contraste, por ejemplo, con la posición "central" de Alfonso de Cartagena-, pero que quiere, como él mismo dice, "entremeterse" en los asuntos públicos. Justifica también su osadía expresiva declarando modestamente que se dirige, en la mayoría de sus escritos, "a los que no tanto leyeron". Delimita así a su público, a su potencial auditorio, quitándose importancia y marcando el carácter casi "vulgar" de su función literaria. Pero, al mismo tiempo, indica que hay unos lectores, si se puede decir, poco leídos, que necesitan "guías" que estén a su mismo bajo nivel. Valera se convierte en su "pastor" mundano, en el intermediario entre ellos y la cultura. Para él, el escritor tiene el deber de "guiar a la humanidad e instruirla de buenas costumbres"; la conexión, que él no establece explícitamente, entre "los que no tanto leyeron" y "la humanidad" es manifiesta y apunta a su propósito literario, a la voluntad de enlazar su persona con las necesidades espirituales del mundo, del público "inculto". [...]
 La obra más interesante de Fernando de la Torre -el Libro de las veinte cartas y cuestiones, publicado por Paz y Melia en 1907- presenta una teoría y defensa de la literatura "mundana" mucho más sistemática que la de Valera. [...] Hasta hay en él una afirmación orgullosa -muy distinta a la actitud defensiva de Valera- de su condición de experto en materias de expresión mundana: "diciendo yo algo saber en la elocuencia común y plazible a los discretos". Ya no es, como en el caso de Valera, el escritor que aspira a vincularse con el "mundo", sino que se trata, ahora, del hombre que habla desde dentro del "mundo" y que se siente respaldado por el "mundo". Fernando de la Torre se complace así en referirse a las características propiamente "mundanas" de sus escritos, aludiendo a sus "desvaríos mal ordenados", a sus "letras de desvaríos". Señala, es verdad, que es "osado" al "escribir tantos desvaríos", pero -en contraste con Valera- la pretendida "osadía" está no en su condición personal, ni en el contenido de sus cartas, sino en la forma misma de éstas. Insistencia que revela manifiestamente su afán por mostrar el carácter natural de su composición literaria, su contraste obvio con la "manera de ordenar" eclesiástica. [...] En él los "desvaríos" apuntan sobre todo a dar un tono ameno, a conseguir lo que él llama "estilo gracioso" en su prosa, más que a reflejar fielmente el discurrir interno. Esta aspiración a escribir "graciosas lecturas" debe enlazarse además con el carácter de su auditorio: Fernando de la Torre se dirige preferentemente a las damas de la corte. [...] Porque, para el desarrollo de una prosa personalizada, era indispensable la participación, casi diríamos que el amparo, de un auditorio femenino; los "desvaríos" de Fernando de la Torre eran el reflejo directo de la demanda emocional de las lectoras. Éstas, las damas de la corte, consagraban así un estilo expresivo que representaba un nuevo grado de personalización en la prosa discursiva castellana, regida hasta entonces por los principios de la elocuencia que Fernando de la Torre llamaba "frairiega". Es probable que este escritor fuera un personaje semi-bufonesco para aquellas damas; y, desde luego, sus escritos marcaron una relativa "feminización" de la expresión literaria. [...]
 En el proceso articulador del siglo XV, Teresa de Cartagena representa quizás el mejor ejemplo de la persona "desgarrada" de su mundo que vence su aislamiento social mediante la creación de una obra semi-literaria. A su condición de cristiana nueva -y, en cierta medida, de mujer- se añadía en su caso un obstáculo físico: Teresa de Cartagena se había quedado sorda en su temprana juventud. Sus escritos -Arboleda de los enfermos y Admiración de las cosas de Dios- respondieron a su necesidad de comunicar al menos consigo mismo. Decide escribir, decía, para "hacer guerra a la ociosidad", aunque sentía que su obrita (la Arboleda) no era "comunal". En ella, por lo tanto, la expresión literaria no es enlace con los demás, sino ante todo vía de conocimiento propio; [...] "más sola me veréis en compañía de muchos que no cuando sola me retraigo a mi celda". Ya no es simplemente la conciencia del apartamiento social -ser cristiana nueva- de su antiguo grupo religioso, ni la sensación de no pertenecer enteramente a la nueva comunidad, sino también la real separación física. Por eso, en su prosa se sienten como aberturas que profundizan la interioridad personal, como esas vedutas de los cuadros prerrenacentistas que el pintor utilizaba para dar perspectivas interiores al espacio representado; Teresa de Cartagena decide poblar de "arboleda graciosa" la "ínsula" donde se recoge espiritualmente y allí, "so la sombra", logrará descansar su persona. Y, sobre todo, en esa soledad fecunda tiene el privilegio de aprender mucho gracias a la ayuda divina. Dios es como un libro abierto para ella: "Él solo me leyó ['enseñó']". Declaración que responde también al deseo de defenderse de las acusaciones que la "maliciosa admiración" ha difundido: que Teresa había derivado su librito de numerosas y diversas lecturas. Ella afirma que, malo o bueno, todo lo que dice procede de sí misma, de lo que ha leído "en Dios". Añadiendo también el mismo argumento que Valera: los seres pequeños tanto pueden revelar como los mayores. En su caso esta defensa de la voz del ser humano "pequeño" asume un nuevo significado, pues se identifica Teresa con el "estado femenino". Y así sus escritos resultan ser también una intensa defensa del derecho a la voz literaria de la mujer.»

