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domingo, 23 de agosto de 2026

Un pequeño paso para [un] hombre.- Rafael Clemente (1945)

4.- La nave principal
La historia del bolígrafo espacial

  «Los primeros astronautas, fueran rusos o americanos, utilizaron lápices como herramienta de escritura. Pero tenía sus inconvenientes: el grafito es conductor e inflamable y una punta rota flotando por la cabina resultaba un peligro, puesto que podía introducirse en algún equipo eléctrico o bloquear el movimiento de un conmutador.
 A comienzos del proyecto Gemini, la NASA encargó un lápiz retráctil diseñado para ser usado en el espacio con todas las garantías. El contrato se lo llevó una empresa de mecánica de precisión, con un importe total de 4.328,50 dólares por treinta y cuatro unidades. Cada una salía a casi ciento treinta dólares. El escándalo y las acusaciones de despilfarro perseguirían a la Agencia durante muchos años.
 En la misma época y por iniciativa propia, Paul Fisher, un fabricante de equipos de escritura, patentó un bolígrafo capaz de escribir boca abajo. El secreto estaba en su cartucho de tinta, presurizado con nitrógeno a poco más de dos atmósferas y una tinta en gel. Fisher aseguró que el desarrollo había costado cerca de un millón de dólares, pero la NASA -escarmentada por la historia del lápiz- no participó en el proyecto. Se limitó a comprar unos centenares de bolígrafos cuando ya estuvieron en el mercado... a un precio de cuatro dólares menos descuento por cantidad. Los rusos también se hicieron clientes de la Fisher Space Pen.
 Hoy, medio siglo después, el bolígrafo espacial sigue disponible en el mercado; la inflación ha multiplicado por diez su precio con respecto a aquellos primeros ejemplares.

Gastronomía para exploradores lunares

 En las misiones Apollo, la cocina espacial había mejorado mucho con respecto a la que padecieron los primeros astronautas. Ya podían escoger sus preferencias entre un menú de setenta platos. Eso sí, siempre se trataba de alimentos liofilizados, deshidratados o que pudieran presentarse en bocaditos. Para beber, agua, obtenida como subproducto de las pilas de combustible del módulo de servicio. La nave disponía de dos dispensadores: uno para agua fría y otro para agua caliente. Los astronautas se quejaron con frecuencia no tanto de su sabor, sino de que contenía numerosas burbujas de gas que les provocaban molestias gástricas. Se probaron varias soluciones, entre ellas la de centrifugar el agua en bolsas de plástico, pero ninguna funcionó. Sólo a partir de la segunda misión lunar el problema quedó resuelto mediante unos filtros catalizadores de plata y paladio que absorbían el hidrógeno y lo descargaban al vacío.
 En general, la gastronomía durante los viajes de ida y vuelta a la Luna resultaba aceptable. Otra cosa muy distinta eran los menús disponibles en la propia Luna.
 Las primeras comidas en la Luna (Apollo 11) fueron bastante espartanas. La despensa del módulo lunar contenía sólo dos menús, seleccionados entre otras cosas por su bajo residuo. El primero: cubos de tocino, melocotón, galletitas de azúcar, zumo de piña y pomelo y café; el segundo, algo más sustancioso: estofado de buey, sopa de pollo, pastel de dátiles y zumos de uva y naranja.
 Por si a los astronautas les apetecía "picar" algo más, se habían añadido algunos frutos secos, barras de caramelo, pan y pavo en salsa. Sin platos ni vasos, por supuesto. La vajilla del Eagle sólo eran dos cucharas.
 Todos los alimentos podían conservarse sin refrigerar y tampoco hacía falta calentarlos (en el módulo lunar no había nada parecido a una cocina ni a una nevera). Algunos, como el tocino y el pavo, iban estabilizados con una cubierta de gelatina. Las galletas y el pan habían sido tratados para evitar migas que pudieran salir flotando (2).

Ir al lavabo camino de la Luna

 La eliminación de los residuos fisiológicos, tanto sólidos como líquidos, fue problemática ya desde los primeros vuelos tripulados y continuó siéndolo durante todo el programa Apollo. En general, los sólidos se almacenaban a bordo; la orina se descargaba en el vacío del espacio, donde se vaporizaba al instante. Sólo en los últimos vuelos se trajeron muestras de orina a la Tierra, como parte de ciertos estudios médicos.
 Para los astronautas, ir de vientre nunca resultó una experiencia satisfactoria. Las heces se recogían en unas bolsas de plástico con borde adhesivo para sujetarlas a las nalgas. No era fácil y con frecuencia parte del material escapaba y flotaba en la cabina, pegándose a los trajes o a los paneles de mando.
 Al menos en una ocasión, durante su trigésima revolución alrededor de la Luna, los astronautas del Apollo 10 se refirieron a algunos aspectos menos agradables de compartir espacios en momentos tan delicados. Como el descubrimiento de un objeto volante claramente identificado:

 CERNAN: ¿De dónde ha salido eso? 
 STAFFORD: Pásame una servilleta rápido. Hay una mierda flotando en el aire.
 YOUNG: Yo no lo hice. No es mío.
 CERNAN: Creo que tampoco es uno de los míos.
 STAFFORD: El mío era un poco más pegajoso...

