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domingo, 24 de diciembre de 2023

La conexión cósmica.- Carl Sagan (1934-1996)


Carl Sagan - Wikipedia
26.-La conexión cósmica


 «Desde los primeros tiempos, los seres humanos han reflexionado sobre el lugar que ocupan en el Universo. Se han preguntado si están conectados de alguna manera con el asombroso e inmenso Cosmos en el que la Tierra está inmersa.
 Hace muchos miles de años se inventó una seudo-ciencia llamada Astrología. Las posiciones de los planetas, al nacer un niño, se creía que desempeñaban un papel importantísimo en determinar su futuro. Los planetas, puntos de luz de eterno parpadear, eran dioses. En su vanidad, el hombre imaginó un Universo diseñado para su propio beneficio y perfectamente organizado para su uso particular.
 Quizá se supuso que los planetas eran dioses a causa de sus movimientos irregulares. La palabra “planeta” significa, en griego, vagabundo. El imprevisible comportamiento de los dioses en muchas leyendas puede haber correspondido con los, al parecer, también imprevisibles movimientos de los planetas. Se supone que se razonó así: Los dioses no se sujetan a normas; los planetas no se sujetan a normas; los planetas son dioses.
 Cuando la antigua casta sacerdotal astrológica descubrió que el movimiento de los planetas no era irregular, sino previsible, se guardaron la información para sí. No valía la pena preocupar innecesariamente al populacho, socavar sus creencias religiosas y erosionar las bases del poder político. Además, el Sol era la fuente de vida. La Luna, mediante las mareas, dominaba la agricultura, especialmente en las cuencas de ríos como el Indo, el Nilo, el Yangtze, y el Tigris-Éufrates. ¡Cuán razonable era entonces que estas luces menores, los planetas, ejercieran influencia sobre la vida humana, una influencia más sutil, pero no menos eficaz!
 La búsqueda de una conexión, el eslabón entre la gente y el Universo, no ha disminuido desde los albores de la astrología. A pesar de los avances de la ciencia, aún persiste tal necesidad.
 Ahora sabemos que los planetas son, aproximadamente, mundos como el nuestro. Sabemos también que su luz y gravedad no influyen en absoluto en el nacimiento de un niño. Sabemos que hay enormes cantidades de otros objetos —asteroides, cometas, pulsars, quasars, galaxias explosivas, agujeros negros, etcétera—, objetos desconocidos para los antiguos especuladores que inventaron la astrología. El Universo es muchísimo más grande de lo que pudieron haber imaginado.
 La Astrología no ha tratado de mantenerse a la altura de los tiempos. Incluso los cálculos de los movimientos planetarios y posiciones establecidos por la mayor parte de los astrólogos son normalmente inexactos.
 Ningún estudio muestra estadísticamente un índice de éxitos significativos al predecir, mediante sus horóscopos, el futuro o los rasgos de la personalidad de los recién nacidos. No hay ningún campo de radio-astrología, o astrología por rayos X, o astrología por rayos gamma, que tengan en cuenta las nuevas fuentes astronómico-energéticas descubiertas en años recientes.
 Sin embargo, la Astrología sigue siendo sumamente popular en todas partes. Por lo demás, hay diez veces más astrólogos que astrónomos. Un gran número, probablemente la mayor parte, de periódicos en los Estados Unidos publican diariamente sus secciones de horóscopos.
 Mucha gente joven, gente brillante y socialmente bien situada, siente gran interés por la Astrología. Satisface una necesidad interior de sentirse importantes como seres humanos en un Cosmos inmenso y asombroso, creer que de alguna manera nos relacionamos con el Universo, ideal de muchas experiencias religiosas y con drogas, el samadhi de algunas religiones orientales.
 Los grandes conocimientos de la astronomía moderna demuestran que, en algunos aspectos muy diferentes a los imaginados por los antiguos astrólogos, estamos conectados con el Universo.
 Los primeros científicos y filósofos —Aristóteles, por ejemplo— imaginaron que el cielo estaba hecho de un material diferente al de la Tierra, una especie de substancia celeste, pura e inmaculada. Ahora sabemos que éste no es el caso. Trozos del cinturón de asteroides llamados meteoritos, las muestras de la Luna traídas por los astronautas del Apolo y por las sondas soviéticas, el viento solar y los rayos cósmicos, que probablemente se generan por la explosión de estrellas y sus restos, todos ellos muestran la presencia de los mismos átomos que conocemos aquí, en la Tierra. La espectroscopia astronómica puede determinar la composición química de estrellas situadas a miles de millones de años luz de distancia. Todo el Universo está hecho con material familiar. Los mismos átomos y moléculas se hallan presentes a enormes distancias de la Tierra como lo están dentro de nuestro Sistema Solar.