 [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Revista de Occidente, 1971, pp. 37-43.]

domingo, 29 de enero de 2023

Autobiografía y otros escritos.- Benjamin Franklin (1706-1790)


Benjamin Franklin - Wikipedia, la enciclopedia libre
Autobiografía


    «En la ciudad vivía otro muchacho muy dado a los libros, llamado John Collins, con el que llegué a tener una amistad íntima. Con frecuencia discutíamos porque la controversia nos gustaba y deseábamos enfrentarnos uno a otro con nuestros argumentos, cosa que, por cierto, puede convertirse en una mala costumbre y hacer a los que la tienen muy desagradables, porque siempre llevan la contraria. Además de servir para agriar cualquier conversación, dicho hábito da ocasión a disgustos y tal vez enemistades, en lugar de reforzar la amistad. Adquirí esta mala costumbre leyendo los libros de mi padre sobre polémicas religiosas. Las personas de buen juicio, según luego he podido apreciar, rara vez caen en el vicio de discutir salvo los abogados, los universitarios o los que se han criado en Edimburgo. En una ocasión surgió entre Collins y yo una disputa a propósito de si había que instruir a las mujeres y fomentar su capacidad para el estudio. Según él, ello no procedía, y además las mujeres no valían para el estudio. Yo sostenía la teoría opuesta, quizá por aquello de llevar la contraria. Collins se mostraba más elocuente y encontraba fácilmente las palabras adecuadas y tengo para mí que a veces me vencía más por su elocuencia que por la solidez de sus razonamientos. Como nos separamos sin haber llegado a un acuerdo, yo me puse a escribir mis razonamientos, hice una copia en limpio y se la envié a mi contrincante. El contestó y yo volví a replicarle y así varias veces hasta que mi padre encontró por casualidad unas de aquellas cartas y las leyó. Sin entrar en el fondo de la cuestión, mi padre me comentó el estilo literario que yo empleaba, haciéndome notar la ventaja que yo tenía sobre mi antagonista en materia de ortografía y sintaxis (que eran fruto de mi experiencia como impresor), pero subrayándome también que en elegancia de expresión, en método y en perspicacia, yo era inferior, y me convenció de ello señalándome varios pasajes de las cartas. Me di cuenta de lo atinado de sus opiniones y, en consecuencia, me apliqué a mejorar mi estilo.
 Fue hacia esta época cuando cayó en mis manos un tomo del Spectator, el tercero para ser preciso. No había tenido la ocasión de leerlo, y cuando lo hice repetidas veces me pareció delicioso. Encontré su expresión excelente y deseé ser capaz de imitarla. En este empeño me fijé en algunos de sus ensayos, resumí en un papel, con poquísimas palabras, las ideas que se exponían en cada una de sus frases y lo guardé. Pasados unos días y sin consultar el original, intenté rehacer los ensayos de The Spectator a partir de mis resúmenes, completando éstos con cuantas palabras me parecían adecuadas para reconstruir su primitiva elegancia y amplitud. Luego cotejé mi trabajo con el original y corregí las faltas que había cometido. Me di cuenta de que me faltaba vocabulario o mayor presteza para recordar y utilizar las palabras idóneas. Pensé entonces que tal vez hubiera podido conseguir ambas cosas si hubiera seguido escribiendo versos, ya que el buscar palabras del mismo significado pero de longitud o sonido diferentes para encajarlas en el ritmo y en la rima correspondientes, me hubiera obligado a perseguir constantemente la variedad expresiva y a fijar en mi mente y dominar una gran multiplicidad de vocablos y giros. En consecuencia, tomé algunas de las narraciones del Spectator y las puse en verso para volverlas después a su prosa original, cuando había pasado tiempo y casi me había olvidado de ésta. Otras veces formaba un revoltijo con los resúmenes que había hecho y, transcurridas algunas semanas, procuraba restablecer el orden lógico que tenían en The Spectator, para luego proceder a reconstruir y completar las frases del ensayo original. Este método me valió mucho para la correcta ordenación de mis ideas, al proporcionarme la ocasión de comparar mi trabajo con el original y poder corregir mis fallos. En ocasiones incluso me hacía la ilusión de que había acertado a mejorarlo en algunos detalles de poca importancia, lo que me animaba a esperar que con el tiempo podría ser un buen escritor, cosa que ambicionaba sobremanera.
 Dedicaba a estos ejercicios y a leer las horas de la noche, acabado mi trabajo, o las de la madrugada, antes de empezarlo, así como los domingos, en que procuraba refugiarme en la imprenta, evitando en lo posible la asistencia al culto colectivo, al que mi padre me obligaba a ir cuando vivía con él. Aunque seguía pensando que tenía la obligación de asistir a él, me parecía justificado el no ir por falta de tiempo.
