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domingo, 5 de abril de 2026

La conciencia de Zeno.- Italo Svevo (1861-1928)

 

La esposa y la amante

 «Recuerdo con claridad una cosa: mi principal preocupación era no parecer borracho. Me mantenía erguido y hablaba poco. Me desafiaba a mí mismo, sentí la necesidad de analizar cada palabra antes de decirla. Mientras se desarrollaba la conversación general, tenía que renunciar a participar porque no me dejaba tiempo para aclarar mi turbio pensamiento. Quise iniciar una conversación por mi parte y dije a mi suegro:
 -¿Te has enterado de que el Extérieur ha bajado dos enteros?
 Había dicho algo que no me concernía en absoluto y que había oído decir en la Bolsa; sólo quería hablar de negocios, cosas serias de las que no suele acordarse un borracho. Pero, al parecer, para mi suegro era menos indiferente y me llamó pájaro de mal agüero. Con él no acertaba una.
 Entonces me ocupé de mi vecina, Alberta. Hablamos de amor. A ella le interesaba en teoría y a mí, por el momento, no me interesaba nada en la práctica. Por eso, era hermoso hablar de ello. Me preguntó lo que yo pensaba y yo descubrí al instante una idea que parecía resultar evidente por mi experiencia de aquel mismo día. Una mujer era un objeto que variaba de precio mucho más que valor alguno de la Bolsa. Alberta no me entendió bien y creyó que yo quería decir una cosa sabida de todos: que una mujer de cierta edad tenía un valor muy distinta de otra. Me expliqué con mayor claridad: una mujer podía tener cierto valor a una hora determinada de la mañana y ninguno a mediodía, para valer por la tarde el doble que por la mañana y acabar por la noche con valor del todo negativo. Expliqué el concepto de valor negativo: una mujer tenía tal valor cuando un hombre calculaba la suma que estaría dispuesto a pagar para enviarla muy lejos, pero que muy lejos, de él.
 No obstante, la pobre comediógrafa no veía la exactitud de mi descubrimiento, mientras que yo, recordando el cambio de valor que aquel día mismo habían experimentado Carla y Augusta, estaba seguro de ello. Intervino el vino, cuando quise explicarme mejor y me extravié por completo.
 -Mira -le dije-: suponiendo que tú ahora tengas el valor X y yo me permita apretar tu piececito con el mío, aumentas de inmediato por lo menos otra X.
 Acompañé al instante las palabras con el acto.
 Alberta, muy roja, retiró el pie y, queriendo parecer graciosa, dijo:
 -Pero eso es práctica y ya no teoría. Voy a reclamar a Augusta.
 Debo confesar que también yo sentía aquel piececito como algo muy distinto de una árida teoría, pero protesté gritando con la expresión más cándida del mundo:
 -Es pura teoría, purísima, y haces mal en interpretarlo de otro modo.
 Las fantasías del vino son auténticos acontecimientos.
 Por mucho tiempo Alberta y yo no olvidamos que yo había tocado una parte de su cuerpo, al tiempo que le advertía que lo hacía para gozar. La palabra había resaltado el acto y el acto la palabra. Hasta que se casó, siempre tuvo para mí una sonrisa y un rubor; luego, en cambio, rubor e ira. Las mujeres están hechas así. Cada día les aporta una nueva interpretación del pasado. Debe de ser una vida poco monótona la suya. En cambio, para mí, la interpretación de aquel acto fue siempre la misma: el hurto de un pequeño objeto de sabor intenso y fue culpa de Alberta que en cierta época yo intentara hacer recordar aquel acto, mientras que más adelante habría pagado, en cambio, cualquier cosa para que quedara del todo olvidado.
 Recuerdo también que antes de abandonar aquella casa ocurrió otra cosa mucho más grave. Por un instante me quedé solo con Ada. [...] Yo miré largo rato a Ada, vestida de encaje blanco, con los hombros y los brazos desnudos. Permanecí mudo largo rato, a pesar de que sentía la necesidad de decirle algo; pero, tras analizarla, desechaba todas las frases que me venían a los labios. Pero [...] lancé a Ada tal mirada, que ella se levantó y salió tras haberse vuelto a mirar espantada, lista tal vez para echarse a correr.
 También una mirada se recuerda, cuando es mejor que una palabra; es más importante que una palabra porque en todo el vocabulario no hay palabra que pueda desnudar a una mujer. Yo sé ahora que aquella mirada mía falseó, al simplificarlas, las palabras que había concebido. Para Ada, mi mirada había intentado penetrar más allá de los vestidos y hasta de su epidermis. Y había significado sin lugar a dudas: "¿Quieres venirte ahora mismo a la cama conmigo?" El vino es un gran peligro, sobre todo porque no saca a relucir la verdad. Todo lo contrario de la verdad: revela especialmente la historia pasada y olvidada del individuo y no su voluntad actual; saca a relucir, caprichoso, todas las ideas absurdas que ha acariciado en épocas más o menos recientes; no tiene en cuenta las tachaduras y lee todo lo que aún es perceptible en nuestro corazón. Y sabido es que en éste no hay modo de borrar nada tan radicalmente, como se hace con una palabra equivocada en una letra de cambio. Toda nuestra historia está siempre legible en él y el vino la grita, olvidando lo que después la vida ha añadido.»