 Estos estudios conducen a una notable conclusión. No solamente el Universo está en todas partes constituido por los mismos átomos, sino que los átomos, hablando en términos generales, están presentes en todas partes y en aproximadamente las mismas proporciones.
La conexión cósmica una perspectiva extraterrestre[1973] sagan carl … Casi toda la substancia de las estrellas y la materia interestelar entre estrellas es hidrógeno y helio, los dos átomos más simples. Todos los demás átomos son impurezas, constituyentes vestigiales. Esto también puede aplicarse a los grandes planetas exteriores de nuestro Sistema Solar, como Júpiter. Pero no es así en cuanto se refiere a los trozos comparativamente pequeños de roca y metal en la parte interior del Sistema Solar, como nuestro planeta Tierra. Esto ocurre porque los pequeños planetas terrestres tienen gravedades demasiado débiles para retener sus atmósferas originales de hidrógeno y helio, atmósferas que gradualmente han escapado al espacio.
 Los siguientes átomos más abundantes en el Universo son el oxígeno, carbono, nitrógeno y neón. Todo el Mundo ha oído hablar de estos átomos. ¿Por qué los elementos que más abundan en el plano cósmico son los más razonablemente corrientes en la Tierra, y no, por ejemplo, el Ytrio o el praseodimio?
 La teoría de la evolución de las estrellas está lo suficientemente avanzada para que los astrónomos puedan comprender sus diferentes clases y sus relaciones: cómo una estrella nace del gas y polvo interestelares, cómo brilla y se desarrolla mediante reacciones termonucleares en su ardiente interior, y cómo muere. Estas reacciones termonucleares son de la misma clase que las reacciones que fundamentan las armas nucleares (bombas de hidrógeno): la conversión de, cuatro átomos de hidrógeno en uno de helio.
 Pero en las posteriores etapas de la evolución estelar en el interior de las estrellas se alcanzan elevadas temperaturas, y los elementos más pesados que el helio se generan por procesos termonucleares. La astrofísica nuclear indica que los átomos más abundantes, producidos en estas gigantescas estrellas ardientes, son precisamente los átomos que más se encuentran en la Tierra y en cualquier otra parte del Universo. Los átomos pesados, generados en los interiores de los gigantes rojos, son arrojados al medio interestelar mediante un lento reflujo desde la atmósfera de la estrella, como nuestro propio viento solar, o por medio de poderosas explosiones estelares, algunas de las cuales pueden hacer que una estrella brille mil millones de veces más que nuestro Sol.
 Un reciente estudio espectroscópico con infrarrojos de estrellas en fusión descubrió que están lanzando al espacio silicatos, polvo de roca arrojado al medio interestelar. Las estrellas de carbono probablemente lanzan partículas de grafito al espacio cósmico que las rodea. Otras estrellas desprenden hielo.
 En sus primeras etapas históricas, probablemente algunas estrellas como el Sol lanzaron fuera de sí grandes cantidades de compuestos orgánicos al espacio interestelar; de hecho y mediante el empleo de métodos radioastronómicos, se encuentran moléculas orgánicas simples que parecen rellenar el espacio entre las estrellas. La nebulosa planetaria más brillante que se conoce (una nebulosa planetaria es una nube en expansión, por lo general rodeada por una estrella explosiva llamada nova) parece contener partículas de carbonato de magnesio.
 Estos átomos pesados —carbono, nitrógeno, oxígeno, silicio, y demás— flotan en el medio interestelar hasta que en algún momento posterior se da una condensación gravitacional local y se forman un nuevo sol y nuevos planetas. Este sistema solar de segunda generación está enriquecido por elementos pesados.
 El destino de los seres humanos puede no estar conectado de una manera profunda con el resto del Universo, pero la materia de que estamos hechos se halla íntimamente ligada a procesos que ocurrieron durante inmensos intervalos de tiempo y enormes distancias en el espacio lejos de nosotros. Nuestro Sol es una estrella de tercera generación. Todo el material rocoso y metálico sobre el cual nos encontramos el hierro de nuestra sangre, el calcio de nuestros dientes, o el carbono de nuestros genes se produjeron hace miles de millones de años en el interior de una gigantesca estrella roja. Estamos hechos de material estelar.
 Nuestra conexión molecular y atómica con el resto del Universo es un circuito cósmico real y nada caprichoso o imaginativo.
 Al explorar el firmamento que nos rodea con el telescopio y con las naves espaciales, es posible que surjan otros circuitos. Pueden ser una red de civilizaciones extraterrestres intercomunicadas a las que probablemente mañana tengamos que unirnos nosotros. La fallida declaración de la astrología —que las estrellas influyen sobre nuestros caracteres individuales— no será confirmada por la astronomía moderna.
 Pero la profunda necesidad humana de buscar y comprender nuestra conexión con el Universo, es un objetivo dentro de nuestro alcance.»