 Cumplidos los dieciséis años, tuve ocasión de dar con un libro escrito por un tal Tryon, en el que se recomendaba una dieta vegetariana y decidí adoptarla. Mi hermano aún no se había casado y vivía de pensión, en compañía de sus aprendices, con una familia. El que yo me negara a comer carne causaba molestias y ello me valió no pocas críticas. Me familiaricé con algunas recetas del vegetariano Tryon, las de las patatas y el arroz cocidos, por ejemplo; las de los puddings rápidos y algunas otras, y terminé por decirle a mi hermano que si me daba la mitad de lo que pagaba a la semana por mi pensión, yo viviría por mi cuenta. Aceptó de buen grado y yo me encontré con que podía ahorrar la mitad de lo que me daba y comprar más libros. Aparte de ello, encontré en esto otra ventaja: al irse mi hermano y los demás a comer, yo podía quedarme solo en la imprenta, hacer mi frugal colación (que no consistía sino en una galleta o una rebanada de pan, unas pocas uvas pasas, un pastel y un vaso de agua), y dedicarme al  estudio hasta que ellos volvieran. Aquella frugalidad contribuyó a que mis progresos en el saber fueran más rápidos, pues sabido es que la claridad de mente y la prontitud de asimilación intelectual son, por lo general, compañeras de la templanza en comer y beber. Ocurrió, por ejemplo, que alguien me puso en vergüenza por lo poco que yo sabía de cuentas, asignatura en la que, por cierto, me suspendieron dos veces cuando estaba en la escuela, y ante ello, me puse a estudiar la aritmética de Cocker y, sin ayuda de nadie, me la aprendí de cabo a rabo con gran facilidad. Leí también un libro de Seller y Sturny sobre navegación y me familiaricé algo con la geometría sin llegar a profundizar en esta ciencia. Leí también la obra de Locke On Human Understanding y El arte de pensar, de los filósofos de Port Royal.
Autobiografía y otros escritos: Amazon.es: FRANKLIN, BENJAMIN ... Mientras continuaba con mi propósito de mejorar mi lenguaje, encontré un libro de lengua inglesa (creo que era de Greenwood), en el que se insertaban al final dos apéndices con los rudimentos del arte de la lógica y la retórica, el primero de los cuales concluía con un debate siguiendo el método socrático. Poco después leí los Recuerdos memorables de Sócrates, escritos por Jenofonte, donde se recogen numerosos ejemplos de dicho método. Me entusiasmó y decidí adoptarlo. Abandoné mi forma de argumentar obstinada y positivista y llena de seguridades y me transformé en un humilde buscador de la verdad. Tras leer a Shaftessbury y Collins, las dudas que ya tenía acerca de algunos aspectos doctrinales de nuestra religión se extendieron a otros campos y llegué a la conclusión de que este método era el más seguro para mí y que ponía en graves aprietos a aquellos contra quienes lo utilizaba. Así pues, me complacía en practicarlo de continuo, llegando a adquirir cierta maestría en obligar a gentes incluso de mayor talento que yo, a reconocer y admitir cosas cuyo alcance no sospechaban y a ponerlas en situaciones de las que no les resultaba fácil salir, con lo que me apunté triunfos que ni yo ni mis argumentos merecían siempre. Utilicé este método durante algunos años y lo abandoné después paulatinamente, conservando sólo un cierto hábito de expresarme con frases de modesta timidez, evitando utilizar, si preveía discusión, términos demasiado categóricos tales como “ciertamente” o “indudablemente”. Prefería expresarme con frases tales como “pienso o entiendo que tal cosa es así o de tal forma”, o “me parece”, o “en mi opinión”, o “si no me equivoco”. Tal costumbre, pienso, me ha ayudado mucho a inculcar a los demás mis propias opiniones o a persuadirlos a que adoptaran ideas o actitudes que en ocasiones me he dedicado a propagar.
 Y puesto que los objetivos de la conversación consisten al fin y al cabo en informar o ser informado, en agradar o en persuadir, creo que los hombres sensatos y de recto juicio no deben mermar su capacidad de hacer el bien, adoptando una postura dogmática que suele disgustar a los interlocutores, crear oposición y contrariar los fines aludidos del don de la palabra. De hecho, si se trata de instruir a los demás, toda forma apriorística o contundente de manifestar lo que sentimos puede provocar oposición y poner en guardia a los demás contra nosotros. Si uno busca aprender y perfeccionarse con los conocimientos de los demás, es importante no aparecer uno mismo como anclado en prejuicios. Los hombres sensatos y modestos que no son partidarios de discutir no se sentirán animados a sacarnos de nuestros errores. Con esta disposición dogmática, rara vez se contenta al auditorio y menos aún se le persuade de que nos enseñe lo que sabe. Pope observa con acierto:

     Los hombres deben ser enseñados sin notarlo
     e instruirles en lo que ignoran como si
     se tratara de cosas que han olvidado.

  Pope recomienda asimismo:
    Hablar, por muy seguro que se esté, con humildad.

 Y podía haber completado esta frase con otra que utiliza, creo que con menos propiedad, en otro contexto:
    “Pues la falta de modestia es falta de sentido”.

 Si me pregunta por qué lo de la menor propiedad, les diré que los versos eran:
    “Las palabras inmodestas no admiten defensa, pues la falta de modestia es falta de sentido”.

  Pues bien: ¿no es la “falta de sentido” (si alguno es tan desafortunado de no poseerlo) cierta apología de su falta de modestia? Por ello pienso que la expresión correcta debería ser:
    “Las palabras inmodestas sólo pueden disculparse teniendo en cuenta que la falta de inmodestia no es sino falta de sentido”.

   Pero dejemos esto para gente más sabia que yo.»
 
    [El texto pertenece a la edición en español de Editora Nacional, 1982, en traducción de Luis López Guerra, pp. 142-150. ISBN: 978-8427605848.]

miércoles, 23 de marzo de 2022

El ABC de la lectura.- Ezra Pound (1885-1972)


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Capítulo primero

1

 «Vivimos en una época marcada por la ciencia y la abundancia. El cuidado y el respeto por los libros como tales, propios de una época en la que no era posible duplicar ningún libro mientras alguien no se tomara el arduo trabajo de copiarlo a mano, obviamente ha dejado de adecuarse a las “necesidades de la sociedad” y a la conversación del saber. Si el Jardín de las Musas ha de pervivir  como tal jardín, precisa con urgencia de una buena poda.
 El MÉTODO apropiado para el estudio de la poesía y la literatura es el método de los biólogos contemporáneos, esto es, un examen atento y directo de la materia  y una continua COMPARACIÓN de cada “muestra” o espécimen con todos los demás.
 Ningún hombre está pertrechado para el pensamiento moderno en tanto no haya comprendido la anécdota de Agassiz y el pez:
 “Un estudiante de doctorado, licenciado con honores y diplomas, fue a visitar a Agassiz para recibir los últimos y definitivos detalles de su educación. El gran hombre le mostró un pequeño pez y le pidió que lo describiera:
  Estudiante: No es más que un pez luna.
  Agassiz: Ya lo sé. Descríbamelo por escrito.
 Al cabo de unos minutos, el estudiante redactó  la descripción del Ichthius Heliodiplodokus, o como sea el término científico que se emplea para camuflar al pez luna común y ocultarlo del conocimiento  vulgar, familia de los Heliichtherinkus, etc., según se detalla en los libros de texto que tratan sobre esta materia.
 Agassiz indicó de nuevo al estudiante que describiera el pez.
 El estudiante redactó un ensayo de cuatro páginas. Agassiz le dijo entonces que mirase el pez. Al cabo de tres semanas, el pescado se encontraba en un avanzado estado de descomposición, pero el estudiante ya sabía algo sobre el pez”.

