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domingo, 18 de febrero de 2024

Vientos del apocalipsis.- Paulina Chiziane (1955)

Algunos nombres de la lucha de la mujer en África – Afroféminas
Primera parte

5

 «Poco falta para ser lo que siempre fui, lo que no soy y lo que siempre seré. Sianga monologa con voz amena como si temiese herir sus propios tímpanos.
 Sentado debajo de su sombra predilecta contempla el parto de cada mañana, cuando el Sol emerge del vientre de la tierra madre laureado con la corona real. Contempla la evolución del día hasta el color de la agonía, de despedida, cuando el astro rey se va a dormir en el cajón azul cenizo del lado opuesto del Naciente. Sianga es, sin sombra de dudas, el guardián del Sol.
 Es ambicioso, perezoso y solitario. El odio y la venganza se introdujeron en él y escogieron su nido en el lado izquierdo del corazón que se inclina hacia el punto más negativo. La Tierra es una rueda que gira, él lo sabe, pero la vida sólo es interesante cuando la rueda que la constituye gira en el centro de nuestro mundo.
 Abre la mano y tantea la vida cansada. Observa las líneas del destino para confirmar por milésima vez su sino. La línea de la vida es un surco fuerte que casi divide la mano en dos partes. La línea de la suerte está marcada sólo en su punto de partida y enseguida va muriendo, desaparece, para volver a surgir aún más fuerte que en los puntos anteriores. Sí, mi suerte será mayor al final del camino. Es verdad que volveré a ser lo que siempre fui y mucho más, aquí está dicho. Todo fue escrito antes de mi nacimiento -piensa Sianga.
 Viaja envuelto en los distantes recuerdos y la idea de aquello que fue y volverá a ser le endulza el espíritu. De repente entristece. La amargura y los odios, ya cadáveres, comienzan a ganar vida en un milagro de resurrección y colocan leños en la hoguera de la venganza. La vida corre rápidamente hacia el fin del camino. Siente un deseo febril de saborear el placer postrero de sentarse en la silla real, aunque sea por un pequeño instante. Sueña. Proyecta. Imagina. Calcula. El golpe tiene que ser fuerte y certero. Levanta los ojos hacia la copa de la higuera y se distrae con la lidia de los lagartos en pelea. El chillido de los pájaros viene de la copa de la higuera. En la distancia, el aullar de los perros es igual al llanto de los niños, poco falta para que mueran y alguien ya propuso comérselos, pero qué idea tan repugnante. Le pone cara de asco a su rostro malicioso. Escupe sobre la arena seca. Separa el trasero de la estera de juncos y da pasos muertos alrededor de sí mismo. Su estatura es mediana, seca, más escuálido que los lagartos que corren por las ramas de la higuera grande. La caja del pecho cóncavo, el tronco encorvado y el color negro-hambre de la piel arrugada lo hacen similar a la escultura de palo revestida de una solemnidad diabólica. Es una figura desagradable, tenebrosa.
 Regresa al lugar y se sienta. Prefiere la soledad, la calma, al bullicio de la vida. Es un hombre distinto, créelo. Perdió todos los poderes de atraer la atención, y la ausencia es una forma de marcar la presencia porque todos se preguntarán la razón de esa ausencia. Para él todos los días son de descanso, siempre lo fueron, quizás porque él es de sangre noble y no nació para las fatigas de la vida. Es un gran señor que no hace nada y lo tiene todo. Es un hombre inútil. La enfermedad de la pereza lo paralizó en la infancia y tal parece que nació con ella. Es una enfermedad crónica, no tiene remedio posible.
 Se estira; entorna los ojos como un cocodrilo. Se mueve para arriba, para abajo, a la izquierda, a la derecha, hasta parece un anca de rana que va a ser asada en la brasa. Es siempre así. Pasa los días desperezándose al calor en bostezos de sueño y holgazanería, como un líquido de atrapar moscas. Arrastra la estera hacia la sombra, hacia el sol, hacia la sombra otra vez y de nuevo hacia el sol.
 El mundo se pregunta y se admira de la razón de tanta inercia, y en incontables ocasiones la gente le lanza palabras peyorativas sin lograr herir su sensibilidad.
 —¡Heyyy!… Que la paz sea contigo, compadre Sianga. ¿Qué haces ahí sembrado todo el santo día? ¿No te duelen las nalgas de tanto estar sentado? ¡Ya debes tener los huesos pegados de tanta pereza, sí! Levanta el culo, vamos a dar una vuelta y a beber un trago.
 Sianga ofrece una sonrisa sardónica y se justifica:
 —Estoy en el mismo lugar observando la decadencia del mundo, cómo la tierra se desnuda cuando las hojas amarillean gradualmente hasta el dorado y ya ennegrecidas se desprenden de las ramas. Observo a los lagartos de cabeza azul en la lucha por la supervivencia y me divierto cuando uno de ellos agarra a la presa y los otros, envidiosos, lo persiguen de un lado a otro sin sombra de cansancio, desperdiciando la energía que sería útil para la caza de nuevos insectos. Comparo la lucha de los lagartos con la lucha de los gallos y de los hombres. Todos los seres son envidiosos, egoístas, ambiciosos. Al final no hay ningún misterio en eso. Los hombres y los animales son fieras fabricadas por el mismo diablo.
 El interlocutor escucha la justificación improcedente; mueve la cabeza, gira los calcañales y se bate en retirada sin una palabra de despedida.