  [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Orbis, 1986, en traducción de Jaime Piñeiro, pp.168-172. ISBN: 978-84-7634-115-5.]

domingo, 24 de septiembre de 2023

La plaga.- Ann Benson (1949)


Ann Benson
Nueve


 «Durante tres días Alejandro y sus desconcertados colegas recibieron lujoso hospedaje en el palacio papal, mientras De Chauliac vigilaba su intenso aprendizaje. Cada médico ocupaba habitación propia con baño privado. Deseoso de ganarse su lealtad incondicional, el Papa les daba buena comida y toda clase de atenciones. De Chauliac ejercía influencia y tutela absolutas sobre ellos, enseñándoles con detalle sus procedimientos para mantener al Papa libre de contagios, y observándolos atentamente para ver si poseían las cualidades innatas precisas para llevar a cabo la tarea a que se encaminaba su instrucción, cualidades que no podían aprenderse de ningún modo.
 Los embajadores médicos recibían lecciones diarias en una de las suntuosas salas palaciegas. De Chauliac se colocaba encima de un podio y hablaba durante horas con tono profesional, impresionando a Alejandro por sus condiciones de orador infatigable. Ama su profesión tanto como yo, pensaba el pupilo de su profesor.
 —Debéis consultar a los astrólogos —dijo De Chauliac el primer día de instrucción—, a fin de saber qué días son más propicios para el baño, el paseo o cualquier otra de las actividades normales de la vida diaria. Debéis mostraros recelosos de cuantos actos puedan parecer normales a vuestros pacientes, ya que desconocemos cuáles son las actividades más propensas a poner al individuo en contacto con la enfermedad. Hallaréis que vuestros reales pacientes, tan acostumbrados a que se cumplan sus caprichos, se resistirán a que les deis instrucciones sobre cuándo y cómo deben hacer según qué cosas. Mostraos firmes, y no consintáis que cuestionen vuestra autoridad.
 Alejandro procuró imaginarse a sí mismo dando órdenes a un rey, pero le resultaba demasiado inverosímil.
 —¿Y si siguen resistiéndose? —preguntó.
 —Rogadles que recuerden que el poder de Dios Omnipotente os ha sido conferido a través de Su Santidad, y que si es necesario lo utilizaréis para proteger su salud.
 Por la noche, al acostarse, Alejandro se sentía minúsculo y confuso. Lo más difícil de esta misión, pensó, será domeñar a los pacientes arrogantes.
 Durante el segundo día, De Chauliac expuso sus teorías acerca del contagio.
 —Guiado por la observación, he concluido que existen en el aire humores y vapores invisibles por los que se difunde la peste. Cuando está con vida, la víctima difunde esos humores con la respiración, y dispersa el maligno contagio sin que nadie lo advierta, dejando sin escapatoria a la siguiente víctima. Por lo tanto, hay que aislar a los pacientes. Confinadlos en sus castillos. No permitáis que entren comerciantes o viajeros sin inspeccionarlos antes; y, puesto que es imposible asistir a la formación de esos vapores y humores, lo más prudente es impedir toda clase de contacto con el mundo exterior. Mi estimado predecesor, Henri de Mandeville, tenía ideas claras acerca del contagio; enseñó a quienes me enseñaron a mí a lavarse las manos antes y después de tocar a un paciente, por creer que los humores podían ser transmitidos igualmente a través de las manos. La biblioteca de Su Santidad contiene copias de los textos de De Mandeville que versan sobre el tema, y están a disposición de quien desee leerlos.
 ¡Pero si esa teoría también la tengo yo!, pensó Alejandro, comprobando con entusiasmo que otros médicos compartían sus creencias sobre la importancia de la higiene. Volvió a interrumpir el discurso del maestro.
 —También me he dado cuenta de que una ablución con vino hace sanar más rápido las heridas. Se diría que una parte del vino ataca a la sepsis.
 —A lo mejor la sepsis se emborracha y ya no puede seguir su camino hacia la herida —terció otro hombre, provocando un estallido de carcajadas.
 Alejandro se ruborizó, pero De Chauliac levantó la mano y el grupo volvió a guardar silencio.
 —Nadie debe tomarse a risa las observaciones de un colega —dijo—. Ni siquiera el más sabio de nosotros sabe curar la peste. La ignorancia nos hace iguales a todos. —Miró directamente a Alejandro—. Ya hablaremos del tema en privado.
 Todas las cabezas se volvieron hacia el judío, que se limitó a asentir a su instructor y bajar la mirada.
 —Por tanto —continuó De Chauliac—, y a pesar de que no os será fácil obtener su consentimiento, debéis pedir a los astrólogos de la corte que les digan que cada día es propicio al baño…