 Los tres rechazaban con vehemencia la paternidad del descubrimiento. La transcripción oficial de la conversación, al menos en su primera edición, llevaba el sello "Confidencial".
 Una vez terminado su uso, el astronauta debía introducir en la bolsa una pastilla germicida, amasar bien y guardarla en un compartimento creado al efecto. Todo el proceso podía llevar hasta una hora. No es de extrañar, pues, que para minimizar el problema se recurriese a laxantes antes del lanzamiento, dietas bajas en residuos e incluso medicación reductora del movimiento intestinal.
 En el módulo de mando, los residuos se guardaban en un compartimento situado en la pared derecha de la cabina, que no siempre cerraba herméticamente. El germicida pretendía impedir la fermentación y la emisión de gases. Lo último que la NASA quería era ver alguna de las bolsas hinchándose y amenazando con convertirse en una especie de granada maloliente. Para evitarlo, todos los residuos sólidos se almacenaban en un doble envoltorio de plástico. En caso de ruptura de una bolsa de heces ya guardada en el cajón de desechos, un sensor registraba el aumento de presión. Si superaba una décima de atmósfera, se abría una válvula que comunicaba con la cabina para alertar a los astronautas por el método más antiguo: el olor. Entonces podían accionar a mano otra válvula para conectarlo con el circuito de expulsión de orina y evacuar por allí el aire contaminado. Las bolsas permanecerían a bordo hasta volver a la Tierra.
 A bordo del módulo lunar, las heces se trataban de forma similar, salvo que las bolsas usadas acabarían arrojadas al exterior junto con el resto de la basura. Los astronautas aborrecían este sistema, en especial cuando tenían que utilizarlo vestidos con sus escafandras: el culote no era lo suficientemente amplio para aplicar bien los adhesivos. Pero nadie había encontrado ninguna solución mejor. El uso de un inodoro más o menos convencional tendría que esperar años, hasta que entrasen en servicio los laboratorios Skylab, Salyut o el propio transbordador espacial.»

(2) Un resumen de la tecnología empleada en la preparación de alimentos para los vuelos Apollo puede consultarse en http://history.nasa.gov/SP-368/s6ch1.htm
    
 [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Planeta, 2018, pp. 126-131. ISBN: 978-84-480-2494-4.]

domingo, 10 de mayo de 2026

El gran libro de las paradojas.- Michael Clark (1940-2019)

La paradoja de la democracia

 «Considérese un demócrata que está a favor de la unión monetaria. Supongamos que en un referéndum, la mayoría vota en contra de la unión monetaria. Entonces, parecerá que está a la vez a favor de la unión monetaria y, en tanto que demócrata, en contra de ella.
 ¿En qué se diferencia un demócrata partidario de la unión monetaria de alguien partidario de ella, pero que no es demócrata? En unas elecciones, los dos podrían votar a favor de tal unión, dado que ambos desean que se adopte. Pero lo que caracteriza al demócrata es que su orden de preferencias es:
 (1) Una unión monetaria decidida democráticamente
 (2) Un separación monetaria decidida democráticamente
 (3) Una unión monetaria no decidida democráticamente
 (4) Una separación monetaria no decidida democráticamente

 Preferirá 1 a 2, y estos dos a 3 y 4. Por un lado, su postura democrática se manifiesta en que prefiere 1 y 2 antes que 3 y 4, y, por otro, que está a favor de la unión monetaria, en que prefiere 1 a 2 y 3 a 4. En esto es perfectamente consecuente.
 Más aún, está claro que no sostiene la opinión claramente indefendible de que la mayoría siempre tiene razón. De lo contrario, no preferiría 1 a 2 y 3 a 4. (Ni tampoco tiene por qué ser partidario de permitir que la mayoría oprima a una minoría, dado que, en tales casos, podría no aceptar una opinión democrática. La restricción de que la democracia debe respetar a las minorías no significa que no podamos plantear la paradoja).
 Pero, ¿y si se ve en la disyuntiva de elegir entre la democracia y la unión monetaria? ¿Y si tiene que elegir entre 2 y 3? La situación se parecerá entonces a las que surgen en otros conflictos éticos. Por ejemplo, le he prometido a mi hija pequeña que la voy a llevar a una fiesta, pero su hermano se cae y se abre la cabeza. Lo llevo al hospital y tengo que incumplir la promesa que le hice a mi hija. Pero tengo que compensarle. El accidente de su hermano no afecta a la promesa, que sigue vigente. También podría encontrarme en un dilema; supongamos que hubiese prometido llevar a mi hijo a una fiesta y a mi hija a ver una película. La fiesta es hoy y la película, mañana, pero, finalmente, los dos acontecimientos se posponen hasta pasado mañana a las tres y me resulta imposible cumplir ambas promesas. Mis obligaciones, ambas insoslayables, están en conflicto. Aunque sea irracional tener dos creencias contradictorias sobre la realidad (y la paradoja de EL PREFACIO muestra que no siempre tiene por qué serlo), no hay nada de irracional en que dos obligaciones o, incluso, dos preferencias políticas entren en conflicto.
 A pesar de su nombre, la paradoja no versa específicamente sobre la democracia, ya que un partidario de cualquier otro sistema político, por ejemplo, la monarquía o la oligarquía, podría enfrentarse a ella. La analogía monárquica daría el siguiente orden de preferencias:

 (1) Una unión monetaria impuesta por el monarca
 (2) Una separación monetaria impuesta por el monarca
 (3) Una unión monetaria en contra de la voluntad del monarca
 (4) Una separación monetaria en contra de la voluntad del monarca.

 Esta paradoja la descubrió Richard Wollheim ("A paradox in the theory of democracy", Philosophy, Politics ans Society 2, ed. Peter Laslett y W.G. Runciman, Oxford, 1962). Difiere de la parádoja homónima planteada por Karl Popper, a saber, la posibilidad de que la mayoría elija a un tirano para que los gobierne, que es una interpretación de la teoría de Platón a la democracia propuesta por Leonard Nelson.