 Y Sianga regresa a sus devaneos. Va paseando la vista por los cuatro confines del mundo. La tierra triste exhibe peñascos, colinas, montículos de arena. El paisaje seco es el cementerio de los sueños. Las hormigas blancas han erigido mausoleos en las partes altas y bajas de la planicie. Si en cada morro se colocara una cruz, el homenaje a la muerte sería perfecto. Por todas partes huele a tierra muerta, a hierba seca. El olor a bosta seca estimula las narices, sugiere el gusto del rapé. Coge una pequeña porción. La aspira. Abre los ojos, la sensación de deleite lo recorre en lo íntimo. Sonríe. Sonrisa bonita, sonrisa de niño. Hasta parece que siembra flores en las arenas del desierto.
 —Gracias, igualmente, muy buenas tardes, hermano Sianga, sí. Pasas el día ronroneando como un gato perezoso. Cuando estás despierto devoras el mundo con una mirada más profunda que el lago Sule. ¿Qué es lo que te hipnotiza en el aire?
 —Rindo homenaje a Satanás, mi protector -responde Sianga- Envió el fuego de la venganza a la hora exacta, castigando a todos los que me condenaron. Los hombres son más arrastrados que las serpientes y caminan con el tronco encorvado, con la nariz colocada casi a la altura del suelo olfateando el terreno de la sepultura. La arena estalla bajo la fuerza del fuego que chupa la savia de la vida, como una sanguijuela invisible alojada en las entrañas.
 Sianga hace el viaje habitual en torno a las orgías de los viejos tiempos y el corazón es tocado de ligera tristeza. Habla en susurros. Agarra la garrafa, bebe un trago. Se ríe. Se enerva. Grita como un loco llamando a la mujer para colocarle en los hombros el peso de sus frustraciones. Bebe otro trago y se alivia.
 Hoy Sianga se sumergió en el mundo de los cálculos desde que salió el Sol. Cuenta el número de moscas que se posan en las heridas ensangrentadas de su perro. El número de ráfagas de aire que le baten el rostro; los rayos de Sol que se esparcen en la copa de la higuera y el número de veces que giró hacia el frente, hacia atrás, hacia la izquierda y hacia la derecha. Contó el número de viandantes que pasaron por el sendero a lo largo de la casa. Son cuarenta y cinco, los contó bien. Nueve eran chicos de menos de trece años, que caminaban en grupos de dos o tres, armados de pequeñas lanzas de madera. Trece eran muchachos de más de quince, que cargaban en hombros un enorme saurio verde de más de dos metros de largo, el cual se agitaba gravemente herido, lanzando movimientos de agonía. Sianga queda deslumbrado pues hacía una buena temporada que no veía semejante maravilla. Los filetes de lagarto verde asados en brasas son buenos. Levantó el trasero del suelo, se aproximó a los muchachos y los interrogó sobre el precioso hallazgo proponiéndoles comprarlo por una buena cantidad de dinero. Dijeron que no y él, enfurecido, vomitó torrentes de maldiciones, prometiendo vengarse de toda la gente. Los muchachos se rieron aprovechando la ocasión para burlarse de la pereza del viejo. Otros once viandantes eran mujeres de azadón al hombro y cestos de paja colgados de los flacos brazos. Iban y venían de desenterrar las raíces suculentas, de la cosecha del cacto dulce, de la recolección de cardos y hortalizas amargas. Cinco eran hombres apresurados, solitarios, de machete en la mano y alguna carga preciosa al hombro, tan secos, tan sucios, tan desarrapados, que bien parecían cadáveres en movimiento. Son hombres habituados a la actividad, que caminan para entretener el hambre, pues cuando se reposa es que el estómago reclama. Los demás pasantes eran viejos despreciables, obstinados, que caminan a rastras hacia las huertas aunque conscientes de que allí ya no hay vida. Quieren ser testigos de su propia muerte. La muerte de la tierra y la muerte de la gente.
 Sianga sólo conoce el descanso, el alimento y el reposo, y cuando no está durmiendo, se pone a contemplar el cielo y la tierra como si hubiese descubierto algo necesario en el descampado vacío del cielo de la boca.
  Los niños son agua, son patos, no perciben nada, se justifican los padres ante el hombre que todos consideran privado de la razón. Los pequeños, esos eternos juerguistas, encontraron en Sianga un motivo para burlas y juegos, muchas veces de mal gusto. No son pocas las veces en que, con la barriga llena, se confabulan y organizan un ejército fuerte para violentar y remedar al viejo de trasero en el suelo.
VIENTOS DEL APOCALIPSIS | PAULINA CHIZIANE | Comprar libro ... En grupos de tres y cuatro pasan a lo largo de la casa y ofrecen a Sianga un saludo solemne con la voz más inocente del mundo. El viejo no responde porque el rostro de los chicos denuncia burla programada. Caminan lentos, tranquilos, como si fueran a algún lugar. Al llegar a una zona de total seguridad, inician el ataque lanzando una descarga de provocaciones:
 —Abuelo Sianga, culo aplastado igual que el suelo.
 —Pobre Sianga. Ya no tienes culo, las hormigas te lo comieron de tanto pegarte a la tierra. Ellas pensaron que lo habías tirado.
 —Sianga, levanta el trasero, mira la cobra, mira el perro que te va a morder, corre, despega el trasero y huye.