 Por medio de este método surgió la ciencia moderna, pero no creció sobre el estrecho margen de la lógica medieval suspendida en el vacío.
 “La ciencia no consiste en inventar un número de entidades más o menos abstractas que se correspondan con el número de objetos que se pretendan descubrir”, dice un comentarista francés a propósito de Einstein. No sé si esta torpe traducción de una frase tan larga en francés resultará del todo clara para el lector medio.
 El primer aserto definido de la aplicabilidad del método científico a la crítica literaria se encuentra  en el Essay on the Chinese Written Characters de Ernest Fenollosa.
 La absoluta vileza del pensamiento filosófico oficial y –si el lector pensara con auténtico detenimiento en lo que trato de decir- el insulto más hiriente, que es al mismo tiempo la prueba más convincente que existe de la nulidad generalizada y de la incompetencia de la vida intelectual organizada en Estados Unidos y en Inglaterra, sus universidades en general, sus sabias publicaciones en gran medida, podría ponerse de manifiesto mediante un relato de las dificultades con que me encontré hasta conseguir ver impreso el ensayo de Fenollosa.
 Sin embargo, un manual no es el lugar adecuado para relatar un pasaje que pueda ser interpretado e incluso mal interpretado y tomado por el desquite de un agravio personal.
 Digamos, pues, que la mentalidad de los editores y de los hombres más poderosos de la burocracia literaria y docente a lo largo del medio siglo anterior a 1934 no siempre ha sido muy diferente de la mentalidad del sastre Blodgett, el cual profetizó que “las máquinas de coser nunca llegarán a gozar de un uso generalizado”.
 El ensayo de Fenollosa tal vez estuviera muy por delante de su tiempo, tanto que no pudo ser comprendido con facilidad. Ni siquiera proclamó su método como si fuese un método. Tan sólo trató de explicar el ideograma chino como un medio de transmisión y de registro del pensamiento. Fue directamente a la raíz del problema, a la raíz de la diferencia existente entre lo que es válido en el pensamiento chino y lo que carece de validez o es engañoso en gran parte del pensamiento y el lenguaje europeo.
 Ésta es la exposición más sencilla que puedo hacer de su sentido:
 En Europa, si uno pide a un hombre que defina algo, lo que sea, su definición siempre se aparta del objeto sencillo que conoce perfectamente y se remonta hacia una región ignota, la región de las abstracciones progresivamente más remotas.
 De ese modo, si se le pregunta qué es el rojo, responde que es “un color”.
 Si se le pregunta qué es un color, dirá que es una vibración o una refracción de la luz, o bien una división del espectro cromático.
 Y si se le pregunta qué es esa vibración, responderá que se trata de una forma de energía o algo semejante, y así seguiría hasta llegar a una modalidad del ser o del no ser, en cualquier caso, se ahonda hasta ir mucho más allá de nuestro alcance, mucho más allá de su propio alcance.
 En la Edad Media, cuando no existía la ciencia material tal como la entendemos, y cuando el saber humano no bastaba para fabricar automóviles ni para que la electricidad transportase el lenguaje por el aire, etcétera, y cuando, en resumidas cuentas, el saber era poco más que la división de la terminología, existía una gran preocupación por la propia terminología, y la exactitud general en el empleo de la terminología abstracta bien pudo ser (y probablemente fue) mucho mayor.
Resultado de imagen de ezra pound el abc de la lectura Quiero decir que un teólogo medieval ponía un gran esmero en no definir a un perro en unos términos que igualmente pudieran haberse aplicado a un diente de perro o a su pellejo, o al ruido que hace cuando chapotea en el agua. Por el contrario, todos los profesores nos dirán que la ciencia se desarrolló con mayor rapidez después de que Bacon recomendase el examen directo de los fenómenos y después de que Galileo y otros dejaran de dar tantas vueltas a las cosas y de discutir tanto, para empezar a observar las cosas a fondo e inventar medios (como el telescopio) para observarlas mejor.
 El miembro vivo más útil de la familia Huxley ha hecho especial hincapié en que el telescopio no fue tan sólo una idea, sino que fue sin lugar a dudas una conquista técnica.
 Por contraste con el método de la abstracción, o de la definición de las cosas en términos cada vez más generales, Fenollosa recalca el método de la ciencia, “que es el método de la poesía”, como algo muy distinto de la “discusión filosófica”; subraya que es el modo en que proceden los chinos en su escritura ideográfica o de pictografía abreviada.
 Por volver al comienzo mismo de la historia, probablemente sepamos que existe un lenguaje hablado y un lenguaje escrito, y que hay dos clases de lenguaje escrito, uno basado en el sonido y otro en la vista.
 Con un animal hablamos mediante unos pocos sonidos y gestos muy simples. La relación que hace Levy-Bruhl de las lenguas primitivas de África nos informa de que se trata de lenguas todavía ligadas a la mímica y al gesto.
 Los egipcios por fin utilizaron pictogramas abreviados para representar los sonidos, pero los chinos todavía hoy utilizan pictogramas COMO imágenes; dicho de otro modo, el ideograma chino no trata de ser la representación pictográfica de un sonido, ni un signo escrito que recuerde un sonido, sino que sigue siendo el dibujo de un objeto, de una cosa en una posición o relación dada, o de una combinación de cosas. Significa la cosa o la acción o la situación o la cualidad inherente a las diversas cosas que representa.
 Gaudier-Brzeska, que estaba acostumbrado a contemplar la forma real de las cosas, era capaz de leer una determinada porción de escritura china sin NINGÚN ESTUDIO previo. “Pues claro –decía-, se ve perfectamente que se trata de un caballo” (o un ala, o lo que fuera).
 En las tablas que muestran los primitivos caracteres chinos en una columna y los signos actuales y “convencionalizados” en la otra, cualquiera se da cuenta de que el ideograma que representa “hombre” o “árbol” o “amanecer” se ha desarrollado, o “se ha simplificado a partir de”, o se ha reducido a la esencia de la primera imagen de un hombre, un árbol o un amanecer.»
   