 La paradoja de los dioses

 Un hombre desea andar una milla desde el punto a. Pero hay una infinidad de dioses que se proponen impedírselo sin que lo sepan los demás dioses. Uno de ellos va a levantar una barrera para impedir que siga avanzando si llega a la media milla, otro, si llega al cuarto de milla, un tercero si llega al octavo de milla y así hasta el infinito. En consecuencia, no puede ni siquiera empezar porque, por muy corta que sea la distancia que vaya a recorrer, antes lo habrá detenido una barrera: pero, en tal caso, no se levantará ninguna barrera y, por tanto, no habrá nada que le impida partir. Se ha visto obligado a permanecer en el sitio por la mera intención irrealizada de los dioses.

 Por supuesto que en nuestro mundo no hay dioses semejantes, si bien, en principio, parece posible -no lo prohíbe la lógica- que todos los dioses conciban tal intención y pongan en funcionamiento un sistema exhaustivo de obstaculización. Pero se trata de un caso hipotético. Imaginemos que los dioses ponen dispositivos en el recorrido para que salte una barrera en cada punto en cuanto el hombre llegue a él. El sistema no llegaría a funcionar dado que, si el hombre se aleja del punto a, a poco que ande, antes de que llegue se habrá levantado una barrera que le impedirá avanzar. Se supone que se alza una barrera en el punto p si y sólo si el hombre llega a p y, por tanto, si y sólo si no ha saltado ninguna barrera antes de p.
 No hay un primer punto más allá de a en el que pueda saltar una barrera. La sucesión de puntos 
...,1/64, 1/32, 1/16, 1/8, 1/4, 1/2
tiene final, pero no principio. Si hubiese un primer punto, el hombre podría llegar a él antes de que se lo impidieran. Pero todo punto del recorrido que sale de a en el que algún dios pretende elevar una barrera está precedido de infinitos puntos en los que algún dios piensa elevar una barrera si el hombre llega a él. El sistema de obstaculización, en conjunto, no funcionará como se esperaba: si el hombre echa a andar, no se pueden realizar todas las intenciones. Recuérdese que, en realidad, cada dios pretende elevar una barrera en el punto que le corresponde si y sólo si no se ha elevado ya otra más cerca de a. Imaginemos que el hombre se pone en camino. O salta al menos una barrera o ninguna. Si salta una, el dios correspondiente la habrá levantado a pesar de la existencia de barreras más cercanas a a; y, si no hay ningún punto en que se alce una barrera, cada uno de los dioses se habrá abstenido de levantar una barrera aunque no se haya levantado ninguna antes. Por tanto, hay un fallo lógico en el planteamiento. Y, cuando comprendemos esto, el enigma desaparece.
 La paradoja la inventó J. Benardete. Vénase las páginas 259-260 de su libro Infinity (Oxford, Clarendon Press, 1964). La solución que doy está sacada del artículo de Stephen Yablo que cito más adelante.
 Véase también LA PARADOJA DE YABLO.»

 [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Gredos, 2009, en traducción de Carlos Fernández-Victorio, pp. 80-84. ISBN: 978-84-249-3582-5.]

domingo, 24 de diciembre de 2023

La conexión cósmica.- Carl Sagan (1934-1996)