 —Abuelo Sianga, culo en el suelo. Sianga hierve ante la risa de los pequeños, defendiéndose con injurias, maldiciones, amenazas, intentando ahuyentarlos con palabrotas fuertes, actitud que sólo sirve para avivar el fuego, porque los bribones se ríen, gritan batiendo palmas, lanzando provocaciones aún más jocosas. El juego alcanza el clímax; Sianga se levanta como un perro con rabia y persigue al bando con intención de agarrar a uno de ellos y darle la merecida lección. Ahí es cuando comienza la mayor algarabía. Los muchachos se lanzan apresuradamente, como pájaros en vuelo, y forman un enorme círculo con Sianga aprisionado dentro de él. Una nueva provocación parte de un punto del círculo; Sianga intenta agarrar al atrevido con pasos torcidos. Cae. Es cuando se levanta que escucha otra mofa del lado opuesto. Gira los talones e intenta perseguir de nuevo y en ese momento, todo el grupo lanza un fuerte ataque al mismo tiempo. Grita y corre para todos lados vociferando pesados insultos, moviendo todo el cuerpo con gestos de rabia, y los pequeños, ya en fuga, gritan: el viejo todavía está en forma, hasta corre, tiene el culo entero, las hormigas no han conseguido devorárselo; el fantasma está en movimiento, quiere mordernos, sálvese quien pueda.
 Los niños son peores que las fieras y le causan tormentos. Se nota a lo lejos: padres e hijos son cómplices de la misma intriga, porque si no es así, ¿por qué es que los adultos se alejan?
 Los pequeños desaparecen con los estómagos doloridos de tanto reír. Sianga regresa enfurecido al lugar. Grita a la mujer. Da vueltas en la estera incontables veces hasta que la calma lo acuna y lo adormece. Alguien lo despierta.
 —Hermano Sianga, siempre durmiendo a pleno sol. Vamos a dar una vuelta y a ahogar las penas bebiendo un trago.
 A decir verdad, Sianga bien necesita de ese trago. Su botella se vació y los nervios le han secado la garganta. Quiere aceptar la invitación, pero con una mirada rápida aprecia el aspecto de su interlocutor, la apariencia humilde, el cuerpo vestido con harapos, las manos callosas y llenas de cicatrices. Formula entonces un violento no. La invitación es demasiado rústica para su paladar. Prefiere pasar sed a una compañía asquerosa. Llama a la mujer y le ordena que vaya a comprar una botella de aguardiente.
 —Sabes, hermano Sianga, la desgracia cayó sobre la tierra y vive en las tripas de la gente. ¡Si supieses lo que le ocurrió al compadre Dombissa!
 —¿Que no sé? Lo sé todo, eso lo sé. No es preciso que nadie me diga, yo adivino, soy vidente. Sé todo lo que le ocurrió a ese desgraciado, pero eso no impide que me cuentes todos los detalles.
 Realmente él lo sabía todo porque Manuna, su hijo preferido, pasa las mañanas, las tardes y las noches enamorando a las muchachas de la aldea, haciendo compañía a las viudas y a las mujeres solteras. Recoge las novedades frescas y de primera mano para trasladarlas al padre. El día anterior Sianga había estado con el compadre Dombissa con quien tuvo una larga conversación y le llamó la atención sobre el peligro que corría su vida. Hacer la corte a la mujer del vecino en las barbas de todo el mundo, además de ser tabú es algo que causa desgracia. Poco después de la conversación con Dombissa vio a Joshua, el marido ofendido, caminando con pasos de fiera herida en dirección a la casa de la comadre Mafuni, seguramente siguiendo las huellas del rival. Se dice que después de beber un poco de aguardiente, el suficiente para perder la vergüenza, Joshua se lanzó furiosamente sobre Dombissa, el cual, cogido de sorpresa, no tuvo otra alternativa que tirar de la navaja y, clavándola bien en el pecho del adversario, hacerlo viajar al reposo eterno. Para aumentar la desgracia, en la madrugada del día siguiente el hijo más pequeño del asesino dio el último suspiro. Incluso ya hay rumores de que Dombissa será absuelto del crimen cometido, toda vez que los difuntos han aplicado ya la justicia suprema. La muerte del pequeño es el pago de la deuda de sangre, pues si no fuese así, el niño no habría muerto, según afirman los curanderos.
 El éxodo aumenta en Mananga, Sianga está bien informado sobre eso. El amor es una fantasía inventada por los hombres, no existe y nunca existirá, eso es claro y evidente. En el pasado, los hombres organizaron ejércitos y se mataron por amor a la tierra, en defensa del territorio, de la soberanía, y ahora que la pobrecita ya no tiene nada, que dio todo lo que tenía que dar, que fue terriblemente chupada, los hombres la abandonaron porque está en desgracia. Los más fuertes se fueron a trabajar a las minas de las tierras del Rand y un día volverán con vehículos motorizados, bicicletas y ropas baratas para seducir a las mujeres de la tierra. Las más jóvenes fueron para los suburbios de las ciudades a vender su honra a cambio de pan, haciendo revivir, sutilmente, los antiguos centros de prostitución ya prohibidos por la ley. Sianga siente una necesidad urgente de tomar una decisión, no va su hija Wusheni a tomar esos caminos vergonzosos. Ella es bonita, madura, y el casamiento será la mejor solución para acomodarla. Es verdad que ya no hay hombres que valgan en Mananga, pero, ¿qué importancia tiene eso? Puede hasta ser un viejo, lo que las mujeres necesitan es de alguien que les garantice protección y alimento. Sianga sabe de la vida de toda la aldea, incluso con el trasero pegado a la estera. Es vidente. El buen profeta no necesita trasladarse hasta el monte porque éste corre fluido a sus pies, en los sueños, en los devaneos.»