 [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Bruguera, 1982, en traducción de Carlos Manzano, pp. 260-263. ISBN: 84-02-08995-X.] 

miércoles, 12 de agosto de 2020

Senectud.- Italo Svevo (1861-1928)

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XIV

  «La criada trajo una lámpara de petróleo encendida, dio las buenas noches y se fue.
 La señora la miró marcharse con una sonrisa bondadosa.
 -No hay manera de quitarle esa costumbre un poco de pueblo de dar las buenas noches cada vez que trae la luz. De todas maneras es una costumbre que a mí no me molesta. Juana es tan buena. Aunque muy ingenua. Es muy raro en nuestros tiempos encontrarse con una persona ingenua. Le dan a uno ganas de curarla de una enfermedad tan adorable. Cuando le hablo un poco de las costumbres modernas abre unos ojos como platos.
 Se echó a reír de buena gana. Para imitar a la persona de la que estaba hablando abría de par en par sus ojos pequeñitos y bondadosos, como si se hubiera dedicado a estudiarla para disfrutar más de ella.
 La biografía de la criada vino a interrumpir la emoción de Emilio. Para aclarar cierta duda que se le presentó, dijo que aquella tarde había estado en el cementerio. Y, efectivamente, su duda quedó resuelta, porque doña Elena le dijo:
 -Yo, al cementerio, no voy nunca. Desde que murió su hermana no he vuelto a poner los pies allí.
 Declaró que ahora ya sabía bien que con la muerte no hay manera de luchar.
 -Quien se muere, muerto está, y el consuelo no puede venirnos más que de los vivos. Por desgracia, es así -añadió sin sombra de amargura.
 Luego dijo que ella, gracias a la breve asistencia prestada a Amalia, se había visto libre del círculo encantado de sus recuerdos. La tumba del hijo ya no le producía aquella conmoción de sacudida que todo lo hace renacer. Estaba traduciendo, al hablar, el pensamiento del propio Emilio, excepto cuando remató con un axioma moral:
 -Quedan vivos que nos necesitan.
 Volvió a hablar de Juana. También ella había padecido una enfermedad, pero afortunadamente doña Elena la había cuidado y había conseguido salvarla. Se habían conocido durante aquella enfermedad. Y cuando la chica se puso buena, la señora comprendió que era su hijo quien resucitaba en ella.
 -Más modos, más bueno, más agradecido, oh, sí, ¡tan agradecido!
 De todas maneras, aquel nuevo afecto también le proporcionaba quebraderos de cabeza. Juana estaba enamorada...
 Pero Emilio ya no la oía. Estaba enteramente embebido en la solución de un problema muy serio.
 Y, al irse, se despidió respetuosamente, en la puerta, de la criada aquella que había encontrado la ocasión de salvar de la desesperación a un semejante suyo.
 -¡Qué cosa más rara! -pensaba-. Se diría que media humanidad ha nacido para vivir y la otra media para que alguien viva por ella.
 Y volviendo inmediatamente a pensar en su caso concreto, se dijo: "Angelina puede que sólo exista a fin de que viva yo".
 Echó a andar tranquilo, sintiéndose resucitado en la noche que había seguido a aquel día sofocante. El ejemplo de doña Elena había servido para demostrarle que también él podía encontrar en la vida el pan nuestro de cada día, una razón de existencia.