Carl Sagan - Wikipedia
26.-La conexión cósmica


 «Desde los primeros tiempos, los seres humanos han reflexionado sobre el lugar que ocupan en el Universo. Se han preguntado si están conectados de alguna manera con el asombroso e inmenso Cosmos en el que la Tierra está inmersa.
 Hace muchos miles de años se inventó una seudo-ciencia llamada Astrología. Las posiciones de los planetas, al nacer un niño, se creía que desempeñaban un papel importantísimo en determinar su futuro. Los planetas, puntos de luz de eterno parpadear, eran dioses. En su vanidad, el hombre imaginó un Universo diseñado para su propio beneficio y perfectamente organizado para su uso particular.
 Quizá se supuso que los planetas eran dioses a causa de sus movimientos irregulares. La palabra “planeta” significa, en griego, vagabundo. El imprevisible comportamiento de los dioses en muchas leyendas puede haber correspondido con los, al parecer, también imprevisibles movimientos de los planetas. Se supone que se razonó así: Los dioses no se sujetan a normas; los planetas no se sujetan a normas; los planetas son dioses.
 Cuando la antigua casta sacerdotal astrológica descubrió que el movimiento de los planetas no era irregular, sino previsible, se guardaron la información para sí. No valía la pena preocupar innecesariamente al populacho, socavar sus creencias religiosas y erosionar las bases del poder político. Además, el Sol era la fuente de vida. La Luna, mediante las mareas, dominaba la agricultura, especialmente en las cuencas de ríos como el Indo, el Nilo, el Yangtze, y el Tigris-Éufrates. ¡Cuán razonable era entonces que estas luces menores, los planetas, ejercieran influencia sobre la vida humana, una influencia más sutil, pero no menos eficaz!
 La búsqueda de una conexión, el eslabón entre la gente y el Universo, no ha disminuido desde los albores de la astrología. A pesar de los avances de la ciencia, aún persiste tal necesidad.
 Ahora sabemos que los planetas son, aproximadamente, mundos como el nuestro. Sabemos también que su luz y gravedad no influyen en absoluto en el nacimiento de un niño. Sabemos que hay enormes cantidades de otros objetos —asteroides, cometas, pulsars, quasars, galaxias explosivas, agujeros negros, etcétera—, objetos desconocidos para los antiguos especuladores que inventaron la astrología. El Universo es muchísimo más grande de lo que pudieron haber imaginado.
 La Astrología no ha tratado de mantenerse a la altura de los tiempos. Incluso los cálculos de los movimientos planetarios y posiciones establecidos por la mayor parte de los astrólogos son normalmente inexactos.
 Ningún estudio muestra estadísticamente un índice de éxitos significativos al predecir, mediante sus horóscopos, el futuro o los rasgos de la personalidad de los recién nacidos. No hay ningún campo de radio-astrología, o astrología por rayos X, o astrología por rayos gamma, que tengan en cuenta las nuevas fuentes astronómico-energéticas descubiertas en años recientes.
 Sin embargo, la Astrología sigue siendo sumamente popular en todas partes. Por lo demás, hay diez veces más astrólogos que astrónomos. Un gran número, probablemente la mayor parte, de periódicos en los Estados Unidos publican diariamente sus secciones de horóscopos.
 Mucha gente joven, gente brillante y socialmente bien situada, siente gran interés por la Astrología. Satisface una necesidad interior de sentirse importantes como seres humanos en un Cosmos inmenso y asombroso, creer que de alguna manera nos relacionamos con el Universo, ideal de muchas experiencias religiosas y con drogas, el samadhi de algunas religiones orientales.
 Los grandes conocimientos de la astronomía moderna demuestran que, en algunos aspectos muy diferentes a los imaginados por los antiguos astrólogos, estamos conectados con el Universo.
 Los primeros científicos y filósofos —Aristóteles, por ejemplo— imaginaron que el cielo estaba hecho de un material diferente al de la Tierra, una especie de substancia celeste, pura e inmaculada. Ahora sabemos que éste no es el caso. Trozos del cinturón de asteroides llamados meteoritos, las muestras de la Luna traídas por los astronautas del Apolo y por las sondas soviéticas, el viento solar y los rayos cósmicos, que probablemente se generan por la explosión de estrellas y sus restos, todos ellos muestran la presencia de los mismos átomos que conocemos aquí, en la Tierra. La espectroscopia astronómica puede determinar la composición química de estrellas situadas a miles de millones de años luz de distancia. Todo el Universo está hecho con material familiar. Los mismos átomos y moléculas se hallan presentes a enormes distancias de la Tierra como lo están dentro de nuestro Sistema Solar.
 Estos estudios conducen a una notable conclusión. No solamente el Universo está en todas partes constituido por los mismos átomos, sino que los átomos, hablando en términos generales, están presentes en todas partes y en aproximadamente las mismas proporciones.
La conexión cósmica una perspectiva extraterrestre[1973] sagan carl … Casi toda la substancia de las estrellas y la materia interestelar entre estrellas es hidrógeno y helio, los dos átomos más simples. Todos los demás átomos son impurezas, constituyentes vestigiales. Esto también puede aplicarse a los grandes planetas exteriores de nuestro Sistema Solar, como Júpiter. Pero no es así en cuanto se refiere a los trozos comparativamente pequeños de roca y metal en la parte interior del Sistema Solar, como nuestro planeta Tierra. Esto ocurre porque los pequeños planetas terrestres tienen gravedades demasiado débiles para retener sus atmósferas originales de hidrógeno y helio, atmósferas que gradualmente han escapado al espacio.
 Los siguientes átomos más abundantes en el Universo son el oxígeno, carbono, nitrógeno y neón. Todo el Mundo ha oído hablar de estos átomos. ¿Por qué los elementos que más abundan en el plano cósmico son los más razonablemente corrientes en la Tierra, y no, por ejemplo, el Ytrio o el praseodimio?
 La teoría de la evolución de las estrellas está lo suficientemente avanzada para que los astrónomos puedan comprender sus diferentes clases y sus relaciones: cómo una estrella nace del gas y polvo interestelares, cómo brilla y se desarrolla mediante reacciones termonucleares en su ardiente interior, y cómo muere. Estas reacciones termonucleares son de la misma clase que las reacciones que fundamentan las armas nucleares (bombas de hidrógeno): la conversión de, cuatro átomos de hidrógeno en uno de helio.
 Pero en las posteriores etapas de la evolución estelar en el interior de las estrellas se alcanzan elevadas temperaturas, y los elementos más pesados que el helio se generan por procesos termonucleares. La astrofísica nuclear indica que los átomos más abundantes, producidos en estas gigantescas estrellas ardientes, son precisamente los átomos que más se encuentran en la Tierra y en cualquier otra parte del Universo. Los átomos pesados, generados en los interiores de los gigantes rojos, son arrojados al medio interestelar mediante un lento reflujo desde la atmósfera de la estrella, como nuestro propio viento solar, o por medio de poderosas explosiones estelares, algunas de las cuales pueden hacer que una estrella brille mil millones de veces más que nuestro Sol.
 Un reciente estudio espectroscópico con infrarrojos de estrellas en fusión descubrió que están lanzando al espacio silicatos, polvo de roca arrojado al medio interestelar. Las estrellas de carbono probablemente lanzan partículas de grafito al espacio cósmico que las rodea. Otras estrellas desprenden hielo.
 En sus primeras etapas históricas, probablemente algunas estrellas como el Sol lanzaron fuera de sí grandes cantidades de compuestos orgánicos al espacio interestelar; de hecho y mediante el empleo de métodos radioastronómicos, se encuentran moléculas orgánicas simples que parecen rellenar el espacio entre las estrellas. La nebulosa planetaria más brillante que se conoce (una nebulosa planetaria es una nube en expansión, por lo general rodeada por una estrella explosiva llamada nova) parece contener partículas de carbonato de magnesio.
 Estos átomos pesados —carbono, nitrógeno, oxígeno, silicio, y demás— flotan en el medio interestelar hasta que en algún momento posterior se da una condensación gravitacional local y se forman un nuevo sol y nuevos planetas. Este sistema solar de segunda generación está enriquecido por elementos pesados.
 El destino de los seres humanos puede no estar conectado de una manera profunda con el resto del Universo, pero la materia de que estamos hechos se halla íntimamente ligada a procesos que ocurrieron durante inmensos intervalos de tiempo y enormes distancias en el espacio lejos de nosotros. Nuestro Sol es una estrella de tercera generación. Todo el material rocoso y metálico sobre el cual nos encontramos el hierro de nuestra sangre, el calcio de nuestros dientes, o el carbono de nuestros genes se produjeron hace miles de millones de años en el interior de una gigantesca estrella roja. Estamos hechos de material estelar.
 Nuestra conexión molecular y atómica con el resto del Universo es un circuito cósmico real y nada caprichoso o imaginativo.
 Al explorar el firmamento que nos rodea con el telescopio y con las naves espaciales, es posible que surjan otros circuitos. Pueden ser una red de civilizaciones extraterrestres intercomunicadas a las que probablemente mañana tengamos que unirnos nosotros. La fallida declaración de la astrología —que las estrellas influyen sobre nuestros caracteres individuales— no será confirmada por la astronomía moderna.
 Pero la profunda necesidad humana de buscar y comprender nuestra conexión con el Universo, es un objetivo dentro de nuestro alcance.»