 Por la noche, un guardia papal acudió a la habitación de Alejandro y lo escoltó hasta los aposentos privados de De Chauliac. Alejandro dejó atrás varios tramos de escalera de una alta torre, precedido por el guardia, cuyo paso se veía entorpecido por el peso de su ropa y armadura.
 Se asomó a la habitación, y De Chauliac le hizo señas de que entrara sin miedo.
 —Adelante, adelante —dijo—, sentaos. —Indicó a Alejandro un mullido diván—. Poneos cómodo.
 Alejandro se sentó con timidez, acomodándose con cautela sobre la blanda superficie del asiento. El estricto pedagogo había dado paso a un cortés y elegante anfitrión. El contraste entre ambos era sorprendente.
 —Sois un hombre distinto, doctor De Chauliac —dijo Alejandro con cautela.
 De Chauliac le ofreció vino en una pesada copa de plata que su huésped aceptó.
 —¿Y en qué lo notáis? —preguntó, arqueando una ceja con curiosidad.
 Alejandro tomó un largo trago de vino antes de responder.
 —Sois un profesor severo, y vuestra presencia es… —Tardó en encontrar la palabra adecuada—. Imponente.
 De Chauliac rió con cinismo.
La plaga: Amazon.es: Benson, Ann: Libros —Cuando se enseña a tontos hay que dar sensación de autoridad —dijo—; si no, no aprenden nada, y se malgastan esfuerzos. Detesto impartir conocimientos valiosos a gente que no entiende su importancia.
Alejandro no pudo dejar de mostrarse ofendido, y quiso protestar.
 —Señor… —empezó.
 —No me refiero a vos —se apresuró a añadir De Chauliac—; si os tuviera en tal concepto, no os habría hecho llamar. Hablo más bien de los demás, que me parecen una panda de imbéciles. Parece que la peste se haya llevado a los mejores y sólo queden los médicos más idiotas. —Dejó su asiento por uno más próximo a Alejandro, inclinándose hacia él con expresión entusiasta—. En cambio, veo en vuestros ojos un fuego, un amor al estudio, cuya vista me alegra el corazón.
 —Señor, me honráis en demasía.
 De Chauliac lo miró con atención.
 —No lo creo —dijo—. He visto cómo escucháis mis clases, y no podéis ocultar la marca de vuestra inteligencia. Tenía muchas ganas de hablar con alguien que creyera en la sepsis, como yo. Debéis explicarme cómo habéis llegado a la conclusión de que el vino contribuye a curar las heridas.
 Comprendiendo que no lo habían descubierto, sino que De Chauliac compartía su ansia de saber, Alejandro se relajó.
 —He hecho varios experimentos, lavando la herida con líquidos distintos después de las intervenciones. Muchos no surtían el menor efecto, y hasta había algunos que retrasaban la curación; el vino, en cambio, aun el más imbebible, siempre la acelera; al menos eso indican mis observaciones. Me di cuenta por primera vez cuando estaba en Montpellier…
 —¿Habéis estudiado en Montpellier?
 —En efecto —contestó Alejandro.
 —A menudo doy clases en Montpellier. ¿Cuándo estuvisteis? Quizá asistierais a alguna de mis lecciones.
 —Estuve —Alejandro cortó en seco la frase, pues sólo se acordaba del año según el cómputo judío. El pánico empezó a adueñarse de él. ¿Cómo explicar a De Chauliac que no recordaba la fecha exacta?
 —Estuve… mmm… hace seis años.
 —En 1342.
 —Eso es.
 Alejandro empezó a notar que le sudaba la frente.
 —Ah, entonces es posible que no nos viéramos —dijo De Chauliac—; pasé todo ese año en París, cuidando al rey. Padece una gota monstruosa, y no me sorprende: a pesar de su inexplicable delgadez, sigue una dieta excesivamente rica. Cuando le supliqué moderación no me hizo caso. —De Chauliac alzó la copa con gesto aparatoso y bebió de ella—. Como su majestad no quería ver a otro médico que no fuera yo, no tuve más remedio que renunciar a mis clases mientras durara su enfermedad. ¡Qué lástima no habernos conocido entonces! Me acordaría de un estudiante tan notable como vos, y habría disfrutado instruyéndoos.
 Yo seguro que también me acordaría, pensó Alejandro; ahora bien, lo que se dice disfrutar…
 —En fin, poco importa —dijo De Chauliac—. Ahora estáis aquí. ¿Qué trae a Aviñón a un español?
 Tras unos instantes de silencio, Alejandro dijo con calma:
 —Es voluntad de mi familia.
 No añadió nada más a su respuesta; tampoco De Chauliac le preguntó más detalles de su vida personal, dada su impaciencia por hablar de otros asuntos.
 —¿Decís que llegasteis a vuestra conclusión acerca del vino tan sólo a base de hacer pruebas hasta conocer el efecto de cada sustancia? ¡Qué estupenda originalidad! Demasiado a menudo esperamos que el propio curso de las cosas nos enseñe por dónde ir, e incluso en esas ocasiones nos cuesta aprender…»
  