   [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Txalaparta, 2002, en traducción de Martha Rosa Sardiñas Vargas y Teresita Urra Vargas, pp.41-45. ISBN: 978-84-8136-253-4.]

viernes, 13 de marzo de 2020

La metamorforsis.- Franz Kafka (1883-1924)


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«Al despertar Gregorio Samsa una mañana, tras un sueño intranquilo, encontróse en su cama convertido en un monstruoso insecto. Hallábase echado sobre el duro caparazón de su espalda, y, al alzar un poco la cabeza, vio la figura convexa de su vientre oscuro, surcado por curvadas callosidades, cuya prominencia apenas si podía aguantar la colcha, que estaba visiblemente a punto de escurrirse hasta el suelo. Innumerables patas, lamentablemente escuálidas en comparación con el grosor ordinario de sus piernas, ofrecían a sus ojos el espectáculo de una agitación sin consistencia.
 -¿Qué me ha sucedido?
 No soñaba, no. Su habitación, una habitación de verdad, aunque excesivamente reducida, aparecía como de ordinario entre sus cuatro harto conocida paredes. Presidiendo la mesa, sobre la cual estaba esparcido un muestrario de paños -Samsa era viajante de comercio-, colgaba una estampa ha poco recortada de una revista ilustrada y puesta en un lindo marco dorado. Representaba esta estampa una señora tocada con un gorro de pieles, envuelta en un boa también de pieles, y que, muy erguida, esgrimía contra el espectador un amplio manguito, asimismo de piel, dentro del cual desaparecía todo su antebrazo.
 Gregorio dirigió luego la vista hacia la ventana: el tiempo nublado (sentíanse repiquetear en el cinc del alféizar las gotas de lluvia) infundióle una gran melancolía.
 -Bueno -pensó-; ¿qué pasaría si yo siguiese durmiendo un rato y me olvidase de todas las fantasías? -Mas era esto algo de todo punto irrealizable, porque Gregorio tenía la costumbre de dormir sobre el lado derecho, y su actual estado no le permitía adoptar esta postura. Aunque se empeñaba en permanecer sobre el lado derecho, forzosamente volvía a caer de espaldas. Mil veces intentó en vano esta operación; cerró los ojos para no tener que ver aquel rebullicio de las piernas, que no cesó hasta que un dolor leve y punzante al mismo tiempo, un dolor jamás sentido hasta aquel momento, comenzó a aquejarle en el costado.
 -¡Ay, Dios! -díjose entonces-. ¡Qué cansada es la profesión que he elegido! Un día sí y otro también de viaje. La preocupación de los negocios es mucho mayor cuando se trabaja fuera que cuando se trabaja en el mismo almacén, y no hablemos de esta plaga de los viajes: cuidarse de los enlaces de los trenes, la comida mala, irregular; relaciones que cambian de continuo, que no duran nunca, que no llegan nunca a ser verdaderamente cordiales, y en que el corazón nunca puede tener parte. ¡Al diablo con todo!
 Sintió en el vientre una ligera picazón. Lentamente, se estiró sobre la espalda, alargándose en dirección a la cabecera, a fin de poder alzar mejor la cabeza. Vio que el sitio que le escocía estaba cubierto de unos puntitos blancos, que no supo explicarse. Quiso aliviarse tocando el lugar del escozor con una pierna; pero hubo de retirar ésta inmediatamente, pues el roce le producía escalofríos.
Resultado de imagen de la metamorfosis alianza editorial -Estos madrugones -díjose- le entontecen a uno por completo. El hombre necesita dormir lo justo. Hay viajantes que se dan una vida de odaliscas. Cuando a media mañana regreso a la fonda para anotar los pedidos, me los encuentro muy sentados, tomándose el desayuno. Si yo, con el jefe que tengo, quisiese hacer lo mismo, me vería en el acto de patitas en la calle. Y ¿quién sabe si esto no sería para mí lo más conveniente? Si no fuese por mis padres, ya hace tiempo que me hubiese despedido. Me hubiera presentado ante el jefe y, con toda mi alma, le habría manifestado mi modo de pensar. ¡Se cae del pupitre! Que también tiene lo suyo eso de sentarse encima del pupitre para, desde aquella altura, hablar a los empleados, que, como él es sordo, han de acercársele mucho. Pero, lo que es la esperanza, todavía no la he perdido del todo. En cuanto tenga reunida la cantidad necesaria para pagarle la deuda de mis padres -unos cinco o seis años todavía-, ¡vaya si lo hago! Y entonces, sí que me redondeo. Bueno; pero por ahora, lo que tengo que hacer es levantarme, que el tren sale a las cinco.
 Volvió los ojos hacia el despertador que hacía su tictac encima del baúl.
 -¡Santo Dios! -exclamó para sus adentros.
 Eran las seis y media y las manecillas seguían avanzando tranquilamente. Es decir, ya era más. Las manecillas estaban casi en menos cuarto. ¿Es que no había sonado el despertador? Desde la cama podía verse que estaba puesto efectivamente en las cuatro; por tanto, tenía que haber sonado. Mas ¿era posible seguir durmiendo impertérrito, a pesar de aquel sonido que conmovía hasta a los mismos muebles? Su sueño no había sido tranquilo. Pero, por lo mismo, probablemente tanto más profundo. Y ¿qué se hacía él ahora? El tren siguiente salía a las siete; para cogerlo era preciso darse una prisa loca. El muestrario no estaba aún empaquetado y, por último, él mismo no se sentía nada dispuesto. Además, aunque alcanzase el tren, no por ello evitaría la filípica del amo, pues el mozo del almacén, que habría bajado al tren de las cinco, debía de haber dado ya cuenta de su falta. Era el tal mozo una hechura del amo, sin dignidad ni consideración. Y si dijese que estaba enfermo, ¿qué pasaría? Pero esto, además de ser muy penoso, infundiría sospechas, pues Gregorio, en los cinco años que llevaba empleado, no había estado malo ni una sola vez. Vendría de seguro el principal con el médico del Montepío. Se desataría en reproches, delante de los padres, respecto a la holgazanería del hijo, y cortaría todas las objeciones alegando el dictamen del galeno, para quien todos los hombres están siempre sanos y sólo padecen de horror al trabajo. Y la verdad es que, en este caso, su opinión no habría carecido completamente de fundamento. Salvo cierta somnolencia, desde luego superflua después de tan prolongado sueño, Gregorio sentíase admirablemente, con un hambre particularmente fuerte.
 Mientras pensaba y meditaba atropelladamente, sin poderse decidir a abandonar el lecho, y justo en el momento en que el despertador daba las siete menos cuarto, llamaron quedo a la puerta que estaba junto a la cabecera de la cama.
 -Gregorio -dijo una voz, la de la madre-, son las siete menos cuarto. ¿No ibas a marcharte de viaje?
 ¡Qué voz más dulce! Gregorio se horrorizó al oír en cambio la suya propia, que era la de siempre, sí, pero que salía mezclada con un doloroso e irreprimible pitido, en el cual las palabras, al principio claras, confundíanse luego, resonando de modo que no estaba uno seguro de haberlas oído. Gregorio hubiera querido contestar dilatadamente, explicarlo todo; pero, en vista de ello, limitóse a decir:
 -Sí, sí. Gracias, madre. Ya me levanto.
 A través de la puerta de madera, la mutación de la voz de Gregorio no debió de notarse, pues la madre se tranquilizó con esta respuesta y se retiró.»