  [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Orbis, 1986, en traducción de Jaime Piñeiro, pp.168-172. ISBN: 978-84-7634-115-5.]

domingo, 11 de septiembre de 2022

Amor líquido. Acerca de la fragilidad de los vínculos humanos.- Zygmunt Bauman (1925-2017)


Zygmunt Bauman y la comunicación - El blog de JM Velasco
3.-Sobre la dificultad de amar al prójimo


  «Ciudad y cambio social son casi sinónimos. El cambio es la cualidad de la vida urbana y el modo de existencia urbana. Cambio y ciudad pueden —y en realidad deberían— definirse por mutua referencia. ¿Por qué es así? ¿Por qué debe ser así?
  Es habitual definir las ciudades como lugares donde los desconocidos se encuentran, permanecen en mutua proximidad e interactúan durante largo tiempo sin dejar por eso de ser desconocidos. Centrándose en el papel que las ciudades desempeñan dentro del desarrollo económico, Jane Jacobs señala que la constante densidad de comunicación humana es la causa primordial de la agitación urbana. Los habitantes de la ciudad no son necesariamente más inteligentes que otros seres humanos, pero la densidad de la ocupación del espacio deriva en una concentración de necesidades. Y entonces en la ciudad se plantean preguntas que no se han planteado en otros sitios, surgen problemas que la gente no ha tenido ocasión de enfrentar en condiciones diferentes. Enfrentar problemas y plantear preguntas representa un desafío, que amplía la inventiva de los seres humanos de manera sin precedente. A su vez, esa situación ofrece una alternativa tentadora a la gente que vive en lugares más calmos, pero también menos promisorios: la vida urbana atrae constantemente a nuevos recién llegados, y la característica de estos es que traen “nuevas maneras de ver las cosas, y tal vez nuevas maneras de resolver viejos problemas”. Los recién llegados son extraños en la ciudad, y las cosas que los antiguos residentes han dejado de advertir por exceso de familiaridad parecen estrafalarias y requieren una explicación cuando son vistas por otros ojos. Para los extraños, y particularmente para los recién llegados, nada en la ciudad resulta «natural», nada se da por descontado. Los recién llegados son enemigos natos de la tranquilidad y la autoindulgencia.
  Tal vez no sea esta una situación que agrade a los nativos de la ciudad, pero por cierto es su mayor suerte. La ciudad está en su mejor momento, más exuberante y pródiga en oportunidades cuando sus medios y costumbres son cuestionados y acusados. Michael Storper, economista, geógrafo y planificador, atribuye la animación constante y la creatividad típicas de la densa vida urbana a la incertidumbre suscitada por la relación, mal coordinada y perpetuamente cambiante, “entre las partes de organizaciones complejas, entre los individuos y entre individuos y organizaciones”, que resulta inevitable en las condiciones reinantes en una ciudad: alta densidad y gran cercanía.
  Los extraños no son una invención moderna, pero sí lo son los extraños que siguen siendo extraños durante mucho tiempo, tal vez para siempre. En una ciudad o un pueblo premodernos típicos no se permitía a los extraños que siguieran siendo extraños durante mucho tiempo. Algunos eran expulsados o ni siquiera se les permitía entrar. Aquéllos que eran admitidos y permanecían más tiempo tendían a “familiarizarse” —eran interrogados y rápidamente “domesticados”—, de tal manera que pudieran unirse a la red de relaciones como residentes urbanos establecidos: de manera personal. Ese proceso tenía consecuencias notablemente diferentes de las de los procesos que nos resultan familiares ahora a partir de la experiencia de las ciudades contemporáneas, modernas, atestadas y densamente pobladas.
 