  [El texto pertenece a la edición en español de Plaza & Janés, 1998, en traducción de Jofre Homedes, pp. 184-188. ISBN: 978-8401011399.]

sábado, 14 de noviembre de 2020

Pasión y muerte de Miguel Servet.- Pompeyo Gener (1848-1920)

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II.-En Francia

  «No siendo teólogo profesional, o sea de los que hacen de sus creencias una industria, y cansado de batallar en Alemania, donde todos se le declaraban en contra, habiendo ya acabado su dinero, se dirigió a Francia; pues allí no habían levantado polvareda sus escritos, y se paró en Lyón.
 Lyón, en esta época, era llamado la Roma de las ideas; en ella trabajaban una serie de sabios, de pensadores, de obreros de la verdad, de artistas de la dicción, que independientemente del yugo teológico, cultivaban el Humanismo en la más alta acepción de la palabra. Poetas épicos algunos, humanistas eximios otros, eruditos profundos, políticos atrevidos, teóricos audaces, ardientes republicanos, liberales aristocráticos, representaban la grandeza y el encanto en una época desolada por la guerra civil de los religionarios. Eran una aristocracia artística, sabia y librepensadora en medio del fanatismo de las turbas de ambos bandos. Gente de genio y de buen genio todos ellos, liberales en el verdadero sentido de la frase, no necesitaban ni fuerza ni amenazas ni poder para sustentar sus sublimes ideales nuevos. Nada de Sínodos, de Concilios, ni de tribunales, de los que salen sólo condenas, anatemas, excomuniones, castigos, persecuciones y provocación al daño ajeno. Allí estaban Esteban Dolet, L'Hopital, La Böetie, el cual decía que las letras florecían con tal esplendor que, para asemejarse Lyón a Atenas, sólo le faltaba aquella gran libertad que en Grecia se gozaba.
 En Lyón se imprimían no sólo libros literarios, sino libros científicos. Silvio, Ruel, Rabelais, Champier mandan hacer allí sus ediciones. Y se imprimen para todas las naciones y para todas las ciudades y en todas las lenguas.
 Servet, al entrar en Lyón, creyó prudente cambiar de nombre y de naturaleza. Dijo llamarse Miguel de Villanueva, estudiante navarro, que acudía allí en busca de trabajo para ganar su subsistencia.
 El librero Trechsel, prendado de sus conocimientos y apiadado de su miseria, le tomó como corrector de estilo y tales y tantas pruebas dio de su saber, en las lenguas antiguas y modernas como en la ciencias y artes que, admirado de su erudición, un día, le confió el que dirigiera y anotara la publicación de una nueva edición de la Geografía de Tolomeo. Efectivamente, Servet la revisó, la corrigió, la completó y la enriqueció tanto con sus observaciones personales, que fue una de las primeras y más consultadas obras del Renacimiento. Y tanto es así, que aun hoy admira, y al leerla puede asegurarse que Servet fue el creador de la Geografía comparada y de la etnografía, y que Alejandro de Humboldt, Carlos Ritter y Eliseo Reclus, no han sido más que sus continuadores. Así lo afirma el último.
 Mientras publica esta obra, traba amistosas relaciones con Dolet, y con la amistad de éste se fortifica su amor al saber, su horror a la ignorancia y su creencia en que el alto sentido del goce de la vida, más que la teología, lo dan el Arte y el Ciencia.
 Desde este momento combate tanto por la Ciencia y la libertad como por el amor al prójimo. La dignidad humana, el crecimiento de la vida: esas ideas llegan en él a adquirir una expresión lógica. "Más me place la verdad de un enemigo -exclama- que doscientos errores de los nuestros". Y extiende sus investigaciones a todos los orígenes del saber humano. Estudia a Zoroastro como a Moisés, a Platón y a Cristo, Mahoma y el Filsafet de los árabes españoles le son profundamente conocidos; y de la Filosofía y del Derecho pasa a la Geografía, a las Matemáticas, a la Astrología, y se engolfa en las nebulosidades de la Metafísica, donde su mente cree percibir los resplandores de la Divinidad. Por fin se apasiona por las Ciencias