    [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones y talleres de escritura creativa Fuentetaja, 2000, en traducción de Miguel Martínez-Lage, pp. 25-29. ISBN: 84-95079-92-5.]

domingo, 13 de marzo de 2022

El arte de la lectura en tiempos de crisis.- Michèle Petit (1946)


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3.-La simbolización y el relato: poderes y límites.

Leer las páginas dolorosas de la propia vida de manera indirecta

  «En Francia también mucha gente ha señalado que la literatura constituía desde la más tierna edad “un excelente soporte para el discurso sobre uno mismo”, para utilizar las palabras de Francis Marcoin, en particular muchos de aquéllos y aquéllas que, en guarderías, bibliotecas y escuelas, desarrollan espacios de lectura no regidos por la estricta rentabilidad escolar. Pero esto también es válido para la lectura solitaria, desde luego. Cuando algunos hombres o mujeres me contaban sus recuerdos en el campo o en los suburbios franceses, lo que se evocaba de manera recurrente era también ese trabajo de narración de la propia historia, de ensoñación, de pensamiento, que acompaña o sigue a la lectura. 
 Como dice Pierre Bayard, los libros son un segundo lenguaje al cual recurrimos para hablar de nosotros mismos, un “espacio privilegiado para el descubrimiento personal”: “Lo que realiza el buen lector es una travesía de los libros, pues sabe que cada uno de ellos es portador de una parte de él mismo y puede abrirle el camino a esta parte si tiene la sabiduría de no detenerse […] el lenguaje puede encontrar en su travesía del libro el medio para hablar de lo que habitualmente se oculta en nosotros”. 
 Para Gustavo Martín Garzo, “amamos un libro en la medida en que algo que creíamos perdido, un saber acerca de nosotros mismos, un gesto adorado, regresa a nosotros. Leer es asistir a ese regreso...” Y para Laura Devetach: “Tal vez cuando recurrimos a los textos todos buscamos algo desconocido, algo que se nos plantea como puente hacia cosas ocultas...” No es difícil observar que la búsqueda ávida de un secreto íntimamente relacionado con ellos obsesiona a numerosos lectores, sea cual sea su edad, y que se hallan en caza perpetua, como Pierre Bergounioux, quién dice: “Durante mucho tiempo esperé que existiera el libro que lo explicara todo”. O este hombre que narra: “Compro libros sin que necesariamente tenga tiempo de leerlos, para no arriesgarme a dejar pasar aquel que, por fin, lo supiera todo acerca de mí. Si lo dejara pasar, ¡ usted se da cuenta!” 
 Del nacimiento a la vejez, estamos en busca de ecos de los que hemos vivido de manera oscura, confusa, y que algunas veces se revela, se explicita de manera luminosa y se transforma gracias a una historia, un fragmento o una simple frase. Y nuestra sed de palabras, de elaboración simbólica es tal que, a menudo creemos asistir a ese regreso de un saber a propósito de nosotros mismos saltando sobre quién sabe qué extraños resortes, haciendo derivar el texto leído a nuestro capricho, encontrado en él algo que el autor jamás habría imaginado que estuviera allí. Habla una vez más P. Bayard: “tanto los lectores como los no lectores están atrapados, lo quieran o no, en un proceso interminable de invención de los libros, y […] la verdadera cuestión no es, por ello, saber cómo escapar de ella, sino cómo acrecentar su dinamismo y su alcance”. 