  A pesar de lo que la historia depare a las ciudades, y del drástico cambio que puedan experimentar su estructura espacial, su aspecto y estilo a lo largo de décadas o siglos, una característica permanece constante: las ciudades son espacios donde los extraños permanecen y se mueven en estrecha y mutua proximidad.
  La perpetua y ubicua presencia de desconocidos, por ser un componente constante de la vida urbana, añade un importante elemento de incertidumbre a los objetivos de vida de los residentes. Esa presencia, imposible de eludir, es una fuente de ansiedad que jamás se agota, y de una agresividad usualmente latente que suele entrar en erupción en diversas oportunidades.
  El miedo a lo desconocido —subliminal pero que flota en el ambiente— busca desesperadamente salidas viables. Las ansiedades acumuladas tienden a descargarse sobre una categoría selecta de “extraños” elegida para encarnar la “extrañeza”, la falta de familiaridad, la impenetrabilidad del entorno de vida, la vaguedad del riesgo y la amenaza. Cuando una categoría selecta de “extraños” es expulsada de hogares y comercios, el aterrador espectro de la incertidumbre es exorcizado por un tiempo; el horripilante monstruo de la inseguridad es quemado en efigie. Las barreras fronterizas cuidadosamente erigidas para impedir el acceso a “falsos solicitantes de asilo” e inmigrantes “puramente económicos” encarnan la esperanza de fortificar una existencia poco sólida, errática e impredecible. Pero la moderna vida líquida está condenada a ser errática y caprichosa a pesar de las medidas que se adopten contra los “extraños indeseables”, de modo que el alivio es de corta vida y las esperanzas puestas en las “medidas duras y decisivas” se hacen trizas rápidamente.
   El extraño es, por definición, un agente movido por intenciones que, en el mejor de los casos, podemos adivinar, pero de las que nunca podremos estar seguros. El extraño es la variable desconocida de todas las ecuaciones calculadas cuando se intenta decidir qué hacer y cómo comportarse. De modo que incluso cuando los extraños no se convierten en objeto de agresiones directas ni padecen las consecuencias de un resentimiento activo, su presencia dentro del campo de acción sigue siendo inquietante, ya que dificulta la predicción de los efectos de una acción y sus alternativas de éxito o fracaso.
  Compartir el espacio con extraños, vivir en la no deseada pero obstrusiva proximidad de ellos, es una situación que a los residentes de la ciudad les resulta difícil y hasta imposible de evitar. La proximidad de los extraños es un destino y un modus vivendi que hay que experimentar para que, por medio de pruebas y más pruebas, se logre que la cohabitación sea aceptable y la vida, vivible. Esta necesidad está “determinada”, no es negociable, pero la manera como los residentes de la ciudad la satisfacen puede elegirse. Y esa elección se hace a diario, por comisión u omisión, por acción o por defecto.

   Teresa Caldeira escribe sobre San Pablo (São Paulo), la segunda ciudad más grande de Brasil, un hervidero que se expande con rapidez: “Hoy San Pablo es una ciudad vallada. Se han construido barreras físicas en todas partes, alrededor de las casas, de los edificios de departamentos, de los parques, las plazas, los complejos de oficinas y las escuelas […]. La nueva estética de la seguridad da forma a todo tipo de construcciones e impone una nueva lógica de vigilancia y de distancia”.
   Los que pueden costearlo, se compran una residencia en un “condominio”, semejante a una ermita: se encuentra físicamente dentro pero social y espiritualmente fuera de la ciudad. “Las comunidades cerradas supuestamente separan los mundos. La publicidad propone un estilo de vida total, que representaría una alternativa a la calidad de vida que ofrece la ciudad y su deteriorado espacio público”. El rasgo más prominente del condominio es su “aislamiento y distancia de la ciudad. […] El aislamiento implica la separación de todos aquellos considerados socialmente inferiores”. Y como repiten los constructores y los agentes inmobiliarios, “el factor clave es garantizar la seguridad. Eso involucra vallas y muros en torno al condominio, guardias las veinticuatro horas controlando las entradas y todo un conjunto de servicios y equipamiento” destinados a “mantener a los demás fuera”.
    Como todos sabemos, las vallas tienen dos lados. Las vallas dividen un espacio uniforme en un “afuera” y un “adentro”, pero lo que es “adentro” para los que están de un lado de la valla es “afuera” para los que están del otro lado. Los residentes de los condominios usan la valla para estar “fuera” de la desagradable, inquietante, vagamente amenazante y dura vida de la ciudad, y “dentro” del oasis de calma y seguridad. Pero, al mismo tiempo y con el mismo gesto, impiden el acceso a los demás, dejándolos fuera de los lugares decentes y seguros, cuyos estándares están decididos a mantener y a defender con uñas y dientes, y confinándolos dentro de las mismas calles decadentes y sórdidas de las cuales han tratado de protegerse, sin reparar en gastos. La valla separa al “gueto voluntario” de los encumbrados y poderosos de los numerosos guetos forzosos de los marginados. Para los que están dentro del gueto voluntario, los otros guetos son espacios “en los que no entraremos”. Para los que están dentro de los guetos involuntarios, la zona en la que están confinados (y excluidos de las demás) es el espacio “del que no se nos permite salir”.