naturales, ya que después de embellecer al alma hay que fortificar el cuerpo: Mens sana in corpore sano. Así se dedica a la Medicina, por amor al prójimo. "Hay que estudiar ese otro universo que es el hombre -escribe-, y hay que conocerle a fondo por anatomías sucesivas". Y desde este momento sólo piensa en sus estudios anatómicos. Sus escritos científicos hallan apoyo y le conquistan discípulos en Italia y en España. Los países germánicos protestantes son sus enemigos; allí sus obras son rehusadas. Bien ha dicho Renán que la libertad del pensamiento y la filosofía moderna tienen su origen en los humanistas italianos y en los filósofos españoles y no en la Reforma, como algunos sostienen. Y es la pura verdad. Para honra de nuestra raza tuvimos a Servet, Vives, Huarte y Gracián, que son los padres de las ideas modernas, y a los que se deberá gran parte de la marcha futura de los pueblos.
  Otra de las eminencias que Servet conoció en Lyón fue el gran doctor Sinforiano Champier. […]
 Una vez instruido en la Medicina, determinó ir a perfeccionarse a París, donde tenía cátedra el célebre Silvio. Allí estudió con éste y con Farnel, de los cuales llegó a ser el primer discípulo. Pronto ganó la borla del doctorado, y empezó a dar conferencias en el Colegio de los Lombardos. Según parece, en la Facultad de París fue donde él se formó ya completa idea del mecanismo de la circulación de la sangre. Pronto publicó un tratado de terapéutica, titulado De Syruporum universa ratio, el cual adquirió tal boga que en poco tiempo se hicieron de él varias ediciones.
 En él sostenía la misma tesis de Champier, y es que por la Medicina griega se cura y con la árabe se mata. "Los árabes -dice- piensan que hay que sacrificar a los débiles" y, como a buen cristiano, le horrorizaba esa idea. "Un débil de cuerpo puede tener un gran espíritu, y fortificándole el cuerpo se le puede transformar en un hombre perfecto". "Éste es el deber de la Medicina" -exclama- y siguiendo el principio del utile dulci, o sea la unión de lo conveniente con lo agradable, sienta que para curar no hay que hacer sufrir, pues que el enfermo no es un culpable sino un desgraciado al cual hay que calmarle o alejarle el dolor. […]
Resultado de imagen de pompeyo gener pasion y muerte de servet El dulce sabio español, como se le llamó, se hizo apreciar en París no sólo del público en general, sino de las gentes cultas y de los médicos de mayor nombradía. […]
 Entonces, Servet, desbordante de actividad, abrió un curso de Matemáticas en la propia Escuela de Medicina de París; a éste siguió un curso público de Anatomía y en la Escuela de los Lombardos otro de Meteorología, de Astronomía y de las influencias siderales sobre el Hombre, lo cual fue calificado de astrología judiciaria. Servet llegó a ser el hombre a la moda. […] Al gran Servet, en este momento, la fortuna le sonreía. No tenía más que dejarse conducir por ella para vivir espléndidamente y lleno de honores.
 En una de sus conferencias habló de lo que hoy los hombres de ciencia llaman Premoniciones, es decir, los presentimientos que permiten juzgar del porvenir y venir en conocimiento, o sentir, lo que sucede a distancia. Esto que hoy día se llama telepatía, agradó tanto en París, especialmente entre las clases altas, que la fama de Servet creció hasta tal punto que llegó a ser el doctor preferido por los más grandes señores y las damas más distinguidas.
 Tanta fortuna no tardó en provocar la envidia de algunos de sus colegas […] Así, el 18 de marzo del año 1538, el Parlamento de París le juzgó, en virtud de una acusación venida de la Facultad de Medicina. En la acusación se pedía nada menos que se le condenara a muerte en la hoguera apoyándose en el capítulo XLVII de Isaías, en el cual se dice que "los que estudian el cielo y que observan los astros, son como la paja que el fuego consume, y no salvarán su vida de las llamas".
 Un pasaje de un profeta de Israel malhumorado presagiaba ya su muerte. Mas el Parlamento le absolvió.»
 