    [El texto pertenece a la edición en español de Alianza Editorial, 1980. ISBN: 84-206-1004-6.]

viernes, 31 de agosto de 2018

Sin mañana.- Vivant Denon (1747-1825)


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Roseta. Los árabes beduinos

«Roseta no ofrece ningún monumento curioso. Su antigua circunvalación revela que fue más grande de lo que es ahora. Se reconoce la primera muralla por los montículos de arena que la cubren de oeste a sur, formados por murallas y torres que sirven de núcleos a estos terrenos. Al igual que en Alejandría, la población de esta ciudad va decreciendo. Se construye poco y lo que se construye se hace con ladrillos viejos de los edificios que se convierten en ruinas por falta de habitantes y de arreglos. Las casas, por lo general mejor edificadas que en Alejandría, son aun así tan frágiles que, de no protegerlas el clima, que no destruye nada, pronto no existiría ni una sola casa en Roseta. Los pisos, que siempre sobresalen con respecto al de debajo, acaban casi tocándose, lo que vuelve las calles muy oscuras y tristes. Las viviendas que están a orillas del Nilo no tienen este inconveniente. La mayoría pertenecen a los negociantes extranjeros. Esta parte de la ciudad sería fácil de embellecer. Sólo habría que construir en la orilla del río un muelle alternativamente en declive y cubierto. Las casas, aparte de la ventaja de tener vistas a la navegación, poseen el aspecto alegre de las riberas del delta, isla que no es sino un jardín de una legua de extensión.
 Esta isla se convirtió primero en nuestra propiedad, nuestro paseo y, por último, en el jardín donde disfrutábamos del placer de la caza, al que se añadía el de la curiosidad, ya que cada pájaro que matábamos era un nuevo conocimiento.
 Pude observar que los pobladores de la orilla izquierda del Nilo, es decir, los habitantes del delta, eran más afables y sociables. Creo que esto hay que atribuirlo tanto a una mayor abundancia como a la ausencia de los árabes beduinos, que, al no cruzar nunca el río, los dejan en un estado de paz que no disfrutan los demás en ningún momento de sus vidas.
 Observando las causas, uno tiene casi siempre menos tendencia a quejarse de los efectos. ¿Cómo puede reprocharse a los árabes agricultores el que sean hoscos, desconfiados, avaros, descuidados, faltos de previsión para el futuro, cuando se piensa que, aparte de la vejación que les inflige el amo del suelo que cultivan, el ávido bey, el jeque, los mamelucos, hay un enemigo errante, siempre armado, acechando sin cesar el instante propicio para arrebatarle todo lo superfluo que tuviera la osadía de mostrar? El dinero que puede ocultar y que representa los placeres de los que se priva es todo cuanto puede considerar verdaderamente suyo. Por esto, el arte de esconderlo es su principal dedicación. Las entrañas de la tierra no le parecen fiables; los escombros, los harapos, toda la parafernalia de la miseria: espera defender sus riquezas de la avidez de sus amos poniendo estos tristes objetos al alcance de sus miradas. Le interesa inspirar piedad. No compadecerse de él sería denunciarlo. Inquieto mientras acumula ese peligroso dinero, turbado cuando lo posee, su vida transcurre entre la desgracia de no tenerlo y el terror de ver cómo se lo arrebatan.
 Bien es verdad que habíamos expulsado a los mamelucos. Pero al echarlos a nuestra llegada, habida cuenta de que experimentábamos todo tipo de necesidades, ¿no los habíamos reemplazado? Y a esos árabes beduinos, mal armados, sin resistencia, con arenas movedizas por toda muralla, sin más línea que el espacio ni más refugio que la inmensidad, ¿quién podrá vencerlos o contenerlos? ¿Acaso trataremos de seducirlos ofreciéndoles tierras que cultivar? Pero los campesinos de Europa que se convierten en cazadores dejan de cultivar la tierra para siempre; y el beduino es el cazador primitivo. La pereza y la independencia son las bases de su carácter. Y para satisfacer una y defender la otra, se agita sin cesar y se deja asediar y tiranizar por la necesidad. No podemos, pues, proponer a los beduinos nada que equivalga a la ventaja de robarnos; y el cálculo es siempre la base de sus tratados.
 La envidia, plaga de la que no está exenta ni la morada misma de la pobreza, se cierne también sobre las arenas ardientes del desierto. Los beduinos guerrean con todos los pueblos del universo, no odian ni envidian más que a los beduinos que no son de su horda. Emprenden todas las guerras, se ponen en movimiento en cuanto una riña interna o un enemigo extraño turba el reposo de Egipto, y, sin unirse a ninguno de los bandos, aprovechan la refriega para robar a los dos. Cuando llegamos a África, se mezclaban con nosotros, raptaban a los rezagados, y habrían saqueado a los alejandrinos si éstos hubieran salido de sus murallas a combatir. Donde esté el botín está el enemigo de los beduinos. Siempre dispuestos a negociar -porque hay presentes ligados a las estipulaciones-, no conocen más compromiso que la necesidad. Su crueldad, sin embargo, no tiene nada de atroz. Los prisioneros que nos hicieron, al recordar los males que habían padecido en su cautiverio, los consideraban más como una consecuencia de la manera de vivir de este pueblo que como un resultado de su barbarie. Unos oficiales que habían sido prisioneros suyos me dijeron que el trabajo que se les había exigido no había tenido nada de excesivo ni cruel: obedecer a las mujeres, cargar y conducir los burros y los camellos. Bien es verdad que había que acampar y levantar el campo a cada momento. Se recogían todos los pertrechos y en un cuarto de hora, como mucho, ya se estaba en camino. Pero, por lo demás, los pertrechos en cuestión consistían en un molino de trigo y café, una placa de hierro para asar las tortas, una cafetera grande y otra pequeña, varios odres, unos cuantos sacos de grano y la tela de la tienda, que servía para envolverlo todo. Un puñado de trigo tostado y doce dátiles eran la ración común en los días de marcha, y algo de agua que, dada su escasez, había servido para todo antes de beberse. Pero esos oficiales, al no tener el alma marcada por maltrato alguno, no conservaban ningún recuerdo amargo de una condición desgraciada que no habían hecho más que compartir.
 Sin prejuicios religiosos, sin culto exterior, los beduinos son tolerantes. Unas cuantas costumbres reverenciadas les sirven de leyes. Sus principios se asemejan a virtudes que resultan suficientes para sus asociaciones parciales y su gobierno paternal.
 Debo mencionar un rasgo de su hospitalidad. Un oficial francés llevaba varios meses prisionero de un jefe árabe. Una noche en que nuestra caballería entró por sorpresa en su campamento, sólo tuvieron tiempo de huir. Tiendas, rebaños, provisiones, todo les fue arrebatado. A la mañana siguiente, errabundo, aislado, sin recursos, el jefe árabe saca de sus ropas un pan y, dando la mitad a su prisionero, le dice: "No sé cuándo comeremos otro. Pero no se me acusará de no haber compartido el último con amigo que me he hecho". ¿Se puede odiar a un pueblo así, por bárbaro que pueda ser en otros aspectos? Y ¿no le da ventaja sobre nosotros esa sobriedad comparada con las necesidades que nos hemos creado? ¿Cómo persuadir o reducir a hombres semejantes? ¿No tendrán siempre que reprocharnos el que hayamos sembrado ricas cosechas sobre las tumbas de sus antepasados?»
 