 Cuando no se siente como algo impuesto, una historia prestada -o una frase- puede muy pronto volverse parte de uno mismo y, al garantizar una distancia que protege, puede permitir evocar la propia historia, en particular sus capítulos difíciles. Porque son sobre todo las páginas dolorosas de nuestra vida las que pueden ser leídas de manera indirecta. “Eso habla de mí sin que esté obligada a hablar de mí”, como le dijo una mujer a Karine Brutin, maestra de literatura que acompaña a jóvenes en gran desamparo psíquico en la clínica universitaria Georges Heuyer o en el hospital Sainte-Anne, en París. Para ella,” el encuentro con el libro permite, en situaciones de catástrofe psíquica, reanudar con el mundo interior propio y desplegarlo a partir de las representaciones culturales y artísticas...” 
 La literatura, observa ella,” devuelve algo indecible al campo del lenguaje”. Para esto hace falta muchas veces - además del arte de esta maestra- un relato “que contenga la historia sin que sea necesario hablar de ella”, que permita entrever una escena oculta sin por ello revelarla. Encuentro que se produce allí donde uno menos lo espera y donde el libro elegido por el lector lo es ”porque en secreto tiene que ver con una catástrofe íntima, porque es una de las versiones imaginarias posibles de ésta. La lectura consuela, apacigua porque pone en movimiento nuestras inscripciones traumáticas más oscuras”. 
 Ésta reconduce a cada persona al corazón de sí misma, “hasta el seno de lo oscuro que nos da fundamento” y “es terapéutica porque las representaciones que ofrece, despiertan lo que nosotros está dormido o ignorado, recitan pedazos de historias, fragmentos de recuerdos, los efluvios de sensaciones olvidadas”. Por eso la lectura y la vida están tan estrechamente mezcladas que importa poco “distinguir lo propio de lo que pertenece al escritor. La lectura, al suscitar la vida interior, desencadena un proceso terapéutico discreto, del que quizá no medimos todo el poder”. 
 Más allá de las situaciones de catástrofe para cada persona, como lo señala también K. Brutin, “las historias narradas en la velada o los libros que se leen al momento de dormirse permiten metabolizar conflictos y desesperanzas sobre una escena imaginaria, y entrar en los ‘reinos sombríos’ habitados por las imágenes del sueño. El libro es fruto de un trabajo análogo al del sueño”. Tal vez por ello es que tanta gente lee por la noche, sin importar cuál sea su medio social o su edad. Más de un lector por cierto, hace explícita la semejanza entre lectura y sueño, por ejemplo el hombre que dice: “Yo Leo en la cama. Si ustedes quieren, ésta es siempre la sala de descompresión entre los problemas del día y la noche. Y eso alimenta mis sueños”. 
 Didier Anzieu pensaba que por medio del sueño se restauraba cada noche la envoltura psíquica vital que los pequeños traumatismos de la jornada habían llenado de agujeros. Tal vez la lectura repara también en la cotidianeidad los desgarramientos y domestica lo extraño, lo inquietante. El acomodo en secuencia, la elaboración estética de los textos, son tranquilizadores: el tiempo se ordena, los acontecimientos contingentes adquieren sentido en una historia que se pone en perspectiva. Y es un poco como si, por el orden secreto que emana de ésta, el caos del mundo interior pudiera tomar forma.