    [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Espuela de Plata, 2007, pp. 26-31. ISBN: 978-84-96133-95-2.]
 

martes, 29 de septiembre de 2020

El zodíaco de la vida.- Eugenio Garin (1909-2004)


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1.-Astrología e historia: Albumasar y las "grandes conjunciones"

  «En otras palabras, mientras que es necesario rechazar decididamente la idea de una clara ruptura entre astronomía moderna y astrología medieval que habría que ubicar en la época del Renacimiento, es indispensable darse perfecta cuenta de la extensísima diseminación, en los orígenes de la cultura moderna, de los temas astrológicos, mágicos y herméticos, y de su continuación por doquiera bajo las formas más diversas, y no sólo en la imaginería del arte, sino también en el seno de la nueva ciencia.
 Y valga la cita, preludio casi de la tentativa de una investigación histórica más adecuada, de un documento singular, sacado de la correspondencia de los alumnos de Galileo. 
 El 14 de julio de 1642, Bonaventura Cavalieri, de Bolonia, escribe a Evangelista Torricelli una carta muy melancólica y muy significativa. Habla del escaso interés del público por las ciencias físico-matemáticas y de la poca fortuna de éstas en el terreno práctico. Mientras que la investigación rigurosa, en particular la matemática, no suscita ningún interés, la astrología judiciaria es siempre enormemente popular. Nacería un nuevo Arquímedes -laméntase Cavalieri- y nadie se daría cuenta, mientras que el más charlatán de los astrólogos obtiene en todas partes honores, dinero y poder. Dice Cavalieri: "los pobres matemáticos, y sobre todo los geómetras, después de infinitos, infinitos e infinitos sudores" ni siquiera pueden soñar con "la gloriosa fama" de los técnicos de la adivinación estelar. La ciencia matemática, en suma, incapaz como es de aplicarse prácticamente a los eventos de la vida, no goza de la menor resonancia. Conviene entonces, por lo menos "para el fin extrínseco", como él lo llama, adaptarse a la opinión y demandas de los más, y hacer horóscopos y vaticinios, conservando para sí, "para los propios fines", y para aquellos "que estiman más el saber que el parecer", la ciencia rigurosa.
 No hace falta caracterizar a los dos personajes, que se encuentran entre los galileanos más celebres, matemático insigne el uno y preclaro físico el otro, interlocutores ambos de un diálogo europeo que tuvo por protagonistas a Galileo y Kepler, Mersenne y Gassendi, Pascal y Descartes, y, más tarde, justamente a propósito de los "indivisibles" de Cavalieri, a Leibniz y Newton. Y, sin embargo, ante la supervivencia de la astrología adivinadora, con lo que ésta comportaba de hermetismo y de magia, y en general de creencias y de concepciones generales, parecían ceder las armas, las armas de ellos, alumnos de aquel Galileo que, no obstante no abrir la puerta a la acción a distancia ni a los influjos lunares, no había dudado en elaborar una teoría de las mareas del todo insostenible. Al leer, en resumen, esta resignada y desconsolada capitulación de científicos de tanto relieve a mediados del Seiscientos, se tiene la impresión de que, cuando menos en el plano de la opinión pública y de las costumbres, y tal vez también en el de las aplicaciones prácticas, las creencias y la vida moral, se cerró con una derrota la polémica antiastrológica a la que tres siglos antes