   En San Pablo (São Paulo), la tendencia exclusionista y segregacionista se manifiesta en su forma más brutal, inescrupulosa y desvergonzada; pero el mismo impacto puede encontrarse, aunque de manera más atenuada, en casi todas las ciudades metropolitanas.
  Paradójicamente, las ciudades, que en su origen fueron construidas para proporcionar seguridad a todos sus habitantes, en nuestros días se asocian con frecuencia más con el peligro y menos con la seguridad. Como expresa Nan Elin: “el factor del miedo [en la construcción y reconstrucción de las ciudades] ha aumentado, tal como lo indica el incremento de cerrojos en las puertas de los autos y las casas y de sistemas de seguridad, la popularidad de las comunidades seguras y Valladas’ para grupos de todas las edades y franjas de ingresos, por no mencionar los interminables informes sobre inseguridad difundidos por los medios masivos de comunicación”.
  Las amenazas, genuinas o putativas, dirigidas contra el cuerpo o la propiedad del individuo se convierten rápidamente en factores para tener en cuenta cada vez que se evalúan los méritos o desventajas de un lugar donde vivir. También se han convertido en el punto más importante a considerar dentro de las políticas del mercado inmobiliario. La incertidumbre ante el futuro, la fragilidad de la posición social y la inseguridad existencial, ubicuos acompañantes de la vida en el «moderno mundo líquido», arraigados especialmente en lugares remotos y por lo tanto fuera del control individual, tienden a concentrarse en los blancos más próximos y a canalizarse en la preocupación por la seguridad personal, preocupación que a su vez suele condensarse en el impulso segregacionista/exclusionista, que conduce inexorablemente a las guerras por el espacio urbano.
  Tal como podemos ver en el perceptivo estudio del joven crítico de arquitectura y urbanismo Steven Flusty, ponerse al servicio de esa guerra, y en particular de diseñar maneras de impedir el acceso de adversarios reales, potenciales y putativos al espacio reclamado y mantenerlos a buena distancia de él, constituye la preocupación más ampliamente difundida de la innovación arquitectónica y el desarrollo urbano de las ciudades estadounidenses. Las construcciones más nuevas, más publicitadas y más ampliamente imitadas son “espacios interdictónos”, “destinados a interceptar, repeler o filtrar a sus potenciales usuarios”. Explícitamente, el propósito de los “espacios interdictónos” es dividir, segregar y excluir, y no construir puentes, pasajes accesibles y lugares de encuentro, facilitar la comunicación y reunir a los residentes de la ciudad.»

  [El texto pertenece a la edición en español de Fondo de Cultura Económica, 2006, en traducción de Mirta Rosenberg y Jaime Arrambide, pp. 108-111. ISBN: 84-3750-588-7.]

sábado, 20 de noviembre de 2021

La comunicación no verbal. El cuerpo y el entorno.- Mark L. Knapp (1938)

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4.-Los efectos de territorio y del espacio personal