 Esta esperanza le acompañó durante bastante tiempo. Había olvidado todos los elementos reales de que se componía su vida miserable y estaba persuadido de que, en cuanto se lo propusiera, la podría renovar.
 Las primeras tentativas que hizo, le salieron mal. Había ensayado otra vez con el arte y no le había proporcionado ningún tipo de emoción. Se acercó a las mujeres, y no le despertaban interés.
 "Estoy enamorado de Angelina", se dijo.
Senectud. Traducción de Carmen Martín Gaite. de SVEVO, Italo ... Un día, Sorniani le contó que Angelina se había escapado con el cajero de un banco, que había cometido un desfalco. Había sido un escándalo en toda la ciudad.
 Aquello era una puñalada muy dolorosa.
 "Se me ha escapado la vida", se dijo Emilio.
 Y, sin embargo, por algún tiempo, la fuga de Angelina le devolvió a la plenitud de la vida, al más intenso de los sufrimientos y los pesares. Tenía sueños de amor y de venganza, como la primera vez que ella le había abandonado.
 Se presentó a ver a la madre de Angelina, cuando empezaban a debilitársele estos sentimientos, igual que había ido a ver a Elena cuando el recuerdo de Amalia amenazaba con atenuarse. Y también la idea de esta visita se le impuso en un determinado estado de ánimo que exigía de él en aquel preciso instante un nuevo impulso. Tanto es así que la llevó a cabo en horas de oficina, incapaz de demorarla ni un instante.
 La vieja le recibió con la amabilidad de siempre. La habitación de Angelina había cambiado un poco, desnuda de todos aquellos cachivaches que ella había ido coleccionando en el curso de su larga carrera. Hasta las fotografías habían desaparecido, y estarían adornando las paredes de sabe Dios qué habitación en sabe Dios qué país.
 -¿Así que se escapó? -preguntó Emilio con amarga ironía.
 Saboreaba aquel momento como si estuviera hablando con la propia Angelina en persona.
 La señora Zarri negó que Angelina se hubiera escapado. Se había ido a Viena a vivir con unos parientes que tenían allí. Emilio no se lo discutió, pero poco después, cediendo a lo imperioso de su deseo, volvió a tomar aquel tono de acusador del cual había intentado desprenderse. Dijo que se veía venir, que él había procurado corregir a Angelina, enseñándole el recto camino. No lo había logrado y estaba descorazonado. Pero la que salía perdiendo era ella, porque a él nunca se le hubiera ocurrido dejarla si le hubiera tratado de otra manera. No hubiera podido repetir las palabras que pronunció en aquel momento de importancia tan capital, pero debieron ser muy eficaces, porque la señora Zarri se echó a llorar con unos sollozos secos y extraños. Le volvió la espalda y se fue. Él la siguió con la mirada, bastante estupefacto ante el efecto que había producido. Aquellos sollozos eran realmente sinceros. La sacudían de arriba a abajo y le impedían andar.»

  [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Bruguera, 1982, en traducción de Carmen Martín Gaite. ISBN: 84-02-09150-4.]

domingo, 19 de julio de 2015

"La conciencia de Zeno".- Italo Svevo (1861-1928)


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Historia de una asociación comercial