 A la caza de expresiones afortunadas 

 Sea cual sea el medio en que vivimos y la cultura que nos vio nacer, necesitamos mediaciones, representaciones figuraciones simbólicas para salir del caos, sea exterior o interior. Lo que está en nosotros debe primero encontrar cómo decirse hacia fuera, y por vías indirectas, para que podamos instalarnos en nosotros mismos. Para que tramos enteros de lo que hemos vivido no se queden enquistados en zonas muertas de nuestro ser. De otro modo, carecemos de fuerza. 
Resultado de imagen de michele petit la lectura en tiepos Desde luego, la lectura no basta para suministrar representaciones y reparar a quienes han vivido dramas o las múltiples separaciones que son lo normal en toda vida. Hacen falta vínculos sociales, amor, amistad, proyectos compartidos, a veces otras prácticas culturales -como veremos más adelante-, y a menudo una intersubjetividad con profesionales de la escucha con los cuales poder liberar las palabras. Pero somos seres de lenguaje en caza perpetua de “expresiones afortunadas”. 
 Algunas veces son nuestros allegados quienes nos brindan claves que nos permiten explicitar lo que hemos vivido. O desconocidos, de la calle o en un café, los que pronuncian una o dos frases o cuentan una anécdota que aclara una región de nosotros que no habíamos podido expresar, un aspecto del mundo que permanecía en la oscuridad. No obstante, ese tesoro de experiencias humanas que es la cultura nos prodiga recursos inigualables. Y en particular por medio de la literatura. Como dice P. Bergounioux, “los buenos libros nombran de modo simple y sencillo las cosas que nos ocurren y nos afectan, sobre todo en la medida en que no los comprendemos verdaderamente. Al lado de la esfera del sentido común, del comentario apresurado, aproximativo, cuyo destello incierto guía nuestros pasos en el camino de cada día, existen versiones aproximadas, amplias, insólitas, deslumbrantes de nuestra experiencia: aquellas que la literatura y sólo ella, es capaz de dar”. 
 Mitos, cuentos, leyendas, poesías, obras de teatro, novelas que ponen en escena las pasiones humanas, los deseos o los miedos, permiten comprender a los niños, a los adolescentes y también a los adultos, no por medio del razonamiento sino mediante un desciframiento inconsciente, que lo que les obsesiona pertenece a todos. Son puentes tendidos entre uno mismo y los demás, pasarelas lanzadas entre la parte inefable de uno mismo y la que se presenta a los demás.   
 Puede ser un simple título el que permita expresarlo sobre sí mismo en una forma condensada, como en el ejemplo que menciona el doctor Xavier Pommereau, encargado en Burdeos del Centro Abadie, que acoge adolescentes suicidas. Este lugar se propone ser una “cámara de descompresión” para que estos jóvenes que no encuentran en la vida ni sitio ni identidad tolerables, prosigan el trabajo sobre ellos mismos. A esta edad, observa Pommereau, no es fácil que las palabras describan los males y hace falta encontrar otras vías aparte de las simples pláticas o discusiones para que expresen lo que sienten. De este modo se implementan actividades deportivas como la escalada y algunas mediaciones culturales. Lo que solicitaron los adolescentes fue un muro de expresión, un punching bag (una pera de box) y... algunos libros. El lugar se convirtió en una biblioteca donde se boxea y se hacen grafitis. Pommereau escribe: “Contra lo que esperábamos y pese a que habíamos tratado en vano de sensibilizar a los jóvenes hacia la lectura con interventores externos, algunos libros son consultados, leídos o tomados en préstamo”. Señala en particular el éxito que tuvo El rojo y el negro entre los jóvenes provenientes de medios populares. Y aclara: “Para estos jóvenes, el rojo es la sangre y el negro la desesperanza. Necesitan poner este libro sobre su mesa de noche para proyectar su desesperanza”. Del otro lado del Atlántico, Cien años de soledad juega a veces este papel... 
 Aun en los contextos más dramáticos, en hospitales donde se hallan niños al final de su vida, algunos mediadores observan que por medio de un libro, éstos empiezan a veces hablar de su muerte, por ejemplo designando el cielo en la imagen de un libro ilustrado y diciendo: “Yo iré allí”. O piden una historia precisa, como la niña que le rogaba a un enfermero que le leyera “La cabra del señor Seguin” e insistió hasta que cedió a su petición - a la que se resistía con todo su ser- para después señalar: “Fíjate, al amanecer ella escogió renunciar a luchar y morir”. A la mañana siguiente ella misma dejó de vivir.»

 [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Océano, 2008, en traducción de Diana Luz Sánchez, pp. 110-117. ISBN: 978-84-494-3905-6.]