Densidad y aglomeraciones

  «Analicemos primero algunos interesantes ejemplos de comportamiento animal en condiciones de gran densidad o superpoblación. Durante años, los científicos se sintieron intrigados por la elevada tasa de suicidios de conejillos árticos, conejos y ratas. El interés de estos científicos aumentó debido a que en el momento del suicidio los animales parecían disponer de toda la comida necesaria, no había depredadores a la vista ni contaminación alguna. Un etnólogo con experiencia en patología médica formuló la hipótesis de que los suicidios eran provocados por una reacción endocrina en los animales, resultado de un estado de tensión que en ellos se había producido durante el crecimiento de la población. Esta hipótesis se vio confirmada en un estudio realizado con la población de ciervos de James Island, isla a una milla de a costa de Maryland en la bahía de Chesapeake. Cuidadosos estudios históricos que se prolongaron durante años mostraron que los ciervos de James Island morían por sobreproducción de las glándulas suprarrenales como consecuencia de stress. Las glándulas suprarrenales desempeñan una función importante en la regulación del crecimiento, la reproducción y el nivel de defensas del organismo. Así pues, la superpoblación causaba la muerte no por hambre, infección o agresión de otros animales sino por una reacción fisiológica al stress creado.
 Los experimentos de Calhoun fueron más allá aún y sugirieron modalidades peculiares de comportamiento en condiciones de superpoblación. Calhoun observó que, con abundancia de comida y sin peligro de depredadores, las ratas de Noruega, en un recinto al aire libre de un metro cuadrado, estabilizaban su población en alrededor de 150 individuos. Estas observaciones, realizadas durante un período de veintiocho meses, indicaron que las relaciones espaciales eran extremadamente importantes. Luego Calhoun diseñó un experimento en que pudo mantener una situación de stress en una superpoblación mientras se criaban tres generaciones de ratas. Denominó a este experimento “antro del comportamiento”, es decir, un área en que la mayoría de las ratas exhibieron grandes distorsiones del comportamiento. Algunas de las observaciones de Calhoun son dignas de mención: 1) Algunas ratas se retiraron por completo del intercambio social y sexual mientras que otras comenzaron a “montar” todo lo que se hallara a la vista; las pautas de cortejo se interrumpieron totalmente y a menudo las hembras eran perseguidas por varios machos. 2) Las pautas de nidificación –de ordinario nítidas- se volvieron muy desaliñadas o directamente desaparecieron. 3) Los camastros de las ratas jóvenes se hicieron mixtos; las ratas recién nacidas o jóvenes eran pisadas o comidas por machos invasores hiperactivos. 4) Los machos dominantes, incapaces de establecer territorios espaciales, peleaban por posiciones próximas a los comederos; los territorios eran compartidos por “clases” de ratas, que exhibían conductas similares; los machos hiperactivos violaban todos los derechos territoriales corriendo por doquier en bandas, con total falta de respeto por todos los límites salvo los que eran defendidos por la fuerza. 5) Las ratas preñadas a menudo abortaban; eran numerosos los desórdenes en los órganos sexuales y sólo la cuarta parte de los 558 recién nacidos en el antro lograron sobrevivir en el destete. 6) La conducta agresiva creció significativamente.
 ¿Se puede generalizar a hombres y mujeres a partir de ratas? Algunos estudios iniciales que hallaron correlaciones moderadas entre diferentes resultados  socialmente indeseables –como crimen, delincuencia, desórdenes físicos y mentales- y la gran densidad de población, parecen contestar afirmativamente esta pregunta. Otros, en cambio, comentan irónicamente que la única generalización que podemos extraer del trabajo de Calhoun es ésta: “¡No te metas con una rata!” Sobre la base de la investigación realizada hasta aquí en torno a la densidad humana y el hacinamiento, se desprende con claridad que no contamos con una respuesta simple a la pregunta acerca de si “el hacinamiento es bueno o malo”.
 Uno de los problemas de interpretación  de este cuerpo de investigaciones estriba en la multitud de perspectivas desde las cuales ha sido estudiado el tema. Por ejemplo, no son lo mismo densidad y hacinamiento. La densidad se refiere a la cantidad de personas por unidad de espacio, mientras que el hacinamiento es un estado de ánimo que puede sobrevenir en situaciones de alta o baja densidad. La sensación de hacinamiento puede verse influida por: 1) factores ambientales como, por ejemplo, espacio disponible, ruido y disponibilidad de recursos y el acceso a ellos; 2) factores personales, como personalidad y estilos de comportamiento o experiencias previas en situaciones de gran densidad; y 3) factores sociales como, por ejemplo, la frecuencia y la duración del contacto, la naturaleza del contacto (cooperativo o competitivo), las personas implicadas (amigos o extraños), o la cantidad de personas implicada (uno, varios o toda una comunidad). Las definiciones de densidad también son complejas y variadas.
Resultado de imagen de mark knapp la comunicacion n overbal  Efectos de la gran densidad. El aumento de la densidad no significa automáticamente el aumento de stress o comportamiento antisocial en los seres humanos. A veces hasta buscamos placer en la densidad, como en partidos de fútbol o conciertos de música rock. Si nos hacemos responsables de nuestra presencia en una situación de gran densidad de población y si sabemos que la misma concluirá en cuestión de horas, las oportunidades de efectos negativos parecen mínimas. Ciertos estudios han llegado a resultados que parecen adecuarse a la teoría del “antro de comportamiento” como, por ejemplo, agresión, stress, actividad criminal, hostilidad hacia los demás y un deterioro de la salud mental y física. Sin embargo, en la mayoría de los casos encontramos otros estudios que no llegan a los mismos resultados. Casi siempre la diferencia reside en que una o varias de las variables mencionadas antes ejerció una influencia que redujo los efectos indeseables. Rohe y Patterson, por ejemplo, descubrieron que si se proporciona a los niños suficiente cantidad de los juguetes que desean, el aumento de la densidad no provoca ni la retirada ni la agresión que los estudios previos parecían sugerir. Ciertas vecindades de gran densidad y muy homogéneas presentan en realidad un índice bajo de problemas de salud mental y física. Galle y otros observaron cierta cantidad de medidas de densidad que previamente se habían asociado con elevada actividad criminal. Pero a diferencia de sus predecesores, este equipo de investigación trató de controlar el nivel d educación, el marco étnico de diferencia, el estatus ocupacional, etc. La cantidad de personas por habitación fue la medida que suministró la mayor correlación entre densidad y delincuencia juvenil, las mayores tasas de fallecimientos y crecimiento vegetativo, así como más asistencia pública. La gran densidad puede producir enorme cantidad de problemas, pero los seres humanos no permanecen pasivos en situaciones que exigen una convivencia prolongada en condiciones de gran densidad. Por el contrario, ensayamos diversos métodos para enfrentar o eliminar los efectos más perjudiciales de tal situación.
 Para manejar la gran densidad. Milgram cree que los habitantes de las ciudades están expuestos a una sobrecarga de información, personas, objetos, problemas y muchas otras cosas. Como consecuencia de ello, los habitantes de las ciudades se ven involucrados en conductas cuya finalidad es reducir esa sobrecarga, que a veces lleva a los forasteros a verlos como distantes y emocionalmente distanciados de los demás. Algunos de esos métodos para manejarse en ciudades populosas son: 1) invertir menos tiempo en cada intervención (por ejemplo, tener conversaciones más cortas con la gente); 2) no tomar en cuenta las situaciones de escasa prioridad (por ejemplo, ignorar al borracho en la acera o no hablar con la gente a la que se ve todos los días en el viaje al estudio o al trabajo); 3) trasladar a otros la responsabilidad de ciertas transacciones (por ejemplo, sustituir al conductor del autobús de la responsabilidad de dar cambio); 4) eliminar ciertas situaciones, por ejemplo, por medio de porteros que se ocupan de los edificios de apartamentos.
 Desplazamos ahora la atención de las relaciones espaciales en condiciones de superpoblación a las relaciones implícitas en una conversación de dos personas.

 Distancia conversacional

 Probablemente todos hemos tenido la experiencia (tal vez no conciente) de retroceder o movernos hacia adelante cuando hablamos a otra persona. A veces este movimiento se debe a una necesidad de encontrar una distancia conversacional cómoda. En diferentes situaciones, cuando analizamos diferentes temas, esta distancia “cómoda” varía. ¿Hay alguna coherencia en las distancias elegidas? ¿Hay una distancia específica que la mayoría de la gente escoge cuando habla a los demás?
 El antropólogo Edward T. Hall ha realizado agudas observaciones relacionadas con la conducta espacial humana, observaciones que se publicaron en un libro que lleva por título The Silent Language. Este libro, más que ningún otro trabajo probablemente, es responsable de una corriente de interés académico en tratar de responder a estas y otras preguntas conexas. Hall identificó varios tipos de espacio pero lo que aquí nos interesa es lo que él llama “espacio personal” o “informal”. El espacio informal acompaña a todo individuo y se expande o contrae bajo circunstancias diversas, en función del tipo de encuentro, la relación de las personas intercomunicantes, sus respectivas personalidades y muchos otros factores. A continuación clasifica Hall el espacio informal en cuatro subcategorías: íntima, casual-personal, social-consultiva y pública.»

    [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Paidós Ibérica, 2005, en traducción de Marco Aurelio Galmarini, pp. 118-122. ISBN: 84-7509-185-7.]