 "La quinta persona admitida en nuestra oficina (contando también a Argo) fue Carmen. Yo asistí a su contratación. Había acudido a la oficina, después de haber estado con Carla y me sentía muy sereno, con esa serenidad de las ocho de la mañana del príncipe de Talleyrand. En el oscuro pasillo vi a una señorita y Luciano me dijo que quería hablar personalmente con Guido. Yo tenía algo que hacer y le rogué que esperara fuera. Poco después entró Guido en nuestro cuarto, evidentemente sin haber visto a la señorita, y Luciano vino a entregarle la tarjeta de presentación que aquélla traía. Guido la leyó y dijo, al tiempo que se quitaba la chaqueta porque hacía calor:
 -¡No! -pero en seguida vaciló-. Tendré que hablarle por consideración a quien la recomienda.
 La hizo entrar y yo la miré sólo cuando vi que Guido se había lanzado de un salto hacia su chaqueta para ponérsela y se había vuelto hacia la muchacha con la hermosa cara morena y ruborizada y los ojos chispeantes.
 Ahora estoy seguro de haber visto muchachas tan bellas como Carmen, pero no de una belleza tan agresiva, es decir, tan evidente al primer vistazo. Por lo general, a las mujeres las creamos primero con nuestro deseo, mientras que aquélla no necesitaba esa primera fase. Al mirarla sonreí e incluso reí. Me parecía semejante a un industrial que corriera por el mundo gritando la excelencia de sus productos. Se presentaba en busca de un empleo, pero a mí me habría gustado intervenir en los trámites para preguntarle: "¿Qué empleo? ¿Para una alcoba?"
 Vi que no llevaba la cara pintada, pero sus colores eran tan precisos, tan azul su candor y tan semejante al de la fruta madura su rubor, que el artificio estaba simulado a la perfección. Sus grandes ojos castaños reflejaban tal cantidad de luz, que cualquiera de sus movimientos tenía gran importancia.
 Guido la había hecho sentarse y ella, recatada, miraba la punta de su paraguas o, con mayor probabilidad, su botita de charol. Cuando Guido le habló, alzó los ojos con rapidez y se los dirigió a la cara, tan luminosos, que mi pobre jefe quedó anonadado. Vestía con recato, pero de nada le servía porque su cuerpo anulaba cualquier recato. Sólo las botas eran de lujo y recordaban un poco al papel blanquísimo que Velázquez colocaba bajo los pies de sus modelos. También Velázquez, para hacer destacar a Carmen del ambiente, la habría pintado sobre un fondo negro de laca.
 Con mi serenidad, estuve escuchando serio. Guido le preguntó si sabía taquigrafía. Ella confesó que no, pero añadió que tenía mucha práctica de escribir al dictado. ¡Qué curioso! Aquella figura alta, esbelta y tan armónica, emitía una voz ronca. No pude ocultar mi sorpresa:
 -¿Está resfriada? -le pregunté.
 -¡No! -me respondió-. ¿Por qué me lo pregunta? -y se sorprendió tanto que la mirada con que me envolvió fue aún más intensa. No sabía que tenía una voz tan disonante y hube de suponer que hasta su orejita no era tan perfecta como parecía.
 Guido le preguntó si sabía inglés, francés o alemán. Le dejaba escoger, ya que aún no sabíamos qué lengua íbamos a necesitar. Carmen respondió que sabía un poco de alemán, pero muy poco.
 Guido no adoptaba nunca una decisión sin razonar:
 -No necesitamos el alemán porque yo lo sé muy bien.
 La señorita esperaba la palabra decisiva que a mí me parecía ya se había pronunciado y, para apresurarla, contó que en el nuevo empleo buscaba también la posibilidad de hacer prácticas y, por esa razón, se contentaría con un sueldo muy modesto.
 Uno de los primeros efectos de la belleza femenina en el hombre es el de hacerle perder la avaricia. Guido se encogió de hombros para dar a entender que no se ocupaba de cosas tan insignificantes, le fijó un sueldo que ella aceptó agradecida y le recomendó con gran seriedad que estudiara taquigrafía. Esa recomendación la hizo por consideración hacia mí, con quien se había comprometido al declarar que el primer empleado que contrataría sería un taquígrafo perfecto.
 Esa misma noche hablé de mi nuevo colega a mi mujer. No le gustó lo más mínimo. Sin que yo se lo hubiera dicho, pensó enseguida que Guido había tomado a su servicio a esa muchacha para hacer de ella su amante".