aproximadamente habíase abocado el humanismo naciente en el momento en que, por boca de Petrarca, había reivindicado la libertad y dignidad del hombre en detrimento del hado estelar, y la racionalidad en contra de las supersticiones y creencias mágicas. Había dicho Petrarca con límpida elocuencia clásica: "Dejad libre el camino de la verdad y de la vida... Los globos de fuego no pueden hacer de guías... Las almas virtuosas, confiadas a su sublime destino, reciben la iluminación de una luz interior más hermosa. No tenemos necesidad, iluminados por tal rayo, de astrólogos embaucadores ni de truhanes profetizadores que a sus crédulos secuaces limpian de oro las arcas, llenan los oídos de patrañas, entorpecen con errores el juicio, y la vida presente turban y entristecen con nugatorios temores de lo porvenir". Petrarca dice esto alrededor de 1362, mientras se propaga la peste en Padua y oscuros presagios acompañan a una gran catástrofe. Como siempre, los astrólogos atribuían a extraordinarios influjos de las estrellas los trágicos acontecimientos terrenos: sólo el cielo que con la luz y el calor del Sol anima toda la vida puede ser la fuente de la muerte colectiva. Petrarca, que comprendía toda la insidia del determinismo estelar y temía la destrucción de la libre iniciativa humana mediante la indiscriminada necesidad natural, salía al paso de la que se gestaba y le enderezaba una crítica radical de la causalidad celeste, de un lado, y del otro, un análisis de creencias supersticiosas de origen remoto.
Resultado de imagen de el zodiaco de la vida Por otra parte, la melancólica conclusión de Bonaventura Cavalieri no significa la vanidad de casi tres siglos de polémicas "humanísticas". Que Kepler tuviera todavía que resignarse a hacer horóscopos en Graz después de que Copérnico había revolucionado sin ambages la estructura del cosmos sólo señala que el parto de la ciencia moderna no se realizó ni por ruptura radical ni por generación espontánea, y que para definir los progresos de la astronomía y la crisis de la astrología es realmente necesario abordar todo el entramado de temas que caracterizó la investigación entre los orígenes humanísticos del Renacimiento y la gran etapa científica del maduro Seiscientos. El mismo Kepler, por lo demás, que no creía, es cierto, en la validez de los "pronósticos", sostenía abiertamente -como es bien sabido- la existencia del alma del Sol ("animam quoque… in corpore Solis inesse necesse est"), la animación del Mundo ("mundus totus anima plenus"), por no hablar de las inteligencias celestes. […] El mismísimo Galileo, adversario implacable de la astrología adivinadora, cayó en afirmaciones bastante singulares a propósito del Sol y de la luz. En sus palabras dijérase que resuena el eco de cultos solares; y no es raro encontrar en él creencias o teorías neoplatónicas que se insinúan entre demostraciones matemáticas. La célebre carta a monseñor Pietro Dini, fechada en 23 de marzo de 1615, con amplia utilización del salmo Deus in Sole posuit latibulum suum y con luengo préstamo de la metafísica de la luz del Pseudo Dionisio, consigna la dificultad de separar en el ámbito mismo de la rigurosa astronomía galileana lo que es matemático y físico de lo que es metafísico y místico.»
 
     [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Península, 1981, en traducción de Antonio-Prometeo Moya, pp. 27-30. ISBN: 84-297-1698-X.]