 [El fragmento pertenece a la edición en español de Ediciones Atalanta, en traducción de Anne-Hélène Suárez Girard. ISBN: 84-934625-0-0.]

sábado, 14 de octubre de 2017

"El maravilloso viaje de Nils Holgersson".- Selma Lagerlöf (1858-1940)


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I.- El duende

«Érase un muchacho que no pasaría de los catorce años, alto, desmadejado, de cabellos rubios como el cáñamo. El pobre no servía para maldita la cosa. Dormir y comer eran sus ocupaciones favoritas; era también muy dado a practicar juegos, en los que demostraba sus instintos perversos.
 Un domingo por la mañana se disponían sus padres a marchar a la iglesia; el muchacho,  en mangas de camisa y sentado sobre un ángulo de la mesa, se regocijaba al verlos a punto de partir, pensando en que iba a ser dueño de sí durante un par de horas.
 “Cuando se vayan —pensaba para sus adentros—, podré descolgar la escopeta de mi padre y hacer un disparo sin que nadie se meta conmigo.”
 Se hubiera dicho que el padre adivinaba las intenciones del muchacho, por cuanto en el momento de salir se detuvo a la puerta y dijo:
 —Ya que no quieres venir al templo conmigo y con tu madre, podrías muy bien leer en casa los sermones del domingo. ¿Me prometes hacerlo?
 —Lo haré, si usted quiere —dijo, pensando, como era de suponer, en no leer más que lo que le viniese en gana.
 —Conviene que leas detenidamente, porque cuando regresemos te preguntaré página por página; ¡y ay de ti si te has saltado alguna!
 —El sermón tiene catorce páginas y media —añadió la madre como para colmar la medida—. Debes comenzar en seguida si quieres tener tiempo para leerlo.
 Por fin partieron. Desde la puerta vio el muchacho cómo se alejaban; se hallaba como cogido en un lazo.
 —Estarán muy contentos —murmuraba— con creer que han hallado el medio de tenerme sujeto al libro durante su ausencia.
 Mas el padre y la madre estaban, por el contrario, muy afligidos. Eran unos modestos terratenientes; su posesión no era más grande que el rincón de un jardín. Cuando se instalaron en ella apenas bastaba para el sustento de un cerdo y un par de gallinas. Duros para la faena, trabajadores y activos, habían logrado reunir algunas vacas y patos. Se habían desenvuelto bien y en esta hermosa mañana hubieran partido muy contentos camino de la iglesia, de no haber pensado en su hijo. Al padre le afligía verlo tan perezoso y falto de voluntad; no había querido aprender nada en la escuela; sólo era capaz de cuidar los patos.
 Su madre no negaba que esto fuese verdad, pero lo que más la entristecía era verlo tan perverso e insensible, cruel con los animales y hostil al trato con los hombres.
 —¡Dios mío, acaba con su maldad y cambia su modo de sentir —suspiraba—, porque, de lo contrario, hará su desgracia y la nuestra!
 El muchacho reflexionó largo rato acerca de si leería o no el sermón, y, por último, comprendió que esta vez lo mejor era obedecer a sus padres. Se arrellanó en el sillón y estuvo un rato leyendo a media voz, hasta que lo adormeció su mismo sonsonete, comenzando a dar cabezadas.
 “No quiero dormirme, porque entonces no acabaría de leer en toda la mañana”, se decía.
 Pero a despecho de esta resolución, acabó por dormirse.
 “¿He dormido mucho tiempo, o sólo unos instantes?”, se preguntó al despertarle un ligero ruido que oyó a sus espaldas.
 En el alféizar de la ventana, frente a él, descubrió un lindo espejito, en el que se reflejaba casi toda la habitación. Lo miró en uno de sus movimientos de cabeza, y quedó atónito al ver, por él, que la tapa del cofre de su madre había sido levantada. La madre poseía un gran cofre de roble, pesado y macizo, con guarniciones de herraje, que nunca dejó abrir a nadie. Allí conservaba todas las cosas que heredara de su madre y que tenía en mucha estima.
 El muchacho vio por el espejo que el cofre estaba abierto. No comprendía cómo había sido esto posible, porque estaba seguro de que su madre había cerrado el cofre antes de partir: jamás lo hubiera dejado abierto quedando su hijo solo en casa.
 Al punto sintió que se apoderaba de él un gran malestar. Temía que un ladrón se hubiera deslizado en la casa. No se atrevía ni a respirar: inmóvil, miraba fijamente al espejo. Se sentía atemorizado en espera de que el ladrón se presentara, cuando le extrañó ver cierta sombra negra sobre el borde del cofre. Miraba y remiraba, sin creer lo que sus ojos veían. Poco a poco fue precisándose lo que al principio no era más que una sombra y tardó poco en darse cuenta de que la sombra era una realidad. No era ni más ni menos que un pequeño duende que, sentado a horcajadas, cabalgaba en el canto del cofre.
 El muchacho había oído ciertamente hablar de los duendes; pero jamás pudo imaginar que fuesen tan pequeños. No tendría mayor altura que el ancho de la mano, sentado como se hallaba en el borde del cofre. Su cara avejentada era rugosa e imberbe y vestía larga levita con calzón corto y sombrero negro de anchas alas. Su aspecto era elegante y distinguido: llevaba blondas blancas en las mangas y en el cuello, zapatos con hebilla y ligas con grandes lazos. Del fondo del cofre había sacado un plastrón bordado y lo examinaba tan detenidamente que no pudo advertir que el muchacho se había despertado.
 Éste no salía de su asombro; pero, en verdad, no se asustó de tal duende; no sentía miedo de cosa tan pequeña, y comoquiera que el duende se hallaba absorto en su contemplación, hasta el punto de no ver ni oír nada, pensó el muchacho que sería muy divertido hacerle blanco de una jugarreta: meterle, por ejemplo, dentro del cofre, y echar sobre él la tapa o algo por el estilo.
 Al desviar la vista dio con la escopeta de su padre que colgaba de la pared y un poco más allá las plantas que florecían ante la ventana. Por último, clavó sus ojos en una vieja manga para cazar mariposas que había en lo alto de la ventana.
 Distinguirla y cogerla fue todo uno, y enarbolándola corrió hacia el cofre; su satisfacción no tuvo límites al ver lo felizmente que había llevado a cabo su hazaña. El duende quedó preso en su red, bajo la cual yacía el pobrecito imposibilitado para trepar.
 En el primer momento el muchacho no supo qué hacer de su presa. Sólo se preocupaba de agitar la manga hacia uno y otro lado para que el duende no estuviera tranquilo y evitar que trepase.
 Cansado el duende de tanta danza, le habló para suplicarle que le devolviera la libertad, alegando que le había hecho bien durante muchos años y que por ello debía dispensarle mejor trato. Si le dejaba en libertad le regalaría una antigua moneda de plata, una cuchara del mismo metal y una moneda de oro tan grande como la tapa del reloj de plata de su padre.
 El muchacho no encontró muy generoso el ofrecimiento; pero le tomó miedo al duende después de tenerle en su poder. Se daba cuenta de que le ocurría algo extraño y terrible, que no pertenecía a su mundo, y no deseaba otra cosa que salir de la aventura.
 Así es que no tardó en acceder a la proposición del duende y levantó la manga para que pudiera salir. Pero en el momento en que su prisionero estaba a punto de recobrar la libertad se le ocurrió que debía asegurar la obtención de grandes extensiones de terreno y de todo género de cosas. Como anticipo, debía exigirle, por lo menos, que el sermón se le grabara sin esfuerzo en la cabeza.
 “¡Qué tonto hubiera sido dejarle escapar!”, se dijo.
 Y se puso de nuevo a agitar la manga.
 Pero en este mismo instante recibió una bofetada tan formidable, que su cabeza parecía que le iba a estallar. Primero, fue a dar contra una pared, después contra la otra y, por último, rodó por los suelos, donde quedó exánime.
 Cuando recobró el conocimiento estaba solo en la estancia; no quedaba ni rastro del duende. La tapa del cofre estaba cerrada; la manga pendía como de costumbre, junto a la ventana. De no sentir el dolor de la bofetada en la mejilla hubiera creído que todo era un sueño.
 Se dirigía hacia la mesa haciéndose estas reflexiones cuando de repente observó algo extraño. No era posible que la casa se hubiera hecho más grande. Pero ¿cómo podía explicarse de otro modo la gran distancia que tenía que recorrer para llegar a la mesa? ¿Y qué le pasaba a la silla? A la vista era la misma; pero para sentarse debió subir hasta el primer travesaño y ascender así hasta el asiento. Lo mismo ocurriría con la mesa, cuya superficie no podía ver sino escalando el brazo del sillón.
 “¿Qué significa esto? Yo creo que el duende ha encantado el sillón, la mesa y la casa toda.”
 El sermonario continuaba abierto sobre la mesa y, al parecer, sin cambiar en modo alguno; pero algo extraordinario ocurría cuando para leer una sola palabra tenía que ponerse en pie sobre el mismo libro.
 Después de leer algunas líneas levantó la cabeza. Sus ojos se fijaron de nuevo en el espejo y no pudo menos que exclamar en alta voz:
 —¡Otro!
 En el interior del espejo veía claramente un hombrecito, muy pequeño, con su gorro puntiagudo y sus calzones de piel.
 —Viste exactamente como yo —gritaba, juntado las manos con la mayor sorpresa.
 Entonces, el hombrecito del espejo hizo el mismo ademán.
 El muchacho se tiraba de los cabellos, se pellizcaba, se mordía, hacía piruetas, y el hombre del espejo reproducía al punto sus movimientos.
 Rápidamente le dio una vuelta al espejo para ver si había alguien oculto tras él; pero no vio a nadie. Se puso entonces a temblar porque, de repente, comprendió que el duende le había encantado y que la imagen que reflejaba el espejito no era otra que la suya propia.
 Se imponía hacer algo, y lo mejor para que resultara provechoso consistía en buscar al duende para ver el modo de hacer las paces con él.
 Saltó a tierra y se puso a buscarlo. Miró por detrás de las sillas y los armarios, bajo la cama y en el horno. Se agachó incluso para mirar en un par de agujeros donde se metían los ratones; pero todo fue en vano.
 Todas estas pesquisas iban acompañadas de llantos, súplicas y promesas de todo género: nunca más faltaría a sus palabras, jamás se entregaría al mal, jamás se dormiría durante el sermón. Si volvía a recobrar su cualidad de ser humano sería el niño más obediente, el más dócil, el más solícito a todo ruego. Pero era inútil prometer; de nada le servía.
 En esto recordó de pronto haber oído decir a su madre que los duendes tienen la costumbre de esconderse en el establo, y hacia allí se dirigió. Afortunadamente, la puerta de la casa había quedado abierta; por sí solo no hubiera podido alcanzar el picaporte. Y salió sin el menor tropiezo.
 Sobre la vieja grada de roble que había ante la puerta saltaba un pajarillo que comenzó a piar y gritar apenas descubrió al muchacho:
 —¡Tuit-tuit! ¡Miren a Nils el guardador de patos, más pequeño que un liliputiense! ¡Miren al pequeño Pulgarcito! ¡Miren a Nils Holgersson Pulgarcito!
 Los patos y las gallinas se volvieron rápidamente hacia Nils, promoviendo un alboroto con sus cloqueos y cacareos verdaderamente formidables:
 —¡Ki-ki-ri-ki! —cantó el gallo.
 —¡Bien merecido lo tiene por haberme tirado de la cresta! ¡Cra, cra, cra, bien está!-, contestaban las gallinas, repitiendo infinitamente la misma exclamación.
 Los patos se reunieron, apretándose los unos contra los otros, alargando sus cabezas al mismo tiempo y preguntando:
 —¿Quién habrá podido hacer esto? ¿Quién lo habrá podido hacer?
 Lo más maravilloso era que el muchacho podía comprender el lenguaje de estos animales. Sorprendido, permaneció un momento en la escalinata para escucharlos.
 “Comprendo el lenguaje de las aves y los pájaros —se decía—, porque he sido transformado en duende.”
 En el establo sólo había tres vacas, pero cuando llegó el muchacho se desencadenó tal estruendo que cualquiera hubiera creído que eran lo menos treinta.
 —Mu, mu, mu —mugía Rosa de Mayo-. Es una dicha que haya justicia en este mundo.
 —Le haré danzar sobre mis cuernos-, mugía otra.
 —¡Mu, mu, mu! —mugían todas a la vez, sin que el muchacho pudiera entender lo que decían, porque los mugidos de una apagaban y hacían incomprensibles los de las otras.
 Intentó hablarles del duende; pero no lograba hacerse oír. Las vacas estaban en plena agitación. Las tres parecían desmandarse como cuando entraba en el establo un perro extraño. Lanzaban coces furiosas, agitaban sus rabos y movían sus cabezas, amenazando cornearle.
 El muchacho hubiera querido decirles que deploraba el haber sido tan malvado con ellas, que se arrepentía para siempre y que no volvería a hacerles nada si accedían a decirle dónde estaba el duende; pero las vacas armaban tal alboroto y se agitaban tan violentamente, que tuvo miedo de que llegaran a soltarse, y juzgó que lo más prudente era salir del establo.
 Ya en el corral, se sintió muy descorazonado al darse cuenta de que nadie se mostraba dispuesto a ayudarle a hallar al duende. Además, pensaba que, incluso, encontrarlo, no le podría servir para maldita la cosa.
 Poco a poco comenzaba a darse cuenta de lo que representaba el no volver a ser un hombre y esto lo aterraba. En adelante viviría separado de todo; ya no podría jugar con los otros niños, ya no podría hacerse cargo de las propiedades de sus padres y, más ciertamente, ya no podría encontrar a ninguna joven que quisiera ser su esposa.»